Capítulo 31. Mentiras piadosas.
Inuyasha conocía a Kikyō a la perfección.
No solo bajo la ropa. Él la conocía más allá de las curvas, la piel tersa y los lunares que le salpicaban la clavícula.
Inuyasha se sabía la historia de la cicatriz en su barbilla. Tenía grabado la manera en la que sus pupilas se dilataban cuando se enfurecía. Aprendió qué hablar de su niñez la entristecía. Podía recitar de memoria sus inseguridades y peores miedos. Cada recoveco de su alma él podía jactarse de haber tocado, explorado, expuesto.
Y porque la conocía sabía que mentía.
—Te eché de menos.
Eso le había dicho.
Mentira.
Inuyasha se sentó al borde del colchón y se atusó el pelo. Paró la acción a medio camino. Porque Kikyō a él también lo conocía, y eso de tocarse el pelo lo hacía cuando estaba ansioso.
—Creí que iríamos por café.
—Solo necesito cambiarme de ropa primero. —Terminó de sacarse las botas que calzaba y se detuvo de espaldas frente a él—. ¿Me ayudas? No alcanzo.
Se echó la espesura de su pelo hacia un lado para descubrir la cremallera del vestido que llevaba. Inuyasha se aseguró de bajarlo solo hasta la mitad. Le agarró la mano y la hizo tocar el broche del cierre.
—Allí alcanzas.
Ella terminó de bajarlo por completo, aún dándole la espalda. La tela del vestido se deslizó hasta arremolinarse a los pies de ambos, dejándola en nada mas que lencería. Se giró a encararlo e Inuyasha de inmediato quitó la vista hacia un costado. Ella soltó una risita, de esas coquetas.
—¿Desde cuándo eres tan casto?
Inuyasha regresó el rostro hacia ella. Estando sentado tenía que inclinar el cuello para verle los ojos. Estaba muy cerca, entre sus piernas.
—Nada que no haya visto antes.
La expresión seductora en ella se descolocó. Inuyasha le sonrió de medio lado, burlón.
—Oh, cállate. —Lo golpeó en el brazo—. Sigues igual de insoportable.
Inuyasha soltó una risa que terminó por hacerla reír también. Él se detuvo en seco, cayendo en cuenta de lo que hacía. Aquello se había sentido demasiado familiar, y no se supone que debería estar familiarizando con ella. No podía actuar como si los últimos dos años no hubieran sucedido.
Kikyō lo notó, porque se apartó sin más insistencia.
—Me daré una ducha y ya regreso.
Se metió al baño sin esperar a que él respondiera.
Inuyasha apoyó los codos de las rodillas y se dejó caer el rostro entre las manos. Se quedó en esa posición por un rato, sopesando sus malas decisiones. Escuchaba el agua de la ducha caer e imaginar que estaba compartiendo un mismo espacio con Kikyō lo hacía sentir tan... tenso, fuera de lugar. De un día para otro ella había desaparecido, dejado de existir, y ahora llegaba de la nada, como un fantasma, volviendo a colarse en su vida como si jamás se hubiera marchado en primer lugar.
Inuyasha movió los ojos por la habitación del hotel donde seguro habían estado antes y lo único que podía hacer era preguntarse: «¿Qué demonios hago aquí?».
Mientras más tiempo tenía para pensarlo más se arrepentía de haber aceptado. Lo que sea que hablaran ahora no tendría significado. Su historia estaba dañada, quebrada; imposible de reparar. Y él estaba bien. Había recuperado su vida, sus amigos, y encontrado a Kagome...
Kagome.
—Mierda —masculló.
Se sacó el teléfono del bolsillo en un apuro. El aparato se le escapó de los dedos, golpeando el piso alfombrado. Lo recogió con una maldición entre dientes y se le fue otra cuando, al recogerlo y pulsar el botón de inicio, la pantalla continuó en negro. Dándole un vistazo al reloj sobre la mesa de noche vio que ya había pasado una hora desde que salieron del hospital.
Caminó apurado hasta la puerta del baño y le dio dos toques con los nudillos.
—¡Ya casi salgo! —respondió Kikyō desde dentro, su voz cantarina amortiguada por lo que sonaba como un secador.
—¿Tienes un cargador?
—¿Cómo?
—¡Cargador! Para el móvil.
