Capítulo 28. El día del cumpleaños.


El amanecer lejos de la ciudad podía robarte el aliento. Ver como los rayos del sol rompían el firmamento en el horizonte, disipando la oscuridad, trayéndole vida a las sombras. Era de esos momentos mágicos que siempre pasábamos por alto, que no apreciábamos lo suficiente.

Kagome descansó los codos de la baranda en la terraza, disfrutando del espectáculo y la brisa matutina. El silencio era otra de las cosas que empezaba a apreciar estando ahí, apartada de la metrópolis. Nada de autos, alarmas, ni alborotos; solo escuchaba los pájaros cantar, las hojas de los árboles bailar, los caballos relinchar. Era sereno, cautivante.

—¿Madrugadora? —preguntaron tras ella.

Miró sobre el hombro a Miroku, parado junto a la puerta mosquitero. —Algo así, ¿y tú?

Miroku caminó hasta su lado, admirando el paisaje también. —Los ronquidos de Inuyasha no me dejaban dormir.

—Él no ronca.

—Entonces si han dormido juntos antes, ¿huh? —Subió las cejas con gesto sugerente. Kagome se puso colorada al instante—. Estoy bromeando contigo, tranquila.

Él traía dos tazas en las manos. Le extendió una a Kagome, y ella le agradeció al recibirla. Era café. Casi no había dormido, y cafeína era justo lo que necesitaba para espabilar. Le dio un trago, y arrugó la cara por lo amargo que estaba. Miroku puso la misma cara al probar del suyo.

—Ugh. Lo siento, el de mi madre es mejor. La cocina no es lo mío.

Kagome se rió. —Está bien. Si esto no me despierta, nada lo hará.

—¿Algún motivo por el que Inuyasha terminó tirado en el sofá?

—No exactamente. —Le dio otro sorbo al café. Estaba menos amargo conforme bebía—. Estaba pasado de tragos, y se desmayó antes de que pudiera ayudarlo a subir las escaleras. El sofá fue lo más cerca que pude llevarlo.

—Yo te hubiese ayudado.

Kagome volvió a reírse. —Intenté despertarte. Me respondiste que las vacas vuelan mejor durante el verano.

Miroku se rascó la nuca, apenado, y rió también. —Lo siento.

—No es nada.

Por un rato se quedaron en silencio, admirando al sol mostrarse por completo. Kagome se dio cuenta que en realidad, aunque esta fuera la conversación más larga que había tenido con Miroku desde que lo conoció, no era tan difícil de tratar. Siempre era amable, y su aura de seguridad era contagiosa.

—Es precioso aquí —comentó ella—. ¿Tu familia distribuye vinos?

La casa estaba situada en un colina, permitiendo tener una buena vista de todo el terreno. En el patio trasero, después de una bonita terraza, la piscina junto a la parrilla y las verjas, podías admirar un extenso viñedo. En la noche no lo había notado con toda la oscuridad y la lluvia, pero a plena luz del día era imposible de no apreciar.

—Si. Mi abuelo tuvo una visión, y mi padre la hizo realidad. Hay una bodega bajo la casa. —Pateó la madera bajo sus pies para enfatizar—. Ya ves, por eso mi afición al buen alcohol.

—Buen alcohol... ¿Como la cerveza?

—Si llegas a ver a mi padre, no le digas que he estado bebiendo cerveza. —Puso cara de espanto—. Es capaz de desheredarme.

Kagome volvió a reírse. —Anotado.

—¿Puedo preguntarte algo? —Soltó él de pronto.

—Seguro —respondió ella, confundida por como el ambiente se tornó serio de la nada.

—¿Quieres a Inuyasha?—La miraba directamente ahora—. Es decir... ¿De verdad quieres estar con él, o es algo pasajero?

La azabache parpadeó rápido, y juntó las cejas. Los cuestionamientos la habían tomado desprevenida. Miroku era quien menos había intervenido en todo aquel embrollo. Él siempre decía que era mejor mantenerse al margen, porque así no se perdían amistades.

—Claro que le quiero. —Sus sentimientos no eran pasajeros; no podían serlo. Eran demasiado tangibles, tanto que a veces la asustaban—. Amo a Inuyasha.

—Bien... —dijo él, dándole un trago a su café—. Entonces necesito que escuches lo que voy a decir, ¿de acuerdo?

Kagome deglutió saliva. Era la primera vez que veía a Miroku tan serio.

—Inuyasha es como mi hermano, ¿sabes? —comenzó—. Es mi hermano. Las cosas por las que ha pasado en su vida, son mucho más fuertes de lo que podrías imaginar. Yo he estado ahí para verlas, lo he visto salir en pie de cada una de ellas. La cosa es que cada herida deja una cicatriz, y en cada caída cuesta más levantarse... y no sé si la próxima vez que toque fondo sea la última.

Kagome permaneció en silencio, las palabras de Miroku asentándose en ella.

—No quiero perderlo, amo a ese bastardo, pero también sé que estar con él no será sencillo. Así que si tienes la más mínima duda, si crees que esto puede llegar a ser demasiado para tí, entonces es mejor que te marches ahora.

—Si significa estar con él, nunca será demasiado.

—Lo será —replicó rápido—. Y si se torna difícil y te vas, lo harás pedazos. No quiero que eso pase, porque entonces lo alejarás de nosotros.

Era atípico pensar que alguien como Inuyasha, que se mostraba tan fuerte en el exterior, pudiera salir herido de una relación. Kagome no lo hubiera creído posible de no haberlo visto quebrarse la noche anterior. Le escocía el corazón recordarlo, y pensó en cuanto se odiaría a sí misma si ella llegaba a ser la causante de su dolor.

—No va a pasar —aseveró con vehemencia—. Yo también lo amo.

