Capítulo 20. Confesiones.
Kagome estaba aturdida. Todo parecía que sucedía en cámara lenta, o demasiado rápido.
La mirada de Inuyasha se cruzó con la de ella. Todo rastro de crueldad fue borrado enseguida y, como si despertara de un trance, la rabia se trasformó en culpa y arrepentimiento.
─Kagome... ─dio un paso en su dirección.
Pero ella se echó para atrás, sin permitirle tocarla. Ese pequeño gesto le dolió a Inuyasha más de lo que esperaba.
Kagome rompió contacto visual, corriendo hacia donde el muchacho estaba siendo atendido por unas pocas personas. Se arrodilló al lado del pobre diablo al mismo tiempo que Kōga lo hizo. Se sintió enferma por toda la sangre manchándole la cara, corriéndole por el cuello y humedeciéndole la playera. La sola idea de que el golpe le hubiese quebrado la nariz la asustaba.
¿Por qué?
¿Por qué Inuyasha haría algo como eso?
¿En qué estaba pensando?
─Lo siento tanto ─no paraba de disculparse Kagome. Alguien le extendió un pañuelo y rápidamente se lo presionó contra la nariz al chico para detener el flujo de sangre.
─Echémosle la cabeza hacia atrás ─sugirió Kōga.
─N-no. ─La voz le salía inestable por el miedo─. Es mucha sangre, hay que sentarlo.
Trataba de acordarse de las enseñanzas médicas de su madre. Si inclinaba la cabeza hacia atrás corría el riesgo de ahogarse o vomitar.
─Será mejor que se vayan si no quieren problemas ─les dijo el hombre de mediados cuarenta después de ayudar a Kōga a sentar al muchacho en la banca─. Escuché a sus amigos decir que irían por la policia.
Kagome se puso pálida.
─Mierda ─masculló Kōga, tomando a la azabache de la mano y sacándola del lugar.
Habían tenido que correr hasta el estacionamiento. Inuyasha ya no estaba, y su coche tampoco. Kōga le avisó al resto por teléfono. Llegaron casi de inmediato. Kagome agradeció poder irse en el auto de Sango, porque la cabeza le daba tantas vueltas que seguro vomitaría si tenía que subirse a la moto con Kōga.
─¿Estás bien? ─Kōga le alzó el rostro para examinarla─. ¿No quieres que vaya contigo?
─Estoy bien... gracias.
─Si necesitas algo, lo que sea, llámame.
Ayame decidió irse con Kōga y Miroku se fue con ellas en el asiento trasero. Sango no paraba de hacer preguntas, las cuales Kagome apenas y respondía. Ellos habían visto el alboroto, pero jamás se imaginaron que el causante fuera Inuyasha.
─Pero entonces, ¿intentó herirte?
─No... no ─Kagome tragó duro─, él solo quería invitarme a salir.
─¿Tú que le respondiste?
La forma en que Miroku le preguntó sonó casi si insinuara algo.
─Y-yo... no sé. No lo sé. ─sacudió la cabeza. Todo había pasado tan rápido que apenas y recordaba─. ¿Importa?
Sango y Miroku se dieron un vistazo a través del espejo retrovisor. Kagome lo notó. Supo que le escondían algo, y estaba aterrada de descubrir que era.
─Kag... ─comenzó Sango, ojos fijos en la carretera─. ¿Sientes algo por Inuyasha?
Kagome sintió como, a pesar de todo lo que había sucedido, el corazón empezaba a bombearle con fuerza.
─No estoy segura ─admitió─. Eso creo...
La mortificación que se apoderó del semblante de Sango con esa respuesta la hizo angustiarse aún más.
¿Acaso estaba mal sentir algo por él?
─Sé que es raro sentirme así ─comentó para aligerar el ambiente, clavando la vista en sus manos─. Solía evitarme y mirarme como si me odiara todo el tiempo.
Recordaba todas las veces en las que solo cruzar miradas con ella parecía irritarlo. Siempre se sentaba en el asiento opuesto al de ella y la ignoraba todo el tiempo, aunque estuviesen conversando junto con los demás. La primera vez que compartieron más de un par de palabras fue en esa clase de Estudios Sociales y aquello fue por pura obligación.
