No sé que decir.

Capítulo 3

SENECA


Se tenía que ir, definitivamente. Guardó el último lápiz de color y lo único que quedó fue la manzana roja envuelta en una servilleta blanca. Steven la tomó, dio dos pasos hacía el desagüe para marcharse por fin de esa pesadilla; pero no supo por qué se detuvo y volteó a ver al joven que se estremecía en la pared.

-Quieres... ¿la manzana?- Le dijo sin pensar.

El chico despegó su rostro de la pared para ver al niño. Steven se arrepintió casi de inmediato de haber abierto la boca. El chico lo miró un segundo para luego, inconcebiblemente, descomponer su rostro en una mueca de dolor tan terrible que Steven se estremeció; enormes lágrimas salieron del rostro de la capucha que cayeron sin miramientos a la tierra seca, el pelinegro se quedó sin habla, inmediatamente notó como del labio partido del que hacía unos minutos era su agresor caía un leve hilo de saliva mientras decía gangosamente.

-Me va a-a-...a...me va-a... pegar... ¡Me va pegaaar!- Y lloró abiertamente con tal desgarro, que Steven tuvo ganas de llorar también.

La cabeza se le enfrió de pronto, ¿Qué debía hacer? Quería huir, correr, ese no era su problema; quizá aún alcanzaría el autobús. Debía llegar a la escuela cuanto antes.

Pero el, ese niño no dejaba de lamentarse como si se muriera de dolor mientras se estropeaba el rostro con la pared. De su fino rostro, a pesar del labio roto, escurría sin cesar una cantidad de llanto que lo impresionaba, y una línea de saliva caía brillante de su boca abierta en el rictus de dolor.

-A-ah...me va-a pega-a-ar..- Siguió mientras hipaba con violencia.

-¿Qui-quién?- Fue todo lo que salió de la asustada mente de Steven.

-¡Mi papá! ¡Me va a pegar muy duro!- Exclamó para luego pegar un gemido de dolor como un niño pequeño.

-No me...alcanza...pa-ra...sus cigarros. Me va a matar.- La última palabra sonó tan aguda que a Steven le rayó en la desesperación. Sintió que le faltaba el aire, retrocedió dos pasos. Huiría de ese lugar antes de que algo más pasara. Pero no pudo controlar su lengua.

-El... ¿Te rompió el labio?- Steven nunca entendió por qué preguntó en vez de huir. -Pendejo -sedijo.

El chico solo asintió con la cabeza con vehemencia sin dejar de llorar ni de ver a la pared.

De pronto Steven sintió un escozor en la espalda que le caló hasta los huesos; fue como si una colilla de cigarro fuese apagada en su piel con violencia. Volteó a ver y no era nada, volteó al frente y lo vio a él.

El chico tenía el pantalón verde viejo, algo humedecido.

-Se...orinó. –Y se llevó una mano a la boca.

Fueentonces el cerebro de Steven pegó un salto que sería irreversible.

-Mi...mi madre fuma.- En el impacto del momento, se le había ido llamar a Vidalia "madre". –Ella...ella siempre tiene una cajetilla en casa. Puedo irla a buscar.-

El chico se giró para verle. Se le notaba muy confundido, su respiración lo ahogaba.

-No seas...mentiroso- Dijo el ladronzuelo con dificultad.- Una vez que salgas de aquí... no vas a-a volver-

Steven se quitó la mochila y la dejó en el suelo. -Regresaré por mi mochila, voy por la cajetilla, pero, tienes que prometerme que no me molestas más.-

El chico solo asintió con la cabeza mientras hipaba. Steven se acercó a él y le puso algo en las manos.

-Cómete la manzana.- Sonrió levemente y salió a todo lo que daban sus cortas piernas por el desagüe dejando a un chico conmocionado.

Con mucha dificultad, Steven trepó para alcanzar la calle. Se encaminó con velocidad a su casa.

