DISCLAIMER: LOS PERSONAJES EN SU MAYORÍA PERTENECEN A J. K. ROWLING, ASÍ COMO EL UNIVERSO EN QUE SE DESENVUELVEN.
Nota Traductora: Hola! Me extrañaron? Bueno a mí no, a la historia jajajaja Aquí les traigo el capítulo de hoy. Y no es por nada pero QUÉ capítulo.
Les pido disculpas por anticipado por los posibles errocitos, realmente estoy trabajando contra reloj y siento que no me doy abasto jajaja En otras noticias relacionas, estoy participando en el fictober 2020 del grupo M&M, escribiendo un oneShot cada día. Si les interesa, pueden encontrarlo en mi perfil como "Treintaiún formas de morir". Es oscuro, gira en torno a los temas de Halloween y es Dramione en todas sus posibles interpretaciones.
Nos leemos la próxima semana. Disfruten mucho!
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Todo lo Incorrecto
Traducción de "All The Wrong Things" de Lovesbitca8
Capítulo 17
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Viernes 13 de enero de 1995
Ella está otra vez en mi maldita mesa.
Hay un lugar en la biblioteca que está lo suficientemente escondido como para evitar que las personas te encuentren. También tiene una mesa perfecta. No se tambalea ni tiene molestas maldiciones grabadas en la superficie de madera.
La luz del sol, de una de las pocas ventanas en la pared norte, incide perfectamente sobre las páginas del libro.
Y no me he sentado a esa mesa durante meses por culpa de ella.
Ella prácticamente escala los tomos que tiene delante, encorvada en su asiento y escribiendo notas sobre el huevo de Potter.
Merlín prohíba que el propio Potter haga el trabajo. A ninguno de los otros campeones se les asignó una bruja inteligente para resolver sus acertijos.
Frunzo el ceño de nuevo ante su perfil, viendo cómo pasa rápidamente las páginas.
No ha conservado el peinado que usó en el baile de Navidad. Sus rizos encrespados están de vuelta, enmarcando su cabeza como un halo extraño. Y todo lo que le hizo a su piel para que se viera suave y humectada ha sido lavado.
Ella estira los brazos por encima de su cabeza y suelta la pluma, cambiándola por una pluma de azúcar de arándano. Yo alzo una ceja, juzgando su vulgar gusto por los caramelos. Si quiere una piruleta de Honeydukes debería probar la frambruesa frotante, esa raspa en la garganta y hace que tu voz cambie por media hora. O la bomba de cereza y chocolate. Aunque es más cara, probablemente no pueda costearla.
Ella se reclina en su silla, coloca el libro sobre su regazo, para apoyarse contra la mesa, y lee atentamente, con los labios chupando la punta de su pluma de azúcar.
Sus labios se pondrán azules. Qué idiota.
Labios azules y lengua azul.
Observo como ahueca sus mejillas, succionando, sacando la pluma distraídamente de sus labios mientras lee. Sus ojos se abren y alcanza su pergamino, garabateando algunas palabras mientras sus ojos escanean el libro. Se sobresalta cuando se percata de que ha estado intentando escribir con la pluma de azúcar.
Yo sonrío. Pequeña estúpida.
Coloca la pluma de azúcar profundamente entre sus labios, manteniéndola allí, y toma su pluma para escribir.
Sus labios se tensan alrededor del caramelo, frunciéndolos hacia afuera, contorneando sus pómulos.
Labios fuertes.
Labios azules.
No son delgados como los de Tracey Davis. O elegantes y anchos como los de Pansy. Sólo son... azules. Y suaves.
Y me pregunto si su lengua es azul y si también es fuerte. Si ya aprendió cómo usarla. Si fue Krum quien le enseñó. Si ella le ha permitido besarla y saborear sus labios aún azules.
Quizás la única razón por la que ella sabe besar ahora es debido a Krum. Descuidado, húmedo y áspero. Sin delicadeza, como buen búlgaro.
Ella tendrá que aprender a besar mejor después de Krum. Tendrá que suavizar sus labios azules y dejar que alguien saboree la dulzura de su lengua azul, dejar que entren y jugueteen con sus pequeños dientes. Y le muerdan el labio inferior y succionen el azúcar.
La pluma de azúcar sale de su boca con un sonido explosivo y el eco rebota en las paredes de la biblioteca.
Ella alza la vista y me mira directamente a mí. Yo entrecierro automáticamente los ojos y ella baja la mirada, quitándose el azúcar azul de la boca.
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Lunes, 31 de enero de 2000
Tal vez si continúo presionando mi boca contra la suya, ella me devolverá el beso.
Si no la dejo respirar... tendrá que abrir la boca en algún momento.
Siento bilis en la garganta. Esto es un error.
Presiono mis labios nuevamente en sus labios.
Ella no quiere esto.
Pero me concentro en la sensación de mi mano alrededor de su apretado peinado, absorbiéndola todo el tiempo que ella me lo permita.
¿Cómo le explico esto después de que me abofetee? Después de que me mire temerosa e insegura.
Me detendré ahora. Sólo una vez más. Memorizo sus labios bajo los míos, mis dedos retorciéndose en su cabello. Mi otra mano aprieta su muñeca y arrastro mis labios sobre los suyos por última vez.
Ella abre la boca y yo gimo en su interior, inclinando su cabeza como deseo. Ella inhala rápidamente de mis pulmones y luego estoy entrando en ella, saboreando su lengua y derramando allí mi deseo como si fuera miel.
Su mano se enrosca sobre mi pecho y yo nunca había considerado sus manos. Nunca supe qué haría con ellas. Nunca imaginé que ella podría tocarme también.
Respiro con dificultad contra su boca y la arrastro hacia atrás por la cabeza. Necesito…
Necesito…
Ella gime y yo rozo sus labios con mis dientes. Ella jadea y yo puedo oír mis gemidos.
Si ella me lo permite, necesito...
Ella choca contra el escritorio y yo aparto mi mano de su cabello, bajando por su cuello. Necesito abrir sus rodillas.
Si ella me lo permite.
Mis caderas están muy cerca de las suyas.
¿Cuánto estará dispuesta a darme?
Este vestido. Puedo enmarañarlo hasta su cintura y, si no protesta, puedo arrodillarme frente a ella, mostrarle cómo se siente desearme como lo hago yo.
Siento la presión de su mano en mis costillas y, si me toca de nuevo, me romperé. Sólo desabrocharé mi pantalón y entraré.
Entonces me pregunto qué hará con sus manos. ¿Se aferrará a mí con ellas?
