Capítulo 29. El fantasma en su mirada.


Él sabía que las cosas, por tercera vez, se le estaban yendo de las manos.

Y no es que no se hubiera equivocado un millón de veces antes de esas tres, era que los errores le pesaban solo cuando lastimaba a quien no debía.

Había empezado decepcionando a su madre, destrozando a Kikyō, y ahora parecía ser el turno de Kagome.

El sueño que había tenido no había sido un sueño para nada, más bien un recuerdo. Las memorias de su trágica niñez eran algo que le gustaba mantener lejos, encerrado con llave en un rincón de sus recuerdos. Pero no podía batallar contra su subconsciente cuando se le antojaba hacerlo revivir el suicidio de su madre.

Solo que esta vez, cuando entró a la habitación, a quien encontró muerta fue a Kagome.

Abrió los ojos y lo primero que vio fue el techo, ese bajo el que estuvo despertando la mayor parte de su adolescencia. Estaba en casa de su padre. Le dolía la cabeza, y no encontraba encajar las piezas de por qué estaba allí y no en su departamento. No le tomó mucho recordar que ya no tenia departamento al cual ir.

Las sábanas se removieron a su lado. Giró el cuello apenas, y encontró a Kagome acurrucada a medio brazo de distancia; sana, salva. Tampoco le costó acordarse qué hacia ella allí, y cualquier emoción de saberla con bien a su lado se descompuso en cosa de segundos.

La había puesto en peligro.

Era su culpa que ella hubiera llegado a los extremos de pisar ese bar de mala muerte. Porque había ido buscándolo a él, sin preocuparse por sí misma, como siempre lo hacía.

Se incorporó como pudo, quedando sentado en el colchón, y la escaneó brevemente en busca de heridas. Le alivió el alma no encontrar nada más que un ceño fruncido, seguro producto de algún mal sueño, pero supo que esta vez había tenido suerte de que hubiera salido ilesa.

¿Era tan egoísta como para permitirle seguir corriendo riesgos por él?

En ese instante ella abrió los ojos. Parpadeó un par de veces, rápido. En su estado somnoliento lo reconoció, y una sonrisa suave se le dibujó en los labios.

─Estás despierto ─murmuró. Se sentó también, buscando espabilarse al frotarse los ojos—. ¿Cómo te sientes?

No respondió.

Él aún no entendía cómo, después de todo, podía alegrarse de verlo.

─¿Inuyasha?

La agarró por el brazo de improvisto y la atrajo a su pecho.

A ella le tomó un segundo reaccionar. Cuando lo hizo cerró los brazos entorno a su torso desnudo, sintiendo el contraste de sus dedos fríos con la piel caliente de su espalda. Inuyasha la aferró con más fuerza, y ella acomodó la cabeza en el lugar donde su corazón latía; errático, acelerado, ansioso.

─Lo siento ─murmuró él contra la espesura de su cabello.

─Esta bien.

─Te puse en riesgo...

─No fue así.

Él se separó, poniendo la distancia suficiente para mirarla a los ojos y reprochar─: Si lo fue.

─Yo salí a buscarte.

─No tenía que dejarte sola en primer lugar.

─Estabas molesto...

Inuyasha empezó a mover la cabeza de un lado para el otro. Recordó el grito de Kagome en la jaula, y la imagen de sus pesadillas destelló tras sus retinas.

Se bajó de la cama y dio unos pasos atrás. Lejos de ella. Donde la sentía más segura.

─No hablas en serio ─soltó enfadado. No con ella, consigo mismo─. Pudo haberte sucedido algo. Pudiste haber salido herida, o peor.

─Y ya te dije que no te estoy culpando por ello.

Tienes que culparme ─alegó, apuntándose al pecho─. Estar conmigo, para empezar, es lo que te puso en esa situación.

Claro que debía culparlo. Kagome lo sabía. Pero no era el hecho de que la hubiera puesto en peligro lo que la había lastimado, era más bien el que él no confiara en ella lo suficiente como para tener que ocultarle algo así.

Pero entonces ella sería una hipócrita al decir que era honesta. Que no tenía nada que ocultar.

─Hubiera agradecido que me contaras sobre esto antes, pero no te culpo por no hacerlo ─respondió ella. Se arrodilló en el colchón para quedar más a su altura─. Sabías que iría por ti y me estabas protegiendo.

No. No había sido por eso. Él no le había dicho porque tenía miedo de que se alejara al descubrirlo.

