DISCLAIMER: LOS PERSONAJES EN SU MAYORÍA PERTENECEN A J. K. ROWLING, ASÍ COMO EL UNIVERSO EN QUE SE DESENVUELVEN.

Nota Traductora: Hola chicas! la vez pasada me equivoqué y les dije que actualizaba los lunes… perdón, ya no sé ni en qué día vivo jajaja Estoy editando y publicando una de mis historias, Onírica, y esa es la que publico los lunes… sepan disculpar jejeje

Gracias por el apoyo, en verdad. Sé que no lo digo mucho, pero sus reviews hacen Toda la diferencia del mundo. A las que siguen dejándolos, muchísimas gracias, de todo corazón.

Nos vemos el próximo viernes =)

Éste capítulo ha sido beteado por Mary Eagle Med ¡Feliz cumpleaños María!

Nota Autora: Una advertencia para este capítulo y para muchos capítulos futuros: referencias a No/Con, tortura y cosas "Subast-osas" aquí…

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Todo lo Incorrecto

Traducción de "All The Wrong Things" de Lovesbitca8

Capítulo 6

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Jueves 1 de febrero de 1996

Severus me ha estado mirando fijamente durante quince minutos.

Sé que es una prueba. Sé que probablemente esté leyéndome en este preciso momento.

Pero, maldición, cómo me aburro.

He estado yendo a su oficina dos veces por semana durante el último mes. He estado meditando y despejando mi mente tres veces al día de acuerdo a sus instrucciones. Hemos construido muros, literalmente muros. La semana pasada, cuando llegué, encontré ladrillos y mortero esperándome. Dos horas después, había construido un muro de ladrillos de un metro de altura.

Pero no ha vuelto a mencionar el maldito joyero. Todavía se encuentra guardado en el fondo de mi baúl, escondido bajo túnicas de repuesto y pergamino viejo.

No aparto mis ojos de los suyos, pero sí comienzo a redactar mi ensayo de Runas Antiguas. Mentalmente. Diez minutos más tarde, finalmente habla.

—Creo que te refieres al egipcio tardío, no al escandinavo.

Parpadeo por lo que parece la primera vez en media hora. Él levanta una ceja.

—Felicitaciones, Draco —dice—, has fallado en tu primera prueba. —Él se cruza de brazos y se aleja de mí.

Mi boca se abre y se cierra. Y resoplo.

—¿Cómo es que fallé si no sabía que era una prueba en primer lugar?

—¿Crees que el Señor Tenebroso te advertirá antes de que penetre en tu mente? —Él pone una tetera a calentar junto a su escritorio. Mis mejillas se calientan junto a ella.

—Esto es ridículo. —Me pongo de pie, tomando mi mochila—. ¡No me has enseñado nada! Eres una mierda en esto, ¿lo sabes? —Giro sobre mis talones, un movimiento que aprendí de él y camino a zancadas hacia la puerta.

—¿Quieres saber lo que descubrí mientras trabajabas en tu ensayo de Runas Antiguas?

—No. —Estoy a punto de tomar la perilla de la puerta.

—La señorita Granger bebe café, no té. —Esto me detiene, aunque sigo de espaldas a él—. Ella se ríe en silencio más de lo que se ríe en voz alta. —Yo trago saliva—. Le gustan las plumas de azúcar. Y a pesar de que esta revelación me arrastró por el agujero de conejo de tus más oscuras fantasías que en verdad desearía nunca haber conocido…

—Detente.

—…el punto es que tu mente no está tan preparada como piensas que está. La señorita Granger no estará segura mientras sigas siendo un incompetente.

Me giro hacia él.

—¡¿Segura?! ¿Cómo es que yo voy a ponerla en peligro? ¡Ella hace un buen trabajo sola!

Él me examina.

—Él tiene planes para ti, Draco. Deberías saberlo.

Yo parpadeo y finjo no saber de qué habla.

—¿Y…?

