DISCLAIMER: LOS PERSONAJES EN SU MAYORÍA PERTENECEN A J. K. ROWLING, ASÍ COMO EL UNIVERSO EN QUE SE DESENVUELVEN.

Nota Traductora: Hola hola! Con el tiempo encima pero cumpliendo con mi compromiso. Nos quedan 6 capítulos y, como estoy segura que ya saben, esto se va a poner intenso.

Disfuten mucho el capítulo!

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Todo lo Incorrecto

Traducción de "All The Wrong Things" de Lovesbitca8

Capítulo 18

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Miércoles, 9 de febrero de 2000

La espero con café, como solía hacer.

Las puertas del ascensor se abren y me concentro en el calor bajo las yemas de mis dedos, sin guardarla, pero cerrando la tapa de mis deseos. Al igual que antes.

Le hablo de nuestra reunión de mañana y la acompaño a su puerta. Observo la forma en que sus ojos me miran fijamente.

Hemos terminado. Dejo de hablar. Veo sus ojos flotar a través de mi rostro y me pregunto si lo recordará al igual que lo hago yo. Si ella habrá pensado en mí anoche.

Me pregunto si alguna vez se habrá tocado a sí misma mientras pensaba en mí.

Debo irme.

Mis ojos se desvían a su cuello esperando encontrar el cuadro que pinté sobre su piel.

Pero, por supuesto, ella cubrió los moretones.

De vuelta a como era antes.

Como si no hubiera pasado nada entre nosotros.

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Quería visitarla después del almuerzo para discutir su propuesta, repasar mis notas. Pero no puedo esperar ni una hora. Una vez que estoy sentado en sus horribles sillas, de frente a ella, siento que puedo respirar de nuevo.

Negociamos hasta que puedo darle todo lo que quiere.

Intento hacer bromas absurdas sobre sus sillas y veo el modo en que sus ojos se apartan cada vez que se han mantenido demasiado tiempo sobre mí.

—Creo que llevar el caso de los snidgets Dorados a la vista del público nos ayudaría —le digo—. No mucha gente conoce su historia o su relación con el quidditch. Podríamos tener más ojos sobre el caso con la ayuda de los jugadores de quidditch que conocemos.

Ya estoy arrepintiéndome de haber mencionado a la comadreja, pero luego...

—¡Oh! ¡Me pregunto si podría ponerme en contacto con Viktor!

Viktor. Qué alegría.

Krum también podría ser útil.

Intento relajar la mandíbula discutiendo más sobre la campaña promocional cuando, de pronto, ella también está hablando de Rolf Scamander. Tengo que recordarme a mí mismo que ninguno de ellos ha estado con ella en la cama.

Me agradece cuando salgo de su oficina y supongo que es suficiente.

Cruzo la oficina para encontrarme a Blaise esperándome en la puerta. Le asiento. Él me sigue adentro y cierra la puerta.

—Has vuelto con nosotros.

—¿Disculpa? —Me siento en mi silla.

—Estuviste fuera por una semana. Y ahora estás de vuelta.

Está haciéndose el gracioso. Como si mi Oclumancia fuera irse de vacaciones. O como si me hubiera levantado de la muerte.

No me divierte.

—Sí —le digo.

—¿Qué motivó tu regreso? —me pregunta, jugando con los papeles en mi escritorio, mirándome.

—No era sustentable —le digo, despidiéndolo.

No puedo compartirlo con él. No puedo hablarle de besarla como si fuéramos a hacerlo otra vez.

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Viernes, 11 de febrero de 2000

Puse a varios de los becarios a investigar la lista de invitados para el Baile de los Concejales. Cuando uno de ellos ¿Tommy? entra con su análisis, encuentro algunas personas con las que podríamos conectarnos, a quienes Granger podría impresionar.

Dr. Henry Flanders - Sanador asistente en San Mungo

Experto en neurología mágica, memoria, función motora.

Hogwarts, clase 1965 - Ravenclaw

Oxford, clase 1970 - Psicología experimental

La lista continua. Tommy es muy detallado.

Pero mis ojos se detienen en memoria.

Entonces mi puerta se abre y Granger entra pisando fuerte.

Por Merlín. Qué habré hecho ahora.

Ella cierra la puerta. Y mis dedos se enroscan en mis notas.

—¿Sí, Granger?

—Acabo de tener una cita muy interesante.

La miro de nuevo.

—¿Qué? —Cuando le llevé el café esta mañana, no pensé que se veía tan increíble debido a una cita.

¿Por qué me está diciendo esto?

—Con Katya.

Vaya.

—Vaya. —Bajo la vista hacia la lista—. No sabía que estaba en la ciudad.

Escucho el susurro de un Silencio y mi corazón grita.

—No… Por favor, no silencies la habitación.

—Pero quiero gritarte. —Mierda, que tierna es.

Respiro hondo.

—Si sé que la habitación está silenciada y la puerta está cerrada, esto será más difícil para mí.

Qué desastre. Odio esta "apertura".

Ella me mira como si no se le hubiera ocurrido que quiero cogérmela en el escritorio. Se sonroja. Y me da asco haberlo dicho en voz alta.

Ella contrarresta su hechizo y se vuelve hacia mí, aún furiosa.

—¿Dónde están los libros?

—¿Libros?

—¡Los libros…! —grita ella, luego susurra—: Los libros envueltos para regalo.

De todas las cosas que he hecho en mi vida... todas las mentiras que he dicho, todas las personas a las que he herido... Debí haber sabido que ella se deschavetaría por esos libros.

—Si eran para regalo, entonces es muy probable que los haya regalado a…

—Katya no recibió ningún libro. Me lo contó hoy. —me dice—. ¡Envolví libros para tu novia y ahora resulta que ella no es tu novia y nunca lo fue, y nunca recibió los libros! Quiero saber qué les pasó.

Así que Katya le contó sobre el engaño. La forma en que ella sigue siseando la palabra "novia" me hace recordar nuestra librería. El modo en que ella solía leer sobre mis citas en el periódico al día siguiente.

—¿Realmente estás molesta por esos libros?

—¡Sí! —grita y luego sisea más bajo—: Estoy furiosa por los libros.

—¿Qué no compré los libros?

—Sí, lo hiciste…

—Entonces, después de la transacción, ¿no tenía libertad para hacer con ellos lo que se me diera la gana?

Parece que quiere estrangularme. Y, aunque la fantasía ha pasado por mi mente…

—Invertí tiempo y esfuerzo valiosos para envolver esos libros para Katya y ahora me entero que Katya nunca recibió esos libros. ¡Así que quiero saber cuál fue el punto!

Su lógica no tiene fundamentos. Lo que significa que sus emociones están desatadas. Lo que significa que siente algo.

—Lo siento —digo, sin sentirlo en absoluto—, tenía la impresión de que envolver regalos en Cornerstone era un servicio que se le prestaba a cualquier cliente. No sabía que era necesario declarar al destinatario para adquirir el derecho a solicitar una envoltura de regalo.

Su mandíbula se desencaja como si le hubiera lanzado una maldición a su gato.

