DISCLAIMER: LOS PERSONAJES EN SU MAYORÍA PERTENECEN A J. K. ROWLING, ASÍ COMO EL UNIVERSO EN QUE SE DESENVUELVEN.

Nota Traductora: Hola chicas! Mi compu ya volvió, soy muy feliz… (espero que dure aquí conmigo jajaja) Muchas gracias a todas(os) por el apoyo hasta ahora. Amo traducir esta historia, pero aún más, amo compartirla con ustedes :)

Este capítulo ha sido beteado por Mary Eagle Med

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Todo lo Incorrecto

Traducción de "All The Wrong Things" de Lovesbitca8

Capítulo 9

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Lunes 18 de octubre de 1999

No hay carta de padre. Ni ayer. Ni hoy, por ahora.

Y siento que estoy dentro de una extraña burbuja hasta que llegue. Una burbuja que se puede reventar, sí, pero flotando aún así.

Me paso las manos por el cabello por decimocuarta vez, alborotando los costados. Me rocío un poco más de colonia de lo usual, e inmediatamente me arrepiento, así que tengo que tomar otra ducha.

Después de practicar por última vez mi sonrisa frente al espejo, me dirijo a las chimeneas, tomo el maletín que me extiende Mippy y salgo al Atrio del Ministerio. Mantengo los ojos abiertos, buscándola, pero he llegado más temprano de lo normal y a ella le gusta llegar puntual y quedarse hasta tarde.

Me instalo y me reuno con Robards.

—No puedo decir que yo sé mucho sobre runas. Preferí no tomar esa asignatura —murmura Robards. Yo asiento, mirando hacia el documento que tenemos—. Pero si tú tienes alguna idea —continuó—, me encantaría escucharla. Avísame si necesitas un segundo par de ojos.

Lo miro. Respiro hondo y me hundo hasta el fondo.

—Supongo que otra persona podría ser útil. ¿Crees que exista la posibilidad de que Granger pueda bajar un rato a ayudar?

Robards me mira como si acabara de darle una idea brillante.

—¿Granger? Sí, ¡sí! —Él sonríe ampliamente—. ¡Ustedes dos hacen un gran equipo!

Yo me encojo de hombros

—Ella recibió un Extraordinario en Runas Antiguas. A eso me refería, nada más.

Salgo silbando de la oficina de Robards, ofreciéndole llevar su nota al cuarto piso. La duplico, le entrego el original a Mathilda y me ofrezco a contarle a Granger.

Estoy girando mi varita alrededor de mis dedos cuando me encuentro a O'Connor, y ni siquiera su tonta sonrisa puede desanimarme.

—¡Buenos días, Malfoy!

—Buenos días, O'Connor —le digo—. ¿Ya llegó Granger?

—Todavía no. ¡Pero debería llegar en cualquier momento!

—Excelente. —Me alejo de él en cuanto comienza a preguntarme sobre mi fin de semana.

Su cubículo está ordenado. Algunos archivos con los que trabajó el viernes están sobrepuestos en una pila ordenada. Ella tiene una foto suya con Potter y Weasley del tercer año, y otra de dos personas que deben ser sus padres, tomadas aproximadamente por las mismas fechas.

Escucho su voz llegando desde el ascensor. Me siento en su silla. Me paro. No, no. Mejor me siento.

Saco un documento de la pila para ponerlo en mi regazo. Escucho el golpeteo de sus zapatos, los horrendos que usa para el Ministerio, sin duda. En el último momento, y justo antes de que ella gire en la esquina, yo subo las piernas a su escritorio. Perfecto.

Ella se detiene en la entrada cuando me ve.

Yo le sonrío.

—Hola, novia.

Ella se sonroja. Su aliento la abandona en una carcajada. Y la observo apartar sus ojos de mí.

—Buenos días, Malfoy. —Ella se ocupa con su abrigo y su bolso—. ¿Qué te trae por aquí?

Tus piernas... No, no seas ridículo, Draco.

—Robards.

—¿Oh? ¿Algo más respecto a los huevos de dragón?

Ella se queda allí, inútil. La he descolocado por completo.

Excelente.

—Ah, no. Todo ese asunto quedó arreglado el viernes. El comprador fue capturado y están interrogándolo. —Le sonrío—. Pensé que llegaría a los periódicos, pero al parecer había cosas más importantes que reportar este fin de semana.

Por Merlín, estoy bien. No puedo creer lo sencillo que ha sido sacar a relucir el artículo. Tengo que abstenerme de guiñarle un ojo.

—Claro. Aparentemente. —Me devuelve la sonrisa y siento que mi sangre vibra. Ella se gira hacia sus gabinetes, tratando de prepararse para el día, pero hoy sólo tendrá que trabajar conmigo. Me quedaré aquí sentado y si ella planea trabajar, tendrá que sentarse en mi regazo. Ella continúa—. Le escribí a Skeeter para pedirle que corrigiera algunas de sus descaradas imprecisiones. Pensé que las correcciones aparecerían en El Profeta de hoy, pero espero que las publique esta semana.

Por supuesto, ella ya se quejó con Skeeter.

—¿Imprecisiones? —Yo hago una mueca—. ¿Quieres decir que esas mentas no eran para mí?

Ella levanta una ceja y me golpea el pie con sus documentos. Supongo que podría pararme. La dejo empujarme mientras intenta llegar a su silla, y no me molesto en apartarme por completo de su camino. Sus caderas rozan mis muslos.

