Capítulo 24. Viejos hábitos.
—Llega tarde. De nuevo.
Inuyasha movió la vista de la ventana hacia la puerta, más por reflejo que por curiosidad. Desde donde estaba sentado solo alcanzaba a ver la espalda del profesor, así que perdió interés en la riña y regresó a mirar el grupo que se escapaba de la escuela bajo el cercado del estacionamiento.
Apoyó el mentón en la palma de la mano y chasqueó la lengua con fastidio. Quizá debió haberse saltado el día también...
—Tome asiento, y que sea la última vez.
No se molestó en mirar cuando la silla a su lado fue arrastrada con un chirrido y alguien se sentó ahí. Cerró los ojos y apretó los dientes en lo que volvieron a arrastrarla para acomodarse. Que jodido escándalo... ¿No podía despegar la maldita cosa del piso para moverla? Mierda.
Odiaba las clases donde compartía escritorio, sobretodo en esas en las que el grupo de cabezas huecas con el que se juntaba no estaban. Usualmente nadie más que ellos era lo suficientemente idiota para sentarse con él. No era una persona sociable, y lo hacía bastante evidente, así que la gente sabía mantenerse lejos.
La persona a su lado hizo otro escándalo al tirar algo al suelo. Inuyasha consideró levantarse y salirse de clase, pero estaba de un humor decente como para meterse en líos. Otra falla y llamarían a su padre, así que decidió respirar y contar mentalmente hasta diez. La persona se golpeó la cabeza contra el escritorio después de recoger lo-que-sea que se le cayó.
Inuyasha pensó que mejor contaría hasta cien.
Cuando ella se enderezó finalmente, fue que lo notó - aquel sutil aroma frutal que empezaba a llenar el aire a su alrededor.
Inuyasha giró el rostro apenas, controlándose a pesar de lo mucho que se le habían alterado los sentidos. Kagome estaba sentada a su lado, buscando por algo en la pantalla de su IPod. Seguramente era eso lo que se le había caído. El olor familiar de su pelo volvió a batirse en su dirección en lo que ella lo acomodó de manera que le tapaba el rostro.
A Inuyasha se le secó la garganta, y el corazón se le disparó tanto que de alguna forma estaba dificultándole respirar. Hacía frío, lo sabía, pero en ese momento sudaba. Nunca había sentido nada así. Nunca había estado tan... ansioso.
Nunca no había sabido qué hacer.
No la había visto en días. No le había insistido, ni ella a él. Miroku le dijo que le diera su espacio, y eso estaba haciendo... solo porque no tenía otra opción.
La buscó. Realmente lo hizo. El día siguiente a que rompieran ella faltó a la escuela, así que fue a buscarla al templo. Cuando el abuelo Higurashi le dijo que no se encontraba intentó llamarla; por supuesto, tenía el móvil apagado. Incluso regresó de madrugada para escalar el árbol cerca de su ventana, solo para encontrarse con una habitación vacía.
Kagome se ausentó por varios días. Inuyasha solo iba a la escuela con la esperanza de encontrarla. Fue al templo cada tarde, y ella seguía sin aparecer. Se imaginó que estaba quedándose con Sango o Ayame, pero claro que ambas lo negaron cuando les preguntó.
Y ahora estaba allí. Y ahora no tenía ni puta idea de qué hacer.
—Kagome —ella se tensó, se dio cuenta, pero no hizo nada por responderle— ¿Podemos hablar?
Ella ni siquiera le dio un vistazo.
Era su culpa. Estaba seguro de ello. Siempre cagaba las cosas. Kagome había sido dulce y paciente mientras él se comportaba como un niñato indeciso.
¿Cómo mierda le dijo que no quería ponerle etiquetas a su relación? Joder, claro que quería. Quería ponerle todas las malditas etiquetas si eso la hacía feliz. Haría cualquier cosa por ella, y cuando tuvo la oportunidad de demostrárselo le dio la espalda y se marchó.
Pero iba a arreglarlo.
Tenía que arreglarlo. Maldita sea.
—Tenemos que hablar.
—No creo que sea buen momento... —dijo por lo bajo.
—¿Por qué no?
Ella se acomodó el cabello tras las orejas y miró nerviosamente al pizarrón, donde el profesor empezaba a dar la cátedra.
—Inuyasha... —le vio por el rabillo del ojo—. Ahora no.
—¿Por qué no? —insistió.
—Porque estamos en clases —siguió mascullando.
—Que le den a las clases.
—Taisho, Higurashi —ambos miraron al frente simultáneamente— ¿Algo que compartir con el resto?
—Si, en realidad —respondió Inuyasha. De la nada se puso de pie, y agarró a Kagome por el brazo para hacerla levantarse junto con él.
—¿Q-qué haces?