—¿Sabes qué, Malfoy? Ahora que lo mencionas, la envoltura de regalos no es un servicio gratuito. En realidad cuesta dos sickles. —Ella se inclina sobre mi escritorio y tengo que obligarme a mí mismo a permanecer sentado—. ¡Lo había olvidado porque nadie más había sido tan idiota como para pedir que le envolviera un libro para regalo!

Sus ojos están ardiendo y me queman. Quiere que pelee con ella, quiere que la ponga a prueba. Pero, si presiono demasiado, me olvidaré de mí mismo.

Busco mi monedero.

—¿Dos sickles, dices?

—No te atrevas a intentar pagarme.

—No te estoy pagando a ti, estoy pagándole a Cornerstone.

—¡No quiero que le pagues a Cornerstone!

—¡¿Entonces qué quieres?!

Puedo sentir el calor ascendiendo desde mi pecho hasta mi cuello, como lava a punto de desbordarse.

Su pecho palpita, sus ojos sobre mí. Y le suplico que me lo diga, que diga que me quiere a mí.

Ella se aleja un paso de mi escritorio, como si supiera que estamos en aguas peligrosas.

—Lo que quiero saber es, ¿cuál era el punto?

Pero en cambio, soy yo quien tiene que admitirlo. Ella no se moverá hasta que yo lo haga, estoy seguro.

Inhalo en mi mente, exhalando a través de las grietas de mis ladrillos.

—Era una forma de pasar tres minutos más contigo.

Sus ojos son tan profundos mientras espera a que me retracte. Mientras espera a que lo arruine.

Ella se sonroja como si la hubiera halagado. Y supongo que lo hice.

Siento que mi piel zumba y mi mente se abre. Si ella continuara, si me preguntara algo más, yo le respondería.

Duele. Retrocedo.

—¿Algo más, Granger?

Ella balbucea, alejándose de mí, mirando sus zapatos.

—Nos vemos mañana —le digo, bajando la vista hacia la lista de invitados. Las letras se vuelven borrosas mientras evito suplicarle que se quede, pero ella está confundida.

Miro hacia arriba, recordándole el Baile de los Concejales.

—No pensaba... no voy a ir.

¿No irá?

—¿No recibiste el memo?

—¡Sólo era una oferta, no una obligación! —me sisea.

Podría zarandearla.

—Como Consultora en Jefe, y uno de los elementos esenciales tras Malfoy Consulting, es de esperarse que asistas.

Sus manos se dirigen a sus caderas y sé que lo que sea que venga después será bueno.

—¿No querrás decir que esperas que la Chica Dorada esté allí?

Ella nunca me defrauda.

—¿Disculpa?

—Fui contratada para ser Consultora en Jefe del Departamento de Relaciones con No Magos, no para ser la cara de Malfoy Consulting Group.

—¿De qué estás hablando, Granger…?

—Sé sobre Wentworth —me interrumpe.

La miro, tratando de ponerme al corriente. Está acusándome de usarla, de usar su nombre para conseguir a Wentworth. Una conversación con cervezas de mantequilla flota en mis recuerdos y supongo que sí la mencioné a ella cuando Wentworth me pidió una razón para firmar. Pero eso es... eso no es...

—Tal vez mencioné que te había ofrecido el puesto, pero no recuerdo haberle dicho a Wentworth que ya habías firmado.

—¡Pero no lo hiciste…! —Ella recuerda mantener la voz baja—. No me ofreciste el puesto. Brindaste con una copa de champaña hacia donde yo estaba.

—Es lo mismo.

—Escucha, Malfoy —comienza, y mi ojo se crispa ante mi apellido—. Me alegra defenderte ante aquellos que no creen en ti, o escribirte cartas de recomendación. Me alegra defender esta Compañía y todo lo que representa. Y estoy feliz de ayudarte a que dejes una marca en este mundo, pero no te atrevas a asumir nada sobre mí sin haberme preguntado primero.

Ella levanta la barbilla al final. Como si hubiera dejado claro su punto.

Cree que asumo cosas sobre ella, sobre su valor y su potencial. Y a mí me molesta que no las asuma de sí misma.

¿Cree que la quiero por su nombre? ¿Por sus títulos? Ella piensa que quiero a la Chica Dorada a mi lado, cuando todo lo que siempre he querido ha sido ella.

Me niego a quedarme sentado como un niñito al que puede regañar.

—Lo único que asumí sobre ti, Granger, era lo ridículamente infravalorada que te tenían en el Ministerio. —Doy la vuelta a mi escritorio, avanzando hacia ella. Y ella actúa inteligentemente colocando una silla entre nosotros—. Asumí que el Ministerio te destruiría como destruye a todos los soñadores. Y asumí que podrías hacer algo mejor.

—Viniste a buscarme con el proyecto de hombres lobo sabiendo que no podía resistirme…

—Te busqué con un proyecto para atraerte hacia mí, sí. —Me acerco, sólo la silla entre nosotros—. Para hacerte ver lo que podrías llegar a hacer. Lo que nosotros podríamos llegar a hacer juntos. —Me estoy acercando demasiado a la verdad, pero no puedo retroceder ahora—. Pero a mí me importan una mierda los hombres lobo.

Ella tiembla, los ojos en llamas. Esta puta silla. Ya debería tenerla acorralada.

Ella murmura, intentando mantener su postura moral.

—Tú... No debiste decirle a la gente que yo encabezaría este Departamento sin tener la certeza.

Quiero reírme de ella. Nunca se trató del Departamento.

—Yo creé este Departamento para ti —canturreo, mis ojos se sumergen en su cuello y pecho mientras ella respira entrecortadamente—. No existiría un Departamento de Relaciones con No Magos en Malfoy Consulting sin ti. —Ella traga saliva y su garganta revolotea—. Fue hecho a tu medida y sólo para ti. Para darte exactamente lo que deseabas.

Y me pregunto si he revelado demasiado, pero luego ella se humedece los labios.

—La próxima vez —me susurra—, pregúntame si lo quiero.

Y hay tantas cosas que quiero preguntarle. Tantas cosas que ya debería haber preguntado.

¿Puedo besarte?

¿Puedo tocarte aquí?

¿Podemos continuar?

Me pregunto si ella se siente tan fuera de control como yo. Ella necesita que yo le pregunte. Ella necesita darme su permiso.

Como si nunca le hubiera preguntado si quería que me la cogiera contra una pared. No iba a esperar a que ella me lo permitiera.

Preguntarle.

Y un entrecortado acento neoyorquino se arremolina dentro de mi cabeza.

Tal vez dijo eso porque no eras tú quien preguntaba.

—Me gustaría que vinieras conmigo al Baile de los Concejales.

Listo. No fue tan difícil, ¿verdad cielo?

Yo continúo:

—Asistirán algunas personas que no sólo serán excelentes conexiones para Malfoy Consulting, sino también para ti.

Ella me mira como si la hubiera invitado a salir el día de San Valentín. Y espero que eso sea lo que está pensando. Me aterra que eso sea lo que está pensando.

—No tengo nada que ponerme.

El alivio me estremece.

