Me disculpo aquí por la tardanza.
Igual me disculpo por la brevedad del capítulo.
Pero bueno, esto acabara pronto. Saludos.
SIN DOLOR
"¿Le contaste a alguien? ¿Les dijiste?
¿Qué les contaste?
Dime, perrita. ¿Con quién hablaste?
No me mientas, cántame la verdad; que el último circulo del infierno, apenas está por comenzar."
Detestaba las calles rotas.
Pavimento levantado en una interminable serie de líneas resquebrajadas por el tiempo, hacían el andar atropellado.
Nada había cambiado desde la última vez. Y no es que esperara que cambiara, se divertía con el hastío y la cara agria de los vecinos al verlo. Los odiaba tanto como ellos a él. Ya pagarían cuando, saliendo felices de sus vacaciones miserables, encontraran sus casas vacías, y sus perros muertos.
Odiaba volver. Lo odiaba.
Estaba totalmente convencido de que, si no fuera su último recurso, no estuviera tragándose el orgullo de volver, aunque fuera por unos días, a la casa de su madre.
-Esa perra tacaña. - Pensaba mientras fruncía el ceño marcando en su cara larga, su molestia. –Que tanto le costaba enviarme un poco más dinero. –
Con las manos dentro de aquella sudadera azul celeste, masticaba la idea de que del dinero que le daban de pensión, debía tocarle algo.
Entonces sonrió sombríamente. ¿Estará en casa?
Saliendo de súbito de sus pensamientos y estando a menos de una cuadra de la entrada de la que fue su casa, alcanzó a ver como una pequeña figura salía del portón a donde se dirigía fastidiado, se pasmó al ver que aquel intruso, caminaba corriendo en sentido contrario a él.
Lapis se sentía terriblemente avergonzada, algo muy poco usual en ella. Se había quedado dormida en el cuarto de aquel chico como si el mundo afuera no existiera. Como si fuese un sueño todo lo ajeno a esa habitación.
Se había sentido tan cómoda después de aquella dolorosa curación, que simplemente se abandonó en lo que le parecía la cama más mullida del mundo.
- ¡¿Qué diablos me pasó?!- Pensaba bastante descompuesta emocionalmente. Y es que cuando uno solo sabe sobrevivir, perdonarse el bajar la guardia costaba caro.
-Pudo llegar su mamá. - Pensaba mientras no paraba de andar por aquella acera atropellada. –Me agarra y me acusan de algo y ¿Qué hago? –
- Pendeja ¡Pendeja! – Se repetía.
Sobre todo, cuando a su mente le llegaba la figura de su padre sacándola del aprieto; para luego deshacer los vendajes de su espalda a punta de golpes de hebilla.
Casi pudo sentir los golpes y su corazón palpitó tan duro que se llevó una mano al pecho.
Sacudió la cabeza mientras tragaba saliva.
Luego también se culpaba de que, en el borde de sus sentimientos embotados, había hecho algo que no le entraba en la razón.
A penas Lapis se hubo despertado, un susto le había corrido de golpe al no encontrar de primera instancia, el techo de lámina oxidada del que se guarecía del sol y la lluvia, allá en ese lugar donde estaba la bomba del cárcamo, donde apestaba a basura y moho.
Fueron varios segundos de sopor en donde sus ojos, embotados por el sueño y por los sueños que había tenido mientras dormía, se habían dedicado un rato a mirar todo a su alrededor, como si fuese otro mundo.
Hasta que lo vio a él fue que cayó en cuenta.
Entonces recordó su espalda lastimada y la dolorosa curación. Fue entonces que recordó que había hablado de más. Fue entonces que le llegó esa vergüenza que aún, mientras corría por la vieja acera, se negaba a abandonarla.
Un rubor palpitaba debajo de la mugre de su rostro, el cual se sentía caliente.
¿Qué le pasaba? ¿Por qué le había contado acerca de su más íntimo secreto? ¿Qué rayos le había pasado?
Y su rubor se hizo más fuerte al recordar que había dejado claro, que ella admiraba a las niñas bien vestidas y que huelen a dulce.
-Pendeja-
A penas salió de su sopor, allá en la habitación de aquel extraño chico de cabello crespo, se puso de pie, se dirigió al escritorio para tomar el pequeño carrito que el chico le había regalado y se encaminó a la salida sin decir absolutamente nada.