—Lo que pasó en la escuela, con Satoru, pudo haber terminado peor.

—Lo sé. Sé que fue mi culpa que todo se saliera de proporción —reconoció, llevándose una mano al pecho—, pero no volverá a pasar. No puedo vivir sin Inuyasha. Podría seguir adelante, continuar respirando, pero nunca estaría completa sin él. Incluso si en mi no ve nada más que una amiga, si lo que busca en mí no es una relación... yo solo quiero que me permita estar a su lado.

Miroku se quedó callado entonces, sus ojos fijos en los de Kagome. Encontró tanta decisión y seguridad en ella que lo asombró por un momento. Se acordó de antes, de la Kagome que vio entrar por primera vez al salón de clases, esa con la frente abajo y la inseguridad a flor de piel. Ese día que Kōga la presentó en la cafetería parecía que se desintegraría de los nervios dada la oportunidad. Jamás pensó que llegaría a estar conversando con ella de esta manera, que esa misma niña débil estaría demostrándole tanta convicción.

Miroku puso una sonrisa suave, y movió la vista al viñedo.

De verdad se amaban, esos dos. Seguro no se daban cuenta lo mucho que habían influenciado la vida del otro.

—De acuerdo. —Le dio un toque a la madera y echó el resto del café fuera del balcón—. Cámbiate, nos iremos antes de que el idiota despierte.

Para cuando Kagome reaccionó al cambio de tema, ya Miroku estaba entrando a la casa.

—¿Huh?

—Tienes que ir a la escuela, ¿no? —le dijo sobre el hombro—. Te llevaré al instituto, y luego te pasaré recogiendo para ir al cumpleaños de Rin.


—Me alegra mucho verte...

—Tú me llamaste.

—Lo sé —dijo Kagome, tratando de no sonar dolida por la aspereza con la que Kōga le hablaba—. Igual me alegra que aceptaras sentarte conmigo.

Él dejó de ver la cancha de la escuela para enfocarse en ella.

—Sonabas ansiosa por teléfono.

Lo había estado. Apenas y había intercambiado unas palabras con Kōga por teléfono el día anterior, y aún así él había podido interpretar las emociones en su voz.

Kagome supo entonces que era una amiga terrible. En su afán por solucionar el embrollo en el que estaba metida, había descuidado su amistad con Kōga.

Al final, había puesto a Inuyasha antes que a él.

—¿Qué hay de ti? —preguntó ella—. ¿Cómo has estado?

No habían hablado en semanas. La última vez que la dejó en el templo ni siquiera contaba como una conversación.

—Estoy bien, Kag. No tienes que pretender que te interesa.

—No finjo —se apresuró en objetar ella—. Solo... quería disculparme.

—¿Por qué?

—Por no estar para ti... por todo. He sido muy egoísta, y tú has hecho tanto por mí.

Kōga se le quedó mirando por unos segundos, ninguna expresión presente en sus ojos. Finalmente suspiró, y le dio un empujón amistoso. —No tienes que disculparte. Yo empecé todo al molestarme contigo... aún lo estoy, pero es porque me preocupas y te quiero. ¿Lo sabes?

—Lo sé. Yo también te quiero.

—¿Dejarás de verte con el chucho de Inuyasha?

—Kōga...

El levantó las manos. —Ya... lo siento, tenía que intentarlo.

Kagome esbozó una sonrisa ligera, y le devolvió el empujón. Recargó la cabeza en el hombro de él y Kōga puso la mejilla en su cabello. —¿Estamos bien?

—Estamos bien.

—Bien.

—¿Qué sucedió? —preguntó él después de un rato—. Ayame me contó lo de Satoru. ¿Te encuentras bien? ¿Por eso me llamaste?

—Estoy bien ahora, no ha sido por eso.

—Pudiste decirme —la regañó—. Pude haberte ayudado... ¿Por qué no me contaste?

—No quería involucrar a más personas, y creí que podía solucionarlo sola —admitió apenada—. También estaban las amenazas... Ya había tenido suficiente con los chismes de la escuela, no quería que esas fotos fueran publicadas.

—Que hijo de puta... si no se hubiera ido, te juro que lo mato.

Kagome levantó la cabeza de su hombro, sorprendida.

—¿Se fue de la escuela?

—Se fue de Tokyo —dijo él—. Dicen que su madre vino a la escuela buscándolo. Encontraron solo una nota dentro de su casillero.

—¿Qué decía?

Kōga se sacó el teléfono del bolsillo, lo desbloqueó, y pasó el dedo por la pantalla un par de veces antes de entregárselo. Mostraba la foto de un papel blanco, arrancado de alguna libreta. La caligrafía era tosca, y se notaba que lo habían escrito en un apuro.

Lo siento... lo intenté.

—¿Sabes que significa? —preguntó Kōga.

Kagome se quedó observando la pantalla. Había algo en aquella nota que le puso los vellos de punta, algo que no encajaba.

—No... no realmente.

Usó dos dedos para hacerle zoom, y fue entonces que se dio cuenta.

Que la letra de Satoru no era la misma de las fotos.


—¿Pasa algo?

Kagome dejó de cepillarse el cabello y miró el reflejo de Sango, sentada en su cama, a través del espejo.

—No, ¿por qué?

—Estás muy callada —dijo su amiga. Hizo una pausa para aplicarse brillo labial—. Digo, más que de costumbre.

—¿De verdad? —Kagome regresó a peinarse—. Deben ser los nervios, es todo...

—¿Seguro que te encuentras mejor? Después de todo lo que pasó.

—Estoy bien. Ahora que todo esta arreglado, y que a demás Satoru se ha marchado...

Porque era así, porque se supone que todo estaba bien ahora. Se supone que todo había vuelto a la normalidad, y que estaba segura.

