DISCLAIMER: LOS PERSONAJES EN SU MAYORÍA PERTENECEN A J. K. ROWLING, ASÍ COMO EL UNIVERSO EN QUE SE DESENVUELVEN.

Nota Traductora: Hola chicas! Aqui estamos! Hace unos días le han tirado café a mi lap, y el teclado murió trágicamente… pero, ya me la están arreglando, por fortuna no se mojó nada más y es reparable. Les comento que en este fic será publicado una vez por semana, los viernes. Ésto debido a que me gustaría que cuando inicie con la traducción de La Subasta, el fic ya esté terminado. Y para ello faltan aprox. 12 capítulos, lo que se traduce en 24 semanas, número exacto de capítulos que tiene Todo lo Incorrecto.

Éste capítulo ha sido beteado por Mary Eagle Med

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Todo lo Incorrecto

Traducción de "All The Wrong Things" de Lovesbitca8

Capítulo 2

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Viernes 5 de junio de 1998

Mi desayuno favorito. Pasteles de calabazas traídas especialmente de un lugar donde es temporada de calabazas. Mis mermeladas y bollos favoritos. Huevos, frijoles, salchichas.

Y todo sabe a ceniza.

Padre lee el periódico con los ojos inmóviles. Madre se levanta para caminar por la habitación con una taza de té y platito en la mano. Miro los pasteles de calabaza en mi plato.

Ayer capturaron a los Nott. Y a los Goyle. Y al padre de Pansy. Probablemente, se llevaron a Pansy para interrogarla, pero sé que no encontrarán Imperdonables al inspeccionar su varita. La pondrán rápidamente en libertad.

—¿A qué están esperando? —susurra madre—. ¿Por qué aún no nos capturan?

—Para comprobar si escaparíamos —responde padre, y da vuelta a la página.

Ojalá lo hubiéramos hecho. Años atrás. Ojalá me hubieran enviado a Durmstrang como padre deseaba.

—Recuerda —dice él—, puedes pedir que un miembro de Wizengamot esté presente en tu interrogatorio. —Él levanta su taza de té—. La Oficina del Aurores debe acatar tu solicitud. Te recomiendo encarecidamente que...

—Gracias, Lucius —interrumpe madre con los ojos fijos en la ventana—. Pero ya recibí suficientes "recomendaciones" tuyas.

Un estallido.

Hix, uno de los elfos jardineros aparece en la habitación.

—Amo Malfoy —chilla con los ojos muy abiertos—. Ellos están aquí.

Padre cierra su periódico. Madre termina su té y toma su servilleta, presionando la tela contra sus labios.

Yo observo mi desayuno y me pregunto si alguna vez volveré a ver tanta comida.

Padre se pone de pie y lo seguimos fuera del comedor rumbo al recibidor. Nos paramos en línea recta, frente a las puertas principales. Siento que padre voltea a verme.

—Sé fuerte, Draco. Esto no durará para siempre.

—No lo sabes —le contesto.

—No tienes que responder ninguna pregunta hasta que un miembro del Wizengamot esté presente. Recuerda eso —dice, acomodándose las mangas—. Si me necesitas, sólo tienes que escribirme...

—¿Qué podría necesitar yo de ti? —le susurro.

Siento sus ojos sobre mí mientras mantengo los míos fijos en las puertas principales. Mi madre me toma de la mano cuando las puertas se abren con un estallido y unos veinte Aurores las atraviesan. Nuestras varitas salen volando de nuestros bolsillos -no mi varita, aún tengo la de mi madre- y un hechizo me alcanza por detrás de las rodillas, así que caigo sobre ellas. Levanto mis manos en el aire, mis padres hacen lo mismo.

Ellos están gritando cosas y yo intento seguir sus instrucciones. Veo que mi padre empieza a negociar. Lo amarran y lo sacan. Después a mi madre; eso es más difícil de presenciar.

Entonces, es mi turno. Un joven Auror, de apenas veinticinco años, me detiene. Creo reconocerlo de Hogwarts. Cuando me pone de pie, su puño se clava en mi estómago tan rápido que ni siquiera sé qué pasó. El aire me abandona y me doblo por la mitad, viendo luces.

Me arrastra hacia él y jala mi cabeza hasta su rostro, tomándome del cabello con su puño y con su agrio aliento directo en mi nariz.

—Feliz cumpleaños, Malfoy.

