Capítulo 34. Miel para dormir.
Sus sueños se interrumpieron por una vibración. Molesta. Constante. Se removió entre las sábanas, hundiendo el rostro en la almohada. Su subconsciente reconocía el ruido, y sabía que si lo dejaba estar eventualmente se callaría.
Y lo hizo... solo para volver a sonar al segundo.
Era su móvil.
Gruñó obstinado. Se incorporó con los codos sobre el colchón y se frotó la vista. La luz del teléfono en la mesita de noche era lo único que medio iluminaba la habitación a esas horas de la madrugada. Se apagó antes de que pudiera estirarse a alcanzarlo. Sonrió adormilado y volvió a echarse en el colchón.
Buzz buzz... buzz buzz.
─Joder.
Volvió a incorporarse y se llevó el aparato al oído sin molestarse en chequear quién llamaba.
─¿Qué? ─contestó de mala gana.
La persona al otro lado respiró fuerte, como cuando suspiras de alivio.
─Hey...
Tan pronto escucharle la voz espabiló.
─¿Kagome?
Tuvo que separarse el móvil y leer el nombre en la pantalla un par de veces para asegurarse.
─¿Kag? ¿Sigues allí?
─Si. Uhm. Sé que es tarde... lo siento. No sabía a quién llamar.
─¿Pasó algo? ¿Estás bien?
─No. Si. Es que... ─Hubo silencio en la línea unos segundos. Se escuchaba el viento y algo castañear. Ella volvió a respirar─. ¿P...podrías venir por mí?
Ni siquiera tuvo que pensarlo.
Se levantó de la cama y recogió la ropa del piso que había dejado tirada la noche anterior. Se vistió a trompicones, palpando los bolsillos de la chaqueta por su billetera y llaves.
─¿Sucedió algo? ─preguntaron desde su cama.
Terminó de calzarse los zapatos y se acercó a ella. Apoyando una rodilla en el colchón se estiró lo suficiente para dejarle un beso en los labios.
─Sigue durmiendo. Regreso en un rato.
Esa no era una respuesta, pensó ella. Él se marchó antes de que pudiera insistirle.
Se dio la vuelta en el colchón, abrazó mas las sábanas a su cuerpo desnudo y respiró hondo.
Al menos los celos no quemaban tanto como antes.
Afuera estaba helando y el cigarrillo le temblaba entre los dedos, pero eso era más por la rabia que por el frío.
Escuchó el rugido del vehículo acercarse antes de vislumbrar las luces asomándose por el pavimento. Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó al mismo tiempo que la moto apareció calle abajo, avanzando en su dirección. Se detuvo a unos metros de distancia, lo suficientemente cerca para que entre la oscuridad él distinguiera unos brazos rodeándole la cintura al piloto.
Kōga apagó el motor en lo que Kagome se quitaba el casco y bajaba corriendo de la moto a los brazos de Inuyasha. Él permaneció sentado, y roló los ojos porque todavía odiaba verlos juntos.
—¿Estás bien, cielo?
—No gracias a ti —respondió Kōga de mala gana.
—Nadie te preguntó, imbécil.
—A ver si te compras otro móvil, hijo de puta.
—¿Te sabes callar o necesitas que te ayude?
—Ya, por favor —suplicó Kagome para detenerlos—. No peleen.
—Pero si él empezó —se quejó Inuyasha.
Ella se separó para regresar junto a Kōga e Inuyasha clavó la vista en otro lado para no enfurecerse al verla abrazarlo. Igual la escuchó darle las gracias y a Kōga decirle que estaría ahí si lo necesitaba y terminó molesto de todas maneras.
—Eso es todo, ¿no? —dijo, metiéndose en el medio para que Kōga la soltara de las manos—. Yo cuidaré de ella ahora. Te puedes ir.
—Inuyasha... —advirtió Kagome.
—Esta bien. Tengo que regresar a casa pronto de todas maneras. Ayame está esperándome.
—Salúdala de mi parte. Y disculpa nuevamente por molestarte.
Kōga le quitó el soporte a la moto y se puso el casco que Kagome llevaba antes. Entre que encendía el motor y arrancaba le dio un último vistazo a su amigo, quien abrazando a Kagome le gesticuló algo con los labios.
Bajando por la oscura avenida Kōga bufó entre una sonrisa.
¿Le había dicho gracias?
No. Seguro había visto mal.
En la casa Taisho habían fantasmas.
Kagome se convencía más de ello con cada segundo que pasaba sin poder pegar el ojo.
