Capítulo 36.
Él no había querido mentirle. Pero en el momento le pareció que era lo que tenía que hacer. La conocía lo suficiente para saber que, si decía la verdad, ella no aceptaría.
Pero necesitaba protegerla. Y había llegado a la conclusión de que la única forma de hacerlo era teniéndola cerca. Así que en ese momento lo decidió: viviría con ella, y pasaría el resto de sus días asegurándose de mantenerla a salvo.
Lo puso más nervioso que ella no respondiera enseguida. Lo hizo pensar que había captado alguna falla en toda esa historia de su emancipación y la desinteresada ayuda por parte de su padre. En especial cuando Tōga había demostrado ser todo menos altruista frente a Kagome.
Pero entonces ella se lanzó a sus brazos, y antes de darse cuenta ya estaban empacando.
─Necesito tu ayuda.
No pudo mirar a su padre a los ojos al decir esas palabras.
Tōga, al otro lado del escritorio, carraspeó.
─¿Has tomado una decisión?
─Si. ─Respiró hondo. Lo siguiente que diría ya le quemaba como ácido en la garganta─. Tenías razón. No puedo ayudar a Kagome si ni siquiera sé qué mierda hacer con mi vida. Necesito hacer un plan para mi futuro... nuestro futuro.
Tōga se quedó en silencio un momento. Inuyasha sabía que estaba tomándose su tiempo para saborear la victoria.
─Me alegra escuchar eso.
Inuyasha finalmente levantó el rostro para encararlo.
─¿Y bien?
─Bueno... no será tan sencillo.
Inuyasha enseguida sintió el mundo venírsele abajo, y un dolor punzante atravesarle el ego. Estaba costándole un mundo controlar el calor que empezaba a quemarle las orejas.
Acababa de avergonzarse frente a su padre para nada.
─Claro. No, tienes razón. ─Arrastró la silla y se puso de pie─. Buena charla.
Tōga le señaló para que volviera a tomar asiento. Inuyasha dudó en hacerlo.
─He dicho que no será sencillo, más no imposible. Tengo que hacer unas llamadas y mover ciertas cosas en mi agenda. Puedo asegurarte un puesto en la firma pero empezarás desde abajo, sueldo mínimo, y eso no implica que no puedan despedirte si no haces bien tu trabajo. Y vas a tener que pasar un examen de admisión para que te acepten en el instituto.
─Entonces... ─Inuyasha se sentó nuevamente─. ¿Es un sí?
Tōga se pellizcó el puente de la nariz y exhaló.
─Es un espero que te tomes esta oportunidad en serio porque será la última ─dijo─. Y deberás disculparte en la oficina por el escándalo del otro día.
Inuyasha hizo una mueca, pero no dijo nada.
Lo haría por Kagome.
─¿Qué hay del departamento?
─Preferiría que te quedaras en una zona más segura, cerca de la escuela y el trabajo.
─Los alquileres son más caros.
─Tengo un departamento desocupado en el centro. Puedo ayudarles con la renta los primeros meses, sí gustas.
─No ─rechazó enseguida─. Puedo costearlo. Está bien. Estaremos bien.
El móvil de su padre empezó a repicar sobre el escritorio. Tōga contestó y tapó el auricular un momento para dirigirse a Inuyasha.
─De acuerdo, entonces. Myōga te ayudará con eso. ─Se puso de pie─. Te espero el lunes en mi oficina... No, a ti no. Hablaba con tu hermano.
Inuyasha lo escuchó continuar la conversación hasta que cerró la puerta al salir, dejándolo solo en el despacho. Fue en ese momento que se permitió dejar el acto y respirar. Apoyó los codos del escritorio y se escondió la cara entre las palmas, ahogando una queja.
¿Qué coño había hecho?
Nunca se imaginó empezando una nueva vida con nada más que tres prendas de ropa dentro de una mochila.
Pero ese día se había sentido más como si llevara mil piedras colgando del hombro, tirándola abajo. Cada una representando sus decisiones pasadas, y todos los problemas que habían provocado. En ese momento se preguntó si iba a poder con las consecuencias de esto, y si acaso estaba haciendo lo correcto.
«Su relación no es más que algo pasajero», había dicho su madre. «No son el uno para el otro».
¿Y si tenía razón?
─¿Lista? ─preguntó Inuyasha al entrar a la pieza.
