Capítulo 26. Las mentiras tienen patas cortas.
Era allí, en el sótano de ese bar, rodeado de un montón de rostros sin nombre, donde Inuyasha se sentía más vivo.
Puso los puños arriba al mismo tiempo que el tipo frente a él lo hizo. Caminaba reflejando los movimientos del otro, como un espejo. Sus ojos se movían rápido, analizando cada detalle, cada gesto, cada punto débil, y creando posibles escenarios en base a ello.
Su oponente hablaba, buscando intimidar con insultos y fanfarronería. A simple vista cualquiera diría que Inuyasha era hombre muerto: el tipo era un bola de músculos y abuso de esteroides.
─Te voy a romper todos los huesos del cuerpo, niño. ─Sus dientes amarillos relucieron bajo la poca luz del sótano. Él asumió que la victoria sería suya desde el momento que puso un pie en la jaula y se encontró con un chico al que fácilmente le doblaba la edad y el tamaño.
Ese era, precisamente, el error que todos cometían.
Hace un año atrás Inuyasha les habría dado la razón. Hace un año, él no era más que un niñato inexperto que buscaba descargar la rabia que lo consumía por dentro, la misma que estaba acabando con él y destruía todo a su paso.
Para ese entonces Inuyasha no tenía idea de en lo que se estaba metiendo. La primera vez que entró a la jaula lo que hizo fue cerrar los puños y lanzarse hacia su oponente sin ningún plan, sin estrategia, como un idiota. Más veces de las que podía contar había salido de ese lugar escupiendo sangre, con la nariz fracturada o un par de costillas rotas.
Ahora era diferente.
Había aprendido a ser rápido, a usar su cerebro en lugar de valerse solo de las manos. Ganar no constaba de músculos, o de quien golpeara más fuerte. Era simple cuestión de analizar a tu oponente, de encontrar los puntos débiles.
Los vitoreos se hicieron más audibles en ese momento. El metal de la jaula en la estaban encerrados chirriaba por los golpes de la gente exaltada. Inuyasha sintió la adrenalina fluir más fuerte por su cuerpo, calentándole la sangre en las venas, llenándolo de una euforia inexplicable. Ese era su momento favorito: la razón por la que volvía a ese sitio una y otra vez después de jurar abandonarlo.
"¡Bestia, bestia, bestia!
Ese era el nombre que gritaban, esa era la persona que estaba ahora mismo dentro de la jaula. Nadie sabía su nombre real, nadie lo conocía fuera de esas paredes, a nadie le importaba de dónde mierda venía o cuan jodida estaba su vida. Todos sus problemas -los de Inuyasha- allí adentro no existían.
Crugió los dedos al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa ─ una que hizo a la mole frente a él vacilar y borró por completo la confianza en su expresión.
Allí adentro, Inuyasha no existía.
Allí adentro, él era bestia.
─ ¡Comiencen!
Tres veces en su vida Kagome había experimentado aquella clase de terror.
La primera vez fue a los nueve, cuando llegó temprano a casa después de pasar el fin de semana con Eri. Solían hacer pijamadas todo el tiempo, y normalmente esperaría a que su madre la pasara recogiendo el domingo a las seis. Esa tarde la madre de Eri tenía que hacer unos recados, y se ofreció a llevarla más temprano. Kagome llegó a casa contenta, y corrió a abrir la puerta con la idea de que sorprendería a sus padres y se pondrían felices porque estaba de vuelta.
Esa fue la primera vez que Kagome escuchó a sus padres peleando.
La segunda vez fue a los doce, cuando se quedó sola en casa con el nuevo esposo de su madre.
Y la tercera vez fue cuando vio morir a Souta.
Justo ahora, secuestrada en la parte trasera de una camioneta con Inuyasha inconsciente a su lado, Kagome estaba percibiendo una clase muy parecida de terror.
Se secó el sudor de las palmas en la tela de su uniforme. El corazón le marchaba tan rápido que ya no lo sentía latir; era más bien como una punzada constante en el pecho. La piel descubierta de su pierna derecha rozaba con los jeans de Inuyasha, quien por instantes parecía que no respiraba. Kagome estaba asustada de estirarse a averiguarlo.
