Capítulo 25. El cuarto oscuro.


Una vez su padre le había dicho a Sango que el evitar confrontaciones en la vida constaba, sencillamente, de no meterse en asuntos ajenos. Decía que si algo había aprendido en sus veinte años de servicio militar era que, en la mayoría de los casos, las disputas empezaban por personas involucrándose en donde no las llamaban. Cuántas vidas podían ser salvadas si, simplemente, se mantenía la boca cerrada.

La madre de Sango no pensaba lo mismo.

Sango había salido a su madre, por supuesto.

Se mordió nerviosamente la uña del dedo pulgar mientras que con la otra mano se protegía los ojos del sol. Desde donde estaba podía ver a los de su curso, y al entrenador dictándole instrucciones para empezar un partido de soccer. Encontró a Inuyasha junto a Miroku, y este último agitó la mano con una sonrisa en lo que la divisó parada al lado de las gradas. Miroku supo de inmediato que algo andaba mal cuando ella no hizo nada por devolverle el gesto. Sango por su lado no dejaba de darle vueltas a lo estaba a punto de hacer, porque seguro que en los próximos diez minutos se iba a desatar la tercera guerra mundial.

Era lo correcto.

Por supuesto que lo era.

Ya habían permitido que las cosas fueran demasiado lejos, y todo se les había salido de las manos. Y decía que habían porque ella ya se sentía parte del problema, estando ahí y siendo cómplice de aquello. Era momento de acabarlo. Por eso cruzó a largas zancadas la pista de tierra hasta el aplanado de césped sintético, y se abrió paso entre los jugadores en la zona central hasta alcanzar a Inuyasha. Lo agarró desprevenido por el brazo de un jalón.

—¿Qué coño? —empezó ya dispuesto a quejarse, pero cerró la boca por la mirada significativa que ella le dio.

Algo iba mal.

La forma en la que Sango no despegaba sus ojos de los de él se lo dejaba claro. Le estaba pidiendo, en silencio, que le siguiera la corriente.

—Señorita Taijiya, necesito que se retire del campo.

—El director pidió hablar con Taisho. Dice que es urgente.

Miroku entornó los ojos. Sango se había pasado la lengua por los labios antes de hablar, y él la conocía lo suficiente como para saber que desde pequeña hacía ese gesto justo antes de decir una mentira. Aquello lo puso alerta.

—Regresas a la práctica directamente —le ordenó a Inuyasha el entrenador. Este asintió—. De acuerdo. El resto, una vuelta a la pista y luego estiramiento.

Sango se dio cuenta de que Miroku no paraba de observarla, con esa clase de mirada que grita "¿qué demonios está pasando?". Ella no pudo siquiera hacer el esfuerzo por cambiar el semblante agobiado que cargaba encima, así que solo le dedicó un corto asentimiento de "te explico luego."

Inuyasha estuvo callado todo el tiempo que les tomó cruzar el patio de la escuela y rodear el edificio principal. Siguió a Sango de cerca, quien estaba caminando más rápido de lo normal. Llevaba un tiempo sin verla así de alterada, y sabía que en esos casos era mejor no decir palabra hasta que ella lo hiciera, pero la verdad él nunca se había caracterizado por ser una persona paciente.

—¿Se puede saber qué coño te pasa?

Ella le dio un vistazo sobre el hombro, sin parar de caminar.

—Aquí no.

—¿Aquí no qué?

Lo estaba poniéndo de los nervios. Ella lo ignoró.

Llegaron hasta una de las zonas vacías de la escuela. Tenía algunos bancos metálicos porque se supone que era para sentarse durante el almuerzo. A nadie nunca le gustaba ir allí. Estaba muy apartado, el piso era de cemento y no había árboles que bloquearan el sol. A pesar de que estaba desierto, Sango continuó mirando a los lados, como esperando encontrar a alguien que los estuviera espiando.

—De acuerdo... —comenzó. Inuyasha alzó las cejas, incitándola a continuar—. Para empezar: eres un imbécil.

