Capítulo 23. Chantaje.
Le costaba respirar. Le costaba ver. La fotografía entre sus dedos temblorosos se desenfocaba. Algo dentro de sí le apretaba el pecho, le cerraba los pulmones, le atenazaba las entrañas.
Kagome.
Sus oídos zumbaban. Había un pitido ahí, taladrando dentro de su cabeza. Eran sus resquebrajados nervios. Estaban gritando.
Kagome.
Las letras impresas tras la foto se entremezclaban. Parpadeó, pero eso no ayudó a ponerlas en su lugar. La mareaban. Iba a vomitar. Quería gritar. Llorar. Reír histéricamente. Quería correr lejos. Le ardía el pecho, de esa clase de ardor que sofocaba. Era el pánico: corriéndole por las venas, apoderándose de sus sentidos, nublándole la existencia.
—¡Kagome!
Se estremeció, aterrizando de golpe en el mundo real. Una mano se posó sobre su hombro y pegó un brinco, aterrorizada, chocando estrepitosamente contra el casillero a sus espaldas. Sus ojos temblorosos se enfocaron en Kōga, quien se detenía frente a ella con gesto consternado.
—Kōga...
—¿Qué sucede? ¿Te sientes bien? —Le tomó la mano libre—. Estás helada. ¿Qué pasa? ¿Te llevo a la enfermería?
Le quemaron los ojos a causa de las lágrimas. Quiso decirle que estaba mal, que todo estaba terriblemente mal. Quería pedirle ayudaba. Necesitaba que la ayudara. El miedo la vencía, el terror de que todo se tornara mil veces peor la ahogaba. Si abría la boca habría consecuencias, eso decía la nota. No había nada que Kōga pudiera hacer. Nadie podía hacer nada.
—No —se apartó un tanto, lo suficiente para hacer puño la foto dentro del bolsillo de su falda sin que él lo notara—, no es nada. Solo estoy algo mareada.
—Estás pálida, ¿segura que está todo en orden?
—Yo... —El tragarse el llanto le cerraba la garganta. Iba a largarse a llorar si continuaba hablando—. Tengo que irme.
Le pasó por el lado con la cabeza gacha, deseando que la dejase ir sin más preguntas. No fue así, por supuesto. Kōga no le iba a permitir marcharse sabiéndola en ese estado, por eso la detuvo por el brazo.
—Déjame llevarte a casa.
—Kōga...
—No más preguntas —prometió.
Kagome lo miró a los ojos, segura de que se largaría a llorar allí mismo. Su amigo la conocía demasiado bien.
—No puedes regresar a clases, ni caminar a casa en ese estado. Déjame llevarte al templo.
En ese momento fue que Kagome cayó en cuenta de cuan horrífica era la situación, de cuan retorcido y enfermo era lo que estaba ocurriendo. De pronto la sola idea de andar hasta el templo le envió un escalofrío de pies a cabeza. La paranoia se encendió en su sistema como una alarma ¿Y si la seguían? ¿Y si no estaba a salvo? Estaría más segura en clases, pero la opción de continuar en la escuela como si nada iba a conseguir que colapsara. Inuyasha estaba en sus últimos dos períodos, ¿cómo iba a verlo a la cara e ignorarlo sin ninguna explicación?
—De acuerdo.
No le importó que Kōga la tomara de la mano por los pasillos concurridos de la escuela, porque realmente era lo único que lograba hacerla poner un pie frente al otro sin caer. Lo siguió en silencio hacia el estacionamiento, hasta donde su moto estaba estacionada. Él sacó el casco de siempre del compartimiento bajo el asiento y se lo extendió.
—Si esto tiene que ver con la bestia de Inuyasha...
—No —lo detuvo—, no tiene nada que ver con él. —Kōga sesgó la mirada—. Te lo prometo.
—Bien... te creo.
Kagome agradeció que el ruido de la motocicleta fuera lo suficientemente alto como para evitar cualquier otra conversación entre ellos. Se aferró al torso de Kōga y recostó la cabeza en su espalda. Esta vez no sintió mariposas cuando tomaron velocidad. No hubo adrenalina, ni sensación de libertad. Esta vez solo cerró los ojos y se preguntó como era que todo en su vida siempre se desmoronaba.