—Y tu lealtad será puesta a prueba.

Camino a zancadas de regreso hacia él.

—Yo soy leal al Señor Tenebroso —le siseo.

—Por el bien de la señorita Granger, eso espero.

Lo miro fijamente. La tetera silba. Él se da vuelta y se sirve una taza.

—¿Estás listo para comenzar de nuevo? —pregunta.

El músculo en mi mandíbula se contrae.

—No puedo asimilar la idea de que el Señor Tenebroso pasará horas indagando en mi mente. Tus lecciones no tienen sentido —dije.

—No es una cuestión de tiempo, Draco. Sino de paciencia y entrenamiento. —Toma un sorbo de té y luego deja la taza en su escritorio.

—¿Paciencia y entrenamiento para qué? No me has dicho nada respecto al maldito joyero o a cómo me ayudará todo esto…

Legilimens —susurra.

Un rayo de luz se dirige hacia mí y yo proyecto un muro de ladrillos en respuesta.

Explota en fragmentos, desmoronándose y agrietándose.

Pongo mi mente en blanco, dejando que la ira se desplace. Pero él está empujando más allá de las puertas, abriendo cerraduras y avanzando y, de pronto, veo algo que nunca antes había visto.

Ella está frente a mí en una calle adoquinada. Tengo mi varita apuntando hacia ella, y sus ojos están muy abiertos. Su varita está en el suelo. Hay explosiones a mi alrededor. Yo bajo el brazo, mi corazón late. Ella respira rápido, toma su varita y huye.

Estoy en el salón de baile de la Mansión Malfoy. El Señor Tenebroso está frente a mí, más alto de lo que puedo recordarlo. Y, entonces, noto que estoy reclinado sobre una rodilla, al igual que mi padre.

Dudaste, Draco —me sisea—, te vieron. Dime por qué.

Miro sus ojos rojos y miento. Le digo que no, que ella me venció.

Legilimens —grita, y se sumerge en mis recuerdos. Y ve mis deseos y rompe mis muros, estirándome, buscando la verdad, y él la encuentra.

Ahora estoy de pie, todavía en la Mansión, y los ojos del Señor Tenebroso están fijos nuevamente en el suelo. Hay alguien más a sus pies. Alguien con rizos indomables y ojos muy abiertos. Y ella está gritando. El Señor Tenebroso está riendo, todos ríen, hay una multitud a mi alrededor.

Esto te enseñará, sangre sucia —se ríe Voldemort—. Por seducir a un sangre pura, retorciéndolo hasta hacerlo doblegarse ante ti. —Ella suplica, y luego grita de nuevo cuando un rayo la golpea. Yo miro hacia abajo y es mi varita.

—¡DETENTE!

Y estoy de vuelta en el aula de Snape, de rodillas y sudando. Mi visión se vuelve borrosa y estoy sin aliento.

Lo miro. Él está bebiendo de su taza de té.

—¿Qué fue eso? ¿Qué me hiciste? —jadeo.

—Eso —dice— fue legilimancia avanzada en una mente no entrenada.

Lo miro con odio. Su grasiento cabello se balancea cuando se voltea para dejar su taza de té.

—Esto no es Oclumancia básica, Draco —dice—. Si lo único que quieres aprender es una solución práctica para mentes entrometidas y fastidiosas, entonces tu padre puede ayudarte con eso. —Él me mira. Todavía estoy de rodillas—. Este tipo de Oclumancia es para el momento en que mirarás a los ojos al Señor Tenebroso y le mentirás. —Él me mira mientras parpadeo—. Para el momento en que le digas que no sientes devoción por nadie más que él. Y confía en mí… —dice, inclinando la cabeza—, ese día está más cerca de lo que piensas.

—No siento devoción por ella.

Él me mira y veo lástima en sus ojos.

—Draco, no es a mí a quien debes mentir.