Ella me pregunta sobre Robards y le entrego el memo. La observo mientras lo lee. Ella todavía está sonrojada. En el momento en que comprende por completo el memo, veo que sus ojos se abren de ansiedad.

Antes de que ella pueda pensar en discutirlo con Mathilda, le digo:

—Reservé la sala de conferencias arriba para esta tarde, en vista de que el cuarto piso tiene salas y cubículos horriblemente pequeños. —Miró alrededor de su espacio—. Creo que mi cubículo es del doble de tamaño que el tuyo, Granger. Y trabajo aquí temporalmente. —Le levanto una ceja y ella me devuelve la mirada—. Te veo a las una, Granger.

Prácticamente salgo de un solo brinco de su oficina.

Cuando ella llega después del almuerzo, ya tengo todo el caso sobre el escritorio. Me tomo el tiempo para explicar completamente los puntos de interés, entregándole fotografías y notas, inclinándome sobre su hombro para señalarle cosas. Puedo ver un sonrojo en su cuello.

Una vez que se instala, permanecemos en silencio la mayor parte de la tarde. Cuando me aburro o necesito estirarme, alcanzo algo a su lado y la veo sobresaltarse.

Me pregunto si ella habría reaccionado así la semana pasada, antes del artículo. Pero, de nuevo, es una pregunta innecesaria puesto que jamás habría sido tan audaz antes, estirando los brazos por encima de mi cabeza, sonriéndole, invadiendo su espacio personal.

Pero antes... ya había visto su piel teñirse sonrojada, sus ojos observando mi rostro y hombros e incluso ocasionalmente mi cuerpo. La miro ahora. Está encorvada sobre una imagen, descifrando su origen, su lengua se arrastra sobre su labio inferior, concentrándose. Es posible que ella se sienta atraída por mí, por mi aspecto. Lo cual es un excelente sitio para comenzar.

Mi estómago se tensa ante las posibilidades.

Ella siente mis ojos y justo antes de mirarme, tomo la decisión de no apartar la vista.

—¿Encontraste algo interesante? —le pregunto.

—Mmm… todavía no. —Ella parpadea y vuelve a mirar las fotos.

Y se sonroja.

Yo sonrío.

El martes por la mañana, paso por la cafetería y pido un té. Estuve despierto la mayor parte de la noche, frustrado y muy caliente. Cuando llego al frente de la fila, me escucho a míi mismo pidiendo un té y un café. Lo preparo con un chorrito de leche y una cucharada de azúcar, preparo mi té y luego subo las escaleras.

Katie Bell y yo compartimos ascensor en el camino. Ella me cuenta sobre el objeto muggle encantado que encontraron la semana pasada, y veo que sus ojos se posan en la segunda taza en mis manos.

Cuando entro en la sala de conferencias, ella ya está allí. Se sobresalta al verme tan temprano, pero yo solamente pongo su taza frente a ella y comienzo a discutir las teorías que pasaron por mi cabeza anoche cuando no podía dormir por estar pensando en su pecho agitado.

Apenas pasa media hora cuando ella me pregunta cómo sabía que le gustaba el café en lugar del té.

Mi pulso se acelera, cuidado de no revelar nada comprometedor.

—Todo el mundo sabe que prefieres el café, Granger. —Cambio de página, negándome a mirarla—. Has estado derramándolo por años encima de los libros de la biblioteca de Hogwarts.

Un jadeo indignado, y antes de que ella pueda discutir, le digo:

—Sacaba libros después de ti y encontraba las páginas manchadas con restos de café. Prácticamente empapadas.

Sonrío hacia las notas que estoy leyendo. Ella resopla. Y recuerdo la forma en que ella bebía de su taza mientras leía en la mesa del desayuno.

Le compro otro café el miércoles por la mañana, por si acaso, para poder verla sonrojarse nuevamente ante el gesto. Llego primero a la sala de conferencias, así que pongo la taza frente a su silla y comienzo a hojear las notas. Estamos muy cerca de terminar esto.

Hoy estoy usando una túnica vieja. No son mis favoritas, pero mi madre dice que resalta mis ojos, lo que sea que eso signifique. Odio usar colores que no sean gris o negro, pero decido darle una oportunidad.

Tomo un sorbo de mi té y ella entra echa una fiera en la habitación.

—¡Esa perra!

Yo farufullo, intentando conciliar la idea de Granger usando lenguaje soez fuera de la habitación.

—Lo siento —ella me saluda con la mano—, pero ella es malvada.

—Supongo que te refieres a Skeeter.

—Sí. Escribí una nota de seguimiento anoche preguntando el estatus de las correcciones, y la amenacé con escribir mi siguiente nota a su editor. ¡Y hoy por mañana imprime esto!

Me empuja el periódico y yo trato de enfocarme en él en lugar de las manchas rosadas en sus mejillas, o en ese fuego en sus ojos que generalmente es volcado en mí.

En la esquina inferior de la plana, en letra pequeña, Skeeter ha corregido que no "nos besuqueamos" en la librería Cornerstone.

Bueno, está bien.

Miro hacia arriba.

—¿Esperabas más, Granger?

—¡Exijo más! —chilla ella—. ¡Exijo una re-impresión!

