EXTRA I. Inuyasha.
Inuyasha siempre supo que algo en él no funcionaba como debería.
Que algo dentro de sí estaba... mal.
La rabia a la que ahora estaba acostumbrado no siempre estuvo presente. Recordaba que, por un breve instante en su infancia, experimentó destellos de lo que la felicidad significaba.
Los años pasaban y con ellos se borraban las memorias de alegrías en lo que alguna vez llamó hogar. Su padre había pasado de visitarlo cada tarde a solo los fines de semana, y luego solo paró de llegar por completo; sin explicaciones, sin advertencias, sin despedidas. Pasaron semanas, meses, y eventualmente Inuyasha dejó de esperar que llegara; el problema fue que, al parecer, se había llevado una parte de su madre con él al marcharse.
La madre del ambarino se caracterizaba por su dulzura y belleza, o al menos eso era lo que más recordaba de ella. Siendo un niño empezó a notar que, con cada estación, se le hacía más difícil conectar esas características con la mujer que se movía por la casa como alma en pena. Había cambiado los desayunos por píldoras, los almuerzos por comida chatarra, y las cenas por turnos en el bar donde trabajaba. Había instantes, cuando llegaba a casa de la escuela y la veía tendida en el sofá —la piel pegada a los huesos, el trasnocho tatuado bajo los párpados, la ropa hedionda a tabaco—, que juraba no reconocerla.
Nunca olvidaría la primera vez que llevó a un hombre desconocido a la casa.
Si había algo que su madre ansiaba en la vida, eso era comenzar una familia; una que no estuviera rota como la que ya tenía. Ver al hombre que amaba continuar su vida sin ella, como si nada, le había terminado de destrozar el corazón a Izayoi Shimo. Ella buscaba sentir esa clase de amor de nuevo, y se esmeraba por aquellos que estuvieran dispuestos a dárselo más que por su propio hijo. Incluso ahora Inuyasha podía saborear la amargura de verse desplazado por una relación tras otra. Ella limpiaría todos los días, lavaría los trastes, les serviría el desayuno en cama cada mañana y se aseguraría de estar en casa antes de la cena. Y luego algo pasaría: una discusión, un engaño, un golpe... e Inuyasha estaría allí para recoger los pedazos; durmiendo cada noche con el llanto desconsolado de su madre en la habitación de al lado.
Fue entonces cuando los síntomas comenzaron: el hormigueo en el cuerpo, la opresión en el pecho, los temblores en las manos, la angustia injustificada, la irritación inexplicable. Era como estarse ahogando, sin alcanzar la superficie por más que continuara nadando. Inuyasha aprendió que, la única forma de acabar con esa sensación, era dejando la furia salir.
La primera vez que entró en un pelea real tenía nueve. Después de que uno de sus compañeros de clase se hubiera burlado de que siempre llevaba la misma ropa a la escuela, Inuyasha le había cerrado la boca de un puñetazo; posicionó mal los dedos, y llegó a casa esa noche con férulas en una mano y una carta de detención en la otra. A los once, los gritos de su madre lo hicieron salir corriendo de la habitación. La encontró hecha un ovillo en el suelo de la cocina, abrazándose el vientre mientras su novio la pateaba por haberse embarazado. Inuyasha agarró el bate que escondía bajo la cama, y le reventó la mandíbula junto con un par de dientes. Eso no detuvo al hombre de tirarlo al piso de un puñetazo, y casi romperle un par de costillas de no ser porque escuchó a su madre marcarle a la policía.
Para cuando la bebé llegó, él solo podía pensar en lo que eso representaba para ellos. Si apenas podían mantenerse antes, una boca más los había dejado viviendo del día a día. Inuyasha estaba harto, y se aseguraba de recordárselo a su madre cada que podía. Se buscaba pleitos en la escuela para ser enviado a detención, pasaba las tardes deambulando, o escondido junto a los estantes de la biblioteca; cualquier excusa para no regresar a las cuatro paredes que desde hace tanto había dejado de llamar hogar.