—Estoy seguro que podemos pedirle a Pansy que te diseñe algo. —Sonrío, camino hacia mi escritorio para enviarle una lechuza.

De pronto no puedo esperar a escuchar lo que Pansy tiene que decir sobre el desarrollo de esto.

Hasta que ella me recuerda que Pansy está en Italia. Seguro que me lo dijo, pero...

—Mierda. ¿En verdad no tienes nada en casa?

—Quiero decir, si fuera socialmente aceptable usar el mismo vestido que usé para Año Nuevo...

Ella se ríe y yo recuerdo su piel en ese vestido. La forma en que la tela cubría provocativamente sus caderas. ¿Podría ponérselo de nuevo y tomarme del brazo? Mi mano en su espalda mientras la encamino entre la multitud, con los dedos trazando patrones sobre su piel.

Aparto la mirada, tratando de recordar de qué estamos hablando.

Le pregunto por ese vestido. Ella piensa que tal vez fue de Desrosiers. Afortunadamente, Narcissa Black tiene una cuenta allí.

Estoy en la chimenea sobre una rodilla llamando a madame Desrosiers. Ella aparece, charlamos trivialidades antes de que le pregunte si recuerda haberle diseñado a Hermione Granger.

Sus ojos se iluminan y le digo que lo necesito para mañana. Ella no se inmuta, sabiendo que pagaré el doble por ello. Le digo que puede hacerlo similar al vestido blanco y ella me dice en francés:

—¿Quieres más escote, verdad?

Yo me río y niego con la cabeza, diciéndole que haga lo que cree que me gustaría más. Ella me guiña un ojo y me pregunta por el color.

Digo dorado antes de que pueda detenerme.

Ella me envía besos de despedida y yo me pongo de pie para hacerle una nota a Carrie para que haga un seguimiento de la factura el lunes.

—Te enviarán directamente a ti el vestido mañana por la tarde. Será lo suficientemente parecido a tu vestido de Año Nuevo sin ser exactamente igual.

—Envíame la factura —me dice.

Yo me rio. Ella nunca pagaría tanto por un vestido. Y, sin embargo, la sensación de comprarle algo, de hacerla sentir especial… Podía hacer eso todos los días.

Pero ella nunca aceptaría algo así de mí.

Aunque Pansy sí le da cosas y ella finge que no recibe nada a cambio.

—¿Por qué te parece esto distinto al acuerdo que tienes con Pansy? —le pregunto—. Ella también está sacando partido a costa tuya.

—Es completamente distinto.

Yo termino mi nota y la miro.

—¿Cómo es distinto?

—Ella... yo estoy obteniendo algo a cambio. El trato ayuda a su imagen tanto como a la mía.

Obtener algo a cambio. Y me pregunto cuánto más puedo darle antes de que no me quede nada más.

—Entonces, ¿no estás obteniendo suficiente de nuestra relación, Granger? —No puedo creer que necesite más de mí. Más para ponerme a prueba. Para demostrar que puede obtener de mí cualquier cosa que desee—. Te daré los Snidgets —le digo—. Acortemos la fecha de la corte.

La he sorprendido. Ella tartamudea su camino a través de una respuesta y yo le ofrezco más.

—¿Qué tal el Proyecto de Integración de Nacidos muggles? Está aprobado.

Ya descubriremos después la logística. Ahora lo único que me importa es lo muda que está, lo asombrada que está de que yo pueda darle las cosas que desea.

Estoy de cabeza cuando digo:

—O el proyecto de beneficencia que desees. Es tuyo. Completamente respaldado.

Ella se queda sin aliento, e imagino que esto es el equivalente a darle a una mujer un collar de diamantes, seguido de una caja de aretes a juego y luego un brazalete. Pero Granger nunca querrá esas cosas, por mucho que yo desee dárselas. Verla usarlos todos los días mientras las mujeres la miran con envidia y los ojos de los hombres se deslizan sobre su cuerpo brillante.

Mis pies me han acercado más a ella. Y ella me mira con los labios abiertos.

—Pero tendrás que aceptar que no es a Draco Malfoy a quien desean ver en todas esas galas, recaudaciones de fondos y cenas. Es a Hermione Granger, la activista, la heroína de guerra, la Chica Dorada. Necesitarás empezar a utilizar esa fama para conseguir lo que deseas.

Ahora estoy frente a ella. Y casi le pregunto si podemos continuar, si puedo tenerla de nuevo.

Ella parpadea con sus espesas pestañas y con voz provocativa dice:

—Tal vez tengas que enseñarme cómo.

Oh, las cosas que yo podría enseñarle.

—Podemos comenzar mañana por la noche —canturreo.

Ella asiente mirando mis labios como si estuviéramos compartiendo pensamientos. Como si ella también estuviera imaginando mi boca entre sus piernas, enseñándole.

Enseñarle a Hermione Granger. Vaya que sería una rápida aprendiz. Como con todo, ella superaría con creces mis instrucciones, creando nuevas formas de hacer que me corra, nuevas formas de ponerme los ojos en blanco y hacerme temblar las piernas.

Mis manos se encrespan en mis bolsillos. Trago saliva y me aparto de ella.

—Tu búlgaro estará allí mañana. —Veo sus cejas levantarse con sorpresa.

—¿Viktor? ¿En el baile de Concejales?

—Ajá. Puedes discutir con él el asunto de los snidgets. Intenta obtener su apoyo.

Ella mira hacia abajo, su cerebro trabajando.

—Maravilloso.

—Asistirán algunas otras personas que creo que podrían ser de ayuda en cualquiera de tus causas. Puedo presentártelas.

—De acuerdo.

Y no puedo esperar para deambular por el salón de baile con ella a mi lado, conociendo gente y susurrándole al oído.

—Nos vemos a las siete.

Después de que ella se marcha llamo a madame Desrosiers nuevamente, solicitando un rediseño de mi traje para mañana.

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Sábado, 12 de febrero de 2000

Blaise se ve ridículo. Pero él está seguro de que se acostará esta noche, así que supongo que eso es todo lo que necesita.

El salón de baile es luminiscente, las sedas y las luces se combinan maravillosamente. Skeeter ya me ha clavado sus garras pero, después de un coqueteo experto, logro escapar sin responder realmente a su pregunta sobre si tenía una cita esta noche.

No tengo idea.

He visto algunos clientes potenciales con los que me gustaría hablar esta noche pero me sudan las manos, así que no quiero presentarme ahora.

Estoy esperándola.

Estoy jugando con mi reloj cuando siento la necesidad de mirar hacia arriba, como si hubiera una cuerda tirando de mí cuando ella está cerca.

Una bruja con un vestido dorado se detiene en lo alto de las escaleras y yo me deslizo hasta el final de ellas. Ella me sonríe, recogiendo su vestido para descender.

Madame Desrosiers merece propina.

La miro fijamente, sus tobillos se asoman bajo el dobladillo, la suave seda se desliza sobre sus curvas, el torso ajustado y descubierto, un profundo escote que atrae mis ojos hacia sus delicados pechos. Finalmente vuelvo a sus ojos y ella se sonroja.

Sus ojos en mí.

