Capítulo 21. Un mar de recuerdos.


Se sacó el cepillo dental de la boca, se inclinó sobre el lavabo y escupió el dentífrico. Después de lavarse el rostro y amarrarse las ondas descontroladas del pelo en una coleta, se dijo que no podía hacer mucho más para verse presentable.

Kagome ahora estudiaba su reflejo en el espejo con una mueca inconforme.

Se delineó con la punta de los dedos la hinchazón en los párpados, siguiendo por los círculos lilas bajo sus ojos. Lucía terrible, como un zombie. Llorar y casi no dormir no eran una buena combinación. A pesar de no estar cansada en lo más mínimo, su semblante decía otra cosa.

Inconscientemente sus dedos llegaron a sus labios, su estómago cosquilleando en respuesta a los recuerdos. Todas las emociones corrían apresuradas por su venas, provocando que el rostro le ardiera. Si cerraba los ojos, aún era capaz de evocar la calidez de la boca de Inuyasha sobre la suya. Nunca había sentido algo así: tan dulce, tan abrumador, tan fuerte.

Ese había sido su primer beso... el primero que ella consentía, al menos.

Sacudió la cabeza con una sonrisa boba y, tras respirar profundo, se echó un poco más de agua helada contra las mejillas para minimizar el rubor. Se topó con la figura de su madre en el pasillo justo al salir del cuarto de baño.

—Buenos días, amor —le sonrió maternal, alisando con las manos las arrugas en su uniforme de enfermera.

—Buenos días —respondió Kagome, apresurada.

—¿Qué haces despierta tan temprano?

—Uh... no podía dormir más —mintió.

—Apenas y descansaste unas horas.

—Lo sé —le dio un vistazo nervioso a la puerta de su habitación—. Intentaré dormir un poco más.

—Suena bien. —Su madre se acercó para dejarle un beso en la frente y darle un apretón que a Kagome se le antojó demasiado largo—. Volveré para la cena.

—No te preocupes. —Se apartó, buscando terminar pronto con la conversación—. Ve con cuidado.

Kagome esperó estática hasta que su madre estuvo bajando los primeros peldaños de las escaleras para moverse con cautela hasta la puerta de su habitación.

—¿Cariño?

La azabache congeló la mano que tenía sobre el pomo de la puerta en seco, y tragó entero. Giró el torso para encarar a su madre, quién había regresado algunos escalones arriba para hablarle. Lucía ansiosa, o quizá ella era la ansiosa.

—¿Si? —trató de sonar lo más serena posible.

—Lamento mucho si no he estado para ti este último par de meses. —El arrepentimiento era palpable entre las palabras de su madre—. Sé que no es viernes... pero podemos tener nuestra noche juntas hoy.

Kagome no se esperaba aquello, por lo que se quedó muda en sorpresa por unos segundos. Su madre trataba de esconderlo, pero se le notaba a leguas lo esperanzada que estaba por escuchar una respuesta positiva.

Ese mes —el del aniversario del fallecimiento de Sōta— siempre era el más oscuro y difícil para su familia. El año anterior estuvo sin hablar con nadie en casa por casi tres meses, y se hubiese extendido de no ser por la intervención del abuelo. Pero Kagome sabía que ella también era responsable, que la culpa de esa distancia no solo recaía en su madre. No quería seguir echando todo el avance que habían conseguido por la borda, quería seguir trabajando en su relación madre-hija.

—Me encantaría, mamá —respondió con la sonrisa más sincera que pudo esbozar.

La felicidad escaló rápidamente hasta los ojos de su madre, que brillaron contentos.

—Traeré botanas, entonces.

—Suena genial.

Se despidieron con un ademán y sonrisas en los labios. Kagome casi olvida el motivo por el que estaba despierta tan temprano en primer lugar — la misma razón por la que había esperado hasta que su mamá se marchase para entrar a su habitación. Volvió a sentir los nervios haciendo estragos con su estómago al acordarse, y tuvo que recostar la frente unos instantes de la madera para darse valor y acompasarse el pulso.