Yo trago saliva y siento que el ácido me quema la garganta mientras trato de evitar que mi cena me abandone. Aún la escucho gritar. Respiro profundamente, quito la pesadilla de mi mente y me levanto. Alzo mis ojos hacia él, y ella está escondida, a salvo detrás de piedra y ladrillos.

—¿Estás listo?

Él se sienta en su escritorio. Yo me siento en una silla frente a él.

Permito que me observe durante las siguientes cuatro horas y media, sin un solo pensamiento cruzando mi mente.

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Sábado 18 de septiembre de 1999 - más tarde

Escucho el chasquido de la cámara cuando salgo. Ni me molesto en levantar la cabeza, Skeeter puede arreglar la foto. Ella puede girarla como siempre hace.

Tomo la red Flú hacia el Caldero Chorreante. Aún no puedo ver a mi madre.

Bebo de un trago un whisky de fuego y me dirijo a una lechucería. Estoy a media redacción de una nota para Katya antes de recordar que no estará disponible por todo el fin de semana. Aprieto la nota en mi puño, con la mandíbula trabada. Barajeo algunos nombres por mi mente. ¿A quién podría tolerar escuchar?

Doblo y sello la nota para Jacqueline cuando me doy cuenta que ella es castaña con ojos inteligentes y grandes dientes, y rompo la carta por la mitad.

Consulto mi reloj. Pasan las 5:00 p.m. Estoy intentando lograr que una chica acepte mi invitación a cenar a las 6:00. 7:00 a más tardar. Una chica que demuestre a los lectores de El Profeta que no tengo un tipo de chica. O un anhelo muerto.

Me froto la frente. Tendrá que hacer Jeannette. Es rubia, francesa, y sé que aceptaría de todo.

Envío la lechuza. Le envío otra a Skeeter y una más para el restaurante Maître d'. Y vuelvo al Caldero a tomar otro trago.

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Domingo 19 de septiembre de 1999

—Oh —dice mi madre, mirándome por encima del papel—. ¿Sabías que hoy es el cumpleaños de la señorita Granger?

Sí. Por supuesto que sí.

Ella continúa.

—¿Tal vez podrías enviarle una tarjeta? ¿O llevarle algo mañana a su trabajo?

—No, madre.

Siento sus ojos sobre mí, pero yo miro mi tostada.

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Lunes 20 de septiembre de 1999

¡HERMIONE GRANGER Y RONALD WEASLEY DE NUEVO ENAMORADOS!

por Rita Skeeter

Miro fijamente la foto de Weasley inclinándose para besarla. Delicadamente. Como si ella fuera a romperse.

Me permito observarlo una vez más, después cierro el periódico. Los ojos de mi madre están sobre mí.

—Estoy bastante sorprendida. Pensé que el señor Weasley estaba fuera del país —dice ella.

Me levanto de la mesa.

—No es tan sorprendente. —La miro y me concentro en liberar toda la tensión en mis hombros. Sé que mis ojos están muertos cuando vuelvo a hablar—. Han estado enamorados por años, ¿sabes?

Salgo de la habitación. Mippy me entrega mi maletín y yo arrojo polvo Flú a la chimenea. Entro en el Atrio del Ministerio y camino hacia los ascensores. Las tres personas que comparten el ascensor conmigo hablan animadamente y yo los bloqueo. No me doy cuenta que todos se dirigen a las salas del tribunal hasta que las puertas del ascensor se abren en el oscuro pasillo. Pongo los ojos en blanco, esperando a que se bajen y entren otras cuatro personas. Subimos y las puertas se abren de nuevo en el Atrio.

Tres personas suben, ella incluida.

Mi pulso no salta. Mis ojos no se dirigen a ella. Mi piel no se eriza.

El ascensor se detiene en cada piso del camino. Ella no me ha visto. Y estoy contando los pisos hasta que ella salga en el cuarto.

Y, de repente...

—¡No estoy comprometida! ¡Dejen de buscar un anillo!