Porque eres un egoísta.

─¿Por qué insistes en hacerme el bueno de la película? ─inquirió, desconcertado─. No lo soy, Kag. Te estás equivocando.

Ella se deslizó fuera de la cama para alcanzarlo. Cuando la tuvo en frente Inuyasha evitó encararla, y ella le acunó el rostro entre las manos para obligarle a hacerlo.

─Tú te equivocas ─repuso, asegurándose de que mirara en sus ojos la veracidad de sus palabras─. Sigo aquí. Deja de convencerme de que me marche, porque no lo haré. Te amo, Inuyasha, y voy a seguir haciéndolo no importa qué.

Inuyasha se quedó sin palabras. Entendió entonces que ella veía a través de su máscara, de esa careta que lo aislaba del resto del mundo. Su forma de proteger al resto de las consecuencias de sus errores siempre había sido alejarlos. Nunca había creído merecer a nadie que estuviera dispuesto a caminar a su lado, junto a los demonios.

Ella se puso de puntitas, dejándole un beso suave en los labios, y él impidió que se retirara poniéndole una mano tras la nuca. La sintió reír contra su boca y se odió por amarla así; porque así de rápido lo hacía perder la voluntad.

Había extrañado besarla como lo estaba haciendo: sin impedimentos ni barreras. Sus temores eran nada comparado al miedo a no tenerla entre sus brazos. Bajó una mano hasta su espalda baja, apretándola más contra sí, y el escucharla suspirar fue suficiente para que aceptara que, por ella, se convertiría en el más desgraciado de los egoístas.

La guió a pasos cortos ─sin despegarse de sus labios─ hasta que tropezaron contra el borde de la cama. Kagome rió entre besos, cayendo de espaldas sobre el colchón, Inuyasha en medio sus piernas. Le enredaba los dedos en el pelo, tirando de él suavemente para impedir que se apartara, siguiéndole el ritmo con las mismas ganas. Inuyasha empezó a mover la boca por su mejilla, hasta su cuello y clavícula, dejando besos dulces y mordidas hambrientas aquí y allá. Sus manos empezaron a seguirle el ritmo a sus labios, queriendo tocar más de ella, donde la ropa estorbaba.

Solo no se esperaba que, tan pronto la yema de sus dedos rozara la carne tibia de su abdomen, Kagome gritara.

No un grito de sorpresa o emoción.

Terror.

Kagome había gritado de miedo.

Todo pasó en el mismo segundo: Inuyasha se quitó de encima, y ella se escurrió por el colchón lejos de él hasta chocar contra la cabecera de la cama. Le recordó a un animal asustado. En el momento Inuyasha no supo cómo reaccionar, qué decir o pensar. Se miraban a los ojos, con las emociones aún alborotadas y la confusión haciendo estragos.

─¿Kag...? ─empezó, sin tener una idea clara de qué decir.

No entendía.

Tenía miedo...

...¿de él?

─Estás sangrando ─fue lo que escuchó.

─¿Huh?

Kagome gateó por el colchón, y cuando estiró la mano para alcanzarlo fue el turno de Inuyasha de apartarse. Se llevó una mano a la sien, dónde bajo el vendaje aún dolía, y al bajarla frente a sus ojos la encontró manchada de rojo.

─Se te ha abierto la herida.

─¿Qué...?

Aún se hallaba perdido, como si estuviera reaccionando a todo demasiado tarde. Kagome ahora lo miraba como si nada, con genuina preocupación, como si hace menos de un segundo no hubiera estado aterrorizada de que le pusiera una mano encima.

El estallido de una melodía irrumpió en la estancia, cortando sus pensamientos. Le dio un vistazo a la mesita de noche, donde la pantalla del móvil estaba encendida, y junto a este el reloj mostraba que eran pasadas las tres de la madrugada. Kagome se estiró a agarrarlo, el mismo desconcierto en sus facciones cuando leyó el nombre en el identificador antes de contestar.

─¿Miroku?

Las emociones se drenaron de su rostro en cuestión de segundos, e Inuyasha supo que todo estaba mal mucho antes de que la llamada terminara.

La azabache bajó el móvil, aún conmocionada, y lo miró para decirle—: Es Sango...


Kagome siempre había aborrecido los hospitales.