Vidalia nunca estaba desde que salía temprano hasta como las 4 de la tarde. Sabía que no encontraría a nadie. Sin embargo en todo el trayecto de su mente no se quitaba que Vidalia lo iba a castigar o peor, golpear, cuando no encontrara la cajetilla.

Pero eso era algo que ya vería después. Además, si todo esto servía para sacarse al bravucón de encima, era un buen negocio.

Llegó al portón de su casa donde entró volado, abrió la puerta con una llave que sabía se encontraba en una maceta y entró. Con rapidez se dirigió al cuarto de Vidalia.

Ese lugar prohibido.

Allí solo se había asomado desde afuera, hacía tanto tiempo que no entraba que ya no se acordaba cuando tiempo había pasado. Desde la última vez.

Una cama matrimonial desarreglada, extraños cuadros con pinturas de gente que no reconocía. Un aroma a acetona y pintura. Tantas cosas para rebuscar.

Pero no había ido para hacer turismo; se acercó al tocador de la mujer y reviso cajones y cajoneras con el cuidado de no tocar nada ni mover nada más allá de lo necesario.

Pero no hubo nada.

Se volvió a los burós que estaban a los lados de la cama y para su suerte, en uno de ellos estaba lo que buscaba: una cajita azul con blanco donde unas letras llamativas rezaban "SENECA".

-¡Sí!-

Tomó la cajetilla del buró y con la misma rapidez con que entró salió del cuarto, cruzó la sala y salió de su casa.

Sus piernas cortas se esforzaban por mantener la velocidad en ese pavimento desigual, una punzada en el costado le hizo perder la respiración por un segundo.

Fue entonces que la conciencia habló.

-¿Por qué hago esto?- Se preguntó mientras torcía a la derecha preparándose para cruzar la calle. –Él me ha estado robando, es un cabrón. Se lo merece.- Y sus pasos comenzaron a mermar. Todo le estaba pareciendo una terrible idea.

Sin embargo y a pesar de la realidad de las cosas un golpe le atacó en forma de visaje; era el chico llorando como niño pequeño, recordó como incluso salivó.

Yo...alguna vez...

Tomó una decisión nacida de la empatía, apretó la cajetilla y bajó al desagüe con cierto cuidado. Apenas estuvo en tierra, volvió a correr, a lo lejos se veía su mochila.

Quizá algo, algo bien.

La luz al final del túnel se le hizo victoria.

-¡Ya vine!- Gritó al salir, pero solo encontró silencio.

Volteó a ver a todos lados un tanto asustado sin saber por qué o de qué.

Encontró solo pasto, árboles, el arroyo y la montaña de basura. Se pasmó unos segundos.

-Se... fue.- Dijo y de golpe le llegó un mal presentimiento. Tenía que irse de allí.

Se sintió un tanto traicionado.

-Bien. Si no lo quiere mejor para mí.- Frunció la boca, apretó la cajetilla sin saber realmente dónde guardársela y se dirigió a su mochila para levantarla y colocársela.

-Mejor así- Se dijo y caminó calmando su agitación, para luego dirigirse al pasillo.

Sin embargo antes de entrar algo lo detuvo. Se giró.

Algo, algo había sonado.

Pero solo hubo silencio.

- No, no es nada- Y retomó el andar hasta que de pronto la piel se le erizó.

-¡Noooooo! ¡No por favor, no!- Se escuchó a lo lejos, más allá del barranco, más allá del arroyo.

Eran lamentos, gritos, quizá suplicas.

La voz que alcanzó a oír, esa voz, se parecía...era casi igual a la del chico de la sudadera morada, solo quizá un poco más aguda.

Vete. –le retumbó una voz-

Volteó a ver la cajetilla en su mano y nunca estuvo más seguro de irse. Pero su cuerpo, sin saber por que no concibió, no se movía; estaba paralizado. ¿Qué debía hacer?

Respiró agitado varios segundos.

Meneó la cabeza en forma de negación y sin pensar realmente bien las cosas, se puso en marcha guiándose por los gritos.