—Dentro de mi bolso.
Inuyasha escaneó el espacio hasta notar la mochila marca Padra tirada sobre la cama. Lanzó el móvil junto a esta para desocuparse las manos y abrir el bolso. Encontró que los gustos de Kikyō seguían siendo los mismos: goma de mascar de sandía, el mismo perfume de lavanda y un montón de maquillaje. En el fondo, junto a un sobre con el emblema de Tōdai, se encontraba el cargador que buscaba.
—¿Lo conseguiste? —preguntó ella, emergiendo del baño a sus espaldas. Él no le respondió, ni hizo el menor atisbo de haberla escuchado—. ¿Inuyasha?
—¿Tōdai?
Kikyō se congeló en el sitio. Inuyasha volteó a encararla, la carta de la universidad en la mano.
—¿Fuiste aceptada en la Universidad de Tokyo?
—Déjame explicarte...
—¿Vas a regresar? —inquirió él. Se le notaba más alterado conforme la noticia se asentaba—. ¿Volverás a vivir aquí?
Ella no le respondió. No sabía cómo. Se había imaginado una reacción diferente de parte de él.
—¿Por qué demonios ibas a querer regresar, Kikyō?
—Ya te lo dije: extrañaba estar en casa —explicó, adoptando una actitud defensiva—. Creí que te contentaría.
—¿Contentarme? —Se pasó una mano por el cabello, exaltado—. ¿Por qué carajo iba a contentarme?
—Pensaba que ahora que estaremos cerca quizá podríamos...
—No —la detuvo. No quería escucharla—. No lo digas.
—No planeaba que te enterarás tan pronto. Pensaba conversarlo contigo en otra oportunidad, después de que solucionáramos las cosas —explicó rápido, atareada—. Ni siquiera sabía que me encontraría hoy contigo. Pero el destino siempre se ha empeñado en ponernos el uno frente al otro.
—Kikyō...
—¿Tú no lo crees así? —Avanzó hacia él y lo tomó de las manos, esperando que su tacto transmitiera algo que él ya no sentía—. ¿Acaso no me extrañas? ¿A nosotros?
Inuyasha abrió los labios, solo para volver a cerrarlos. Tenía la cabeza en todas partes, y en ninguna conseguía respuesta. ¿Cómo habían llegado a esa situación? Hacía unas horas apenas estaba lidiando con la sorpresa de volver a verla. Y ahora la escuchaba hablar sobre un nosotros que, para empezar, jamás existió.
Y es que era eso: eran él y ella.
Por separado.
Nunca juntos.
—Era sobre ti —pensó en voz alta.
—¿Qué?
—La relación. Nunca fue sobre nosotros —siguió. Se sentía tan bien decirlo en voz alta—. Era sobre ti.
Kikyō dejó caer las manos hasta que ya no se sostenían. Inuyasha volvió a atusarse el pelo, y se le fue una risa amarga entre dientes.
—Si quieres volver hazlo. Pero no digas que lo haces por mí. —Le extendió la carta—. Esto, de nuevo, lo haces por ti misma.
—¿Cómo puedes decir eso? —Le arrebató el papel de un manotazo—. Después de todo lo que pasó. Sabes que la única razón por la que no quería marcharme eras tú.
—Yo fui parte de lo que te pasó. ¿Por qué, en el demonio, querrías algo conmigo?
—Tú no fuiste parte de nada. Tú me salvaste.
—¿Es eso entonces? —inquirió. Había decepción en su voz—. ¿Le arrebato la vida a alguien y de pronto eso me convierte en un héroe?
Kikyō lo siguió cuando se movió hacia la salida, interponiéndose entre él y la puerta.
—Déjame ir.
—No. No puedes irte y dejar las cosas así.
Así era ella. Siempre terca, decidida. Inuyasha recordó verla llorando ese día: hecha un ovillo, temblando, con las manos enterradas en el pelo. Aterrada a un nivel que jamás creyó posible en ella. Tuvo que parpadear varias veces para sacarse la imagen de la cabeza.
—Me salvaste —repitió ella. Se acercó a él tanto como pudo. Esta vez cerró las manos en sus mejillas, forzándolo a mirarla—. Hiciste lo que hiciste porque me amas.
