Capítulo 35. Te amo.


El corazón acelerado, la respiración forzada, las palmas frías. Si no estuviera sosteniéndola tan fuerte seguro notaría que temblaba.

Pero no sentía miedo.

Sentía todo menos miedo.

Los labios de Inuyasha no se habían separado de ella, dejando una estela húmeda por donde pasaban; desde su boca, bajando por su mandíbula y clavícula. Parecía que quería borrar a besos todos los rincones donde alguna vez la lastimaron. Sus manos grandes la agarraban con firmeza, los dedos enterrándosele en la carne, tocando no más allá de los límites de su ropa interior.

Las mariposas revoloteaban por su cuerpo en aprobación de cada caricia. La familiaridad de su calor, su olor, su boca; todo aquello la hacía sentir segura. Ya habían llegado hasta ese punto antes. Pero ahora estaba consciente de que era el comienzo. Era el preámbulo a un acto en el que antes jamás había querido participar. A su mente de repente le susurraba el miedo, pero Inuyasha estaba ahí para acallar las voces, para apoderarse de sus labios y hacerla olvidar el mundo.

Aún así, cuando las manos de Inuyasha se cerraron en el dobladillo de su pijama se puso tensa. Apenas un pequeño respingo fue suficiente para que él se separara y buscara sus ojos.

—¿Estás bien?

Se notaba tan asustado que la hizo darse cuenta de algo:

Estaba tan nervioso como ella.

—Sí... —respondió, abochornada—. Es solo que... es la primera vez que... bueno...

Inuyasha se vio que la entendió enseguida, y hasta se creyó estúpido por no pensarlo antes.

Kagome —la Kagome real— era virgen.

Ella nunca había estado con alguien.

No así.

No por elección.

La ayudó a sentarse en la cama entonces. Kagome contempló confundida mientras que él la tomaba de las manos y le llevaba los dedos hasta su playera. Se dio cuenta que la estaba guiando para que lo desvistiera.

De un movimiento la tela ya no estaba ahí cubriéndole la piel, los músculos, las cicatrices. En el torso contó al menos seis. Sintió ganas inmensas de besarlas, porque parecía que dolían aunque estuvieran sanas. Inuyasha siguió guiando sus manos y las dejó sobre su pecho, dándole permiso de continuar por su cuenta.

Quería que ella tomara la iniciativa, que fuera parte de eso que harían. Esto no era sobre él — no era simplemente para complacerlo a él.

Ella siguió lento, inexperta, delineando cada curva con la punta de los dedos; desde la clavícula, bajando por sus pectorales, hasta deslizarse sobre su abdomen marcado. En el lado izquierdo, encima de las costillas, era donde la cicatriz más grande relucía. Se asustó con lo cerca que estaba aquella marca de su corazón. Tan pronto tocar la zona sintió a Inuyasha aguantar la respiración, pero no hizo nada por detenerla. Ella acarició la piel con delicadeza, y se permitió inclinarse a besarla agradecida de que después de tanto él estuviera ahí, frente a ella, a salvo.

Las manos de Inuyasha la tomaron por sorpresa al acunar sus mejillas para traerle el rostro a su nivel y apoderarse de sus labios. Todo el calor previo regresó a ella con más fuerza que antes, ahora consciente de tenerlo casi desnudo y así de cerca. Esta vez fue su turno de guiarlo para deshacerse de su ropa, y de lo que restaba de la de él.

Piel con piel. Su cuerpo entero palpitaba a un mismo ritmo. Donde sea que él tocara era como si dejara la zona en llamas. Un ardor agradable se había plantado en su bajo vientre y extendido en todas direcciones. Nunca había sentido nada parecido. Mientras más la acariciaba, besaba, tocaba, más de él quería. Era lo más cerca que habían estado y de alguna forma no era suficiente.

Quería más. Quería todo.

Su calor, su olor, su aliento. Cada suspiro, cada roce, cada beso. Lo necesitaba más y más cada momento. Apenas y alcanzaba a acariciarle el pelo mientras que él pasaba de sus pechos a dejarle besos húmedos en el abdomen, hasta su vientre y descendiendo por sus caderas. El bochorno de encontrarse desnuda pasó a segundo plano en lo que su lengua delineó el camino desde el interior de sus muslos hasta su intimidad y todo ella tembló en respuesta. Echó la cabeza hacia atrás, deleitada. El sentimiento era tan abrumador que se le escapaba su nombre de cuando en cuando, entre jadeos.