Ahora, Kagome había perdido la cuenta de todas las veces en las que había reído junto a él. Tenía grabado en su memoria el tono rasposo y melodioso de su voz; la forma en la que movía los labios al hablar o cómo se formaban hoyuelos en sus mejillas al sonreír. Si estaba concentrado en algo, siempre fruncía el ceño. Sabía tanto sobre él en tan poco tiempo que la abrumaba.
Jamás había sido tan cercana a ningún chico... ni siquiera Kōga.
─Kag, tengo que decirte algo.
─Sango... ─buscó intervenir Miroku─. No creo que nosotros debamos decírselo.
─Ella necesita saberlo. Sobretodo después de lo que acaba de presenciar ─refutó Sango─. Adoro a Inuyasha y sé que esto no me incumbe, pero Kagome tú eres mi amiga y te aprecio así que aquí va.
Kagome se puso tensa. La piel le hormigueaba. Tenía el presentimiento de que no le iba a gustar lo que escucharía, pero se quedó en silencio de todas maneras.
─No recordarás haberte cruzado con Inuyasha el año pasado en la escuela. Eras nueva y probablemente no lo notaste, pero él no estaba. ─Hizo una pausa para respirar hondo─. Eso es porque estaba siendo... procesado penalmente.
El corazón de Kagome se detuvo. Quiso decirle a Sango que ya no quería saberlo, pero no encontró su voz para hablar.
─Conozco a Inuyasha hace un tiempo. Cuando me mudé a Tokyo fue porque mi papá hizo negocios con el padre de Inuyasha. Sabíamos que el Señor Taisho tenía un hijo fuera del matrimonio, pero nadie lo había visto nunca hasta que se mudó con él. Él iba a una escuela privada mientras Miroku y yo cursábamos en el instituto público. Ellos dos se hicieron amigos porque el padre de Miroku estudió en la Universidad con el Señor Taisho y siempre estaban juntos. Nos encontrábamos tanto cuando nuestros padres se reunían que nos hicimos muy cercanos, y siempre fuimos nosotros tres... ─Sango apretó las manos alrededor del volante─. Entonces Inuyasha conoció a esta chica en su escuela... Kikyō.
Kagome reconoció el nombre de inmediato. Lo había escuchado antes una vez, el día que Eriko apareció en la cafetería.
«Tú debes ser Kikyō, he escuchado mucho sobre tí».
─Tuvieron una relación... ─se detuvo, como buscando la palabra correcta─, intensa. Eran en extremo dependientes el uno del otro. Inuyasha tiene problemas controlando la ira y Kikyō lo sabía, pero parecía disfrutar que él fuera extremadamente celoso con ella. Ella era coqueta, mucho, le gustaba ser el centro de atención y todos los chicos se morían por salir con ella. Solo nunca pensamos que de verdad sería capaz de engañarlo.
Oh...
─Inuyasha se enteró, por supuesto... Lo próximo que supe es que estaba detenido por haberse molido a golpes con Onigumo.
Sango paró de hablar un momento, estacionando el auto en la entrada del templo y parpadeando rápido, como buscando ahuyentar las lágrimas.
Era malo.
Kagome sabía que lo que iba a decirle era malo.
Pero nunca imaginó que tan malo sería.
─Kag... Onigumo está muerto.
Onigumo está muerto.
Está muerto.
Muerto...
─Kikyō se fue. Sus padres se la llevaron a Australia y jamás supimos de ella nuevamente. Inuyasha estaba hecho pedazos, sus emociones al borde, hasta el punto en que tuvieron que internarlo por unos meses porque estaba autodestruyéndose. ¿Entiendes?
Sango había parado de hablar, pero Kagome juraba que seguía escuchándola decir aquello una y otra vez, como si sus palabras estuviesen haciendo eco en el reducido espacio. El corazón le latía tan rápido que dolía, que la ahogaba, que le trancaba la respiración. No podía hablar, ni moverse, ni pensar correctamente.
Aquello era... no era posible...
No podía. No podía siquiera pensar que él fuese capaz de hacer algo tan... espantoso. Solo imaginarse a Inuyasha destrozando a una persona a golpes la hacía sentir enferma.