Antes, cuando vivía en Osaka, su padre pasaría noches en las que no llegaría a casa. Su madre entonces tendría que llevársela consigo al hospital en el que trabajaba, y Kagome pasaría la noche en alguna camilla desocupada, entre paredes blancas y aroma a desinfectante.

La otra razón era que, si ponías pie en un hospital, usualmente era porque algo ─alguien─ no estaba bien.

Entró de la mano de Inuyasha al pabellón de urgencias. El lugar estaba medio lleno, y se podía escuchar el zumbido creado por los murmullos de distintas conversaciones. Hablaban sobre un accidente de tránsito colectivo en el centro. Bajando por el pasillo Kagome movió la vista hacia una de las camas; una de las pocas que tenía la cortina entreabierta. Un hombre joven estaba siendo atendido por lo que parecía ser quemaduras en el brazo izquierdo. Él pareció notar su escrutinio porque levantó el rostro hacia ella. Algo en sus ojos se le hizo extrañamente familiar. Kagome rompió contacto visual, notando que se le había quedado mirando más de la cuenta.

Alcanzaron las camillas del fondo, junto a la ventana. La cortina del lado izquierdo se abrió al salir el padre de Sango, seguido de un hombre de bata blanca. Inuyasha se detuvo un segundo para saludarle. Kagome siguió de largo. Movió la tela a lado para encontrar a Sango, sentada junto a la cama, dejando caricias suaves en el pelo de su hermano. A su lado Miroku mantenía una mano en su hombro, demostrándole en silencio que seguía allí para ella.

─Sango... ─murmuró la azabache. Tan pronto su amiga giró a verla se le cerró la garganta.

La morena saltó de la silla para abrazarla, dejando el llanto salir. Kagome la apretó con fuerza, llorando también.

Leucemia.

Kohaku sufría de leucemia.

Lo habían sabido por un tiempo. Sango nunca había querido comentarlo. Los días que se ausentaba a la escuela eran para compartirlos con su hermano, quien llevaba meses en tratamiento. Kagome entendía ahora el por qué nunca había visto a Kohaku; ni en casa, ni en el instituto.

Después de que Inuyasha entrara pasaron varios minutos hasta que el padre de Sango hizo lo mismo, seguido del doctor. El hombre entrecano les dejó saber que, entre diagnósticos y posibles tratamientos, lo que más Kohaku necesitaba ahora era una transfusión de sangre. Siendo que su tipo de sangre no estaba dentro de los recipientes universales, el hospital no contaba con las unidades necesarias para empezar el procedimiento.

─Tenemos personas en lista esperando por el tipo de sangre que él necesita. A no ser que recibamos donantes...

─Yo donaré ─intervino Sango.

─También yo ─dijo Kagome.

─Necesitamos exclusivamente tipo O negativo. Les haremos pruebas a los voluntarios para saber si su sangre es compatible.

─¿Podríamos comenzar transfiriendo a Kohaku a una habitación? ─habló el padre de Sango.

─Por supuesto, no creo que haya inconvenientes... ─El aparato en su cinturón le interrumpió al sonar, y lo miró un segundo antes de decir─: Debo retirarme. En enfermería se encargaran del papeleo y los análisis de sangre. Regresaré en breve.

Pasó cerca de media hora antes de que llegaran dos enfermeros para trasladar a Kohaku, y otra media más para que comenzaran los análisis. Inuyasha fue el último en ser atendido después de que una de las enfermeras insistiera en chequear la herida en su cabeza antes de permitirle postularse como donante.

─¿Dijo que no necesitabas puntadas? ─preguntó Kagome en el trayecto a la cafetería del hospital.

─Si. Al parecer fue superficial.

─¿Te preguntó qué había sucedido? ─Inuyasha asintió─. ¿Qué le dijiste?

─Que habían intentado asaltarme ─respondió despreocupado, abriendo la puerta del local para ella.

Kagome negó con la cabeza, una sonrisa cómica en los labios.

Por la hora la cafetería debería encontrarse medio vacía, pero los familiares de las víctimas del accidente se encargaban de ocupar varias mesas. Ellos se sentaron en uno de los pocos puestos libres cerca de la entrada. Inuyasha se ofreció a comprar algo ligero de comer, solo en caso de que alguno resultara ser el donante de sangre.

─Ordené también para Miroku, Sango y su padre ─avisó Inuyasha al regresar y dejar sobre la mesa tres bocadillos extras.

─Buena idea. Deben llevar horas sin ingerir nada...