Los primeros diez minutos estuvo en blanco. Creyó estar soñando, atrapada en alguna de sus constantes pesadillas. No fue hasta que las palabras de Satoru se repitieron en su cabeza que la realidad le cayó encima:
"Alguien prometió pagarme por hacer esas fotos. Me pidió seguirte..."
¿Y si él no mentía? ¿Y si eran estas personas de las que hablaba?
¿Por qué?
¿Por qué ellos? ¿Qué querían?
Fue en ese momento que empezó a hiperventilar. La ansiedad creció en su pecho, bombeándole en las venas, subiendo hasta apoderarse de sus pensamientos. Empezó a perder control de sus nervios, de la realidad. Conocía cada una de esas sensaciones a la perfección: el frío, el temblor, la falta de oxígeno... iba a tener un ataque de pánico.
Y luego sus ojos se movieron hacia Inuyasha, y fue como recibir una bofetada en el rostro.
No podía sucumbir ante el miedo. No podía fallarle. No podía solo encerrarse en su mente cuando la vida de ambos estaba corriendo peligro.
Tenía que hacer algo. Tenía que intentarlo.
Los sentidos regresaron a ella tan rápido que la aturdieron, como si hubiera reventado una burbuja invisible a su alrededor. Respiró una, dos, tres veces, hasta que consiguió calmarse lo suficiente como para pensar con claridad. Su cabeza empezó a trabajar rápido entonces, buscando una posibilidad, una salida.
Podía destrabar el seguro, abrir la puerta y saltar con la esperanza de aterrizar viva; pero no iba a salir de ese auto sin Inuyasha. Miró su reflejo en los vidrios polarizados; demasiado oscuros como para que algún otro conductor la viera pedir ayuda desde el otro lado. Quizá podía crear una distracción, causar un accidente, buscar algo con qué defenderse... ¿Y luego qué? Era demasiado débil. Si corría con la suerte de salir ilesa, no podría hacer nada si alguno de esos dos tipos arremetía contra ellos.
Quiso llorar, gritar, arrancarse el cabello. Era una inútil. No se habían molestado en amarrarla o amordazarla porque sabían que no había nada que pudiera hacer. Ella debería estar inconsciente, no Inuyasha.
Hizo puño las manos sobre su falda, reprimiendo la frustración y las lágrimas. Estaba sucumbiendo ante el miedo nuevamente cuando sintió el pequeño peso de un aparato hacer bulto bajo la tela plisada.
El teléfono.
Metió una mano en el bolsillo, palpando aquel aparato al que hoy adoraba más que nunca. Una oleada de alivio inexplicable la estremeció de pies a cabeza, y la luz de esperanza que creyó perdida regresó.
Se fijó en el espejo retrovisor. Un hombre entrecano de aspecto cansado conducía, los ojos fijos en la carretera. Se le hizo menos intimidante que su amigo, pero bien podía ser peor para lo que ella sabía. Se aseguró de que estaban concentrados en el camino antes de deslizar con cuidado el teléfono fuera de su falda hasta la esquina del asiento, donde no podían verlo. Sus dedos presionaron la tecla de desbloqueo, y trató de evocar en su mente la posición exacta de los números para marcar el de emergencias.
Uno. Uno. Nueve...
─Yo no lo haría ─la voz del copiloto le sacó el alma a Kagome del cuerpo─. El auto bloquea las señales móviles.
Era todo.
Estaba muerta.
─Puedes llamar a casa cuando lleguemos ─dijo el otro, su tono de voz más amable. Cruzó miradas con ella en el espejo retrovisor─. Estamos cerca, no te preocupes.
Kagome le frunció, medio aterrada y medio confundida. ─¿Lla-llamar a casa...?
¿Por qué habrían de permitirle hacer eso?
─Si, para que tu familia sepa que estás bien.
¿Bien?
¿Estaban dementes?
─Oh, no me digas que él no te dijo ─el otro hombre intervino. Una sonrisa divertida se extendió en su enorme rostro cuando no encontró más que confusión en los ojos de Kagome─. ¡Ella no tiene ni idea! Debe estar meándose del miedo ahora mismo.