Y quizá tenía que ver con que se ponía a llorar de rabia cada vez que recordaba la pelea con su madre. A lo mejor era ese insomnio que da de tanto pensar; cuando estás más cansado que nunca pero tu cabeza no se quiere callar. Trataba de enfocarse en otras cosas que siempre le funcionaban cuando no podía dormir: contar de cien hacia atrás, pensar en alguna canción que se supiera de memoria, respirar lento, imaginar ovejas saltando cercas.
Abrió los ojos y la habitación donde estaba era tan grande que tendría que levantarse y caminar para ver el cielo desde la ventana.
Abrazó más la almohada, que olía a detergente y no a Inuyasha, y suspiró triste.
—¿No puedes dormir?
Se incorporó un poco para verlo. Estaba echado junto a la cama, entre las almohadas y las colchas con las que se había improvisado un colchón.
—No...
—¿Quieres hablarlo?
Kagome se masticó el labio.
¿Quería desahogarse? Sí. ¿Temía mortificar a Inuyasha? Sí. ¿Quería proteger a su madre para que no pensaran mal de ella? Sí.
—Preferiría no hacerlo...
Inuyasha se sentó para quedar más a su nivel.
—¿Ha sido muy grave?
—Supongo que no...
—¿Entonces por qué no quieres decirlo?
«Porque me da vergüenza admitirlo. Porque mi madre te mintió para que te alejaras de mí. Porque no quiero que te eches la culpa. Porque me niego a creer que ella aún se preocupa por ese monstruo».
—¿Confías en mí?
Inuyasha se quedó callado un momento. La miró fijo a los ojos, buscando en ellos las respuestas que ella se negaba a darle. Cuando él asintió Kagome supo que lo hacía inseguro, con sospechas, pero se alivió de que por lo menos esa noche dejara el tema.
Ambos regresaron a su posición inicial, dándose las buenas noches y acomodándose para dormir, pero ninguno terminaba de cerrar los ojos. Los dos observaban en silencio las líneas irregulares del techo, buscándole formas a la madera, queriendo distraerse de los problemas que les rondaban la cabeza.
—Inuyasha.
—¿Uhm...?
—¿Puedes subir a la cama conmigo?
La pregunta le salió sin titubeos. Si le sorprendió a Inuyasha no supo, porque ni siquiera lo sintió moverse.
—¿Segura?
Desde que se enteró sobre su padrastro Inuyasha había estado evitando acercársele más de la cuenta. La abrazaba, le tomaba la mano, o le daba uno que otro beso casto. Pero el afecto físico definitivamente había cambiado.
Inuyasha tenía miedo de hacerle daño.
La última vez que había lidiado con algo parecido terminó lastimando a quien trataba de proteger.
—Si... por favor —ella respiró, nerviosa—. No puedo dormir en una habitación tan grande.
—¿Tienes miedo?
—Algo...
Inuyasha se puso de pie, recogiendo algunas colchas y almohadas del suelo. Rodeó la cama y empezó a acomodar todo en el lado opuesto al de Kagome.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella, dándose la vuelta en el colchón. Con la mano palpó el espacio vació a su lado. Inuyasha la miró sin entender—. Tienes que acercarte más esta cama es enorme.
Inuyasha no pudo evitar reírse. Gateó por el colchón hasta quedar a su lado y Kagome le abrió espacio para que se metiera bajo las sábanas. En seguida lo abrazó, acurrucándose a su costado y hundiendo el rostro en la curvatura de su cuello. Su aroma y calor corporal la cobijó y se sintió mil veces más tranquila.
No fue hasta que soltó un suspiro de gusto e Inuyasha se tensó bajo su tacto, que se dio cuenta que él no estaba disfrutando ese momento tanto como ella.
Kagome se separó para mirarlo, confundida.
—¿Está todo bien?
Él miraba hacia otro lado. Un brazo bajo ella y otro tras la cabeza, sin intenciones de abrazarla.
—Si, ¿por qué?
—¿Quieres dormir separados? Lo siento, debí preguntarte si te incomodaba...
—No, no es eso. Es solo que... —Esta vez sí la miró a los ojos al hablar. Se veía como avergonzado—. Bueno... me gustas. Mucho.
Kagome parpadeó. Inuyasha regresó la vista al techo y exhaló.
—Me gustas físicamente, Kag. Estar tan cerca de ti, en una cama, me hace pensar en algo más que solo abrazarte.