Todo el grupo salta. Ella resopla. Una mujer de azul se sonroja.

En el quinto piso todos bajan, excepto ella y un hombre mayor. Ella levanta la vista, tímidamente. Y sus ojos se abren cuando me encuentra.

—Lo siento —se ríe— ha sido un largo día hasta ahora.

Yo me concentro en la nada que siento.

—Obviamente —le digo.

Ella se sonroja. Y sale en el cuarto piso.

Todavía tiene la audacia de sonrojarse. Un destello de ira se desliza por mis venas.

Se besa con su amorcito de la infancia. Tontea con un compañero de trabajo. Y se sonroja conmigo.

Ella es una provocadora, sí que lo es.

Mis dedos se contraen.

Todavía puedo olerla cuando el elevador asciende.

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Martes 21 de septiembre de 1999

Querido Draco Malfoy,

Tú no me conoces, pero yo te recuerdo. Estudié en Beauxbatons, pero estaba en Hogwarts durante el Torneo de los Tres Magos. Recuerdo haberte visto en el Baile de Navidad y...

Y la carta explota.

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Miércoles 22 de septiembre de 1999

Goldstein piensa que es gracioso.

Ha creado un "formato de postulación" para Lady Malfoy y lo ha pasado como si fuera un memorándum. Me ha amenazado con enviarlo a todo el Ministerio si no puedo soportar el chiste.

Finalmente, Potter tiene que intervenir y pedirle a Goldstein que se detenga antes de que yo explote.

Y entonces me desquito con Potter.

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Jueves 23 de septiembre de 1999

—¿Qué te pasa, Draco? Luces... ausente.

Katya sumerge su lechuga en el aderezo y me levanta una ceja.

La miro.

—Estoy bien.

—No lo estás, pero supongo no tienes por que contarme.

—No, no tengo que. Nuestro acuerdo no se extiende a compartir nuestro bienestar emocional.

Yo apuñalo mi almuerzo. Ella se queda inmóvil.

—Nuestro acuerdo también puede terminar cuando ya no sea de beneficio mutuo —dice en voz baja. Yo trago mi bocado—. El fotógrafo acaba de llegar. ¿Vas a pretender que disfrutas este almuerzo o empezamos a organizar ahora mismo nuestro rompimiento?

Inhalo profundamente, sintiendo el aire circular a través de mis extremidades, aclarando mi cabeza.

Yo la miro a los ojos.

—Lo siento. He tenido una semana infernal.

Le sonrío y ella me devuelve la sonrisa. Escucho el chasquido de una cámara.

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Viernes 22 de agosto de 1997

Su rostro aparece en la portada del Profeta. Y mi interior está gritando.

"NACIDOS DE MUGGLE REQUERIDOS PARA INTERROGATORIO".

Llegaré tarde a reunirme con Crabbe y Goyle. Iremos al Callejón Diagon a comprar útiles escolares, pero su rostro mirándome desde la mesita de noche me detiene. Y su nombre en la parte superior de una lista.

Un silbido agudo a mi izquierda me sorprende. Dejo caer el papel y empiezo a buscar mi monedero, a punto de marcharme.

—¿Quién es esta linda cosita?

Volteo y Rowle está caminando por nuestro recibidor desde el comedor, después de tomar el desayuno que mis elfos le han servido. Toma un periódico de la mesa lateral, como si viviera aquí. Lo cual supongo que es cierto, por ahora.

Dolohov entra detrás de él, y estoy bastante seguro de que si el Señor Tenebroso hubiera estado en la ciudad, él se habría lavado el cabello.

Habían llamado a Lord Voldemort un par de semanas atrás, pues habían localizado a Potter en una cafetería en medio de una misión, sólo para regresar con las manos vacías. Han sido bastante desagradables conmigo desde que el Señor Tenebroso solicitó mi... "ayuda" para castigarlos por su fracaso.

