Capítulo 33. Padres.
La abrazó por horas, aunque Kagome no estaba segura de cuantas. Había parado de llorar pero no quería moverse de ese lugar seguro entre los brazos de Inuyasha. A él parecía no importarle, porque tampoco le pidió que se apartara. De vez en cuando jugaba con su pelo, o le dejaba una caricia en la espalda, como para que supiera que seguía allí si lo necesitaba. La promesa de ser su protector seguía en el aire, resguardándola, y ella entendió que Inuyasha no se iría de su lado aunque estuviera así de dañada.
Entre esas horas que permanecieron acompañándose en silencio, Kagome cayo en cuenta de que nunca nadie la había amado tanto como en ese momento.
Sin besos, con ropa y nada de sexo.
—Está amaneciendo.
Kagome despegó la cabeza de su pecho y lo miró a la cara. La luz opaca que se filtraba por la ventana resaltaba los signos de cansancio bajo sus ojos y lo alborotado de su pelo negro. Se sintió culpable enseguida.
—Perdóname —pidió bajito. Tenía la garganta hinchada y la voz quemada—. Seguro estás exhausto y te mantuve despierto toda la noche.
—Estoy bien.
—Lo siento.
Inuyasha le acunó las mejillas y le plantó un beso en la frente.
—No sé si te lo han dicho, pero te disculpas demasiado.
Kagome se puso colorada. No sabía si por sus palabras, el beso o lo bonito que la miraba.
—Puede que un chico odioso lo mencionara antes —le siguió el juego.
Inuyasha le puso las manos en la cintura. Kagome se puso rígida.
—¿Odioso has dicho?
Ella abrió la boca para contestarle y lo que le salió fue una carcajada. Buscó apartarse de Inuyasha, quien ahora le clavaba los dedos en los costados haciéndole cosquillas. Giró con ella sobre la cama para acorralarla y seguir sacándole a fuerza la risa. Solo se detuvo cuando la vio llorando de tanto reírse, tan privada de aire que no le salían ni las suplicas.
—¡Para! —chilló al final.
—Pero si ya he parado.
—Si —respiró hondo—, pero antes no tenía aire para decírtelo.
Inuyasha fue esta vez el que soltó una risa, y ella lo siguió. Le barrió con los dedos las lágrimas y se le quedó mirando un rato, ensimismado, hasta finalmente suspirar.
—Eres hermosa cuando sonríes.
El comentario le cortó las carcajadas. No la hizo sonrojarse —más de lo que estaba—, sino que mandó una punzada de calidez a su pecho que se le extendió por todas partes. Era ese sentimiento dulce y suave que, ahora entendía, era la manifestación pura del amor que sentía por Inuyasha.
Él le dejó un beso corto en los labios y ella se lo devolvió, acomodándose contenta en su pecho. Se deleitó una vez más con lo bien que encajaba su rostro en la curvatura de su cuello, y pensó que felizmente podría permanecer así el resto de su vida.
—Debo irme —habló Inuyasha al rato—. Quedé de recoger a alguien.
Kagome asintió sin moverse de su sitio. No quería que la viera decepcionada de que se tuviera que marchar. Ya había pasado toda la noche con ella.
—¿Vienes conmigo?
Alzó el rostro para mirarlo. Asintió tan rápido y con tal entusiasmo que consiguió que Inuyasha volviera a reír.
Inuyasha le acarició la mejilla y metió unos mechones cortos de pelo tras su oreja. Kagome inclinó el rostro hacia su mano para prolongar el contacto.
Mientras la acercaba para besarle los labios por décima vez, pensó que nunca había adorado a nadie como la adoraba a ella.
De camino, Inuyasha propuso detenerse por algo de desayunar. Kagome reconoció el lugar al que la llevó enseguida. Era la misma cafetería a la que habían ido ese día en el que se escaparon de clases. El aroma a café y dulces la recibió trayendo un montón de recuerdos amenos y no pudo evitar sonreír. Inuyasha la llevó a la misma butaca del fondo junto a la ventana y, como ese día, se sentaron uno frente al otro.
—¿Por qué tan feliz? —le preguntó, su mano anclada a la de ella sobre la mesa.
—Me gusta este lugar —respondió contenta—. Aquí fue nuestra primera cita, ¿recuerdas?