¿Era eso verdad? ¿Lo había hecho por amor? Él también quería creerlo. Por mucho tiempo eso era lo que se repetía para sobrellevar la culpa. Las noches que pasó sin atreverse a cerrar los ojos por temor a ver la sangre, él buscaba redención justificando sus pecados con la idea de que lo hizo por ella. Que la había vengado a ella.
—Si te amaba —admitió. Vio en los ojos de Kikyō decaer las esperanzas. Había notado que habló en pasado—. Pero lo que hice no tiene nombre.
—Haría lo mismo por ti —objetó ella—. ¿Lo recuerdas? Te lo dije aquel día. Nos iríamos juntos, y olvidaríamos todo esto; eso fue lo que prometimos. Aún estoy dispuesta a que sea así.
—Estaba de lleno en esto, ¿sabes? —dijo—. Hubiera hecho cualquier cosa por ti. Estaba seguro que, si llegaba el día, moriría por ti.
—Yo también, Inuyasha. Yo...
—Y después aprendí que amar no es eso —la interrumpió—. Lo que nosotros teníamos era totalmente lo opuesto.
Para esos días era fácil confundir lo que sentía por ella con amor: crudo e irracional. Cuando las discusiones comenzaron él solo se imaginaba cuanto disfrutaría el reconciliarse. La adrenalina de estar bien y no saber cuándo volverían a colisionar era adictiva. Una mirada coqueta que compartiera con otro tipo e Inuyasha estaría allí, preparado para repartir golpizas. Y Kikyō estaría tras él, regocijándose en lo que él era capaz de hacer con tal de no perderla. Se gritarían un par de insultos, jugarían a ignorarse por unos días, y después resolverían sus diferencias bajo las sábanas. Era esa rutina enfermiza la que los mantenía regresando al lado del otro una y otra vez.
Aquello era todo menos amor.
—Lo dices por ella, ¿no es así? —dijo con rabia—. ¿Qué tiene ella de especial?
Inuyasha le agarró las manos, que aún se hallaban en sus mejillas, bajándolas hasta la altura de su pecho.
—Ella me demostró lo que amar a alguien significa.
Cada vez que alguien le preguntaba por qué se había fijado en Kagome —quien era completamente opuesta a él— nunca sabía qué contestar. Al principio creyó que era una atracción mórbida relacionada a su parecido con Kikyō, pero aquello no podía estar más alejado de la realidad. Lo único que su semejanza física había conseguido era alejarlo. Él la evitaba constantemente porque solo verla le traía un montón de recuerdos que no quería afrontar. Pero había bastado con hablarle una vez para que despertara en él una chispa de curiosidad que solo se avivaba con cada conversación que tenían. Empezó a notarla a ella. A Kagome. No a la chica que se parecía a su ex.
Antes de darse cuenta lo único que podía pensar era en no perderse la clase de los jueves, porque era la única en la que compartían escritorio durante la semana. Los días que trabajaba en el templo se detenía a verla sentada bajo aquel árbol, conversando con el gato en su regazo. Empezó a acercarse a ella porque escucharla hablar le traía paz. Porque los instantes en los que podía tenerla entre brazos era como si toda la mierda en su vida hasta ese punto hubiera valido la pena.
—No entiendo —replicó Kikyō—. ¿Qué demostración de amor es más grande que estar dispuesto a morir por alguien?
—Vivir —dijo—. Quiero vivir por ella.
Kikyō se separó de su tacto. Sabía, por la forma en que la miraba, que no mentía. Que de verdad estaba enamorado de alguien. Alguien que no era ella.
Un corrientazo de realidad la forzó a cerrar los labios y recobrar la compostura. Parpadeó para que dejaran de picar las lágrimas. Ella no era de las que se dejaban ver afectadas.
Lo había perdido.
Después de dos años... ¿qué más esperaba?
—Lamento haber arruinado las cosas...
Se abrazó a sí misma. Inuyasha la sujetó por los hombros con las dos manos. Ella evitó mirarlo.
—No lo hiciste. Lo arruinamos los dos.
Kikyō soltó una risa. Se le derramaron sin permiso un par de lágrimas.
—Éramos un desastre, ¿cierto?
Inuyasha la atrajo en un abrazo. Ella le rodeó el torso con los brazos y enterró el rostro en su pecho, como hacía siempre que quería esconder el llanto.
