Capítulo 22. Después de la paz... ¿viene la tormenta?


—¿Palomitas?

—Si, por favor. —Extendió las manos para recibir el bowl. Su madre no se lo entregó enseguida—. ¿Qué?

—Nada, nada... —respondió con inocencia. Le entregó la botana y se sentó a su lado en el sofá con una sonrisita en los labios que de inocente no tenía nada.

Su hija no lo dejó estar, por supuesto.

—Dime.

—Ya va a empezar la película —señaló hacia la televisión.

—Mamá...

—No es nada —insistió, divertida. Kagome le entornó los ojos, insatisfecha con la respuesta—. Solo... luces feliz. Bastante feliz.

Su hija parpadeó rápido, como hacía cada vez que algo la tomaba desprevenida.

—Oh...

—Lo cual es bueno, por supuesto. —Le pellizcó una mejilla cariñosamente—. Me alegra verte así. Aunque adivino que no tiene nada que ver con nuestra noche de películas, ¿a que no?

Kagome se sonrojó, desviando la atención hacia el televisor. Ahora la película se le antojaba más interesante que antes. Como que ya no tenía muchas ganas de hablar.

—¿Por qué más podría ser?

Quería actuar fresca, pero claro que su madre la conocía demasiado bien como para no darse cuenta de cuando mentía.

—Cierto —le concedió. Esperó hasta que su hija se llevó un puño enorme de palomitas a la boca para preguntar—: Entonces, ¿cómo estuvo tu cita con Inuyasha?

Kagome casi se escupe las palomitas encima; en lugar de eso, inhaló para evitarlo y terminó atorándose con ellas. Le provocaron un ataque de tos tan grande que su madre tuvo que socorrerla dándole suaves palmaditas en la espalda.

—¿Q-qué? —preguntó, fallando en controlar la tos—. Yo... ¿cómo?

La Sra. Higurashi continuó palpándole la espalda gentilmente hasta que recuperó el aliento.

—Bueno, su auto estaba estacionado a unas cuadras esta mañana...

Su hija se puso pálida.

—Mamá...

—No, cariño, ni lo menciones —la detuvo antes de que pudiera excusarse—. Sé que mi comentario hace unos días estuvo fuera de lugar. No debí decir esas cosas acerca de él sin conocerlo. Quiero que continúes confiando en mí, sobre todo cuando de chicos se trata. No quisiera que dejes de contarme las cosas porque temes de mi reacción.

—Lo lamento... —Bajó el rostro, apenada—. Debí decírtelo antes.

La Sra. Higurashi atrajo a su hija en un abrazo, dejándole un beso maternal sobre el pelo.

—No tienes que disculparte, amor.

Su niña estaba creciendo, y fue su error el que provocó que se alejase en lugar de confiar en ella; además, por mucho que quisiera estar enfadada, no podía.

Inuyasha había sacado a su hija a flote. A la vieja Kagome. A la chica que cantaba en la ducha, platicaba durante la cena, y sonreía la mayor parte del día.

La Sra. Higurashi no lo había notado en un principio. Estaba demasiado afanada en el trabajo, hundida en su propio luto, y actuando como una madre muy egoísta. Pasó todo el mes fuera de casa con la esperanza de que, si su hija no la veía desmoronándose en llanto todos los días, entonces no sufriría. Por un tiempo creyó que estaba haciendo lo correcto: que la estaba protegiendo. Kagome estaba tan animada, que juró era su plan lo que estaba funcionando.

Pero no fue así.

No era su distancia la que estaba ayudando a su hija a sanar... era ese muchacho.

Se dio cuenta aquel día. Cuando llegó a casa y él estaba allí, sentado a su lado, ambos con la mirada perdida en la del otro. La Sra. Higurashi notó en seguida aquella chispa iluminando los ojos siempre opacos de su hija. Esa chispa que dejó de existir hacía tiempo. Esa chispa que consideraba perdida. Si bien la había visto sonreír más seguido al lado de Kōga, jamás la había visto mirarlo con aquella... ¿devoción? Si, aquella devoción con la que se perdía en Inuyasha.