El rostro de Kagome pasó por tantos colores que por último se sintió morada. Tragó entero, de pronto con la boca seca y sin poder articular nada.
Inuyasha la miró de reojo, y más que abochornado lucía decepcionado de sí mismo.
—Lo siento. Al final no soy nada diferente al resto.
—Yo...
Él bufó, tapándose los ojos con el brazo libre.
—Joder. Con todo lo que me has dicho. Debo estar muy mal de la cabeza.
—Inuyasha.
—Olvida lo que dije. No sé por qué saqué el tema.
Kagome se sentó en la cama y le quitó el brazo de la cara.
—No quiero olvidarlo. A mí también me gustas.
Inuyasha abrió la boca para rebatir, pero ella calló sus palabras con un beso. Él se negó a corresponderle, agarrándola de los hombros para separarla.
—Basta...
—¿Por qué? —preguntó, dolida por el rechazo.
—Estás actuando así por lo que te acabo de decir.
—No estoy actuando —rebatió—. Creí que nada cambiaría entre nosotros. Dijiste que no ibas a mirarme diferente y es justo lo que haces.
—Esto no tiene nada que ver con lo que siento por ti.
—¿Entonces qué es?
Inuyasha negó, sentándose en el colchón con intenciones de levantarse e irse. Kagome lo detuvo por el brazo.
—Déjalo estar, Kagome. No sabes lo que dices.
—Claro que lo sé.
Inuyasha se liberó del contacto, enfadado. Ella estaba haciendo lo mismo que había hecho antes, cuando lo había ido a buscar al departamento. Trataba de complacerlo a costa de su propia salud mental solo por miedo a decepcionarlo, a no ser suficiente.
—Va a ser lo mismo —soltó. Se le estrangulaba la voz solo de pensarlo—. Voy a hacerte lo mismo que te hizo él. Vas a revivir todo, y entonces voy a perderte. Vas a regresar a ese sitio al que fuiste la última vez que te toqué y yo no quiero hacerte eso, Kag. Prefiero morir antes que hacerte daño, ¿lo entiendes?
Ella se quedó sin palabras. Lo observó en silencio, anonadada, y con una sensación en el pecho tan grande que terminó por acapararla toda. Antes de poder detenerse ya habían lágrimas rodándole por las mejillas. Inuyasha se mortificó enseguida.
—Mierda. No... no, no, no.
Le acunó el rostro y empezó a barrerle las lágrimas con los pulgares. Kagome le agarró las manos para detenerlo.
—Cielo, por favor, no llores.
—Es que... —empezó, ahogada—. Eres todo lo que tengo.
Inuyasha se quedó quieto.
—Solía pensar que mi vida no significaba nada hasta que tu entraste en ella. Me enseñaste a ser más fuerte, a disfrutar cada instante, a que esta bien ser yo misma. Me haces sentir segura. Me haces sentir como si todo esto vale la pena.
—Kag...
—Eres la única persona con la que quisiera algo así, algo más. Estoy cansada de temerle a esto, de quererte a medias. Y si eres tú quién me lastima entonces no me importa.
Guió las manos de él hasta su cintura, bajo la blusa, hasta que sus yemas hicieron contacto con la piel tibia de su abdomen. Entrelazó los dedos tras su nuca, acercándose más a él y reposando con suavidad sus frentes juntas.
—Aunque me hagas daño voy a amarte igual.
Juntó el valor suficiente para separarse un poco y verlo a los ojos. Estaban de un color miel tan profundo que se perdían con sus pupilas. La miraba debatido, apretando la mandíbula, respirando tan fuerte que podía ver su pecho subir y bajar.
Lo siguiente que Kagome registró fue sus labios chocar, y las manos fuertes de él deslizarse desde su cintura hasta su espalda. La sostuvo con firmeza y de un giro estuvo sobre ella, el peso de su cuerpo presionándola contra el colchón y su lengua explorándole la boca.
Y esa vez las caricias se sintieron correctas, los besos fueron correspondidos, y todo su ser quemó de ansias por él.
Justo como debía ser.
Sé que esta cortito el capítulo pero de nuevo siento que si le agrego más cosas se pierde la expectativa para el siguiente.
Viene la parte incómoda en la que les confieso que no sé escribir más allá de besos y hasta usar la palabra lengua me desagrada. Así que puede que en el siguiente capítulo me vaya por la parte dulce y no gráfica de la escena que todos están esperando jajaja. Haré mi mejor esfuerzo de todas maneras, lo prometo.
Les quiero. Nos leemos pronto.