Giró la manilla y empujó la puerta. Inuyasha seguía allí, parado junto a la ventana con esa usual pose desgarbada. Su alta e imponente figura era discordante con todo el entorno rosa y femenino que le rodeaba, luciendo casi fuera de lugar.

Perfil anguloso, hombros cuadrados, piel bronceada, pelo negro, ropa negra. Sus ojos miel estaban perdidos en algún punto al otro lado del cristal, y se pellizcaba el labio inferior distraídamente con los dedos índice y pulgar, sumido en sus pensamientos.

Era casi un sueño.

Kagome cerró la puerta a sus espaldas, queriendo con el ruido llamar su atención; sin embargo, él no dio señales de haberla escuchado. Se fijó entonces en la expresión dura que marcaba sus facciones, en lo preocupado y ligeramente enfadado que lucía al estar frunciendo el ceño. Quiso poder leer sus pensamientos entonces, porque le aterrorizaba pensar que se estuviera arrepintiendo de haber ido a verla.

La posibilidad ante eso último le atenazó el estómago. Antes ya habían pasado por lo mismo, cuando estuvieron por besarse la primera vez, y él se había alejado de ella entonces. No estaba segura de si el Inuyasha que tenía al frente ahora era el mismo de hace solo minutos. Su actitud era demasiado impredecible. Inuyasha podía saltar del calor al frío en cosa de segundos. Nunca estaba segura de con cuál versión de Inuyasha lidiaba, o cuál era la real. Así que él ahora podía fácilmente decirle que no quería volver a verla.

Los nervios y la inseguridad le susurraron, pero Kagome hizo todo lo posible por empujar las voces al fondo de su cabeza.

—¿Inuyasha?

Él volteo hacia ella con aire ausente, como si hubiese respondido a su nombre por mera inercia. La dureza en sus facciones se suavizó poco a poco mientras salía de su ensimismamiento, y Kagome se relajó enseguida que una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de él.

No estaba enfadado con ella. Eso era bueno.

Luego sus ojos ámbar se pasearon de arriba a abajo por su cuerpo, al mismo tiempo que la sonrisa perdía fuerza. La miró lento, pausado, deteniéndose en cada curva de su diminuta anatomía, absorbiendo su imagen de tal forma que Kagome se sintió indefensa allí, sin poder moverse. Estaba demasiado consciente ahora de la ligera camisa de tirantes que llevaba puesta y de los pequeños shorts de pijama que apenas cubrían sus piernas. Se le puso la carne de gallina cuando los intensos ojos de Inuyasha subieron para volver a cruzarse con los suyos, más dorados que nunca, haciéndole imposible sostenerle la mirada por más tiempo. Supo que estaba acercándose por los pasos en la madera, y por como la sombra de su cuerpo la cubría del sol matutino al detenerse frente a ella.

A Inuyasha le pareció dulce como ella seguía ahí, quieta y con la cabeza gacha. Curvó un dedo bajo su mentón para inclinarle el cuello hacia atrás y que lo encarara. Tuvo que sonreír porque ella seguía evitando verlo directamente, moviendo sus ojos azules a un lado con timidez. Estaba tan sonrojada que le cubría todo el rostro.

Era preciosa, pensó él, mientras se inclinaba con lentitud para dejarle un beso suave en la mejilla.

El corazón de Kagome dio una pirueta al sentir los labios de él presionados contra su piel. Olvidó como respirar por un momento, hasta que él rompió el contacto, dejándola en llamas. Se llevó una mano al pecho, donde los latidos de su corazón golpeaban alocados.

Dios... ¿Qué le estaba haciendo?

—Buenos días.

—B-buenos días.

—¿Cómo te sientes?

—Bien... —Él enarcó una ceja—. ¿Qué?

—Estuviste llorando —señaló, rozándole delicadamente los párpados inferiores con los pulgares—, pero dices que te sientes bien.

Kagome parpadeó un par de veces, aún con la sensación de ojos irritados por las lágrimas. Lavarse el rostro con agua helada no había hecho el truco.