Llegaron al templo rápido. Kagome bajó de la moto casi a trompicones, desesperada por correr a casa, donde se sentiría relativamente a salvo.
Kōga notaba lo nervioso de su estado, lo ansioso de sus movimientos. Le angustiaba no poder hacer nada. Quiso detenerla, consolarla, ayudarla de alguna forma, pero sabía que Kagome no le daría ninguna respuesta. Le había prometido no hacer preguntas, así que la dejó partir sin más insistencia. Esperó hasta verla desaparecer al tope de las escaleras para poner en marcha la moto de regreso a la escuela.
De regreso a hablar con Inuyasha.
—¿Te pasa algo?
—¿Huh?
El viejo Tōtōsai exhaló el humo de sus pulmones sin sacarse el cigarrillo de los labios, al mismo tiempo que se limpiaba la grasa de los dedos con un trapo sucio.
—¿Que si te pasa algo?
—No.
—Entonces, ¿puedes dejar de echarle toda la jodida lata de limpia frenos a un solo disco?
Inuyasha subió la vista del móvil para darse cuenta de lo que estaba haciendo. Dejó la lata ya vacía a un lado. Había hecho un charco en el suelo, y el resto del líquido se le escurría por la mano.
—Estaba bastante sucio.
—Sí, me lo imagino. —El viejo le lanzó el paño y se cruzó de brazos—. Termina con eso y vete a casa.
—¿Qué? No. Te dije que no me pasa nada.
—Y yo dije que terminas con eso y te vas a casa —repitió—. No quiero ver tu cara aquí en lo que resta de día, ¿entendido?
Inuyasha chasqueó la lengua con fastidio, y esperó hasta que el viejo le diera la espalda para mascullar un insulto por lo bajo. No estaba en las condiciones para perder horas de trabajo.
Y Kagome seguía sin contestarle.
Se guardó el móvil en el bolsillo y se enfocó en terminar de limpiarle los frenos al coche en el que trabajaba. Montar las llantas de regreso le tomó más tiempo del usual, lo cual lo cabreaba. Tener la mente dispersa lo sacaba de sus casillas. No podía concentrarse si Kagome se negaba a contestarle los putos mensajes.
Llegó al departamento con un punzante dolor de cabeza. Tomó una ducha más larga de lo usual con la esperanza de aplacarse los nervios, pero al salir y encontrar la bandeja de mensajes igual de vacía, se sintió más estresado que antes. Estaba preocupado y furioso en partes iguales. Hacía unos días que no sabía nada de ella.
Kōga lo había interceptado en el instituto diciéndole que lo que sea que le había hecho a Kagome, mejor lo arreglara o le iba a partir la cara. Inuyasha se quedó en el aire, porque no tenía ni una puta idea de qué se supone que había hecho mal esta vez. Las cosas estaban bien... ¿no?
Al parecer no.
Ya habían pasado tres días y Kagome ni siquiera le dirigía la mirada durante clases. Se estaba volviendo loco. Quería ir a verla. Su primer pensamiento fue ir al templo a buscarla, pero estaba seguro de que ella no iba solo a abrirle la puerta. No quería presionarla, tampoco. Era la primera vez que Kagome se alejaba... y no sabía como reaccionar. El karma estaba cobrándoselas, eso era seguro.
Se echó a la cama con un pesado thump. Los resortes bajo él chillaron. Se restregó los ojos, buscando despejar la mente, pero no lo consiguió.
Cuando estaba ansioso era cuando más sentía sed. Su mente le recordaba que una botella intacta de licor estaba esperándole en un compartimiento escondido bajo el lavaplatos. La guardaba en casos de emergencia. Un poco de alcohol en las venas siempre lo ayudaba a calmarse los nervios. Era cuestión de levantarse y pasar unos tragos, los suficientes para dejar de pensar por un rato. Empezaba a perder la paciencia, y controlar su condición se le hacía más complicado estando sobrio...
—Joder.
Se levantó de un brinco y recogió del suelo la primera camiseta que encontró. Sacó la caja de cigarrillos de los bolsillos del pantalón de trabajo, y se los guardó en los vaqueros que llevaba puestos antes de salir del departamento con un portazo.
