DISCLAIMER: LOS PERSONAJES EN SU MAYORÍA PERTENECEN A J. K. ROWLING, ASÍ COMO EL UNIVERSO EN QUE SE DESENVUELVEN.

Nota Traductora: *Se asoma por encima de la pantalla y vuelve a esconderse*

Hola… perdón… sé que tardé muchísimo… Por eso estoy aquí publicando a pesar de que no es viernes.

Para quienes no sepan, mi hermano tuvo un accidente muy feo, después toda mi familia materna estuvo enferma de Covid, incluida mi abuelita, y después pues… la vida común y corriente de una madre de 3 hijos en plena pandemia absorbiéndome. Aún estoy tratando de adaptarme a todo lo que se me vino encima. Mi hermano está mejorando y toda mi familia salió bien del covid, así que me siento sumamente afortunada. Ha sido un torbellino de emociones.

¡Pero aquí sigo, y no pienso irme a ninguna parte! Nos quedan solamente 5 capítulos después de este para terminar "Todo lo Incorrecto" y ahora con "The Auction" finalizada, esperen el inicio de la traducción de "La Subasta" en cuanto acabe con esta historia. Aún tenemos mucha lectura para rato!

Nos leemos muy pronto, muchas gracias por sus comentarios aquí y en mis redes, de verdad no tienen idea de cuánto lo aprecio.

Reciban un gran abrazo con aroma navideño.

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Todo lo Incorrecto

Traducción de "All The Wrong Things" de Lovesbitca8

Capítulo 19

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Sábado, 8 de julio de 1995

Mi padre todavía está en Borgin y Burkes, haciendo trueques e intimidando, así que me escapo y encuentro mi camino hacia Cornerstone entre la multitud. No lo he visto desde el verano pasado, pero Morty sonríe cuando me ve.

—Joven señor Malfoy. Bienvenido.

—Buenas tardes, señor Hindes. ¿Cómo estuvo su verano?

Morty me empuja el cuenco de mentas y yo tomo una, retorciendo el papel de aluminio.

—Excelente, excelente. ¿Hogwarts te trata bien? —Sus cejas se inclinan y luego susurra—: Escuché sobre ese pobre chico Diggory. ¿Lo conocías bien?

Yo me encojo de hombros.

—No, no muy bien. Es realmente espantoso, pero escuché que cosas como esa suceden todo el tiempo en el Torneo de los Tres Magos—. Me meto la menta en la boca, con los ojos clavados en las estanterías.

—Cuídate, Draco —me dice, dándome una palmada en el hombro—. Tómate tu tiempo para explorar. —Hace un gesto hacia los nuevos lanzamientos—. Si necesitas que te envíe por correo cualquier cosa a Hogwarts, sólo dímelo cuando te vayas.

Echo un vistazo a los estantes, llevo dos libros conmigo mientras subo una escalera hasta un rincón en la pared del fondo. Morty y Maggie solían tener un gato cuando yo era más joven. El gato murió cuando yo tenía ocho años, pero todavía mantienen aquí una manta doblada y me gusta pensar que es para mí.

Morty me guiña un ojo mientras me acomodo y yo me pierdo por un tiempo en el nuevo libro de Lance Gainsworth, Indeseable No. 6. Ha anunciado que serán siete. Le escribí hace dos años, después de que saliera el último libro, para hacerle saber cuánto los disfruto. No esperaba nada a cambio pero, dos semanas después, recibí un paquete con cinco copias autografiadas y una nota prometiendo la entrega de las dos últimas al finalizar.

Podría esperar a que llegue el sexto autografiado.. pero no me gusta leer los que están autografiados. No me gusta quebrar los lomos ni dejar huellas en las cubiertas plateadas.

Estoy en el capítulo siete y los dos amantes finalmente se han reunido. La puerta principal se abre con un ruido sordo y algo me impulsa para que levante la vista por primera vez en una hora.

Hermione Granger danza a través de la puerta, mirando a su alrededor como si nunca hubiera visto una librería en su vida.

Su mandíbula se abre, sus ojos están hambrientos.

—Hola, señorita —dice Morty.

