Capítulo 32. Dulce consuelo.


Inuyasha recordaba cada una de las veces en las que deseó acabar con la vida de alguien.

El padre de Rin fue el primero.

Onigumo fue el segundo.

Y el tercero en la lista apareció en el momento que Kagome dijo:

—Mi papá.

Fue como si el mundo se hubiera detenido entonces.

No supo qué hacer. No supo cómo reaccionar.

—No mi papá de verdad —había continuado ella. La voz tan estrangulada que le costaba entenderla—. El esposo de mi mamá. Mi padrastro.

Inuyasha se quedó sin palabras. Solo podía enfocarse en como las de ella hacían eco en su cabeza, sin detenerse.

—Perdón —había susurrado ella. Escondió el rostro en su cuello y las lágrimas le mojaron la piel—. Lo siento.

«No es tu culpa», quiso responderle él.

Lo único que pudo hacer fue abrazarla más fuerte.

Ahora ella dormía. Él la contemplaba desde una esquina del colchón. No podía quitarle los ojos de encima. Seguía siendo ella: igual de dulce, igual de angelical, igual de bonita. Excepto que ahora la miraba y otros adjetivos empezaban a aparecer: frágil, herida, rota.

Alguien la había lastimado.

Su padrastro la había abusado.

Y lo único que podía pensar era en mil maneras de torturarlo por ello.

Creyó que jamás sentiría la misma clase de odio que sintió el día que se enteró del secreto de Kikyō. Jamás se imaginó un escenario más horroroso que ese. Nunca pensó que existiría alguien más enfermo y repulsivo que el tipo que le puso las manos encima.

A Kikyō la habían engañado. Una noche había salido de casa con sus amigas y despertado al día siguiente en una cama ajena, con la ropa desajustada y la mente en blanco. Lo último que recordaba era haberse llevado a los labios el trago que un conocido le había ofrecido, y el inusual sabor salado que le dejó en el paladar.

Esa única noche había sido suficiente para marcarla de por vida. Había sido suficiente para llevarla al extremo de lastimarse a sí misma. Convivir en la escuela con el mismo degenerado que la violó para luego negarlo iba a acabar con ella. Saber que no podía hacer nada para hacerlo pagar la envenenaba un poco más todos los días. La condujo directo a los brazos del muchacho nuevo con trastornos de ira. La primera vez que Inuyasha le cruzó el rostro a alguien por acercarse a ella Kikyō supo que su venganza estaba allí, a un solo beso de distancia.

Inuyasha trataba de imaginarse entonces cómo habría sido para Kagome. Sola, atrapada, con el monstruo viviendo dentro de su propia casa. ¿Cuántas veces habían sido? ¿Había estado consciente? ¿Había luchado por detenerlo? Casi podía escucharla gritando, llorando, suplicándole que no la tocara; hasta que se rendía, hasta que ya no podía más, hasta que su mente se perdía de la realidad y no era más que un cascarón vacío.

Torturada por alguien en quien confiaba. Alguien que se supone debía protegerla, cuidarla. Un tipo que se había ganado el respeto suficiente para que lo llamara papá.

Inuyasha hizo puño las sábanas en sus manos y sintió el calor de la rabia quemarle la sangre, la bilis subirle por la garganta. La furia era tan grande que temblaba.

El daño ya estaba hecho. No podía hacer nada para salvarla. Había llegado demasiado tarde a su vida.

Nunca se había sentido tan impotente, tan inútil, tan incapaz, tan abatido.

Inuyasha dejó caer el rostro entre sus manos y fue que sintió las lágrimas mojarle las palmas.

Esta vez, no hizo nada por detenerlas.


Kagome abrió los ojos y se encontró a oscuras. Una pesadilla que empezaba a borrarse de su memoria la había dejado agitada. Se frotó los párpados, que se sentía bastante hinchados, y estiró la mano hacia su mesita de noche en busca del reloj despertador para chequear la hora. Su brazo cayó lánguido al suelo y le tomó más de la cuenta recordar que no era la primera vez que eso pasaba.

Estaba en el departamento de Inuyasha.

Los últimos instantes de consciencia que tuvo le inundaron la cabeza de golpe. Se le aceleró el corazón, y tuvo problemas para respirar por un momento.

¿Qué había hecho?

¿En qué estaba pensando?

Inuyasha sabía.

Inuyasha...sabía.

—¿Cómo te sientes?

Su voz la hizo temblar. Cerró los ojos unos segundos para darse valor y con movimientos lentos se incorporó sobre el colchón. Lo encontró parado cerca de la ventana, la vista perdida en algún punto afuera. La luz de la luna era lo único que iluminaba el departamento, y se reflejaba en sus ojos como si estuvieran hechos de cristal.

—Bien —consiguió decir ella. Su voz quemada, seguro del llanto.

—No tienes que mentir.

—No lo hago —respondió rápido. También era mentira.

Inuyasha descruzó los brazos, y movió la mirada hacia ella. Kagome, por alguna razón, tuvo la urgencia de bajar la vista.

