Capítulo 27. El día que él confesó.


—Joder, Myōga, lo llevaron demasiado lejos.

—No hubieras venido por tu propia voluntad.

—No hablo por mí. Pudieron haberla matado del susto.

—¿Por qué no le dijiste la verdad?

—Porque esta no es mi verdad. —Inuyasha exhaló. Sonaba cansado—. Todo esto... no es mío, no soy yo...

Myoga se quedó en silencio un momento antes de preguntarle—: ¿Qué harás ahora? Tendrás que volver.

Kagome se quedó quieta en el pasillo, su espalda recostada en la pared junto al umbral, esperando escuchar la respuesta.

—No lo sé... —Desde donde estaba Kagome no podía verlo, pero se lo imaginó tirándose de las raíces del cabello—. Algo se me ocurrirá. Mientras tanto, necesito que me lleves al departamento.

—¿Llevarte? —La voz de Rin irrumpió—. Prometiste que te quedarías.

—Rin...

Kagome escogió ese momento para salir de su escondite hacia donde ellos se encontraban en el recibidor. Todos voltearon a verla, y Rin bajó corriendo las escaleras para llegar a su lado.

—No se irán, ¿cierto?

La niña la tomó de la muñeca. Kagome no supo que responder. Cruzó miradas con Inuyasha en busca de ayuda, quien se había levantado de donde estaba.

—Yo...

—Lo prometiste —la acusó Rin, sus ojos grandes—. Mi cumpleaños es mañana, no pueden irse.

—Kagome no puede quedarse, Rin —intervino Inuyasha—. Tiene que regresar a casa.

—Puedo quedarme —se apresuró a decir queriendo mejorar la situación. Inuyasha la miró con un frunce y Kagome quiso morderse la lengua—. Digo, eso creo...

—No puede quedarse —reiteró él.

—¡Pero, Yasha!

—He dicho ya que no, Rin —sentenció de una vez—. Yo volveré mañana por la mañana y...

—¡Mientes! —rebatió Rin, dando un paso al frente hacia su hermano—. Siempre dices que vendrás y nunca lo haces. ¡Nunca cumples tus promesas!

Él no pudo refutar. Ni siquiera recordaba la última cosa que le había prometido y cumplido a su hermana.

—Princesa... —intentó acercarse a ella, pero Rin se echó para atrás con lágrimas en los ojos.

—Sesshomaru tiene razón —escupió con amargura—. No eres más que un mentiroso.

Inuyasha se vio dolido por un segundo. —Rin...

La niña salió corriendo escaleras arriba sin escucharlo.

Kagome bajó la mirada y no se movió. Se sentía incómoda, como una intrusa. Empezó también a creerse culpable por haber hablado de más.

Ese día solo iba de mal en peor.

Después de un largo silencio, fue Inuyasha quien rompió la tensión—: Myōga, ¿trajeron mi coche?

—Jaken fue por él, ya debe estar de regreso.

—Acompaña a Kagome al garage y ve por sus cosas. —Ante la mención de su nombre, ella subió el rostro. Inuyasha se dirigía a la puerta principal—. Nos iremos cuanto antes.

El hombre, Myōga, le asintió. —Así será.

Acompáñala. Ve por sus cosas. Eran órdenes, no opciones.

¿Quién era esa persona?

Kagome se quedó observando la puerta por la que él salió, segura de que ese no era el Inuyasha que ella conocía.

—Señorita —la llamó Myōga. Ella volteó—, por aquí.

Tampoco era una opción.


—Quería pedirle mis más sinceras disculpas por lo ocurrido antes. —Kagome lo miró desde el costado del coche. El hombre metía su bolso en el maletero—. No debimos asumir que estaba al tanto de la situación.

—Esta bien—movió el rostro hacia el resto de autos. Habían muchos, muy costosos—, no ha sido su culpa.

Sango sabía.

Kōga sabía.

Miroku y Ayame sabían.

Todos menos ella.

No esperaba recibir la noticia de parte de un guardaespaldas, precisamente.

«Inuyasha no confía en ti», se repitió por décima vez.

La cosa es que ella tampoco había confiado en él. Quizá se abrió un tanto, quizá le dijo cosas que a nadie más le había dicho... pero había tanto más que escondía. No podía enfadarse porque él le ocultase las cosas cuando ella hacía lo mismo, pero no podía evitarlo.

Se mordió el labio, y paró las lágrimas.

Era una hipócrita.

—Aquí tiene. —El hombre se detuvo frente a ella y le extendió el móvil—. Debería comunicarse con su familia ahora.