Yo le lanzo El Profeta y sonrío. Ya se ha aclarado lo del artículo y la "cita". Parece la oportunidad perfecta para meterme con su cabeza. Le pregunto:

—¿Y qué partes del artículo del domingo te ofendieron tanto, Granger?

Ella me mira como si acabara de ver por primera vez un thestral. Y se sonroja. Yo casi tiemblo.

—Las imprecisiones.

Sonrío hacia mis pulgares, rascando la vieja mesa.

—Creo que Skeeter reportó que te visité en el trabajo, te invité a almorzar con mi madre, y después te acompañé de vuelta. —le digo. Alzo la vista y sus ojos están muy abiertos y hay manchas rosas en su cuello, justo donde mataría por colocar mis labios—. ¿Acaso no fue lo que sucedió?

Ella abre la boca y luego aplasta las palabras que quiere decir.

—Bien, entonces —dice ella—. Fue su interpretación artística de las cosas. "Ojos llenos de lujuria" y exageraciones…

—Ahhh, pero creo que los "ojos llenos de lujuria" eran los míos —interrumpí, enviándole mi sonrisa más petulante—. ¿Estás preocupada por el alcance de El Profeta? Si llego hasta lugares como… digamos, ¿Irlanda? —Estoy desesperado por saber qué piensa ella sobre la reacción de su "prometido" ante todo esto.

Ella me mira fijamente. Luego se recupera.

—No, en realidad no —dice ella, encogiéndose de hombros—. Honestamente estaba más preocupada por tu reputación que por la mía. Pero si a ti no te importa, dejaré el asunto por la paz.

Ella se sienta a la mesa, pretendiendo comenzar a trabajar. Hay superioridad allí, como si ella pensara que ha ganado algo.

—¿Mi reputación?

—Sí. —La observo rascarse la barbilla y concentrarse en el trabajo—. Si yo tuviera una novia para cada día de la semana, estaría apresurándome a remediar las cosas después del artículo.

Mi mandíbula cae. Una novia para cada día de la semana.

Una risa brota de mi pecho, y comienzo a pensar en cuánto me tiene vigilado por medio del periódico. Ella sabe sobre mis citas. Sabe sobre las suposiciones de Skeeter respecto a mi herencia.

Y algo baila en mi pecho ante la idea de que ella puede sentir, aunque sea una pizca, de celos.

—Es muy amable por tu parte el preocuparte por mi vida social, Granger. —le digo—. Pero creo que mi séquito se ha incrementado. —Ella me mira—. Nada impulsa la reputación tanto como tener a la Chica Dorada entre tus brazos.

Le entrego su taza de café y me pongo a trabajar en las runas durante las siguientes seis horas hasta que ella salta y chilla, poniéndome una copia de un viejo texto frente a la nariz, señalando las similitudes con el caso, con los ojos brillando y el pecho agitado con expectación.

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Jueves 21 de octubre de 1999

Trabajar a su lado toda la semana me cegó. Como si mi enfoque estuviera centrado exclusivamente en ella, sus reacciones hacia mí y cómo me hace sentir.

Acabo de llegar a casa cuando recibo una carta de Cuthbert Mockridge, recordándome reunirnos pronto, diciéndome trivialidades sobre mi padre y lo orgulloso que estaría de mí. Y yo desciendo en una espiral de sensaciones que mi cuerpo no había desenredado en años

Mi lengua está seca.

Dejo caer la carta de Mockridge y la veo revolotear en el suelo, con un tic en el ojo.

Orgulloso de mí.

Mis ojos bizquean, y escojo un punto en el suelo para enfocarme, aferrándome a la mesa de entrada para estabilizarme.

Puedo sentir los latidos de mi corazón en los dedos de mis pies. Intento concentrarme en eso.

Inhalo, sintiendo que el aire gira alrededor de mi pecho, y me obligo a exhalar.

Por lo general, me apoyo en un fregadero, con un fantasma de cara granienta silenciándome, mientras intenta acariciar mi espalda y envía escalofríos por mi columna vertebral.

De cualquier modo, siento los escalofríos.

Inhalo.

Hay agua corriendo en mis oídos, y siento como si entrara por una de mis orejas, salpicándome, llenándose hasta el borde, y luego una válvula abréndose para hacerla caer a toda velocidad.

Escucho la risa coqueta de Myrtle.

Inhalo, pero no estoy consiguiendo nada.

¿Pero qué he estado haciendo? Jugando a la casita con Granger. Pretendiendo abrir una compañía sin tener ni la habilidad ni los inversionistas.

Con dinero que no es mío. No aún.

No tengo ningún contrato con padre.

Inhalo.

No tengo ningún documento vinculante que especifique que me dará ese dinero.

Me concentro en mi anillo Slytherin chocando contra el piso de piedra. Supongo que me caí.

Inhalo. Lo escucho arrastrarse por el suelo.

Lo único que tengo es un acuerdo con él sobre gastar los 35,000 con prudencia y alejarme de ella, podré abrir una compañía el 1º de enero.

Una compañía que no sé cómo administrar.

Un sueño.

Inhalo y eso me ahoga.

Huelo el polvo en el piso y me pregunto cómo es que Mippy puede permitir que haya tanta suciedad en la casa de mi padre.

No es mía.

Nada lo es aún.

Empujo aire por la nariz y puedo voltearme sobre mi espalda, mirando el techo de mi padre.