Nunca dormía a esa hora y al levantarse sintió un susto súbito, una desesperación naciente de su desconfianza.
Ella no debía estar allí.
Y luego él, él que no paraba de hablar mientras ella se dirigía a la salida.
¿Estás bien?
¿Cómo te sientes?
¿Quieres agua?
¿Llévate una manzana si gustas?
Frases ajenas, como todo en su mundo.
Odiaba sin saber, el sentirse traicionada por una psique acostumbrada a la alerta. Al no confiar, al sobrevivir.
- ¡Ya…cállate! – Le había replicado al detenerse frente a la puerta, respirando agitada.
Él guardo silencio.
Asustada como un gato acorralado. Se volteó a mirarlo y juraría que él descubrió debajo de su capucha, sus ojos humedecidos bajo unas gruesas pestañas inusuales para un niño.
Lapis apretó los puños.
-Si le cuentas…-Hipo ella en un extraño sollozo entre cortado. - Si le cuentas a alguien que…que…- apretó los dientes en un brutal conflicto entre todos sus impulsos convulsionando.
Quería pegarle, y duro. Agredirlo como era su normal salida ante el estrés, pero el chico no se lo merecía. Él no se lo merecía. El estrés de no saber qué hacer la enloquecía.
Fue entonces que Steven habló.
-Pillo, no voy a contarle a nadie lo que ha pasado aquí. No soy tonto, sé que me matarías si digo algo. - Y sonrío levemente cerrando los ojos.
Odiaba su condescendencia, su compasión.
Ella respiro entre cortado dos veces antes de contestar.
- ¡Bien!, Porque si lo haces…te…te…te mato. ¡Ya sabes! - Dijo por fin señalándolo.
-Eso ya lo sé. - Dijo él bajando la mirada, una mirada donde ahora Lapis descubría los ojos de un ser herido.
-No sabe lo que es estar herido. – Se dijo con furia, mientras, sin pensar, sin saber, se acercó a él velozmente y Steven respingó presintiendo la agresión.
Pero lo que sintió fue algo muy diferente, algo extraño, no sentido antes nunca; algo quizá fresco.
Aquel niño, que en realidad era una niña, su bulling, con quien había hecho un trato de "no agresión" a cambio de sanarle la espalda; le había regalado un contacto leve, breve, de un par de labios en su mejilla derecha. En la cercanía de un rostro debajo de una capucha.
Steven inmediatamente se tocó con su mano el lugar del contacto mientras sus ojos se expandían junto con su pupila.
Lapis se cubrió casi todo el rostro con su capucha mientras decía levemente: Gracias… si dices algo, te mato, de verdad.
Para luego salir disparada por la puerta principal.
- ¡Pendeja! - Se decía mientras andaba a toda prisa. Quería llegar pronto al basurero a dejar todo su nerviosismo atrás y que todo le valiera madres como siempre. Como todo en su vida.
Pero su mente, no la dejaba en paz.
Le había contado, ¡le contó! que ella admiraba a las niñas que huelen bien, ¡técnicamente que soñaba ser una! Había hablado de más, había actuado de más. Todo por quedarse dormida. Ella no era así.
En sus propias palabras "Había actuado como una pendeja."
Ella, una niña sucia y mendiga, a quien todos creían niño: una princesa de holanes. Volvió a sentir el ardor en sus orejas de la vergüenza y de nuevo las inmensas ganas de golpearlo.
Tenía que llegar al desagüe lo más pronto posible.
Sin embargo, mientras andaba a su destino, de su volcán interior surgió de pronto que su espalda no dolía; y de aquel mar embravecido que era su pecho, surgió una inesperada y leve calma. Una paz que la hizo sonreír levemente debajo de la sombra de su capucha, solo al notar que su espalda se sentía muy bien. Sin ardor, solo un leve cosquilleo que iba y venía y que Steven le había dicho, es la sensación de sanar. Y sonrió nuevamente con más dedicación.
No dolía.
Gracias niño.
Por un segundo, sin darse cuenta, actuó como una pequeña emocionada por algo totalmente desconocido. Como a quien le regalan algo; un vestido, un juguete…o simplemente, una tutsi.