El problema era que Kagome sentía todo lo contrario.

Algo no encajaba. Algo la tenía intranquila

—Eso estuvo raro, ¿no crees? —comentó Sango, calzándose los zapatos. El mal presentimiento de Kagome aumentó al saber que no era la única en notarlo—. En cualquier caso, estaba pensando que deberías venir a mis clases de defensa personal.

Kagome bajó el cepillo y empezó a trenzarse el cabello. —¿Tu crees?

—Por supuesto —aseguró Sango. Se puso de pie y se detuvo a sus espaldas, apartándole las manos para ayudarla con la trenza—. No tendrías que pagar nada, y es importante que aprendas a defenderte. Hay tanta maldad en el mundo, tantas personas enfermas. Esta vez no ha pasado a mayores, pero no debes esperar que ocurra una segunda vez.

Kagome pensó que no quería esperar que sucediera una tercera vez.

En lugar de decir eso, dijo—: Tienes razón.

—Claro que la tengo. Vendrás conmigo a mi próxima clase, es un hecho —sentenció su amiga. Terminó de armar la trenza y le acomodó unos mechones en la cara—. ¿Segura que no lo quieres llevar suelto?

—Segura.


—Lucen preciosas —alagó la Sra. Higurashi, viendo a Kagome y su amiga bajar las escaleras desde la sala.

—¿A que sí? —Sango dio una vuelta para mostrarle su vestido—. Dice Kagome que lo compró en el mercado hace tiempo.

—¿De verdad? —La Sra. Higurashi le dio un vistazo a su hija, quien movió los ojos hacia otro lugar—. No sabía que había visitado el mercado.

Kagome se aclaró la garganta. —Deberíamos bajar. Miroku dijo que ya estaba por llegar.

—¿Llevas tu uniforme allí? —Le preguntó su madre, refiriéndose a la mochila que llevaba en la espalda.

—Si. —Se acercó para darle un abrazo—. Te llamo en cuanto estemos de regreso en casa de Sango.

—Cuídense mucho ambas —les dijo, aún agarrando a Kagome en sus brazos—. No vuelvan a casa tarde.

—Prometido —respondió Sango.

—Mañana es día de escuela.

—Mamá...

—Recuerda que estaré de guardia en el hospital esta noche.

—Mamá, tenemos que irnos...

La Sra. Higurashi se alejó, las manos aún agarrándole los hombros. Había una ligera capa de maquillaje ocultando las pecas de su hija, acentuando los contornos de su rostro, resaltando el azul brillante de sus ojos. Era la primera vez que veía a Kagome así. Lucía tan madura, tan fuerte, tan distinta. La Sra. Higurashi sabía que no era solo el maquillaje, que aquella confianza que su hija irradiaba venía desde dentro, y se enorgullecía tanto por eso.

En algún instante durante aquellos meses, su niña pequeña se había ido.

—¿Mamá? —llamó Kagome. Su madre la miraba con intensidad, y parecía haber parpadeado para ahuyentar lágrimas.

—Oh, lo siento —se disculpó la Sra. Higurashi. Le pellizcó una mejilla de forma maternal, y le dio otro corto abrazo antes de soltarla—. Que se diviertan mucho.

Kagome se quedó observando los gestos de su madre en lo que Sango se despedía y se dirigían a la puerta. Estaba acostumbrada a verla fingir sonrisas, y sabía que la que esbozaba ahora también era falsa. La cosa es que era... diferente. No parecía triste, ni dolida. Era una emoción que Kagome no reconocía, y por primera vez parecía estar asociada con algo más que el dolor.

—¿Nos vamos? —preguntó Sango, esperándola desde el umbral.

—Si —respondió, apartando la vista de su madre y cerrándo la puerta tras ellas.

—¿Nerviosa?

—Un poco...

—Será divertido —animó Sango—. Y si no lo es, siempre podemos irnos.

Kagome sonrió, bajando las escaleras del templo con el brazo enlazado a su amiga.

Ahora lo entendía...

Era añoranza.


Kagome había mentido.

La verdad era que estaba muy nerviosa.

Realmente no lo sintió hasta que empezaron a salir de la ciudad. Poco a poco los edificios se convirtieron en árboles, las amplias avenidas en calles más angostas, y se dio cuenta que estaban tomando la misma ruta por la que hace unos días había sido "secuestrada". Recordarlo le cerraba el pecho, como si pudiera revivir el pánico de ese momento; sin embargo, no fue hasta que cayó en cuenta de que iba a pisar una vez más la casa del Señor Taisho, que la ansiedad la atrapó.

Después de la charla que habían tenido, lo último que quería era verle la cara. ¿Y si le había dicho todo a Inuyasha? Le había prometido que quedaría entre ambos, pero bien pudo haberle mentido.

Además estaba su conversación con Inuyasha la noche anterior. No estaba segura como sentirse sobre eso. ¿El lo recordaría? ¿O volvería a tratarla como si no existiera? Antes de que bebiera demasiado y le confesara todo aquello, ya habían conseguido estar en buenos términos. En el camino hacia la casa de Miroku... todo parecía haber estado bien.

«O podría estar cabreado de nuevo porque te aprovechaste de hablarle estando ébrio».

—Kagome debería elegir.

—¿El qué? —preguntó, captando la conversación tarde.

—La hora a la que nos vamos —dijo Sango—. O puede que Inuyasha quiera llevarte. —Esto último lo dijo con picardía.

—No lo creo —desestimó Kagome—. Prefiero marcharme con ustedes.

—Me parecía que tenías otras preferencias anoche —comentó Miroku, y le sonrió por el espejo retrovisor.

Kagome se puso colorada, y Sango casi se rompe la espalda cuando volteó a verla desde el asiento del copiloto.