—Antes de que llegaras estaba... —se detuvo. Si le explicaba que estuvo llorando por él, lo haría sentir culpable sin necesidad—. No importa, me siento mejor ahora. Te lo prometo.

—Si tú lo dices.

Fue su turno entonces de alzar las manos y tantear con cuidado el corte que le cruzaba a él el pómulo. Estaba tornándose morado.

—¿Qué hay de ti? Luce doloroso.

Si se había marchado antes que ellos de la feria, no tenía sentido que estuviese herido... eso significaba que se había metido en problemas después de irse.

Kagome frunció el ceño, pensando en aquella vez que lo encontró en su departamento. Después de eso, no recordaba un día en el que Inuyasha no tuviera signos de daño físico. Su madre tenía razón... solo que ella estaba tan acostumbrada, que lo pasaba por alto.

¿Por qué? ¿Qué era lo que hacía para salir herido todo el tiempo?

—No es nada —fue su vaga respuesta, tomándola de la muñeca y retirándole la mano de la cara.

Kagome sintió vacío cuando él la soltó y se alejó unos pasos, metiéndose las manos en los bolsillos de los vaqueros.

Allí iba de nuevo, cambiando de actitud de un segundo para el otro.

—Ya, de acuerdo. —Caminó hasta la cama y se sentó encima de las colchas—. Mi mamá ya se ha marchado, y el abuelo no llegará hasta pasada las cuatro...

—¿Siempre pasas el día sola?

—A veces... al abuelo le gusta asistir a convenciones de antigüedades los fines de semana, y mi madre trabaja como enfermera.

—¿Y qué haces con todo ese tiempo libre? —preguntó, sentándose a su lado.

Kagome lo pensó duro por un rato. La verdad no hacía demasiado... salía a hacer las compras, limpiaba la casa, o hacía la colada. Alquilar películas era lo más interesante que se le ocurría para un fin de semana.

—No mucho.

—Y con eso te refieres a... que no haces nada.

—Básicamente.

—Bien.

Se puso de pie. Kagome lo observó tomar el pomo y abrir la puerta.

—¿A dónde vas?

¿Se marchaba tan pronto? No es que esperaba que se quedase todo el día con ella, pero aún así.

—¿No quieres que te vea cambiándote o sí?

Ella le parpadeó. ¿De qué estaba hablando?

—Pero... ¿por qué tengo que...?

—Ponte algo cómodo —le sugirió—. Te espero abajo. En el camino decidimos a dónde ir.


El constante choque de las olas contra la orilla era tan relajante, tan pacífico, tan absorbente. El mar empujando y halando el agua una y otra vez a ritmo constante.

El viento soplaba con fuerza, batiéndole el cabello de un lado para el otro. Desde la ventanilla del auto Kagome ya había podido oler el aroma característico del salitre mezclándose en la brisa, pero no era nada comparado con estar sentado bajo el sol con el agua a solo unos metros de distancia. Hundió los pies y las manos en la arena tibia, deleitándose con la sensación. A pesar de que el aire estaba helado, el sol manejaba mantener la arena caliente.

—¿En qué piensas?

—En que hace mucho tiempo que no visitaba la playa. —Giró el cuello hacia Inuyasha, sentado junto a ella—. Y que es la primera vez que la veo tan vacía.

—Lo sé, no mucha gente viene aquí, sobre todo durante el Tsuyu.

—Uhm...

Kagome trató de recordar la última vez que había estado cerca del mar. Hacía unos tres años, quizá, una de las veces en las que su padre los había sacado a ella y a Sōta del templo por un paseo. Solía ser de esos padres que se tomaban en serio los acuerdos del divorcio, y nunca faltaba a sus visitas de los fines de semana.

Lo cierto es que, aunque le hubiese gustado visitar una playa más seguido después de eso, era un viaje de casi dos horas que no se podía costear.