Kagome había asentido a medias, porque de la ansiedad no le salía la voz. Inuyasha había llegado a su lado en pocos pasos. Tan pronto notó la mochila se la quitó de un movimiento, echándosela sobre el hombro; en ese instante, Kagome respiró.
─Vámonos, entonces.
La agarró de la mano al salir de la habitación, y no soltó hasta que llegaron al coche.
En todo el camino Kagome recordaba observar su mochila colgando del hombro de Inuyasha. Vacía de pertenencias, pero llena de culpas y penas; y al final, pensar en eso fue lo que la hizo sonreír. Que con ese pequeño gesto fue como si entendiera que ahora todo eso no era solo suyo, si no de los dos. Que alguien estaba allí para alivianarle el equipaje, para compartir la carga.
Fue como si le dijera: tranquila, que si la vida te pesa, yo la llevo a cuestas.
Y puede que su madre tuviera razón. Puede que no fueran el uno para el otro. Pero él era el uno para ella... y con eso le bastaba.
Lo primero que vio al abrir la puerta no fue el departamento, si no la reacción de Kagome. Cómo sus ojos celestes se agrandaron y sus labios se separaron un poco de la impresión, pero no dijo nada. Los nervios que llevaba encima desde que salieron de casa de su padre estaban por volverlo loco.
─¿Y? ─preguntó, impaciente─. ¿Qué opinas?
Kagome siguió sin enunciar palabra, y volteó a verlo como pidiendo permiso para entrar. Inuyasha le soltó la mano y se apartó para dejarla dar un paso, y luego otro, hasta que estuvo en medio la sala. Cerró la puerta tras sí sin apartar la vista de Kagome, quien giró lento en su sitio hasta finalmente quedar de cara a él.
─Luce... caro ─fue lo que dijo.
─¿Te gusta?
El departamento no era mucho más espacioso que el anterior. A excepción de que la cama no estaba en la sala, sino dentro de una habitación real. Tenía pinta de estar recién remodelado y solo los muebles posiblemente valían más que todas sus pertenencias juntas. Esas diferencias hacían que aquellas cuatro paredes costaran tres veces más de lo que él solía pagar.
─¿Qué ha pasado con el otro piso?
Inuyasha se llevó una mano a la cabeza, mortificado.
─No te gusta, ¿cierto?
─No, no es eso. Digo... ─Miró a su alrededor una última vez─. Es precioso. Es lujoso. Sé que trabajabas mucho antes para vivir solo y ahora que estoy yo de carga...
─¿Carga? ─Caminó hasta ella y la agarró de los hombros─. ¿Quién ha dicho que serás una carga?
Kagome miró para otro lado que no fuera su cara.
─Bueno... nunca he trabajado antes y no sé para qué soy buena ─confesó, apenada─. Si no encuentro empleo pronto toda la responsabilidad de nuestros gastos cae sobre ti y rentar un sitio así es muy caro.
Inuyasha le levantó la barbilla para que lo mirara.
─¿Es el dinero lo que te preocupa? ─Ella asintió. Inuyasha le sonrió más aliviado─. Tonta. Si he sido yo el que te ha pedido que vivas conmigo. Y la paga en la firma es bastante buena.
─Pero cuando empieces la escuela no podrás trabajar tiempo completo.
─Lo resolveré. ─La vio abrir los labios para protestar y se inclinó para callarla con un beso─. ¿Te gusta el departamento, entonces?
Kagome exhaló rendida, y finalmente asintió poniendo una sonrisa ilusionada.
─Me encanta.
Él tiró de ella suavemente para abrazarla. Kagome le correspondió, enlazando las manos en su espalda y hundiendo la nariz en su pecho.
─Me alegro.
─¿Estás seguro de querer aceptar el trabajo con tu padre?
─Es una buena oportunidad.
—No suenas convencido...
—Lo estoy.
Quizá no era lo que hubiera querido hacer con su vida. Pero, honestamente, hasta hace unos meses no tenía idea de qué quería hacer con ella para empezar. No le importaba demasiado lo que le pasara, o las consecuencias de las decisiones que tomaba. Pensaba en el futuro y no era más que una idea abstracta; un camino estrecho que caminaba sin tener idea a dónde lo llevaría — uno que muchas veces consideró abandonar.
Ahora al final de ese camino se encontraba Kagome. Y si tenía que hacer sacrificios para alcanzarla, entonces los haría.
─De acuerdo ─dijo ella. Se separó un poco para mirarlo─. Te apoyaré en lo que decidas.
