Capítulo 30. El día que fallaste.


De verdad era un día de mierda.

También parecía que jamás terminaría.

Kagome se llevó el vaso de café a los labios y le sopló un poco antes de beber. Hizo una mueca adolorida cuando de todas formas se quemó la lengua. Agregó eso a la lista de cosas que habían salido mal ese día, aunque para ese punto era tan larga que ya había perdido la cuenta.

Igual ya no importaba. Nada en esa lista superaría el hecho de que Inuyasha estuviera seguramente sosteniéndole la mano a su ex mientras ella donaba la sangre que Kohaku necesitaba.

─¿Todo en orden? ─preguntó Kōga tras ella.

Kagome le dio otro sorbo al café. Seguía igual de caliente.

─Todo en orden.

─¿Segura?

─Sip...

─Ya... ─murmuró, metiéndose las manos en los bolsillos. Ya sabía por el tono que no le creía─. ¿Qué haces aquí afuera, entonces?

─Necesitaba aire. ─No mentía, al menos─. Y quería ver el amanecer.

Eso también era cierto. No es que se pudiera apreciar mucho con tantos edificios. Le seguía pareciendo más bonito el amanecer en casa de Miroku unos días atrás.

Hacía dos días atrás. Cuando todo estaba bien.

─¿Llegó Ayame?

─Si. Está con Sango en la habitación de Kohaku.

─Creí que estaba en Australia ─soltó ella de pronto.

Kōga se quedó atrás en la conversación.

─¿Ayame?

Kagome resopló.

Kikyō.

Le sabía mal. Decir su nombre le quemaba la lengua, el estómago, las entrañas.

¿La odiaba?

No. No era eso. Era irracional, inmaduro y despreciable. Esas cosas que no encajaban en ella.

¿Cómo iba a odiar a alguien que no conocía?

─También me sorprendió que regresara ─comentó Kōga. Le pidió permiso para tomar asiento junto a ella en la banca. Kagome se rodó para permitírselo─. Estuve en el aeropuerto el día que se marchó.

Kagome lo volteó a ver.

─¿Por qué?

Kōga sonrió apenas.

─Éramos amigos. ─Movió la cabeza de un lado al otro, como queriendo negar un recuerdo─. Sé que suena ridículo ahora con todo lo que pasó, pero por un tiempo no estuvo mal. Éramos los seis. Siempre. En las buenas o en la mierda.

Kagome se quedó callada. Miraba a Kōga con detenimiento. Quería ponerle un nombre a esa sonrisa ligera que no terminaba de llegarle a los ojos, pero que no parecía triste del todo.

Nostalgia.

─¿Por qué dejaron de serlo?

─No lo sé realmente. ─Respiró hondo y dejó salir el aire lento─. Supongo que todo terminó cuando ella e Inuyasha empezaron a andar.

A los pocos segundos de decir eso se enderezó, cómo dándose cuenta de que se había perdido al hablar. Volteó hacia Kagome y volvió a sonreír, esta vez apenado.

─Lo siento. Seguro no era eso lo que querías escuchar.

Ella negó.

─Esta bien.

Kōga se levantó y le tendió la mano para que se levantara─: Vamos, que Sango preguntaba por ti.

Kagome aceptó seguirlo. El café quedándose olvidado en el banco sin ella notarlo.

Dejó de notar varias cosas ese día. Se la pasó sintiéndose distante, con la cabeza nublada.

Era que las palabras de Kōga no dejaban de repetirse. Ella se creaba una película distinta con ellas en cada oportunidad. Se imaginaba a Kikyō con quienes ahora ella consideraba suyos. Charlando, riendo, llorando, conviviendo con ellos.

Y de la nada se le ocurrió ponerlo en perspectiva. Se le ocurrió preguntarse qué hubiera pasado si ella jamás se hubiera marchado; si jamás hubiera lastimado a Inuyasha como lo hizo.

Kagome vio su imagen desdibujarse de cada recuerdo que había compartido con ellos, y a Kikyō aparecer en su lugar.

Un reemplazo.

Eso era.


─¿Saben cuánto tiempo toma?

─Nos dijeron que sería máximo una hora.

─Entonces ya deben estar por salir.

Los tres amigos pararon de hablar tan pronto notaron a quienes se acercaban por el pasillo.

Kagome sabía que lo hacían por ella, y le fastidiaba.

─¿Todo en orden? ─habló Kōga primero.