—Eso parece.
Se quedaron así por un rato: solo ellos, el silencio, y los errores que habían terminado por separarlos.
—Si te sirve de algo... —murmuró ella bajito—, te amo.
Inuyasha aspiró su aroma a lavanda, y esta vez los recuerdos no quemaron.
—También yo.
El tráfico de regreso al hospital convirtió un viaje de treinta minutos a uno de hora y cuarenta. A medio camino, Inuyasha recordó haber dejado su móvil en la habitación de Kikyō, e iba demasiado retrasado como para regresar a buscarlo. Alcanzar a Kagome antes de que se marchara era prioridad.
No la alcanzó de todas formas.
—Kōga la llevó a casa —le informó Miroku.
Inuyasha chasqueó la lengua. Kōga. Siempre Kōga.
—Iré por ella.
—¿Seguro que querrá verte? —lo detuvo Miroku.
Había sonado molesto. Inuyasha le alzó una ceja.
—¿Pasa algo?
Miroku se cruzó de brazos. Le dio una mirada al sofá donde Sango continuaba durmiendo y suspiró.
—Hablé con ella hace unos días —dijo. Inuyasha le puso más atención—. Mira, iré al grano: me parece una estupidez que regreses con Kikyō.
—¿Qué?
—Después de todo lo que pasó. Lo que les pasó a ambos. Es hasta masoquista pensarlo. Pero sé que al final harás lo que quieras y Kagome no debería estar atrapada en el medio. —Lo señaló—. Está mal y ella no lo merece.
—No voy a volver con ella.
Miroku le parpadeó.
—Ah, ¿no?
—No —reiteró—. ¿Por qué haría eso? Amo a Kagome.
Miroku se echó un poco para atrás, anonadado.
—Oh... vaya.
—Entonces ve a buscarla. —Ambos giraron el rostro hacia Sango. Se incorporaba en el sofá, frotándose los ojos—. ¿Qué esperas? Debe estar pensando que te has olvidado de ella.
Inuyasha no lo pensó dos veces. Agarró su chaqueta y salió disparado hacia la puerta.
—Sango. —Paró a decirle antes de salir—: si necesitas algo...
—Miroku esta aquí —terminó por él—. Ahora vete.
Sango le dedicó una sonrisa antes de verlo marchar. Descansó la espalda de la pared y movió la vista hacia Miroku, sin poder dejar de sonreír.
—¿Lo escuchaste decir que la ama?
—Fuerte y claro.
Esa tarde la Sra. Higurashi bajaba los escalones del templo a paso lento. Una vez Kagome le había dicho que le gustaba contarlos. Ella había empezado a hacer lo mismo cada vez que se acordaba. Era como un pequeño detalle que compartía con su hija en secreto. Pero ahora que lo pensaba, aquella era la primera vez en meses que recordaba contarlos.
Siendo sincera, era la primera vez en meses que salía de casa pensando en su hija.
Era sencillo dejarse absorber por sus propios problemas. Estaba acostumbrada al caos. Desde el día que concibió a Kagome hasta el momento en que se escapó de casa para vivir con su amor de secundaria. Ella no tenía idea de en dónde se estaba metiendo hasta que todo se le vino abajo.
¿Cómo podía hacerse cargo de una vida si no sabía qué hacer con la suya?
Bueno... resultó que nunca supo cómo.
Su matrimonió no fue lo que esperaba. Ella y el padre de Kagome crecieron para darse cuenta de que ser adultos era más que jugar a tener una casa. Los sueños que se juraron de niños terminaron siendo eso: sueños. Al final, divorciarse había sido la única decisión adulta que hicieron.
Pero, ¿qué había del tiempo?
Naomi le había regalado su juventud al padre de Kagome. Perderlo había sido como regresar al principio. Nunca pensó que, a finales de sus veinte, se encontraría a la deriva con una niña de la mano. Pero era su hija la que le traía fuerzas. Se hubiera rendido de no ser por ella. Eran ambas contra el mundo, y aquello era suficiente.
O por lo menos fue suficiente por un tiempo.
El temor a quedarse sola resultó más grande que cualquier otra cosa; incluso más que su sentido común. Por eso no lo pensó dos veces en traer un segundo hombre a su vida. Uno que, a solo tres meses de conocerse, ya se encontraba viviendo con ellas.