—¿Anoche qué? ¿De qué hablan?

—Nada.

—Se besaron —respondió Miroku al mismo tiempo. Kagome le entornó los ojos y este solo se encogió de hombros con inocencia—. Oops. No sabía que era un secreto.

—¿¡Se besaron!?

—Algo así...

—Oh, no seas modesta —siguió Miroku, disfrutando de la situación. Se dirigió a Sango cuando especificó—: Fue una sesión completa.

Sango lo miró boquiabierta, y luego a Kagome. —Quiero detalles.

—Yo...

—¿Se reconciliaron?

—No exactamente... —Kagome se detuvo a pensar algo antes de responder. Se asomó entre los asiento para encarar a Miroku—. ¿No estabas ebrio anoche?

Miroku se carcajeó.


La casa de los Taisho se veía ligeramente menos sombría que el día anterior.

Kagome pasó las puertas con sus amigos, justo bajo un arco de globos lilas y blancos. Adentro todo estaba decorado con la misma paleta de colores, uno que otro detalle resaltando en dorado. Uno de los empleados los recibió y dirigió hacia el area de la fiesta. Era un salón grande, igualmente decorado, con enormes puertas y ventanales que daban al patio trasero con la piscina. Había mesas con infinidad de postres, bocadillos, y un rincón especial para los regalos; este último desbordando en bolsas y cajas provenientes de tiendas costosas. Kagome apretó el modesto papel que envolvía su regalo de último minuto, sintiéndose fuera de lugar.

—Relájate —la animó Sango, poniéndole una mano en la espalda. Parecía que podía leerle los pensamientos—. Todo va a estar bien.

«Todo va a estar bien». se repitió.

Miroku pronto fue reconocido por algunos de los invitados, al igual que Sango, y empezaron a distanciarse para hablar con ellos. En su mayoría eran padres que parecían estimar a las familias de ambos. Kagome no tenía nada que acotar a esas conversaciones, así que decidió salir al área de la piscina, donde los niños y posiblemente Rin estaban.

El sol quemaba como hacía tiempo no lo hacía. Kagome empezó a caminar, cubriéndose los ojos con la mano para localizar la mata de cabello castaño entre todas las pequeñas cabezas. Se estaba acercando a la piscina en lo que un grupo de niños correteando casi la hacen caer dentro, uno de ellos agarrándola de la mano para ayudarla a estabilizarse.

—Perdón, señora.

Kagome bajó la mirada para decirle que todo estaba bien. En el momento que sus ojos se encontraron con un par de enormes orbes café, fue como si le arrebataran el aire de los pulmones de un golpe. La quemazón en el pecho le quitó el habla, y por un segundo creyó estar soñando.

Sōta.

—¿Señora? —preguntó el niño, extrañado. Le estaba apretando mucho la mano.

—No es señora, Niko, es señorita —lo corrigió una de las niñas que andaba con él, golpeándolo en la cabeza—. No seas maleducado, cara de excusado.

Kagome lo soltó enseguida, turbada, con el corazón en la garganta.

Niko... su nombre era Niko.

—¿¡A quién llamas cara de excusado!? —gritó el niño ofendido, y salió corriendo tras la niña.

Kagome apretó más el regalo contra su pecho, donde dolía, y respiró tan hondo como sus pulmones la dejaron. Trató de ahuyentar los recuerdos, pero un montón de preguntas los reemplazaron: ¿Luciría así su hermano? ¿Estaría aquí hoy con ella? ¿Correría entre risas como todos esos niños?

No. Sōta nunca reiría, nunca tendría amigos, nunca crecería, ni se enamoraría. Existiría solo en su memoria, atascado en sus ocho años.

—¡Kagome! —una voz aguda la trajo de vuelta a la realidad. Un peso extra se asentó en su pierna, y la falda de su vestido se empapó del agua que escurría el traje de baño de Rin—. ¡Viniste!

Ella se hincó para abrazarla propiamente. —Feliz cumpleaños, linda.

—Gracias —Rin le devolvió el abrazo con entusiasmo y luego se apartó rápido—. Perdón, te mojé.

—Esta bien —le sonrió Kagome—. ¿Cómo la estás pasando?

—¡Súper! Deberías entrar a la piscina conmigo. —Se fijó en el regaló que la azabache sostenía y lo señaló—. ¿Es para mí?

—Eh, si —se lo extendió—. Espero que te guste.

Rin lo recibió y se lo entregó a uno de los chaperones. —No quiero dañarlo con el agua. ¿Te quedas a abrir todos los regalos conmigo más tarde?

—Seguro.

—¡Genial! —Un grupo de niñas la llamó desde la piscina, y se despidió de la azabache con otro abrazo—. Si buscas a mi hermano, está sentado por allá. —Señaló hacia un grupo de adultos en el bar—. Debe estar de buen humor, porque nunca habla con Sesshomaru.

Rin ya estaba dentro de la piscina antes de que Kagome pudiera preguntarle algo más. Una vez que pudo abrirse paso hasta la cocina exterior, encontró a Inuyasha sentado en un taburete frente a la barra. Conversaba con un hombre que estaba de espaldas a ella, por lo que no podía verle la cara, pero que de seguro no estaba diciéndole nada bueno por la expresión dura de Inuyasha. Una muchacha se les acercó con latas de cerveza para ambos, y el cabello lila la hizo reconocerla como la chica de la cafetería.

Kagome había decidido mejor regresar con Sango y no interrumpirles, cuando los ojos de Inuyasha recayeron en ella. Él se vio sorprendido por un momento, le dijo algo a los otros y dejó la cerveza en la barra para ir hasta ella.

—Hey —saludó una vez que estuvieron cerca.