Ella suspira contra mis labios y yo aparto sus manos de mí, presionándolas contra el escritorio.
Por favor déjalas allí.
Ella me permite rozar su lengua, adentrándome en su boca y engullendo sus sonidos. Me pregunto si me permitirá acercarla a mi cuerpo, hacerla jadear al sentir lo duro que estoy.
Separo sus rodillas.
Este vestido. Este maldito vestido. Recorro su vientre con mis manos, mordisqueándole los labios, sin apartarme de su boca.
No quiero escuchar que me detiene. No quiero conservar el recuerdo de su voz diciéndome "no".
Me pregunto cuánto estará dispuesta a darme. ¿Podría recostarla sobre su escritorio? ¿Me dejará ver su rostro cuando me abra paso dentro de ella, mirándola a los ojos mientras nuestros cuerpos se unen y deslice mis dedos sobre sus piernas?
¿O debería hacer que se corra? ¿Volverla loca de deseo para que me desee para siempre?
Mi boca está hambrienta ante el pensamiento. Devorándola. Y ella está besándome de vuelta. No hay mejor sensación.
De pronto sus dedos están en mi mandíbula. No me aparta, me acerca más a ella. Como si me deseara.
Mis caderas explotan. Tomo su muslo, acercando sus caderas hacia mí.
Voy a machacarla en este escritorio. Voy a follármela tan lentamente que me suplicará. Voy a follármela con la lengua hasta que grite, acariciándome el cabello con los dedos y…
—Hermione, ¿estás lista para…?
La suelto. Ella se apresura a sentarse en el escritorio, secándose la boca.
Potter está aquí. Para el almuerzo.
—…puedo volver más tarde.
—¡No! —dice ella al mismo tiempo que yo, como si supiera que yo nunca me habría detenido. Como si supiera que Potter acaba de salvarla de mí.
Me siento mareado al pasar junto a Potter, clavando los ojos en el suelo y evitando que mis manos lo estrangulen. Soy consciente de que todo el personal de la oficina me observa mientras cruzo hacia mi oficina. Una caminata muy larga. ¿Por qué hice eso? Ella debió haber estado en la oficina a mi lado, con una puerta entre nuestros despachos.
Aún estoy medio duro bajo mis pantalones y rezo a los dioses para que nadie esté mirándome. No silenciamos la habitación. Todos podrían haber escuchado un grito... Y estoy tratando de recordar si ella gimió demasiado fuerte y tengo que cerrar los ojos cuando revivo esos sonidos...
Llego a mi oficina y cierro la puerta. Silencio la habitación.
—¡MIERDA!
El sofá de piel se abre de golpe, espuma y pelusa desperdigándose como sangre. La lámpara Tiffany que mi madre me regaló para dar calidez a mi oficina se hace añicos.
Siento mi cabeza pesada mientras lucho por inhalar y coloco mis manos sobre mis rodillas, inclinándome para respirar.
Un golpe en mi puerta. Aprieto mis ojos. Quiero que sea ella. No quiero que sea ella.
—Señor Malfoy. —Blaise—. ¿Es este un buen momento para hablar de los Cannons?
No.
Pero él me ayuda a controlarme, como siempre, con negocios. Me apoyo en la pared cercana a la puerta. Agito la mano y la puerta se abre lo suficiente. Él entra y cierra la puerta a su espalda.
—Mi sofá... —lo dice como si me acabara de comer su última rana de chocolate.
Camino por mi oficina, tratando de respirar. Tratando de averiguar qué fue lo se apoderó de mí.
Sus ojos ardientes y sus mejillas sonrojadas, eso fué.
No es razón para… No hay excusa para…
—¿Qué estás diciendo? —me frena Blaise.
¿Estaba hablando en voz alta?
—La besé.
Mis ojos se clavan en las costosas alfombras y en cómo mis zapatos las recorren al caminar.
—Tendré que comprobar quién ganó la apuesta en la quiniela de la oficina. —Blaise suelta una risita.
—No... No te burles de esto. Esto es... ¿Qué fue lo que hice? —Me apoyo contra la pared, dejo caer la cabeza hacia atrás e inhalo.
—Draco, relájate —me dice—. Han llevado las cosas al siguiente nivel. No cometieron ningún crimen.
¿Que no fue un crimen? ¿Acaso ella quería que la besara? ¿Quería que la recostara sobre su escritorio y me la follara como si sólo fuera un romance tórrido?
¿Ella quería que algo de todo eso pasara?
—Ella renunciará —resuello hacia la habitación—. Se marchará. Y yo nunca volveré a verla.
Oigo mi respiración jadeante, oigo a Blaise murmurando un Reparo para volver a coser mi sofá. Lo siento guiándome hacia él, obligándome a sentarme, empujando mi cabeza entre mis rodillas.
Hay manchas negras frente a mis ojos. Blaise está hablándome, diciéndome algo. Siento su mano en la parte de atrás de mi cuello.
—¿…devolvió el beso? Piensa, Draco… Discúlpate y sigue adelante… Algunas mujeres pueden tomarlo como un cumplido, sabes…
Siento mis manos presionándose en mis ojos y me concentro en contar ladrillos apilados en círculo. Construyo el muro a mi alrededor, encerrándome dentro de la torre. La hiedra crece a su alrededor, fijando cada ladrillo en su lugar; retorciéndose, creciendo y brotando.
Abro mis ojos.
—Debo irme.
Blaise duda.
—De acuerdo…
Me levanto y camino hacia la puerta. Asomo la cabeza.
—Carrie —escucho mi voz—. Contáctame de inmediato si recibo correspondencia de Estados Unidos. Debo irme. Estaré ausente por el resto del día. —Cierro la puerta antes de que ella pueda tomar una pluma.
—¿América? —pregunta Blaise.
Tomo mi abrigo, alcanzo el polvo flú.
—Draco…
—Realiza las entrevistas por mí, ¿quieres?
Estoy cruzando la chimenea y nombrando el Ministerio antes de que él pueda decir otra palabra.
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Martes, 7 de mayo de 1996
Está helando. ¿Tiene que hacer tanto frío?
—No piense en la temperatura, señor Malfoy.
Severus se sienta frente a mí. Hay un joyero entre nosotros.
Nunca había visto a Severus sentarse con las piernas cruzadas. Es... humanizante, de una forma muy inquietante.
—¿Por qué? Draco, estás cohibiéndome —bromea él.
—Sal de mi cabeza si no quieres saber lo que pienso.
Él me frunce el ceño. O supongo que lo hace, porque no tengo permitido apartar la mirada del joyero. Puedo ver el reflejo de mis zapatos en los espejos antiguos que recubren los costados. Latón en las esquinas.