No tengo una técnica para esto. Severus la tiene.

Severus sabe cómo hacerlo. Parado sobre mí, penetrando en mi mente.

Siento la piedra bajo mis costillas, presionándose contra mí. Presionándose hacia mí. Presionándose en mí.

Señor Malfoy, ya puedes respirar.

No puedo.

Mis manos están en mi pecho, arañando mis viejas cicatrices, estoy mirando el techo de una pequeña casa, polvorienta con telarañas y abandono.

Señor Malfoy, ya no hay más tiempo. Él nos espera de vuelta.

Fallé.

La tarea está completa. El director está muerto.

Pero fallé.

Estoy mirando los ojos de Severus, inhalando aire, cerrando la garganta. La voz de Potter gritándome "¡Cobarde!" a nuestras espaldas rebota en las paredes de mi cráneo.

Estás más entrenado que esto. Este comportamiento está por debajo de ti. No puedes pararte frente al Señor Tenebroso sin preparación.

Hay manchas negras salpicando los bordes de mi visión.

Él está muerto.

Draco, encuentra tus muros.

Siento su presencia en mi mente como una serpiente, empujando y viéndolo todo. Viendo el momento en que Dumbledore me ofreció protección.

Draco, él querrá saber por qué no lo hiciste tú. Trabaja más duro. Te he entrenado mejor que esto.

Se desliza a través de mí mente y yo sólo veo sus ojos negros revoloteando. Las lágrimas brotan a ambos lados de mi rostro y se deslizan hacia mis oídos.

¿Sabes lo sencillo que será encontrarla a ella estando tú así?

Y él está avanzando hacia un vestido azul que gira; tazas de café; mi mano en su cadera en la oficina de Umbridge; la fantasía de sus senos rebotando al tiempo que ella me monta, mientras yo me masturbo en mi cama de doseles; plumas de azúcar; ojos grandes; labios rosados besando mi pecho; manos pequeñas enredándose en mi cabello…

Puedo escuchar mi garganta rugiendo al aire.

No…

Detenme. Protégela.

Y, finalmente, aparece un joyero en mi mente. La tapa cae y se cierra.

¡SPLASH!

Agua helada sobre mi cara, quemándome los ojos, ahogando mi boca abierta.

—¡Amo Malfoy!

Estoy de vuelta en la mansión, y Mippy está por encima de mí, aterrorizada, sosteniendo un balde.

—¡Amo Malfoy! ¡Mippy no sabiendo qué hacer!

Estoy tosiendo, sentado, inhalando el aire a bocanadas.

—Usted estando ahí tirado. ¡Usted no escuchándome!

La carta de Mockridge está justo allí, a mi izquierda, flotando en un charco de agua.

Me limpio la cara.

—¿Mippy debe traer a la ama para usted?

—No. —Me pongo de pie con piernas temblorosas—. No, yo... gracias, Mippy. Por favor, no se lo cuentes a mi madre.

Tomo la carta y subo las escaleras hacia mi habitación, dejando a la elfina en el vestíbulo. Conjuro un hechizo para secarme y otro para entibiarme.

No dejo de temblar.

Releo la carta de Mockridge por lo que es: algo positivo. Algo bueno.

Le escribo de vuelta, con la pluma rasgando una caligrafía extraña sobre el pergamino, estableciendo una hora y lugar para reunirnos.

Saco otro pergamino y pienso en cómo preguntarle a padre sobre nuestro trato. ¿Cómo debo disculparme?

No, no debo disculparme. Si me disculpo, entonces hay algo por lo que debo disculparme.

¿Cómo puedo trivializarlo? ¿Cómo puedo sugerir que nuestro trato sigue en pie y obtener su confirmación por escrito?

La tinta se salpica en la página vacía.

Padre no aprecia las cartas. Él valora las acciones.

La pluma se une al pergamino para escribir:

Katya

Cena mañana por la noche. Es importante.

D.M.

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Viernes 22 de octubre de 1999

—¡No tenía idea de que conocías a Hermione Granger tan bien! He deseado llegar a conocerla.

Mi copa de vino se detiene en su viaje a mis labios. Parpadeo.

—Yo no.

Katya me mira fijamente.

—¿Qué quieres decir con "tú no"? —dice ella, riendo—. ¡Pasaste la tarde con ella la semana pasada!

Yo tomo un largo trago de vino.

—Ella es amiga de mi madre. —Me limpio los labios con la servilleta.

Corto mi carne. Mastico agresivamente. Es suave.

Katya está en silencio. Alzo la vista y ella tiene los codos sobre la mesa, los dedos bajo la barbilla. Ella me esta estudiando.

Mierda.

—Estábamos en el mismo año en Hogwarts. Ya sabes eso. —Mi voz es más clara. Más amable.

—Es cierto —dice ella—, pero no sabía que se mantenían en contacto.

Katya toma un largo trago de su copa y me mira.

—Ahora trabajamos juntos en el Ministerio. —Escucho la frase familiar girando fuera de mí. Miro hacia mi plato y continúo picoteando la comida insípida.

—Entonces —canturrea Katya, cambiando de tema—, ¿qué es eso tan "importante" sobre esta cena? Encontré a tu fotógrafo de El Profeta esperándonos afuera.

Yo asiento.

—Me preguntaba si podríamos discutir lo del afecto en público... en relación con nuestro acuerdo.