Se había ahogado en un mar de sensaciones nuevas, placenteras, excitantes. No hubiera podido explicarse si quisiera. Él había perdido el temor a dañarla y su tacto se había vuelto más hambriento, más pasional y experto. Ella había perdido el pudor y permitido que continuara haciendo con ella lo que deseara, porque cada roce se sentía como si la acercara más al borde de un precipicio del que estaba ansiosa por lanzarse.

Y la caída fue dulce, violenta, y delicada al mismo tiempo. Una explosión que la consumió en un placer inexplicable y alivió la deliciosa tortura entre sus piernas.

Quería sentirlo otra vez. Quería que él lo sintiera también.

Él la besó, ahogándole un gemido, y ella lo separó lo suficiente para que se miraran. Tenía la boca seca, la respiración agitada, pero sonó segura cuando le dijo:

—Estoy lista.

El miel de sus ojos nunca había lucido tan dulce como entonces.

—¿Segura? —ella asintió, y él le acarició la mejilla—. Dilo. Necesito escucharte.

—Sí... —Lo besó—. Sí —Volvió a besarle—. Estoy segura.

Y era verdad. Nunca había estado tan segura de nada tanto como entonces. Cuando la mano de él descendió por su abdomen y desapareció bajo su vientre cerró los ojos para fundirse en él nuevamente, tanto como pudiera.

Pero el trauma tenía formas crueles de hacerse ver. Y cuando lo tuvo allí, entre sus piernas, lo que sintió no fue muy diferente a lo que tanto le temía. Su mente le jugó sucio y de pronto la imagen de Inuyasha sobre ella se convirtió en ese otro hombre; en ojos oscuros velándola, manos rasposas aprisionándola.

Dolería.

Iba a lastimarla.

—Cielo, mírame.

Abrió los ojos de golpe. Inuyasha le apartó el pelo de la frente, y le sostuvo la mirada. El pánico la abandonó al reconocerlo. Sus uñas dejaron de clavársele en los brazos.

Era él.

Estaba bien.

—No cierres los ojos. No dejes de mirarme —pidió.

Y eso hizo.

Sus miradas no se desconectaron en el momento que se deslizó dentro de ella. Despacio. Kagome entreabrió los labios, soltando un suspiro — uno de alivio.

Se sentía... bien. Tan bien.

Tan correcto. Tan natural.

Fue gentil con ella. Le dio unos segundos para acoplarse a él, y no se movió hasta no sentirla relajarse bajo su cuerpo. Juntó sus frentes y respiró hondo, controlándose, y absorbiendo ese momento con cada fibra de su ser; su olor dulce, su piel caliente, y como palpitaba contra él. Empezó a moverse lento, y sus gemidos fueron la aprobación que necesitaba para perderse en ella.

Kagome atrapó sus labios; sus manos aferradas a él, su ser deseoso por más.

Lo amaba.

El roce de sus cuerpos, sus alientos mezclados, sus latidos desbocados. Cada gota de sudor, cada embestida, cada jadeo.

Oh, como lo amaba.

—Te amo...

Inuyasha sonrió contra su boca, mordiéndole el labio inferior.

—Lo sé.

Kagome sonrió también.

Y ahí, en ese instante, todas las piezas se acomodaron. Los recuerdos que crearon esa noche tomaron el lugar de los malos, y no quedó espacio para nada más.

No más dolor. No más llanto. No más tristezas.

Solo dos personas amándose por elección.


Soñó con un vestido floreado, manos enlazadas y un beso en el auto.

Abrió los ojos y el muchacho de sus sueños dormía a su lado. Con el pelo alborotado, los labios entreabiertos y el torso al descubierto. Lucía tan en paz que Kagome elevó la comisura de los labios, contemplándolo. Era la primera vez que lo veía así de calmado.

Incluso durmiendo era apuesto.