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Viernes 27 de agosto de 1999 - más tarde

Alguien debió informarle a mi madre que sería puesto en libertad. Debía reunirse conmigo para almorzar antes de que el juicio se reanudara por la tarde. Pero, cuando los guardias me escoltan a un área de espera, ella está allí, sonriendo como boba.

Ella me abraza y siento vergüenza por mi apariencia. Grasosa y descuidada. Me susurra palabras cariñosas y mis ojos se desvían para encontrar a Rita Skeeter también allí.

—¡Oh, pero qué guapo estás Draco! —Sus ojos bailan sobre mí—. Pero primero tendremos que asearte un poco.

Hay una ducha en el pasillo, y mi madre me da jabón y champú. Los que solía usar en casa. Tengo curiosidad por descubrir cómo supo que debía traerlos. Las duchas en los calabozos del Ministerio son más agradables que las de Azkaban, y termino en cinco minutos, aún sin acostumbrarme a la idea de tener tiempo ilimitado. Tiempo que nuevamente me pertenece.

Cuando regreso a la habitación vistiendo una túnica limpia -nueva, comprada sólo para mí-, finalmente le pregunto a Rita qué está haciendo aquí.

—¡Por El Profeta, cariño! —Rita toma mi codo y me lleva a una habitación contigua donde se ha instalado un fotógrafo—. No podíamos verte salir del Ministerio vistiendo esas porquerías de Azkaban. No, necesitaremos tomar algunas fotos aquí y algunas otras saliendo junto a tu madre.

Yo le frunzo el ceño.

—¿Eres mi agente de prensa?

Ella se ríe y me golpea el brazo, y supongo que esa es mi respuesta. Ella seca mi cabello con su varita, y yo la dejo hacerlo, sintiéndome incómodo por tener las manos de alguien sobre mí.

Creo que mi madre ha sido la única persona que me ha tocado en quince meses. Sólo sus abrazos en las visitas mensuales. Y los guardias agarrándome de los codos mientras me conducían hasta allá.

Skeeter me indica que mire a la cámara y la luz me ciega mientras su fotógrafo salta a mi alrededor.

Después de un breve almuerzo, me llevan de vuelta a la sala del tribunal y colocan viales vacíos frente a mi. Me entregan mi varita y apenas soy capaz de reconocerla. Me pregunto si aún me responderá. ¿No le pertenece ahora a Potter?

Mientras se desliza en mi mano, la varita zumba. Al menos me reconoce.

Me paso el resto de la tarde hurgando en mi mente y sacando recuerdos de ella como hierba mala. Tengo que etiquetar cada filamento plateado a medida que van entrando en su vial y explicarle al Wizengamot el significado de cada recuerdo. Tardo horas.

Mi madre está esperando a que termine. Me llevan a Azkaban para limpiar mi celda y, luego, me dejan bajo la custodia de mi madre. Toman fotografías mientras salimos.

Cuando nos vamos, pienso en mi padre, encerrado en algún lugar de este castillo. Si bien mi madre me visitó una vez al mes desde que fue puesta en libertad, nunca me permitieron ver a mi padre mientras estuve recluido en Azkaban. Y, al dejar atrás la fortaleza, espero poder dejarlo atrás también a él.

Madre y yo volvemos a casa. Justo como la dejé. Con la diferencia de que ahora es sólo Mippy quien nos recibe. Y me pregunto qué se supone que debo hacer con todo este espacio. Me pregunto cómo puede soportarlo madre.

Estamos en el vestíbulo, cerca de las chimeneas, y mi madre me pregunta qué me gustaría hacer.

—¿Dormir, supongo?

—¿Tienes hambre?

Estoy a punto de responderle cuando veo que las puertas de la sala de estar están cerradas. Ella sigue mis ojos mientras trago saliva.

—Ya no me gusta mucho esa habitación —dice ella—. Ni el comedor. Ahora prefiero comer en el ala este.

Parpadeo, intentando bloquear la imagen del cuerpo de la profesora Burbage cayendo sobre la mesa del comedor.

—Renovémoslos. Ambos.

Ella asiente y me sonríe. Me deja ir a la cama. Subo la escalera, casi perdiéndome en el camino. Finalmente, encuentro mi habitación, pero sólo después de pasar la habitación contigua. Me muevo rápidamente para evitar mirar su interior.