Antes de llegar allí, ella e Inuyasha se habían detenido por algo rápido para desayunar. Estuvieron dando vueltas en el auto por un rato, con donas y vasos de café en las manos, conversando sin parar y decidiendo a dónde ir, hasta que Inuyasha divisó un anuncio publicitario de un hotel con vista al mar y, sin más, emprendió rumbo a las afueras de la ciudad. Dijo que quería alejarse tanto como fuera posible, olvidarse de la vida en Tokyo por unas horas, y Kagome no pudo estar más de acuerdo. Ahora estaban lejos, en alguna playa cerca de Yokosuka.

El día estaba soleado, el cielo azul despejado de nubes a pesar de la época del año. El agua cristalina, el aire puro, las aves volando, los riscos bordeando la playa dándole una pequeña ilusión de privacidad. Más allá, donde se encontraba el muelle, era dónde más personas se podían ver, con niños correteando alrededor de sus padres y uno que otro pescador buscando suerte en las aguas.

Era hermoso. Kagome no quería irse de allí. No quería que el día terminase jamás.

—Rin me mataría si descubre que he venido aquí sin ella.

—¿De verdad? —Kagome lo miró atenta, esa era una de las pocas veces en las que Inuyasha mencionaba a su familia—. ¿Por qué lo dices?

—Descubrimos este sitio cuando recién nos mudamos a casa de Tōga—mi padre. Él estaba en un viaje de negocios y nos había dejado solos por primera vez. Su esposa insistió en que nos podía cuidar sin ayuda, así que envió a los de servicio a sus casas por el fin de semana para unir lazos con nosotros. —Volteó a verla y acotó—: Porque sabía que la odiábamos, claro.

Kagome mejor que nadie entendía lo que se sentía detestar a la nueva pareja de tus padres. Imaginaba que había sido muy difícil para Inuyasha, habiendo perdido a su madre hacía poco y teniendo que acostumbrarse a vivir con un padre que nunca estuvo allí mientras crecía.

—Nos estaba volviendo locos. No nos dejaba solos, cocinaba de la mierda, y nos obligaba a ir de compras con ella a solo verla probarse ropa. La primera vez que nos sacó a cenar, nos llevó a un restaurante francés. Tenías que ver la cara de Rin cuando le pusieron un plato de caracoles muertos al frente. —Negó en lo que él recuerdo le sacó una risa—. En fin, nos tenía hartos, así que le robé el coche una noche y me llevé a Rin conmigo. Tenía trece, una hermana de seis años y un auto robado, pero sonaba como la mejor idea en el momento. Nos quedamos sin gasolina, y no teníamos dinero para llenar el tanque, así que solo caminamos hasta esta playa y pasamos el día entero aquí.

—¿Los descubrieron?

—Eventualmente, si... resulta que los autos tienen un sistema de rastreo. —Hizo una mueca y Kagome soltó una risita—. Y Sesshōmaru me vio tomando las llaves del coche esa tarde, también.

—¿Tu hermano?

Medio hermano.

Era casi automático. La forma en la que no soportaba que lo relacionaran como su hermano.

—¿No se unió a la diversión? —siguió, curiosa. Se llevó las rodillas al pecho y apoyó la mejilla sobre ellas para prestarle mayor atención.

—No. Se gasta una actitud bastante de los cojones.

—Oh... Creí que se llevaban bien.

—¿Sesshōmaru y yo? —La vio asentir y eso lo hizo soltar carcajada sarcástica—. Ni en un millón de años.

—¿Por qué?

—Soy el hijo bastardo de la mujer con la cual su padre engañó a su mamá. Comparto su apellido por compromiso sanguíneo, lo que significa que tengo tanto derecho como él sobre cualquier cosa que concierna a los Taisho, a pesar de que él es hijo de un matrimonio y yo no. —Fijó los ojos en el mar, su expresión tornándose más dura conforme hablaba—. Si Sesshōmaru pudiese desaparecerme de la faz de la tierra lo haría.

Kagome pasó a observarle con desconcierto.

—No puede ser tan terrible... siguen siendo familia.

—Te impresionarías. —Subió la comisura de los labios, sin humor—. Aunque supongo que es por eso: porque somos familia. Nos fluye por las venas, lo que sea que este mal con nosotros... Rin dice que es nuestra maldición.