—Ya nos íbamos.
—Taisho, tome asiento ahora mismo.
Inuyasha arrastró a Kagome consigo bajo la mirada de todos hasta la salida del aula, sin darle oportunidad de recoger sus cosas. La azabache le siguió el paso a trompicones, pero en ningún momento opuso resistencia, a pesar de la amenaza del profesor de enviarlos a detención si cruzaban la puerta.
Los pasillos estaban desiertos, pero Inuyasha no se detuvo hasta alcanzar el cuarto de los conserjes y le pasó el pestillo una vez que estuvieron dentro. Encendió el foco y una luz débil medio iluminó la estancia.
Kagome no lo miraba, a pesar de lo pequeño del espacio en el que se encontraban. Estaban cerca, mucho. Podían escucharse las respiraciones agitadas, y seguro que si hacían el silencio suficiente sus corazones latiendo fuerte se haría audibles también. Él le levantó el mentón con los dedos, y ella lo observó con un temor que no había reconocido antes.
—Kagome... —dio un paso en su dirección, y ella dio uno atrás, rompiendo el contacto.
Lo había practicado. Había practicado mil y un veces todo lo que quería decirle y justo ahora se quedaba en blanco.
¿Por qué estaba tan asustada? ¿Por qué parecía que iba a romperse a llorar en cualquier segundo?
Ella no era así... no con él.
—Lo siento —comenzó. No tenía nada mejor para decir. Lo estaba destrozando verla así—. Lo lamento. Lo que sea que hice te juro que-
—Para —lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos azules—. Por favor.
—Cielo, tienes que escucharme.
—Por favor... —suplicó, la voz hecha un hilo.
—¿Qué esperas de mi?
—No se trata de eso...
—¿Entonces de qué? —Dio otro paso. Esta vez Kagome no se alejó—. Dime de qué se trata, y haré lo que sea por solucionarlo.
Ella negó desesperadamente con la cabeza, las lágrimas bajando por sus mejillas y sus ojos enrojecidos clavados en los de él. Parecía querer decirle mil cosas y nada a la vez. Había algo que escondía, algo que le estaba ocultando y que al mismo tiempo le salía por los poros.
Inuyasha no terminaba de comprender. No entendía por qué de la noche a la mañana todo se había ido en picada sin una maldita explicación. Estaba aterrado de perderla, y cualquier emoción fuerte para él siempre se trastornaba en impotencia, en rabia.
—No es tan sencillo... —bajó la mirada—. Es que yo... es... e-estoy viendo a alguien. Alguien más.
Inuyasha sintió el mundo quebrársele. Fui un ruido sordo, un estallido dentro de su cabeza, y por unos segundos no escuchó nada más. Kagome movía los labios, pero no procesaba sus palabras.
Aquello no podía ser verdad.
Ella mentía.
—Detente —le agarró de los brazos, forzándola a parar de hablar. Empezaba a desesperarse. Le temblaban las manos—. Tienes que dejarme enmendarlo. Tienes que dejarme arreglar las cosas.
—Inuyasha...
—Tienes que escucharme...
—Yo-
—¡ESCÚCHAME!
Pegó las palmas de las manos con tanta fuerza contra el estante tras ella que el metal se tambaleó. Kagome se encogió sobre si misma, cerrando los ojos y cubriéndose los lados del rostro con las manos para protegerse. Algunos de los productos se volcaron a sus pies, formando un escándalo, y luego todo quedó en silencio.
Inuyasha tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había hecho. La realidad lo abofeteó fuerte cuando Kagome abrió los ojos, aún tiritando bajo su tacto, y lo miró con tanto temor que se le dilataron las pupilas.
¿Qué estaba haciendo?
Se apartó rápido. La sangre le rugía en las venas, y la rabia que antes le cegaba ahora estaba dirigida hacia si mismo. Estaba tan enfurecido que temblaba. Le sostuvo la mirada a Kagome, deseando poder borrar la expresión aterrorizada en sus facciones. Unas lágrimas se le escaparon, y le quemó en el alma saber que era el causante.
Nunca había lastimado a una chica.
¿Iba a hacerlo? No... la pregunta real era: ¿Cuándo iba a hacerlo?
Abrió la puerta de un tirón y salió, dejándola allí.
Entonces... ¿se acabó?
—Se acabó.
—Hermano... —Miroku le dio un trago a su cerveza—. Lo siento.
—Nada que sentir.
Era lo correcto. Por supuesto que lo era.
Inuyasha llevó el cigarrillo a los labios, sin inhalar. Se suponía que lo estaba dejando. La verdad al principio no lo disfrutaba, y lo hacía solo para ahogar la ansiedad. Justo ahora estaba bastante ansioso, aunque no lo exteriorizara.