El de cabello canoso chasqueó la lengua, molesto.
─Inuyasha... con un demonio. ─Movió la cabeza de un lado a otro, como un padre decepcionado─. Voy a ahorcar a ese chico.
¿De qué hablaban?
¿Qué estaba pasando?
─Aquí tiene.
─Gracias... eh...
─Kaede ─dijo, una sonrisa dulce en los labios.
Kagome recibió el vaso de agua y trató de esbozar una sonrisa parecida, aunque estuvo segura de que no lo logró.
─Lamentamos mucho todos los percances. ─Juntó las manos y bajó la cabeza en gesto apenado. Kagome sabía que no era su culpa, y que sus jefes seguro no estaban lamentando nada de eso como ella decía─. Si hay algo que pueda hacer...
─Quiero irme a casa ─respondió enseguida. La mujer levantó la cabeza, dándole una mirada afligida─. No puedo marcharme, ¿no es así?
─El Sr. Ryoku la llevará a casa en cuanto termine sus asuntos pendientes aquí.
Asuntos pendientes. Asuntos pendientes.
¿De qué demonios hablaba?
─Estaré en la cocina si me necesita.
Kagome asintió cortamente. Las manos le temblaban un poco, moviendo los hielos dentro del vaso, así que lo dejó en la mesita frente a ella en un movimiento demasiado brusco y se metió las manos bajo las piernas.
Le estaba costando calmarse, apagar sus nervios. Solo quería marcharse, y lo haría si tuviera idea de en dónde estaba. Habían conducido cerca de una hora, y le quitaron sus pertenencias al llegar. Además, Inuyasha seguía en algún lugar de esa casa y no iba a marcharse sin hablar con él.
─De su casa ─se corrigió en voz alta, las palabras sonando raras en su boca.
Miró a su alrededor: a las lámparas caras, el piso de mármol, las escaleras dobles y la decoración elegante. Era apenas el recibidor y ya doblaba el tamaño del departamento donde él vivía.
Tanto espacio... era como estar en un museo. Aquello estaba lejos de llamarse hogar.
En ese momento la puerta al exterior se abrió, el ruido y el coletazo de aire frío sacándola de sus pensamientos.
La persona al otro lado se puso furiosa al verla.
─Pero... ¿Qué demonios haces tú aquí?
La última vez que Inuyasha despertó con un balde de agua fría tenía quince años. Le había dicho a su padre que no iba a seguir yendo a esa ridícula escuela para niños mimados, que la iba a abandonar y convertirse en boxeador profesional.
Todos los días por un mes, su padre envió a alguien a su habitación a vaciarle un cubo de agua helada en la cara. A Inuyasha no le quedó más remedio que programar su reloj despertador, y empezar a alistarse antes de que el reloj diera las siete con cinco.
Así que cuando el enorme splash de agua le cayó en la cara ese día, lo primero que le pasó por la cabeza es que se había quedado dormido en el borde de la piscina en casa de Kouga y Miroku lo había empujado.
Empezó a mover los brazos, como si buscara nadar hacia la superficie, pero sus palmas no encontraron nada más que aire. Abrió los ojos y se encontró con un techo demasiado alto en lugar del cielo, y sus manos fueron a parar en un encharcado piso de madera.
─¿Terminaste? ─la voz hizo que cerrara los ojos de nuevo.
Mierda.
─Trae más agua, Kaede, creo que aún no espabila...
Inuyasha gruñó. ─No me jodas.
Escuchó pasos moverse por la madera, hasta detenerse a su lado. Abrió los ojos, esta vez encontrándose con unos bastante parecidos a los suyos en una cara más vieja.
Una puerta se cerró. Seguro que Kaede no quería presenciar la batalla campal que estaba por desencadenarse.
─También me alegro de verte. Diría que en una sola pieza, pero ese no parece que es el caso. ─Su padre le extendió una mano, que Inuyasha rechazó al sentarse por su cuenta.