Hasta que una bombilla destella y Rita Skeeter los ha apartado de mí. Ella está a cuatro escalones de distancia, con un pie a medio paso, y Rita le pregunta si tiene una cita esta noche.

Ella me mira ansiosa.

Y tal vez esto no es el inicio de nada. Quizás, si ella tuviera que definirlo, no sería una cita.

Está bien. Perfectamente bien. Lo que tenemos está perfectamente bien.

Retrocedo para que Skeeter no pueda verme, para que no pueda relacionarnos de nuevo. Ya la encontraré más tarde. No tenemos que caminar juntos por la fiesta, como equipo, como pareja.

—Me niego a responder una pregunta tan increíblemente invasiva, Rita. Pero si quieres fotografiarme alejándome con Draco Malfoy, siéntete libre de hacerlo —canturrea ella.

La miro, mi corazón late con fuerza y me encuentro con su sonrisa mientras ella desciende por los últimos peldaños, deslizando su mano en la mía mientras la cámara destella.

Como si fuera mía.

La conduzco lejos de Skeeter hacia la champaña, tomando dos copas.

Ella está sonriendo suavemente, satisfecha.

Debería halagar su vestido. Su cabello. Me inclino para decirle que se ve hermosa, a pesar de que esa palabra es insignificante cuando ella luce así.

Y Horace Slughorn de pronto está aquí con nosotros, salpicando su brandy en el piso de mármol. Él besa su mejilla y yo levanto una ceja.

—¡Señorita Granger! ¡Eres una visión, querida! —Luego hacia mí—: Y mi Slytherin favorito… no le digan al señor Zabini.

Él se ríe y yo le estrecho la mano.

—Ni soñarlo.

Él procede a "recolectarnos" en su Slug-Club y yo me muerdo la lengua para evitar recordarle que me negué a unirme en sexto año. Lo necesito esta noche.

Y así, él nos está guiando hacia una mujer que trabaja exclusivamente con la pequeña población de hombres lobo de Alemania.

Yo coloco mi mano en su espalda, como solía hacerlo. Más abajo, mucho más abajo que antes, y sus músculos se contraen bajo la seda.

A partir de ahí, Slughorn nos guía con otra persona. Si no reconozco su nombre, entonces debo haber decidido que no valía la pena conocerlos. Pero Granger está radiante con las presentaciones, estrechando la mano del vampiro con valentía y haciendo sus propias preguntas sin Slughorn.

Observo la forma en que su boca se mueve, sus dientes blancos relucen. Dejo que mi palma se eleve más mientras ella se mueve, acariciando finalmente la piel de su espalda. Observo cómo el escalofrío recorre sus hombros, la piel se tensa mientras mis dedos rozan sutilmente la parte superior de su cadera.

Como si fuera mía.

Ella se humedece los labios cuando lo hago de nuevo, sus ojos se concentran en el vampiro y yo miro sus pechos para ver cómo se tensan sus pezones, punzantes.

Aparto la vista, sonriéndole a quien sea con quien estemos hablando, sintiendo mi polla endurecerse, punzante.

Slughorn nos aparta y yo estoy a punto de separarnos de él para encontrar un rincón tranquilo donde pueda preguntarle si no le molestaría que le beso el cuello un rato cuando nos reúne con una de las personas que yo pretendía encontrar esta noche.

Rhett Buckworth. Filántropo. Político jubilado. Pero lo más importante, el rival de Townsend en Hogwarts convertido en amigo reticente.

Gracias, Tommy, por esta información tan útil.

Slughorn hace las presentaciones y yo ni siquiera me estremezco cuando Buckworth me llama "el chico de Lucius", porque estoy ansiando esto.

—Dígame, señor Buckworth, ¿todavía se mantiene en contacto con Geoffrey Townsend? —pregunto. Y siento que ella me mira inquisitivamente. Él lo confirma y yo le digo—: Granger acaba de reunirse con él la semana pasada.

Ella parpadea, sus bonitos ojos intentando comprenderme.

Te estoy enseñando, Granger.

La conduzco a través de la conversación, incluso atreviéndome a presionar su espalda, instándola a hablar más. Ella sigue mi ejemplo, jugando muy bien el papel de inocente, porque lo es… Ella no tiene idea de lo que estamos haciendo.

Buckworth promete la mitad y una canasta de frutas.

—En verdad me encantan esas fresas cubiertas de chocolate, señor Buckworth. —Sonrío y le estrecho la mano. Él se ríe a carcajadas.

Ella nos mira parpadeando a ambos. Yo deslizo mi pulgar por el hueco de su espalda. Diez puntos para Gryffindor.

—No tengo idea de lo que acaba de suceder —susurra.

Slughorn lo distrae por un momento y yo me inclino, inhalando su aroma, rozando con mis labios su oreja.

—Acabas de asegurar la recaudación de fondos de tu primer proyecto, Granger.

—Aunque yo... yo no hice nada.

—Estuviste perfecta.

Estoy a punto de alejarla conmigo para poder susurrar más elogios en su cuello cuando veo a un caballero mayor cerca de la pista de baile.

El doctor Flanders.

No aparto mis ojos de él mientras le susurro:

—Necesito hablar con Horace sobre algo, pero este caballero de aquí —hago un gesto a mi derecha— es el Concejal más joven de Hogwarts. También es nacido de muggles.

Ella me mira, comprendiendo.

Me presento ante el Concejal, abriendo paso para que ella se presente y, cuando la dejo, no puedo evitar deslizar mis dedos sobre su piel; con suerte, quemando el recuerdo de mí allí.

—Horace —le digo, poniéndome de lado—. ¿Conoce a un doctor Flanders? Estuvo en Hogwarts en…

—¡Sí! ¡Sí! ¡Henry! ¡Creo que está aquí esta noche!

—Me encantaría hablar con él.

Y Slughorn me lleva hasta el doctor Flanders, dejándonos para hablar en privado.

Paso treinta minutos con el doctor Flanders explicándole el caso sin dar pormenores. Es un sanador muy optimista, pero trata de no demostrarlo. Acordamos una cita para que venga a la oficina a discutirlo más a fondo.

Puedo sentir mi piel zumbando cuando nos despedimos. Si puedo darle esto...

No. No se trata de eso. Es... la forma correcta de actuar.

Encontré la solución a un problema y el modo de agradecerme por resolver su problema no es lo que importa.

Giro para encontrarla entre la multitud y es sencillo. Ella brilla.

Avanzo para reclamarla de nuevo, pero luego veo que la persona con la que está hablando es Krum.

La encontró desatendida. Tenía la esperanza de poder evitarlo.

Tomo otra copa de champaña mientras él le sonríe, mirando sus labios. Ella lo toca, colocando su mano sobre la parte plana de su ancho hombro y yo giro mi propia espalda, irguiéndome.

Camino por el borde de la pista de baile mirándolos. Observándola a ella, sus gestos y su sonrisa, sus ojos destellando. Y observando la torpe atención de él descansando en su pecho. Ella no puede ser tan boba como para no notarlo.

Hay parejas en la pista de baile. Y necesito que ella me mire a mí de nuevo.