─Traté de que al menos Sango viniera con nosotros a comer algo pero es imposible convencerla de dejar la habitación.

Kagome concordó. Ella haría lo mismo de encontrarse en su lugar.

Toda esta situación la hacía pensar en Sōta, y eso acarreaba recuerdos amargos. Podía sentir la angustia de su amiga como propia; el miedo y la incertidumbre metidos bajo la piel. No le deseaba aquel dolor a nadie.

─¿Estás bien?

Levantó el rostro hacia Inuyasha. No se había percatado que llevaba demasiado tiempo callada.

─Sí. No es nada. ─Sacudió la cabeza para despreocuparlo─. Debo seguir algo cansada, es todo.

No quería decirle que le disgustaban los hospitales, ni que no podía dejar de pensar en Sōta. Solo conseguiría que se mortificara; ademas, tampoco le había dicho cómo es que Sota había fallecido y tenía miedo de que lo preguntara.

En realidad, no había mucho sobre su pasado que Inuyasha supiera.

─Lo siento ─soltó él después de un momento─. Por lo de hoy... y ayer.

Kagome le agarró la mano sobre la mesa y le dio un apretón.

─Esta todo bien ahora.

Inuyasha exhaló con pesadez.

─No se siente como si lo estuviera.

─Parece que todo se nos ha salido de control en menos de veinticuatro horas.

Él sonrió sin humor. Apoyó los codos y se estiró sobre la mesa para decirle de cerca─: ¿Esa es tu forma de decir que ha sido un día de mierda?

─Ahora que lo mencionas. ─Kagome lo imitó al acercarse y le susurró para que solo él escuchara─: Ha sido un día de mierda.

Inuyasha volvió a sonreírle. Enlazó sus dedos con los de ella y se estiró un poco más con la intención de besarla.

No se esperaba que Kagome se echará para atrás tan pronto se acercara.

Para cuando la azabache se dio cuenta de lo que había hecho ya era demasiado tarde. Inuyasha la miraba como hacía unas horas: entre el dolor y la confusión del rechazo.

─Lo siento ─fue lo que se le ocurrió decir─. Perdón... no quise...

Ya no tenía arreglo, lo leía en las facciones de él. No había otra forma de enmendar sus acciones más que dando una explicación que no estaba preparada para dar. Porque había sido un reflejo; un movimiento inconsciente que llevaba grabado en las venas y que creía hacía tiempo superado. Un instinto primitivo aprendido durante los años más oscuros de su existencia.

Pero abría la boca y no podía decírselo. Lo veía ahí, aún a centímetros de distancia, esperando alguna señal de su parte que le indicara que ella no acababa de rechazarlo sin razón. Pero Kagome continuaba en silencio, pálida en su sitio, incapaz de detener la retahíla de malentendidos que a Inuyasha le inundaban la cabeza.

─Perdón ─repitió, aunque no sirviera de nada.

Él separó los labios. Por un segundo ella creyó que lo hizo para decirle algo, y tuvo miedo de escucharlo. No le tomó mucho darse cuenta que ya los ojos de él no estaban puestos en ella, y que sus facciones no detonaban otra cosa más que impresión. Algo de pánico, incluso; como si hubiera visto una aparición, un fantasma.

Kagome siguió la línea visual de Inuyasha. Giró la mitad del cuerpo para mirar a sus espaldas, hacia la entrada, donde la campanilla sobre la puerta de cristal sonaba en lo que un cliente llegaba. Encontró a una muchacha muy parecida a ella adentrarse al local y detenerse frente al mostrador. Sus ojos azul profundo se movieron en derredor, buscando a alguien entre tantos rostros, y finalmente pareciendo encontrarlo al fijarse en ellos dos.

Al fijarse en Inuyasha.

Kagome lo entendió mucho antes de que Inuyasha reaccionara lo suficiente como para pronunciar casi sin voz─: ¿Kikyō?


Hola.

Hace unos meses hice una publicación y les dije en ella que estaba pasando por un mal momento. Varias personas me escribieron diciéndome cosas tan lindas que no sé ni como agradecerles. Significa mucho para mí, y no saben cuánto me ayudaron en mis días más grises.

Aún me siento medio desconectada de la escritura, pero quiero retomar esta historia y darle el final que ustedes merecen. Así que vamos a intentarlo; a paso lento, pero seguro.

Si siguen aquí, les agradezco infinito.

Gracias, gracias, gracias.

~Rose.