Dejo que mis ojos recorran los bordes, memorizándolo de forma que pueda reconstruirlo a ciegas.
Puedo escucharlo. Una pequeña voz en una esquina. Tras una puerta.
Visualiza el interior de la caja.
Mis ojos se clavan en el interior de terciopelo. Azul marino. Viejo y deshilachado, desgastado en algunos sitios. La caja ya ha sido utilizada. Proyecto mi conciencia hacia adelante, acercando las paredes interiores a mí, esas que no puedo percibir con mis ojos reales.
También es azul. Menos desgastada. Más suave.
Me inclino más, cayendo dentro de una habitación forrada con terciopelo azul.
Extiendo mi mano y la coloco en la pared, contemplando las fibras de terciopelo cambiando de dirección, memorizando el recorrido de mi mano.
Deletreo mi nombre con mi dedo índice, tan grande como mi cabeza.
Y, sin que él me lo pida, borro mi nombre, camino hasta la esquina de la caja y, en letras tan grandes como mi pecho, empiezo a escribir…
HERMIONE
Letras uniformes a lo largo de la pared. Terciopelo azul memorizando su nombre, su patrón hundido en la tela.
Lo escucho de nuevo, desde arriba. Afuera del joyero, como un titiritero. Y yo soy la marioneta.
Sal del joyero. Trae contigo sólo lo que necesites.
Me empujo hasta el borde como en una piscina. El terciopelo azul se envuelve en mis talones, balanceándose mientras yo agito las aguas.
Me siento en el borde. Traigo conmigo sólo lo que necesito.
Supongo que necesito a mi madre. Y a mi padre. A veces necesito a Blaise y a Pansy. En realidad no necesito a Crabbe y Goyle, pero...
Y luego los recuerdos salpican mis pantorrillas en el terciopelo azul. Mi primera escoba. Yo tenía cuatro años… quizás cinco. Acabo de conocer a Vincent. Él se está riendo de mi imitación del Ministro de Magia a pesar de que no tiene ni idea de quién es Fudge. Blaise, en el Expreso de Hogwarts, preguntándome si me atrevería a suicidarme si me seleccionan en Hufflepuff.
Pansy, en la enfermería, sosteniendo mi brazo herido. Theo y Milicent Bulstrode besándose por obligación en el juego de la botella de segundo año. Mi primer día en clase de pociones y Severus otorgándome puntos para mi casa por ser brillante. Una mano en el aire, cabello castaño agitándose mientras espera que le den la palabra...
No.
Tengo que dejar eso atrás.
Tráela contigo.
Frunzo el ceño hacia la piscina de terciopelo azul, pero obedezco a Severus.
Mi madre y mi padre besándose en Nochevieja cuando yo tenía seis años. Mi padre diciéndome que podría tomar una copa de whisky de 500 años en mi cumpleaños. Mi padre revisando mis notas y preguntando si estoy por debajo de alguien. Mi padre, con su mano en mi hombro, empujándome hacia delante: "Mi hijo, Draco. Mi heredero."
Traigo conmigo estos recuerdos. Me llevo el resto conmigo. Trastabillo cada vez que me encuentro con una Gryffindor hija de muggles, de pelo abundante y dientes de conejo, pero Severus me dice que la traiga conmigo.
El baile de Navidad. Me mareo al verla bailar. Empujo eso de nuevo al agua y Severus no dice nada.
Encima de Pansy, cerrando los ojos e imaginándola a ella debajo de mí. Me sonrojo con Severus así de cerca, pero él no dice nada y me deja deslizar eso de nuevo dentro del terciopelo azul.
Lo sorteamos todo. El Señor Tenebroso en mi sala de estar. Quiero dejarlo atrás, mantener sus ojos rojos apartados de mí. Pero entonces él estaría allí con ella, así que lo traigo conmigo.
Cada reunión con Severus se queda en la caja. Las aguas se adelgazan.
Estoy en el presente. Severus hace un gesto hacia el suelo frente a su escritorio, me dice que me siente con las piernas cruzadas. Pregunta si he traído la caja conmigo.
Las aguas cambian y entonces estoy de vuelta en el Baile de Navidad observando sus pantorrillas, observando sus brillantes dientes de tamaño perfecto. Observando a Krum. Intento meterlo de nuevo en el forro de terciopelo, pero Severus vuelve a sacarlo.
Cortamos la noche en trozos, trayendo algunos y dejando atrás otros. Creo que entiendo el truco, la forma de dejarla dentro de la caja, pero luego él está trayendo su sonrisa. Y el baile en pareja. Y el modo en que su mano no toca la mía, sus ojos brillantes, el latido de mi corazón.
El latido de mi corazón.
El latido de mi corazón.
Lo cortamos.
Mi piel sonrojada. Su pecho ascendiendo, apretándose con fuerza sobre sus pechos.
Los vertemos en la caja y traemos el resto.
Pansy está debajo de mí. Y la fantasía de un cabello más largo. Rizos. Caderas más anchas. Entre más cerca estoy de correrme, más recortamos hasta que sólo el recuerdo de cómo perdí mi virginidad con Pansy Parkinson después de que el Baile de Navidad salpica fuera del joyero.
Estoy sudando para cuando llegamos al día de ayer, cuando casi choco contra ella afuera del Gran Comedor. Sus labios se separaron y mis ojos se posaron en ellos antes de que pudiera burlarme.
Sus labios flotan a través del terciopelo, rozando el recubrimiento, besando el nombre que he escrito con mis dedos como si fuera su piel.
¡Crash!
Parpadeo. Y estoy en el salón de clases, tirado en el suelo junto a Severus. Él ha cerrado la tapa de la caja.
Mis ojos ven luces mientras intento respirar, intento concentrarme, intento recordar qué día es.
Él se pone de pie con fluidez. Yo trato de imitarlo y caigo de rodillas, el sudor perlando mis sienes, jadeando en busca de aire.
Él levanta la caja del piso y me asalta el terror de que la destruya.
Es mío. Todo eso es mío.
Él me extiende la caja. Yo la tomo y lo miro a los ojos.
Su frente está húmeda, pero se ve igual que siempre, contenido y nada avergonzado.
—Se vuelve más sencillo con el tiempo —me dice y sale de la habitación.
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Lunes, 31 de enero de 2000 - más tarde
No he estado en la ciudad de Nueva York desde que era un niño. Mi madre quería ir de compras a la Quinta Avenida. Fue la primera vez que me expuse a los muggles… no-magos… Como sea.