─Si ─se apresuró Ayame─. Todo perfecto. Solo discutíamos la... uhm...

─Comida ─saltó Miroku.

Sango lo codeó por evidente.

─Ajá. Eso. Exacto ─siguió Ayame.

Kagome suspiró con cansancio.

─Puedo esperar afuera si gustan hablar.

Ayame la tomó de la mano.

─No. No tienes que irte ─Agarró aire y suspiró también para sacarse la tensión─. Lo sentimos. Es solo que es...

─Incómodo.

La pelirroja encogió un poco los hombros.

─Pues... si.

─Yo le pedí que la acompañara a hacer la donación. No me molesta que hablen de ello.

─Perdona, Kag ─dijo Sango─. No queremos hacerte sentir mal con todo esto. Me avergüenza un poco haber aceptado su ayuda sin consultártelo, pero...

Kagome la detuvo de inmediato─: Oh, no. Ni se te ocurra disculparte por algo como eso. Esto es sobre Kohaku, no sobre mí. No sabes cuánto me alegra que hayamos encontrado el donante.

Sango le sonrió con apreciación. Hacia rato que ya no lloraba, pero se le cristalizaron los ojos nuevamente cuando avanzó para abrazarla.

─Te quiero un montón ─dijo en medio del abrazo.

Kagome la apretó más fuerte.

─Y yo a ti.

Sango se separó un tanto, pero no completamente. Miraba algo sobre su hombro. Kagome escuchó los pasos a sus espaldas y supo de qué se trataba, pero le tomó un poco más de tiempo girarse a enfrentar la imagen.

Inuyasha avanzaba por el pasillo unos pasos detrás de Kikyō. No iba cabizbajo, apresurado ni ansioso. Se le notaba como siempre: tranquilo, seguro, compuesto. Kikyō demostraba lo mismo.

Kagome pensó que se veían bien juntos. Que no parecían opuestos como ella lo era.

Los ojos de Inuyasha encontraron los suyos y se quedaron allí todo el trayecto. Eso la tranquilizó de cierta forma.

«Todo esta bien».

Entonces... ¿por qué no se sentía así?

─¿Ha salido bien? ─Miroku fue el primer en hablar cuando estuvieron cerca.

─Por supuesto ─Kikyō estiró el brazo, que hasta ahora llevaba encogido cerca del pecho. Mostraba la venda adhesiva que le cubría la sangradura─. Tardamos un poco más porque me recomendaron comprar algo de comer.

Kagome notó que era la primera vez que la escuchaba decir más de dos palabras.

Hablaba pausado, con elocuencia, en un tono casi sedoso.

No como ella.

─¿Cómo te sientes? ¿Mareada?

─Un poco. Nada grave.

Sango se acercó a ella. Le puso la mano en el hombro y dijo con sentimiento─: Gracias, Kikyō. De verdad. Sé que ha sido demasiado de mi parte pedirte algo así cuando acabas de llegar. Prometo pagártelo.

La muchacha puso su propia mano sobre la de Sango y le dio un apretón.

─Ni lo menciones ─le restó importancia con un sonrisa─. Sabes lo mucho que aprecio a Kohaku. Estoy contenta de haber ayudado. Saber que esto asistirá en su recuperación es pago suficiente.

La morena le devolvió la sonrisa. Kikyō la atrajo en un corto abrazo. Sango no pudo evitar los recuerdos que la embargaron, esos de cuando la consideraba su amiga. Se separó tan pronto recordó por qué dejó de serlo.

─Te llevaré ahora ─irrumpió Inuyasha.

─¿No puede su padre mandarle una limosina? ─habló Ayame, cruzada de brazos.

─Hemos perdido el coche ─le respondió Kikyō. Ayame le entornó los ojos─. Hubo un accidente colectivo en la ruta al aeropuerto. Yo no me encontraba, pero Hans, mi chofer, salió malherido. Vine al hospital a visitarlo ─explicó─. Además, me parece una buena oportunidad para ponerme al día con Yash. ¿No es así?

Volteó a Inuyasha por aprobación en ese momento. Él no dijo nada. Tenía los ojos puestos en la niña de los ojos claros.

Kikyō escaneó a la chica brevemente. Pelo ondulado, postura débil, ojos inseguros. Había estado con él en la cafetería también.

¿Era ella su interés amoroso?

Eso era nuevo.