—¿Cita? Joder... pensé que solo habíamos venido como amigos.
Kagome se puso colorada al darse cuenta de lo que dijo. Él tenía razón. Un almuerzo con apenas unos días de conocerse no podía considerarse precisamente una cita.
Pero... para ella, esa había sido su primera "cita" real.
Estaba por disculparse cuando él empezó a carcajearse. Retiró las manos y se cruzó de brazos, volteando el rostro hacia la ventana de la vergüenza.
—No es gracioso.
Inuyasha se estiró sobre la mesa, le alcanzó una mano, y se la llevó a los labios para dejarle un beso en el dorso. Cuando Kagome volvió a mirarlo, él tenía puesta esa sonrisa ladeada que tanto le gustaba.
—Claro que recuerdo. Por eso te traje aquí.
¿Cómo podía fingir enfado con él cuando hacía y decía cosas así?
Esta vez fue ella quien se estiró sobre la mesa y le plantó un beso en los labios.
El mesero tomó sus pedidos y, por ser lo únicos clientes a esas horas de la mañana, las órdenes salieron rápido. Charlaron sobre el día anterior, y todos los demás días en los que no tuvieron oportunidad de conversar. Inuyasha le habló sobre Kikyō, y cómo había terminado olvidando su móvil después de la discusión que tuvieron.
—¿Te preocupa que regrese?
«¿Te importa que regrese?», era lo que había querido preguntarle.
Inuyasha se acercó la taza de café a los labios y fijó la vista en el tráfico creciendo al otro lado de la ventana.
—No quiero que haga algo estúpido.
Kagome se mordió el labio inferior para no hacer ningún gesto dolido. Detestaba que cualquier cosa que dijera sobre ella le afectara. Eso de sentir celos no terminaba de encajarle, pero no podía evitarlo. Esas emociones eran solo el reflejo de su propia inseguridad y falta de autoestima.
Inuyasha bajó la taza y la miró a los ojos. Le alcanzó el mentón y con el pulgar la obligó a soltarse el labio.
—Pero no, no me preocupa. Es su vida y lo que decida hacer con ella no me importa. Solo no quiero que afecte la mía.
—Te entiendo...
—Si regresa no cambiará nada. —Movió la mano a su mejilla y se la acarició con dulzura—. Todo estará bien entre tú y yo.
Kagome sintió lágrimas de emoción picarle la vista, y todos los celos que pudo haber sentido se esfumaron tan rápido como llegaron.
No tenía por qué sentirse insegura. Inuyasha la amaba. Tenía que confiar en él, como siempre lo hacía.
Para el momento en que Inuyasha iba por su tercera taza de café oscuro, Kagome apenas acababa con sus panqueques. Habían querido quedarse charlando el resto de la mañana, pero la falta de tiempo los hizo pagar la cuenta tan pronto ambos terminaron con sus platos.
Iban de la mano por el estacionamiento cuando Inuyasha se detuvo, haciéndola parar también. Kagome se giró y él tiró de ella con suavidad para que estuvieran más cerca. El agarre en su mano se afianzó, y eso la hizo preocuparse.
—Tu padrastro —se le adelantó antes de que ella pudiera preguntarle qué pasaba—, ¿dónde está?
Para quienes caminaban a su alrededor aquella preguntaba había sonado natural. Él se mantuvo tan calmado que nadie se hubiera imaginado el significado detrás.
—Encerrado.
Kagome vio su mirada aclararse, y el agarre en su mano se relajó junto con sus facciones.
Estaba a salvo.
Y eso era todo lo que él necesitaba saber.
La casa Taisho apareció en medio del paisaje y, como siempre, a Kagome no dejaba de maravillarle lo preciosa que era.
Seguía sin gustarle ni un poco.
Los recibió Kaede en la entrada. La mujer les pidió sus chaquetas y Kagome se sonrojó al acordarse que debajo llevaba puesta una playera de Inuyasha. Con el pelo alborotado por ducharse y una mochila colgada en el hombro, parecía que habían pasado la noche juntos... juntos. De haber sabido que irían a su casa, se habría puesto la misma ropa del día anterior en lugar de aceptar la que él le ofreció.
El padre de Inuyasha apareció por las escaleras en ese momento y Kagome trató, sin éxito, de aplacarse el pelo con las manos.