Lo tenía que admitir: el chico no era la primera opción de una madre. Por eso había dicho aquellas cosas sobre él. Lo que menos quería era que le rompieran el corazón a su hija, y él lucía como el tipo de chico que definitivamente lo haría.

Pero escuchar la forma en la que su hija lo defendió... Kagome nunca había hablado así por nadie que no fuese Sōta.

Así que lo supo: su hija estaba enamorada.

Y sí que lo estaba.

—Bien, y ahora —comenzó, liberándola del abrazo y dedicándole una sonrisa cómplice—. Quiero saberlo todo.

—¿Todo?

La Sra. Higurashi asintió, curiosa. Kagome se mordió el labio.

—No sé por donde empezar...

—Empecemos por lo básico: ¿cómo se conocieron?

Kagome sonrió entusiasmada y se acomodó mejor en el sofa, olvidándose de la película por completo.

—En realidad fue a principios de curso, en el primer día de escuela...


Si se apuraba, aún alcanzaría la parada del bus a tiempo... o al menos trataba de convencerse de eso mientras se ponía el uniforme escolar a trompicones.

—¿No desayunarás? —Se asomó desde la cocina su madre al verla atravesar el corredor a toda prisa.

—Sin tiempo —respondió, metiendo los pies en los zapatos sin molestarse en calzárselos bien.

—Al menos llévate el almuerzo —le pidió, sosteniendo la bolsa de papel en una mano.

Kagome devolvió rápidamente los pasos hasta donde su madre estaba y le dejó un corto beso en la mejilla antes de tomar la bolsa y salir como alma que lleva al diablo de casa.

El tramo hasta la salida del templo se le hizo eterno —aún cuando iba a la carrera—, y luego venían las infinitas escaleras que tenía que bajar para llegar a la calle. Se preguntó por qué no podían ser una familia normal y vivir en una casa normal. De pequeña los contaba —los escalones—, y terminaba aburriéndose después del número 52.

Estaba concentrada en bajar de dos en dos sin tropezarse y morir como para fijarse en otra cosa. Por eso, cuando ya estaba a pocos peldaños de la avenida y finalmente miró hacia arriba, tuvo que detenerse para no perder el equilibrio y caer por la sorpresa.

Inuyasha estaba allí, apoyado de la carrocería de su coche, una mano dentro del bolsillo y con la otra sostenía el móvil. Usaba el uniforme escolar sin el chaleco ni la corbata que las reglas del instituto exigían. Llevaba el cabello húmedo por la ducha, cayéndole despeinado sobre el rostro y aun así luciendo increíble. Cuando levantó la mirada y se percató de su presencia, una sonrisa ligera se le dibujó en sus labios varoniles.

Kagome terminó de bajar los escalones restantes, deteniéndose a unos pocos pasos de él. Ya tenía los nervios a flor de piel. No lo había visto desde el fin de semana, cuando la dejó en casa después de pasar el día juntos. Inuyasha trabajaba, y por mucho que quisiese verlo no podía pedirle que faltara por ella. Habían estado intercambiando mensajes de texto en lo que él tenía algo de tiempo, que usualmente era durante la madrugada.

Y ahora estaba ahí, fuera de su casa, frente a ella.

—Hey...

Y eso es lo mejor con lo que pudo recibirlo.

No era su culpa. No sabía que hacer; ¿debía besarlo?; ¿estaban juntos ahora? No estaba segura. Nunca habían llegado al punto en donde le ponían nombre al amor que se confesaron.

—Hey —respondió él, guardando el móvil y acercándose a ella—. Estaba por llamarte.

—¿Si?

Tuvo que inclinar el cuello para fijar miradas con sus orbes doradas cuando él llego a un alto a solo unos centímetros de distancia. La altura de Inuyasha se suspendía sobre la suya, y aquello la había intimidado antes. Ahora la hacía sentir segura.