Kagome lo recibió, quedándose prendada del colgante que lo adornaba.

"Me recordó a ti".

¿Que quiso decirle con eso aquella vez? ¿Que era frágil, delicada, pasajera? ¿Tan inofensiva como una mariposa?

—Gracias...

El hombre hizo una corta reverencia y caminó hasta la salida.

—Señorita —la llamó desde la puerta—. Mi nombre es Myōga Ryoku, y es un placer estar a su servicio.

Kagome no alcanzó a decir nada antes de que él se marchara.

¿Estar... a su servicio?

Abrió la puerta del copiloto y se sentó dejándola abierta, colgando las piernas fuera. Jugueteó un rato con el móvil entre los dedos, dándole vueltas a todo lo que había pasado ese día.

Le dolía cabeza. Estaba agobiada, preocupada, agotada mentalmente. Apoyó los codos de las rodillas y dejó salir una exhalación irregular. La conversación con el padre de Inuyasha la había sacado de balance. Justo cuando las cosas parecían estar mejorando... siempre la esperaba un golpe al cruzar la siguiente esquina.

Hasta esa mañana había tenido claro lo que haría. Se había propuesto hablar con Inuyasha, y no desistir hasta que la escuchara. Iba a poner todo de sí para poner de vuelta las piezas de esa relación que ella y sus inseguridades habían quebrado.

¿Iba a rendirse ahora?

¿Era esa la única alternativa?

Necesitaba hablar con alguien, desahogarse...

Presionó el botón de encendido en el móvil y se quedó observando la pantalla iluminada antes de marcar los números de memoria.


Cuando Inuyasha entró al garage habían pasado cerca de veinte minutos.

Kagome se enderezó en el asiento, donde había estado casi acostada. Bajó los pies del tablero y se acomodó la falda con las manos. El corazón le latió nervioso. Inuyasha no le hizo mucho caso, solo dio la vuelta hasta el lado del piloto y entró al coche sin mediar palabra.

Olía a cigarrillos.

—¿Estabas fumando? —la pregunta le salió sin que pudiera evitarlo.

Inuyasha la miró, extrañado. De todas las cosas que esperaba que preguntara, esa no era una.

—¿Te molesta?

—No... —movió los ojos al parabrisas, apenada—. Perdón, no sé por qué pregunté.

Si sabía: era que hacía mucho no estaba cerca de él, y la ponía ansiosa.

Inuyasha bajó la ventanilla y puso el auto en marcha.

Afuera ya había caído la noche. Kagome no percibió cuantas horas habían transcurrido hasta entonces. Se mantuvo con la vista fija en el cielo atestado de nubes, y pronto tuvieron que alzar las ventanillas cuando comenzó a llover. Al menos el plic plic de las gotas llenaban su falta de conversación con Inuyasha.

Cuando él estuviera dispuesto a hablar, entonces ella lo haría. Presionar las cosas con Inuyasha nunca funcionaba.

¿Y si nunca estaba dispuesto a hablar? ¿Y si no había manera de solucionar las cosas? ¿Y si solo terminaba rechazándola cuando le dijera la verdad?

No. No podía hablar. No podía...

—Kag... —su voz la sobresaltó. El se aclaró la garganta, sin despegar los ojos de la carretera—. Lamento todo esto.

—No tienes qué...

—Si tengo —la interrumpió—. Debí advertirte... no creí que mi padre haría algo así. Nunca le dije a Myoga que habías... que habíamos dejado de vernos.

Le dolía escucharlo decir eso. Kagome trataba de recordarse que él solo lo decía porque es lo que ella le había hecho creer.

—Todo esta bien ahora. —Apretó la mano de él con la suya, permitiéndose algo que no debería. Su piel siempre estaba caliente al tacto—. Va a ser una historia divertida de contar.

Inuyasha destelló una sonrisa, y le acarició los nudillos con el pulgar. —Si, eso espero.

Kagome bien podría quedarse en ese momento por siempre: manejando, con la lluvia, y la calidez de la mano de Inuyasha sobre la suya. Pero eso no era realista.

—¿Te expulsaron de la escuela?

Inuyasha cambió la sonrisa por una mueca. —¿Qué te dijo Tōga?

—¿Fue por defenderme?

Inuyasha soltó su mano. —¿Eso fue lo que él te dijo?

Kagome sintió frío. —Entonces es verdad...

—¿Qué fue lo que hablaron? —insistió él.

—¿Qué importa lo que me haya dicho?

—A mi me importa, Kag.