Camino algunos metros hasta que llegó al barranco, una vez allí se dio cuenta que habían unas escalinatas de tierra generadas de tanto andar por el lugar. Bajó con cuidado hasta el final; al llegar miró a ambos lados del arroyo buscando no sabía qué hasta que vio a lo lejos una casa de material en obra negra, algunas ventanas tapadas con cartones.

Notó con horror que de allí procedían los gritos.

Lo pensó un poco pero al final, corrió al lugar con una decisión poco usual en él.

Se sentía valiente de pronto, vivo, el sudor le hacía creer que algo saldría bien, pero conforme se acercaba la realidad le cayó como plomo en esas ganas ficticias. Las ganas se le fueron yendo. Fue deteniéndose conforme se acercaba; el miedo fue incrementándose. ¡Era una locura!

Se detuvo a unos 10 metros de la entrada, la zona era francamente boscosa y alejada de todo.

Vagabundos te esperan.

Pensó de pronto y sintió terror.

-No, no, no, yo me voy. Qué tontería estar aquí.- Y retrocedió.

Decidido estaba a huir cuando se percató que alguien salía por la puerta principal de aquella casa de techo de lámina. Steven corrió a esconderse asustado detrás de unos troncos cortados y mal apilados entre la maleza. Desde allí vio un hombre alto y moreno de cabello negro y desarreglado, quemado de sol. Llevaba una camisa blanca tan percudida que pasaría por color arena, la llevaba desabotonada luciendo una panza abombada, más no era gordo. Lucía un sucio bigote entrecano. Pantalones de tela color arena, parchados.

-¡Yo, te lo dije! ¡Tú ya lo sabías!- Gritó el hombre con una voz aguardientosa mientras de la casa sacaba a rastras a un chico.

-¡No Papá! ¡Por favor no...! ¡El niño va a traerlo! ¡Él me lo dijo!- Gritaba desesperado ese chico mientras inútilmente trataba de zafarse del fuerte agarre del hombre.

El corazón de Steven comenzó a bombear desbocado.

-Encima eres una ¡Pinche mentirosa Lázuli! ¡Deja de inventar pendejadas!- Respondió el hombre mientras la soltaba de la muñeca para darle una poderosa bofetada.

Steven se encogió entre los troncos.

-¿Me-mentirosa?-Pensó entre su miedo.

El hombre toscamente arrojó a la joven a un lado y esta cayó aparatosamente mientras lloraba y temblaba. El hombre entró a la casa, regresó rápidamente con una botella a medio acabar de algo que Steven supuso era alcohol. El hombre se empinó la botella y le dio tres grandes tragos.

La dejó en el suelo con delicadeza, se limpió la boca con el antebrazo, he hizo a quitarse el cinturón.

Lázuli desde su caperuza aún puesta abrió la boca de pavor al ver esa acción mientras las lágrimas escurrían solas. Parecía querer decir algo pero su voz estaba muerta. Se intentó arrastrar pero el hombre ya con el cinto en la mano y doblado en dos, se fue velozmente hacia ella. La giró con brusquedad dejándola boca abajo y le puso el pie en la espalda baja para fijarla al suelo.

-Te voy a enseñar a no mentirme. Ya me debes 2 cajetillas con esta, pendeja. A ver si vas por la tercera.- Y macabramente le levantó la sudadera para colocársela encima de la cabeza y dejar descubierta una enclenque espalda, donde lucía el broche de un muy desgastado corpiño.

Lázuli gritó al presentir la paliza. Gritó tan fuerte y agudo que a Steven le dolieron los oídos. Fue tan fuerte que Steven sintió sus huesos temblar.

-¡NOOOOOOOOOOOOOOO! ¡NO PAPA, NO! ¡EL NIÑO!, ¡EL NIÑO LA VA A TRAER!, ¡LO PROMETIÓ! ¡LA VA A TRAEEAAAAAAAAAAAAAH!-

Steven quiso vomitar. El sonido de la piel muerta rompiendo piel viva era un turbulento ataque a su tráquea. El silbido del arma, el choque lacerante que comenzó un vaivén; un ritmo macabro.