Y, de pronto, la imagen de Inuyasha tendido en el suelo de su departamento era lo único que podía ver: ahogado en alcohol, bañado en sangre, lleno de heridas. La forma violenta en la que se abalanzó sobre Kōga. La manera en la que amenazó a Satoru. Su puño estrellándose contra el rostro de ese chico de la feria.
El auto de Sango se le hizo demasiado pequeño. Se estaba ahogando. Necesitaba oxígeno. Necesitaba salir de allí.
─Kagome... ─Miroku dejó caer una mano sobre su hombro y la apretó con cariño─. Sé que le importas mucho a Inuyasha. Permítele, al menos, la oportunidad de explicarse.
No podía dejar de pensar, y tampoco podía enfocarse en otra cosa.
Sango y Miroku se habían marchado hace horas. Ofrecieron quedarse a hacerle compañía, pero Kagome lo rechazó de inmediato. Necesitaba estar sola. Necesitaba del silencio para poner su cabeza en orden o sentía que estallaría.
El Inuyasha que la había ayudado infinitas veces. El que la protegía. El que sonreía. El mismo que había limpiado sus lágrimas y tratado con infinita dulzura. Esa misma persona con la que se sentía tan plena y segura.
Había matado a alguien...
Lo había matado a golpes.
Ahora todas las conversaciones empezaban a tener sentido. Sus bruscos cambios de actitud, las veces en que la había alejado sin explicación. Todas las oportunidades en las que él parecía advertirle, a su manera, que era peligroso para ella.
¿Lo era?
¿Cómo podía juzgarlo sin darle la oportunidad de explicarse?
Kagome trató de ponerse en su lugar, de imaginarse lo que debió sentir él. La persona que más amaba lo había traicionado... le había roto el corazón y luego abandonado, dejándolo solo para reunir los pedazos.
«Que cruel».
─¿Cariño?
No levantó el rostro a pesar de escuchar la voz de su madre.
La Sra. Higurashi encontró a su hija hecha un ovillo en el sofá de la sala, apenas siendo iluminada por la luz parpadeante del televisor. Tenía la vista fija en el aparato, como si estuviese absorta en un viejo documental que sintonizaban. Chequeó su reloj de pulsera para corroborar lo tarde que era.
─Son casi las tres de la madrugada, amor ─dijo, avanzando a ella. Al acercase pudo notar la rojez de sus ojos y eso fue lo que de verdad la preocupó─. ¿Qué sucede mi amor? ¿Te encuentras bien?
Tomó asiento a su lado y le acunó el rostro entre las manos para barrer con los dedos el rastro de las lágrimas. Hacía tiempo que no veía a su hija llorar y aquello la mortificaba.
─Estoy bien, mamá...
─No, no lo estás ─refutó─. Quiero que me digas que sucede... hija, si es por lo que dije hace unos días...
─No, mamá ─la detuvo, apartándo el rostro para que no continuase viendo como lloraba─. Por supuesto que no es por eso.
Su madre se arrimó un poco en el sofá, lanzando un brazo sobre sus hombros para atraerla más cerca.
─¿Entonces? ─Kagome no respondió, aun rehusándose a alzar el rostro─. Puedes confiar en mí, lo sabes. No importa lo que sea.
─Lo sé ─ella lo tenía claro. Su madre podía no ser la mejor de todas en algunos aspectos, pero era la más comprensiva─. Es solo que no es sobre mi... es algo que involucra a alguien a quien aprecio mucho y no puedo decirlo.
─De acuerdo... ¿es él un chico? ─su hija asintió─. ¿Te ha roto el corazón?
─No. ─Se limpió torpemente las lágrimas con el dorso de la mano─. Se lo rompieron a él.
─Oh... bueno, eso es siempre algo difícil de superar.
Kagome pensó que su madre no tenía ni idea de cuan difícil realmente era.
─No sé qué puedo hacer para ayudarle…
─Amor, si tú no eres la causa, no hay mucho más que puedas hacer. El tiempo se encargará de sanar sus heridas, siempre y cuando él esté dispuesto a cerrarlas.
Kagome no había pensado en eso antes.
En que Inuyasha estaba enamorado de Kikyō.
Lo estuvo antes de que lo engañase. Fue ese amor el que lo llevó a cometer tal atroz locura. Ese no era el tipo de amor que se supera en cosa de un año… no, claro que no.