Trato de marcharme sin ser visto, pues suelen escupir su desagrado hacia mí, cuando escucho a Dolohov hablar.

—¡Esa es ella! ¡Es la perra que nos lanzó el obliviate! —Le arrebata el periódico a Rowle.

—¿Ella?

—Sí, es la sangre sucia que siempre está con Potter.

Yo camino hacia la chimenea, listo para largarme.

—¡Ojalá la hubiéramos capturado cuando tuvimos la oportunidad! —dice Rowle—. Ahora tendremos que pagar por poseerla.

La parte de atrás de mi cuello se eriza.

—No tienes suficiente oro para pagar por ella —se ríe Dolohov—. La oferta inicial es de diez mil.

Mi mano se detiene cuando intento alcanzar el polvo Flú.

—Podríamos dividirla a la mitad —dice Rowle—. ¡En más de un sentido!

Yo me giro hacia ellos. Mis ojos están fríos. Mi piel está tensa.

—¿De qué están hablando, par de idiotas? —les digo.

Ellos se giran hacia mí. Dolohov gruñe.

—¿Tienes el hábito de espiar, cachorro?

—Cuando estoy en mi propia casa, sí. —Levanto una ceja.

—¿Qué piensas, Malfoy? —Rowle le quita el papel a Dolohov y de pronto estoy mirando nuevamente su rostro—. ¿Ella es virgen? ¿O crees que Potter se la cogió?

Yo los miro fijamente. Y trago saliva.

—¿Y a ti qué te importa?

—Son 5,000 adicionales si está limpia. —Rowle gira el periódico hacia sí mismo y veo sus ojos bailar sobre su rostro.

—Ella es una sangre sucia —dice Dolohov—, no puede estar tan limpia. ¿Para qué más podrían servir? —Me zumba la piel cuando él me mira—. ¿Tú qué piensas, Draco? —Sus ojos son oscuros—. ¿Estás dentro? Yo diría que con 10,000 cada uno podemos cubrir el costo.

—¿Para qué es el dinero? —Mi voz casi se quiebra.

Rowle me mira.

—Para La Subasta.

Mis venas se congelan, pero mantengo mis ojos inexpresivos.

—Macnair tuvo la idea —continúa Rowle—. Quien sea apresado una vez que Potter y la Orden caigan, será subastado. Sangre sucias, traidores a la sangre, quien quiera que valga algo para cualquiera.

—La intercambiamos cada semana, ¿te parece? —dice Rowle, mirando de nuevo su fotografía. Lo veo reajustarse los pantalones.

Desearía estar de vuelta en la sala de estar, con mi varita apuntándolos, y Voldemort siseándome al oído que los lastime.

—Lo siento, caballeros —les digo—, yo no comparto. —Arrojo el polvo de Flú a la chimenea. Desaparezco entre las llamas verdes, alejándome de sus miradas.

Justo antes de llegar a Borgin y Burkes, escucho un grito.

—¡Ahorra tus sickles, Malfoy!

Me toma un momento cruzar la chimenea y extender una mano para saludar al señor Borgin. Camino por el callejón de Knockturn hacia Crabbe y Goyle. Los saludo. Caminamos.

Mientras me interrogan sobre lo que Voldemort ha planeado para nosotros el próximo año, veo su cabello indomable en el suelo, sacudiéndose. Sólo que no es la maldición Cruciatus con lo que está lidiando.

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Viernes 24 de septiembre de 1999

—¿Malfoy? —su voz tímida—. Mmm, ¿te gustaría que bajemos juntos?

Mis ojos se alzan para encontrar a Potter, dando un paso adelante y uno atrás con cada pie, justo afuera de mi cubículo, como si estuviera a punto de salir corriendo.

Ha ido demasiado lejos, de verdad. Todo este asunto Gryffindor. Bebidas después del trabajo y construir un mundo mejor. Y ahora Potter está aquí, dos días después de acribillarlo por defenderme, aún intentando ser mi amigo.