El traslador de emergencia por el que gasté dos horas de mi vida y varios cientos de galeones me dejó cerca del muelle bajo el sol de la tarde. Caminé por la cuadra hasta el 679 de la 24º Avenida oeste y ahora estoy en el umbral de una casa de ladrillos.
Toco el timbre, esperando en los escalones. Unos minutos más tarde, la puerta se abre para revelar a una anciana, con el cabello largo y blanco, en albornoz. Su maquillaje es impecable y yo no podría decir que tiene 97 años con solo mirarla, no parece tener más de sesenta años. Sus grandes ojos verdes me miran de arriba abajo, una sonrisa formándose en sus labios rosados.
—Cielo, soy muy vieja para ti. —Ella me guiña un ojo.
—¿Queenie Goldstein?
Ella me sonríe lentamente.
—Habría respondido antes su carta de haber sabido que simplemente aparecería aquí. No puedo ayudarlo, señor Malfoy.
Ella empieza a cerrar la puerta y mi mano se dispara hacia el cerrojo.
—Por favor, señorita Goldstein...
—Es Kowalski, por favor. Lo único que me queda de él es su apellido, cielo.
—Señora Kowalski —intento—. Sólo necesito una hora.
—No necesitas una hora, necesitas un psiquiatra...
—Puedo pagarle.
—No puedes resolver todo con dinero, Draco Malfoy. Tienes que poner esos hermosos labios a trabajar y hablar con la señorita Granger, no conmigo.
Lo siento como un rayo, estremeciéndome. Nunca mencioné su nombre. Nunca mencioné que se tratara de una chica.
La miro, mi garganta tratando de pronunciar palabras. No vengo protegido. No hay muros. Si el Señor Tenebroso estuviera vivo y frente a mí, ya sabría sobre ella.
Hay un joyero en alguna parte, pero ni siquiera puedo visualizarlo.
Los ojos de Queenie se deslizan sobre mi rostro, leyéndome, y dice:
—Eres una cosita linda y joven. ¿De verdad es tan malo estar enamorado de otra cosita linda y joven?
Mi boca se abre y no puedo pronunciar las palabras. Pero luego ella sonríe y se hace a un lado, invitándome a entrar. Yo le agradezco, me quito el abrigo y lo cuelgo en el perchero antes de que ella pueda quitármelo. Me guía a través de su casa de ladrillos, me deja en el salón y me ofrece té.
—Con miel, si es que tiene, por favor.
Ella ya tiene la miel en la mano y me doy cuenta de que, probablemente, no necesita la respuesta a ninguna de sus preguntas. Ella puede verlas en mi mente antes de que las diga.
—En realidad —me dice—, prefiero escuchar tus palabras. —Yo me sonrojo—. Es muy solitario escuchar solamente tu propia voz. Es bienvenida cualquier conversación.
Yo asiento, sirvo la miel con una cuchara y miro alrededor de su sala de estar. Una chimenea con fotografías de una Queenie Goldstein más joven junto a un hombre corpulento en Francia. Los dos, un poco mayores, frente al nuevo edificio Empire State.
¿Cuánto tiempo ha estado sola?
—Veinte años.
La miro y ella está mezclando leche y terrones de azúcar en su té. Ni siquiera me mira, pero puede sumergirse en mi mente. Severus nunca pudo hacer eso. Sólo el Señor Tenebroso.
—El mago oscuro Grindelwald también podía. —Ella me mira y yo aparto la mirada, avergonzado por mis pensamientos—. Lo siento. Lo estoy haciendo de nuevo. —Ella deja la cuchara y me mira amablemente—. ¿Por qué estás aquí, Draco Malfoy?
Dudo, preguntándome si debería pensar cosas. Qué debería revelar.
—Sólo habla conmigo —me dice—. Como si fuéramos viejos amigos.
Yo trago y dejo de beber mi té. Por Merlín... el té americano es simplemente...
—Horrible, lo sé —canturrea.
Yo le sonrío y empiezo:
—Me entrené para ser un Oclumante cuando tenía quince años. Severus Snape me enseñó sobre compartimentación y separación, y luego mi tía Bellatrix Lestrange me enseñó los métodos rudimentarios desconociendo que yo ya era competente. —Yo la miro. Ella me observa mientras arrastra sus delgados dedos sobre su platillo—. Estoy perdiendo el control con más frecuencia. Y necesito una Legeremante para empujarme, para fortalecer mis muros.
Ella asiente, bajando la vista hacia mis dedos y estos se mueven bajo su mirada.
—¿Por qué no vas con tu abuela?
Mi corazón se hincha en mi pecho.
—¿La conoce?
—No —me dice, y me doy cuenta de que he pensado en ella en algún momento. Ella la leyó. Ella está en la superficie.
—Yo... —Realmente no sé cómo explicarle, cómo contarle sobre el derrame cerebral que sufrió cuando leyó en el periódico que su hija y nieto favoritos habían sido enviados a Azkaban, tan sólo un mes después de haber leído sobre la muerte de otra hija y su única nieta.
Queenie Goldstein asiente e inclina la cabeza.
—Has mantenido eso oculto.
Yo parpadeo.
—Supongo que sí.
—No pude leer ese evento hasta ahora. ¿Lo tenías guardado?
Retiro el papel tapiz de una sala de estar de este mismo tamaño, con té, bollos y herencias. Una mujer con los ojos de mi madre y la nariz de Bellatrix bebe su té y me pregunta cuánto dinero necesito.
Parpadeo, pegando con cinta adhesiva el papel tapiz color lila. Fue la última vez que la vi antes del derrame cerebral. Para pedirle dinero para una subasta que nunca sucedió.
—Mmm...
Miro hacia atrás a Queenie Kowalski, antes Goldstein. Treinta años mayor que mi abuela pero igual de joven.
—Lo siento —dice ella—. No quise entrometerme. —Ella deja su té—. Te sientes culpable por pedirle dinero, pero probablemente a ella le encantó verte de todos modos.
Me inclino hacia adelante, con los codos en las rodillas, y pongo la cabeza entre las manos. Aprieto mis sienes, recordando mi entrenamiento. Intentando respirar y recordar cómo colocar algo en su lugar.
—Está bien que no la hayas visitado desde el derrame cerebral. Algunas personas no pueden manejar...
—Deténgase. —Mis dedos se clavan en mi cráneo, como si intentaran arrancar los recuerdos de mis sienes. Me levanto y me acerco a la chimenea. Hay algunas decoraciones navideñas que aún no ha guardado y me pregunto si tiene a alguien que la ayude.
Afortunadamente, ella no me responde. Miro al hombre corpulento. Su marido.