Su intención en realidad era ponerse de pie, pero el dolor que se disparó por todo su cuerpo con solo moverse lo obligó a congelarse en el sitio. Tuvo que morder fuerte para no hacer muecas, porque eso solo complacería a Tōga Taisho.
Había peleado con más de cinco personas la noche anterior y había recibido más golpes de los que pensaba. Estaba hecho polvo, pero no se arrepentía. Quedó invicto y ganó más dinero del que acordó en un principio.
La sonrisa satisfecha en sus labios se borró al recordar eso último.
─¿Dónde están mis cosas?
Estaba dejando el departamento en la mañana con el bolso lleno de efectivo para pagarle unos préstamos a Tōtōsai cuando Myōga apareció, y luego...
Se llevó una mano tras la cabeza donde Jaken lo golpeó con algo para noquearlo. Había un doloroso bulto formándose más arriba de su nuca.
Maldito Jaken...
─Las tendrás de vuelta después de nuestra conversación.
Inuyasha se pasó la mano por el cabello con fastidio, sacudiendo el exceso de agua. Tenía toda la playera empapada.
─No tengo nada que hablar contigo.
─Permíteme diferir...
─¿Me ataron? ─inquirió de pronto, examinando la rojez alrededor de sus muñecas─. No soy un maldito perro, ¿lo sabes?
─No, tienes razón. ─Su padre se sentó al borde del escritorio en su despacho con cansancio, cruzándose de brazos─. Los perros suelen seguir instrucciones.
Inuyasha puso los ojos en blanco. ─Hilarante.
Ignoró el dolor esta vez al ponerse de pie en un movimiento rápido, y empezó a andar hacia la puerta.
No iba a perder el tiempo ahí. Hablaba en serio cuando decía que no toleraba a su padre.
─No creo que quieras marcharte aun. ─Cuando su hijo no hizo nada por detenerse, Tōga añadió─: Vendí tu departamento.
Inuyasha se congeló en el sitio, una mano puesta encima de la perilla de la puerta. ─¿Qué?
Había escuchado mal... ¿cierto?
─Myōga irá por tus pertenencias mañana para que vuelvas a instalarte aquí, en casa.
Su hijo giró hacia él. ─Estás bromeando.
─Hablo muy en serio, Inuyasha.
─¿Qué te dio el derecho a hacer eso? ─espetó, avanzando hacia él. La rabia empezaba a salirle por los poros─. Tú no compraste ese departamento. ¡Yo lo hice! He estado viviendo allí sin tu ayuda.
─Bajo mi nombre.
─¡Eso no te da derecho a—!
─Mi decisión es definitiva ─sentenció su padre, poniéndose de pie─. Destrozaste propiedad de la escuela en la cafetería, no asistes a clases, amenazaste con dejar ciego a un estudiante y le rompiste la nariz a otro. Sin contar el hecho de que sigues participando en peleas clandestinas que, si no te ha quedado claro, son ilegales. Tienes suerte de no estar de camino a la maldita escuela militar.
─¿Y por qué crees que voy a escucharte? Estás demente si piensas que voy a volver aquí solo porque te preocupa que te ensucie el apellido.
─Esto no es sobre...
─¡Con un demonio que lo es! ─bramó, fúrico─. Me importa una mierda que quieras actuar como el padre del año. No puedes obligarme a hacer lo que se te venga en gana.
─Puedo, y lo haré ─habló con tono autoritario. Inuyasha consideró estrellarle un puño en la boca─. Soy tu padre, y tu representante legal hasta la mayoría de edad; así que hasta que cumplas los dieciocho años, harás lo que yo te diga. ¿Entendido?
Inuyasha apretó la mandíbula, e hizo puño las manos hasta que las heridas frescas en sus nudillos sangraron. Estaba por perder los estribos. Sentía la furia burbujearle en el pecho, ganando terreno, y estaba tomando todo de sí no dejarla tomar el control.
Necesitaba desquitarse, golpear algo — a alguien. Agarró un envase de cristal del escritorio y lo estrelló contra la puerta con todas sus fuerzas, haciéndolo añicos.