—Ya nos íbamos —fue lo que dijo Inuyasha en lugar de saludarlo.
Tiró a Kagome de la mano escaleras arriba, pero Tōga lo detuvo por el hombro antes de que subieran.
—Quiero hablar contigo.
—Yo no.
Inuyasha volvió a jalar de ella. Kagome se agarró de la baranda para no tropezar.
—Conseguí que te reingresaran en el instituto —soltó Tōga de todas maneras. Cuando ambos se giraron a mitad de las gradas para verlo, continuó—: El director esta dispuesto a borrar el último incidente de tu expediente.
El rostro de Kagome se iluminó. Giró hacia Inuyasha, emocionada.
—Eso es fantástico, Inuyasha. Puedes regresar a la escuela y...
—¿Cuánto dinero le ofreciste?
La sonrisa en el rostro de Kagome perdió fuerza.
Claro... el padre de Inuyasha resolvía todo con dinero.
—Eso no es relevante.
—Puedes decirle a tu amigo que rechazo la oferta. No pienso deberte un centavo.
—Inuyasha... —trató Kagome.
Él volteó a verla, y por la mirada que le dio Kagome supo que era mejor no insistirle. Inuyasha le había contado todas las cosas terribles que él y su padre se dijeron la última vez que discutieron. Lo último que él quería era seguir aceptándole favores solo para que pudiera seguir restregándoselos en la cara cada vez.
—Vamos a mi oficina y lo hablamos.
—Ya te di mi respuesta.
—Me parece que tu respuesta es apresurada y egoísta.
Inuyasha bufó, cómico.
—¿Egoísta?
—Te importa, ¿no es así? —Sus ojos apuntaron hacia Kagome—. Su familia vive de un templo al que ya nadie visita, y su madre es una mujer soltera que trabaja doble turno en un hospital para apenas cubrir las deudas. ¿Pretendes serle una carga? Porque, al menos, ella habrá culminado sus estudios para mantenerte.
Kagome se quedó de piedra. Sabía que debía responder algo, pero estaba tan atónita que solo pudo separar los labios. Sintió la mano de Inuyasha apretar la suya lo suficiente como para que doliera, y eso la hizo reaccionar. Tōga la estaba usando como excusa para imponerse sobre Inuyasha, y ella no pensaba ser parte de su juego.
—Ve con él.
Inuyasha la miró confundido, y al mismo tiempo molesto. ¿De qué demonios hablaba? ¿Acaso estaba de acuerdo con toda la mierda que su padre había dicho?
Acaso... ¿acaso ella pensaba que se convertiría en una carga?
—Por favor.
Inuyasha vio en sus ojos que se lo pedía en serio.
—De acuerdo...
—Iré por Rin.
—Puedo llevarte con ella —intervino Kaede por primera vez, habiendo escuchado toda la discusión.
Inuyasha estuvo reluctante en dejarla sola, pero ella le sonrió con la mirada como queriendo decirle: todo esta bien.
Sus manos se soltaron y la sonrisa de Kagome se borró tan pronto Inuyasha estuvo fuera de vista.
Inuyasha salió del despacho de su padre igual que siempre: tras un portazo y con un dolor de cabeza inminente. Lo único que quería era recoger a Rin y largarse para no regresar.
Anduvo hasta el recibidor y se frenó antes de alcanzar las escaleras; o mejor dicho, el rumor de una melodía lo hizo detenerse. En los silenciosos pasillos de la casa, siguió el sonido que retumbaba suavemente por las paredes hasta que alcanzó el salón al que nada más había entrado a esconderse durante su infancia.
Rin compartía la banqueta del piano con Kagome. La observaba maravillada, fascinada con la soltura con la que sus dedos se movían sobre las teclas. Inuyasha no podía verle la cara, pero se la imaginaba con los ojos cerrados y una sonrisa ligera, sintiendo la música alegre que le dedicaba a Rin. La reconoció porque era de las canciones favoritas de su hermana.
Inuyasha reposó el hombro del umbral de la puerta y se dedicó a escucharla. No lo hacía desde esa vez en la escuela, cuando ni siquiera se conocían. La melodía melancólica que había tocado esa tarde seguía metida en su cabeza, y siempre se había preguntado qué era lo que llevaba a cuestas para tocar de esa manera. Nunca imaginó que unos meses después lo entendería, y terminaría tan irrevocablemente enamorado de ella.