Sus cejas se alzan.

—Asumo que no estás hablando de tomarme de la mano. —Ella ríe—. ¿Tu vida social todavía no es lo suficientemente "envidiable", Draco? —se burla ella—. Tienes por lo menos dos citas a la semana y sales de paseo en familia con Hermione Granger.

El músculo bajo de mi ojo se contrae, y miro hacia otro lado. Cuando vuelvo a mirarla, ella me está observando. Le explico la razón por la que estoy seguro que podrá entenderme, mejor que nadie.

—Mi padre no está complacido.

Terminamos nuestra comida. Ella ríe. Yo la ayudo a ponerse el abrigo. Ella toma mi mano cuando salimos. Giramos en la esquina hacia el punto de Aparición, y Katya se da vuelta para mirarme.

Estoy intentando recordar la última vez que besé a una chica. Fue Pansy, por supuesto. ¿Pero realmente había sido hace casi tres años?

Deslizo mis dedos por su cabello, y es demasiado suave. Presiono mis labios contra los suyos y son demasiado gruesos.

Escucho el chasquido.

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Sábado 23 de octubre de 1999

—¿Qué crees que estás haciendo?

La voz es firme, ocultando la ira.

Parpadeo para despertar, preguntándome si necesito hechizar mi puerta para evitar que amigos y familiares me despierten a punta de periódicos.

Mi madre está de pie al lado de mi cama, mirándome. Y, por desgracia, sosteniendo El Profeta.

—¿Dormir?

Ella desdobla el periódico y me lo da. Katya y yo aparecemos en la sección de sociedad.

—¿Por qué harías algo como esto? ¿A qué juego crees que estás jugando?

Yo aparto los ojos de la información que Skeeter ha reunido. Miro a los fríos ojos azules de mi madre, sorprendido de tener que explicárselo.

—Al juego de padre.

Ella se burla.

—Te dije que no te preocuparas por tu padre…

—No, me dijiste que inventara mis propias reglas. Y aquí están.

Madre patalea con su pie y me quita el periódico. Ella suele ser más mesurada que esto.

—¿Has pensado en las repercusiones de esto? —me sacude el periódico.

Yo parpadeo.

—¿Te refieres a…?

—¿Cómo crees que esto afectará a Hermione?

La miro fijamente.

—Probablemente, ni un poco. —Me quito las mantas y empiezo a vestirme. Tengo práctica de quidditch al amanecer, y puedo distinguir los primeros rayos de sol a través de mis cortinas.

—Arreglarás esto.

Me aparto de la puerta de mi armario.

—¿Disculpa? —Le levanto una ceja.

Ella se ha vuelto loca.

—Irás a Cornerstone hoy y arreglarás las cosas. —Ella comienza a pasearse—. Tengo reservado un libro que tenía la intención de recoger yo misma, pero tú irás en mi lugar.

—¿Arreglar qué cosas? Madre, no tengo idea de qué estás hablando. —Tomo una camisa de la percha—. ¿Qué demonios te hizo pensar que Granger y yo estamos cortejándonos?

Ella arroja el periódico al suelo.

—Eres un idiota.

Ella sale hecha una furia.

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Sábado 23 de octubre de 1999 - más tarde

La chica Weasley me está mirando de nuevo. Ella pone una mueca burlona cada vez que la atrapo haciéndolo.

Me estresa.

Mañana jugaremos contra el Departamento de Accidentes Mágicos y Calamidades y, aunque no son rivales para nosotros, Potter insiste en probar nuevos ejercicios para prepararnos para el partido contra Transportación Mágica del próximo fin de semana de Halloween.

La chica Weasley sigue enviándome pases cada vez que estoy libre, felicitándome cada vez que anoto, e intentando hablar conmigo en nuestros descansos.

Su cambio de actitud también está afectando a Potter, quien se comporta de manera inusual conmigo.

Siento que hay una broma en la que no estoy involucrado. Y me amarga el humor.

Luego, al terminar la práctica, veo a uno de nuestros golpeadores hojear El Profeta. Él silba.

—Malfoy, tienes un gusto excelente.

Veo la parte superior de la cabeza de Katya desde donde estoy mientras él le pasa el periódico al guardián.

—Es una amiga de la familia —le digo, haciendo una mueca. Querían chisme, ¿no?

—Ojalá mi familia tuviera amigas como ella —dice uno de ellos y el otro se ríe.

—¡Ey! —grita Weasley—. ¡La misoginia no está permitida en los vestidores! —Ella patea a uno de ellos en la espinilla. Y veo que sus ojos aterrizan en El Profeta mientras ellos se ríen. Ella parpadea al ver la foto de Katya junto a mí, viéndola por primera vez.

Tengo que evitar sus ojos mientras ella me observa, mirándome como si yo hubiera dejado a su mejor amiga por una versión suya de segunda categoría, y luego la sacara a pasear por la ciudad. Lo cual, según Skeeter, es exactamente lo que hice.

Me invitan a tomar algo. Yo digo que no. Potter me obliga a ir, incluso a pesar de que la chica Weasley no deja de observarme. Me voy después de un trago, y todos se quejan, rogándome que pase más tiempo con ellos. Todavía estoy confundido cuando aparezco en el Callejón Diagon, sacudiéndome la sensación del abrazo de borracho que me dio Golstein a modo de despedida.