—No entiendo...
—L-lo siento...
Kagome desvió la mirada llena de lágrimas a sus pies, porque si continuaba mirando a Inuyasha iba a resquebrajarse allí mismo. Se estaba ahogando, cada latido de su corazón dolía más que el anterior, pero no podía permitirse perder la compostura frente a él. Tenía que fingir que estaba segura de lo que decía. Tenía que pretender que no estaba haciéndose pedazos por dentro.
—¿Estás terminando conmigo?
Cerró los ojos, absorbiendo la angustia que le atravesó el pecho al escuchar el dolor impreso en la pregunta de Inuyasha. Kagome no consiguió la voz para responderle, así que se limitó a asentir como una cobarde. Le miró el rostro a través de las pestañas. Lucía incrédulo, herido, confundido... un millón de emociones cruzando el miel de sus ojos al mismo tiempo.
—¿He hecho algo mal?
Kagome no sabía que responder, así que dijo lo primero que se le vino a la cabeza:
—Tú lo dijiste... que no eras material para una relación.
El silencio que le siguió a su respuesta la estaba matando, acabando con ella lenta y dolorosamente. Estaba tomando de todo su ser no decirle que mentía, que alguien la estaba obligándo a hacer todo eso. Lo único que se escuchaba era el bullicio de los concurridos pasillos de la escuela. Kagome había elegido ese lugar a propósito. De estar solos ella no habría sido capaz de decirlo, y también sabía que Inuyasha se contendría de reaccionar mal si estaban en público.
Pero no esperaba que no reaccionara. En absoluto.
Lo escuchó soltar una risa amarga, casi irónica. Se pasó los dedos por el cabello, que llevaba más largo que de costumbre, y se humedeció los labios. Cuando sus ojos dorados conectaron con los de ella, ya no había nada en ellos. Su expresión se transformó por completo, se tornó fría e indiferente.
—De acuerdo.
Si Kagome creyó que su corazón había tocado fondo antes, había estado muy equivocada.
—Inuyasha...
—No éramos nada para empezar, ¿recuerdas?
Fue como una bofetada en el rostro. Fuerte. Tanto, que la sacó de balance. Tanto, que le arrancó el habla.
—Fue divertido —dio un paso atrás. Se estaba apartando de ella, y no solo físicamente—. Nos vemos.
No esperó a que ella dijera nada más, simplemente se dio la vuelta y se marchó. Kagome lo siguió con la vista, con los pies clavados al suelo, aun procesando lo que acababa de pasar. No fue hasta que él se perdió entre el resto de estudiantes, que todo cayó sobre ella como una avalancha.
No pudo contener más el llanto. Recostó la espalda de la pared tras ella y se dejó caer al suelo, haciéndose un ovillo, deshaciéndose en sollozos. No le importaba estar haciendo un espectáculo en medio de toda la escuela. No cuando había perdido a Inuyasha.
Había perdido a Inuyasha...
Había...
—Kagome, ¿pero qué sucede?
No levantó la vista para ver quién era. No podía controlarse. Estaba rota. Tenía un hueco en el pecho que solo acrecentaba con cada hipeo que se le escapaba de los labios.
Ayame se arrodilló a su lado, apartándole el cabello del rostro que se le pegaba por las lágrimas. Kagome ni siquiera la miraba. No estaba segura de que su amiga estuviera siquiera consciente de que le estaba hablando.
—Dios, linda, ¿qué ha pasado contigo? —Le secó las lágrimas con los pulgares, pero pronto más de ellas las reemplazaron. No la había visto así desde la fiesta de Kōga—. Ven, tienes que ponerte de pie.
La pelirroja la ayudó a incorporarse, haciéndola pasar una mano sobre sus hombros para balancearla.
—Se fue... —le escuchó susurrar.
—¿Quién se ha ido? ... Y ustedes, ¿¡Qué mierda están viendo!? —Espetó hacia el grupo de espectadores en el pasillo—. ¿Que no tienen nada mejor que hacer? Pedazo de imbéciles.
—Se fue.
¿De qué estaba hablando?