No se esperaba eso. Es decir... si lo era. Solo no creía que lo hubiera arrastrado hasta ahí para reafirmárselo.

—¿Y...?

No le dio tiempo de formular otra pregunta, porque Sango lo empujó por el pecho de la nada.

—¿¡Cómo pudiste no escucharla!? —cuestionó, fúrica.

Ahora si que había perdido la cabeza, pensó Inuyasha.

—¿Pero de qué hablas?

—¡Ella trató de decirte! Ugh, serás idiota.

—Mira, no sé de qué mierda hablas...

—¡De Kagome! —Volvió a empujarlo, queriendo descargar toda la frustración que llevaba acumulada. No funcionó, así que fue por una tercera vez.

Inuyasha la detuvo por las manos.

—¿De qué hablas?

La falta de respuesta de Sango lo puso más impaciente de lo que estaba. La soltó, y ella se cruzó de brazos. Abrió los labios, y luego los volvió a cerrar, como si estuviera insegura. Ese presentimiento de que algo andaba mal se hizo más grande, más intenso.

—¿Kagome está bien? —preguntó, alerta.

Sango lo miró a los ojos, y asintió con la cabeza. Él no estuvo tranquilo con eso. En sus ojos notaba que, lo que sea que le estaba costando tanto decir, era lo suficientemente malo para que temiera de su reacción.

—Si... por ahora —tomó aire—. La han estado chantajeando.

Inuyasha juntó las cejas. ¿Chantajearla? ¿Con qué? ¿Por qué?

—Ella quiso explicárte. —Buscó en los bolsillos de su falda escolar la foto que había conseguido sacar del bolso de Kagome y se la extendió. El semblante de Inuyasha se transformó por completo al recibirla—. Alejarse de ti, de nosotros, salir con alguien más... Todo fueron instrucciones. ¿Entiendes? Ella no quería involucrarte, ni hacerlo público yendo a la policia. Creyó poder resolverlo por su cuenta, pero no ha sido así en lo absoluto.

Le preocupó lo callado y quieto que estaba. No despegaba los ojos de la fotografía, ni tampoco se movía. Sango sabía que algo se estaba construyendo en su interior, y que no tardaría en explotar. Debía estar sintiéndose culpable, y es que lo era. Se había comportado como un hijo de puta todo ese tiempo. Ahora al menos la podría ayudar a razonar con Kagome, a salvarla de ese enfermo. Seguro que él podía convencerla de acudir a la policía.

—Eso no es todo. También entró a su casa, a su habitación. Le tomó fotos mientras dormía. A ella y a su familia. La última nota decía que tenía que ir a una dirección a las afueras de Tokyo hoy por la tarde.

—¿Quién? —seguía sin mirarla cuando preguntó, su voz enronquecida.

Ya se lo imaginaba, pero necesitaba oírlo. Necesitaba asegurarse.

—No está en nuestras clases. Su nombre es Satoru Tanaka...

No había terminado de hablar cuando Inuyasha se movió hacia el frente, queriendo pasarla. Ella puso ambas manos en su pecho, a sabiendas de que él estaba por empeorar las cosas.

—No te estoy contando esto para que vayas a cometer una locura. Pueden expulsarte por lo que resta de año. Hay que actuar con la cabeza fría... ¡Espera! —ordenó, deteniendo su avance por el brazo. Inuyasha se liberó de su agarre de una sacudida, y siguió andando hacia el edificio principal.

Él había dejado de escucharla después de Satoru.

Iba a matarlo.

Iba a hacerlo pedazos.


—¿Saben dónde está la clase de Satoru Tanaka?

La muchacha de pelo cobrizo le parpadeó, y compartió miradas con la amiga castaña a su lado. Las dos volvieron a verlo al mismo tiempo.

—Yo no lo conozco —le respondió. Sonaba nerviosa. Inuyasha se preguntó si era que mentía, y solo estaba asustada porque se le notaba a leguas la rabia quemándole tras las retinas.