Tan pronto Kagome paró de tocar Rin estalló en vitoreos. Inuyasha aplaudió desde su puesto y ambas giraron. Kagome se sonrojó entera al verlo.
—¡Yasha! No me habías dicho que tu novia tocaba así de bonito. —Rin se giró otra vez hacia Kagome con las manos juntas en súplica—. ¿Me enseñas? Mi profesora de música es estirada y aburrida. Te juro que aprendo rápido. Por favor, hermana.
Rin la siguió mirando con ojos grandes, esperando respuesta. Kagome se metió el pelo tras las orejas, abochornada por la atención y porque la había llamado hermana.
—Bueno... me encantaría, pero no tengo un piano en casa.
—Jaken puede recogerte por las tardes. Practicamos aquí.
—Rin —intervino Inuyasha con diversión—, para de emocionarte.
—Pero si ha dicho que sí. Estoy ofreciéndole una solución.
—Ya suenas como papá. —Se acercó a ella y le revolvió el pelo—. Deja de pasar tanto tiempo con él. Y ahora anda por tus cosas que se nos hace tarde.
—Ya voy, ya voy. —Se bajó del asiento, estiró los brazos y lo abrazó—. Gracias por venir, por cierto.
Kagome observó con ternura como Inuyasha le regresaba el abrazo a su hermana.
—¡Los espero abajo! —gritó, saliendo a las carreras.
Se quedaron solos e Inuyasha se sentó en el puesto que ocupaba Rin antes. Volteó hacia Kagome y esta fingió estarle alisando arrugas a la playera que llevaba puesta.
—Tocas tan bien como lo recordaba.
Kagome se enderezó y volteó a verlo.
—¡Aja! —exclamó, señalándolo—. Sabía que me habías espiado antes.
Inuyasha la miró con gracia.
—¿Espiado? Si estabas a plena vista.
—Pero si jamás he tocado un piano cerca de ti.
—Te escuché una tarde en la escuela. Llevaba poco tiempo de conocerte.
—¿Por qué no lo mencionaste en todo este tiempo?
—Traté una vez, pero parecía que no querías que nadie supiera. —Se encogió de hombros—. Imaginé que si era algo privado es porque significa mucho para ti.
—Si... yo... solía tocar con mi papá —dijo. Inuyasha la miró a los ojos y la encontró triste—. Él me enseñó.
Quiso contarle más, pero no podía tocar ese tema sin llenarse de recuerdos que terminaban por acumulársele en la garganta. Una cosa se entrelazaba con la otra, casi como si pudiera señalar el momento exacto en que todo se vino cuesta abajo.
Inuyasha le tomó la mano sobre la banqueta. Kagome miró atónita cómo se la llevaba a los labios, dejaba un beso en cada dedo, le agarraba la otra mano y repetía el mismo proceso.
—Tienes talento. No lo abandones.
Se le enrojeció el rostro entero, y en ese momento olvidó por completo que Inuyasha regresaba de tener una discusión con su padre.
—G-gracias...
—¡Yasha! ¡Se nos hace tarde! —se escuchó a Rin gritar desde abajo.
Kagome espabiló al mismo tiempo que Inuyasha se ponía de pie.
—Espera —se levantó también—, ¿qué pasó con tu padre?
—Se ha ido a trabajar.
Eso había sonado evasivo.
—¿Y qué te dijo?
La esperó en la puerta y extendió la mano. Kagome se acercó a tomarla, aún esperando respuesta.
—Lo mismo que escuchaste —dijo, sabiendo que ella no estaría tranquila hasta que contestara—. Solo quería convencerme.
—Entonces, ¿regresarás a la escuela?
—Algo así...
Kagome se lanzó a abrazarlo, emocionada.
—Sé que no es lo que querías, pero me alegra mucho que regreses.
—Si... —le regresó el abrazo a medias—, a mi igual.
Se sintió culpable por mentirle así.
Le diría la verdad en otro momento.
Llegó a casa exhausta, pero con una sonrisa ligera pintada en los labios.
Inuyasha la había dejado en el templo después de visitar a Sango en el hospital. Las buenas noticias seguían llegando, porque Kohaku había despertado y les dijeron que en una semana podrían darle de alta. Terminaron haciendo planes para celebrar cuando ese día llegara.