No estoy seguro de que me interese mucho hacer "amigos". Son algo muy volátil.

Estoy acercándome a Cornerstone cuando, de pronto, una pequeña señora de cabello gris salta en mi camino.

—¡Deberías estar avergonzado de ti mismo, Draco Malfoy!

Mis ojos se agrandan mientras tropiezo para no atropellarla en mi camino

—¿Disculpe?

—Hermione Granger te habría convertido en un hombre mucho mejor y, aunque no tengo ni idea de por qué una chica tan brillante como ella se rebajaría a estar contigo, ¡te mereces viruela de dragón en las partes más desagradables de tu cuerpo por romperle el corazón a esa chica!

Ella me empuja y luego se marcha.

Estoy estupefacto, parado sobre los adoquines y decidiendo que no… ¡yo nunca antes había visto a esa mujer en mi vida!

La miro de nuevo. Lleva una bolsa de Cornerstone aferrada a su mano marchita.

Miro al edificio de piedra en la esquina, con la puerta de entrada ligeramente ladeada.

Romperle el corazón a esa chica.

Me acerco a una de las ventanas laterales y la miro. Ella está detrás del mostrador, sonriéndole a un cliente, escribiendo en la libreta contable.

Me sacudo. Esto es ridículo. Ella se ve bien descansada y contenta.

La puerta principal se abre cuando llego a ella, y estoy frente a frente con una niña de nueve años, con coletas y anteojos. Ella jadea cuando me ve. Luego estalla en lágrimas.

—¿Por qué… por qué ha-harías algo así?

La miro fijamente.

—¿Qué hice?

—¡Ustedes eran ta-tan perfectos! —Sus pequeños ojos marrones me miran, vidriosos y de bordeados de rojo.

—¿Qué?

Su padre aparece detrás de ella.

—Lo siento, señor Malfoy. —Él la toma de los hombros—. Ella es una gran admiradora de la señorita Granger. —Él me sonríe a modo de disculpa y la aleja por la calle, su hipo resonando a medida que avanzan.

Quizás besar a Katya fue una forma incorrecta de actuar.

La puerta se cierra frente a mí y miro una vez más. Ella está leyendo un libro detrás del mostrador, sonriendo para sí misma.

Yo ruedo mis hombros. Ella está bien. Su club de admiradores simplemente está exagerando.

Una mujer entra a la tienda, pasando a mi lado en la puerta y me envía una mirada que rivalizaría con la de Ginny Weasley.

Tal vez deba volver más tarde, cuando haya menos espectadores.

Me ocupo en el Callejón Diagon durante las próximas horas. Finalmente, al cuarto para las seis, cuando veo que el último de sus clientes sale por la puerta, respiro hondo y entro.

, ¿qué quieres? —me sisea ella.

Estoy replanteándome el plan. Pero finjo una sonrisa arrogante e intento interpretar mi papel.

—¿Un libro? ¿Venden de esos aquí?

Ella hace una mueca.

—Cerramos en catorce minutos. ¿Tenías que venir justo al final del día?

Llego al mostrador y me reclino lo más casualmente que puedo.

—Bueno, no quería ningún testigo de nuestro tórrido romance, Granger.

Ella mira hacia otro lado, y creo ver sus mejillas tiñéndose de rosa. Le digo que el libro está reservado. Ella se inclina para tomar el libro, y estoy muy agradecido de que no haya nadie más aquí que pueda atraparme comiéndomela con los ojos.

Madre ha elegido otro libro rosado y deslumbrante. Ella levanta una ceja mientras lo pone sobre el mostrador.

Está en silencio mientras abre la libreta de contabilidad. Pienso en la forma cortante en que ella me recibió, en la gente de la calle hoy, e incluso en la reacción de mi madre.

Se supone que debo "arreglar las cosas", según madre.

Estoy a punto de preguntarle algo para evaluar su estado de ánimo cuando ella habla primero.

—Un reportero me preguntó hoy si me dejaste ir fácilmente. —Ella continúa escribiendo en la libreta de contabilidad, con una rápida mirada hacia mí—. ¿Asumo que fuiste visto con una de tus chicas anoche?

Una de mis chicas. La frase me molesta.

—Sí, Katya —le digo. Y no puedo evitarlo—. Aún me faltan seis. Una para cada día de la semana, ¿cierto? —Ella me frunce el ceño, la pluma rasgando profundamente—. Lo que me recuerda —le digo, inclinándome cómodamente sobre el mostrador—, ¿tienes otras cinco copias de esto? —Toco el libro que está registrando.

Ella pone los ojos en blanco y, con la cantidad perfecta de insolencia, dice:

—Sabes, Draco, el hecho de que les regales libros no significa que aprenderán a leer.

La naturalidad con la que canturrea mi nombre. El claro y fuerte disgusto hacia las chicas con las que estoy saliendo.

Puedo sentir el calor en mi sangre, y cuando ella voltea a verme para comprobar el efecto de su broma, yo la presiono aún más, rogándole que juegue conmigo este juego.

—Granger, si extrañas aparecer conmigo en los periódicos, creo que mi chica de los miércoles es un poco tonta. Ese día es todo tuyo.

La pillo desprevenida, pero se recupera con el ceño fruncido.

—Tendré que revisar mi agenda antes de hacértelo saber.

Intenta deshacerse de mí. Ella me entrega el libro en una bolsa de papel.