—Yo sí —habló la otra, con mucha más seguridad. Parecía tener razones para estar conforme con lo que sea que él planeara hacer—. Está en el cuarto oscuro*. Es junto al taller de fotografía.

Inuyasha se alejó sin decir nada más, apenas siendo consciente de lo que pasaba a su alrededor. El coraje era cegador, inexplicable. No dejaba de pensar en la fotografía, y en que había más. Todas las veces que la había seguido, acosado, violado su privacidad. Se había atrevido a seguirla a casa, a entrar en su maldita habitación, a amenazar a su familia. Para el momento en que alcanzó el aula, lo único que pensaba era que iba a hacerlo pagar caro.

Muy caro.

«Te van a echar de la escuela», la parte activa de su cerebro luchaba por hacerlo entrar en razón. «Kagome te lo oculto porque sabía que reaccionarías así. ¡Tienes que calmarte!»

Su mano se congeló sobre el pomo. Estaba temblando. Sabía que tenía que contenerse, pero para ese punto era ya imposible. La ira se había apoderado de él, había despertado al demonio que llevaba adentro, y no había forma de detenerlo.

«Ese hijo de puta ya intentó abusar de ella, y tú lo dejaste escapar»,le susurró la voz insidiosa en su cabeza. «Se alejó de ti por culpa de ese imbécil. ¿Es que vas a dejarlo salirse con la suya de nuevo?»

Abrió la puerta de golpe. Una queja grupal se escuchó de parte de los pocos que ahí se encontraban, pero no asimiló nada de lo que dijeron. Dentro estaba pobremente iluminado por una luz rojiza, opaca, muy semejante al color de la sangre.

—¡Cierra la puerta, vas a arruinar el revelado! —le gritó uno. No pudo importale menos.

Inuyasha escaneó brevemente el espacio, hasta que sus ojos recayeron en el tipo con cuerpo escualido y cabello rizado. Fue en ese momento que todo a su alrededor perdió enfoque. La rabia, el coraje, la sangre hirviendo bajo sus venas, todo tomó el doble de fuerza.

Satoru no lo vio venir. Un segundo había volteado a quejarse por el cambio de luz, y al otro estaba tirado, agarrándose el rostro en el suelo. El golpe había sido tan fuerte que perdió el sentido por unos segundos. Inuyasha no le otorgó tiempo de recuperarse, sin embargo. Le agarró con ambas manos del cuello de la camisa y lo empotró contra el estante más cercano. El escándalo provocó un jadeo colectivo, y los que estaban allí salieron corriendo despavoridos o se apartaron lo suficiente para admirar el espectáculo.

—Creí habértelo dejado claro —le habló cerca del rostro, su tono calmo, discordante a toda la rabia que revolucionaba en su interior—, que si volvías a tocarla iba a quebrarte las malditas manos.

—H-Hermano. No... No sé de qué hablas.

La siguiente vez que lo estrelló contra las repisas de metal, se aseguró de sacarle el aire.

—¿Dónde está tu cámara?

—E-en mi bolso —forcejeó inútilmente—. Dentro de mi bolso.

—Tú —Inuyasha señaló a un chico con lentes cerca de la puerta—. Saca todas las memorias que encuentres.

El muchacho flacuchento corrió a hacerlo y se las entregó con dedos temblorosos

—¿Tienes más memorias?

—¡No! —Satoru sabía que otro golpe e iba a desmayarse, o vomitar—. ¡No tengo más! ¡Pero no he sido yo! ¡Te lo juro!

Los bastardos como él decían cualquier cosa para salvarse el pellejo. A Inuyasha le daban asco. Quería hacerlo sufrir más, aterrorizarlo como él lo hizo con Kagome todo ese tiempo. Golpearlo no era ni remotamente suficiente. No. Tenía que asegurarse de que jamás volviera a hacer algo así de nuevo, que se arrepintiera todos los días de su desgraciada vida.

—Te gusta tomar fotos, ¿cierto? —Sin soltarlo, alcanzó un bote de líquido para revelar del estante. Desenroscó la tapa con los dientes y la echó a un costado—. No creo que puedas hacerlo si no puedes ver.