Ese año, el invierno llegó más crudo que los anteriores. Hacía tres días que nevaba, y la escuela había sido cerrada hasta que el clima mejorara. Inuyasha jugaba con Rin junto a la pequeña chimenea, quien para ese entonces ya hablaba con él entre oraciones cortadas. Crecía rápido. No recordaba cuando empezó a caminar, ni tampoco haber estado allí para verla aprender a gatear.
Se sintió mal al darse cuenta que, en realidad, él nunca estaba.
—La cena está casi lista —había dicho su madre, emergiendo desde el pequeño arco que daba a la cocina. Llevaba puesto un delantal sobre un bonito vestido floreado, y mostraba una sonrisa que no se le veía hacía años.
—¿Cena? —preguntó. Ellos no comían juntos en la mesa.
—¡Cena! —repitió Rin entusiasmada, lanzándose entre risas a los brazos de su hermano.
—Es navidad, ¿recuerdas?
Lo recordaba, solo nunca le había tomado importancia a esas fechas.
—¿Desde cuando celebramos navidad?
Nunca habían celebrado festividades como esa. No acarreaban esas creencias, ni nunca habían tenido el dinero suficiente para despilfarrar en ropa, grandes cenas, ni mucho menos regalos.
—Desde hoy.
—Es una ridicules.
Izayoi suspiró y caminó hacia ellos. Inuyasha creyó que lo hacía para llevarse a Rin en brazos; en lugar de eso se hincó juntó a él, le acomodó el cabello tras las orejas, e hizo lo que menos esperaba que hiciera:
Sonrió.
Una sonrisa amplia, dulce, sincera. En sus ojos hacía tiempo que Inuyasha no encontraba tal serenidad, ni aquella chispa amable que ahora irradiaba. En ese instante lució tan bella como la recordaba.
—Te adoro, cielo.
La declaración lo dejó helado. Se le apretó el corazón tras escuchar ese apelativo cariñoso con el que a veces lo llamaba. No pudo responder más que mirando hacia otro lado y soltando un corto 'feh'. Su madre soltó una risita. Hacía tiempo no la escuchaba reír así, y algo cálido le llenó el pecho por ser el responsable de su risa. Lo miró a los ojos unos segundos, de pronto nostálgica, como si pudiera ver algo más en ellos, y lo siguiente que dijo Inuyasha nunca pudo olvidarlo—: Eres idéntico a él.
Él no entendería a que se refería con eso hasta años después, cuando la vida lo llevara a compartir techo con el hombre que aborrecía desde que tenía memoria, y con el que su madre nunca dejó de compararlo. Quizás por eso le había costado tanto criarlo: porque en el dorado de sus ojos encontraba el recordatorio constante de quien la había reducido a pedazos.
Esa noche se sentaron a la mesa una madre, y dos hijos que no compartían un padre. Fueron una familia; pequeña, rota, disfuncional, pero feliz de cierta manera. Inuyasha imaginó que podría ser así todos los días, que quizás podían iniciar una nueva vida, y que el pasado finalmente iba a dejar de acecharlos.
Había sacado conclusiones muy rápido.
El llanto de Rin fue lo que lo despertó la mañana siguiente. Afuera la nevada había cesado, dejando un manto blanco sobre cada superficie, reflejando una luz opaca y blanquecina a través de la ventana. Inuyasha se acomodó mejor entre las sábanas, esperando que su madre atendiera a Rin para que el llanto cesara. Cuando eso no pasó se levantó de mala gana, y caminó descalzo por la madera helada hasta la habitación que compartían su madre y hermana. Cargó a Rin en brazos y, mirando a su madre aun tendida en la cama, decidió encargarse de ella hasta que despertara.
Solo que su madre nunca despertó.
¡Holis!
Hace un tiempito que no publico y no poder terminar el capítulo me esta mortificando la existencia, así que les traje este pequeño extra.
Llevo días pensando en la infancia de Inuyasha. Desde que comencé esta historia sabía qué había "pasado" con su familia para que él resultara tan dañado, pero nunca me había puesto a escribirlo. Estaba pensando en hacer un apartado de su relación fallida con Kikyō, también :).
Espero que les guste, y prometo seguir con el hilo regular de la historia lo más pronto posible. Les adoro un montón.