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Lunes 23 de diciembre de 1991

—¡Y dejaron que él entrara al equipo así como así! —Golpeo mis manos contra la mesa—. Las reglas de Hogwarts dicen que ni siquiera puedes tener una escoba durante el primer año; pero McGonagall le dio una, claramente mostrando favoritismos, padre.

—Sí, Draco, me lo contaste en tus cartas. —Él bebe un sorbo de su té matutino.

—¿Y no está expresamente prohibido en las reglas que un alumno de primer año esté en el equipo? —digo yo—. He estado buscándolo en la biblioteca, pero no encontré la referencia por ninguna parte.

—Creo —dice madre— que los de primer año pueden hacer la prueba, pero sólo pueden hacerla usando una escoba de la escuela. —Ella se acaricia la comisura de los labios con su servilleta.

—¡¿Cómo es eso justo?! Padre, debe haber algo que puedas hacer al respecto, en serio.

—No te preocupes, Draco. El año entrante estarás en el equipo y podrás vencer a Potter sin tener que romper ninguna regla. —Él cambia la página de El Profeta—. ¿Cómo van tus clases? ¿Esperas obtener buenas notas?

—Sí, padre. —Recojo mi tostada—. Soy el mejor en Pociones y muy arriba del promedio en el resto de las clases.

—¿Qué tan arriba? —Sus ojos ahora están fuera del papel, mirándome con interés por primera vez.

—Soy el segundo, creo —le digo, levantando altivamente una ceja como él me enseñó.

—Excelente, Draco, —dice madre.

—¿Y quién es el primero? —pregunta, torciendo la boca.

Yo entrecierro los ojos hacia la mesa, arrugando la servilleta sobre mi regazo. Contesto con un gruñido.

—Hermione Granger.

—¿Granger? —dice madre, mirando a padre con los ojos entrecerrados—. No conozco a los Granger, ¿tú sí?

—¿Está emparentada con Héctor Dagworth-Granger, el pocionista? —pregunta padre.

Yo me burlo y contesto.

—Por Merlín, no. Es una sangre sucia.

—Draco —me dice madre—, no puedes utilizar esa palabra en la escuela.

—Bueno, no estoy en la escuela, ¿verdad? —La miro fijamente.

—Cuida tu tono —dice padre. Yo pongo mala cara y apuñalo los restos de mi desayuno—. ¿Una hija de muggles en primer lugar de su clase? ¿Es una Ravenclaw?

—Es Gryffindor —me burlo—. La mejor amiga de Harry Potter.

—Ah —padre sacude la cabeza—, eso lo explica. Todos en esa maldita escuela se han suavizado con Potter y Dumbledore. Estoy seguro que, en realidad, no ha obtenido mejores calificaciones que tú, Draco. Están inflando sus puntajes.

Miro a mi madre y ella le alza una ceja a padre antes de beber de su taza de té.

—¿De verdad lo crees? —pregunto ávidamente—. ¡Eso es injusto! ¡Ella es tan irritante! Salta de arriba abajo como si tuviera que ir al baño cada vez que algún profesor hace una pregunta. Se la pasa tomando notas constantemente. Su letra es horrible. Y escupe información completamente inútil en todo momento, aunque nadie se la haya pedido. —Levanto mi vaso de jugo, pero tengo otro pensamiento antes de poder beber—. ¡Y ella se la pasa todo el tiempo en mi mesa favorita de la biblioteca! Cada vez que entro, ella está sentada allí, leyendo Historia de Hogwarts o cualquier otro libro mundano, ¡y estoy tan harto de ella!

Cruzo los brazos y frunzo el ceño hacia mi plato. Padre da vuelta a una página del periódico, pero madre está mirándome.

—¿Y cómo luce la señorita Granger? ¿Es bonita? —pregunta ella, llevando a sus labios la taza de té. Mi ceño se profundiza y veo que padre baja las páginas de su periódico para mirarla.

—¡No! ¡Es horrenda! Tiene una enorme melena de horrible cabello castaño, me sorprendería que fuera capaz de ver la mitad del tiempo. Y nunca se ha vestido apropiadamente. ¡Y ni siquiera me hagas hablar de sus dientes...!

—Oh, qué pena por ella —interrumpe madre, alisando el mantel—. Entonces, ¿no tiene ninguna cualidad que la redima? —Madre levanta los ojos hacia mí y siento que padre se remueve a mi lado.