¿Y si Inuyasha no estaba dispuesto a sanar?
¿Y si él aún amaba a Kikyō?
El dolor agudo que se instaló en su pecho de solo pensarlo la hizo soltar más lágrimas.
Su madre le peinó el cabello con los dedos, apoyando una mejilla sobre su melena azabache.
─Siempre has tenido un corazón inmenso, cariño. ─Kagome alzó un poco el rostro, queriendo saber a qué se refería su madre con eso─. Mientras el de él esté roto, puedes compartirle el tuyo.
Kagome despertó sobresaltada.
La luz que se filtraba por las cortinas de su habitación era mínima, casi como una borrosa neblina. Supo que aún era de noche. No debían ser más de las cinco de la mañana, y le ardían los ojos porque como mucho llevaba dormida una media hora.
Se preguntó qué hacía despierta tan temprano, hasta que un sonido diferente al de su despertador volvió a sonar. Se sentó sobre la cama con pereza, demasiado exhausta, hasta que se dio cuenta de la pequeña pantallita encendida en su mesita de noche. Le costó unos segundos recordar de dónde había aparecido el teléfono, y fue cuando lo recordó que de inmediato se lanzó para agarrarlo, todo el sueño pasando a segundo plano.
La pantalla se apagó y presionó los botones para encenderla de nuevo. Que el nombre de Inuyasha apareciese allí le aceleró el pulso. Ya se había vuelto un manojo de nervios y ni siquiera había abierto los mensajes. Le dio al botón central y el texto se expandió.
¿Dormida?
-Inuyasha.
Lo siento.
-Inuyasha.
¿Lo sentía? ¿Por qué? ¿Por la hora? ¿Por lo de la feria?
El cerebro de Kagome trabajaba a mil por hora en busca de respuestas. Sus dedos inexpertos tardaron más tiempo del que le gustaría en encontrar las teclas para escribirle:
Aún no.
-Kagome.
Se mordisqueó el interior de los labios ansiosa, sin dejar de observar la pantalla del móvil a la expectativa. No pasó un minuto cuando recibió una respuesta:
Abre tu ventana.
-Inuyasha.
Ni siquiera lo pensó.
Fue como si alguien tiró de una cuerda invisible que la hizo levantarse de la cama de un salto. Sus pies se tropezaron con un par de zapatos y casi cae de bruces al suelo, pero logró recomponerse y alcanzar la ventana. Abrió las cortinas de lado a lado de un solo movimiento y se le olvidó cómo respirar cuando allí, a solo unos pies de distancia, se encontró con la imagen de Inuyasha.
Llevaba ropa negra, como siempre, fundiéndose con la oscuridad de lo que quedaba de noche. Podía ver la pantalla brillante del teléfono móvil en sus manos. El la divisó en seguida y le hizo un gesto hacia el aparato antes de llevárselo al oído. De inmediato el móvil de Kagome comenzó a timbrar, y ella tuvo que correr de vuelta a la cama y revolver todas las colchas para cogerlo.
─¿Puedes bajar? ─preguntó él en cuanto contestó.
Kagome volvió a pararse junto a la ventana. Al verlo aún allí casi se sentía como si estuviesen hablando en persona.
─¿Bajar...?
De encontrarse sola en casa hubiese dicho que sí sin pensarlo, pero recordó que su madre había vuelto esa noche. De seguro se iría a trabajar en cuanto saliese el sol, y si la encontraba afuera charlando con un chico…
─Mi madre está aquí. Se irá a trabajar dentro de poco.
─Oh…
Vio a Inuyasha frotarse los labios con el dedo índice, maquinando las opciones.
─Podrías subir ─soltó de la nada, sorprendiéndolos a ambos─. Digo… solía hacerlo cuando era pequeña. No tienes que hacerlo. Es solo que está este árbol cerca de mi ventana y cuando era pequeña...
La llamada se cortó. Kagome miró a la pantalla para corroborar que le había colgado, y cuando alzó la vista ya él no estaba allí. Casi se cae del susto al verlo escalándo por el frondoso árbol cuyas ramas rasgaban su ventana. Las había odiado antes, por el tétrico sonido que hacían al arañar el cristal cuando soplaba el viento, pero hoy las adoraba.