Una mano se aferraba a ella, a su cintura, bajo la camiseta que le había prestado. Estaban tan cerca que tenía miedo de moverse y despertarlo. Otra cosa de estar así de cerca es que la hacía pensar en la noche anterior, y las mariposas ya no solo estaban en su estómago.

Inuyasha se movió adormilado, atrayéndola más cerca, enlazando más sus piernas.

De pronto hacía calor. Mucho calor.

—Inuyasha...

Farfulló algo, y la apretó más. Quedó con el rostro enterrado en la piel tibia de su pecho.

—Inuyasha —siguió llamando—. Suéltame.

—Sh...

—No me sh-es. —Se quejó—. Necesito el baño.

La liberó y le dio la espalda, llevándose las colchas consigo. Kagome se incorporó, con una sonrisita tonta en los labios, y se arrastró fuera del colchón hasta el baño.

Se alivió de que en esa casa tan grande hubiera un cuarto de baño dentro de la habitación, porque en ese día no quería que nadie viera su imagen antes que ella misma. Casi esperaba que, al pararse frente al espejo, la recibiera una persona totalmente distinta; una más adulta, y hasta difícil de reconocer.

Pero al verse lo primero que pensó es que nada había cambiado.

Se encontró a si misma, igual que siempre, solo quizá un poco mas despeinada y sonrosada que de costumbre.

Le pasó el pestillo a la puerta para desvestirse, pero se lo quitó enseguida porque ya no tenía por qué esconderse — al menos no de Inuyasha. Tiró la camiseta al piso y dio unos pasos lejos del lavabo para verse a cuerpo completo en el espejo. Dio unas cuantas vueltas, se pasó las manos por las caderas, y buscó señales de la noche anterior que le hubieran marcado la piel.

Esperó sentirse sucia. Que la embargara el asco y la culpa. Esperó otro poco a ver si llegaban lágrimas de frustración o rabia. Repasó con los dedos los lugares donde la había tocado Inuyasha, y no sentía si no ganas de estar con él nuevamente.

Todo estaba bien.

Lo único diferente es que ahora pensaba en Inuyasha y sentía algo, atado alrededor de su corazón, tirando suavemente en su dirección.

Observó en el reflejo a la chica con la sonrisa tonta, los ojos brillantes y la expresión enamorada.

Seguía siendo ella, solo que entregada a él... en cuerpo y alma.


La vio salir del cuarto de baño con el pelo empapado y envuelta en una toalla. El agua le goteaba por los hombros y desaparecía entre sus pechos, y tenía toda la piel sonrosada por la ducha caliente.

Bonita.

—¿Uh?

¿Lo había dicho en voz alta?

—Buenos días —corrigió.

—Buenos días, dormilón —saludó ella, sonriente. Avanzó, se sentó a su lado en la cama y lo besó en la mejilla—. La ducha estuvo deliciosa.

Le estaba poniendo difícil no tumbarla en la cama y arrancarle la toalla. Ese era el escenario al que estaba acostumbrado, porque era lo que otras chicas querrían después de la noche anterior. Con Kagome no era así. Para ella cada roce, cada contacto, significaba mucho más de lo que era en realidad.

Y la verdad es que le gustaba. Que ahora fuera suya pero ajena al mismo tiempo.

—¿En qué piensas?

—En quitarte la toalla.

Se puso roja, pero no se alejó. Más bien se vio divertida.

—Pervertido.

—Prefiero sincero. —Ella le sacó la lengua—. ¿Cómo te sientes? ¿Te encuentras bien?

Ella asintió, para su alivio. Él dejó salir aire que no sabía que había estado conteniendo.

Cuando no la encontró a su lado al despertar creyó que se había marchado, arrepentida de lo que hicieron. Tan pronto escuchó el agua correr en el baño el alma le regresó al cuerpo.

Lo hacía feliz saber que no la había lastimado de ninguna manera.

—Nunca he estado mejor —agregó, y le dio un empujón juguetón con el hombro.

—Me alegra escucharlo. —Se inclinó y la besó—. Porque lo vamos a hacer más seguido.

Volvió a moverse para prolongar el beso, pero Kagome se separó entre sonrisas.

—Pero no ahora, porque tengo que llegar a clases.