—¿Me lo envuelves?

Ella produce en un chasquido una bolsa de regalo y papel crepé y me sisea:

—Hazlo tú mismo.

Ella camina a zancadas, toma los libros que necesita volver a guardar, y termina la conversación.

Bueno, mi madre realmente no llamaría "arreglar las cosas" a esto.

Estoy a punto de irme cuando veo la esquina de un periódico asomándose por el cesto de basura tras el mostrador. Y como un imán, me acerco al mostrador para ver la imagen de Katya besándome anoche.

Asumo que fuiste visto con una de tus chicas anoche.

Ella sabía. Y aún así lo trajo a colación.

Siento un tirón familiar en mi pecho. La esperanza de que a ella le importe aunque sea un poco mi vida social.

No puedo irme ahora. Ella tendrá que obligarme a salir. Tengo que saber...

Encuentro el rollo de papel de regalo bajo el mostrador y es así como ella me encuentra: como un cabrón descarado haciendo un desastre en su lugar de trabajo.

—¡Malfoy! ¡No puedes estar aquí!

—¡Dijiste "hazlo tú mismo"! —contestó, sonriendo de lado.

Ella se mueve detrás de mí, llegando a donde tengo el papel de envoltura y resopla. Frunce el ceño hacia el mostrador.

—¿No quieres una bolsa de regalo?

—Bueno, Katya recibió aquel regalo hermosamente envuelto que preparaste la semana pasada, así que no le puedo andar dando al resto de las chicas regalos con envolturas de segunda clase. Es mejor ser equitativo en cosas así.

Ella murmura algo condescendiente sobre mí, pero no puedo escucharla. Me estoy centrando en la forma en que sus labios se aprietan al escuchar el nombre de Katya y su agitación cuando comienza a envolver el libro.

Observo sus dedos mientras se mueven, de nuevo al estilo muggle. Debería alejarme de ella. Estamos muy cerca ahora que ella también está detrás del mostrador, y puedo sentir su calor. Ella tiene que juntar los codos para evitar golpearme mientras trabaja. Pero no me importa.

—¿Cómo va tu proyecto con el dragón?

Ella se detiene y me mira con ojos curiosos.

—Mmm… bien. Envié mi propuesta inicial ayer, así que Mathilda la revisará y hará los ajustes necesarios antes de enviarla a Kingsley… eh, al Ministro Shacklebolt.

Ella está jugando con la cinta cuando le pregunto:

—¿Y ya te has reunido a discutirlo con el Ministro?

Ella me mira de nuevo, como confundida por mi interés.

—¿Mmm, no? Para eso es la propuesta.

¿Cómo podía ser tan inteligente pero a la vez tan boba?

—Eres cercana, una amiga personal del Ministro de Magia. Has peleado una guerra a su lado. Si no eres capaz de llevar al hombre a tomar un té –o café- para discutir un proyecto que te apasiona, ¿entonces dónde está el beneficio?

—Pero qué Slytherin de tu parte. —se burla, y sus palabras me molestan—. Una amistad no puede ser sólo una amistad. ¿Tienes que obtener algo a cambio, cierto, Malfoy?

Me acerco a ella, preguntándome cuánto podría "obtener" de ella mientras digo:

—Y qué Gryffindor de tu parte, empezar algo valientemente, sin tener la más remota idea de cómo conseguir lo que deseas.

La veo respirar superficialmente y mirarme. Estoy mucho más cerca de ella ahora. No he estado así de cerca desde aquella vez del pasillo del Ministerio. Veo sus ojos recorrer mi rostro y pienso en todas las diferentes formas en que mis palabras pueden ser interpretadas. Y quiero empujarla hacia atrás sobre el mostrador, sentir su cuerpo junto al mío y discutir con ella todas las formas en que los dos podemos obtener lo que deseamos.

—¿Todo bien allá abajo? ¡Señor Malfoy! ¡Qué gusto verte de nuevo!

Me alejo de ella y le sonrío a Morty. Me disculpo por retrasarla, pero no salgo del mostrador. Me quedo a su lado mientras ella se apresura a terminar de colocar la cinta de mi regalo, su cuerpo estirándose para ajustarse a mi presencia. Puedo sentir su aliento y puedo oler su cabello.

Ella mete el libro en la bolsa.

—Gracias por comprar en la librería Cornerstone. —Ella me mira furiosa. Y todavía estoy fantaseando con lo que habría pasado entre nosotros si Morty no hubiera interrumpido cuando ella me empuja, rozando sus caderas nuevamente contra mis muslos.

Le deseo buenas noches a Morty y me aparezco en casa.

Madre está en la biblioteca. Yo le arrojo el libro envuelto sobre el sofá.

—¿Por qué sigues envolviéndolos? —me pregunta ella.

Yo me encojo de hombros

—Porque la hace enojar.

Ella me frunce el ceño. Me giro para dirigirme hacia la cocina, para ver que ha quedado para cenar.

—¿Algún mensaje para tu padre?

Me detengo, el calor de la última hora drenándose fuera de mí. Me vuelvo hacia ella.

—¿Padre?

Ella comienza a desenvolver su libro con dedos delicados.

—Su visita de octubre. Iré mañana. —Ella me mira como si todo fuera normal—. ¿Hay algo que quieras que le diga?