Deslizó los páneles de vidrio y se hizo a un lado. Inuyasha se subía por las ramas con absoluta destreza y Kagome sentía que llevaba el corazón en la boca. Una cosa era escalar de niña, pero no estaba segura de que tan sencillo sería para alguien adulto y tan alto como él. Respiró aliviada cuando él se agarró del alfeizar de la ventana y, de un ágil movimiento, estuvo dentro de su habitación.
«De verdad está en mi habitación...».
Era la primera vez que un chico entraba a su habitación.
Sus ojos se encontraron. Dorado y cielo colisionando.
Era como si fuese la primera vez que se veían en años, cuando solo habían pasado unas cuantas horas. Kagome sentía que el corazón se le iba a escapar del pecho con aquellos latidos tan fuertes. No lo toleró más. El sentimiento le iba a hacer estallar las venas, así que dejó de reprimirlo y se abalanzó hacia él. Los brazos de Inuyasha la recibieron sin titubeos, como si hubiesen estado esperándola todo ese tiempo. A ella se le empañaron los ojos por las emociones y se aferró fuerte a él, haciendo puño la tela de su camiseta negra en un débil intento por atraérlo más cerca. Se permitió respirar profundo, hondo, embriagándose todo lo posible en el aroma a tabaco que él emanaba. Se le hizo diferente, demasiado fuerte, como si hubiese pasado horas encerrado fumando en el coche con las ventanillas arriba, pero no le importaba. Era Inuyasha… simplemente Inuyasha.
Inuyasha la apretó, pegándola a su cuerpo todo lo que podía sin lastimarla. Le estaba latiendo demasiado rápido el corazón, la sangre le rugía apresurada por las venas. Había estado asustado hasta la mierda. Ella le trajo calma, tenerla entre sus brazos fue un bálsamo para sus nervios. Había pasado horas con esa viciosa sensación de vacío en el pecho, con un hueco en las entrañas, con el terror de haberla perdido para siempre sin siquiera tenerla en primer lugar, recordando una y otra vez como ella se había alejado de él con esa expresión aterrada.
Le acarició las hebras de su sedoso cabello azabache, disfrutando el aroma dulzón de su champú de frutas, ese mismo aroma que se hallaba por toda la habitación y al cual se estaba haciendo adicto.
Pasaron unos minutos así, quizá con temor de romper ese momento y regresar a la realidad.
Kagome fue la primera en levantar el rostro y apartarse un tanto, pero sin soltarlo por completo. Se alarmó al darse cuenta de la condición en la que él estaba: un corte en el pómulo, un morado en el labio.
─¿Qué te sucedió? ¿Te hicieron algo?
─No es nada. ─La tomó de las manos cuando ella hizo el atisbo de tocarle las heridas, restándole importancia─. ¿Cómo te encuentras tú?
─Bien. No me pasó nada. ─Él le acunó la cara con ambas manos, escaneándola brevemente para asegurarse─. Lo prometo.
En ese momento la expresión de Inuyasha cambió, tan rápido como lo hacía siempre. Kagome sintió frío cuando él se apartó y le dio la espalda, moviéndose por la habitación, arrastrando las manos por su alborotado pelo negro.
─¿Inuyasha?
Buscó acercarse una vez más, pero las palabras de él la detuvieron:
─Lo siento tanto… ─volteó a verla, sus ojos ahora oscuros lucían torturados─. Lo lamento, Kag, te lo juro que lo siento. Lo que hice… solo trataba de protegerte y no debí...
─Está bien.
─Kagome…
─Estamos bien.
─No entiendes…
─Claro que lo entiendo, yo─
─¡No, no lo entiendes! ─estalló.
Kagome se encogió en lo que la mano él voló cerca de su rostro y se estrelló en la pared junto a la ventana.
Se quedaron en silencio entonces, con la respiración agitada. Inuyasha volvió a lucir terriblemente culpable. Tuvo que bajar la cara, sin atreverse a mover, apretando la mandíbula con fuerza. El arrepentimiento, tan jodidamente conocido, le quemaba como ponzoña en la garganta. Quiso reír histéricamente, o solo golpearse hasta caer muerto. Se supone que venía a disculparse con ella y lo que hacía era seguir espantándola.