—Creí que ya no irías a la escuela.

—¿Qué haces aquí tan temprano?

Inuyasha frunció. De no ser por la usual tranquilidad en sus expresiones, Kagome hubiese jurado que por un segundo pareció herido con la pregunta.

—¿No querías verme?

—¡No! Digo, sí. —Sacudió las manos—. No es un "no" de no quería verte, es un "no" de no es lo que piensas porque claro que quería verte... —Dejó de balbucear incoherencias porque vio que Inuyasha se mordía el labio para no reírse de ella. La diversión en sus ojos delataba que solo estaba molestándola—. Ya, tú entiendes.

—Me encantaría hacerlo —continuó mofándose. Kagome infló las mejillas, y él aprovechó de acariciarle el rostro con ternura—. Llegaremos tarde —anunció, rodeó el Challenger y abrió la puerta del piloto. Como Kagome no se movió de su sitio, apoyó las manos del techo del coche y le preguntó por encima—: ¿Vienes o irás por tu cuenta?

Kagome reaccionó tarde. Le tomó un par de segundos darse cuenta de que Inuyasha había ido por ella.

No le estaba preguntando directamente, de hecho le estaba dando la opción de rechazar la invitación. No era como el resto. Inuyasha no demostraba interés como cualquiera. Siempre se aseguraba de dejarle saber que tenía la opción de decir que no.

La azabache caminó hacia el auto, abrió la puerta y se trepó en el asiento.

¿Cómo, en su sano juicio, podría alguna vez decirle a él que no?


—Entonces... ¿están saliendo?

Kagome se llevó un bocado de arroz a la boca y en lo que masticaba elevó la mirada, encontrándose con tres pares de ojos intensamente puestos en ella. Bajó los palitos lentamente, medio cohibida por toda la atención que estaba recibiendo.

—¿Y bien? —insistió Ayame.

La azabache tragó y le parpadeó.

¿Era con ella?

—¿Huh?

—No te hagas. —Su amiga usó sus propios palitos para apuntarla, tal cual un arma—. Todos los hemos visto llegar y andar juntos esta semana.

Kagome se sonrojó hasta la médula, y no supo muy bien que responder. Era incómodo no saber si podía asumir y hacer público que las cosas con Inuyasha estaban progresando... ¿progresando hacia qué? ¿una relación?

—No lo sé... creo.

—¿Cómo que crees?

—N-no hemos hablado de eso.

—¿Pero si han estado viéndose? —se unió Sango con más tacto y amabilidad que Ayame.

—Algo.

—¿Y has ido a su departamento?

—A-a veces...

—¿Y se acostaron?

—¡Miroku! —chillaron las dos amigas, Kagome solo se puso más roja.

—Es broma, es broma. —Se encogió ligeramente por cómo le gritaron—. Solo era una pregunta inocente, exageradas.

—Nadie quiere escuchar tus preguntas, cerdo.

—Que cruel eres, Sanguito.

—Ya déjenlo estar... —habló Kōga, quien había estado manteniéndose al límite de esa conversación—. ¿A ustedes qué les importa? Es problema de ellos lo que hagan.

Kagome por una parte estuvo agradecida de que alguien estuviese de acuerdo en respetar su privacidad; por la otra, la forma en la que Kōga lo dijo sonó casi... enfadada. Sabía que estaba disgustado por lo sucedido en la feria. Se había molestado mucho con ella por haber disculpado a Inuyasha, y estuvo aún más furioso cuando se enteró de que ahora eran algo... más.

"No sabes en lo que te estás metiendo."

Esas fueron sus crudas palabras, y desde entonces se había esmerado en ignorarla. Ni siquiera había cumplido la promesa de volver al templo. Kagome estaba triste por eso... porque extrañaba su amistad. La hacía sentir como si debía elegir entre Kōga e Inuyasha, y se creía incapaz de hacerlo. Le dolía pensarlo.