—Dijo que estaba con alguien más.
—¿Le crees?
—No... si... no lo sé.
¿Kagome con otra persona? Si esa persona no era Kouga, Miroku no lo creía. Claro que no diría eso en voz alta. Inuyasha era capaz de ahorcar al moreno sin tener prueba alguna, y nadie quería que se repitiera lo de la última vez.
—¿Estás bien?
—¿Por qué no habría de estarlo?
Miroku vio a su amigo apagar el cigarrillo entero en el cenicero y ponerse de pie. Se movía por el departamento con desgano, seguro por el cansancio de estar trabajando horas extra. Hacia tiempo que Inuyasha había parado de excederse con el trabajo, los cigarrillos, y los vicios en general. Miroku lo conocía lo suficiente como para saber que ni siquiera estaba durmiendo bien. Empezaba a culpar a Kagome, y se cuestionaba si haberle permitido a esos dos juntarse había sido una buena idea.
Quizá debió escuchar a Sango...
—Porque la quieres.
Si sus palabras tuvieron algún efecto no lo supo, porque Inuyasha estaba hincado buscando algo bajo el lavaplatos.
—No la quería —habló luego de un rato.
—No la querías, la quieres. Tiempo presente. Es completamente diferente y... ¿qué haces?
—¿Qué parece que hago? —respondió de mala gana, y rasgó el sello de la botella con los dientes.
Miroku se levantó del sofá y caminó hacia la barra de la cocina, dejando la lata de cerveza ahí. En lo que Inuyasha sacó un vaso para llenarlo de licor, Miroku se lo arrebató.
—¿Qué coño, Miroku?
—Estás sobrio —le dijo— ¿Hace cuanto que lo estás?
—No lo sé...
—Un año —le recordó—. Este mes cumpliste un año. Dejaste rehabilitación porque dijiste que podías controlarlo.
—Y puedo hacerlo —le quitó el vaso de un zarpazo —. No soy un alcohólico. Entré a rehabilitación porque quise.
—Lo necesitabas.
—Si, bueno, ya no.
Miroku abrió la boca para continuar rebatiendo, pero no lo hizo. Quizá debió hacerlo. Quizá debió insistirle un poco más, pero eso tampoco lo hizo. Fue solo un espectador de como su mejor amigo tiraba a la basura la abstinencia al echar la cabeza hacia atrás y beberse de un trago aquel licor color ámbar.
La verdad Miroku no se sentía con potestad de reclamarle nada. Él no era el mejor ejemplo del mundo, ni la persona más apropiada para dar sermones sobre moralidad. También era un caso perdido la mayoría del tiempo. De cierta forma el recuperar a su compañero de copas le traía cierta emoción. Quería pensar que de verdad Inuyasha lo tenía controlado, y que tendría a su amigo para salir de fiesta justo como antes.
Pero no era así.
Se veía feliz con Kagome, más de lo que lo había visto desde que se conocieron. Pocas veces recordaba haber visto a su amigo tan en paz. Parecía que ella había traído a flote al Inuyasha de antaño - ese que ni él conocía. Ese que no había tenido una infancia deplorable, ni había encontrado a su madre en cama, muerta por sobredosis con pastillas para dormir.
Ahora una vez más todo se había ido a la mierda. Inuyasha ahogaba los sentimientos hacia Kagome en alcohol, lo mismo que había hecho alguna vez con Kikyou, y con la muerte de su madre antes de eso. La mujer en quien confiaba le había traicionado una vez más. Era su manera de resolver las cosas, de adormecer su lado humano. Con aquella simple acción había dejado en claro que se había acabado...
Y que el viejo Inuyasha estaba de vuelta.
Kagome llegó a la escuela con la usual sensación de hundimiento que la había estado persiguiendo los últimos días. Odiaba ese lugar cada día más que el anterior. Detestaba cada segundo que pasaba ahí, fingiendo que todo estaba en orden y no saliéndosele de las manos.
Amortiguó un bostezo y se limpió las lágrimas fastidiosas que este provocó. Estaba exhausta. Poner un pie frente al otro le costaba. Existir le costaba. Llevaba tantos días sin descansar bien que ya se había quedado dormida en dos de sus tres primeras clases. Era un fantasma funcionando a base de una reciente dependencia a la cafeína.
—¿Te sientes bien? —Le preguntó Sango durante el almuerzo.
—Si.
—Sabes que si algo sucede...
—Si —le dedicó una sonrisa vacía, una que llevaba poniendo tanto los últimos días que ya le salía con naturaleza—. Lo sé. Gracias.
Había estado durmiendo entre la casa de Sango y la de Ayame. No se sentía segura en el templo - no después de aquel sobre. Pero entonces estaba preocupada por su madre, por el abuelo, y no pegaba ojo hasta no llamar a casa por la mañana y escuchar que estaban bien. Los nervios la estaban matando, y no había nada más que sus amigas pudieran hacer.