El rostro de Satoru se puso pálido. Inuyasha lo agarró del cuero cabelludo y lo arrastró por una de las mesas metálicas, botando al suelo las bandejas con fotografías que estaban encima. Satoru cerró los ojos, retorciéndose desesperadamente por liberarse.

—No. Por favor... Por favor, te lo suplico. No he sido yo. ¡No he sido yo! ¡Lo juro por Dios!

Inuyasha disfrutó de sus suplicas, y del grito aterrado que soltó cuando le dejó caer algo de líquido cerca del rostro. No era tan valiente ahora. Después de todo, solo era un maldito chantajista. Basuras como él no merecían vivir. Solo era un cobarde, malnacido, debilucho hijo de puta...

—¡Basta, vas a dejarlo ciego!

Alguien lo agarró de los hombros para apartarlo, e inmediatamente su codo conectó con la nariz de esa persona.

Apretó la mandíbula y los dedos alrededor del bote. No podía parar. No quería hacerlo.

Fue entonces que las luces se encendieron, y lo siguiente que supo es que se habían abalanzado sobre él. El bote se cayó de sus manos y se desparramó por el suelo. La misma persona lo tiró al suelo y se le sentó a horcajadas encima, inmovilizándolo. Estuvo a punto de levantar los puños y seguir peleando cuando se dio cuenta de a quien se enfrentaba.

—¿¡Pero qué coño crees que haces!? —Miroku le gritó a la cara. Sonaba fúrico, como hacía años no lo estaba. Volteó el rostro hacia Satoru, quien seguía tendido y temblando en su sitio—. ¿Y tú qué esperas? ¡Fuera de aquí!

No fue necesario que se lo repitiera.

Inuyasha despertó en un instante, y se sacó a Miroku de encima empujándolo por el pecho. Se incorporó al mismo tiempo que su amigo, quien no se movió demasiado lejos, manteniéndose en guardia en caso de que decidiera hacer algo más. Seguía observándolo con el mismo grado de enfado, reproche, temor, o lo que sea. Cuando se fijó en todos los que estaban de espectadores a su alrededor, se dio cuenta que la mayoría llevaban una expresión similar. Había un muchacho tendido sobre una de las sillas, una mueca adolorida en su cara mientras una chica presionaba un pañuelo para detener la sangre que le salía por la nariz.

En lo que se dirigió a la puerta todos se apartaron, con miedo de estorbarle el paso. Se detuvo en seco fuera del aula, sus ojos cruzándose con los de Kagome.

Sango la tenía abrazada por los hombros. Había impedido que entrara. La había detenido de verlo convertido en eso que realmente era. Las lágrimas en sus ojos azules le calaron tan profundo como siempre, solo que esta vez aborreció la oleada de culpabilidad y vergüenza que lo embargó debido a eso.

¿Por qué lloraba? ¿Por qué lo hacía sentir como si él era el malo en toda esa situación? Su mirada era angustiada, dolida, compasiva. Kagome lo miraba con todos esos sentimientos que él no quería, que no necesitaba. Estaba cansado de fingir ser alguien que no era, de jugar al papel de bueno por ella.

Nunca era suficiente. Él no era suficiente. Ya lo sabía, lo había tenido claro todo ese tiempo. ¿A quién quería engañar?

Les pasó por el lado sin detenerse, dejándola atrás, justo como había hecho antes.

Justo como debió hacerlo cuando la conoció.


Tac, tac, tac, tac... Pop.

Inuyasha respiró hondo y se arrastró por la silla plástica, pegando la cabeza del respaldo. Estaba sentado afuera de la oficina del director, en la pequeña sala de espera, donde la secretaria de entrados treinta no dejaba de teclear lo que seguro era la jodida Biblia en el computador. Lo único que se escuchaba era el constante golpear de sus uñas acrílicas contra el teclado; de vez en cuando se detenía, hacía una burbuja con la goma de mascar, la estallaba, y luego continuaba con lo que sea que estaba tecleando.