Él le besó con cariño la frente. La agarró de la mano y depositó allí un juego de llaves.
Kagome alzó el llavero entre ambos. Una mariposa colgaba al costado.
─Bienvenida a casa, cielo.
Tokyo era ruidoso.
No lo supo hasta que despertó sobresaltada por el escándalo de algo que no estaba segura si era la sirena de una ambulancia o patrulla — o a lo mejor eran los bomberos.
Se quedó observando el techo un rato. Blanco, liso, sin la sombra espeluznante del árbol fuera de su ventana. El ruido de la sirena fue perdiéndose a la distancia para darle paso a los vehículos, el zumbido del tren, el agua corriendo por las tuberías, y los tacones de la persona en el piso de arriba.
Le costó un segundo acordarse de dónde estaba, con quién, por qué, y finalmente calmarse.
Giró el rostro hacia un lado, donde Inuyasha descansaba a menos de un brazo de distancia. Dormía plácidamente, sin inmutarse ni un poco. Kagome imaginaba que estaba acostumbrado al barullo. Se preguntaba si era por vivir en el viejo departamento esos años, o si tenía que ver con su infancia. Extendió la mano un poco para acariciarle la mejilla y tan solo rozarlo él abrió los ojos.
—¿Kag...? —murmuró, adormilado.
—Perdón.
Él sostuvo la mano que tenía contra su mejilla antes que ella pudiera quitarla.
—¿No puedes dormir?
—El ruido me ha despertado.
Él bostezó.
—¿Cuál ruido?
Lo dijo tan serio que Kagome soltó una risita.
—Nada. Es que tengo el sueño ligero.
Aunque se preguntaba desde cuándo. Recordaba de pequeña quedarse dormida con los audífonos a todo volumen. Su padre tenía que sacarla a rastras de la cama por las mañanas porque no alcanzaba a escuchar el despertador.
Y después vino el divorcio, la mudanza, y el hombre que le arruinó la infancia. Tenía grabado en la memoria hasta el sonido de sus pisadas.
—¿Te traigo algo? —preguntó Inuyasha, cerrando los ojos.
—No. —Él murmuró algo parecido a un ok—. Aunque agua me vendría bien.
—Ya...
—O leche caliente.
—Uhm.
—Un beso también.
No hubo respuesta. Kagome se aguantó las risas, viendo que se había quedado dormido con la boca entreabierta y aún sin soltarle la mano.
Se acurrucó más hacia él, donde la arropaba el calor que emanaba. Descansó la cabeza cerca de su pecho y se concentró en él; en los latidos de su corazón, en el vaivén de su respiración.
Afuera la ciudad siguió su barullo, y a ella el sueño se la llevó sin que se diera cuenta.
Todo estaba bien. Tan perfectamente bien, que a veces le asustaba.
La suerte y ella nunca estaban de la mano, pero para esos días parecían mejores amigas. Y rogaba porque nunca se acabara. Porque abrir los ojos por la mañana y encontrarse arropada entre los brazos de la persona que amaba tenía que ser cosa de la fortuna finalmente sonriéndole.
─Me estás viendo.
Ugh... su voz era tan sexy en las mañanas.
─No es verdad ─mintió, pero el tinte divertido en su voz la delató─. ¿Cómo sabes? Estabas dormido.
─Puedo sentirte mirándome.
─Ya... que raro eres.
Inuyasha se frotó un párpado mientras que abría el otro, desperezándose.
─¿Yo soy el raro? Tú eres la que me está mirando mientras duermo.
─¿Y cómo se siente que te miren?
Él medio gruñó y rodó en la cama con ella en brazos, aplastándola bajo su peso. Kagome empezó a empujarlo entre risas, pero ni usando toda su fuerza se lo podía quitar de encima.
─Sh... hablas mucho por las mañanas.
─¡Quítate! Me estás aplastando.
─No me pedías que me quitara anoche...
Kagome lo empujó con más fuerza esta vez. La vergüenza le subió desde la planta de los pies hasta la punta del pelo, e Inuyasha lo empeoraba con sus burlas.
─Pero mira lo roja que te has puesto. ─Le rozó la mejilla con los dedos. Ella estaba tan acalorada que los sintió más fríos que el hielo─. Que tierna.
─¡Cállate! ─chilló, retorciéndose─. Eres insoportable.