Tōga observó en silencio a su hijo salir de la habitación hecho un torbellino de ira, y no pestañeó cuando tiró la puerta tan fuerte al salir que los ventanales vibraron.
Se escuchó como algo se quebraba, y luego un portazo tan fuerte que Kagome se estremeció.
La niña junto a ella no se inmutó con el escándalo; es más, esbozó la sonrisa más radiante que Kagome hubiera visto.
─¡Es mi hermano! ─Exclamó emocionada, corriendo hacia uno de los pasillos.
─E-espera ─Kagome saltó del asiento, siguiéndola.
Lo que sea que estuviera pasando, no sonaba como algo que una niña de su edad debería presenciar. Kagome recordó las peleas, los gritos, las cosas rompiéndose en su casa, y pensó que ningún niño debería lidiar jamás con eso.
Estuvo por alcanzarla cuando alguien más lo hizo. Sus ojos se cruzaron con unos dorados, y un escalofrío la recorrió entera. Inuyasha pasó de furioso, a confundido, a abismalmente serio.
Kagome lo supo: no estaba nada contento de verla.
─Woah. ─Inuyasha detuvo a Rin antes de que se estrellara contra él, dándole una vuelta en el aire─. De espacio, pequeño monstruo.
─¡Yasha! ─Chilló la pequeña, tirando los brazos alrededor de la cintura de su hermano porque era lo que alcanzaba─. Estás todo mojado, ¿estuviste en la piscina sin mí?
Inuyasha le revolvió el cabello con cariño. ─Hola, princesa.
─¿Volviste por mi cumpleaños, cierto? Le dije a Sesshomaru que ibas a venir y él dijo que esperaba que no lo hicieras.
─¿Eso dijo?
─Si - bueno, dijo algo más, pero papá dice que no debo repetir palabrotas.
─Escucha a papá ─le dijo con aire divertido─. ¿Conociste a Kagome?
Ante la mención de su nombre Kagome se enderezó. Había estado absorta, anonadada con la dulzura con la que Inuyasha le hablaba a su hermanita.
Era casi imposible darse cuenta de su parentesco. Los grandes ojos chocolate de Rin, las pecas chispeando su piel bronceada y el aspecto lacio de su cabello castaño la hacían lucir muy diferente a Inuyasha.
─Oh, sí. Lo siento, fui un poco grosera con ella al principio... ─Rin se sonrojó, rascándose el puente de la nariz con vergüenza─. La confundí con alguien más, pero ahora somos amigas. ¿Verdad, Kagome?
─¿Eh? Si... por supuesto.
─No me habías dicho que tenías novia. ─Kagome se puso del color de un tomate. Rin hizo un puchero─. Creí que nos decíamos todo.
Inuyasha se hincó para quedar a su altura. ─¿Crees que pueda hablar con ella a solas un momento? Te contaré todo luego.
─¿Prometido? ─levantó un meñique. Inuyasha lo enlazó con el suyo.
─Prometido.
─De acuerdo ─aceptó, y se giró con una sonrisa hacia Kagome─. Que no vaya a ningún lado sin mí, por favor.
Kagome notó que en ese momento, cuando sonreía y se marcaba un hoyuelo en su mejilla, era donde más se parecía a su hermano.
─Por supuesto.
La niña ensanchó la sonrisa, corrió hasta el recibidor a recoger su mochila y desapareció escaleras arriba, hecha toda una bola de energía y felicidad.
Parecía ser el único rayo de luz en toda la casa.
─¿Qué haces aquí? ─Kagome escuchó a Inuyasha preguntarle, y apartó la vista de las escaleras para fijarse en él.
Se permitió entonces absorber el alivio de encontrarlo a salvo, con bien, de pie. Estaba herido, pero estaba tan acostumbrada a encontrarlo así que ya lo pasaba por alto.
Iba a tardar un tiempo en sacudirse el mal recuerdo de haberlo visto amordazado.
─¿Cómo llegaste aquí?
Kagome abrió la boca, y después de pensarlo la volvió a cerrar. ¿Qué le iba a decir? ¿Que la habían secuestrado sus guardaespaldas?