—Y a mi me importa que te hayan expulsado a mitad del año escolar por mi culpa.

—No fue tu culpa —contradijo—. ¿Por qué tienes que complicar las cosas?

—¿Yo complico las cosas?

—¡Si! —La miró por un segundo, irritado, y puso de nuevo los ojos en el camino—. Siempre te guardas todo en lugar de decirme. ¿Es porque tienes miedo de mi reacción? ¿Piensas que voy a cagarlo todo porque estoy enfermo? ¿Es eso?

—No... por supuesto que no pienso eso.

Lo había pensado antes, pero ya no era así.

Inuyasha orilló el coche junto a la carretera y apagó el motor. La lluvia golpeaba tan fuerte que apenas se veía. Los limpiaparabrisas se movían rápido de un lado para el otro, añadiendo al ruido.

—¿Entonces qué es? —la encaró—, porque estoy cansado de adivinar.

Kagome clavó la vista en su regazo, sin responder.

Si tuviera la oportunidad de devolver el tiempo y decirle antes sobre Satoru, lo haría. Esa vez lo había juzgado, y se había equivocado. Pero ahora era diferente. Lo que había hablado con Tōga Taisho involucraba a su familia, su pasado, sus peores temores. Era algo que no había sido capaz de hablar con nadie, ni siquiera su psicólogo.

—¿No confías en mí?

Lo miró a los ojos. —Claro que confío en ti... pero...

—No puedes decirme —terminó por ella. Kagome no respondió, en cambió solo bajo la cabeza una vez más. Inuyasha entendió entonces—. Como sea...

Kagome quería decirle que confiaba en él más que en si misma. Quería que supiera que significaba tanto para ella, que prefería perderlo a soportar sus ojos mirarla con lástima, con asco.

—Inuyasha... —trató.

—Déjalo estar —pidió. Metió la llave en la ignición girándola, y luego el coche hizo un ruido extraño.

Y se apagó.

Lo vio fruncir, y mover la llave una vez más. El coche emitió otro sonido ahogado, y luego paró de sonar por completo.

Inuyasha soltó una risa irritada. —Me tienes que estar jodiendo...

—¿Está todo bien? —Kagome se encogió cuando él golpeó el volante con las manos, enfurecido.

—Jaken hijo de puta. ¡Ha dejado el maldito coche sin gasolina!

Oh...

—Esta bien... —ella trató de mejorar la situación—. Podemos pedir un taxi, o tomar el bus.

—¡Estamos a una hora del centro! —vociferó. Sacó el móvil de su bolsillo, y seguidamente lo lanzó colérico al asiento trasero—. Sin recepción. Perfecto, simplemente perfecto.

Kagome sacó el suyo para verificar. El aparato se apagó en sus manos antes de que pudiera estar segura de si había señal.

—Podemos... ¿esperar?

Inuyasha abrió la puerta de un jalón y salió al aguacero, sin escucharla.

Kagome respiró hondo e hizo lo mismo. El agua la golpeó fuerte, y estaba helada. Se dio cuenta entonces que estaban en el medio de la nada. Rodeó el auto para llegar a donde estaba Inuyasha, quien caminaba de un lado para otro, la ropa pegándosele al cuerpo.

—¡Con un demonio! —Se desquitó pateando una llanta.

—No resolverás nada cogiendo una pulmonía —dijo ella.

—Entra al auto —ordenó, dándole la espalda.

—Lo haré cuando tú lo hagas.

—No empieces, Kagome.

—Para de hablar así —Inuyasha volteó hacia ella. Sus facciones endurecidas, borrosas por la lluvia—. Tu no eres así... no eres déspota, ni intransigente.

Una de las características que más adoraba de él era como nunca decidía por ambos. Siempre dejaba abiertas las posibilidades. Nunca la hacía sentir como un objeto al que podía mandonear a su antojo. Justo ahora, hacía todo lo contrario.

Inuyasha cerró los labios, y se atusó el cabello empapado. —A lo mejor lo soy.

Kagome avanzó y se recargó en la parrilla del auto junto a él. Tiritaba por el frío, y le empezaba a pesar el uniforme por el agua, pero no se quejó. Estaban juntos, y entre discusiones hablando. Era mejor que nada.

—No es verdad...

—Me das mucho crédito.

—Tu no te das el crédito suficiente.

Inuyasha la miró, y negó con la cabeza como quien quiere encontrar paciencia. Abrió la puerta trasera del auto y sacó una sudadera. Kagome la reconoció con nostalgia, como si hubieran pasado años y no meses desde que hablaron por primera vez. El se acercó y se la puso encima para cubrirla de la lluvia, a pesar de que ya estaba toda mojada.