—¿Kowalski? —pregunto.
—Jacob.
Yo asiento y los contemplo a ambos en Francia. Él parece aturdido.
—Él era un muggle —me dice.
—¿Nacido de muggles? —pregunto, con los dedos descansando sobre el marco.
—No.
Yo arrugo la frente. Un muggle y una bruja en los años veinte.
Escucho el tintineo de una taza de té y ella pregunta:
—¿Por qué necesitas todavía la Oclumancia?
Me resisto a voltear a verla. Puedo pretender que ella no puede oírme.
—Estoy perdiendo el control. Tomando decisiones que no son mías. Cediendo a... impulsos más básicos.
Ella se ríe.
—Tienes veinte.
—Tengo diecinueve.
—Aún más delicioso.
Yo sonrío con satisfacción a la repisa y sé que ella lo escucha.
—¿Para qué necesitas tener el control? —pregunta ella.
Mis cejas se juntan. Pienso en Malfoy Consulting y el papel que desempeño allí. Pienso en los juegos de mi padre. Pienso en los labios de ella.
—¿Qué más hay ahí?
Ella está en silencio. La dejo pasar a través de mí.
—Es una pena que tuvieras que aprender Oclumancia a tan temprana edad —dice, e inmediatamente pienso en Severus. En un salón de clases y una mochila sobre mi hombro, y en el oscuro retortijón de miedo en mis entrañas… Si el Señor Tenebroso se entera...
Parpadeo y Queenie continúa:
—Los años en que un adolescente debería expresar sus sentimientos. Cediendo a sus "impulsos". Y te dejaron peleando solo en cada paso del camino. He conocido a algunos chicos católicos menos controlados que tú, tesoro.
—No puedo decir si eso sea un cumplido.
Ella asiente.
Se siente mejor así. De espaldas a ella. Manteniendo una separación.
—Voldemort se ha ido, cielo. Entonces, ¿de quién la estás protegiendo?
Yo pienso en ella. Trago saliva. Busco una razón, aterrizando en un millón de pequeñas. Ella las puede ver.
—Ella no me quiere. No quiere una relación —corrijo—. Le dijo a mi madre que nunca sería mía.
Oigo el golpeteo de unas uñas esmaltadas sobre el reposabrazos.
—Tal vez dijo eso porque no eras tú quien preguntaba.
Yo frunzo el ceño, negando con la cabeza.
—No me recuperaré. Si ella no… —Empiezo a caminar—. La besé hoy sin provocación…
—Oh, ella estaba provocándote bastante…
—Y lo haré de nuevo. Esto me hundirá. No puedo…
Me asfixio y me abro a ella, dejándola ver cosas. Ella mira mis deseos. La ve a ella debajo de mí, rodeándome. Ve sus muslos a mi alrededor mientras mis labios succionan su pecho. La ve en mi cama, arañándome. La ve de rodillas en mi oficina, desabrochando mi pantalón. La ve en cuatro, conmigo detrás de ella. En la bañera, con mis dedos dentro de su cuerpo. Piernas y brazos aferrándose a mí mientras la penetro.
Proyecto de nuevo la pared, el calor me hace enrojecer. Me vuelvo hacia ella sintiéndome culpable y Queenie conjura un abanico, refrescándose mientras me sonríe.
—Puedes venir cuando quieras.
Yo sonrío débilmente.
—Es demasiado —le susurro.
Ella cierra el abanico.
—Porque te reprimiste durante los últimos cuatro años. Los años en los que se suponía que debías sentirte así. Es como si estuvieras atravesando nuevamente por la pubertad.
Me restriego la cara.
—Tengo un negocio propio. Ahora soy un adulto. No puedo actuar de esta forma. Y mi padre...
La siento dentro de mí y la aparto rápidamente. Ella alza una ceja y aprieta los labios.
—Entonces, ¿qué quieres hacer? ¿Empujarla a un rincón como a tu abuela hasta que no sea ni siquiera una fantasía pasajera? Eso no durará.
—Ha funcionado hasta ahora.
Ella aparta la mirada.
—No estoy de acuerdo con tus métodos, cielo. Es una bendita, se caerá. Estás tan entrelazado con ella —dice—. No quedará mucho de ti después de esto.
Yo trago saliva.
—Eso no importa.
Ella suspira, considerándolo. Se lo pido con mi mente. La dejo ver las reuniones en las que he estado distraído, el incidente con Noelle. Abro la escena con mi padre, cuando le supliqué que la dejara trabajar en Malfoy Consulting. Le supliqué que me dejara conservarla.
Ella frunce el ceño y me hace un gesto para que me siente. Yo tomo la silla y dejo que ella me mire.
El reloj hace tictac en la pared.
Y, después de un rato, ella está adentro, susurrando:
Visualiza el interior de la caja. Terciopelo azul, ¿verdad, cielo?
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Lunes 22 de diciembre de 1997
Me toma mucho más tiempo del que me gustaría admitir descubrir dónde está nuestra cocina. En la Mansión, digo el nombre de un elfo y ellos aparecen, les pido lo que quiero y me lo dan.
Pero no quiero dejar rastros.
Finalmente encuentro la enorme habitación con mesitas y taburetes de la altura de un elfo. Tomo algunas cosas del frutero y encuentro una rebanada de pan. Miro el cuchillo que descansa sobre la encimera y me pregunto si...
Quizás lo haga justo antes de la misión de Navidad. De esa forma, si yo no vuelvo...
Cruzo el salón y paso el reloj empotrado. Son las tres de la mañana.
Lanzo un hechizo silenciador sobre la pesada puerta y la abro de un tirón, bajando los escalones de piedra en los que solía tropezar cuando era un niño. Antes de que necesitáramos una "mazmorra".
Enciendo mi varita, sintiendo un espasmo en mi sangre. Y allí, sobre las piedras, está el cabello tan claro como el de mi madre, tan rizado como el de mi tía. Podría hacerse pasar por mi hermana.
No le han dado una cama ni una manta, está tirada en el suelo, acurrucada sobre sí misma. Tendré que traerle algo mañana.
Ella se da vuelta, despertando con la luz.
—Hola, Draco.
Asiento con la cabeza hacia ella.
—Lovegood. —Espero a que ella retroceda. A que me ruegue que la libere. A que me suplique que no la lastime.
Ella sonríe y dice:
—¿No puedes dormir?
Pequeña lunática.
—Te traje un poco de comida. ¿Te han estado alimentando? —Le entrego el pan y la fruta.