─O puedo tomar un taxi. No quiero incomodar.

─Yo puedo llevarte ─ofreció Kōga.

─No creo que sea buena idea subirla a una moto ─habló Kagome por primera vez. Todos la miraron simultáneamente─. Acaba de donar mucha sangre. Sería irresponsable.

─Quizás si le digo a mi papá él pueda llevarte... ─intentó Sango.

─No ─intervino Kagome una vez más─. Inuyasha debe hacerlo.

Nadie dijo nada más. Kagome sentía que no dejaban de mirarla con condescendencia, pero decidió ignorarlo.

Cruzó miradas con Inuyasha. La miraba inseguro. Kagome le sonrió a duras penas para despreocuparlo.

«Esta bien. Confió en ti», quería decirle.

Kikyō carraspeó antes de hablar nuevamente─: Bien. Será mejor ponernos en marcha.

─Gracias por todo ─repitió Sango acompañado de una reverencia.

Kikyō le dio un último abrazo.

─Cuando todo mejore me encantaría que nos reuniéramos ─sugirió─. Ya saben, como en los viejos tiempos.

─Ya. Te dejamos saber ─respondió Ayame de mala gana.

La muchacha se rió despreocupadamente y terminó por despedirse del resto con una ondeada de manos.

Inuyasha se acercó a Kagome antes de marcharse. Parecía con intenciones de abrazarla, pero se detuvo mucho antes, como si hubiera recordado que no debía tocarla. Kagome entendió que estaba guardando distancias por cómo ella lo había rechazado. Aquello la lastimó, y la hizo sentir culpable.

Dubitativo, él terminó por extender su mano y alcanzar la de ella. Kagome correspondió enseguida. Quería que supiera que lo sentía, y que no era distancia lo que pedía.

─Regreso pronto. ¿Me esperas?

Ella asintió.

─¿Vamos, Yash? ─apuró Kikyō.

Kagome vio a Inuyasha irse junto a ella y la poca seguridad que ese último gesto le había inducido perdió fuerza.

Kōga la rodeó sobre los hombros en ese momento y la atrajo más cerca de sí.

─Estamos aquí.

Kagome recargó todo su peso contra él y se permitió respirar.

─Gracias.


Inuyasha no volvió cuando lo prometió.

Realmente solo le pidió esperarlo, simplemente no especificó por cuánto. Claro que podían tener diferentes definiciones de lo que regreso pronto significa, pero Kagome estaba segura de que tres horas no era pronto en ningún idioma.

Estaba cansada. Era la verdad. Llevaba casi veinticuatro horas sin dormir y la cafeína solo podía ayudar hasta un punto. Kōga ya le había tocado el hombro dos veces para despertarla porque empezaba a quedarse dormida en el suelo.

─Kag ─la llamaron─. Kag, despierta.

Se sobresaltó en su sitio, despegando la cabeza del hombro de Kōga.

Tres. Tres veces la había despertado.

Se estiró adormilada y empezó a frotarse los ojos.

─¿Qué hora es?

─Casi mediodía.

Oh...

Ya casi cuatro horas.

─¿Quieres que te lleve a casa?

─No... no lo sé. ─Miró en derredor. Seguían en el suelo del pasillo fuera de la habitación de Kohaku─. ¿Dónde están todos?

─Ayame tuvo que irse hace un rato. Sango esta adentro durmiendo un poco en el sofá. Miroku acompañó al padre de Sango a buscar ropa y otras cosas en la casa.

─¿Llevas aquí todo este tiempo solo por dejarme dormir?

Él se encogió de hombros, como si nada.

─No fue demasiado.

─Lo siento. ─Bajó la mirada. No estaba apenada, sino triste─. Soy un inconveniente.

Seguro por eso Inuyasha no había aparecido. Ella básicamente lo había empujado tan pronto tocarla.

¿Qué persona querría lidiar con otra así de dañada?

─No digas eso ─la riñó─. Eres un inconveniente agradable.

No le gustó que ella no sonriera como solía hacerlo.

─Vamos, déjame llevarte a casa.

Kagome, aunque reluctante, terminó aceptando.


─Y adaptarse al idioma fue más difícil de lo que pensaba. Han pasado casi dos años y aún no perfecciono el acento...

─¿Por qué viniste?

Kikyō paró de hablar. Ella no era conversadora, ni tampoco nerviosa. Charlar era su forma de desviar la atención de temas que no le convenían.