—Ven —le subió la capucha—, no podemos quedarnos aquí toda la noche.

—¿A dónde vamos?

—No lo sé. —Le extendió la mano—. ¿Vienes?

Kagome la sostuvo sin vacilar.


—¿Seguro que sabes a dónde vamos?

—Si.

—Porque creo que pasamos ese árbol antes.

—Relájate, estamos cerca. —La ayudó a saltar un charco y siguieron andando por el camino de tierra—. Creo...

—¿Crees? —La voz de Kagome sonó escandalizada. Inuyasha se echó a reír, y volvió a agarrarla de la mano para que anduvieran al mismo ritmo—. Eres cruel.

—Y tu dramática. —La miró sobre el hombro. Kagome le sacó la lengua—. Infantil, también.

La lluvia había aminorado a una ligera llovisna, dejando todo empapado, por lo que la tierra por la que caminaban seguía blanda. Kagome empujó a Inuyasha en venganza, y este terminó hudiendo el pie en un charco de lodo. No le dio tiempo a disculparse cuando Inuyasha ya la había cargado en brazos y llevado hacia uno de los charcos más grandes. En minutos ambos estuvieron cubiertos de barro de pies a cabeza.

—Eso fue innecesario —se quejó ella, recuperando el aliento por la risa. Apoyó la mano de un árbol para quitarse los zapatos, y puso cara de asco cuando una bola de lodo salió de ellos—. Arruinamos tu sudadera y mi uniforme de la escuela.

Inuyasha se encogió de hombros, haciéndo lo mismo que ella. —Tu empezaste.

—Por accidente —se defendió, picándolo en el hombro con un dedo. Inuyasha se carcajeó, y ella hizo lo mismo sin poder evitarlo—. Pesado.

—Vaca.

—Pie grande.

Volvieron a reírse, y fue como si el tiempo no hubiera pasado. Fue como si estuvieran de vuelta a esos días cuando su compañía era suficiente. En ese instante se les olvidaron los problemas, las discusiones, los malos entendidos, y recordaron las razones por las que se quisieron desde un principio.

Inuyasha subió una mano hasta su rostro, apartándole el pelo sucio tras la oreja. Estaba fría, con los labios amoratados y las mejillas sin color. Era bonita; con esa sudadera demasiado grande, toda empapada y cubierta en tierra. Kagome nunca dejaba de ser bonita.

—Kagome...

Iba a decir algo, aunque no estaba seguro de qué. El cielo rugió entonces, y los dos miraron arriba en lo que las nubes volvieron a soltarse con la misma intensidad de antes. Kagome se echó para atras, afligida por ese sonido al que tanta fobia le tenía. La mano de Inuyasha alcanzó la suya y le dio un apretón, asegurándole que no estaba sola, que él seguía allí.

—Ven —le dirigió. Se puso de espaldas y se arrodilló con las manos atrás—. Necesitamos llegar pronto.

Kagome hizo caso sin chistar. Se aferró a sus hombros cuando la levantó del suelo y el estómago le cosquilleó, como siempre que estaban cerca. A pesar del frío las mejillas le quemaron, al igual que el tacto de Inuyasha tras sus rodillas. Se abrazó más a él en lo que otro relámpago hizo vibrar la tierra, escondiendo el rostro en su cuello y absorbiendo su calidez. Inuyasha caminaba rápido, pero se tomaba el tiempo de decirle con dulzura que todo estaba bien.

El cielo siguió rugiendo, solo que esta vez Kagome no tuvo miedo.

Siempre estaba a salvo con él.


En un par de minutos los árboles se despejaron de pronto, transformándose en un extenso prado dividido por cercas de madera. Era inmenso. El camino de tierra que habían estado siguiendo continuaba hasta dividirse en dos. Uno de ellos seguía hasta una casa de tamaño similar a la de Inuyasha (aunque menos ostentosa), y el otro alcanzaba lo que parecían ser establos.

—¿Dónde estamos? —preguntó Kagome. Parecía que no habían estado varados en el medio de la nada, después de todo.

—Es la casa de Miroku.

—¿Huh? —Kagome le miró la nuca, como si con eso pudiera ver hasta sus ojos para asegurarse de que no mentía—. ¿De qué hablas?

—Bueno... técnicamente no es de él —Inuyasha dijo, sin parar de andar—. Es de sus viejos.

Kagome boqueó como un pez, demasiado sorprendida como para articular palabras. Movió el cuello de un lado para el otro, buscándole fin a todo ese terreno.