Ayame la ayudó a andar hacia el baño de damas. Una vez dentro le puso el pestillo a la puerta para que nadie más entrara. Dejó a Kagome en el suelo junto al lavabo, y sacó pañuelos de la maquina dispensadora antes de sentarse a su lado. Le pasó una mano por los hombros y la acercó para consolarla, limpiándole las lágrimas cada tanto. La azabache seguía sollozando, repitiendo las misma palabras una y otra vez.
Se fue.
Se fue.
Inuyasha se fue.
—Ocupado...
Los toquidos en la puerta se intensificaron.
—Con un demonio, ¡Que está ocupado!
—Soy yo, Sango.
Ayame se puso de pie como un resorte y corrió a abrir la puerta. Apuró a Sango a que entrara y le volvió a pasar pestillo.
—¿Cómo sigue?
—Bien... —Ayame suspiró—, al menos ha parado de llorar.
—Puedo escucharlas...
—Entonces sabrás que digo la verdad.
Kagome escondió el rostro entre el hueco que creaban sus rodillas. Sango se acercó y se dejo caer a su lado, mientras Ayame tomaba asiento encima de la encimera del lavabo.
—¿Nos dirás que sucedió? —Kagome no contestó—. Puedo ir a preguntárselo a Inuyasha.
—Él no lo sabe...
—¿Qué no sabe? —Silencio de nuevo—. Kagome, solo queremos ayudarte. Si nos dices seguro que podemos-
—Terminamos —la interrumpió—. Yo le terminé...
Sango cerró los labios, atónita. Creyó que habían discutido... creyó que estaba así por alguna pelea tonta.
—No es cierto —irrumpió Ayame—. Tú no harías eso.
—Ayame...
—Ella jamás acabaría con lo que sea que eran. Inuyasha bien podría patearla y Kagome le pediría disculpas por aporrearle el pie.
—No estás ayudando, ¿lo sabes?
—Soy honesta —discrepó la pelirroja—. Solo digo que algo grave tuvo que haber pasado si fue ella quien acabó las cosas. Además, no estaría así de afectada si hubiera sido decisión propia. —Se bajó del lavabo y llevó las manos a sus caderas—. ¿No es así, Kag?
Sango regresó la mirada a Kagome, quién levantó el rostro hacia ella. Había parado de llorar, pero estaba roja e hinchada a causa de eso. En su rostro leyó enseguida que Ayame estaba en lo correcto.
—Entonces —habló Sango—. ¿Qué ha sido?
Kagome respiró profundo, quizá para darse fuerzas. Abrió el cierre de su mochila y rebuscó algo dentro. Le extendió entonces a Sango un sobre amarillo.
—¿Qué es?
—Ábrelo...
La morena lo tomó entre sus manos. Ayame se acercó a ella en cuanto lo abrió y empezó a sacar lo que estaba dentro. Fotografías. Una tras otra.
—Pero qué...
Kagome estaba en todas ellas. En unas abrazaba a Kōga, en otras besaba a Inuyasha, pero las peores, las del final... en esas estaba con un muchacho de cabello rizado en el salón de música. Detrás de las fotos habían instrucciones: mantener la boca cerrada, alejarse de sus amigos, terminar con Inuyasha... era eso o las fotografías iban a ser entregadas a toda la escuela.
—¿Qué...? No... esto es...
—Chantaje —dijo Ayame. Kagome asintió—. ¿Estabas engañando a Inuyasha?
—¡No! Por supuesto que no.
—Pero en estás fotos parece que estuvieran... tú y ese chico... ya sabes.
—N-no fue consensual. Apareció de la nada ese día y yo... yo no supe cómo reaccionar y él trató de... —se estremeció. No podía siquiera decirlo en voz alta—. Si Inuyasha no hubiera llegado...
—¿Inuyasha lo sabe? —inquirió Sango.
—Algo así... entró al salón de música cuando yo trataba de irme. Amenazó a Satoru.
—Espera, ¿Satoru Tanaka? —Ayame intervino—. Está en una de mis clases. Es un rarito del taller de foto...grafía... ¡Por Dios! ¿ÉL te está chantajeando?
—No lo sé... no estoy segura...
—¡Pero por supuesto que es él! —Estalló la pelirroja, moviendo las manos de forma histérica—. ¿Quien más va a extorsionarte para que dejes a Inuyasha? ¿Y con fotos precisamente?