Él ni siquiera había confiado en ella para decirle que tenía guardaespaldas.
─¿Por qué no me dijiste que tu padre era uno de los abogados más prestigiados de Japón? ─contestó con otra pregunta.
─Porque no es importante.
─Lo es para mí.
─¿Así como eran importantes las cosas que tú me ocultaste?
Kagome se encogió tras el comentario, como si lo hubiera sentido apuñalarle el pecho. ─Es diferente... yo traté de decirte.
Inuyasha respiró hondo y dejó salir el aire, barriéndose el cabello húmedo lejos de la frente. Por un momento lució enfurecido, estresado, agobiado; cualquier atisbo de alegría que había salido a la superficie con Rin ahora había desaparecido. Se tiró de las raíces, y suspiró con cansancio antes de fijar miradas con ella.
─¿Qué haces aquí, Kagome?
─Yo la hice venir.
Kagome giró hacia la voz al mismo tiempo que lo hizo Inuyasha. Un hombre alto y de cabello negro emergió del corredor, enfundado en un traje elegante. Su sola presencia llenó toda la habitación, como si con él se moviera una energía densa e intimidante.
Lo que más llamó la atención de Kagome fueron sus ojos: amarillos, iguales al sol.
Era el padre de Inuyasha.
─Señorita Higurashi ─. Se mantuvo erguido al saludarla, haciendo un corto asentimiento de cabeza─. Un placer conocerla.
─¿La hiciste venir? ─inquirió Inuyasha, al borde de volver a estallar en colera─ ¿Cómo que la hiciste venir?
Kagome alternó la vista entre ambos, deteniéndose en el padre de Inuyasha.
Ese hombre había enviado a un par de matones a buscarla a Inuyasha y a ella a la fuerza.
¿Qué clase de padre secuestraba a su hijo?
─¿Podría tener una conversación conmigo, Srita. Higurashi?
Inuyasha se movió en seguida frente a ella. ─No.
─Ahora no es el momento, Inuyasha... estoy seguro de que la Srita. Higurashi lo conversara luego contigo.
─Ella no tiene nada que hablar contigo ─graznó.
Kagome avanzó, dejando a Inuyasha atrás, quien seguro ahora estaría más que furioso con ella. ─Está bien.
Una sonrisa satisfecha acentuó las líneas de expresión en la cara del hombre frente a ella.
─Mi despacho es por aquí.
La oficina del Sr. Taisho era tan pulcra e inmaculada como el resto de la casa. Kagome temía respirar, como si ese acto tan mundano quebraría la perfección del lugar.
El hombre cerró la puerta a sus espaldas y señaló una silla para que tomara asiento. Kagome siguió sus instrucciones, y lo vio sentarse frente a ella en el amplio escritorio de caoba.
Inuyasha era sin duda su hijo. Habían tantas similitudes en su aspecto que no había caso en negarlas. Eran dos gotas de agua, como estar frente a una versión más madura y estirada de Inuyasha.
Pero más allá del aspecto físico todo lo demás eran una serie de diferencias abismales: desde su porte refinado, el traje de etiqueta, el reloj de marca en su muñeca izquierda y la actitud sobrada con la que la miraba. El Sr. Taisho era un hombre acostumbrado a tener el mundo en sus manos. A Kagome se le hacía imposible imaginarlo fuera de la elegancia de esa casa tanto como le costaba imaginar a Inuyasha viviendo en ella.
─Quería disculparme en avance por el malentendido con mis empleados ─habló con calma, acomodando la corbata en su pecho─. Creí que mi hijo la tendría al tanto de la existencia de Jaken y Myōga. No era mi intención asustarla.
─Me secuestraron.
─Eso es... una acusación fuerte. No muy acertada, además.
─Es la verdad. ─Kagome no sabía de donde estaba sacando el valor para acusarlo así cuando las extremidades le temblaban como gelatina. Quizá era la adrenalina aun presente por la experiencia de hace unas horas─. No entiendo, ¿por qué me quería a mí aquí? Inuyasha y yo...