—Los celos son una cosa maravillosa, ¿no creen? —comentó Miroku con aire ligero, ganándose una mirada mortal de parte de Kōga—. Y hablando del Rey de Roma...

Inuyasha llegó en ese momento y tomó el puesto vacío que convenientemente se encontraba junto a Kagome. Dejó la bandeja del almuerzo sobre la mesa y se llevó una manzana a la boca para darle una mordida. Cuando levantó la vista de la comida hacia el grupo, se dio cuenta de como todos estaban con los ojos clavados en él. Buscó a Kagome a su lado por una respuesta, quien solo le dedicó una sonrisita incómoda.

—Fenómenos.


—Así que se trataba de eso.

—Sí, no es la gran cosa...

—Pero a ti te importa, ¿verdad?

Abrazándose las rodillas al pecho, Kagome siguió viendo a los del equipo de atletismo correr en la pista bajo ellos con Inuyasha sentado a su lado. Habían subido a pasar la hora libre en la azotea, y terminaron platicando sobre el pequeño interrogatorio de parte de sus amigos durante el almuerzo.

La pregunta real era que si le importaba el no tener claro si estaban juntos, o no tener respuesta a que era aquello que estaban llevando cuando alguien le preguntaba.

—No... No es eso. —Se metió el cabello tras las orejas en lo que el viento cambió de dirección—. Es solo que no tengo mucha experiencia con... esto —gesticuló una mano entre ambos.

Ya estaba avergonzada de haber sacado el tema a colación. El hablar sobre sentimientos era nuevo para ella porque nunca había sentido nada así por nadie.

En cambio Inuyasha... seguro para él aquel tema solo traía recuerdos amargos. Se arrepintió en seguida de haberle dicho la verdad en lugar de inventarse algo.

—No hay un "esto". Tú me necesitas y yo a ti, ¿no? —Kagome lo miró a los ojos y asintió—. Entonces eso es todo. Ponerle etiquetas... no es lo mío.

Era entendible, y aun así Kagome no podía evitar sentirse decepcionada de esa respuesta.

Era una adolescente como cualquier otra, y hasta ahora no sabía lo mucho que su ridículo corazón adolescente deseaba que Inuyasha le pidiese ser su novia... o que por lo menos la considerase como tal. Era la cosa más tonta e insignificante y estaba segura de que no cambiaría nada si se lo pedía o no.

Pero aun así... el hecho de que Kikyō si fue su novia...

—¿Segura que estás bien con esto?

Kagome miró abajo. La altura se le hacía menos intimidante que encarar a Inuyasha.

—Yo...

—No soy material para una relación —dejó en claro antes de permitirle dar una respuesta—. Todo lo que te dije es real, lo que siento por ti también lo es... pero también hablaba en serio cuando dije que suelo arruinarlo todo, todo el tiempo.

Instantáneamente Kagome viajó a aquella noche donde, al llegar a casa después de la feria, se encontró encerrada en su baño por una hora lavándose de las manos la sangre seca de un completo desconocido. No pudo evitar preguntarse si Kikyō en algún momento había pasado por lo mismo. Sango había mencionado que a Kikyō le gustaba que Inuyasha fuese así de posesivo.

¿Eso significa que disfrutaba que lastimase a alguien más por ella?

—Si en algún momento decides dejarlo...

—No. —Ni siquiera tuvo que pensarlo para responder—. No iré a ninguna parte, Inuyasha... no mientras tú me quieras aquí.

La sorpresa surcó unos instantes los ojos ámbar de Inuyasha. Kagome le sostuvo la mirada para que le quedase claro que estaba siendo sincera, que estaba completamente segura.

No le importaba lo que fuesen, para ella el poder estar cerca de él le bastaba. Lo sabía desde hace tiempo, solo que había tardado en darse cuenta. Incluso en el momento en que lo vio con los labios presionados contra los de Yara. Lo que realmente le había dolido ese día no había sido eso... ahora lo entendía.