Me acerco al violinista mientras terminan el minueto y le pregunto cortésmente si consideraría el vals francés. Le doy diez galeones. Él bufa indignado, pero asiente.

Cruzo la línea de parejas bailando, mirando cómo sus ojos se iluminan con las cuerdas. Me pregunto si aún lo recuerda. Krum extiende su mano, haciéndola reír, y yo los miro como un depredador mientras se unen al círculo de parejas. Tomo a una chica rubia, mierda, tal vez sea la misma chica rubia de hace cinco años, quién sabe, y le sonrío.

—¿Conoces el vals francés, cariño?

Ella asiente con avidez mientras me fuerzo por colocarnos a dos parejas de ellos.

Observo como Krum se inclina ante ella, olvidándome de hacerlo a tiempo yo y terminando con una reverencia rápida hacia la chica. Granger le devuelve una cortesía, una suave caída de sus piernas que fluye con la seda en sus caderas.

Ella se desliza entre sus brazos sonriéndole y yo jalo a la chica hacia mí, esperando.

Esperando.

Después de una eternidad, ella gira y aterriza frente a mí. Yo le sonrío.

Ella se detiene en seco donde está y sé que lo recuerda. Tal vez lo repite en su cabeza como lo hago yo, deseando que pudiéramos haber sido pareja toda la noche.

Me inclino, manteniendo mis ojos en los suyos. Ella se ríe y yo le devuelvo la sonrisa.

Ella hace una cortesía como si hubiera estado practicando.

—¿De qué te ríes, Granger?

Sus ojos son míos de nuevo, sólo míos, y ella dice:

—Coincidencias.

Levanto mi mano a la suya preguntándome si me tocará. Preguntándome si habrá aprendido la lección sobre tocarme.

Coloca su mano a un suspiro de la mía y observa mi rostro mientras giro a su alrededor.

—No creo en las coincidencias —Mi corazón resuena. ¿Me atrevo?

—¿Oh enserio? —Ella me sonríe, sacudiendo la cabeza como si no tuviera idea de lo que está pensando.

—Estoy exactamente donde planeé estar —le digo—. Al igual que lo había planeado la última vez que bailamos juntos esta pieza.

Y se siente como si la pared de ladrillos en mi mente no se hubiera derrumbado, se siente como si yo la hubiera escalado. Mirando desde arriba hacia lo que podría haber sido mi vida.

Ella me entiende. La forma en que su boca se abre y su cuerpo se congela. Sé que ella me comprende. Entiende que incluso entonces yo quería esto.

Le sonrío y me alejo sin molestarme en volver con mi compañera, sólo mirando a Granger desde un lado.

Ella me busca, gira en círculo y luego Krum está allí. Incluso entonces ella me busca.

Sonrío al verla desearme allí.

Pero luego ella trastabilla, se pone de puntillas y veo su pecho palpitar.

Y la sonrisa desaparece de mis labios.

Ella está... aterrorizada. Está hiperventilando. Debido a mí.

Camino por la pista, más cerca de ella, y miro mientras agradece a Viktor y se aparta de la pista de baile. Ya no me buscas. ¿Está huyendo de mí?

Porque me confesé. Porque me abrí y ella vio quién he sido desde hace cinco años.

Yo la persigo.

Ella está haciendo resonar sus pasos en un pasillo silencioso que reconozco de cuando estuve aquí con mi madre.

Ella acelera cuando me escucha, pero no puedo parar. Si tiene miedo de esto… Tengo que arreglarlo. Tengo que retroceder.

No debí haber...

No puedo perderla…

—Granger.

Ella finalmente se detiene, pero no me mira de frente. Puedo oír su respiración.

—No quería... asustarte o...

Me paso la mano por el cabello. Le diré que estaba bromeando.

¿No habría sido gracioso, Granger? ¿Si cinco años atrás hubiera tenido tantas ganas de bailar contigo que forzara las cosas para arrebatártelo?

—¿Cuándo empezaste a sentir algo tú? Por favor, dime… —un eco suave al viento.

Todavía puedo retractarme.

¿Qué, Granger? ¿Tú nunca pensaste en mí? ¿Al menos una vez? Y un guiño.

—En cuarto año —sale de mis labios. Como Veritaserum filtrándose en mis venas.

No debería haber bailado con ella. Ni ahora ni entonces. No debería haber asumido que podría arrebatarle la atención a Krum. A alguien que ella quería. No merezco que sus ojos estén sobre mí.

Y, luego, ella se da la vuelta y me mira a mí.

—Te gané. —Ella me sonríe.

¿Qué ganó? Sus ojos son amables mientras yo intento reconstruir su pregunta.

¿Cuándo empecé a sentir algo? Ella ganó porque ha sentido algo desde antes que yo...

Ella camina hacia mí, acercándose, ofreciéndose a mí.

¿Hemos estado bailando juntos todos estos años sin saberlo?

—Oh, pequeña cretina —le digo, alcanzándola, y ella sonríe contra mi boca mientras la beso.

E igual que antes, es perfecto.

Mis labios se presionan contra los suyos, encontrando un ritmo más lento que el anterior. Un baile lento, mientras ella envuelve sus brazos alrededor de mis hombros, sus manos se deslizan detrás de mi cuello y mis dedos discurren hacia sus caderas, extendiéndose por la seda.

Ella presiona su pecho contra el mío.

Tengo que tocar más de ella.

Ella me rodea, me jala hacia abajo. Y es inútil luchar contra la corriente.

Deslizo mis manos hacia abajo, más abajo, dejando que su trasero llene mis palmas, una deliciosa seda entre nosotros.

Y ella me lo permite.

Camino hacia la sala de estar, sosteniéndola contra la puerta mientras forcejeo con la manija. Ella respira contra mi cuello y mantiene cerca mi cabeza.

La puerta cede y ella se aparta un segundo al tiempo que entramos, como adolescentes buscando un armario.

Cierro la puerta, girándonos a ambos para arrinconarla contra la madera. Siento sus pechos contra mi pecho. Suave y aprisionado. ¿Me dejará mirarlos? ¿Tócalos? ¿Probarlos?

Trazo su costado, encontrando sus costillas tras la seda mientras ella inhala. Acerco mi cabeza a la suya y la miro fijamente, derramo en ella mis pensamientos y deseos.

Podría quedarme así para siempre si esto es todo lo que ella está dispuesta a darme.

Ella me mira a los ojos, esperando. Luego está revisando la habitación detrás de mí.

—¿Sabías que esta sala de estar estaría aquí?

Yo pongo los ojos en blanco.

—Granger, fuiste tu quien me condujo por este pasillo, no al revés. —Necesito besarla de nuevo—. Pero sí, he estado aquí antes. Mi madre y yo tomamos té en esas sillas el mes pasado.

—Extraño a tu madre.

—Hablemos de ella más tarde, ¿quieres? —bromeo y ella sonríe. Una verdadera sonrisa.

Como si yo conociera el secreto de sus labios. Cómo hacerla sonreír.