Tac, tac, tac, tac... Pop.

Dios... se iba a volver loco. Cerró los ojos, queriendo concentrarse en algo más, y eso solo lo ayudó a darse cuenta que la forma en que la mujer masticaba la goma de mascar también era irritante.

Solo quería irse, de verdad. No le importaba lo que el director iba a decirle. Le estaban palpitando las sienes, y todavía le estaba costando trabajo calmarse. Seguía enfadado, alterado, y con ganas de descargar toda esa rabia en la cara de alguien.

La puerta que daba a la oficina se abrió, y a los pocos segundos Satoru emergió. La mitad del rostro ya empezaba a hinchársele, y el ojo se le estaba tornando violáceo. Inuyasha no sintió ni el más mínimo remordimiento. Sostuvieron miradas por menos de medio segundos antes de que Satoru saliera disparado de allí.

—Taisho —habló la secretaria, una sonrisa amable en sus labios pintados—, ya puedes pasar.

Inuyasha se puso de pie sin devolverle la sonrisa y se abrió paso hasta la oficina. El director —un hombre cincuentón que lucía como de cuarenta— se hallaba parado delante de él, esperándolo. Para ese punto Inuyasha ya estaba más que acostumbrado a ser enviado a dirección, así que simplemente arrastró una silla y se sentó con aire desgarbado.

—¿Y bien?

El directo sacudió ligeramente la cabeza en negativa, seguramente buscando paciencia de donde no la tenía. Respiró hondo y se sentó al borde del escritorio antes de hablar.

—Ya sabe la razón por la que está aquí. En realidad, el que no está al tanto de sus razones soy yo, así que digame... ¿Por qué? ¿En qué pensaba? Y necesito que me responda con honestidad.

La foto de ese tipo tocando a Kagome destelló tras su retina. En lugar de responder, Inuyasha apretó la mandíbula.

—Escucha, Inuyasha —comenzó el director. Estaba cabreado, porque había dejado las formalidades de lado—. Quiero ayudarte, de verdad. He hecho todo lo que está a mi alcance por tolerar tu comportamiento. Tu padre es un gran amigo mío, y uno de los mayores benefactores de esta institución. Él, en este momento, es la única razón por la que te estoy dando la oportunidad de defenderte en lugar de seguir el protocolo y expulsarte. ¿Tienes alguna idea de las repercusiones que tus actos pudieron provocar?

Inuyasha bufó.

—¿Cómo está tan seguro de que yo empecé?

—No me importa quien haya empezado. No me importa si te provocaron. Le rompiste la nariz a un estudiante y le dejaste el ojo morado a otro. Creí haber sido claro contigo la última vez. ¿Es que no me di a entender?

Volvió a quedarse callado, y movió la vista hacia el ventanal a su derecha. ¿Qué le iba a decir? ¿Que el tipo era un maldito acosador? Iba a pedirle pruebas, lo cual terminaría involucrando a Kagome, y en consecuencia se enteraría toda la escuela. Él no iba a dejar que eso sucediera.

El director se cruzó de brazos, a la expectativa.

—¿Y bien?

—Haga lo que quiera.

Y a la final el director le tomó la palabra e hizo lo que quiso...

...Lo expulsó.

¿Sinceramente? No podía importarle menos. La escuela era una pérdida de tiempo. El único motivo por el que había continuado los estudios era porque su viejo no iba a permitirle marcharse de casa de otra forma. Igual planeaba dejar la escuela cuando cumpliera dieciocho, lo cual ocurriría en un par de meses. Resulta que ahora le habían facilitado la salida. Bien por él.

Echó las llaves del auto en la mesa junto a la entrada y fue directo a la cocina. Le dolía horrores la cabeza, y la ahora conocida sed le quemaba la garganta. Abrió el gabinete bajo el lavaplatos, sacó la botella —que ahora estaba más medio vacía que media llena—, y se sirvió en uno de los vasos limpios sobre el escurridor. Cuando bebía se sentía bien, porque entonces todo dejaba de importar. Podía ser él mismo, y le daba jodidamente igual si al resto no le gustaba. No tenía que preocuparse por nada: ni de lo que decía, ni de su familia, ni de la escuela, ni de niñas con ojos azules y pelo azabache.