Siente lástima por mí, el Slytherin sin amigos.

Tengo los ojos fríos cuando digo:

—Debo testificar después del almuerzo.

Sus cejas se levantan. Tartamudea y sale de mi cubículo tambaleándose.

Los Gryffindor son demasiado débiles. Y se sienten cómodos con esa debilidad.

Después del almuerzo -que tomo solo-, me dirijo a los tribunales. Llego media hora antes, pero al menos estoy fuera de esa maldita oficina.

Dejo que mi mirada se desplace hacia las piedras bajo mis pies. Me aclaro la cabeza. Me imagino a Severus, mirándome por encima de su escritorio, buscando puertas abiertas.

Oigo el repique de zapatos procedentes de los ascensores. Levanto la vista para ver un par familiar de horrendos tacones. No puedo descansar ni un momento de estas personas.

—Malfoy. —Ella asiente hacia mí, como si fuéramos cercanos—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Daré información al Wizengamot. ¿Asumo que harás lo mismo?

Ella está aquí para poner a Dolohov en libertad.

Mi mandíbula se tensa. Tengo que apartar la vista de ella, de su estupidez. Levanto las cortinas de mis recuerdos antes de proyectar todos mis antiguos temores frente a mis ojos.

Comprometida con Weasley. Tonteando con O'Connor. Sonrojándose conmigo. Y compadeciéndose de violadores y asesinos.

—Cuéntame, Granger —las palabras escapan de mis labios antes de saber a dónde se dirigen—, ¿es tu prioridad liberar a todos los mortífagos? ¿Es "testificar a favor del acusado" una cita recurrente en tu agenda de los viernes?

Mis ojos están vacíos mientras la miro. Ella parpadea, sus pestañas revolotean contra sus mejillas. Escucho el susurro de "Buenas noches, Draco" y lo aparto justo antes de que ella hable.

—En realidad, estoy testificando en contra del acusado hoy —dice ella. Hay una luz ardiendo en sus ojos, y siento el calor hervir bajo mi piel. Ella levanta una ceja hacia mí, como si estuviera lista para una pelea—. No te preocupes, Malfoy, tú sigues siendo la excepción a la regla.

Mi estómago salta, como el de un adolescente que acaba de escuchar que la chica que le gusta siente lo mismo por él. Pero eso no es lo que ella dijo. Eso no es lo que está pasando aquí.

Tendrás que decidir qué deseas más, Draco…

—La excepción… —susurro, paladeándolo. Soy su excepción...

La imagen de los labios de Weasley sobre los suyos.

Su excepción, y nada más que eso.

este negocio o tu sangre sucia.

Y es como si la última piedra se hubiera colocado, como si algo hubiera encajado en su sitio. Y todo lo que puedo pensar es: Aléjate de mí, Hermione Granger.

—¿Y quién te pidió salvarme, Granger? —Doy un paso hacia ella y me detengo—. Porque yo nunca pedí tu compasión. No necesito ningún defensor. —Le escupo las palabras como si fueran asquerosas.

Hay calor en sus mejillas nuevamente y su respiración es superficial.

—Nunca me ofrecí para ser tu "defensora".

Me acerco a ella y es como arrojarme por un precipicio.

—¿Entonces para qué te estás ofreciendo?

Su cuello se sonroja y sus ojos se dirigen a mi boca antes de balbucear y parpadear. Su pecho se agita, apretándose contra su blusa, y me pregunto si sabrá exactamente lo qué está haciendo tras esa pantomima de Chica Dorada.

—¿Entonces, es una deuda perpetua? —le pregunto.

Ella entrecierra los ojos.

—¿Una deuda perpetua?

—Me salvaste de una cadena perpetua pudriéndome en Azkaban, ¿así que ahora estoy en deuda contigo, Granger? ¿Así es como funciona?