—Ayame tiene razón. Tenemos que decirle esto a Inuyasha.
Kagome agarró a Sango del brazo para detenerla cuando buscó levantarse.
—No podemos decirle.
—¿Estás loca? Tenemos que decirle. No puedes permitir que este enfermo haga lo que le dé la gana contigo.
—Va a reaccionar mal...
—Y lo va a moler a puñetazos, lo cual se merece —dijo Ayame.
Eso era precisamente lo que Kagome buscaba evitar. No podía hacerle eso a Inuyasha. No podía contar con que él estaría allí para moler a golpes a cualquier persona solo para defenderla. Estaba mal. Ella no era Kikyou... ella odiaba verlo en ese estado.
—No —se negó—. Yo puedo arreglar esto... solo necesito tiempo.
—¿Y si vamos a la policía? —sugirió Sango.
—Se va a hacer revuelo. Todos en la escuela, incluyendo Inuyasha, van a terminar enterándose, ¿no es así? —Kagome le asintió a Ayame—. Entonces... ¿qué sugieres?
Ese era el problema.
—No lo sé...
La azabache se llevó las manos a la cabeza. Le dolía a mares, pero necesitaba encontrarle una salida a esa situación cuanto antes. No quería dejar ir a Inuyasha así como así... no quería que terminara así.
No podía terminar así.
Pero lo cierto es que las cosas eran más complicadas de lo que ella imaginaba.
El resto del día agradeció tener a Sango y Ayame a su lado. Estaba aliviada de que alguien estuviera al tanto de lo que pasaba. Se había guardado aquello toda la semana, recibiendo foto tras foto sin poder hacer nada más que cumplir con lo que esa persona... no, con lo que Satoru le pedía.
Sango insistió en llevarla a casa al final de la escuela. Desde hace un tiempo que pasaba las tardes con Inuyasha. El salir y verlo marcharse sin dirigirle la palabra estaba acabando con ella. Su amiga debió haberlo notado, porque la invitó a comer algo antes de dejarla en el templo. Kagome agradeció los intentos de Sango por cambiar el tema para ayudarla a olvidar por un momento todo lo que estaba pasando, a pesar de que no funcionaban.
Llegó a casa exhausta física y mentalmente. Ni el abuelo ni su madre estaban, así que subió directo a su habitación. Necesitaba encerrarse, llorar y dormir lo que le restaba de vida. Abrió la puerta de la habitación con una mano mientras se deshacía el nudo del uniforme con la otra. Un fuerte ventisca la recibió al cruzar el umbral.
Ella nunca dejaba la ventana abierta.
—¿Mamá?
Estaba segura de que su madre estaba en el trabajo, y no había motivo por el cual entraría a su habitación a dejar la ventana abierta. Se metió al cuarto sintiéndose repentinamente insegura. Todo se veía en su lugar. Estaba siendo paranóica, ¿por qué habría algo fuera de lugar? Seguro solo había olvidado cerrar la ventana antes de irse a la escuela. Cruzó el espacio a largas zancadas y cerró los páneles de vidrio de un golpe, haciendo lo mismo con las cortinas. Se quedó paraba ahí unos segundos, en completo silencio, queriendo escuchar algún otro ruido proveniente del resto de la casa. No escuchaba nada más que su respiración, y el golpeteo frenético de su corazón en los oídos.
—No hay nadie, Kagome, basta —se regañó en voz alta.
Satoru estaba acabando con sus nervios. No podía seguir así. Iba a volverse loca.
Se terminó de sacar el pañuelo rojo del uniforme y se dio la vuelta.
Y ahí estaba. Justo sobre su cama. Un sobre manila con letras negras.
"TE DIJE QUE MANTUVIERAS LA BOCA CERRADA."
BANG!
¿Quién se lo esperaba? Una sola personita -Bea9323- fue quien recordó a nuestro querido chico de la cámara.
Para que vean que no coloco personajes al azar ;) todos tienen un propósito en este fic.
Me encantó leer sus predicciones de este capítulo. Para el próximo ustedes que opinan: ¿Kagome debería decirle a Inuyasha o no?
De nuevo muchísimas gracias por continuar leyendo. Les adoro un montón.