Ella me besa, jalándome hacia su cuerpo, y arrastra sus dedos por mi cabello, enviando escalofríos por mi espalda. Necesito más de ella.

Busco su trasero de nuevo, porque ella ya me permitió hacer eso. Mis dedos la aprietan más cerca.

Y me imagino deslizándome en su interior, mis manos en sus nalgas, acercándolas a mí con cada embestida. O inclinándola sobre uno de estos sofás y viendo cómo mi polla entra y sale, con las manos en su trasero, empujándola hacia el brazo del sofá.

Aparto mis labios de los suyos, dejando que mis pensamientos vuelvan a su sitio.

No puedo tener eso.

Ella lo dejó claro.

Entonces, ella tendrá que decirme qué es lo que puedo tener o simplemente se lo arrebataré.

Ella me dijo que debería preguntar.

—Dime qué quieres de mí.

Me deslizo sobre la seda, pasando una mano por su pecho, preguntando.

—Todo —gime ella.

No no no no no.

Chica estúpida, estúpida. Por qué harías tal cosa.

Aprieto los ojos con fuerza, respirando con dificultad.

Si ella en verdad...

Si puedo tocarla…

Probarla…

Tal vez incluso entrar…

Si me permite complacerla, si me permite arrancar el placer de su cuerpo, si me permite ver cómo se corre, escucharla gemir y tal vez pronunciar mi nombre...

Quizás ella sepa que soy yo.

No otra vez contra una pared. No así.

La atrapo contra mí y la levanto. Ella jadea y la risa, su risita nerviosa, que susurra en mi oído se dispara hacia mi pecho y me pone muy caliente.

La dejo caer en el diván y la sensación de sus dedos en mis hombros, suplicándome que me quede con ella...

Estoy tan caliente. Mi pecho arde.

Me siento sobre las rodillas, me quito el saco para arrojarlo en algún lugar cuando la veo, recostada frente a mí, esperando a que regrese a ella. En seda.

Su cabello.

Sus ojos.

Su aliento.

Puedo hacer esto. Puedo hacer que a ella le guste. Puedo hacerla gemir y deshacerse entre mis manos y tal vez me permita volver a hacerlo.

Tal vez ella sienta ansias por tenerme y, en unas cuantas semanas, pueda ofrecerme nuevamente a ella.

Me aferro a la parte posterior del diván y me acerco ella, viendo sus ojos oscurecerse. Mi mano derecha en su cintura, lista para memorizar su cuerpo, y susurro en sus labios:

—Dime cuándo parar.

Vuelvo a juntar nuestros labios, besándola suavemente. Lentamente. Probándola con delicadeza. Mi mano se desliza por su tórax, mis dedos buscando la elevación de sus pechos contra la seda. Me concentro en mi mano llena con su cuerpo, arqueo mis dedos en su piel y encuentro la protuberancia con mi pulgar. Duro como piedra a través del sujetador y de su vestido.

Ella jadea en mi boca:

—Oh, Dios, Draco.

Mi nombre en su aliento, como si me suplicara que la tocara. Como si supiera que es mi mano sobre ella, mi pulgar rodeando su pezón, mi cuerpo flotando sobre el suyo.

Como si ella me perteneciera.

Mi mandíbula se traba por el deseo. Ella grita. La mordí.

Mierda.

—Lo siento. —Sus labios son demasiado preciosos. Me muevo hacia su cuello, una piel que puedo rasgar.

Succiono su piel en mi boca. El mismo sitio donde la marqué a principios de semana, ¿y eso fue hace sólo unos días?

Pruebo el maquillaje allí. Y me dispongo a quitarlo con la lengua. Mi mano vuelve a su pecho, empujando el pulgar contra su piel.

Y ella me toca la cintura, ambas manos en los costados. Ella no tiene por qué hacerlo, puede limitarse a quedarse acostada y sentir.

—Más. Por favor, Draco.

Suplicando por más.

Suplicándome a mí.

Y yo me quedo sin aliento, preguntándome cómo será su voz contra mi oído mientras entro en ella, mientras ella tiembla a mi alrededor rogándome que la tome, pidiéndome más. Pidiéndome algo que sólo yo puedo darle.

Ella presiona su rodilla contra mi cadera. Quiere más.

Estiro las piernas, recordando esto de años atrás. Recordando cómo frotar y rodar las caderas. La sensación del sexo sin estar dentro del calor.

Ella suspira contra mi oído cuando mi torso gira hacia abajo para encontrarse con el suyo. Sus caderas abiertas, acunándome como si encajáramos. Siento que mi polla responde al calor debajo de mí. Siento sus pechos de nuevo contra el mío.

—¿Mejor?

—Sí, Dios mío —gime.

La miro, sus ojos revolotean hasta cerrarse, sus labios entreabiertos y jadeando.

Junto nuestros labios, besos húmedos entre respiraciones superficiales.

Sus caderas se elevan, presionándose con fuerza contra las mías. Es perfecto. Ella es perfecta.

Lo hace de nuevo, ahora a propósito, como si supiera que podría correrme en mis pantalones, como si eso quisiera.

Como si quisiera que me balanceara lentamente contra ella, apretando mi polla contra sus bragas para darle la fricción que necesita.

Me deslizo entre nosotros para acariciar su pecho, para apretar su pezón.

Ella gime en mi boca y yo me sumerjo entre sus muslos, presionando mi polla contra su cuerpo. Ella jadea y puedo sentir que se contrae a mi alrededor, sus brazos sosteniendo mi pecho, sus uñas clavándose en mi camisa.

—Dime cuándo parar —le suplico, y luego la follo lentamente, la tela entre nosotros, mi mano torturando su pecho, mis caderas clavándose en las suyas. Le muestro lo que nuestros cuerpos pueden hacer juntos.

Y ella responde a mi embestida con un gemido y siento que mis bolas se tensan. Estoy demasiado cerca. No puedo…

No puedo…

Necesito…

Me aparto de ella y mi polla ya la extraña. La miro, tragando saliva mientras mi mano derecha encuentra su cadera, la seda ya se ha acumulado alrededor de su cintura. Sigo la línea de su lencería de encaje hacia su centro y me pregunto si podré hacerla terminar antes de correrme yo en mis pantalones.

Beso su cuello.

Quizás ella me permita usar mi boca.

Yo la toco. Por fin. Sólo hay encaje entre nosotros. Ella muerde mi oreja y yo jadeo en su cabello. Me presiono de nuevo contra ella, sintiéndola húmeda por mí.

—Oh Dios, por favor, por favor, por favor —Su voz baña mi oído y yo me obligo a ir despacio en caso de que ella quiera detenerse.

—Dime, dime cuándo parar. —Casi estoy suplicándole ahora. Realmente debí haber preguntado al principio hasta dónde llegaríamos. En lugar de esperar a que ella me detenga.

Ahora estoy trazando círculos contra su perfecta vulva y ella murmura, gimiendo:

—¿Por qué quieres parar? ¿Qué pasa?

—Si quieres que me detenga... —Me aparto para mirarla, un rubor le recorre el cuello. Sus ojos negros—. Si tu quieres parar... —Ella tiene que decirme.