Ese fue un error que pagó muy caro.
Fue el error que le arrebató a Sōta.
Después de eso la depresión había podido con ella. Se había llevado sus fuerzas, sus ganas de continuar. Los días pasaban sin que se diera cuenta. Para cuando finalmente despertó, era a Kagome a quien nuevamente había abandonado.
La Sra. Higurashi se sentó al final de las escaleras, de cara a la avenida, y con lágrimas en los ojos se juró que jamás iba a permitir que algo así volviera a suceder.
A Kagome no la perdería.
Nunca.
—¿Sra. Higurashi?
Levantó el rostro para encontrarse con el amigo de su hija a solo unos pasos de distancia. Se restregó las lágrimas rápido, poniéndose de pie y esperando que él no se percatase que lloraba.
—Hola, cariño. —Se aclaró la garganta y le sonrió apenas—. Inuyasha, ¿cierto?
Él se le quedó mirando, pero no dijo nada más que—: Si...
—¿Buscas al abuelo? Estará fuera de casa hasta la próxima semana.
—No. —Se pausó un momento—. He venido por Kagome.
La sonrisa amable en los labios de la Sra. Higurashi vaciló. Se abrazó a si misma y le dio un vistazo rápido a las escaleras, como si escondiera algo en el tope de estas.
—Creo que es mal momento para visitas.
—¿Pasa algo?
—Eso quisiera saber yo.
Inuyasha abrió la boca, solo para cerrarla nuevamente. La Sra. Higurashi supo enseguida que tenía que ver con el estado anímico de su hija, e inevitablemente el enfado le quemó las venas.
¿Qué había hecho ese muchacho para lastimar así a su hija?
—Lo siento, pero será mejor que te marches.
—Solo necesito hablar con ella. Serán unos minutos —insistió. Sonaba mortificado—. Por favor.
La Sra. Higurashi miró en sus ojos la misma desesperación que había en sus palabras. Se le desbordaba ese amor ciego, juvenil, peligroso; ese que te empujaba a hacer cualquier cosa por el otro.
El mismo que la había llevado a ella al borde de un abismo.
—Kagome me ha dicho que no quiere verte.
Ver el impacto doloroso que esa mentira tuvo en Inuyasha no le removió la consciencia.
Lo hacía para proteger a su hija.
Inuyasha llegó a casa de su padre con la cabeza hecha jirones.
«No quiere verme»pensó al estacionarse frente al garaje. El coche de su padre no estaba. Respiró hondo y encendió la radio. El estallido de la música pesada no consiguió ni que parpadeara. «Me odia»
Apagó el motor del coche y todo quedó en silencio. Todo menos su cabeza. Se estiró para alcanzar los cigarrillos dentro de la guantera, solo para volver a cerrarla de golpe. Estaba harto de necesitarlos. Lo que necesitaba era mantener la calma hasta que ese día acabara.
Se bajó del coche y permaneció unos segundos parado afuera. No quería entrar a esa casa. Que a fin de cuentas no era su casa. Eso se lo había dejado bien claro su padre la última vez que hablaron. Prefería dormir en su coche antes que darle la satisfacción a Tōga de regresar con la cabeza baja. Casi podía verle la expresión en el rostro, esa que decía: ¿Ves como no eres nadie sin mí?
Pero había alguien en esa casa a quien sí le debía disculpas. Alguien por quién haría cualquier cosa.
Cuando entró a la mansión la única luz encendida provenía de la cocina, donde se escuchaba a Kaede canturrear mientras lavaba los trastes. Siguió de largo escaleras arriba, hasta alcanzar la habitación de Rin. Aún acostumbraba dormir con la puerta abierta y una lámpara de noche. Entró para encontrarla envuelta entre las cobijas, abrazando un peluche viejo que Izayoi le había comprado al nacer. Solo lo usaba para dormir cuando se sentía triste o asustada.
Había llegado tarde.
Buscó un lápiz y papel en el escritorio frente a la cama para garabatearle una nota. Se la dejó doblada en la mesita de noche, bajo el reloj despertador, donde pudiera verla antes que alguien más. Se hincó junto al colchón y le apartó el flequillo de la frente con cariño.
—¿Papá?