—¡Ni una sola! —me burlo.

—Narcissa —dice padre, y suena como una advertencia, pero no entiendo la causa—, sólo tiene once años.

—¿Y qué? —dice ella—. Yo tenía once años la primera vez que alguien me llamó una "horrenda excusa de Black" en el Gran Comedor.

—Sí, pero yo tenía trece años —dice padre, frunciendo el ceño.

—Sinvergüenza. —Madre le guiña un ojo.

—¿De qué están hablando? —Alterno mi vista de uno al otro—. Madre, eres más bonita que tus dos hermanas combinadas.

—Sí, tu padre lo sabe ahora y también lo sabía entonces. —Madre se acomoda el cabello sobre su hombro, sonriéndole a su esposo. Estoy a punto de vomitar cuando padre habla.

—Draco, ¿has logrado conocer a la señorita Parkinson? ¿O a la chica Greengrass?

Me encojo de hombros, tomando nuevamente mi tenedor.

—Sí, están bien. Son muy estúpidas.

—Qué pena que no todas las chicas puedan ser tan brillantes como Hermione Granger —dice madre. Ella toma un sorbo de su taza de té y me mira.

—Sí, supongo... —mi voz se desvanece mientras le frunzo el ceño a mi desayuno.

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Sábado 28 de agosto de 1999

Despertar en mi propia cama es extraño. No puedo dormir en el colchón la primera noche -demasiado suave, demasiadas almohadas-, así que llevo las sábanas al piso y duermo al lado de mi cama. Mippy me encuentra ahí a la mañana siguiente, causando una gran alboroto.

Tampoco puedo encontrar las escaleras por un largo rato. Ir a desayunar con madre por las mañanas es mentalmente extenuante.

Paso un poco de tiempo volando. Encuentro algunas escobas viejas los primeros días e intento volar un par de horas. Mis músculos se han atrofiado en Azkaban.

Estoy ofendiendo a Mippy con mi falta de apetito. La pequeña cosita está tan emocionada de cocinar para dos que se vuelve completamente loca durante la primera semana. Ella prepara comidas de cinco tiempos para el desayuno, el almuerzo y la cena. Mi madre logra tomar pequeños bocados de cada platillo y agradecer a la elfina, pero yo no puedo comer nada más que sopa y pan. Los dulces y las especias me revuelven el estómago.

Skeeter nos visita el lunes. Mi madre nos instala en la biblioteca, vigilándonos por encima del carrito de té. Ella quiere hablar sobre mi vida social. Yo me río; no tengo ninguna.

—¿Qué hay de Blaise? —pregunta madre—. ¿Ya sabe que fuiste liberado? Podría ponerme en contacto con su madre.

—¿Y arreglar una cita de juegos? —le disparo. Ella me mira fijamente y se vuelve para preparar el té de Skeeter—. Todavía está en Italia.

Skeeter se sienta muy al frente, casi cayéndose de su asiento.

—El verte junto a viejos amigos de Hogwarts -especialmente aquellos que no estuvieron tan involucrados en la Batalla Final, como otros- hará maravillas por ti, querido. —Ella se da golpecitos en la barbilla—. ¿Qué tal la señorita Parkinson?

Veo los ojos de mi madre volverse lentamente hacia mí. Pienso en la montaña de cartas, postales y fotos que Pansy me envió durante el año pasado. Fueron desechadas al salir de mi celda, sin haber sido contestadas.

—No estoy seguro de dónde estamos Pansy y yo.

—Bueno, ¡entonces es mucho mejor descubrirlo! —Skeeter sonríe y su pluma escribe notas flotando por detrás de su cabeza. Frunzo el ceño y miro el objeto fijamente—. Hablando de mujeres hermosas y solteras —dice Skeeter—, ¡¿cuándo podremos verte paseando por la ciudad?! —Ella me analiza con ojos ambiciosos.

—¿Paseando por la ciudad?

—¡Con una chica, querido! —Ella se ríe, y el sonido es desagradable—. ¿Tienes... cuántos? ¿Veinticinco?

—Diecinueve.

—¡Mejor aún! —Sus ojos brillan—. ¡El mundo quiere enterarse cómo gasta su tiempo libre el heredero de los Malfoy! Con quién estás saliendo, con cuántas estás teniendo citas. —Ella asiente hacia mí, en confidencia—. Tú, Draco Malfoy, eres una mercancía. Y tenemos que presentarte al mundo como tal.