Él le sonrió de medio lado, del tipo de sonrisas que la hacían perder el aire. Se quedó quieta en lo que él acercaba más el rostro al suyo. Llevaba el pelo tan largo que le caía por los costados, haciéndole cosquillas en la nariz. Kagome le acomodó los mechones tras las orejas con cariño, como él siempre hacía con ella. La sonrisa en los labios de Inuyasha se fue borrando de a poco, y la miraba tan bonito que se estremeció.
─Y tú eres hermosa.
La besó despacio, con gentileza, como si quisiera alargar ese instante tanto como pudiera. Kagome suspiró en sus labios, plena. Le acunó el rostro con las manos para profundizar el contacto y le mordió el labio inferior con coquetería, imitándolo.
La risa ronca de Inuyasha contra su boca era de sus cosas favoritas.
─Aprendes rápido.
─¿Está mal eso?
Él negó con la cabeza, sin dejar de sonreír, y volvió besarla. Esta vez fue menos casto, y sus manos se le escurrieron bajo la playera.
─¿Puedo? ─preguntó antes.
Kagome lo besó en respuesta.
Mantuvo los ojos cerrados cuando él movió la boca por su quijada, hasta su cuello, mientras sus manos alzaban la tela de la playera por encima de sus pechos. Las caricias cesaron por un segundo, y sabía que Inuyasha se había detenido a mirarla. En lugar de sentirse expuesta, la hacía sentir íntima; como si su cuerpo fuera un secreto que solo él tenía permiso de descubrir ─ una obra de arte que solo él podía admirar.
Bajó hasta su oído y susurró:
─Hermosa.
La sostuvo por la cintura, y trazó un camino húmedo desde su vientre hasta el nacimiento de sus pechos. Kagome echó la cabeza hacia atrás, sintiendo sus dedos descender y rozar la tela delgada de su ropa interior.
Y el comienzo del verano se les pasó así: entre caricias, besos y risas.
La mañana que el reloj despertador sonó para avisarle que era hora de ir a trabajar en las oficinas Taisho, la realidad cayó sobre Inuyasha más fuerte de lo que esperaba.
Adaptarse a una vida de lujos y comodidades fue la parte sencilla.
Pero para eso le había vendido su alma al diablo.
Quizá estaba exagerando un poco. Tōga no era tan terrible. A él y a Rin les había dado un techo, comida, vanidades; y ahora le estaba otorgando todo eso nuevamente. Pero Inuyasha igual lo odiaba. Porque todo eso siempre venía con un precio, y porque sabía que solo lo hacía por culpa.
Tōga no lo veía como veía a Sesshōmaru. Su padre no esperaba de él que se graduara con honores, que fuera un abogado de renombre, o se encargara de sus negocios. Como mucho su padre solo rogaba que su hijo menor no le desprestigiara el apellido.
O al menos eso pensaba Inuyasha.
Tōga hubiera estado conforme con que llevara una vida promedio y sin escándalos; esa en la que había planeado estar ausente, aunque haciéndole llegar uno que otro cheque. Pero pasó lo que pasó, y no le quedó más remedio que jugar a ser el padre responsable.
Y aunque seguramente también estaría muerto de no ser por el viejo, Inuyasha se creía incapaz de perdonarlo.
Porque en el fondo, muy en el fondo, lo consideraba el principal culpable.
─Joven Taisho. ─La secretaria se levantó de su puesto como un resorte al verlo llegar─. Que gusto verlo. ¿Cómo puedo ayudarle?
Estaba nerviosa, alisándose arrugas que no tenía en la blusa. A Inuyasha le costó un rato caer en cuenta de que era la misma que semanas antes lo había amenazado con llamar a la policía.
─Tōga me dijo que viniera.
A la mujer le tembló un poco la sonrisa.
─El Señor... Tōga ─pronunció su nombre tan lento y con tal inseguridad que Inuyasha casi se ríe─, estará en corte hoy todo el día. Pero puedo agendarle una nueva cita con él.
─¿Nueva cita?
─Si, deme un segundo. ─Se inclinó para chequear el computador─. Tendría disponibilidad para el... jueves. De la próxima semana.
Inuyasha alzó las cejas.
«Te espero el lunes en mi oficina», había dicho.
Maldito mentiroso.
─¿Disculpe? ─habló nuevamente la mujer, ahora medio pálida.
¿Lo había dicho en voz alta?
─Hina ─llamó Sesshōmaru, emergiendo de uno de los pasillos─, yo me encargo de él.