Rin parpadeó adormilada, frotándose los ojos sin soltar el gastado oso de peluche.
—Hey, princesa.
—¿Yasha? —Se frotó la vista una última vez, como queriendo asegurarse de que era él. Se lanzó a abrazarle el cuello al reconocerlo—. ¡Volviste!
Inuyasha la separó para llevarse el dedo índice a los labios y enseguida Rin se tapó la boca con las manos.
—Lo siento —susurró esta vez.
Su hermano le sonrió divertido, alborotándole el pelo.
—No quería despertarte.
Rin negó.
—Esta bien. Me alegra mucho que hayas vuelto.
—¿Por qué no volvería?
—Es que como peleaste con papá por mi culpa pensé...
—Hey —Inuyasha la detuvo—. No he peleado con papá por tu culpa. ¿De dónde has sacado eso?
Rin bajó la vista, jugando con las sábanas entre los dedos.
—Le he escuchado hablando con Sesshomaru en su despacho. Pero por favor no les digas que he estado husmeando.
Inuyasha suspiró. Claro que su padre haría algo así. Sesshomaru debió haber aprovechado la oportunidad para recordarle —una vez más— el por qué era su hijo favorito.
Sostuvo a Rin por los hombros para que lo mirara a los ojos.
—Esa discusión no ha tenido nada que ver contigo. Papá y yo... tenemos diferencias. Y Sesshomaru es un idiota.
—Pero te dio la razón.
—¿Papá?
Rin negó.
—Sesshomaru. Te defendió. Le dijo a papá que habías hecho bien en enfadarte. También le dijo otras cosas, pero no debo repetir malas palabras.
Inuyasha se quedó mudo.
¿Sesshomaru? ¿Poniéndose de su parte?
Eso era nuevo.
—Ya no tiene importancia. No deberías preocuparte por esas cosas.
—Pero si ya no soy una niña. —Infló los cachetes y puso los brazos en jarra. Las mangas de su pijama de Cinderella se le subían a los codos—. Desde mi cumpleaños he crecido dos centímetros.
—¿Eso te dijo Kaede? —Se puso de pie y usó la mano para medirle la estatura comparada a la suya. Le llegaba a la cadera—. Pues te ha mentido.
—Eso no es justo —se quejó—. Estás de pie. Además eres casi tan alto como papá. Nunca te voy a alcanzar.
—Y menos lo conseguirás si no te vas a dormir.
Rin le hizo caso a regañadientes. Inuyasha la ayudó a arroparse y se arrodilló a su lado para despedirse.
—¿No dormirás aquí en casa?
—Estaré con Miroku por unos días —mintió—. Trataré de regresar pronto —también mentira.
—De acuerdo...
Había sonado decepcionada.
—Pero vendré por ti mañana para llevarte a la escuela.
—¿De verdad? —preguntó más animada.
—Lo prometo.
Resulta que vender su departamento no se le había hecho tan sencillo a Tōga. O en las palabras de Myōga: la zona no era la más óptima.
Claro que eso podía cambiar. El lugar había salido al mercado hacía apenas un par de días. Pero por el momento Inuyasha se conformaba con no tener que pasar la noche en un estacionamiento.
Se bajó del coche con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta. Tenía en el puño derecho la copia de la llave que Myōga le acababa entregar. Se hincó en la ventanilla para hablar con él.
—Hay un estacionamiento a unas cuadras. Deja el coche allí y yo lo recojo en la mañana. No quiero que Tōga sepa que estuve aquí.
—Entendido.
Vio a Myōga poner el coche marcha y desaparecer calle abajo antes de girarse hacia la entrada. El complejo de departamentos seguía igual de deplorable que siempre. Ahora que llevaba varios días lejos entendía por qué los conocidos de su padre no querrían invertir en un lugar así. Para Inuyasha eso lo hacía el sitio perfecto: alejado de su padre tanto social, física como económicamente.
Subió los escalones uno a uno, con la vista en el suelo para no tropezar. El cansancio de no haber dormido por casi dos días empezaba a pasarle factura. Se hizo a un lado para dejar pasar a la persona que bajaba apurada y esta de todas maneras lo tropezó con el hombro. Siguió subiendo sin inmutarse, demasiado agotado como para ponerle atención.
—Perdón.