—Soy un ex mortífago, sin amigos y sin ningún propósito en la vida —le susurro.

—Sólo si te permites serlo. —Ella me guiña un ojo.

Al día siguiente, Skeeter publica un artículo sobre mis actividades. Un hermoso itinerario inventado por la propia Skeeter, que detalla mi vida cotidiana. De hecho, intento seguirlo. Quienquiera que sea el dueño de este horario, suena como un tipo muy interesante.

Ese día, salgo de la Mansión por primera vez. Voy a hacerme un corte de cabello. El horario de Skeeter dice que tomo el almuerzo todos los días donde Florean Fortescue, así que decido ir a comer un sándwich.

Venir hoy al Callejón Diagon es un gran error. Es 31 de agosto, el último día de compras antes de que el Expreso de Hogwarts salga el 1º de septiembre. Las calles están abarrotadas, las tiendas repletas y yo soy demasiado reconocible.

Se me encoge el pecho y no puedo respirar mientras los padres alejan a sus hijos de mí, y un Slytherin de cuarto año intenta saludarme de lejos antes de que sus amigos lo jalen del brazo.

Aparezco en casa. Había sido una misión fallida.

Pero al menos Skeeter publica el miércoles que estuve en el Callejón Diagon ayudando a los jóvenes Slytherins a escoger sus uniformes.

Cuando madre me pide que regrese al Callejón Diagon ese sábado, yo me niego.

—Draco, ese libro ha estado en reserva desde hace una semana. En verdad necesito tenerlo.

—Entonces, recógelo tú. ¿Por qué tengo que ir yo?

—Tengo un dolor de cabeza terrible, Draco —dice ella, presionando los nudillos sobre su frente como una damisela en apuros. Esta debió haber sido mi primera pista—. Además, es Cornerstone. Sé que a Morty le encantaría verte de nuevo. —Ella se da vuelta, su voz flotando hacia mí—. ¿Tal vez podrías pasar un rato ahí, como solías hacer?

Pongo los ojos en blanco y salgo a hacer su diligencia. El Callejón Diagon está considerablemente menos concurrido, pero sigue siendo fin de semana, así que tengo que esquivar a los paseantes casuales y escabullirme entre los excursionistas. Ver nuevamente Cornerstone después de tantos años es como respirar aire fresco. La tienda de la esquina con la puerta en un ángulo extraño.

Por un momento, entro en pánico, preguntándome qué pensará Morty de mí. Pero caigo en cuenta que aún le vende a mi madre, por lo que no debe desdeñar tanto a la familia Malfoy. O, al menos, no a los Malfoy que fueron Black.

Abro la puerta, aliviado de no encontrar una multitud. Aquí nunca ha habido tumultos. Era deleitable observar a la gente y soñar despierto cuando era más joven, fisgoneando desde una cornisa a la que Morty me permitía subir cuando entraban mis compañeros de clase, o cuando quería esconderme porque mis padres venían a recogerme. O esperando a que ella llegara a buscar libros…

Me aclaro la cabeza mientras subo los dos escalones hacia el mostrador, intentando quitarme de la cabeza el recuerdo de contemplarla eligiendo libros.

Y, como un hechizo, ella emerge de los estantes de la derecha. Me detengo, en un solo pie, pues el otro se quedó a medio paso. Ella revolotea camino al mostrador, y mis ojos se abren cuando se coloca tras él, sacando de repente los recibos de un cajón, como si trabajara aquí. Como si el lugar fuera suyo.

—Pensé que trabajabas en el Ministerio.

Ella voltea. Sus ojos se ensanchan al verme, y veo su aliento quedarse atascado en su garganta.

Aterrorizada. De mí.

Arrugo la frente. Sus ojos vagan sobre mí y me siento cálido mientras me examina. Levanto una ceja, esperando su respuesta.

—No —dice ella—. Digo... Es decir, sí. Así es, pero no los fines de semana. —Ella me mira fijamente—. Los fines de semana trabajo aquí.

Su voz es tensa, sorprendida y cauta. Sus ojos brillan y su respiración es superficial. Yo miro hacia otro lado antes de empezar a concentrarme en la forma en que su pecho asciende y desciende.

—Obviamente —intento, condescendiente—. ¿Pero por qué?