—Hey —respondió ella, medio cohibida.

Iba vestido con una playera blanca, vaqueros oscuros y zapatos vans. Con el cabello alborotado y el sol dándole de lleno en los ojos, a Kagome se le estaba haciendo difícil no besarlo en frente de todos.

¿Por qué tenía que ser así de atractivo sin intentarlo?

—Miroku me dijo que vendrías —comentó—. Yo podía pasarte recogiendo... digo, si querías venir.

—No, esta bien. Rin te necesitaba aquí.

—¿Se comportó extraño contigo esta mañana? Porque si intentó algo contigo mientras te llevaba a tu casa te juro que voy a...

—No, no —negó ella con una risita—. Tranquilo, fue todo un caballero.

Inuyasha se cruzó de brazos. —Ya... bueno.

—¿Estás celoso? —preguntó divertida, notando el tinte enojado en su voz.

—¡Feh! Por supuesto que no. —Se le quedó viendo, y después de un par de segundos frunció el ceño—. ¿Debería?

Kagome estalló en carcajadas. Él la empujó juguetonamente por el hombro, diciéndole que se callara, y cuando ella intentó hacer lo mismo la jaló en un abrazo. —Estás toda mojada.

—Rin me abrazó —explicó. Envolvió los brazos en el torso de él, tan contenta que le dolían las mejillas—. Hueles a cigarrillos.

—No fui yo —fue su turno de explicar—. Mi hermanastro también fuma.

Kagome se puso de puntitas para asomarse sobre su hombro. El hombre de antes continuaba sentado en la barra, una lata de cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra. Sus ojos eran tan ámbar como los de Inuyasha, y la miraban como si pudieran atravesarla. Su expresión era fría, como la de Inuyasha cuando se conocieron, con algo más que le erizaba los vellos. A la final ella fue la que tuvo que romper el contacto visual, y aún así podía sentirlo observando. Para cuando regresó a verlo, él hablaba calmadamente con Eriko.

—¿Dónde están, por cierto?

—¿Quiénes?

La liberó apenas del abrazo y le acomodó el cabello tras las orejas. —Miroku y Sango.

—Oh, en el salón.

—Vamos, entonces —dijo, enlazando sus manos juntas y guiándola por el camino—. Te sienta bien ese vestido, por cierto.

Kagome siguió sonriendo sin poder evitarlo, sus mejillas sonrosadas. Algo cálido le abrazó el corazón al acomodarse junto al brazo de Inuyasha y recibir un beso en la sien de su parte.

Estaban bien.

De verdad estaban bien.


La fiesta transcurrió sin contratiempos. Desde la llegada de los invitados, hasta el momento en que cayó la noche y todos se marcharon.

Todo había salido bien.

Bueno... casi todo.

Rin cruzó los brazos sobre la encimera y acomodó la cabeza sobre ellos. Había lágrimas en el borde de sus ojos, pero ella se rehusaba a dejarlas salir. Kaede, su nana, le peinaba el cabello con cariño.

—Seguro que ya esta por llegar.

—Ya sé... —respondió. En el fondo esperaba que así fuera, porque llevaba horas "estando por llegar".

—Sabes como es el trabajo —continuó Kaede—. Siempre pierde la noción del tiempo con tantos compromisos.

—¿Y mi cumpleaños no era un compromiso? —respondió Rin, dolida.

Kaede se quedó callada, buscando ayuda en el rostro de los demás presentes. Todos estaban reunidos en silencio en la cocina. El ambiente era pesado, y demasiado deprimente para ser el décimo cumpleaños de una niña.

—Podemos solo cortar el pastel —sugirió Eriko. Todos voltearon a verla de mala gana—. Digo... es solo un pastel.

—No —fue lo único que dijo Sesshomaru, y fue suficiente para que Eriko no comentase más sobre el tema.

—Pero si es solo un pastel y velas... —Kagome la escuchó farfullar entre dientes.

«No es solo eso», quiso responderle.

No era solo el hecho de poner unas cuantas velas y soplar. Lo que le dolía a Rin era que su papá no pudiera tomarse cinco minutos de su día para asistir a su cumpleaños. Era el hecho de que cientos de desconocidos estuvieron ahí para ella, mientras su padre le daba más importancia a algún cliente en su oficina.

—Eriko tiene razón, Rin —habló una mujer de mediados cuarenta, a quien Inuyasha se había referido como la madre de Sesshomaru. Se acercó a la niña y le dio unas palmaditas impersonales en la espalda—. Siempre podemos cantarte cumpleaños otro día, cuando tu padre este en casa.

—¡No quiero otro día! —estalló Rin, apartando la mano de su madre adoptiva de un manotazo—. ¡Quería que estuviera aquí hoy! ¡Ahora!

—Te recuerdo que tu padre pagó por toda esta ridícula fiesta de cumpleaños que te empeñaste en tener. Deberías mostrar un poco mas de respeto y agradecimiento, jovencita.

—¿Agradecimiento? —espetó con amargura. Esta vez no se molestó en contener las lágrimas mientras hablaba—. No quería su dinero, quería verlo. Creí que si hacía una fiesta entonces vendría, ¡pero ni siquiera quedar mal frente a sus amigos le importa! ¡Yo no le importo!

—Rin Taisho...

Rin no se quedó a escuchar nada más. Se bajó del taburete y corrió fuera de la cocina, de camino a su habitación. La mujer salió tras ella, aun llamando su nombre, y a los pocos segundos se escuchó un portazo en la planta alta.

Nadie dijo nada más por unos minutos. Kagome apretaba la mano de Inuyasha cada cierto tiempo, como asegurándole que continuaba ahí, aunque no le correspondiera el gesto. Él no separaba los ojos del enorme pastel en la isla de la cocina, diseñado especialmente para su hermanita. Ni siquiera se movió cuando el móvil de Sango sonó estrepitosamente, rompiendo el silencio.