No quería que la mirara ahora que lo sabía.

Le daba... vergüenza.

Escuchó sus pasos acercarse hasta la cama y finalmente el peso de Inuyasha hundir el colchón a su lado. Enseguida sintió las lágrimas empezar a acumularse en sus ojos y se odió por reaccionar de esa manera; por ser tan débil, siempre.

No quería que la dejara. No quería que sintiera asco de ella. No quería que la detestara por no haberle dicho desde un principio lo dañada que estaba.

—Perdóname —fue lo que dijo él.

Kagome alzó la vista de golpe. Inuyasha la miraba directo a los ojos. Lucía mortificado.

—Por favor perdóname, Kag. No tenía idea. De haber sabido jamás habría dejado que las cosas llegaran tan lejos. Habría sido más paciente. Joder. Habría sido gentil.

—No tienes que disculparte. No tenías idea...

—¿Por qué no me lo dijiste? —No había sonado como reproche. Había sonado dolido—. ¿Por qué no hablaste conmigo antes?

Kagome se mordió el labio, tragándose las lágrimas.

—Tenía miedo —admitió apenada—. Me aterraba la idea de perderte. De que me miraras diferente.

—Jamás haría algo así.

—Todos lo hacen —replicó—. Empiezan a verte con lástima. Es como si todo lo que saben de ti desaparece, y lo único que te define es eso. Y yo no quería que tú... —Se limpió la lágrima que se le escapó con el dorso de la mano—. Yo no quería que tú te fueras. No quería darle el poder de arruinar lo único bueno que me queda en la vida.

—Cielo...

—Te amo, Inuyasha —soltó junto con otro par de lágrimas—. Por favor, no te vayas.

Inuyasha le acunó el rostro entre las manos, limpiándole las lágrimas con los pulgares.

—No me iré a ningún lado.

La atrajo de la mano hacia su pecho, abrazándola fuerte. Kagome tomó una inspiración irregular, dándose valor para lo que estaba por confesar.

—Era esquizofrénico.

Las lágrimas seguían cayendo sin permiso, pero no se contuvo. Necesitaba decirlo. Sentía que finalmente podía dejar salir todo el dolor que llevaba tanto tiempo arrastrando.

Decirlo en voz alta, hacerlo real, y por fin dejarlo ir.

—Fue... un buen hombre durante mi infancia. Era una buena persona, y nos quería mucho a mi madre y a mí. Cuidó de nosotras por años, e hizo lo mismo con Sōta cuando nació.

Inuyasha estaba tenso bajo su tacto, pero no paraba de dejarle caricias dulces en la espalda.

—Y luego un día solo... cambió. Empezó a comportarse diferente, pero yo era la única que lo notaba. Después me di cuenta que era porque solo era diferente conmigo. Solo me odiaba a mí —se le escapó un hipido—, y yo no sabía por qué. No entendía. Trataba de no hacer evidente que me afectaba por mi mamá. Las pocas veces que se le comenté ella lo defendía, y empecé a creer que quizá era solo mi imaginación. Después entendí que no era su culpa... el psiquiatra dijo que su enfermedad lo hacía ver cosas que no existían, y lo llevó a odiarme sin ningún motivo. Quizá era porque era hija de otro hombre, y eso me convertía en un estorbo. En su cabeza, yo era el villano.

Cerró los ojos. Acordarse de los detalles dolía. Se dio cuenta de que era la primera vez que le contaba todo eso a alguien. Ni siquiera con su psicólogo había podido ser honesta.

—Está bien si no quieres continuar ahora —la confortó Inuyasha.

—No —respiró hondo—, necesito decirlo. Solo... no me sueltes.

Él le dejó un beso en el pelo. Kagome se aferró a él más fuerte, tanto como sus brazos le permitieron.

—Empezó reprochándome cualquier cosa, por muy mínima que fuera. Inventaba historias para que mi madre me castigara. Cuando eso dejó de funcionar empezó a tornarse... físico. —Se estremeció tan solo decirlo—. Al principio eran tonterías: bajar las manos al abrazarme, mirarme más de la cuenta, poner su mano en mi muslo. Me daba... asco, me asustaba, pero me sentía ridícula porque creía que estaba exagerando las cosas. Llegó un punto en el que evitaba llegar a casa porque la sola idea de encontrármelo me aterraba. —Hizo puño la tela de la camisa de Inuyasha y respiró hondo para poder continuar—. Y luego un día solo... pasó. Estaba sola en casa y él llegó antes del trabajo. Estaba furioso, fuera de quicio. Empezó a gritarme que todo era mi culpa, que iba a hacerme pagarlo. Traté de detenerlo pero no... no pude —se le quebró la voz al final—, nunca pude.

No importa que tanto luchó, gritó, suplicó. Era más pesado, más fuerte que ella. Lo único que conseguía resistiéndose era que la lastimara, y entonces era peor.

Se separó de Inuyasha un tanto para mirarlo a la cara. Él tenía los ojos oscuros, enrojecidos, y los músculos tan tensos que se le marcaban las venas.