Pero luego veo su confusión y sé que no se trata de una deuda perpetua en lo absoluto. Ella baja la vista hacia sus pies e intenta explicarse, y siento que un escalofrío me recorre cuando me doy cuenta.

No es lástima. No es un regateo. Es la bondad de su corazón, ella está luchando por mí. Ella cree en mí. Y cuando me mira por debajo de sus pestañas mientras habla, me doy cuenta que piensa que yo valgo la pena.

—Si acaso, Malfoy, la deuda está saldada.

Su excepción.

Y siento bilis en mi garganta por lo tonta que es. La bruja más brillante de nuestra generación.

—En verdad creo en lo que dije el día de tu juicio. Si nos hubieras identificado en la Mansión…

La escucho gritar. Oigo la voz de mi padre: débil por ella.

—¡Detente! Deja de glorificar aquella noche.

Ella salta hacia atrás y luego me estudia, como si estuviera esperando a que me disculpe o vuelva a la normalidad.

—Me importaba un higo salvar al mundo o detener al Señor Tenebroso... ¡o a ti y a tus estúpidos amigos si a esas vamos! —Me quito el pelo de la cara y trato de respirar para calmar mi mente.

—Sé que me reconociste —dice ella—. Sé que me viste, que viste a Ron, y fácilmente pudiste haberme…

Ah, sí. Ron.

—¿Entregado a los mortífagos? —termino por ella—. ¿Eso te hubiera gustado, Granger? ¿Hubiera hecho las cosas más claras para tu lógico cerebro?

Ella todavía piensa que hay algo en mí que vale la pena salvar. Es hora de librarla de esa esperanza.

—¿Siquiera sabes lo que son capaces de hacer? —Me acerco de nuevo a ella y la veo chocar contra la pared—. ¿Dolohov? ¿Los mortífagos? —Ella me pone los ojos en blanco y se protege el antebrazo—. No Bella —continúo—. Los verdaderos mortífagos.

Sus ojos brillan hacia mí con curiosidad y es muy tentador evitar ir más allá, tan solo tocar sus rizos y decir "pero yo nunca hubiera permitido que te tocaran"

Pero sólo soy una excepción. Así que, le sonrío como si tuviera un plan.

—Algunos están completamente cuerdos, con mentes lógicas y la habilidad de soñar con un futuro en el que Harry Potter y la Orden fuesen derrotados, y Lord Voldemort reinara. ¿Y qué crees que le pasaría a la gente como tú en ese mundo, Granger?

—Lo entiendo, Malfoy. Todos seríamos torturados. Todos moriríamos. Todos los nacidos muggles conseguirían una marca de sangre sucia a juego con…

—Todos los nacidos muggles, sí. Pero no la "Chica Dorada" de Potter. O su zorra Weasley para el caso.

Hay miedo en sus ojos, y esta vez es real. Sí, esto es lo que se supone que debemos tener entre nosotros. Y la encierro contra la pared, como siempre he deseado, obligándola a mirarme y tomar aire.

Y le cuento sobre La Subasta. Algo que me juré no hacer nunca.

Pero estoy haciendo las cosas mal. Estoy diciendo las líneas incorrectas. Ella sugiere que yo la habría vendido y yo le sigo el juego. Me acusa de planear mantenerla encerrada en las mazmorras de la Mansión Malfoy y yo dejo que lo crea. Ella arroja una cifra y yo la corrijo. Ella tiembla y yo la presiono, buscando información sobre su pureza, rogándole que corra llorando y que nunca vuelva a hablarme otra vez.

Estoy inhalando el aire que ella exhala, nuestras bocas están tan cerca, y no sé cómo llegué hasta aquí, casi encima de ella. Es contrario a las palabras que salen de mis labios y es todo lo incorrecto. Entonces, lo remato.

—Así que, dime, Granger. Tengo curiosidad. Si las cosas hubieran sido diferentes la primavera pasada, ¿hubiera sido 35,000 galeones más rico?