—Es mi papá... quiere que regrese a casa.

—¿Inuyasha? —lo llamó Kagome cuando este le soltó la mano. Siguió andando sin responder, agarró su chaqueta de una de las sillas y salió de la cocina.

Todos intercambiaron miradas. No fue hasta que la puerta principal se cerró que la realización llegó a sus caras, y para el momento en que Kagome salió corriendo de la casa ya el auto negro cruzaba el portón hacia la calle.

—¡Inuyasha!


Estaba fúrico.

No... decir fúrico era atenuante.

Inuyasha estaba malditamente cabreado.

Piso el pedal a fondo en lo que el semáforo cambió a amarillo y se cruzó la luz en rojo. Varios autos tocaron la bocina, pero no los escuchaba por sobre el pitido dentro de su cabeza. Sentía que en cualquier segundo iba a estallarle.

El viaje desde la casa hasta la firma de su padre era cerca de cincuenta minutos en un buen día. Inuyasha llegó en treinta, y se le hizo eterno. Eso estaba bien, de todas maneras, porque mientras más tiempo pasaba, más la rabia le calentaba las venas. Paró el auto en medio del estacionamiento, y lo próximo que registró es estar pateando la puerta de la sala de conferencias, a sabiendas que encontraría a su padre dentro.

—¡Voy a llamar a seguridad! ¡Deténgase ahora mismo! —La secretaría trataba de hacerlo entrar en razón, aunque sin atreverse a tocarlo. El resto de empleados ahí tampoco se movieron de su sitio—. ¿¡Puede alguien ayudarme!?

Ella era nueva, de seguro. No veía el parecido en apariencia. Los que habían trabajado allí por un tiempo sabían que cuando el menor de los Taisho llegaba, era mejor apartarse.

No esperó más a recibir respuesta, y abrió la puerta de un golpe. Las personas dentro llevaban expresiones espantadas, posiblemente esperando un criminal con un arma. Inuyasha los ignoró a todos hasta poner los ojos en su padre, en la silla más grande, con su ridículo traje de etiqueta y su maldito aire de superioridad.

—Lo siento tanto, Señor Taisho. Intenté detener a este demente pero no escucha razones...

—Hijo —habló. La secretaria se llevo una mano a la boca—. ¿A qué debo tu visita?

Inuyasha se dio cuenta entonces. Estaba claro en la poca obviedad y las cejas alzadas de su padre. —Lo olvidaste, ¿no es así? Por supuesto que lo olvidaste. Eres un bastardo...

—¿De qué estás hablando?

—Era su cumpleaños. —Se pasó la mano por el pelo, tirándose de las raíces con un sonrisa exasperada—. ¡Era su maldito cumpleaños!

Tōga apretó los labios, y algo parecido a la culpa le surcó los ojos. Inuyasha sabía que no era eso, que no sentía ni el menor remordimiento por haberse olvidado de Rin.

—Estoy seguro de que los invitados estuvieron bien atendidos.

—¿Eso es lo que te preocupa? ¿Haber plantado a tus jodidos invitados? —Pateó una de las sillas vacías, provocando que todos menos Tōga se pusieran de pie, alarmados—. ¡Te estuvo esperando! ¡Todo el día estuvo esperando a que aparecieras!

—Inuyasha, me parece que estás armando un escándalo por nada...

—¿¡Por nada!? ¿¡Te parece que decepcionar a Rin es nada!?

—Tiene que comprender que el trabajo va primero. No puedo desatender mis responsabilidades por una simple fiesta de cumpleaños. Es una niña muy madura, seguro lo entenderá.

Inuyasha bufo incrédulo, moviéndose por la oficina. Aquello era el colmo. —¿Es eso lo único que te importa, no es así? Tu maldito trabajo y reputación.

—Si lleva la comida a la mesa, entonces sí.

—¿Por eso la adoptaste, no es así? No porque querías ser su padre, no. Era porque querías llevarte el voto de compasión.

Tōga se impulsó con las manos para ponerse de pie. —No te permito que me hables así.

—Tōga Taisho salva a su hijo de la miseria y adopta a pequeña niña huérfana —recitó en voz alta, sarcástico, como si leyera el encabezado de una revista—. Jodido padre del puto año.

—¿Qué sabes tú de responsabilidad? ¿Huh? No eres mas que un crío malcriado. Solo sabes meterte en líos y resolverlos a golpes. ¿Crees que vivir por un año en ese apartamentucho y trabajar de mecánico te va a llevar lejos? Ese pedazo de chatarra al que llamas coche es lo único que vas a tener a tu nombre en toda tu vida.

Nunca te pedimos ayudarnos.

—Y aún así les he proveido con todos sus caprichos. Les he otorgado una vida que jamas hubieran soñado tener. Deberías estar agradecido.

—¡Dinero es lo único que eres capaz de proveer! ¿¡Crees que con eso es suficiente!? ¿¡Que somos uno de tus trabajos de caridad!?

—¡Tú y tu hermana son alguien gracias a mi! ¡Desde que su madre murió no he hecho nada más que velar por ustedes! —vociferó Tōga de regreso.

Inuyasha cruzó la habitación a largas zancadas, alcanzando a su padre y agarrándolo de las solapas del traje. Los presentes hicieron un atisbo por acercarse, pero Tōga alzó una mano para detenerlos.

—No vuelvas a hablar de mi madre —le siseó en cara.

Tōga le enfrentó la mirada. —Estarían pudriéndose en el hueco donde Izayoi los dejó de no ser por mí.