Pero solo fue un segundo; pues al detenerse ensimismada sobre aquella acera accidentada, sintió que alguien la tomaba del brazo sosteniéndola con fuerza y esfumando en nada sus pensamientos.
Volteó a ver al agresor dispuesta a defenderse, pero descubrió a un joven bastante alto. Un chico de piel extremadamente blanca, cabello en un rubio tan claro que apenas tomaba color, peinado en una especie de picos hacia arriba. Cara larga, alto y muy delgado. Su ropa holgada ondeaba mientras la tenía atrapada por el brazo. La miraba con furia.
Sourcream no lo iba a soltar, conocía bien el ambiente como para saber que ese niño tenía toda la pinta, de ser un ladrón.
- ¡Suéltame! - Gritó Lapis sacudiéndose con violencia sin lograr zafarse del fuerte agarre del joven.
- ¡Que te robaste de mi casa, cabrón! -
- ¡Nada! ¡Suéltame pendejo! - Se sacudió con más fuerza lanzando patadas que el delgado esquivaba con agilidad.
Lapis sabía defenderse, pero Sourcream era un delincuente desde mucho antes que ella.
- ¡Que te estés quieto! - Exclamó el joven mientras sin miramiento lanzó un poderoso golpe al rostro dispuesto a calmar el ímpetu de tan molesto niño.
Lapis esquivó sin dejar de tratar en ningún momento de escapar.
Sourcream enfureció al fallar, sostuvo al niño con más fuerza del antebrazo lastimándolo mientras mandaba otro golpe con más fuerza al rostro que Lapis volvió a esquivar, pero justo al momento el joven la jaló violentamente levantándola terminando de conectar el golpe en el hombro, rozando su rostro.
Lapis gritó de dolor al sentir sus heridas estirarse en la espalda.
Sourcream lo soltó.
Lapis se dio a la fuga sin mirar atrás.
Él se quedó viendo perplejo como se alejaba aquel extraño.
-Es…una niña…- Se dijo, para luego ver en el suelo algo que al ladronzuelo se le había caído.
Un viejo carrito tipo van pintado.
Sonrió mientras lo tomaba.
-Steven- Dijo. Y su sonrisa se volvió francamente enferma.
Steven la vio partir, pero no se movió.
Ensimismado, simplemente cerró la puerta y se dirigió a su habitación, como si nada hubiera pasado. Como un zombi recién convertido.
La habitación ya no tenía rastros de nada.
Y es que mientras Lapis dormía, él se había dado a la faena de limpiar todo rastro que evidenciara aquel curioso proceso de curación.
Solo quedaba la colcha que había puesto sobre su cama, para evitar que ella dejara el colchón sucio.
Se avergonzó.
Se llevó una mano a la mejilla sintiendo algo francamente, increíble.
-Ella, no huele tan mal, después de todo. - Dijo en voz alta sonriendo levemente.
Entonces sintió que todo se volvía oscuro al notar que alguien le tocaba los hombros, apretándolos, como en un masaje leve y siniestro.
Su boca tembló; el sabía perfectamente, de quien se trataba.
No...no...
Sabía quién era. De quien eran esas manos.
No, no por Dios…dime que es un sueño.
...
...
En el paroxismo del miedo, apenas alcanzó a decir.
-¿S…s…so..sour….Sourcream?…-
- ¿A poco ya mi hermanito se divierte con perritas? - Y el intruso se pegó totalmente al chico por detrás.
Steven tenía la vista clavada del miedo justo en donde estaba la cobija que alguna vez albergo a una joven, como pidiendo ayuda con su pavor. Con sus recuerdos. Con su vida de mierda.
No se atrevía a mirar atrás.
-Te extrañe mucho. - Le dijo el terror al oído mientras lo tomaba con más fuerza.
Steven quiso vomitar.
Entonces sonó la puerta de entrada abrirse.
Y fue como el cielo en vida para el pequeño Steven.
El verdadero cielo con nombre de Vidalia.
Quiero agradecer a esos buenos chicos que me piden que actualice. Quisiera culpar al trabajo pero es la ausencia de algo. Algo que quizá ya este de vuelta.
Terminemos esto de una vez.
Por cierto... ¿qué creen que pasará?
Saludos.
Lobo Hibiky