Inuyasha se detuvo en seco. Se asomó por la baranda hacia el siguiente tramo de escaleras para alcanzar a ver la espalda de la persona que continuaba su carrera a la salida.
—¿Kagome?
Ella frenó de golpe a mitad de los escalones, y por un rato no se movió. Inuyasha juró haberse equivocado de persona hasta que ella se giró e inclinó el cuello para mirarlo desde abajo. Su pelo corto giró junto con ella.
—Hola...
Inuyasha bajó de a dos peldaños. Temía que si no se apuraba iba a perderla de vista. Paró a dos escalones de ella, inseguro aún de ir más allá.
—Me gusta el corte —mencionó. Se sintió tonto después—. Luces bien.
Kagome se metió el cabello tras las orejas, como si le incomodara.
—Gracias...
—¿Qué haces aquí?
—Te esperaba. —Volvió a acomodarse el pelo tras las orejas—. Lo siento. Te llamé antes de venir pero no contestabas.
—Ya no vivo aquí.
—Lo sé. —La sonrisa que puso no le alcanzó la mirada—. Me lo ha dicho tu vecino.
—Fue idea de mi padre. Con todo lo que ha pasado había olvidado decirte. —Bajó un peldaño más—. Creí que no querías verme.
—¿Por qué no querría verte?
Lo había dicho confundida. Se le notaba a leguas que no tenía idea. Inuyasha decidió mejor no mencionarle nada.
—No importa —fue lo que dijo—. ¿Desde cuando me esperabas?
—Hace poco. —Un par de horas—. Ya me iba.
—¿A dónde vas?
—A casa. El último bus esta por salir.
—No puedes irte sola a esta hora. Es peligroso.
—Estaré bien.
—Espera. —La retuvo de la mano con fuerza. La soltó al darse cuenta—. No te vayas.
Kagome lo miró a los ojos. Lucía triste. Un tipo de tristeza que Inuyasha no había visto en ella antes. Creyó que lo rechazaría, así que cuando asintió algo de alivió se filtró en él.
Le dio la mano para guiarla hasta su departamento—al que había sido su departamento. Ya no estaba seguro de cómo llamarlo. Habían cambiado la puerta por una nueva, de color negro, con un número quince plateado en el centro. Adentro olía a pintura fresca. Encendió la luz para encontrar una cama nueva y un pequeño sofá frente a un televisor. Seguro su padre intentaba hacer del lugar algo más atractivo para los posibles compradores.
—Esta… diferente —comentó Kagome.
—¿Te gusta?
—No se parece a ti.
Inuyasha rió.
—Tienes razón. —Se movió hasta la cocina y abrió el gabinete de los vasos. Encontró platos en su lugar—. ¿Quieres agua?
Ella negó, aún parada junto a la puerta. Inuyasha terminó encontrando una taza para beber agua del grifo.
—Puedo pedirle a Myōga que te lleve a casa —ofreció él, apoyándose del mesón—. ¿Traes tu teléfono contigo? He perdido el mío.
Kagome lo miró por unos segundos con una expresión diferente, como si aquello hubiera sido lo mejor que había escuchado en años.
—Lo has extraviado. —Se le escapó una risita aliviada en lo que se llevaba una mano al corazón—. Por supuesto.
—Si. Por eso no te he contestado antes…
Ella asintió, con la cabeza gacha. Cuando la levantó la luz se le reflejó en las lágrimas.
—¿Kag? —Se acercó rápido a ella. Kagome trató de apartar el rostro cuando él le acunó las mejillas—. Cielo, ¿qué pasa?
Esta vez negó. No quería llorar y lo iba a hacer si hablaba.
—Disculpa. No debí dejarte sola. Por favor no llores.
Ella siguió negando. No quería que se disculpara porque la del problema era ella.
Siempre había sido ella.
—No ha sido tu culpa.
—Si es por Kikyō, te juro que no hay nada entre nosotros.
—No, no es por ella. —Le agarró las manos, que aún se hallaban en sus mejillas. Respiró hondo para calmarse, como buscando fuerzas—. Es cosa mía. Todo ha sido cosa mía.
—¿De qué hablas?
—Te amo —soltó apurada. Había algo extraño en cómo lo decía—. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé. Yo también te amo.
—No. No lo sabes —refutó—. No te lo he demostrado.