—¿Por qué carajos nos detendríamos? —grita ella.

Y yo siento que me perdí de algo.

—¿Es porque... porque soy virgen? —me pregunta—. ¿Esa es la razón?

¿Sí? La miro, preguntándome si no lo recuerda.

—Por eso me detuviste. La última vez.

—¿Yo te detuve? —Ella me empuja y yo me recuesto. Ella se sienta y me grita—: ¡ te detuviste!

—Dijiste que nunca lo habías hecho… ¡Así que me alejé!

—Sí, lo recuerdo —como si la ofendiera—. ¡Pero nunca te pedí que te detuvieras!

Eso es... definitivamente no es lo que pasó, pero ¿acaso voy a discutir con ella en un momento como este?

Le pregunté hace unos minutos. Dime qué quieres de mí.

Y ella me dijo: Todo.

Pero ella no sabe lo que todo significa para mí.

Podría estar dentro de ella. Podría cogérmela en este sofá como si fuera mía. Y aún así eso no sería mi Todo.

—Si no me pides que pare —canturreo entre nosotros, dándole una última oportunidad—, entonces voy a tomarte, Granger. Justo aquí, en este diván.

Yo espero. Espero a que ella corrobore sus deseos.

—¿Qué estás esperando?

La empujo hacia atrás, mis manos reptan hacia su torso, ansiando sus pechos, ansiando verla, sentirla, saborearla.

Ella tuvo su maldita oportunidad.

Rasgo el vestido por la mitad hasta que puedo ver su sujetador de encaje, humedeciéndome los labios por la forma en que ella jadea.

—¿Que estás…?

—Te compraré mil vestidos —le prometo, inclinándome para tomar su boca.

Ella jadea contra mí mientras succiono y beso desde su mandíbula hasta su pecho, apenas deteniéndome antes de unir mis labios con su pecho. Ella gime con el sonido más delicioso y sé que tengo que escucharlo otra vez.

Ella sostiene mi cabeza contra su pecho y yo humedezco y succiono el encaje, moviendo nuevamente mi mano bajo su vestido, jadeando mientras ella tiembla.

Me deslizo bajo sus bragas, saboreando cada momento. Sus caderas suben hacia mi mano cuando encuentro su clítoris.

Mi lengua y mis dientes están en su pecho y ella me aprieta más fuerte.

Ella me desea. Ella me quiere en su interior, bombeando dentro, haciéndole el amor.

Me restriego con más fuerza sobre ella, escuchando su respiración al jadear. La miro. Su rostro se inclina hacia atrás, sus ojos cerrados con fuerza.

—Mírame.

Sus ojos se abren y sus muslos se mueven alrededor de mi mano. Yo me deslizo hacia abajo y presiono un dedo en su interior, consumido por su calor, arremolinándome más fuerte en su clítoris y mirándola a los ojos en el momento en que alcanza el clímax, justo antes de que se pongan en blanco y sus manos se aferren al diván.

Ella gime, su cuello se estira, sus piernas aprietan mi mano. Y yo froto grandes círculos contra su cuerpo mientras ella se corre.

Me mira de nuevo con los ojos nublados. Y yo lo haría todo de nuevo. No cambiaría ni un solo momento de nuestro pasado sólo para mantener este momento.

Ella se sienta, sacándome de su interior y yo me pregunto si eso es todo.

Pero luego ella se quita el vestido andrajoso de los hombros y levanta los brazos hasta que se retira el sostén. Tengo que prepararme cuando veo sus pechos desnudos por primera vez. Y luego ella comienza a desabotonarme la camisa.

Determinación enfocada, como si preparara una poción. Desliza cada botón hasta que se detiene.

Y caigo en cuenta de que lo ha visto. El sectumsempra.

Ella intenta tocar la cicatriz pero yo aparto sus manos.

No me compadezcas, Granger. No después de todo esto.

Me merezco cada cicatriz que tengo. Cada marca. Y lo haría todo de nuevo.

Ella me mira como si hubiera hecho algo mal, así que beso el interior de su muñeca. Después de nuevo. Y de nuevo.

Ella me ataca con su boca y ambos nos reímos del dolor. Ella forcejea debajo de mí y me doy cuenta muy tarde de que intenta desnudarse. Ella se desliza debajo de mí, se pone de pie y empuja la seda alrededor de sus muslos hasta sus tobillos. Se quita cada zapato con un equilibrio que hace que los músculos de su vientre se tensen y se gira para mirarme mientras yo observo su cuerpo.

Sus muslos. Cómo los deseo a mi alrededor. Deseo que se aferren a mi cintura o a horcajadas en una silla.

Sus caderas. Curva perfecta desde la parte superior de sus piernas hasta su cintura, y casi le pido que se dé la vuelta para poder ver su trasero.

Sus costillas y sus senos. Sacados directamente de mi imaginación.

—Quítate los pantalones.

Yo miro su boca, asegurándome de que realmente fue ella quien lo dijo. Ella se sonroja y me parece cautivador. Tengo que reducir la velocidad.

—Quiero decir... —murmura—. Ahí es a donde nos dirigimos, ¿cierto?

De pronto está nerviosa. La amo.

Me pongo de pie, colándome en el espacio frente a ella y estoy seguro de que quiere dar un paso atrás, pero igual cumple con mi desafío.

Ella inhala profundamente y su pecho casi toca el mío.

Busco mi cinturón y mis pantalones, y cada vez que desprendo un botón mis nudillos rozan su vientre. Trabajo lentamente, mirándola a los ojos, viendo cómo sus pezones se erizan.

Me bajo los pantalones y ni siquiera puedo planear mi próximo movimiento antes de que ella me empuje, me empuje hacia atrás y se suba encima de mí.

Por fin está en mi regazo, sus piernas a cada lado de mi cuerpo. Y ella es agresiva y tiene el control. Ella abre los botones de mi camisa. Empuja mi cabeza hacia atrás para poder colar su lengua en mi boca. Ella me saca la camisa por los hombros.

Yo mantengo mis manos ligeras sobre sus caderas, sin confiar todavía en mí mismo.

Ella se acerca, abre los muslos y se mece contra mí antes de que yo sepa lo que está pasando.

Mi polla se aprieta contra su cuerpo y estoy tratando de mantenerla allí cuando ella vuelve a hacerlo.

Mis manos la mantienen quieta, suplicándole que por favor no lo haga.

Ella me asedia de nuevo, sus manos en mi cabello y mis caderas chocando contra las suyas. Estoy listo para arrastrar a un lado sus bragas, sacarme la polla de mis calzoncillos e introducirla.

Nos mantengo quietos a ambos, con los ojos cerrados con fuerza.

No así.

—Draco, por favor.

La sostengo cerca mientras nos giro a ambos para que ella vuelva a estar boca arriba. Cuento hasta diez antes de poder mirarla, sus labios exhalando aire contra mi cara y sus ojos clavados en mí.

—¿Estás segura?

Porque no me detendré. No una vez que esté dentro.

Ella murmura una plegaria de síes.