Tantas cosas corren por mi cerebro y pienso en pedirle que me permita tomar su lugar. Tengo tantas cosas que finiquitar con él.

—No —le digo—. Dile... dile que le mando saludos, supongo.

Ella me estudia y asiente.

Yo me dirijo a mi habitación, sin hambre.

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Domingo 13 de julio de 1997

No dormí bien anoche.

Pero, claro está, no he dormido en dos semanas. No desde la Torre de Astronomía.

Me bajo de la cama, me pongo ropa adecuada y me dirijo a la sala de estar, ignorando los sonidos de las otras personas en mi casa. Mi madre y yo hemos estado tomando el té por las mañanas en la sala de estar mientras nuestros invitados arrasan la mesa del desayuno. Hay un viento frío y siniestro en los pasillos, una sensación que he aprendido a asociar con la presencia del Señor Tenebroso en nuestra casa.

Me recompongo y me giro en la base de las escaleras, abriendo la puerta de la sala de estar.

Mis pies se detienen cuando veo a mi padre.

Él se vuelve hacia mí. No lo he visto en persona en más de un año. Él está muy delgado, y aún lleva puesta su túnica Azkaban. Debe haber sucedido hace muy poco.

Mi madre se para a su lado, tomándolo de la mano.

—Draco —dice. Su voz también es delgada.

Camino hacia él. Levanto mis brazos para abrazarlo, abrazarlo como si el tiempo no hubiera pasado.

Sus manos me toman de los hombros, deteniéndome, mirándome.

—Lo hiciste bien, hijo.

Hay un músculo temblando en su sien.

—Severus tuvo que intervenir, sí, pero no debieron esperar más de ti —dice. Sus ojos están fijos en mi rostro, como si viera algo que no había visto antes—. Bella me habló de los armarios evanescentes. Muy bien, Draco. —Él presiona una mano fría contra mi mejilla.

Si alguna vez mi padre hubiera sido liberado de Azkaban, lo había imaginado despertándome en la madrugada, con mi madre arrojándome mi capa de viaje y ordenándome que empacara sólo lo que cupiera en una valija. Había imaginado un traslador a Francia, a nuestros viñedos.

—He hablado con Bella sobre tu futuro —dice. Sus ojos continúan analizándome—. Nuestro futuro —dice.

Mi madre se gira hacia las ventanas y la veo contemplar los jardines con los ojos vacíos.

—Necesitarás más entrenamiento, Draco. Más que simple Oclumancia.

Él todavía asume que ha sido Bella quien me enseñó todo lo que sé.

Si alguna vez mi padre hubiera sido liberado, había imaginado un viaje a Italia a su restaurante favorito, bebiendo whisky de quinientos años con él, tal como hicimos en mi decimocuarto cumpleaños.

—Ellos no esperan nada de ti, Draco —me dice—. Así que los impresionarás mucho cuando logres aprender todo de Bella.

—¿Aprender qué? —digo, las primeras palabras que he dicho en esta habitación.

—Magia oscura. Las imperdonables. —Sus dedos están clavándose en mis hombros, y puedo sentir mi piel pálida aceptando las hendiduras que él ocasiona—. Ella comenzará hoy contigo. Primero, te enseñará a resistir la maldición Imperius. Después, a lanzarla. —Él asiente vigorosamente—. Tienes seis semanas antes de volver a la escuela. Los Carrow estarán allí. Si para entonces conoces las maldiciones Cruciatus e Imperius, los impresionarás mucho.

Yo trago saliva.

—¿Y después del Cruciatus y el Imperius?

Mi madre camina hacia la ventana, apretando los dientes.

—Entonces, ella te preparará para la batalla. —Él me sonríe. Sus dientes son amarillos. Sus sienes tiemblan.

Si mi padre alguna vez hubiera vuelto con nosotros, había imaginado que los tres huiríamos de todo esto. No miraríamos hacia atrás mientras Gran Bretaña se destruía a sí misma. Y hubiéramos sido felices.

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N/T: Actualizaciones todos los viernes.

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*BLOOPERS DE EDICIÓN*

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*Línea original del fic*

Lo miro. Respiro hondo y me hundo hasta el fondo.

Supongo que otra persona podría ser útil. ¿Crees que exista la posibilidad de que Granger pueda bajar un rato a ayudar?

MEM: Este Draco no tiene un pelo de tonto. Pero sí muchos de imbécil

IG: Parecieran sinónimos, pero te entiendo perfecto la distinción jajaja

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*Línea original del fic*

Él me sonríe a modo de disculpa y la aleja por la calle, su hipo resonando a medida que avanzan.

Quizás besar a Katya fue una forma incorrecta de actuar.

MEM: AAAAHHHH

IG: Tssssss una de todas tus cosas incorrectas, niño.

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*Línea original del fic*

¿Qué hice?

¡Ustedes eran ta-tan perfectos! Sus pequeños ojos marrones me miran, vidriosos y de bordeados de rojo.

MEM: Lol, otro personaje episódico más que nos representa

IG: siiii, ¡lovesbitca8 se basó en nosotras!

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*Línea original del fic*

Madre está en la biblioteca. Yo le arrojo el libro envuelto sobre el sofá.

¿Por qué sigues envolviéndolos? —me pregunta ella.

MEM: Recuerdo que me morí de risa cuando lo leí por primera vez.

IG: jajaja para pasar unos minutos más con ella… me mata de amor.