Inuyasha vio rojo. Alzó la mano en puño, dispuesto a dejar la rabia tomar el control. Su padre no se inmutó, ni se movió para intentar defenderse, y aquello solo lo cabreó más. ¿Es que pensaba que no era capaz de hacerlo?

—¿Vas a golpearme? —desafió Tōga con calma—. ¿Así de enfermo estás?

Inuyasha apretó la mandíbula. Estaba temblando, intentando contener la ira que se le escapaba por los poros. Por un momento, Tōga juró que de verdad lo golpearía.

Su hijo lo soltó de un empujón, se precipitó a la salida y se fue tras un portazo.


—Estoy segura de que está bien. Ya verás que volverá pronto —le había dicho Sango antes de darle un corto abrazo y marcharse con Miroku.

Kagome miró el reloj sobre la puerta principal. 1:33 am. Chequeó su móvil, sin llamadas ni textos nuevos. Intentó llamarlo una vez más, y como cada vez anterior la recibió directamente el buzón de voz. Apoyó los codos en las rodillas y hundió el rostro en sus palmas.

¿Dónde estaba Inuyasha?

Se había ido hecho una furia hacía más de cuatro horas. Su padre había regresado cerca de las diez de la noche, y les había dado a todos una mirada escueta antes de encerrarse en su oficina. Miroku se había atrevido a preguntarle si Inuyasha había ido a buscarle, y este respondió diciéndole que no lo había visto desde el día anterior.

Kagome pensaba que mentía. ¿A dónde más podía haber ido si no era a buscarlo?

—¿Aún esperando? —Alzó la cabeza para encontrar a Eriko. Terminó de bajar las escaleras y se sentó a su lado—. Deberías ir a dormir, para que el tiempo pase más rápido. Seguro que cuando despiertes ya esta aquí.

—No creo que pueda dormir... pero gracias.

—Te entiendo —dijo, acomodándose el cabello lila en un moño desordenado—. Cuando Sesshomaru se molesta puede llegar a ser todo un desafío.

Kagome volteó a verla. —¿Él también...?

—Oh, si, no tienes ni idea. —Dejó salir una risita—. Es peor de lo que te imaginas. Aunque es más calmado... es más maduro y menos emocional que Inuyasha. En cierta parte eso es una desventaja, porque puedes llegar a pensar que no le importas en absoluto.

Kagome recordó como Inuyasha hizo lo posible por evitarla, por no involucrarse emocionalmente con ella. —Te entiendo... Inuyasha era así conmigo.

—Sesshomaru nunca deja de ser así, hasta que haces algo que lo cabrea y entonces todo se vuelve un caos. Ahora entiendo que es su forma de controlarse, y estamos trabajando en ello. Es una de las razones por las que terminamos.

—Lo siento...

Eriko le golpeó el hombro amistosamente. —Nada que sentir. Debemos apoyarnos. Estar con los Taisho es todo un desafío, ¿no crees?

Al parecer lo era.

Eriko se quedó haciéndola compañía por un rato. Era amable, aunque algo superficial. Le hablaba a Kagome de ropa, labiales y artistas. Al menos la hizo pensar en otras cosas, hasta que se marchó a la habitación de Sesshomaru y la dejó sola para mortificarse por Inuyasha una vez más.

Tenía miedo de que hubiera hecho algo estúpido. Se acordaba de la vez que lo encontró inconsciente en su departamento y era como si la angustia la ahogaba.

Quizá estaba exagerando. Quizá solo estaba manejando, o caminando en algún lugar para despejarse...

—Suficiente —murmuró para si. Se guardó el móvil en el bolsillo y salió al jardín.

El aire soplaba fresco, y la luna brillaba a medias en el cielo. No había rastros de la fiesta afuera, como si nunca hubiera sucedido. No más globos, ni serpentinas, ni flores. La casa volvía a sumirse en esa penumbra que la caracterizaba, y el hecho de que Rin estuviera triste lo acentuaba. Caminó alrededor de la piscina y a la barra donde había estado Inuyasha antes. Ya para ese entonces había estado enfadado... y ella no le había preguntado por qué. Quizá debió hacerlo.

Siguió andando por todo el jardín, admirando las flores, hasta la verja que dividía el terreno del siguiente. Hizo eso un par de veces, hasta que el frío de la madrugada la obligó a entrar nuevamente a la casa. Pensó que era mejor intentar dormir como Eriko le había aconsejado, y rezar porque Inuyasha estuviera con ella cuando despertara.

—Si... estaré allí. —Escuchó una voz grave proveniente del recibidor. Se quedó quieta. No hubo respuesta, así que debía de estar hablando por teléfono—. Intenta que no se meta en muchos problemas mientras llego.

Era Myōga.

—¿Es Inuyasha? —preguntó, sin importarle ser pillada escuchando conversaciones ajenas—. ¿Era él?

—Señorita... —La volteo a ver. Ocultaba algo tras la formalidad de su expresión—. No, no era él.

—¿Sabe en donde esta? ¿Si se encuentra bien?

—Sera mejor que vaya a descansar. Prometo traerlo a casa sano y salvo —dijo, sin responder directamente su pregunta.

Myōga sacó las llaves del coche y estaba por marcharse cuando Kagome espetó—: Quiero ir con usted.

—Me temo que eso no es posible...

—Voy a ir —rectificó—. Usted dijo que estaba a mi servicio, ¿no fue así? —Myōga no respondió. Kagome no sabía de donde estaba sacando esa confianza, y dar ordenes la hacia sentir terrible. Solo quería buscar a Inuyasha—. Entonces vámonos.


Nunca, en su vida, Kagome había pisado un bar.

Estaba segura de que no era legal que lo hiciera, tampoco. Myōga no tuvo problemas en resolver eso después de intercambiar unas cuantas palabras con el guardia de seguridad.