─Mi papá sigue teniendo negocios en todo Japón ─explicó─. Extrañaba estar en casa y le pedí venir.

─¿Y él te lo permitió?

De esas cosas no pudieron conversar en el hospital. Inuyasha evitaba hablar en público de asuntos legales. Entre esos temas estaba el hecho de que, técnicamente, podía ser arrestado por encontrarse cerca de Kikyō.

Ella desvió la mirada a la ventana.

─Te sorprendería mi poder de convencimiento.

─¿Sabe alguien que estás conmigo?

Ella esperó unos segundos para negar.

─¿Cómo sabías que estábamos en el hospital?

─No fui por ti. No te des tanto crédito ─dijo ella─. Entré y estaba Kōga en recepción. Lo escuché preguntar por la habitación de Kohaku.

No dijeron nada más los siguientes quince minutos que transcurrieron hasta llegar al hotel. Inuyasha se estacionó frente a las puertas dobles y destrabó los seguros, aún sin nada que decir.

─Lo siento ─empezó ella─. Sango era mi amiga, y aprecio a su familia. No podía escuchar que su hermano estaba hospitalizado y solo marcharme.

─Lo entiendo.

─También me alegró verte ─admitió.

─A mi no.

Vio que sus palabras la hirieron. Una de las partes en él que continuaba preocupándose por ella dolió, y le recriminó lastimarla. Pero al resto de su ser ya no le importaba. No como antes.

─¿Podemos hablar? ─pidió ella─. Podemos sentarnos en el lobby.

─No tengo nada de qué hablar, Kikyō... ─rechazó─. Además, pueden arrestarme si me ven contigo.

─Te equivocas ─soltó rápido─. No hay ninguna orden de restricción.

Inuyasha cerró la boca de golpe, en sorpresa.

─Dimití antes de que la procesaran.

─Estuvimos juntos en corte ─rebatió él─. Tengo pruebas de que fue aprobada.

─Puedo explicártelo. Solo necesito que me escuches por unos minutos.

Él se le quedó viendo, sin responder. Dudó en aceptar. El simple hecho de estar respirando el mismo aire que ella parecía fuera de lugar.

Era la misma chica de la que se había enamorado como un desquiciado. La misma de los ojos profundos, suspicaces. La que podía hacerlo perder la cabeza con un tronar de dedos. Esa por la que fue capaz de firmar con una sonrisa su pase al infierno.

Ya nada era igual.

─¿Por favor? ─suplicó, queda.

Pero al final seguirían siendo ellos dos.


─¿Se puede saber dónde estabas?

Kagome se quitaba los zapatos en la entrada cuando alzó la vista para encontrar a su madre. A Naomi hacía tiempo que no la veía así de molesta. Parecía que iba de salida, porque llevaba un paraguas bajo el brazo y el bolso colgado del hombro.

─Llegué ─fue lo que se le ocurrió decir.

─¿Eso es todo lo que dirás en tu defensa?

Kagome cerró los ojos. Llevaba rato aguantando las lágrimas.

¿Por qué tenía su madre que enfadarse en un día así?

─¿Pasó algo?

Su madre soltó un resoplido histérico.

─Algo... ¿algo? ─inquirió, poniendo los brazos en jarra─. No he sabido de ti desde ayer por la tarde. Llamé cinco veces a casa de Sango sin obtener respuesta. Me he comunicado con la escuela, y me han dicho que ninguna de los dos asistió hoy a clase. ¿Se puede saber dónde te encontrabas, jovencita?

La Sra. Higurashi estaba preparada para recibir cualquier respuesta de su hija, y su plan era castigarla fuera cual fuera. Una semana sin salir ni recibir visitas. No importaba la explicación, ella no cambiaría de opinión. Continuaría firme en su rol como madre.

Lo que no se esperaba era que su hija se desmoronara en llanto.

Un hipido tras otro, lo siguiente que registró fue tenerla en brazos. Las lágrimas de Kagome le humedecían la blusa, y se aferraba a ella como si no tuviera fuerzas para sostenerse por sí sola.

─Oh... cariño. Pero si no ha sido para tanto ─intentaba consolarla─. Solo estaba preocupada.

Kagome continuó llorando, sin decir nada. No paró hasta quedarse dormida acurrucada en su regazo en el mueble de la sala.

La Sra. Higurashi la cubrió con mantas y cerró las cortinas para permitirle descansar.