─Sé muy bien la relación que se desenvuelve entre usted y mi hijo ─la interrumpió. Kagome se sonrojó, pero estuvo segura que era por enfado─. También sé que ha sido usted el motivo por el cual ha sido expulsado del instituto.
La culpa la embargó de inmediato.
Expulsado.
Sí lo habían echado de la escuela por defenderla...
─Escuche, Kagome...─El que usara su nombre de pila sonaba impropio─. Entiendo que sus intenciones no son desgraciar a Inuyasha, o nuestra familiar. Sé que conoce usted su pasado, y los problemas con los que lidia a diario. No me meto en este tipo de cosas, no es mi estilo, pero necesito que sepa que si su presencia termina por perjudicar a mi hijo, yo mismo me encargaré de acabar con esta relación.
Sus palabras eran una sentencia, Kagome lo sabía.
─¿Es esto una intervención? ─preguntó─ ¿Por lo que pasó con Kikyou?
La expresión del Sr. Taisho se mantuvo impasible. Kagome casi pasa por alto el movimiento involuntario de su ceja izquierda.
─Puede considerarlo como tal. ─Apoyó los codos sobre la mesa, enlazando las manos─. Aunque no quisiera juzgarla por errores que no le pertenecen.
─Pero... es justo lo que está haciendo.
─Espero que entienda que, con un pasado como el suyo, es mi deber juzgar.
Un montón de piedras se le asentaron a Kagome en el estómago.
─¿Un pasado como el mío...? ─preguntó casi sin voz.
─Tengo entendido que su padre sigue internado tras el homicidio de su hermano.
Las palabras salieron tan frías e impersonales que cualquiera pensaría que hablaba sobre un objeto quebrado; como si aquello no era nada más que algo sin importancia, cotidiano.
Kagome apretó las manos. Un dolor conocido le atenazó el pecho, aunado al miedo de que otra persona conociera su pasado y estuviera compartiéndolo de esa manera; como si le perteneciera a él y no a ella.
─La joven Kikyou asistió a una clínica mental como usted, por eventos semejantes ─siguió hablando─. Al parecer estaba convencida de que Inuyasha sería la solución a sus problemas, espero que no sea el caso con usted. ─Kagome no respondió─. Me gustaría pensar que el aspecto físico es lo único que comparten.
¿Estaba amenazándola con decirle todo a Inuyasha si llegaba a perjudicarlo?
Kagome tragó, queriendo deshacer el nudo cerrándole garganta. No podía... no quería. Si Inuyasha se enteraba... ¿volvería siquiera a verla a la cara?
─¿Algo más? ─manejó a pronunciar sin que le temblara la voz.
El Sr. Taisho negó. ─Eso sería todo.
Kagome se puso de pie en silencio, con las piernas como un plomo. Las lágrimas se acumularon en sus ojos conforme avanzaba hacia la puerta, y sabía que estaba al borde de derramarlas.
─Señorita Kagome ─escuchó a sus espaldas. Detuvo una mano en la perilla de la puerta, sin girarse─. Esta conversación quedará entre nosotros... tiene mi palabra.
Kagome asintió, y salió cerrándo la puerta suavemente a sus espaldas. Una vez en el corredor respiró hondo y cerró los ojos, la opresión en su pecho haciéndose intolerable. Un par de lágrimas le bajaron por las mejillas y las secó en seguida.
No podía lidiar con nada de eso. Esto era más grande que ella, más grande que ellos.
Escondió el rostro entre sus manos, amortiguando un sollozo.
Solo quería irse a casa.
Ok. No me maten, por favor.
Bueno, pueden matarme un poquito, lo merezco.
Disculpen (siempre me estoy disculpando). Estoy pasando por una crisis de mediana juventud y simplemente no podía inspirarme. También he estado trabajando en otra historia, y cuando tengo muchas ideas no puedo concentrarme en otra cosa.
Prometí hacerles un maratón para el final. Cuando a la historia le queden tres o cuatro capítulos para terminar los subiré continuos.
Ya falta menos! Muchas gracias si siguen por aquí. Les adoro un universo.
~Rose. Domingo, Marzo 25. 3:51 am.