—¿Trajiste ropa contigo? Si necesitas algo puedo salir a comprarlo.

—Traje el uniforme y un cambio. —Le dio una mirada al reloj junto a la cama—. ¿Crees que puedas llevarme?

—Seguro. —Se inclinó y la besó una última vez—. Me daré una ducha rápida y salimos.

Cuando se levantó ella lo sostuvo de la mano, deteniéndolo. Volteó a verla y la encontró sonrojada hasta el cuello.

Se aclaró la garganta antes de decir:

—Tengo tiempo para otra ducha...

Inuyasha ladeó una sonrisa.


—¿Regresarás a casa hoy?

—No... no sé.

Se abrazó a sí misma en el asiento del copiloto, viendo los edificios moverse rápido fuera de la ventana. Había estado tan feliz y en su propio mundo hasta entonces que el problema con su madre quedó en segundo plano.

No quería lidiar con eso ahora; para ser sincera, no quería lidiar con eso nunca.

—¿Crees que tu mamá venga por ti a la escuela?

—No.

Si algo hacía Naomi Higurashi al equivocarse era evitar afrontar el problema hasta que desapareciera por sí solo.

Kagome pensaba que eso estaba bien por ahora. Cualquier conversación que tuvieran en ese momento terminaría en ella diciéndole algo a su madre de lo que seguramente se arrepentiría más adelante.

—Le preguntaré a Sango si puedo pasar unos días en su casa.

—Quédate conmigo.

Kagome negó con la cabeza.

—Tu padre no estará feliz con eso.

—Hice un trato con él. —Ella giró el rostro para ponerle mas atención—. Iba a regresar al departamento dentro de poco. No creo que le importe si nos quedamos allí antes.

Kagome no dejó que la emoción de esa noticia la distrajera.

—¿Qué clase de trato?

Inuyasha le dio un vistazo rápido antes de regresar los ojos a la carretera. Ya estaban por llegar.

—Quería decírtelo antes —empezó. La estaba poniendo nerviosa—. Es acerca la escuela.

—¿Es sobre el reingreso? ¿Te lo han negado?

—No, no. Si voy a reingresar después del verano.

—Oh... ¿Entonces?

En ese momento él paró el auto frente al instituto, en la entrada principal. Las clases ya habían dado inicio porque no habían estudiantes alrededor.

—Voy a reingresar a mi antigua escuela.

Las palabras quedaron en el aire, poniendo el ambiente tenso. Kagome se echó para atrás, reposando la espalda del asiento. Aquello la había tomado tan por sorpresa que no estaba segura de cómo reaccionar.

—¿Tu... antiguo instituto? —preguntó. Esperó hasta que él asintió—. ¿En el que estabas al mudarte con tu padre?

¿En el que conoció a Kikyō?

—Si.

—Pero... ¿por qué?

Inuyasha exhaló. Echó la cabeza para atrás y se mesó el pelo.

—Al parecer la educación tiene más valor dependiendo de cuánto pagues por recibirla.

Kagome trataba de no verse consternada pero no lo estaba logrando. Solo podía pensar en los horribles recuerdos que debía tener Inuyasha de ese lugar.

—Pensé que... bueno, después de todo lo que pasó...

—Tampoco quiero regresar. Pero Tōga aceptó firmar mi emancipación y pasar el departamento a mi nombre sí lo hacía. Tendría que trabajar el doble para costear los gastos pero eso es lo de menos.

—¿Emancipación? ¿Por qué? Pero... —Kagome se sostuvo la cabeza con las manos—. Espera, es demasiada información al mismo tiempo.

Inuyasha se estiró hacia ella en el asiento. Le tomó las manos y las bajó hacia su regazo, sosteniéndolas entre las de él. La miró directamente a los ojos cuando dijo:

—Quiero que vengas a vivir conmigo.

Kagome se congeló en su sitio.

—No tiene que ser ahora —siguió—, y es totalmente tu decisión. Pero si quiero cuidarte y pasar el resto de mi vida contigo... ¿por qué no empezar ahora?

Lo había estado pensando desde el día en que le confesó sobre su pasado. Desde que la tuvo en brazos, rota, y no hubo nada que pudiera hacer por sanarla. Lo destrozaba no haber estado allí para ella; que nadie hubiera estado allí para cuidar de ella.