¿Cómo es que iban a una escuela como la suya si vivían en lugares así?

Llegaron al pórtico de pino aserrado, iluminado por pequeñas lámparas como si se trataran de velitas. Inuyasha dejó bajar a Kagome y tocó el timbre de la casa en un ritmo particular. Se escuchó una voz masculina gritar algo dentro, pasos, y luego la puerta se abrió con Miroku sonriendo al otro lado.

—¡Hermano! Te estaba llamando, nunca contestas el teléfono —Sus ojos viajaron desde Inuyasha hasta un costado, recayendo en la presencia de Kagome. Su sonrisa se ensanchó más, si eso era posible—. ¿Me engañan mis ojos? ¿Es la hermosa Kagome tocando a mi puerta?

Kagome se puso colorada, y bajó los ojos a la suciedad en sus zapatos. Nunca había sabido socializar con Miroku. Era demasiado extrovertido, irradiaba confianza, y siempre había una chispa pícara en su mirada.

Yo toqué a tu puerta —respondió Inuyasha de mal humor. Miroku se rió—. ¿Nos vas a dejar pasar? Se esta cayendo el jodido cielo.

—Claro, claro, pasen. Lo siento, fue la sorpresa. —Se hizo a lado—. Dejen los zapatos fuera o mi madre los manda con los caballos.

La casa era acogedora, pensó Kagome al entrar. Era grande, pero no demasiado abrumadora. Todo parecía estar estrategicamente colocado para crear esa cálida armonía hogareña. No era como la casa del padre de Inuyasha, donde todo te daba la impresión de haber sido sacado en exactitud de una revista.

La madre de Miroku salió de la cocina con los guantes de hornear aún en las manos. Llevaba una sonrisa dulce en los labios, y Kagome supo enseguida que era de ahí de donde Miroku la había heredado. La mujer abrió los brazos y apretó a Inuyasha en un abrazo, dejándole la impresión de un beso en la mejilla.

—Hola, Señora Houshi —saludó él con un mueca, limpiándose el labial con el dorso de la mano. Kagome se llevó la mano a la boca para amortiguar una risita.

—Cariño, que gusto verte. Mira como estás de empapado. ¿Es eso lodo lo que llevas encima? Ve a ducharte antes de que cojas un resfriado. —Movió los ojos hacia Kagome y, como su hijo, ensanchó la sonrisa—. ¿Es tu novia? ¡Pero que niña tan linda! —Abrió los brazos hacia ella—. Ven y dale un abrazo a tu suegra.

Esta vez, fue el turno de Inuyasha de ponerse de colores.

La escandalosa risa de Miroku le ganó al estruendo de la tormenta.


—Te puedo ayudar a llevarle combustible a tu coche, pero los botes de gasolina estan en el almacén junto a los tractores —explicó Miroku—. Es mejor esperar a que pase la tormenta.

—Definitivamente —secundó su madre, llegando con toallas a la sala—. ¿Por qué no toman una ducha? Kagome puede usar mi baño. Seguro que algo de mi ropa debe servirle.

Inuyasha miró a Kagome por aprobación.

—Una ducha suena increíble —estuvo de acuerdo de inmediato. Se moría por quitarse el barro del cabello.

—Hecho. Ven conmigo, linda, vamos a poner a lavar esa ropa enlodada.

Kagome se levantó y siguió a la Señora Houshi de cerca. Le dio un último vistazo a Inuyasha antes de desaparecer escalares arriba.

—¿De buenas con el enemigo? —preguntó Miroku una vez que estuvieron solos, sentándose en uno de los sofás.

Inuyasha hizo lo propio en el suelo para no ensuciar nada. —¿De qué hablas?

—Tú y ella. —Hizo un movimiento de cabeza hacia las escaleras.

—No estoy de buenas con nadie. —Se cruzó de brazos, recostándose de la pared—. Es una larga historia.

—Imagino que no estaban disfrutando de su cita bajo la lluvia —se mofó con una sonrisa maliciosa.

—¿Tu familia no es budista? Eres un cerdo.

—Yo no estaba revolcándome en el lodo con Kagome. —Subió y bajó las cejas. Inuyasha lo miró de mala gana—. Pervertido, en frente de los animales.

—¿Te quieres callar? —Le puso los ojos en blanco. Agarró la toalla del asiento y se movió hacia las escaleras—. Voy a ducharme.

—Ya, lo siento —se disculpó entre risas, siguiéndolo—. Pero en serio, ¿están en buenos términos ahora?