Echó la cabeza para atrás y se bebió todo de un trago.

Era el mismo bastardo de siempre, ese que nunca debió dejar de ser.

Y el mundo se podía ir a la mierda.


—Estaré bien, de verdad.

—¿Segura? —Kagome asintió—. ¿Aun me odias?

—No.

—¿Segura?

—Si —reiteró, dándole un corto abrazo de despedida—, nos vemos mañana.

A regañadientes su amiga finalmente entró al auto y ondeó la mano en despedida del otro lado del vidrio.

Kagome se colgó la mochila en el hombro y comenzó a andar. La ciudad estaba más agitada los lunes que cualquier otro día de la semana. Todo el ruido, la cantidad de personas en la calle y la cantidad de tráfico la estaban aturdiendo, así que se palpó los bolsillos de la falda en busca de su IPod para ahogar todo el alboroto con algo de música. No lo encontró y, después de detenerse en la acera a sacar todo de su mochila para buscarlo, recordó que lo había dejado guardado dentro del casillero antes de educación física.

Regresó corriendo al instituto, rezando tener tiempo suficiente para alcanzar el próximo bus o sino debería irse caminando a casa. Los únicos estudiantes que quedaban eran parte de los ensayos de la banda o los que utilizaban el gimnasio escolar para las prácticas. Los profesores se habían retirado hace unos minutos y el sonido del conserje puliendo el suelo de algún aula era lo único que Kagome escuchaba. Alcanzó su casillero agitada por la carrera. El IPod descansaba sobre sus libros justo donde lo había dejado.

—¿Kagome?

Escuchar su voz la asustó tanto que pegó un brinco, tirando el IPod al suelo. Satoru se movió en su dirección, y ella se echó para atrás por instinto. Él simplemente se hincó a recoger el aparato por ella. Se lo extendió con una especie de sonrisa incómoda que a Kagome solo le produjo escalofríos. Tenía el ojo izquierdo cubierto por un parche, y aun así tintes violetas se expandían por todo ese lado de su cara. No se sintió mal por él. Siendo sincera, se lo merecía por todo lo que había provocado...

—Lo siento. No quería asustarte.

Observo sin expresión su mano extendida, esperando porque tomara el aparato de vuelta. De nuevo pensó lo amable que fue con ella cuando se conocieron, lo normal que parecía. Jamás pensó que sería capaz de algo tan horrible. ¿A cuántas chicas les había hecho lo mismo? ¿Cómo podía una persona estar tan enferma?

—Gracias... —murmuró, recibiendo el reproductor de vuelta. Tenía el corazón en la garganta. Se preguntaba qué tan alto tenía que gritar para que el conserje la escuchara por encima de la pulidora.

—Disculpa por seguirte. Te vi entrando de nuevo a la escuela, y necesitaba hablar contigo. Intenté hacerlo antes, pero tus amigos me amenazaron y... la verdad no quiero más problemas. —Kagome continuó observándolo sin decir palabra—. Sé que piensas que he sido yo, pero no es así. Lo que hice en el salón de música estuvo mal, pero me pagaron por hacerlo. Necesitaba el dinero, por eso acepté, y estoy arrepentido, pero te juro que eso fue todo. Yo no tomé el resto de las fotos.

—Me seguiste a mi casa —le acusó, su voz cargada de impotencia. El solo decir eso en voz alta la hacía sentir enferma—. Amenazaste a mi familia.

—¡No fui yo! —espetó, dando un paso en su dirección. Kagome retrocedió enseguida—. Alguien prometió pagarme por hacer esas fotos. Me pidió seguirte, ¡Pero yo me negué!

—Si te acercas más, voy a gritar.

—Lo siento, lo siento... —Levantó las manos, volviendo a poner distancia—. Solo necesito que me creas.