Ese día decidió que, mientras él estuviera con vida, la protegería.

No iba a permitir que nada ni nadie volviera a dañarla.

—¿Qué dices?

Kagome estaba tan en silencio que, por un momento, creyó haberla espantado. Tenía los labios separados, los ojos bien abiertos, y apenas respiraba.

Quizá se había adelantado. Quizá esa no era la clase de compromiso que ella estaba buscando.

Mierda.

—Hey, no tienes que responder ahora. Yo solo...

Ella se lanzó a sus brazos tan rápido que no tuvo tiempo de sostenerla. Saltó hasta su asiento, presionándolo contra la puerta y abrazándolo fuerte por el cuello.

—Sí. Sí. Claro que quiero vivir contigo.

Le tomó unos segundos a Inuyasha reaccionar a sus palabras. No fue hasta que la escuchó reír contenta que la abrazó fuerte de regreso.

—Te amo.

Una sensación cálida le llenó el pecho, haciéndolo reír también. Se dio cuenta que nunca se había sentido así: tan completa e irrevocablemente feliz.

Y todo era por ella.

El mundo entero se podía ir a la mierda siempre que la tuviera a ella.

—También te amo, cielo.


—Quita esa cara.

—¿Qué cara?

—De absoluta felicidad. Me das asco.

Kagome soltó una risita, llevándose los palillos a la boca.

—Ni siquiera comiendo puedes dejar de sonreír —siguió Ayame—. Es por Inuyasha, ¿no es así?

—No sé de qué hablas.

—Oh, no te hagas. Kōga me cuenta todo, y te vi salir de su auto esta mañana desde la ventana. —Se estiró sobre la mesa para verla más de cerca. Fingió olfatear algo en el aire y buscar algo en sus ojos—. Se acostaron.

Kagome aspiró entre un bocado, ahogándose con la comida y empezando a toser fuertemente. Ayame estalló en carcajadas.

—¡Se acostaron! Oh, Dios. Puedo oler sexo a la distancia. Te digo que es un superpoder.

—¡Sh! —siseó Kagome. Miró en derredor para asegurarse que no las oían. La cara estaba que le estallaba de vergüenza—. Baja el tono.

—Cálmate. Es completamente normal, a nadie le importa.

—¿Qué no le importa a nadie? —preguntó Sango, llegando a la mesa con su bandeja de almuerzo.

—Que Kagome se acostara con Inuyasha.

—¿¡Te acostaste con Inuyasha!?

Kagome enterró la cabeza en las palmas.

—¡Quiero detalles!

Queremos detalles.

—¿De qué? —habló Miroku al sentarse.

Kōga llegó con él.

—De nada —se adelantó Ayame, guiñándole un ojo a Kagome—. Cosas de chicas.

—¿Menstruación?

—¿Qué? No. ¿Por qué todos los chicos asumen que eso es de lo único que hablamos en privado?

—Entonces, ¿sexo?

—¿Podemos cambiar el tema? —intervino Kagome.

—¿Qué tienen planeado para el verano?

—Quería llevar a Kohaku al lago una vez que se recupere —dijo Sango—. ¿Podríamos quedarnos todos un par de días?

—¿Acampando? —preguntó Kagome.

—No exactamente. Mi papá tiene una casa en el lago. Suele alquilarla, pero siempre la desocupa para nosotros.

—Cuenta conmigo —se animó Ayame—. Nadar y un bronceado suena increíble.

—Conmigo también —dijo Kagome.

El móvil le sonó dentro de la falda mientras que todos continuaban la conversación. Se lo sacó del bolsillo y para encontrar el nombre de Kōga en la pantalla. Subió el rostro para verlo al otro lado de la mesa y él le hizo una seña de que lo revisara. Ella bajó la mirada y abrió el mensaje.

¿Todo en orden?

—Kōga.

Si... gracias de nuevo.

—Kagome.

¿Me dirás qué pasó con tu madre?

—Kōga.

Volvió a subir el rostro y lo miró a los ojos. Negó suavemente con la cabeza.

¿Por qué?

—Kōga.

Es una tontería.

—Kagome.