—Gracias —dice ella—. Lo hacían, al principio, cuando Ollivander estaba aquí. Pero desde que se lo llevaron, creo que lo han olvidado. —Ella muerde la manzana y me estudia—. Tu mazmorra tiene un nido de Nargles. —Ella apunta—. Allí. En esa esquina.
—Bien —digo—. Me pondré en ello.
—Tengo puesto mi collar, así que me dejan en paz. —Ella toca el corcho de una cadena y le da otro mordisco a la manzana—. ¿Cómo van tus clases hasta ahora?
Para qué me molesto. Claramente es un caso perdido.
—Están... bien. Aunque no creo que regreses a la escuela, Lovegood.
Ella se encoge de hombros.
—Yo no lo creo.
—Intentaré traerte comida cuando pueda. Hay una gran misión en Navidad. Tal vez yo no vuelva, pero mi madre cuidará de ti.
Ella muerde su manzana y me mira. Como si no fuera una prisionera.
—Has cambiado un poco, ¿no es cierto?
Yo la miro y parpadeo.
—Supongo que todos lo hemos hecho.
—Solías ser cruel —me dice—. Ahora eres de un color diferente.
La miro con los ojos entrecerrados. He pasado demasiado tiempo aquí y probablemente esté delirando debido al hambre.
Yo asiento y me despido.
—Azul marino. Profundo como el terciopelo.
Mis pies se detienen en el primer escalón. Escucho el crujido de la manzana y siento que mi corazón late con fuerza. Me giro para mirarla.
—¿Qué dijiste?
—Tu color ahora es azul marino.
La miro, esperando.
—¿Qué?
—Veo colores en la gente. ¿Tú no?
—No, realmente no.
Ella vuelve a morder, mastica lentamente y dice:
—Por ejemplo, Harry es verde, como sus ojos. Pero lo veo principalmente en su corazón. Lavender Brown en realidad no es ni lavanda ni café. —Ella sonríe—. Ella es de un color rosa pálido. Parvati es del mismo color. —Ella retuerce la cáscara de la manzana—. Hermione Granger es azul, como el azul del cielo pero...
—Añil —termino yo.
Ella sonríe.
—Sí. Entonces sí lo ves. Tú solías ser naranja, no era un tono bonito. Pero ahora eres azul marino.
—Como el terciopelo —le digo.
—Ajá. Como el terciopelo dentro de algo… Una caja.
La miro, conteniendo la respiración, mientras ella muerde de nuevo y mastica.
Ella es una Legeremante. Tiene que serlo. De alguna clase extraña, diferente… Tendré que preguntarle a Severus. Pero primero necesito salir de aquí, antes de que ella vea algo más que un forro de terciopelo azul.
Pero tengo que preguntar.
—¿De qué color eres tú? —pregunto, todavía con un pie en las escaleras.
Ella sonríe.
—No lo sé. No puedo verme a mí misma.
Ella mira sus brazos, buscando rosas y azules. Tan pequeña como un pajarillo. Un pajarillo en una jaula.
Necesito sacarla de esta mazmorra antes de que termine la guerra. Antes de la Subasta. Ella no podría pasar por eso.
La veo menear los pies, examinándose a sí misma en busca de colores. La miro de arriba abajo y le digo:
—Tú los tienes todos.
Ella me mira y sonríe.
—Buenas noches, Draco. Gracias por la cena.
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Miércoles, 2 de febrero de 2000
Queenie Kowalski trabaja conmigo durante cuatro horas. Después regreso el martes y trabajamos otras doce. Tomo el té con ella el miércoles y tiene una mirada triste en los ojos que no puedo interpretar, pero me hace el favor de intentar encontrarla por unos momentos.
Intento pagarle, pero ella dice:
—Señor Malfoy, han pasado años desde que un muchacho tan hermoso como tú pasó algún tiempo conmigo. Siento que soy yo la que debería pagarte. —Ella me guiña un ojo.
Le devuelvo una sonrisa de la forma en que se supone que debo hacerlo. Ella me detiene en mi camino por las escaleras.
—Si tu abuela es una verdadera Legeremante... —me dice, con la mano en la puerta—, probablemente ha estado esperando para hablar con alguien, cariño. Ve a visitarla, ¿quieres? Puede ser muy solitario allí adentro.
Yo parpadeo. Me siento como si estuviera triste. Tal vez lo estoy.
El traslador me deja en mi oficina. Miro a mi alrededor, me cambio la túnica y salgo de la oficina a la calle, desapareciendo en cuanto puedo. Aparezco fuera del encantador restaurante mágico que Carrie nos había preparado.
No me detengo. Abro la puerta y hablo con la anfitriona. Sus ojos bailan sobre mí, reconociéndome, absorbiéndome. Yo hago lo mismo con ella.
Me lleva a la mesa donde Hermione Granger se reúne con Geoffrey Townsend. Él se pone de pie, me estrecha la mano y le pido disculpas. Me acomodo en mi silla frente a él.
Siento los ojos de ella sobre mí, pero ya no arden.
El señor Townsend menciona a Marcus Flint y siento que ella tiembla. Estoy enojado. Pero no me concentro en el por qué.
Cuando nos deja solos en la mesa, ella balbucea. Y la melodía me resulta familiar.
El jueves, me reúno con Blaise y Granger para discutir las entrevistas. Puedo notar que ella quiere continuar con las entrevistas de hoy, pero elijo a Blaise. Blaise me pregunta sobre Nueva York y le digo que el clima es bueno.
Ella intenta reunirse conmigo el viernes y yo cancelo.
Corazón de Bruja imprime la portada de ella en su vestido añil, sonriendo elegantemente.
Mi ojo se crispa. Y tiro el periódico al otro lado de la habitación como si me hubiera quemado.
Medito esa noche, saltándome la cena. Madre está preocupada, pero le digo con voz plana que no hay nada de qué preocuparse.
El lunes, Melody entrega mi correo y yo no puedo hacer que mis pies cooperen. Debería volver a mi oficina, pero son las 8:57 de la mañana.
Abro una carta y la leo. Y las puertas del ascensor se abren. Debí haberme ido. Miro hacia arriba y ella está ahí, entrando. Ella asiente hacia mí y la veo alejarse.
—¿Puedo traerle algo, señor Malfoy? —pregunta Melody.
Yo no respondo. Me alejo.
En la reunión de Consultores en jefe, ella intenta presionar nuevamente el proyecto de los Snidgets dorados.
—Pensé que ya había echado atrás ese proyecto —le digo. Y ella me mira. Siento calor.
—Lo hiciste. Por eso lo reajustamos. Para tu revisión.
Abro la boca para protestar y ella estalla.