Uno y otro, uno tras otro. Y los gritos desgarradores en respuesta.

Steven empezó a llorar mientras temblaba al ver como ese hombre que, con todas sus fuerzas, descargaba una y otra vez el cinturón en la delgada espalda del chico. De ella.

Pero no se movió.

Cada aullido de la niña resonaba como espanto en todo el lugar, brotaban en respuesta al cinturón que iba y venía dejando líneas de sangre en los costados. Ella intentaba escapar desesperadamente pero el hombre solo tenía que meter más peso sobre ella para inmovilizarle nuevamente.

-¡YA PAPÁ! ¡YA! ¡YA! ¡YA POR FAVOR YA!-

-¡Mentirosa! ¡¿Quién madres te va a regalar una cajetilla?! ¡Menos a ti!, ¡Apestosa inútil! -

El cinturón volvía a bajar rompiendo aquella endeble piel mientras generaba un sonido que podría catalogarse como un "Pass-ih". Acompañado de dolor y gritos.

Steven sentía que se orinaba, temblaba a más no poder, se había tapado el rostro de terror.

¿A qué diablos había ido allí? Se ahogaba en su respiración producto del miedo y la desesperación de presenciar tan horrendo acto.

Y los golpes siguieron y siguieron, como recalcando la podredumbre humana con cada impacto.

-¡Es por tu culpa que me quedé sin tabaco!- Se detuvo un momento el hombre, respiraba cansado. Parecía que todo había terminado. Lázuli se había orinado.

Sin embargo, cambió de mano el cinturón y levantó el brazo izquierdo para dejar caer un poderoso latigazo de cuero sobre el pequeño cuerpo bajo su pie.

-¡Maldita mocosa inútil!-

-¡AQUÍ ESTA!- Se escuchó de pronto.

-¡AQUÍ ESTÁ LA CAJETILLA! ¡AQUÍ ESTÁ! Aquí está...-

Una cajetilla de cigarros marca Seneca cayó a los pies del hombre mientras, desconcertado, levantaba la vista para encontrarse con un niño pequeño, regordete, cabello rizado y que temblaba de pie a cabeza. Se encontraba a unos 5 metros de él.

-Ya...ya déjela por favor...-Dijo sollozando.

El hombre estaba sorprendido, se quedó quieto un par de segundos. Luego sonrió desagradablemente mientras lucía unos dientes amarillos, procedió a recoger la cajetilla.

Observó el objeto, eran mejores de lo que él acostumbraba. Volteó a ver a su hija quien totalmente desmadejada respiraba con dificultad boca abajo.

El hombre con el pie, empujándola desde el vientre volteó a la chica boca arriba rudamente.

-Parece que decías la verdad, mierdecilla. Quien sabe con qué le pagaste los cigarros.-

Cuando Armando volteó con el pie a la niña Steven buscó inconscientemente el rostro de la joven.

Se le congeló el alma al verla.

Lázuli ya no gritaba, solo temblaba como con pequeñas convulsiones esporádicas en su torso. Se veía su vientre color aceituna donde lucía un ombligo virgen, su cabello caía vencido por el peso; corto por detrás y largos flecos que se regaban como ríos en el suelo.

Pero eran esos ojos azules que temblaban perdidos en la nada los que denotaban el horror. Steven quiso ir a abrazarla. Nadie merece tal trato, tal tortura.

-¿Te gusta?- dijo Armando al notar que el chico la veía con vehemencia.- Te la vendo si quieres, esta nueva.- Finalizó mientras reía.

Steven se horrorizo. El hombre le clavó la vista burlonamente.

-¿O quieres que te haga lo mismo?- Y de golpe amagó ir hacía el con el cinturón en lo alto.

Steven corría despavorido, había cruzado el barranco, el desagüe y no paró hasta llegar a su casa y encerrarse en su cuarto donde cerró la puerta y se apoyó en ella como queriendo evitar que un monstruo se fuera a meter. Temblaba, se ahogaba.

Notó que había mojado sus pantalones.


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Lobo - El Maldito- Hibiky