—Kag…
Pegó los labios a los de él sin dejarlo continuar. Se separó antes de que Inuyasha tuviera tiempo de corresponderle.
—Déjame demostrártelo.
Volvió a besarlo con más exigencia que antes. Sus labios fríos se movían con un ímpetu diferente a ella. Al principio Inuyasha le siguió el ritmo a medias, extrañado, inseguro de que fuera Kagome quien lo estuviera besando de esa manera. Ella bajó las manos hasta su playera, haciendo puño la tela para acercarlo aún más. A Inuyasha no le costó nada entonces cerrar los ojos y corresponderle.
Las manos de él viajaron desde su cuello hasta su cintura. La empujó con delicadeza hasta que su espalda topó con la puerta, acorralándola allí. La pegó más contra sí, y cuando ella suspiró fue como si algo dentro de él hiciera ignición. Si seguían así…
—Kag… —suplicó sobre sus labios. Unió su frente con la de ella, recuperando el aliento—. Espera.
—Inuyasha…
—Está bien. —Abrió los ojos para mirarla. Tenía los ojos cristalinos y los labios hinchados. Tan bonita como siempre—. No tienes qué.
Kagome entrelazó las manos tras su cuello y su respuesta fue besarle nuevamente. Inuyasha no pudo oponer más resistencia. Esa línea que no se permitía cruzar con ella se había borrado por completo, y sus emociones tomaron el control de todo. Hizo lo que sus manos le pedían, lo que su cuerpo añoraba de ella. Mentiría si dijese que no había deseado que ocurriera antes. Cada suspiro aprobatorio de su parte lo empujaba un poco más lejos de su autocontrol.
Le dejó una estela de besos desde la boca, hasta la mandíbula y el cuello. La levantó del suelo y por inercia ella envolvió las piernas alrededor de su cintura. Caminó con ella hasta la cama, dejándola caer de espaldas sobre el colchón y acomodándose entre sus piernas. Cuando se inclinó para besarla ella le sostuvo el rostro, deteniéndolo. Tenía las manos heladas.
—Te amo —dijo bajito.
Sonaba nerviosa.
Inuyasha le agarró una mano y se la llevo a los labios, dejándole un beso en el dorso.
—Te amo —repitió.
Volvió a recostarse sobre ella para dejarle un beso en la frente, la mejilla y la boca. Kagome cerró los ojos, respirando fuerte. Los besos de él no se detuvieron cuando empezó a deshacerle los botones de la blusa. Sus manos se colaron en la tela abierta hasta su abdomen, subiendo hasta sus pechos.
Fue ahí cuando la escuchó sollozar, y el sabor salado de las lágrimas se mezcló entre sus besos.
Estaba llorando.
Inuyasha se separó de ella en un segundo. Kagome seguía en la misma posición, temblando, con los ojos fuertemente cerrados. El pecho le subía y bajaba a ritmo acelerado.
—¿Kag? —Le limpió las lágrimas con delicadeza—. ¿Estás bien? Lo siento. Mierda. He sido un imbécil.
Ella no respondió. Ni siquiera parecía que estuviera escuchándolo. Inuyasha empezó a preocuparse.
—¿Kagome? —Le puso una mano en la frente. Estaba sudando frío—. ¿Cielo?
Se sacó la chaqueta de los hombros apurado para cubrirla. Siguió llamándola, limpiándole las lágrimas con desespero, pero no conseguía calmarla. La acunó en su pecho, abrazándola fuerte, susurrándole palabras dulces al oído en un intento por consolarla.
—Inuyasha…
—Soy yo —susurró contra su pelo—. Soy yo, cielo.
Kagome se acomodó sobre su regazo, aferrándose a él con fuerza.
—Perdón. Perdón —repetía entre el llanto—. Por favor perdóname.
Inuyasha sintió sus propios ojos picar, y algo indescriptible atenazarle las entrañas mientras todo aquello que se había estado negando tomaba forma en su cabeza.
—¿Quién fue?
El cuerpo de Kagome se tensó en sus brazos.
—¿Quién te hizo daño?
Que terrible olvidar cómo escribir. Nada de lo que escribía me convencía.
Les adoro mucho.
*Edit: No les merezco. Sus comentarios bonitos me han hecho llorar. Gracias por seguir aquí.
~Rose.