Por fin las cosas parecían marchar bien, en la dirección correcta, y eso la tenía contenta.
Se sacó las llaves del bolsillo y escuchó el teléfono repicar desde la sala. Nadie contestaba porque no paraba de sonar. Se apuró en entrar y encontró las luces apagadas, así que su familia no estaba. Tiró el bolso junto a la puerta y contestó el teléfono cerca de las escaleras.
—¿Hola?
—¿Naomi Higurashi?
Siempre confundían su voz con la de su madre. Kagome estuvo por decirle que no era ella, pero la mujer continuó:
—Estamos llamando del Hospital Psiquiátrico Evergreen. Queríamos dejarle saber que ha habido un ajuste en los horarios de visita. ¿Le parece bien cambiar su cita de los viernes a las 2pm en lugar de las 11am?
Kagome paró de respirar.
Solo conocía a una persona ingresada en ese lugar.
—Si, claro... —respondió queda. La mujer siguió hablando, pero ella colgó el teléfono sin terminar de escuchar.
Se echó para atrás, chocando con la pared al otro lado del pasillo. Se llevó una mano al pecho, donde le dolía.
Su madre no haría algo así.
No le ocultaría algo así.
¿Verdad?
El turno en el hospital había estado particularmente pesado ese día. Un incendio en un edificio residencial llegó durante las últimas horas. Por la cantidad de heridos creyó que terminarían por no dejarla marchar.
Encontró la puerta principal de casa abierta, y en seguida supo que su hija había regresado. La noche anterior se marchó y la pasó fuera sin siquiera avisarle que saldría. Ningún tipo de cansancio evitaría el sermón que tenía pensado darle.
Esos últimos días su hija se había estado comportando diferente. Siempre fue tranquila, obediente. Sabía que cambiaría un poco ahora que tenía amigos; después de todo, eran adolescentes. Pero no podía aceptar que se marchara para pasar una noche con un muchacho.
Porque ella sabía que había estado con él.
Sus amigas eran terribles mintiendo.
—Kagome —llamó, cerrando la puerta tras sí. Escuchó pasos en el piso de arriba. Se sacó la chaqueta y la colgó en el perchero—. ¿Puedes bajar? Necesito hablar contigo.
Todo estaba a oscuras a excepción de la luz que provenía de la habitación de Kagome arriba. Naomi se descalzó los zapatos antes de subir los cortos peldaños hasta la sala y encender el interruptor. Todo estaba justo como ella lo había dejado antes de salir; incluso en la cocina.
Puso los brazos en jarra y resopló.
¿Hacía cuánto había llegado su hija a casa?
Escuchó pasos descender por las escaleras y se volteó a preguntarle exactamente eso.
No se esperaba encontrarla con un bolso colgado del hombro y vestida para salir.
—¿Se puede saber a dónde vas ahora, señorita? —Kagome entró a la sala sin responder. La luz la iluminó y Naomi abrió más los ojos, atónita—. Pero... ¿Cuándo te has cortado el pelo? ¿Por qué?
—Porque he querido.
Naomi apretó los labios.
—No creo que sea momento de responderme así.
—Ya, lo siento... —La miró a los ojos. Naomi no entendía por qué parecía que estaba buscando algo en ellos—. ¿De qué querías hablarme?
—Bueno, para empezar: ¿dónde has estado desde ayer? Te fuiste de casa sin siquiera consultarme. Sango y Ayame me han dicho que pasaste la noche en casa de ambas. A menos que te hayas dividido en dos no creo que...
—¿Eso era todo?—interrumpió, tomando a su madre por sorpresa—. Ya me voy...
Naomi la vio dar media vuelta y moverse hacia la salida. Le tomó unos segundos salir de su estado de estupefacción para avanzar y detenerla por el brazo. Kagome se sacudió para que la soltara.
Era imposible que esa fuera su hija.
—Kagome, ¿qué es lo que pasa? —inquirió, ahora verdaderamente preocupada. Su hija siguió dándole la espalda—. Tú no eres así, cariño. Jamás te has comportado de esta manera. Es por ese muchacho, ¿no es así?
—Él no tiene nada que ver...
—¿Te ha hecho algo? Te esta metiendo cosas en la cabeza, ¿verdad?
—Mamá, basta.