Ella abre la boca para responder y no emite ningún sonido. Su lengua es rosa. Sus ojos bailan sobre mi rostro y quiero que me frunza el ceño. Quiero que me llame mortífago y me diga que me largue. Quiero que actúe como siempre.

Entonces, de pronto contesta.

—Es una librería. Yo amo los libros.

Siento que el aire sale de mis pulmones antes de poder decidir si se trata de una carcajada, una burla o una risa ahogada.

—Lo recuerdo. —Aparto mis ojos de ella, tratando de quitarle importancia—. Vengo a recoger un libro.

Ella salta. Como si estuviera sorprendida.

—¡Sí, por supuesto! —El sonido es brusco y me saca del trance en el que me tiene—. ¿Lo dejaste reservado?

La veo dirigirse inmediatamente a la letra "M" y le digo:

—Está a nombre de Black. —Ella me mira rápidamente y un sentimiento de vergüenza me invade, ese que asocio con Malfoy—. Es un pedido de mi madre.

La veo calcular esa información. Luego saca el libro y le sonríe. Ella comienza a hablar algo sobre duendes, pero yo observo sus dientes, sus labios y la luz en sus ojos. Y siento celos del libro que sostiene entre sus manos, el libro al que le sonríe. Me siento mareado y justo antes de que ella me mire, con el fantasma de su sonrisa en sus mejillas, recuerdo que me he olvidado de algo. Una barricada. Proyecto un muro, precipitado, de piedras grises. Algo que debí haber tenido en su lugar desde el momento en que ella emergió de los estantes. Sus ojos caen sobre mí y yo estoy escondido detrás de las piedras.

—Tu madre tiene un gusto excelente en los libros.

—Me aseguraré de hacérselo saber. —Siento que mi rostro se relaja.

Ella me extiende la bolsa y hemos terminado. El negocio ha concluido. Pero quiero quedarme.

—¿Por qué Cornerstone? —Tomo la bolsa.

Ella abre la boca de nuevo y no sale ningún sonido. Y yo me deleito de haberla dejado sin palabras por segunda vez en el día.

—Creo que es porque se encuentra en la esquina del Callejón Diagon y el Callejón Hor...

—Ya sé por qué se llama Cornerstone —la interrumpo. ¿Se habrá golpeado la cabeza?—. ¿Por qué estás trabajando aquí y no en Flourish y Blotts? Pensé que te habría gustado ayudar a los alumnos de primer año a seleccionar sus libros de texto y comprar su pergamino. Organizar reuniones mensuales del club de fans de Gilderoy Lockheart.

Me está mirando con los ojos muy abiertos, como si acabara de decirle algo maravilloso. Y, por mi vida, juro que no puedo ni recordar de qué estamos hablando.

—Supongo que me gusta más Cornerstone porque está más apartada. Es más difícil ser reconocida aquí. —Ella mira hacia otro lado, sonrojada. Y ni siquiera puedo comprender cómo debe ser para ella ahora que la guerra ha terminado y todo el mundo conoce su nombre. Ahora tiene una idea de cómo ha sido para mí.

—Solía venir aquí durante el verano por la misma razón. —Mis ojos vagan hacia la cornisa en la que Morty me permitía sentarme. Donde podía mirarla...

—Yo nunca te había visto aquí.

La miro y casi parece que ella desearía haberme visto.

—Ese era el punto ¿no?

Ella asiente con la cabeza y supongo que es un adiós. Miro su rostro por última vez, en caso de que no tenga otra oportunidad, e inclino mi cabeza hacia ella.

Qué estúpido. Debería haberle dicho adiós o agitado la mano. Sacudo la cabeza y suspiro al salir, preguntándome si ya habrá desaparecido tras los estantes.

Tomo el lado sur del Callejón Diagon y entro en la oficina de El Profeta. Le pido a la mujer de recepción una copia de cada periódico impreso desde junio del año pasado. A ella se le salen los ojos de sus órbitas y le pido que las hagan llegar a la Mansión Malfoy lo más pronto posible.

Llego a casa y aviento el libro al lado de mi madre, sentada en su sofá de la biblioteca.

—¿Viste a Morty?

—No, él no estaba allí.

—Oh. ¿Y te topaste con alguien interesante?

Me detengo en mi camino hacia la puerta, girándome para ver su ceja levantada desde este lado de su libro.