—Por favor no me odies...

—¿Por qué no regresaste a Osaka con tu padre? —la interrumpió con la voz ronca.

—Lo hice un par de veces, pero cada vez que estaba lejos me asustaba pensar que mi ausencia lo hiciera desquitarse con Sōta o mi madre. —Se enjuagó la lágrimas—. Además el trabajo de mi papá lo hacía estar lejos de casa por días... no tenía tiempo para una hija.

—Debiste decirle. Nunca te hubiera dejado regresar a esa casa si le contabas la verdad.

—No podía —negó con la cabeza, atareada—. No podía arruinar el matrimonio de mi madre y verla pasar por un divorcio nuevamente. No podía dejar que Sōta pasara por lo mismo que yo cuando mis padres se separaron. No podía destrozar a una familia así...

—Te estabas destrozando a ti.

Kagome bajó la vista.

—Lo sé... pero ellos no lo sabían —hipeó—. Ellos eran felices. El problema era yo.

Inuyasha le levantó el mentón con los dedos y la miro directo a los ojos. Había tanta rabia como angustia en ellos.

—Tú jamás fuiste el problema. Nada de lo que te pasó fue tu culpa, ¿me entiendes?

Kagome negó repetidamente con la cabeza, librándose de su tacto. Las ganas de llorar llegaron con más fuerza que antes, y todo el valor que había acumulado comenzó a derrumbarse.

—Es que si lo fue. Todo fue mi culpa —dijo desesperada—. Porque nunca dije nada. Creí que estaba haciendo lo correcto y nunca dije nada. Ni siquiera puedo culparlo porque no era él, era su enfermedad. Yo fui la que permitió que ese monstruo continuara viviendo en mi casa.

—Kag...

—Quería lastimarlo —confesó—, por eso le robé el arma a mi papá.

—Cielo, escúchame.

—No, no entiendes, Inuyasha. Quería vengarme —siguió, alterada—. Quería matarlo.

Las manos de Inuyasha buscaron alcanzarla y ella las apartó de un manotazo.

—Lo dejé matar a Sōta —soltó, ahogada en sus propias lágrimas—. Sōta esta muerto por mi culpa.

Se desmoronó por completo tan pronto las palabras salieron de sus labios. Escondió el rostro entre las palmas, temblando, incapaz de controlar el llanto. Inuyasha la agarró de los hombros sin permiso, apretando los brazos alrededor de su cuerpo y acorralándola contra su pecho aunque opusiera resistencia.

—¡Suéltame! —gritó alterada, golpeando los puños contra su pecho para liberarse.

—No fue tu culpa.

Kagome se retorció con más fuerza.

No merecía que la consolaran, ni que tuvieran compasión por ella. No merecía absolutamente nada.

—¡Yo le robé el arma a mi papá! ¡Yo le quité el seguro! ¡Yo fui débil y estúpida y por eso Sōta quiso defenderme y ahora esta muerto!

—No fue tu culpa.

—¡Suéltame! —siguió suplicando—. ¡Déjame ir! Déjame ir... por favor. Por favor.

Inuyasha continuó sosteniéndola, sin apartarse, dejándole caricias en la espalda. Kagome continuó luchando hasta que no pudo más; hasta que sus movimientos se hicieron mas débiles y lentamente llegaron a un alto.

—No fue tu culpa, Kag —lo escuchó repetir una vez más.

Ella se quebró entonces.

Había esperado tanto para escuchar esas palabras. Tanto. Nadie jamás había entendido lo culpable que se sentía. Todos esos años había llevado a cuestas la muerte de su hermano como si ella hubiera sido la que tiró del gatillo; como si, en algún momento, ella había pedido que todas esas desgracias le pertenecieran.

Siguió llorando en silencio, hasta quedarse vacía, en los brazos de la persona que más había amado y amaría.

—Estás a salvo ahora, cielo —le susurró él al oído—. Voy a protegerte con mi vida.

Ella escondió el rostro en la curvatura de su cuello, donde se sentía segura, y dejó que la abrazara fuerte.

Tan fuerte, que todas sus partes rotas parecieron juntarse de nuevo.


Ya sé que es el capítulo más corto de la vida pero siento que si le agregaba más cosas iba a perder la emoción de todo lo que Kagome confesó, ¿saben?

Jesús. Ya vamos por el capítulo 32. No sé por qué pero siempre he detestado los fics largos y aquí estoy, escribiendo lo que parece ser una enciclopedia. De verdad disculpen. Prometo no pasarme de 40 capítulos. 40 será nuestro número de la suerte.

Muchas, muchas, muchas gracias por todos los comentarios tan alentadores y bonitos. Ustedes son las personas más dulces del mundo. No saben cuánto me alegra haber comenzado a escribir esto y haber podido conectar con ustedes aunque sea a través de una pantalla. Siempre que estoy triste o quiero rendirme reviso lo que me escriben y... les adoro, de verdad.

¡Continuemos hasta el final con este fanfic!

Les quiero un universo, y nos leemos muy pronto.

~Rose.