—Si lo que te preocupa es que presente cargos, no lo haré —dijo—. Siempre que tú no presentes cargos contra Inuyasha.

—No, por supuesto que no...

—Entonces, por favor, mantente lejos de mí —le ordenó, cerró la puerta del casillero y se fue.


Cuando alcanzó la parada el último autobús se había ido, así que tuvo que caminar a casa. La caída había terminado de dañar la ya rota pantalla de su IPod, y tuvo que conformarse con no poder elegir la música que quería escuchar. Podía ser peor - por lo menos aún funcionaba. Tampoco es que estuviera prestándole mucha atención a las canciones. No podía sacárse de la cabeza lo que Satoru había dicho.

"Alguien prometió pagarme por hacer esas fotos. Me pidió seguirte, ¡Pero yo me negué!"

¿Debía confiar en su palabra? De ser así... ¿Quién podría haber hecho tal cosa? ¿Con qué finalidad? ¿Y por qué habría de querer separarla de Inuyasha? No tenía sentido. Era ridículo... Satoru solo estaba tratando de asustarla, o de evadir la responsabilidad por sus acciones.

Solo había sentido odio hacia una persona en su vida, y Satoru estaba muy cerca de convertirse en la segunda.

Iba a ir a la policía esa tarde. Estaba dispuesta a dejar que todo aquello se supiera con tal de que la pesadilla acabara. Claro que eso fue antes de escuchar que Inuyasha estaba moliendo a golpes a un chico en el taller de fotografía. No podía culpar a Sango por haberle dicho; era su amiga, estaba preocupada por ella, e hizo lo que consideró correcto. Ahora corría el rumor de que Inuyasha había sido expulsado de la escuela, y el que se hubiera ausentado ese día no ayudaba.

No importa cuántas veces lo llamará, o le escribiera, él no le respondía. Estuvo pegada al teléfono todo el fin de semana. Estaba preocupada, triste, y por mucho confundida. Por una parte entendía que él estuviera dolido por haberle escondido lo que sucedía, por haberlo alejado sin explicación, pero una parte de ella se había aferrado a la esperanza de que, cuando la verdad se diera a conocer, él la entendería. En lugar de eso, solo la había apartado por completo.

Pero no se iba a dar por vencida aún. Iría a verlo... iría a explicarle las cosas como debió haberlo hecho desde un principio. Si aún quería alejarla después de eso entonces lo aceptaría, pero no se rendiría sin al menos intentarlo. No quería rendirse...

Se detuvo en seco cuando, en la última cuadra antes del templo, un todo terreno negro le impidió el paso. Se vio reflejada en los oscuros vidrios polarizados, y estuvo segura de que no era la primera vez que se cruzaba con aquel auto; sin embargo, no tuvo tiempo de pensarlo demasiado. Fue en el momento en que abrieron la puerta trasera que el alma se le cayó a los pies.

Allí, echado sobre el asiento, se encontraba Inuyasha. Golpeado, atado de pies y manos, e inconsciente.

—Linda —habló un tipo grande desde el asiento del copiloto. Cabello rapado, voz aspera y sonrisa macabra—. ¿Vienes?


Me pidieron un capítulo largo. Les juro que hice mi mejor esfuerzo por extenderme.

Van a odiar a Inuyasha un poquito, pero les prometo que el chico tiene sus razones. No es que no quiera a Kagome, es que no soporta hacerle daño y sabe que su naturaleza agresiva siempre la va a lastimar.

Por sus hermosos comentarios: Gracias. Gracias. Gracias. No saben la ilusión tan enorme que me hace saber que alguien allá afuera disfruta leyendo lo que escribo.

Ahora si, quiero escuchar sus teorías. Les juro que no se imaginan lo que viene ;).

Les quiero un universo. Nos leemos pronto.

1. Cuarto oscuro: es una pequeña habitación o cubículo al cual se le han tapado todas las rendijas y entradas de luz del exterior para evitar que esta dañe las sustancias químicas, el papel y todo el material sensible a la luz que se usa para el revelado fotográfico.