Y entonces estoy bajándole las bragas, escuchando su respiración mientras introduzco mi dedo en ella, luego otro. Preparándola de una forma que nunca había necesitado con Pansy. Ni siquiera le pregunté quién había venido antes de mí.

Ella me ruega que empiece, pero le pido que confíe en mí. Tenemos que hacerlo de esta forma.

Toco su clítoris de nuevo y ella se aferra a mi cabello, besándome con fuerza, suplicándome. Y eso debe ser suficiente, ¿verdad?

Aparto mis calzoncillos, me aferro a su cadera y me introduzco en ella.

Y los siglos giran.

Hay un baile tras mis párpados e intento escuchar la melodía, pero todo lo que escucho es su respiración.

Estoy dentro de ella. Completamente. Y mi mandíbula se abre de felicidad.

Me atrevo a mirarla y ella me mira como si yo le hubiera dado la luna.

—¿Estás bien? —pregunto.

Ella asiente y yo comienzo.

Y no hay nada peor que el ritmo que marco para ella. Nada tan tortuoso como sentir su calor engulléndome cada vez, sus paredes apretadas e inexploradas rogándome que le de el tiempo suficiente para acostumbrarse a mi tamaño.

Así que me muevo despacio. Y la beso con los ojos cerrados y la lengua insistente.

Intento pensar qué hacer para hacerla sentir así, para ayudarla a entender esto.

Ahueco nuevamente mi mano contra su pecho, vibrando sobre ella, tuerzo su pezón entre mis dedos. Ella jadea en mi boca. Sus uñas se arrastran por mis hombros.

Me deslizo por su cintura, todavía sin creer que esté desnuda debajo de mí. Que esta piel sea mía.

Giro hacia abajo por sus caderas, jalando más arriba su rodilla y, cuando me hundo más profundo dentro de ella, la escucho jadear.

Cierro los ojos y pienso en un ritmo lento, su rodilla en mi pecho, su aliento entre nosotros.

Abro los ojos, miro los suyos y le pregunto:

—¿Puedo ir más rápido?

Ella me dice que sí, pero no le creo, así que le muestro lo que quiero hacer y avanzo. Ella parpadea rápidamente y vuelve a decirme que sí.

Me aferro a su cadera, presionando mi frente contra la suya, y acerco nuestros pechos. Y me la cogo de la forma que deseo.

No tan rápido. Lo suficientemente rápido como para sentir sus paredes friccionándose contra mi polla antes de volver a entrar. Puedo escuchar mis jadeos en cada exhalación.

Ella está mirándome. Y yo deseo tanto que esto le guste. Que quizá vuelva a querer hacerlo.

Cuelo mi mano entre nosotros, su clítoris chocando con mis dedos en cada embiste de mis caderas.

Ella se contrae suavemente a mi alrededor y yo no puedo pensar. Mi visión se pone en blanco antes de regresar y Hermione todavía está debajo de mí. Ella vuelve a contraerse, esta vez a propósito, y yo respondo frotando con fuerza su clítoris, sus caderas saltan más rápido.

Ella es tan apretada. Y su aliento en mi rostro, gimiendo mientras la hago mía.

Mis dedos se enroscan en su cabello, apretando mi puño y tirando de su cuello hasta mi boca.

Ya casi llego. Mi cara está en su puto cabello.

Gruño contra su cuello, chasqueando mis caderas contra ella, frotando su clítoris con la vana esperanza de que...

Y ella gime, su pecho se arquea hacia mí.

Vamos, amor. Beso su mejilla y regreso a su cuello.

Ella gime y yo me aparto para verla correrse mientras estoy en su interior, bombeando dentro de ella.

Ella regresa a la tierra y, cuando abre los ojos y me sonríe, no puedo pensar en otra cosa que en correrme. Tengo que correrme.

Cuando todo se contrae en mi interior y gruño, tiemblo y me derramo en su interior, tengo una mano en su cadera y la otra en sus rizos.

Respiro contra su pecho, esperando que el mundo regrese.

Pero sólo somos nosotros dos.

Siento sus costillas debajo de mí, expandiéndose, tratando de respirar con mi peso. Dejo un último beso en la parte superior de su pecho, saboreando el sudor en su piel, y luego lucho por salir de ella y sentarme.

Lasciva. Recién cogida en el sofá. Con el cabello indomable, los labios amoratados y sonriéndome.

Encuentro mis calzoncillos y mis pantalones. Todavía estoy recuperando el aliento mientras me pongo la camisa.

Esto es lo que hacemos, ¿no es así? ¿Nos vestimos y nos vamos a casa?

Ella está jugueteando con su vestido dorado, una tela especialmente elaborada por Desrosiers, lo que hace que un reparo sea muy difícil.

Le compraré otro.

Lo transfiguro en una túnica. Ella toma sus zapatos y yo la acompaño hasta la chimenea.

—Si planeas volver allá —me dice—, primero tendrás que mirarte en el espejo.

Miro su rostro, tratando de decidir si esto es lo correcto. Por lo general, la gente puede quedarse dormida después o ir a casa.

Pansy siempre volvía a su dormitorio.

—Voy a inventar alguna excusa para ti —le digo.

Ella me mira, esperando. Y yo me inclino y la beso.

Ella atraviesa la red Flú y se marcha.

Y creo que eso fue una forma incorrecta de actuar.

Miro las llamas, preguntándome si debería ir tras ella.

Pero nosotros... tenemos alguna clase de acuerdo ahora, ¿no?

Tenemos sentimientos el uno por el otro.

¿No es cierto?

¿Nos lo dijimos?

Me duele la cabeza. Necesito a Blaise.

Conjuro un espejo y me arreglo, extrañando su lápiz labial en el momento que desaparece de mi piel.

Vuelvo al baile, estrecho la mano de algunas personas en busca de Blaise.

Media hora después, cuando Slughorn me dice que ya se fue, me dirijo a las chimeneas.

Entro al elegante y pequeño apartamento que compró cuando regresó al Reino Unido llamándolo por su nombre.

Él aparece por el pasillo, en bata, sosteniendo su varita.

—¿Qué? —Él me mira de arriba abajo en busca de heridas.

—Tuve sexo con ella. ¿Qué hago ahora?

—¿Con quién?

Lo miro.

—¿Tú quién crees? —Me siento en su sofá.

Él se rasca la mandíbula.

—Será mejor que no sea Melody, porque ella está en la habitación de al lado.

Yo le entrecierro los ojos.

—Zabini —siseo—. Firmaste un contrato.

Sus ojos se ensanchan.

—¡¿De qué mierda estás hablando?! ¡Acabas de tirarte a Hermione Granger!

Nos miramos el uno al otro por un momento.

—Oh, por Merlín…

—¡Mierda! ¡Draco! —Él se abalanza sobre mí.

—Lo sé…

—¿Te cogiste a Hermione Granger?

—Lo hice.

—¡Las maravillas nunca cesan! —Él salta encima de mí con las rodillas presionando mi estómago.

—Entonces... —Una voz femenina desde el pasillo—. ¿Hemos terminado por esta noche?

—¡Lárgate de aquí, Melody! —grita él—. ¡Hay algo importante sucediendo aquí!