Inuyasha se detuvo un segundo en los escalones. ¿Lo estaban? No, seguramente no. —No lo sé.

—Después de lo que pasó creí que ibas a darte por vencido.

—Lo hice —respondió, reanudando la marcha hacia la habitación de Miroku—. Tōga prácticamente hizo que la secuestraran... te dije, es una larga historia.

—Espera... ¿Me estás diciendo que vienen de casa de tu padre?

—Si —se pasó una mano por la cara—, me dijo que había vendido mi departamento.

—¿Tienes que volver a vivir con él? —Inuyasha asintió—. Hermano...

—Y no sé qué mierda habló con Kagome... ella tampoco quiere decirme.

—Parece que le gusta ocultarte las cosas —comentó, sentándose en la silla de su escritorio.

Inuyasha bufó. —Ni me digas.

—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó, dando una vuelta en la silla—. Se nota que aún te importa, solo te lo niegas a tí mismo.

—No es así —mintió.

—Pudiste haberle dicho a Myōga que la dejara en casa, y entonces no estarían atrapados aquí. —dijo—. Admite que querías tiempo a solas con ella.

Inuyasha se sacó la playera enlodada y se la lanzó en la cara, metiéndose en el baño y cerrando la puerta antes de que Miroku se la lanzara de regreso.

Bufó y se terminó de desvestir.

Miroku idiota... ¿él que sabía?

Abrió el grifo y se metió bajo el chorro sin esperar que el agua calentara. No sintió frío, en realidad, tenía muchas cosas en la cabeza como para notarlo. Cosas como niñas de ojos azules, por ejemplo.

Le importa, ¿de acuerdo? Claro que le importaba. La había visto ahí parada en el pasillo de esa casa y por poco olvida como respirar. Quería golpear a Tōga por lo que la había hecho pasar. Quería asegurarse de que llegara a salvo a casa. Quería pasar más tiempo con ella porque todo dolía menos cuando ella estaba cerca.

Inuyasha pegó la frente de la cerámica y cerró los ojos con resignación. Era un caso perdido. La amaba. Estaba furioso con ella, y un tanto decepcionado, pero la amaba de igual manera.

Nada era su culpa. Kagome no había pedido ser acosada por Satoru. Ella hizo lo que creyó correcto. Él simplemente no la había escuchado, no había estado allí... porque en el fondo la había comparado con Kikyō.

Y él no quería lastimarla.

No quería dañarla como dañó a Kikyō.


—Aquí tienes, linda.

—Muchas gracias, Señora Houshi. —agradeció Kagome, recibiendo la taza de chocolate caliente que la madre de Miroku le entregaba.

No era cualquiera chocolate. Era de ese chocolate en trozos que te tomabas el tiempo de derretir en una cazuela con leche. Era de ese con crema, decorado con malvaviscos y canela. Kagome le dio un sorbo y fue como estar en invierno con Souta en casa de la abuela.

—Esta delicioso.

—Gracias cariño. Y por favor no me llames Señora Houshi, mi nombre es Karin. He intentado que Inuyasha me llame por mi nombre desde que era un crío.

Kagome sonrió. —Seguro, Seño... digo, Karin.

—Mucho mejor. —Giró hacia las escaleras al escuchar pasos—. Oh, Inuyasha, hay chocolate caliente.

—¿Y para mí? —preguntó Miroku.

—Tu puedes preparártelo. —Puso los brazos en jarra—. No eres visita, ¿cierto?

Miroku se llevó una mano al pecho, fingiendo dolencia. —Mi propia madre.

Ella no le hizo caso. —Te lo dejo en la mesa, Inuyasha.

—Gracias, Señora Houshi.

Karin miró a Kagome por el costado y rodó los ojos al cielo. La azabache escondió una risita cómplice.

—Dice el canal del tiempo que no va a parar de llover hasta la madrugada, así que dejé colchas y almohadas extra en la habitación de huéspedes —comentó Karin—. Estaría más tranquila si se quedaran a dormir. El camino puede ser peligroso en condiciones así.

—Si es así... ¿podría usar su teléfono para avisarle a mi madre? —habló Kagome—. El mío se ha quedado sin batería.

—Claro mi amor, está colgado junto a la entrada de la cocina.

—Gracias —respondió, dejando la taza en la mesa y retirándose.

—Bueno, muchachos, iré a la cama. Si necesitan algo, pueden tocar a mi puerta —anunció Karin—. Por favor se comportan, ¿de acuerdo?

