Esperaba que la mesa de juegos, la lira e incluso el espejo de Nicte volaran hacia él cual proyectiles. Que un círculo púrpura lleno de runas se dibujara bajo sus pies y contara segundos antes de ir a parar a la entrada de la morada, cubierto de sangre. Sin embargo, solo se quedaron quietos uno frente a otro.

-¿Cómo sabes eso?

-Porque los escuché.

Esa declaración fue como un balde de sangre fría. Nada de lo que dijera para negarlo lo salvaría de la ira de Tánatos. ¿Negarlo? Por supuesto que no iba a negarlo (si bien era la solución más fácil), pero todavía podía proveer una mejor explicación.

-Nunca fue mi intensión ocultarte lo que estoy haciendo. Sabes muy bien que mi corazón te pertenece.

-¿Ah, sí? ¿Entonces por qué buscas consuelo en Megera?

Si algo debía de reconocer como un punto a favor para Tan era, definitivamente, su agudeza. No era secreto que su corazón estaba dividido en tres. Ya había conversado con Aquiles al respecto, buscando consejo sobre como afrontar los dilemas de amores. La respuesta fue sencilla: la monogamia está reservada para los mortales. El único dios cuyo amor había sido solo uno en toda su existencia era Hades y su devoción a Perséfone.

-Yo… no busco consuelo en ella.

-Sé que tuvieron algo antes y decidieron retomarlo, solo…

-Nunca te mentí.

Apenas pronunció palabra se arrepintió. Parecía como si Tánatos quisiera abrirse y despejar toda duda de su actuar. Sin embargo, él, en su impetuoso deseo por defenderse, le interrumpió. Ya no había vuelta atrás.

-Es verdad que tengo algo romántico con Megera. No puedo decir qué, ni siquiera yo lo sé.

-Zagreo…

-Y también es verdad que tengo una amistad profunda con Dusa.

-No estamos hablando de Dusa aquí.

Se sentía como una de las sombras recién llegadas confensando sus crímenes ante el mesón de Hades. Parecía como si las frases brotaran solas de sus labios. No sabía por qué Tánatos seguía escuchándolo con tanta paciencia si ni siquiera le dejaba responder.

-Pero quiero que sepas que lo nuestro es diferente. Ustedes tres lo son. No me atrevería a deshonrarlos comparando las relaciones que tengo con cada uno.

Silencio sepulcral. Ahora, por primera vez, estaba ansioso de que Tánatos detuviera su monólogo y le respondiera. Algún sarcasmo, algún regaño, una risa burlona o lo que fuera. Sin embargo, el de cabellos grises evadió su mirada por largo tiempo.

-¿Tan?... ¿Podrías decirme algo?

-…Muchas cosas, la verdad.

Aquí venía. Una ola de argumentos contra su impulsividad, sus acciones apresuradas y falta de reflexión. Cualquier cosa serviría, podrían trabajar en ello juntos.

-Siempre pensé que para estas alturas ya no interpretarías mal mis silencios. He aceptado cada gesto tuyo por acercarte a mí y te advertí lo que sucedería si continuábamos gustándonos.

-Lo sé, y no me arrepiento de una sola gota de ambrosía que compartí contigo.

Ahí estaba, le había mirado a los ojos nuevamente. Ya estaba arreglado todo el asunto. Tánatos siempre había sido distante y reservado, pero solo cuando estaban solos se permitía ser más indulgente y darle en el gusto a pesar de las diferencias de carácter (con la promesa de no revelar nada al resto de la morada de Hades).

Le sonrió suavemente y acercó su mano hacia la mejilla contraria en un intento de caricia para limar asperezas, pero Tánatos alejó su rostro con elegancia.

-Zag, respondeme una pregunta.

-Por supuesto.

-¿Qué quieres que haga yo después de todo esto?

-A... qué te refieres?

-¿Debería olvidar esta conversación y actuar como si esto fuera una tontería?

-No, claro que no, yo no te he pedido que...

-Mira... los sentimientos son poco confiables y muy confusos. Yo no voy a negar lo que siento por ti ¿Y tú?

Los roles se habían invertido. Ahora era él, el príncipe Zagreo, quien se veía acorralado escuchando a Tánatos. No parecía haber una salida fácil de esta conversación y, como siempre, Tánatos era breve y muy preciso en cómo dejarlo perplejo sin saber qué decir.

-Tan, yo...nunca dudaría de...lo que siento por ti es...

Un nudo en la garganta le impedía hablar. Estaba muy nervioso, como si su estómago se invirtiera sobre sí mismo. Él, que ha luchado con gorgonas e hidras ahora tiene problemas para sincerarse ante su amado Tánatos. Tenía sus sentimientos a flor de piel sin ninguna palabra para articularlos y transmitirlos a la muerte en persona.

Por desgracia, esta vez, Tánatos no parecía tener paciencia para escucharle.

-Estoy atrasado con mi trabajo para la morada. El señor Hades puede molestarse. Adiós, Zagreo.

-¡Tan, espera!...

Y así como así sus esperanzas de ser regañado y que este malentendido se desvaneciera tan rápido como llegó desaparecieron en una nube gris. Tánatos se había ido.