—Hermione Granger trabaja allí —le digo, mirándola.

—¿Ah, sí? —Ella está inmóvil. Una excelente pantomima de sí misma.

—Pero tú ya sabías eso.

Ella baja el libro y parpadea inocentemente.

—¿Lo sabía?

Yo sacudo la cabeza y subo las escaleras. Mippy aparece una hora más tarde, cargando consigo los ejemplares de El Profeta de junio de 1998. Le digo que llegarán más y ella lloriquea mientras desaparece.

Comienzo con el 5 de junio de 1998. Hay una breve mención de mi cumpleaños, pero es engullida por la noticia de los arrestos de Nott, Goyle y Parkinson del día anterior. Lo tiro a la basura. Hubo un periódico vespertino ese 5 de junio que detallaba el arresto de la familia Malfoy de esa mañana. Cambio la página, intentando reaclimatarme a la sociedad. Continúo mirando cada día hasta que finalmente, el 12 de junio, una foto de los tres adorna la portada. Ese día, relataron su glorificado viaje de acampada. Una semana después, mi madre había sido puesta en libertad y supongo que le debo un agradecimiento a Potter por eso.

Coloco a un lado el periódico del 12 de junio. Encuentro otra foto del Trío Dorado en la portada de El Profeta del 26 de junio. Recuerdo ese artículo. En él, Weasley contaba que quería ser una estrella de quidditch, como la sanguijuela que es, y Potter decía que comenzaría a trabajar para el Ministerio.

Ella quería volver a Hogwarts. Justo como había sospechado que haría, pero igual me sentí frustrado. El mismo pensamiento que tuve cuando leí este artículo en Azkaban aquella vez vuelve a asaltarme: ¿cómo podría volver a ese lugar después de todo?, ¿por qué no querría seguir adelante? Ella no necesitaba sus ÉXTASIS ni cursar el último año. No existe una persona en el mundo mágico capaz de negarle algo.

Arrojo el periódico encima del otro. Me concentro en el resto de junio, encontrando cosas que ahora me resultan interesantes, como la jubilación de Cuthbert Mockridge. Hace un año, sólo le había echado un vistazo a su artículo mientras recorría las páginas, en busca de alguna mención sobre la fecha de mi juicio. Ahora, me causa gracia lo optimista que fui.

Termino con los periódicos de junio de 1998. Con mi varita, lanzo un hechizo de corte en los periódicos que separé a mi lado y, antes de darme cuenta, ya he cortados los artículos.

Voy a mi armario, a la cajonera en la parte de atrás, y me agacho para abrir el cajón inferior. Lo encuentro tal como lo dejé. Una caja de zapatos y un juego extra de sábanas. Levanto la parte superior de la caja de zapatos y encuentro el rostro de ella mirándome desde los recortes del Profeta de hace años. En la parte superior, está el artículo que escribió Skeeter sobre su relación con Krum y Potter al mismo tiempo, cuando estábamos en cuarto año. No recuerdo por qué tenía ese artículo hasta arriba. Ella está abrazando a Potter en la tienda de los campeones y voltea cuando la cámara los atrapa, con los ojos muy abiertos y asustados. Iguales a los de la semana pasada en mi juicio.

Coloco los nuevos recortes de periódico de junio dentro de la caja, cierro la tapa, cierro el cajón de la cómoda y apago la luz del armario.

Mippy aparece con los ejemplares de julio.

Y yo no duermo.

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*BLOOPERS DE EDICIÓN*

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*Línea original del fic*

Qué pena que no todas las chicas puedan ser tan brillantes como Hermione Granger dice madre. Ella toma un sorbo de su taza de té y me mira.

MEM: Shippeándolos desde el día uno xd

IG: jajajajaja Creo que es la fundadora del Dramione!.

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*Línea original del fic*

Hermione Granger trabaja allí —le digo, mirándola.

¿Ah, sí? —Ella está inmóvil. Una excelente pantomima de sí misma.

Pero tú ya sabías eso.

MEM: JAJAJAJA, la conoce tan bien. Pero no tanto para haberlo previsto antes.

IG: Es porque viene tarugo de Azkaban jajaja

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*Línea original del fic*

Me está mirando con los ojos muy abiertos, como si acabara de decirle algo maravilloso. Y, por mi vida, juro que no puedo ni recordar de qué estamos hablando.

MEM: Ya tiren de una vez, plz.