—Siempre lo hacemos —habló Miroku, echándose en el sofá. Su madre le entornó los ojos—. De acuerdo, de acuerdo...

La Señora Houshi le alborotó con cariño el cabello a su hijo antes de marcharse escaleras arriba.

—La vida es injusta, ¿sabes? —comentó Miroku.

Inuyasha sabía que se arrepentiría de preguntar—: ¿Por qué? —dijo de todas formas, tomando asiento en el mueble diagonal a él.

—Porque tu vas a dormir con una pollita hoy y... —No acabó la frase cuando ya un cojín le había dado de lleno en el rostro.

Kagome escogió ese momento para regresar a la sala. Miroku se carcajeaba y le lanzaba de regreso el cojín a Inuyasha. —¿Está todo bien?

—Si.

—No —respondieron simultáneamente.

Kagome parpadeó. —De acuerdo... —murmuró, recuperando su taza de chocolate y sentándose a una distancia prudente de Inuyasha.

—Veamos una película o algo —sugirió Miroku, agarrando el control remoto y navegando entre el sin fin de canales que su servicio de cable le ofrecía.

Terminaron poniendo una película de Marvel. Kagome estuvo en contra de todas las recomendaciones de terror, e Inuyasha rechazaba todas las cómicas, así que Miroku tuvo el voto final. Sirvieron botanas y calentaron pizza en el horno. Ellos tomaron cerveza, mientras Kagome bebía de un vaso con soda. Ella notó que Inuyasha bebió tres latas más que Miroku, pero fingió no darse cuenta.

Era pasada la media noche cuando los créditos de la película corrieron en el televisor. Miroku roncaba suavemente, estirado por completo en el sofá, e Inuyasha había salido al porche hacía un rato, así que Kagome fue la única en ver el final.

La lluvia seguía repiqueteando fuera con menos fuerza que antes, pero sin parar. Kagome buscó una colcha para cubrir a Miroku (quien murmuraba cosas entre sueños etílicos); también aprovechó de acomodar la sala y limpiar los trastes sucios. Para cuando terminó Inuyasha seguía sin regresar, así que agarró una manta del sofá y salió por él. No le costó mucho encontrarlo. Estaba sentado en los escalones del porche, la espalda contra un pilar, un vaso con licor en la mano y un cigarrillo en la otra. Kagome se acercó y se tumbó a su lado, arropándose la manta más al cuerpo por el aire frío.

—Te perdiste el final —habló.

—¿Si?

—Uh-huh. Termina estrellando el avión en el Ártico.

—Bueno, mierda... —Arrastraba las palabras al hablar. Definitivamente estaba pasado de tragos—. ¿Qué pasó con Peggy?

—Le prometió una cita.

—Que bastardo. —La volteo a ver, los ojos medio apagados por el alcohol—. Le mintió.

Kagome se encogió de hombros. —Por una buena causa.

—¿Me perdonarías mentirte por una buena causa?

—Si... creo.

Inuyasha la miró largo y tendido, y finalmente apartó los ojos al prado, dándole una calada a su cigarrillo. —Bien... es lo que hago.

—¿Por qué lo dices?

—Porque te miento... —Parpadeó lento—. A mí mismo también.

—¿A qué te refieres? —indagó más.

Kagome sabía que estaba mal, que estaba aprovechándose de su estado de embriaguéz y eso no era lo correcto... pero necesitaba saber.

—Siempre digo que no me importas, y no es así... me importas mucho. —La miró—. Me recordabas a ella, ¿sabes? Cuando te vi... si, en la escuela. Te evitaba. Me dolía tenerte cerca...

Una punzada le atravesó el corazón.

Ella...

Por eso la evadía en la escuela; por eso antes la miraba con odio, con añoranza... con tristeza.

—¿Ella es...? —Preguntó queda, solo por el masoquismo de escuchar ese nombre salir de su boca.

Kikyō.

—Kikyō.

Kagome observó las gotas que el techo no alcanzaba a cubrir y le mojaban los pies. Se concentró en el soplo del viento humedeciéndole la piel. Puso la cabeza en cualquier cosa, en cualquier otra cosa que no fuera llorar.

—Te recuerdo a ella. —No fue una pregunta, fue una afirmación.

«Niégalo».

—Si... —A Kagome le quemó el pecho. Apretó la mandíbula, y contuvo las lágrimas. —Al principio, ya no. —Dejó el vaso a un lado y la agarró del hombro—. No eres nada como ella... tú me amas, ella nunca lo hizo, ¿sabes?

—¿D-de qué hablas?