¿Eso significaba que el hermano de Inuyasha también era violento?

Kagome no había considerado de que en realidad aquello fuese algo grave... algo heredable.

—¿Rin no está enfadada contigo? Por marcharte... digo, suena a que eran muy unidos.

—Lo estaba, al principio. —Se echó hacia atrás, apoyando las palmas de la arena—. Pero en realidad no era porque quisiera venir conmigo, solo quería que yo me quedara. Ella adora la vida lujosa que Tōga se ha encargado de darle. Adoptarla es lo único que el viejo ha hecho bien… para variar.

—¿Adoptarla?

Entonces Rin no era…

—Ah… sí. Rin es mi media hermana, también. Otra de las relaciones fallidas de mi madre.

Aún recordaba al bastardo del padre de Rin. Se la pasaba como una cuba todos los días, no servía para nada. El día que descubrió que su madre estaba embarazada, el muy cabrón le había pateado con fuerza en el vientre esperando provocarle un aborto.

Inuyasha le quebró la mandíbula con un bate de béisbol.

—Perdón, estoy siendo muy entrometida.

La voz de Kagome lo sacudió fuera de sus recuerdos. Relajó las manos, que habían estado haciendo puños la arena, y destensó la mandíbula. Solo tenerla cerca era suficiente para calmarle. La miraba por un segundo y toda la rabia subsidia.

Acercó una mano y la acunó en su rostro. Kagome aceptó la caricia de inmediato, apoyando su mejilla en la palma de él.

—¿Por qué me miras así?

—¿Así como?

—No sé… —Cerró los ojos mientras él le acomodaba tras las orejas los mechones de pelo que el viento le soltaba fuera de la coleta—. Como si estuvieras esperando a que desaparezca.

Cuando volvió a abrir los ojos Inuyasha estaba cerca, muy cerca.

—Tengo miedo de que lo hagas.

—¿El qué…? —preguntó, queda.

La miró a los ojos, algo angustiante eclipsando la miel de sus orbes.

—Desaparecer.

Kagome lo tomó de la mano —esa la cual no había abandonado su rostro—, le dio un fuerte apretón y le sostuvo la mirada antes de responder:

—No lo haré.

Ella no era Kikyō.

Ella no iba a lastimarlo.

Quería que él lo supiera, que jamás tuviera la menor duda.

Su agarre perdió fuerza cuando él acortó un poco la distancia que los separaba, y luego otro poco, hasta que ya no podía verle; sin embargo, podía sentirlo. El cálido aliento sobre sus labios, su nariz rozando la suya, su perfume embriagándole los sentidos. Los recuerdos de esa mañana regresaron para erizarle la piel. Solo podía pensar en besarle—en que la besase nuevamente.

Esta vez fue diferente. El primer toque fue lento y dulce. Los labios de él apenas rozando los suyos en un beso breve y casto, pero fue suficiente para despertar un sin fin de sensaciones en ella. Kagome sintió que todo su cuerpo zumbaba, que sus labios hormigueaban deseosos de más.

Volvió a besarla con aquella misma suavidad. No era un roce hambriento ni desesperado como la primera vez. No había angustia ni dolor tras aquella caricia. A Kagome se le hizo sencillo esta vez seguirle el ritmo, disfrutar de ese sentimiento dulce e indescriptible que solo Inuyasha despertaba en ella. Él se inclinó hacia adelante, profundizando el beso, haciéndola caer de espaldas sobre la arena. Sus brazos se aferraron por voluntad propia tras el cuello de Inuyasha, dejándose llevar cada vez más.

Lo sintió morderle el labio inferior con dulzura, y su lengua lamer el mismo punto antes de adentrarse a su boca.

Kagome se separó de golpe, presionando ambas manos contra el pecho de Inuyasha.

—Perdón —soltó apurada.

Se tapó el rostro con las manos. Ya sentía que estaba sonrojándose hasta la médula.

—¿Está todo bien? —Se incorporó con los codos para verla—. ¿Te lastimé?