Se preguntó si a su hija le pasaba algo de lo que ella no estaba enterada.


Cuando despertó ya atardecía.

Kagome se sobresaltó fuera de un sueño en el que había estado cayendo desde lo alto de un puente. La negrura del agua acercándose a toda velocidad hasta finalmente alcanzarla.

Se incorporó en el sofá en el que no recordaba haberse quedado dormida. Se frotó los ojos y chequeó la hora en el reloj de la sala.

4:53 pm.

Había dormido por casi cinco horas.

En la mesita de café frente a ella una nota de su madre le avisaba que había tenido que irse a trabajar y regresaba en la madrugada. El abuelo visitaba a sus hermanos por unos días. Una vez más se encontraba sola.

Fue ahí que Kagome recordó todas las razones por las que se sentía tan agotada física y mentalmente. Revisó en sus bolsillos por el móvil, con la esperanza de encontrar una llamada, pero al encenderlo no había nada.

¿Se habría olvidado de ella?

Negó con la cabeza, como queriendo convencerse de lo contrario.

Inuyasha no se olvidaría de ella. No en una situación así.

Se mordió el labio. A lo mejor le había sucedido algo. Era lo único que se le ocurría.

Apretó las teclas con el pulgar, marcando los números que ahora se sabía de memoria. Se llevó el aparato a la oreja y esperó el tono. Lo escuchó repicar fuerte. Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco veces. Estuvo por colgar cuando contestaron.

Pero la voz no era la que esperaba oír.

─¿Bueno?

Kagome tragó entero.

«Sigue con ella».

─¿Se encuentra Inuyasha?

Uhm. Sí... ─respondió─. Pero esta dormido en este momento.

«Te mintió».

─Oh. Ya veo... ─murmuró─. ¿Podrías decirle que llamé?

Seguro.

Y la llamada finalizó.

Kagome se le quedó viendo a la pantalla del móvil por largo rato; más del necesario. Incluso cuando se apagó y ya no podía leer el nombre de Inuyasha. Ella quería convencerse de que había marcado al número equivocado.

Pero no había sido así.

Y aquello era su culpa.


Ya estaba oscuro cuando Kagome se puso de pie y subió las escaleras en silencio.

Había dejado de llorar pero los ojos le escocían. Usó las manos para guiarse por el corredor oscuro hasta alcanzar el baño y, una vez dentro, cerró la puerta suavemente y le pasó el pestillo.

Se paró frente al espejo por primera vez en todo el día. Se sintió insatisfecha con el aspecto de la persona que le devolvió la mirada. Lucía cansada, deprimida, con la piel pálida y el rostro hinchado. El maquillaje del día anterior ahora no era más que manchones y restos de lágrimas.

Kagome agarró un paquete nuevo de toallas desmaquillantes y se frotó el rostro con ellas hasta que la piel le quemó por la brusquedad de los movimientos.

No fue suficiente. Seguía luciendo patética.

Se pasó una mano por el pelo, hecho una maraña de ondas en su cabeza. Sacó un peine de los cajones y empezó a cepillarlo con fuerza. Cada tirón se traía consigo mechones y aquello la enfurecía. Se le escapó un jadeo en lo que, con el corazón acelerado, lanzó el cepillo contra el suelo.

Se afincó del lavabo para detallarse más de cerca. Resintió las pecas que le manchaban la cara, las marcas violáceas bajo sus párpados, lo inexpresivo de sus ojos azul opaco, lo infantil en la redondez de sus mejillas, lo ridículo de su pelo ondulado.

Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.

¿Por qué?

¿Por qué tenían que lucir tan similares?

¿Por qué tenía que verse como una versión barata de ella?

Abrió el cajón nuevamente y sacó las tijeras que guardaba en el fondo. Se limpió furiosamente una lágrima en lo que las levantó frente a ella y puso un pedazo de su largo cabello azabache entre las cuchillas.

No era más que un reemplazo.

Kagome contuvo el aliento en lo que cerraba las cuchillas y veía mechón tras mechón de su pelo caer sobre el lavabo.


Me costó un poco ordenar este capítulo.

Dije que no quería hacer el fic muy largo y ya estamos pasando el capítulo 30. ¡Lo siento!

Gracias por sus mensajes hermosos y por recibirme de vuelta. No los merezco.

Les mando un beso enorme. Nos leemos pronto ;).