—Lo que significa que debes tomarlo, leerlo por completo, pensar en él y regresar posteriormente conmigo para compartirme tu decisión
Sus ojos arden ahora, y creo que veo una librería, pero luego se va.
Ella intenta empezar otro proyecto y lo echo para atrás. Algo burbujea debajo de la superficie mientras ella se defiende.
El martes, alguien golpea mi puerta mientras leo una propuesta que trajo Wentworth ayer.
Miro hacia arriba y es ella. Está cerrando la puerta.
Su falda es demasiado corta. Parpadeo y vuelvo a mirar mi papeleo.
—Quiero... necesito presentarte mi renuncia.
Coloca una carta en mi escritorio. Doblada de a tres. Apenas un párrafo extenso explicando por qué no la veré más.
Y mi pecho se parte en dos. Y donde el viento traquetea a través de mis costillas, llenando los espacios vacíos, sopla sobre terciopelo azul.
Mi cabeza da vueltas, calculando. Mi interior ha estado desierto y frío durante seis días. Durante seis días no he sentido nada. No he pensado en ella. No la he mirado. No la he tocado. No la he besado.
Y ella aún así se marcha.
Ella ha terminado de hablar. Me espera.
—No.
Ella balbucea:
—¿No?
—No la acepto.
Y quizás eso es todo lo que tenga que decir. Tal vez ella se retire en silencio.
Debo haberla olvidado entre todo este vacío.
Ella persiste. Menciona la fecha de su último día, como un reloj contando hacia atrás hasta que ella se marche. Pero ella podría solo renunciar y marcharse, no tenía que presentar un aviso.
Ella quiere algo de mi. Si se lo doy, ella se quedará.
Me levanto y tomo la carta, sintiendo sus ojos sobre mí. Son calientes.
Me apoyo en mi escritorio y recorro las palabras, tratando de leer entre líneas.
¿Qué es lo que ella quiere ?
¿Qué es diferente? El beso.
La miro y se siente como si no la hubiera visto en semanas. Como si fuera a ahogarme...
—Aquí no mencionas nada respecto al acoso sexual que recibiste por parte de tu jefe.
Sus ojos se abren. Y tal vez eso sea todo.
—No. Esa no es mi intención…
—¿Y cuál es tu intención entonces, Granger? —Aviento la carta, es un sinsentido—. ¿Qué es lo que quieres?
Dime.
He estado preguntándole qué es lo que quiere desde hace semanas. Y ella no me lo dirá.
—Renunciarás si yo no hago... ¿qué?
Ella se ríe y se supone que yo debería ofenderme. Debería fruncir el ceño y responderle con un siseo. Pero sus dientes...
Aprieto los dedos alrededor del escritorio. Sus dientes de tamaño perfecto. Y un vestido azul dando vueltas.
—Si nada. Esto no es un chantaje, Draco…
Es como zambullirse en una piscina.
—Draco, otra vez. —De alguna forma estoy más cerca de ella—. Han pasado meses desde que te escuché decir mi nombre. —Podría tocarla si volviera a llamarme Draco. No—. Creo que la última vez fue en un callejón, susurrándolo en mi oído mientras tus dedos se aferraban a mi cabello…
Sus labios se abren y nado hacia ella.
—…O tal vez fue esa vez en mi balcón, contigo en aquel vestido blanco, sonriéndome como si tuvieras una idea de lo que estabas haciendo…
Ella parpadea rápidamente con sus ojos en mí y dice:
—¿De qué estás hablando, Malfoy…?
No te atrevas.
—No puedes retractarte ahora. Es Draco, otra vez.
Quizás esto es lo que ella quiere, extraña que la persiga. Anhela ser la sirena en las aguas, mirándome acechándola hasta que me sumerge en la corriente.
Ella da un paso atrás, ampliando el espacio entre nosotros y eso debería ser una señal de que no me quiere más cerca. Avanzo un paso.
—¿Quieres que presente un reclamo por acoso sexual?
—Quiero que seas honesta respecto al por qué de tu renuncia, Granger. —Hay fuego en mi sangre. Y consume mi piel como un bosque seco—. Valiente Chiquilla Dorada de Gryffindor, permitió que yo la besara y ahora no sabe cómo retractarse.
Se ríe de mí y el sonido hace que mi columna vertebral se estremezca.
—¿Soy yo quien quiere retractarse? —Su espalda choca contra la pared y yo me acerco aún más—. El tranquilo y ecuánime Draco Malfoy, quien nunca mezcla los negocios con el placer, besó a una empleada y ahora quiere ser castigado por eso.
Y tal vez es ella quien me tiene acorralado. Porque tenía esto bajo control hace cuatro minutos. Hace cuatro minutos, ella no era más que un nombre grabado en el forro de terciopelo de un joyero.
Mis brazos se presionan a ambos lados de su cabeza, cada vez más cerca, y por primera vez me doy cuenta de que Potter fue quien nos detuvo. Blaise tenía razón, ella nunca me apartó.
Entonces, empujo mi suerte un paso más allá.
—¿Vas a castigarme, Granger? —Las palabras salen de mí y me muerdo el labio antes de que pueda pedírselo.
Ella tiembla y casi me envuelvo a su alrededor. Respiro dentro de ella y ella inclina su rostro hacia mí.
Mierda.
Oh, carajo.
Ella me lo permitirá.
Me tambaleo hacia ella y me detengo. Necesito que me lo pida esta vez. Necesito que sea ella quien decida.
La veo poner los ojos en blanco y temo que este sea el final antes de que ella me mire de pronto. Su boca se presiona con la mía.
Y ella lo decidió.
Ella me está besando. Y yo me estoy ahogando en terciopelo azul.
Gimo en su boca y me aprieto contra ella. Sus labios se abren y la saboreo de nuevo, entrando en su boca y empujando mis caderas contra las suyas.
Ella gime. Y tal vez ya lo había escuchado antes. Tal vez ella ya había hecho estos mismos sonidos. Tal vez ella sí quería esto.
Tengo que tocarla. Tengo que…
Su cabello. Necesito…
Está recogido otra vez, apartado de su cuello. Extiendo la mano y arrastro la banda fuera de su cabello, presionando mi nariz detrás de su oreja. Aquí puedo olerla a ella, donde no hay productos para el cabello.
No vuelvas a hacer esto. No lo apartes de mí.
La beso allí, en su cuello, donde más huele a ella. Y necesito volver a su boca. Necesito mantener sus labios ocupados para que no me detenga. Pero su piel… su pulso acelerado.
Mis dedos se enredan en su cabello, manteniéndola cerca, y no puedo tener suficiente de su cuello. Los sonidos que ella emite en la habitación. La forma en que se queda sin aliento cuando succiono.