No podía más.
No podía sola.
Necesitaba a Inuyasha.
No dejaba de darle vueltas a la escena del día anterior. Era la peor escoria del mundo por no haber confiado en él, por haberle mentido. Si, la forzaron a hacerlo, pero eso no quitaba culpabilidad de sus hombros.
Si ella hubiera sido fuerte, no habría caído en chantajes. Si lo que sentía por Inuyasha era fuerte, le hubiera dicho la verdad desde el principio. Se supone que confiaba en él, y no estaba bien ocultarle algo tan serio solo por temor a su reacción. Estaba haciéndo justamente lo que prometió no hacer: juzgarlo por un error que cometió en el pasado.
¿Es que acaso pensaba que mataría a Satoru?
¿Es que acaso pensaba que él era un asesino?
Así que esa tarde se despidió de sus amigas a la salida, y se quedó allí parada viendo el constante flujo de estudiantes emerger de la escuela, esperando a una persona en particular. Escuchaba risas, platicas banales, y deseó tener una vida así de simple como el resto. Se preguntó si las cosas estaban destinadas a ser así en su vida, o si esto era otro de esos "desafíos" que su madre decía debía atravesar para que, en algún momento, el universo le permitiera ser feliz.
—Inuyasha.
Agradeció que su voz no falló al pronunciar su nombre, con todo y lo ansiosa que estaba, pero entonces él siguió caminando como si no la hubiera escuchado.
—¡Inuyasha! —repitió, un poco más alto esta vez, siguiéndolo—. Espera, por favor.
Él se detuvo, y algo de alivio la embargó cuando lo hizo. En lo que él se giró a encararla, aquella luz de esperanza que Kagome albergaba se apagó al instante.
Ojos vacíos chocaron con los suyos, sin nada reflejado en ellos. La recorrieron los mismos escalofríos que cuando lo conoció.
—¿Si?
Kagome tragó duro, retorciendo los dedos en el dobladillo de la falda. No quería apartar la mirada, porque a fin de cuentas se trataba de Inuyasha, pero la carencia de emociones en sus ojos ámbar la estaba matando. En lugar de transmitirle la seguridad que tanto anhelaba, solo la hizo sentir indefensa, poca cosa, diminuta en comparación.
"Solo está herido" se dijo para inducirse valor ". Solo dile la verdad y volverá a la normalidad...
Porque Inuyasha la amaba y ella a él... y las cosas se solucionarían... ¿no?
—E-es sobre lo de ayer...
—¡Taisho! —Gritaron desde un auto en el aparcamiento. Kagome no reconoció el coche, ni a la persona hablando, ni a los que iban dentro— ¿Vienes o qué?
Inuyasha no se giró, ni despegó los ojos de los de Kagome tampoco —Un segundo.
Kagome abrió la boca una vez más, buscando ordenar las ideas en su cabeza.
—Tengo que explicarte... —intentó de nuevo.
—No es necesario.
—Si lo es. Hay algo que debo decirte... que debí decirte antes...
Tocaron la bocina del auto —¡Mueve el culo, joder!
—¡Que ya oí! —siguió sin voltear al hablarles.
Kagome respiró profundo, rebuscando ese valor en su interior que ahora empezaba a apagarse.
—Si debes marcharte... quizá podamos conversar luego.
En ese momento Inuyasha dio un paso en su dirección, y el corazón de Kagome saltó emocionado. El se detuvo a la distancia suficiente para extender la mano y poder acomodarle un mechón de cabello tras la oreja. Kagome se tragó las ansias de reposar la mejilla en su palma, de acortar la poca distancia que los separaba y refugiarse en sus brazos. Lo necesitaba... lo necesitaba tanto.
—Lo siento.
Algo surcó fugazmente la mirada de Inuyasha. Tristeza, tal vez, pero tan rápido como llegó se fue. Antes de que Kagome pudiera deducirlo, Inuyasha se subió al auto y se marchó.
Kagome supo que aquella disculpa no era igual que antes. No. No se disculpaba por irse... lo hacía porque no volvería.
¡Hello everybody!
Estaba de vacaciones. Me he tomado unos días con unos amigos porque estar encerrada en casa todos los días estaba volviéndome loca. La buena noticia es que he llegado renovada - la próxima actualización será esta misma semana si todo sale bien ;).
Espero que hayan pasado una bella Navidad y que este año venga cargado de cosas positivas. Nada de desear que se cumplan sus deseos - ¡vayan allá afuera a hacerlos realidad! Este 2018 a darle con todo :D.
Les adoro un universo. Nos leemos pronto .