La mujer se vio tan aliviada de por fin quitárselo de encima que Inuyasha no podía esperar a ver su expresión cuando regresara al día siguiente.
─¿El viejo no pudo tomarse la molestia de recibirme el primer día de trabajo?
Sesshōmaru lo miró, abriéndole la puerta de su oficina al final del corredor.
─El mundo no gira entorno a ti. Lo sabes, ¿verdad?
Inuyasha pasó de largo y se echó en la enorme silla ejecutiva tras el escritorio, las rueditas de la misma arrastrándolo unos centímetros atrás. Volvió a moverse hacia el frente de manera que sus pies alcanzaran a apoyarse sobre la carísima mesa de caoba que se gastaba su hermano y se reclinó en el asiento.
La expresión estóica de Sesshōmaru siguió intacta, pero Inuyasha sabía que en el fondo estaba gritando.
─¿Decías algo? ─lo tentó.
Sesshōmaru cerró la puerta. Inuyasha subió la quijada para encararlo, esperando que se le pusiera al frente. Pero en lugar de eso Sesshōmaru entró con calma, dejó a un lado los documentos que cargaba en mano y siguió hasta que se perdió a sus espaldas. A Inuyasha no le dio tiempo de girarse cuando ya la silla había sido arrancada de debajo de él, tumbándolo. Su cabeza rebotó tan fuerte contra la alfombra que vio luces.
─¡Hijo de...!
Sesshōmaru lo agarró de la tela de la camiseta, forzándolo a levantarse y estampándolo contra la estantería mas cercana; varios objetos cayeron a su alrededor. Inuyasha hizo puño las solapas del traje de su hermano; en un segundo, cien formas de partirle el rostro le cruzaron la cabeza.
─Escúchame porque no te lo voy a repetir ─le siseó en la cara─. No te quiero aquí; honestamente, nadie te quiere aquí. A excepción del imbécil de Tōga, que sigue creyendo en esa mierda de que vas a cambiar. Así que nos harías un favor ahora mismo si te vas y lo decepcionas de una vez, en lugar de hacerme perder el tiempo jugando a ser tu jefe. ─Hizo una pausa, esperando una respuesta. Cuando Inuyasha no abrió la boca siguió─: Ahora, si te quedas, vas a colaborar. No, en realidad, vas a hacer todo lo que yo diga. Falta al trabajo y te despido. Llega tarde y te despido. Enférmate y te despido. Joder, puede estarse muriendo tu novia para lo que me importa e igual te quiero aquí, puntual. Haz lo que se te pegue la gana fuera de estas oficinas, pero aquí respetas nuestro apellido. Nada de alcohol. Nada de peleas. Nada de tu actitud de mierda; es más, no vas a abrir la puta boca a menos que yo te lo diga. ¿Me entiendes?
Inuyasha permaneció callado. Soltó las manos que tenía agarradas a la chaqueta de Sesshōmaru y las bajó. Eso fue suficiente para que su hermano hiciera lo mismo y se apartara, acomodándose la corbata que se le había salido de lugar.
─Bien. Nos esperan en la sala de juntas. ─Se movió hasta el escritorio y volvió a agarrar la carpeta con los documentos─. El grupo Shikon va a invertir en hostelería. Vas a tomar nota.
─¿Creí que venía a aprender leyes?
Sesshōmaru soltó una carcajada, dirigiéndose a la puerta.
─¿Tú? ¿Leyes? Por favor ─se burló, saliendo del despacho.
Inuyasha lo siguió, doblando los ojos. Iba a decir algo, pero se mordió la lengua.
Alcanzaron la puerta de la sala de juntas donde Hina, la mujer de antes, dejaba pasar a un grupo de hombres. La misma sala donde Inuyasha casi le había cruzado la cara a su padre. Solo entonces se fijó que ya no habían signos de sus patadas en la madera.
─Además ─mencionó Sesshōmaru antes de entrar─, recuerdo que eres mejor con los números.
Inuyasha no pudo disimular su cara de sorpresa.
Eso era lo más cercano a un cumplido que había recibido de Sesshōmaru en toda su vida.
Si no fuera porque le ordenó mantener la boca cerrada, a lo mejor le hubiera dado las gracias.
Oh, dulce 2019... no supe valorarte.
Este no es el capítulo más largo del mundo pero quería publicárselos. Y me disculpo si al final me toma 100 capítulos terminar este fic.
Los quiero. Espero que estén bien.