Quizás ella me lo permita. Quizás me lo habría permitido antes.
Presiono mi rodilla entre las suyas y se abren tan fácilmente, como si me hubiera estado pidiendo durante años que las separara.
Mis dedos se enroscan en su cabello, rascando su cuero cabelludo, y mis dientes se arrastran a lo largo de su cuello. Ella inclina la cabeza, dándome más espacio.
Mi mano está apretando su cadera, agarrándola, subiéndole la falda. Los muslos que había deseado durante años de pronto están entre mis manos. Presiono mi pierna hacia arriba, empujando contra ella y vuelve a gemir. Yo lamo su hombro.
Ella mueve sus caderas hacia adelante, presionando su centro contra mi muslo, y siento su garganta arrastrarse por el aire bajo mis labios. Ella vuelve a menear las caderas y yo me contengo para no empujarla.
Una vez más y ella está gimiendo.
—Oh, Dios —murmura contra mi oído, arrastrando sus dedos por mi cabello.
Mi polla se contrae, reconociendo su cuerpo. Reconociendo sus caderas y el calor de sus manos en mi cabello.
Ella echa mi cabeza hacia atrás y no puedo respirar cuando la veo así, tan cerca. Sus ojos oscuros, labios abiertos para mí, jadeando contra mi cara. Su cabello se enreda alrededor de su cuello. Y necesito acostarla. Necesito besar su cuerpo.
Ella vuelve a levantar los labios y yo no puedo respirar hasta que nos besamos. Necesito tener más de ella.
Y ella me lo permitirá. Ella lo quiere.
No sé qué habré hecho para merecerla.
Su lengua está dentro de mi boca y yo arrastro mi mano por su cuello, rozando su pecho. Necesito su piel. Necesito sus pechos en mis manos.
El pensamiento me sacude. Tiemblo cuando mi polla se presiona contra ella. Revuelvo mis manos entre su falda hasta que mis dedos tocan su piel. Mi otra mano tratando de desabrochar su blusa.
Me voy a correr en mis pantalones.
Aparto mis labios de ella, jadeando.
—Me estás volviendo loco —confieso contra sus labios, presionando mi frente contra la suya mientras me concentro en colarme dentro de su blusa.
—Lo siento... —susurra.
Como si ella no supiera. Como si ella fuera completamente ajena a la imagen de su propio trasero en estas faldas y la curva de su cintura.
Me hace reír. Debería mostrárselo. Debería tocarla y mostrarle lo que es ser yo.
Tanteo dentro de su blusa, apenas desabrochada, y encuentro una piel suave cubierta de encaje. Ella jadea complacida y yo necesito estar dentro de ella. Necesito oírla gemir mi nombre.
Levanto su muslo sobre mi torso, acercando mis caderas.
Necesito tocarla.
Haré que se corra. Lo haré tan placentero para ella que nunca más querrá separarse de mí.
Meteré mis dedos en su interior y apretaré su pecho, la besaré hasta dejarla sin aliento, con el pulgar en su clítoris, y haré que me suplique que la deje correrse.
Mis dedos bailan en el borde de sus bragas, deslizándose debajo del encaje, buscando su calor. Su humedad.
—Yo... yo...
—Yo también te amo.
La beso de nuevo, derramando mi deseo sobre ella y finalmente toco su pecho, el borde de su duro pezón bajo mis dedos.
Ella está murmurando, tratando de frenarme. Pero no puedo detener mis manos estando tan cerca. Ya puedo sentir su humedad, pidiéndome que me acerque, que entre.
—…cinco adicionales.
—¿Qué?
—Habrían sido 35 —gime.
—¿35?
Ella está hablando sinsentidos. O tal vez soy yo el delirante.
—35,000
Me congela. Como salir a tomar aire después de estar ahogándose.
Ella es virgen. Cinco mil galeones adicionales si estaba intacta.
Abro los ojos para encontrarla nerviosa, aturdida.
—Yo soy… Yo nunca he… —murmura.
Pienso en Weasley. En Krum. En el imbécil de McLaggen y O'Connor. Scamander y Hartford.
Esos chicos… hombres que la deseaban. Que incluso la tocaron y besaron.
—¿Cómo? — inclino mi cabeza hacia abajo en su hombro.
No puedo concebir la idea de besarla y luego dejarla. De dejarla ir sola a la cama después de invitarla a cenar.
¿Por qué había esperado?
—Quería que lo supieras, antes de... —su voz decae.
Antes de que me la follara contra una pared. Antes de que me la follara contra una maldita pared.
Ella había esperado todo este tiempo por... algo. O por alguien… La simple idea me sacude. Y yo estaba a punto de follármela contra una maldita pared a las cuatro de la tarde.
Aparto mis manos de ella, retirando mi muslo de su cálido centro. No puedo mirarla o me olvidaré de todo y me deslizaré dentro de ella.
—Lo siento —musito contra su piel—. Las cosas fueron demasiado lejos.
Estoy fuera de control. Nunca habría pensado en follármela contra una pared, no al menos nuestra primera vez. O nuestra única vez. Ha estado haciendo demasiado frío dentro de mí.
Compartimentar no era la mejor opción. Fue como morir de sed. Quién podría culparme por beber tan rápido.
Pienso en cómo empezó todo esto y de pronto mis manos están sobre su rostro.
—No te vayas. No renuncies. —Ella no puede irse después de esto—. Seré mejor —prometo, entrando en pánico con sus labios a un suspiro de los míos—. Volveremos a cómo éramos... antes. No te ignoraré ni te trataré de manera diferente debido a esto.
No tengo ladrillos. Ni una caja. Y es doloroso mirarla así, sabiendo que ella puede verme. Verme de verdad.
Ella duda, mirándome a los ojos. Intento una vez más:
—No te vayas
Ella no puede irse. Estará vacío todo el tiempo sin ella.
Podría volver a las librerías y a las envolturas de regalo. Era un dolor lento, pero era mío.
Ella no me permitirá tenerla, ni a su alma ni a su cuerpo. Y no puedo ser feliz conformándome con besarla así. Nunca me detendría. Pero antes era así. No había ninguna posibilidad cuando ella era mi chica de los sábados.
De todas formas va a doler, pero tal vez así consiga no arrastrarla conmigo.
Memorizo su rostro así, tan cerca del mío. Su aliento sobre mí. Y sus labios… rosados e hinchados. La toco por última vez, mi pulgar sobre su boca.
—De acuerdo —me susurra.
Ella se quedará.
La libero.
Y retrocedo.