Sonaba tan mortificado que solo hacía toda la situación mas vergonzosa de lo que era.

—No, no es eso… es que yo. —Bajó un poco las manos, lo suficiente para verlo entre las aberturas que creaban sus dedos—. Yo nunca… es que jamás he… ¡Ya sabes!

Perfecto. Ahora él la miraba como si le hubiese crecido una segunda cabeza.

Kagome consideró la posibilidad de escabullirse de debajo de su cuerpo y correr al mar solo para evitar esa conversación. Con suerte se la tragaría un tiburón antes de que él la alcanzara.

—¿Kag? —Una sonrisa juguetona se deslizó en su boca al llamarla.

La había descubierto.

—¿Si…?

—¿Es la primera vez que besas a alguien?

—Por supuesto que no.

Le volvió a dar un empujón para quitarselo de encima. Él se hizo a un lado, cayendo en la arena sin parar de sonreír.

—No lo puedo creer...

Ella se puso de pie, sacudiéndose la arena sobre él a propósito.

—Cállate.

—Soy tu primer beso a la francesa.

—No, no es cierto.

—¡Soy el primer beso de Kagome a la francesa!

—¡Para ya!

Comenzó a alejarse hacia la playa, cubriéndose los oídos con las manos. No había avanzado más de diez pasos en lo que sus pies abandonaron el suelo, y pegó un grito cuando el mundo se le puso de cabeza hasta que lo único que podía ver era arena y los vaqueros oscuros de Inuyasha.

—¿¡Que haces!?

—Voy a darme un chapuzón.

—¡Inuyasha, bájame!

—No hasta que lo admitas.

No le podía ver la cara, pero juraba que estaba disfrutando de la situación.

—No traje ropa conmigo —berreó, golpeándole la espalda con los puños—. ¡Inuyasha, hablo en serio!

—¿Lo vas a admitir, entonces?

No.

Entonces escuchó las olas romper más cerca, y los pies de Inuyasha chapotear en el agua.

—Ugh, está helada.

Solo estaba jugando, se convenció Kagome. No iba a lanzarla... ¿cierto?

Inuyasha se siguió moviendo más adentro, hasta que el agua estaba peligrosamente cerca del rostro de Kagome y ya le mojaba las puntas del pelo.

—A la cuenta de tres: uno… dos… —Hizo como sí tomaba una bocanada de aire.

—¡De acuerdo! ¡De acuerdo!

—¿Lo estás admitiendo?

—Sí, lo admito. —Se removió—. Ahora, ¿podrías bajarme?

Inuyasha sonrió.

—Como gustes.

Y la soltó.

Dentro del agua.


HOLA.

Estaba un poco perdida. He comenzado a estudiar y cuando tengo tiempo libre lo que hago es dormir como una morsa obesa. Este capítulo creo que es uno de los más relajados y tranquilos que he escrito. Nuestros dos protagonistas siendo felices y comiendo perdices.

Quería dejarles saber que, por cuestiones de lógica, tuve que cambiar algunos hechos del fic:

1. Había leído que la edad legal en Japon era a los 20 años; por esta razón, Inuyasha tenía 19. Al parecer ahora la edad legal en Japon es a los 18. Otras personas me han dicho que es a los 21, así que decidí irme por lo seguro y ahora Inuyasha tiene 17 años y se hará mayor de edad a los 18. Punto.

2. Debido al punto número uno, Kagome tiene 16.

3. Sesshōmaru y Rin no tendrán relación sanguínea. El padre de Inuyasha y Sesshomaru adoptó a Rin porque es hija de Izayoi. Su única relación sanguínea es con su medio hermano: Inuyasha.

Creo que eso es todo. Si tienen dudas de algo, no duden en mandarme un mensaje privado. Siempre los respondo :)

Millones de gracias por seguir leyendo, no se imaginan lo feliz que me hace cuando estoy teniendo un mal día ver sus mensajitos de apoyo

¡Nos leemos pronto!

P.D. No ha terminado el fic. Aún le faltan unos buenos diez capítulos para terminar ;)