Era un monstruo. Un maldito monstruo que no podía vivir sin el ángel que era ella.
─Está bien ─repitió ella.
─Me tienes miedo... ─murmuró, dolido.
─No.
─¿Por qué no?
─Porque no. ¿Por qué debería?
─Quería matarlo.
─Inuyasha…
─A él, a Satoru, a Kōga. Si alguien te pone una mano encima, voy a matarlo. ¿Es que no lo entiendes?
─Deja de decir esas cosas ─le suplicó─. Ya te dije antes que no te temo.
─¿Por qué no?
Intentaba protegerla de sí mismo. Solo quería que se diera cuenta, como todos, de la clase de mierda que él era.
No podía alejarse, ya lo había intentado y fallado, pero la dejaría en paz si ella así se lo pedía.
─Porque no harías nada de eso.
─Ya lo hice.
Una punzada recorrió a Kagome de pies a cabeza. Las palabras de Sango regresaron, y esta vez se asentaron con más fuerza que antes.
Era cierto.
Lo que dijo Sango era cierto.
─Ya lo sé… ─murmuró.
Y si bien aquella noticia la había sacado de balance, si bien creía que era algo terrible… no iba a apartarse de Inuyasha. La idea era inconcebible. No podría.
Y no estaba asustada.
Después de pasar horas pensando en eso, de darle vueltas en su cabeza una y otra vez, a la única conclusión que llegaba es que no quería estar sin Inuyasha. Lo había decidido antes de caer dormida. Sin importar nada. Ahora que lo tenía frente a ella, estaba más segura que antes.
La mirada de Inuyasha se desfiguró en sorpresa.
─¿Qué?
─Lo sé ─repitió, y él frunció el ceño, deseando una explicación─. Sango me contó todo.
─¿Todo…?
─Todo.
La mano de él se cerró en su mejilla. Tenía las palmas frías. Ahora había miedo en sus ojos, había temor en sus movimientos. Sentía que esto era demasiado bueno para ser verdad y que, si hacía movimientos bruscos, ella desaparecería. Alguien como ella no podía ser real.
─¿Por qué no te alejas de mí, entonces? ─susurró, angustiado, uniendo su frente con la de ella.
─No lo sé ─respondió, absorta con su cercanía, perdida en sus ojos dorados y más segura que nunca─. Pero no iré a ninguna parte.
─Cielo…
─Te amo, Inuyasha.
Esas palabras hicieron ignición.
De un momento a otro los labios de Inuyasha estaban sobre los suyos, ávidos y dulces al mismo tiempo.
Su espalda terminó de golpear la pared tras ella, y él creo una barrera con su amplio cuerpo para hacerla presa allí. Inuyasha movió la mano tras su nuca, llevando el control del beso. Ella se dejó llevar, haciendo puño la tela de su playera para no desfallecer.
Un millón de mariposas se liberaron, revoloteando exaltadas por todo su cuerpo. Un ardor abrasador la consumía en un fuego dulce, uno cuyo calor no quería extinguir. Jamás se había sentido así. Tan bien, tan plena, con tantas emociones colisionando que seguro explotaría. No existía nada más que Inuyasha en ese momento: sus labios moviéndose con suavidad sobre los suyos, sus manos ancladas en su cintura, la calidez que irradiaba su cuerpo, el sabor a menta de sus besos.
Se separaron en busca de aliento. Sus respiraciones se entremezclaban, agitadas, y Kagome podía sentir el corazón de Inuyasha bajo su mano latir tan desbocado como el de ella.
Inuyasha la miró, los ténues rayos del amanecer que se colaban por la ventana reflejados en sus ojos dorados.
─No quiero lastimarte...
─No lo harás.
La forma tan segura en la que lo decía lo hacía creer en sí mismo.
¿Qué había hecho para merecerla a ella?
─Yo también.
─¿El qué? ─preguntó, sin comprender.
Inuyasha se inclinó hacia ella una vez más, murmurando sobre sus labios:
─Yo también te amo, cielo.
Feliz capítulo número veinte!
Y como me tardé un siglo, mis correspondientes disculpas y les dejo un capítulo con un final bonito.
Les adoro un universo. Espero que alguien por allí aún esté leyendo y no me odien por tardarme tanto :(
Nos leemos pronto!