—Quería vengarse, ¿recuerdas? —Volvió a agarrar el vaso y se bebió el contenido de un trago—. Me conoció... y yo le metí cosas en la cabeza. Pero no sabía que él la había violado, ¿sabes? Eso estuvo jodido...

El estómago a Kagome le cayó a los pies.

Violado.

La palabra le caló profundo, y por su causa dejó de respirar un rato.

—¿Quién? —inquirió al encontrar su voz, hecha un nudo por las emociones. Inuyasha tenía los ojos perdidos en la lluvia; la mente en los recuerdos—. Inuyasha, ¿quién la lastimó?

—Onigumo —respondió—. Pero ella no podía matarlo... la buena de Kikyō no podía hacer eso. —Se rió, mesándose el pelo—. No... para eso estaba yo. Ella solo tenía que hacerme creer que me amaba... engañarme, y yo haría el resto por ella.

Kagome se llevó una mano a la boca para ahogar un jadeo.

Eso era... era horrible.

¿Por qué? ¿Cómo pudo hacerle así?

—Inuyasha...

—Pero Kagome no es así... —siguió, esa sonrisa quebrada permanente en sus labios—. Ella no está dañada... no como el resto de nosotros. Yo no quiero lastimarla.

—No lo harás... —murmuró.

No lo iba a hacer porque ella ya estaba rota. Hacía tiempo que lo estaba. En ese momento quiso poder decírselo, tener la fuerza para confesarlo.

—Lo haré. Ya lo he hecho... soy así. —Tiró el cigarrillo al suelo—. La amo... es ridículo. No puedo alejarme. Ella debería hacerlo.

Ella buscó su mano, enlazando los dedos con los de él. Inuyasha la miró, y esta vez Kagome se encontró con ojos color ámbar; enrojecidos por lágrimas, cargados de emociones. Allí estaban todas, claras como el agua, brillando como el Sol: miedo, pérdida, angustia. Kagome sintió sus ojos empañarse, su propio corazón romperse, y deseó poder quedarse ella con todo ese sufrimiento para que él no tuviera que llevarlo a cuestas.

—No me iré a ninguna parte —prometió, como tantas veces había hecho—. Ya te lo había dicho.

Inuyasha volvió a sonreír, como siempre hacía. Kagome ahora lo conocía lo suficiente para entender que no era más que una ironía. Era la sonrisa que ponía cuando algo le dolía, pero no quería que nadie lo notase.

—Está bien... —dijo él, sosteniendo con más fuerza su mano—. Moriría por ti antes de hacerte daño.

Kagome se acercó, una rodilla sobre la madera, acortando la distancia que los separaba. Sus labios fríos acariciaron los de él con delicadeza, con dulzura, con temor al rechazo. Fue en el momento que la mano de él acuno su rostro y la otra se apoderó de su cintura para corresponderle con ansias, que el corazón de Kagome cobró vida - esa misma que había perdido hacía semanas al alejarlo de ella.

Inuyasha tiró de su cuerpo con suavidad para ayudarla a colocarse entre sus piernas. El ritmo de sus besos seguía siendo lento, pausado, como si buscaran recuperar todos esos días donde el orgullo no les permitía si quiera cruzar miradas. Kagome saboreaba el licor en su boca, y le rogaba al cielo que él no olvidara, que mañana siguiera besándola de la misma manera, que los días que vinieran siguiera queriéndola.

Se apartó unos centímetros de él y recuperó el aliento, descansando una mano en su pecho. Los latidos de su corazón marchaban igual de rápidos bajo su tacto, casi al mismo ritmo. Kagome juntó su frente con la de él y cerró los ojos, imaginando que podrían quedarse así por siempre.

—Te amo —susurró.

Cuando abrió los ojos él ya la miraba. La besó una vez más, y al separarse una sonrisa ligera se dibujó en su boca.

Esta vez, esa sonrisa era sincera.

—Y yo a ti, cielo.


5.367 palabras ~ Es mi lo siento mucho del mes.

No, pero de verdad, el mes pasado fue una tragedia. Tenía todo el capítulo listo en mi teléfono, me lo envié al correo y el archivo se dañó, morí de la frustración, resucité, y empecé a escribir de nuevo.

Espero que les guste. Con sinceridad me gusta más que la primera versión que escribí, espero que a ustedes también.

No olviden dejarme sus comentarios bonitos, o enviarme un mensaje privado. Es la única manera que tengo de saber que les sigue interesando, y me pone muy feliz cuando es así *-*.

Les quiero una galaxia ¡Nos leemos en el próximo!