No parecía una tontería anoche...

—Kōga.

Kagome movió los dedos sobre las teclas, sin presionarlas.

Quizá debía desahogarse con alguien. Kōga era su mejor amigo, después de todo.

¿Hablamos después de clases? En las gradas.

—Kōga.

De acuerdo.

—Kagome.


Estaba tan callado que Kagome quiso levantarse y salir corriendo.

—¿Abuso? ¿Cómo en...? —no pudo terminar la oración.

Ella asintió una vez.

Kōga se puso de pie, y caminó de allá para acá en las gradas. Tenía una expresión en el rostro que Kagome no terminaba de reconocer.

De la nada pateó los asientos bajo ellos tan fuerte que la hizo saltar en su sitio.

—¡Mierda! Lo siento. ¿Te asusté? Es que... joder.

Se pasó las manos por el pelo y se sentó junto a ella, solo para volver a levantarse al segundo y alejarse unos pasos maldiciendo.

Kagome entonces cayó en cuenta que era la primera vez que veía a Kōga enfadarse de tal manera. Ni siquiera cuando se peleó con Inuyasha parecía haber estado molesto realmente; no como ahora.

—Kag... mierda. Mierda. Perdón. Todas las veces que actué como imbécil a tu alrededor.

—Esta bien, Kōga. De verdad. Estoy bien ahora.

—¿Esta en un centro psiquiátrico dices?

—Si.

—¿Por qué iría tu madre a verlo?

—Quisiera saberlo... —Se encogió de hombros—. Imagino que no puede simplemente abandonarlo.

—Pero si es un pedazo de basura.

—Estuvieron juntos muchos años. No puedes dejar de amar a alguien así como así.

—Claro que puedes. ¿Estás jodiendo? Lo hubiera matado con mis propias manos. —Se detuvo un momento a verla—. Perdón, sé que hablamos de tu madre.

—Tranquilo. Yo también pienso que es imposible de entender. Es por eso que me fui de casa.

Kōga se sentó nuevamente junto a ella. Había dejado un espacio entre ellos esta vez, y Kagome se movió para acortarlo.

—Te lo digo ahora porque estoy bien. No tienes que actuar ni verme diferente.

Él asintió, mirándola a los ojos. Cuando Kagome le sonrió la atrajo en un abrazo, fuerte, y ella le correspondió enseguida. Kōga exhaló fuerte, y temblaba un poco.

—Perdón por hacerte hablar de esto.

—No te preocupes.

Estuvieron abrazados otro rato. Cuando finalmente la dejó ir ambos tenían los ojos enrojecidos, y rieron al verse.

—¿Alguna vez te conté que tengo un hermano?


Caminaba hacia el estacionamiento con el rostro hinchado, pero una sensación de alivio en el pecho que no cambiaría por nada del mundo.

Resulta que decir su verdad no era tan terrible después de todo. Que al final las personas que la querían seguirían estando para ella no importa qué.

De ahora en adelante, no volvería a encerrarse.

—Gracias —le dijo a la persona que sostuvo la puerta por ella al salir.

—De nada.

Reconoció la voz.

Se detuvo y miró por sobre su hombro. La puerta terminaba de cerrarse, y la persona ya no estaba allí.

Había sonado igual a alguien... solo no recordaba a quién.

Una bocina la sacó de sus pensamientos y la hizo regresar la vista al frente. Inuyasha la esperaba, sentado en la ventana del coche mientras que la saludaba por encima de la carrocería.

Kagome se ajustó la mochila al hombro y corrió contenta a encontrarse con su novio.


¡Holis!

Lo siento, no sé por qué he saludado así. Creo que es que ando feliz porque finalmente publiqué este capítulo.

Dios. Últimamente me toma tres años escribir.

Espero que les guste la primera parte porque les juro que puse todo mi empeño en que no fuera tan cursi. Creo que escribí la palabra lengua una vez y casi muero haciéndolo... ugh.

Pensé en solo publicar la parte romántica pero iba a quedar muy corto. Espero que no les moleste que pasaron muchos eventos importantes en un solo capítulo

En fin. Ojalá que lo hayan disfrutado. Les quiero un mundo y nos leemos pronto.

~Rose.