—Él no te conviene —siguió—. Ya te hizo daño una vez y lo seguirá haciendo. Creí habérselo dejado claro la última vez. Tienes que escucharme, cariño, yo sé de estas cosas.
Kagome volteó el rostro hacia ella de golpe.
—¿Dejarle qué claro? ¿A quién? —Se giró por completo a encararla. Su madre no respondió. Kagome supo de inmediato que había hablado de más—. Hablaste con él ese día... por eso no vino a verme.
Su madre se cruzó de brazos y a Kagome le hirvió la sangre.
—Hice lo que era mejor para ti.
—Lo que tú creías mejor para mí —recriminó—. No tenías derecho a tratar de sabotear mi relación, mamá.
—Su relación no es más que algo pasajero, hija —insistió—. Sé que ahora sientes que lo amas, y que quieres pasar tu vida con él, pero todas esas emociones no son más que hormonas adolescentes. No son el uno para el otro.
—¿Cómo puedes saberlo? Ni siquiera lo conoces.
—¡Por supuesto que lo conozco! —espetó, llevándose una mano al pecho—. Es insolente, intimidante, explosivo. Desafía a todo y a todos a su paso. Pero contigo es... diferente, ¿no es así? Te hace creer que eres especial. Te hace pensar que debes estar allí porque eres la única con quien puede bajar sus defensas.
Kagome abrió al boca solo para volver a cerrarla.
¿Tenía razón?
¿Había descrito su relación con Inuyasha?
No... No era así.
—Jamás has hablado con él. No te has tomado el tiempo de conocerle y lo único que haces es juzgarlo.
—He visto cómo llegaba aquí con los puños rojos y el rostro marcado. Sé que fue expulsado de la escuela por atacar a un muchacho de tu misma clase y que no ha sido la primera vez que lo hace. —Dio un paso en su dirección, queriendo alcanzarla, hacerla entender—. Cariño, he visto como te mira. Y no quiero que cometas los mismos errores que yo. No puedes hacerte responsable por los problemas de otra persona.
Kagome permaneció quieta. No despegó los ojos de su madre mientras esta se acercaba lo suficiente para tomarla de las manos.
Quizá todos esos argumentos hubieran funcionado con ella antes. Si las circunstancias fueran diferentes. Si las mentiras no estuvieran rondándole la mente. Si no hubiera contestado esa llamada.
Pero en ese momento miraba a su madre y no sentía más que dolor e ira.
—Llamaron de Evergreen —soltó. La expresión de su madre se desplomó al instante—. Dicen que puedes ir a visitarlo a partir de las 2 de la tarde.
Kagome se contuvo de soltar las lágrimas que le nublaban la vista. No se movió, esperando una reacción de parte de su madre; esperando que negara todo aquello. Pero Naomi no hizo más que abrir los labios y jadear, como si le costara tomar aire. La miraba con miedo, con angustia y culpa.
Eso último fue lo que terminó de clavarle un puñal en el corazón.
En lugar de llorar, Kagome dejó salir una risa amarga.
—Salúdalo de mi parte.
El agarre de Naomi en sus manos se afianzó.
—Espera, hija, puedo explicarlo.
Kagome se apartó de un tirón.
—No quiero escucharlo.
—Iba a decírtelo...
—¿Cuándo? —espetó con acidez—. ¿Hace cuánto empezaste a visitarlo?
Naomi bajó la vista, parpadeando las lágrimas. Kagome sintió las suyas correrle por las mejillas, pero no se molestó a limpiarlas.
—Un mes.
Las palabras hicieron eco en el pequeño recibir. Se quedaron en silencio, pero Kagome no necesitaba escuchar nada más.
Y, de ahora en adelante, tampoco tenía nada más que decirle a su madre.
—Adiós, mamá.
Naomi la vio ajustarse la mochila al hombro, darse la vuelta y desaparecer tras la puerta.
¿Está muy corto? ¿Está muy largo? No lo sé, pero lo que sé es que necesitaba entregarles un capítulo o me iba a volver loca.
Sigo viva; a duras penas, pero viva.
Les quiero un montón. Nos leemos pronto.
P.D. ¿Prefieren que llame a la madre de Kagome Sra. Higurashi o Naomi? A veces en escenas serias (como una discusión) se me hace incómodo llamarla Sra. Higurashi al narrar. ¿Ustedes qué piensan?