El escozor de su mano contra mi mejilla finalmente me detiene, tan firme como había sido tantos años atrás. Y me pregunto si lo he logrado, si finalmente se rendirá conmigo ahora. Me está mirando con ojos como dagas, pero jadea contra mi boca y creo que me estoy acercando a ella cuando escucho:

—Señor Malfoy. Lo están esperando.

Ella me libera de su hechizo, y yo me alejo. Ella se marcha, casi corriendo.

Qué bien.

Yo ahuyento el calor que siento en un parpadeo.

Dejo que el hombre corpulento tome mi varita. Me echo el cabello hacia atrás y entro en la sala del tribunal intentando aparentar ser alguien reformado. No dejo que mi mirada vague hacia la jaula. Les explico los recuerdos que les proporcioné y les dejo hacer preguntas sobre el temperamento de Dolohov. Dolohov escupe a mis pies y me susurra "cobarde".

—Gracias, señor Malfoy —dice la pelirroja—. Ha sido de mucha utilidad hoy.

Casi me rio. Recupero mi varita. El pasillo de piedra se siente como un cementerio cuando lo atravieso.

Entro al elevador y me recuerdo a mi mismo que fue necesario. No seré la excepción de nadie.

No creo que Severus lo hubiera aprobado.

Cobarde.

El elevador se detiene en el Atrio para que otros se unan y golpeo a todos al salir para dirigirme hacia las chimeneas. Me tiemblan las piernas y hay lamentos susurrando en mis oídos.

Madre está a punto de salir cuando entro a través de la chimenea en nuestro recibidor. Siento que los dedos me pican por romper algo.

—¿Cómo estuvo el juicio hoy?

—Bien.

Paso a su lado, mi corazón me ahoga a medida que avanza por mi garganta. Estoy a punto de ir a mi habitación para destruirla, cuando veo la puerta cerrada al final del recibidor.

—¿Ya han comenzado las renovaciones? —Mi voz es tensa.

—Empezarán el domingo…

Abro las puertas y los fantasmas del pasado aúllan para mi. Puedo escucharla gritar. La sala ha sido despejada. El candelabro ha sido reparado y cuelga del techo, brillando. Y yo lo embisto con mi varita al aire, haciéndolo estrellarse contra el suelo.

Puedo ver a Bella arrastrando el cuchillo sobre su piel pálida y apunto mi varita hacia ese punto del piso. El suelo explota.

Los escombros vuelan y yo veo el asco en su rostro mientras me pide que me detenga, mientras intenta alejarse de mí, y la presiono contra el muro de piedra del pasillo en el Ministerio.

Cobarde.

Las cortinas están en llamas.

Siento su mano contra mi mejilla, suave al principio, como si no deseara nada más en el mundo que tocarme, y luego se convierte en dolor.

Oigo gritos de nuevo cuando el cristal de las ventanas se rompe, estallando hacia los jardines, y los ladrillos de la chimenea, donde estuve parado como una estatua, vuelan como imanes hacia el agujero en el piso. Me duele la garganta y me doy cuenta que he estado gritando. Y que he caído de rodillas.

Prendo fuego a los ladrillos cuando se unen al vórtice ardiente frente a mí y creo que aún puedo ver su sangre manchando las piedras bajo mis rodillas.

He terminado. Estoy respirando lentamente. Escucho un movimiento desde la puerta, donde sé que mi madre se ha quedado a observarlo todo.

—¿Ella está comprometida?

Yo me río. Qué mundano.

Abro los ojos para ver un ladrillo ardiendo con magia frente a mí.

Ladrillos ardientes colocados en línea recta frente a mis pies, unidos con electricidad a medida que van acumulándose.

Respiro profundamente y me levanto. Una pared de ladrillos ardientes construidos alrededor de ella en un círculo, como una de esas torres de cuentos de hadas.

—No importa.

Me giro y salgo, dejando a mi madre en la puerta.