El sitio era tal como siempre lo describían: medio iluminado, humo llenando el ambiente, demasiado ruidoso y caliente. Kagome caminaba tan cerca de Myōga como le fuera posible, y consideró por un momento pedirle que le diera la mano. No le gustaba como la miraban los hombres, ni algunas mujeres. Nunca había sufrido de claustrofobia, pero tantos cuerpos juntos iban a lograr que lo padeciera. Ademas era tarde, y todos parecían estar mas que borrachos.

El infierno no duró mucho. Pasaron por el medio del lugar hasta un corto pasillo, y la ultima puerta los llevó a unas escaleras en descenso. Bajaron posiblemente tres pisos, y otra puerta con un hombre igual de grande que el anterior los recibió. De nuevo Myōga se encargó de hacerlos pasar. Kagome llevaba el corazón en la garganta, y por un momento deseó haber escuchado a Myōga porque estaba aterrada con toda la situación.

Y cuando cruzó aquella puerta, se dio cuenta que aquel infierno era mucho peor.

Calor. Hacia calor. Había quizás el doble de personas que en el bar, apiñadas en lo que ahora supo era el sótano. Olía a drogas, a alcohol, a sangre y humedad. Las personas gritaban, pasando botellas, bolsas y efectivo de un lado para el otro. Kagome entendió que apostaban, que los nombres que gritaban eran los competidores y la cantidad de dinero que pondrían en su nombre. Movió los ojos al centro del lugar, donde rejas de una jaula se alzaban hasta el techo, pero desde su posición el montón de cuerpos no le permitían ver lo que encerraba en el centro.

¿Eran animales?

¿Inuyasha había venido a ver pelear animales?

—Quédese cerca —ordenó Myōga—. Jaken se encargara de cuidarla.

No le dio tiempo de preguntar quien era Jaken. Myōga desapareció entre la multitud, y en su lugar el hombre atemorizante de su secuestro apareció. La agarró por el brazo para apartarla de la multitud, llevándola hacia uno de los pocos rincones desocupados.

—Linda, no deberías estar aquí —le dijo.

—¿Inuyasha lo esta?

No escuchó la respuesta. Las bocinas estallaron, y un pitido agudo le siguió. —¡Bienvenidos, hijos de perra! —Quien hablaba no debía tener mas de veinte años—. Para quienes no me conocen, me llaman Boss. Soy el que les va a patear el culo si intentan irse de aquí sin pagar sus apuestas.

Kagome sintió los nervios hacerla temblar. Era definitivo que nada de eso podía ser seguro, ni legal.

—Ahora a lo que vinimos... ¿¡Quien esta aquí para ver algo de sangre y acción!? —El publico silbó en aprobación—. Esta noche tenemos a la bestia en la casa —el vitoreo se volvió mas intenso—. ¿¡Así que por que no empezamos de una puta vez!?

La masa de personas empezó a moverse mas hacia el centro. El presentador introdujo a quien se refirió como Blast, y las rejas de la jaula chirriaban sobre el escándalo por los golpes excitados de la gente. —Y su oponente, nuestro favorito, nuestro invicto, el maldito peleador del año; quiero escucharlos volverse locos por: ¡Bestia!

En ese momento Kagome lo entendió. Por encima de aquella locura, del escándalo, de la confusión y la ansiedad que ese lugar le generaba.

Eran personas.

Persona peleando.

Salió corriendo antes de que Jaken pudiera detenerla. Se abrió camino entre los cuerpos, usando sus codos para escurrirse por la multitud. La gente la apretaba, pisaba, y para el momento en que pelea empezó el alboroto fue tan grande que casi la tiran al suelo. La empujaron de un lado para el otro, hasta que finalmente consiguió ver la jaula aparecer entre el gentío y estiró las manos para aferrarse a las rejas. Tan pronto estuvo al frente de todo, con el cuerpo presionado contra el metal helado, su corazón se fue abajo.

Inuyasha esquivó un golpe certero en la cara, aprovechando el momento para asestar un puñetazo en la quijada de su oponente. El muchacho contraatacó lanzándose a él directamente, embistiéndolo contra el metal al otro lado de la jaula. Inuyasha buscaba zafarse de su agarre conectando codazos contra su cuerpo repetidamente. Finalmente el chico lo soltó, tomando impulso para un puñetazo certero, pero Inuyasha se giró con agilidad y conectó una patada en su espalda, impactándolo de cabeza contra la reja. No le dio tiempo de recuperar cuando lo agarró por el hombro para hacerlo girar, y de un puñetazo lo mando al suelo, escupiendo sangre.

—Basta... —Kagome murmuró, su voz perdiéndose entre tantas.

El pie de Inuyasha conectó contra la nariz del chico, y luego contra su estómago. La gente estaba vuelta loca, extasiada, pidiendo a gritos por mas.

Nadie lo detenía.

—Basta.

Inuyasha siguió golpeándolo, sangre y sudor corriéndole por la piel.

—Por favor...

Y nadie hacia nada.

—¡BASTA!

La escuchó.

Inuyasha miró arriba de golpe, y movió la cabeza de un lado para otro.

Entre tantos rostros, entre tantas voces, encontró a Kagome.

Y su oponente aprovechó ese pequeño instante de distracción para agarrarlo del cabello y estamparlo contra el concreto tan fuerte, que todo se volvió negro.


Y si creían que 5.000 palabras eran muchas, les traigo 7.000.

Cada vez mas cerca del final. Estoy entre nerviosa, triste, y emocionada.

De verdad espero que les guste. No me he sentido muy bien las ultimas semanas, y no quisiera decepcionarlos con mi escritura.

Gracias por seguir aquí... les quiero un mundo. Nos leemos pronto.