Le había dolido perder a Inuyasha.

La sola idea de que la olvidase por otra persona le quemaba el alma. No importaba con quién saliera, siempre y cuando ella pudiese estar a su lado para verlo ser feliz.

Esta vez ella se atrevió a dar el primer paso. Se inclinó hacia él y lo tomó desprevenido al plantarle un corto beso en los labios.

El que le correspondiese el beso era suficiente. El que le permitiese sentir su respiración, su calidez, verle a diario, escuchar su voz...

Él era más que suficiente.


Puso la combinación y abrió la puerta del casillero. Un trozo de papel voló fuera de este, cayendo en un vaivén suave hasta aterrizarle cerca de los pies.

Kagome respiró profundo para luego soltar el aire lento. Recogió el papel, lo arrugó en su puño y lo arrojó dentro del casillero sin molestarse en leerlo. Divisó a Yara a cuatro lugares de ella, observándola con odiosidad. La rubia le mostró el dedo medio y articuló algo con los labios antes de cerrar su locker con fuerza y marcharse con su grupo de amigas por el pasillo.

Kagome le leyó los labios: la había llamado perra.

Unos días atrás ya había caído en cuenta que las notas habían comenzado a causa de Yara. Ella y sus amigas empezaron con los mensajes, a esparcir chismes por la escuela, hasta que eventualmente más personas se unieron a llenarle de insultos el casillero. Pero entonces empezaron a verla cerca de Inuyasha más seguido, y se habían detenido casi por completo por eso. Todos temían meterse con ella después de que lo que sucedió con él y Kōga en la cafetería.

Así que estaba bien, ya no le importaba. Si tenía que vivir con los insultos de Yara lo que restaba de año escolar, que así fuera.

Sacó los libros de texto que llevaba en la mochila y los guardó dentro del casillero. Fue entonces que notó algo pegado en una de las paredes de metal. Era un sobre pequeño y rectangular de color amarillo, parecido a los que te entregan en los centros de revelado fotográfico, adherido torpemente al metal con un montón de cinta adhesiva. En letras grandes y rojas se leía Kodak al costado.

Después de pasar unos buenos tres minutos tratando de despegar el exceso de cinta con las uñas, Kagome terminó optando por sacar las tijeras que llevaba en la mochila para usar una de las cuchillas como navaja. Tuvo cuidado de no dañar el sobre al rasgar el adhesivo, aunque este se veía bastante gastado de todas formas. Cuando logró despegarlo y lo tuvo en sus manos, leyó el nombre "Higurashi" al reverso en mala caligrafía, como si lo hubiesen escrito con prisa.

Un ramalazo de temor le quemó las entrañas.

¿Por qué estaba un sobre con su apellido pegado dentro de su casillero? Ella era la única que conocía la combinación...

No perdió tiempo esta vez. Rompió el sello sin preocuparse más en si dañaba el material.

Quizás había sido Sango, o Inuyasha… o alguno de sus amigos. No entendía por qué estaba tan asustada. Se restregó las manos de la falda para secar el sudor frío que ahora le cubría las palmas, y entonces sacó lo que había dentro del sobre.

Una foto.

Un mensaje.

Y así, tan fácil, el mundo se le hacía añicos.


Listo. Pueden matarme ahora por tardarme tanto. Estoy preparada.

Lo lamento muchísimo, pero estaba tan atascada de trabajo que hasta tuve que leerme el fic dos veces para agarrarle otra vez el hilo a la historia. Cada que me inspiraba en el capítulo recordaba que tenía que resolver cosas en el trabajo al día siguiente y toda la inspiración se esfumaba.

Les adoro más que a nada. Gracias por continuar aquí y disculpar mis tardanzas.

P.D. Ya no sé que títulos ponerle a los capítulos. No me juzguen.

P.D2. Quisiera leer sus teorías de lo que va a suceder en el fic. Me muero por saber si logran adivinar