Me meto detrás de los altos estantes, observándola a través de los huecos.

—Buenas tardes —dice ella—. ¿Cuánto tiempo ha estado aquí esta librería?

—Mi esposa y yo abrimos esta tienda hace cuarenta años —dice Morty, quitándose las gafas.

Sus ojos brillan. Examina los estantes y yo tiro hacia atrás de mi zapato cuando ella voltea en mi dirección. Su cabello no ha sido alisado desde el Baile de Navidad, pero hoy lo trae recogido. Su cuello se estira y yo me humedezco los labios.

Ella charla con Morty y él es amable con ella. Él le da un pequeño recorrido, señalando los nuevos lanzamientos, dónde está la sección de ficción, dónde están las biografías.

Ella hace lo mismo que hace en Hogwarts: lleva cinco o seis libros en sus brazos mientras sigue mirando a través de los estantes, como si no tuviera magia para hacerlos flotar, o un vendedor para llevarlos hacia el mostrador. Los coloca en su cadera, desapareciendo de vez en cuando alrededor de los estantes de ficción para que yo sólo alcance a ver sus rodillas a través de los espacios entre los libros. Su rostro aparece cuando saca un libro y la veo leer la portada. Ella sonríe ante la descripción y yo estiro el cuello, tratando de averiguar cuál es.

Quizás Morty lo sepa. Miro hacia el mostrador y lo encuentro sonriéndome suavemente. Salto, miro hacia el libro de Gainsworth y me acomodo de nuevo en mi lugar.

La puerta principal se abre otra vez y yo miro hacia arriba para asegurarme de que ella no se está marchando.

Es mi padre. Él examina con rigidez la tienda. Ya me ha encontrado aquí antes y a veces me escondo en este rincón y veo a Morty mentirle, diciéndole que no me ha visto.

Padre barre los estantes, frunce el ceño e ignora el saludo de Morty, merodeando hacia la sección de ficción.

Hacia ella.

Bajo a trompicones la escalera, olvidando el libro, mis zapatos se enganchan en los peldaños haciendo que casi me caiga de tres metros de altura.

Sus ojos captan mis frenéticos movimientos y se detiene justo antes de voltear en la esquina, apenas a tres pasos de ella.

Yo asiento y le digo:

—¿Terminaste?

Él me mira alzando una ceja y yo avanzo hacia la puerta, suplicándole que me siga.

—¿Encontraste hoy algo que desees? —pregunta Morty, con una sonrisa juguetona en los labios.

—Mmm… no —balbuceo, apartando la mirada de mi padre—. Gracias, señor Hindes.

Caminamos hasta el punto de Aparición y me disculpo cuando mi padre me reprende por haberme escapado.

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Sábado, 12 de febrero de 2000 - más tarde

Tengo rasguños en la espalda y bragas en mi bolsillo.

Los arañazos... tengo un recuerdo confuso. Sus uñas en mi piel mientras temblaba debajo de mí.

Las bragas ... Tengo algunas dudas respecto a su apariencia.

Finalmente regreso a la Mansión después de unos difíciles treinta minutos de té con Blaise y Melody, quien parecía conocer la cocina de Blaise mucho mejor de lo que se supone que debía hacer una aventura de una noche.

—¿Y la enviaste a casa? —preguntó ella, hirviendo agua en la tetera, envuelta en un albornoz que hacía juego con el de Blaise.

—¿Debería haberla llevado a casa? —pregunté yo.

—Sí.

—No.

Blaise y Melody hablaron al mismo tiempo.

—Escucha, Mel —comienza Blaise pomposamente—. No conoces toda esta situación. Draco probablemente se habría puesto como un idiota si se hubiera ido a casa con ella. Le habría dicho que la ama o alguna tontería.

Muy cierto.

—Escucha, Blaise —siseó Melody, con las manos en las caderas—. Fue su primera vez.

Los tres intercambiamos miradas.

—Oh, mierda —dije, dejando caer la cabeza entre mis manos.

Llegué a casa, desvestido, siseando por el dolor de los rasguños en mi espalda. Después de examinarlos en el espejo, recordando la forma en que ella había gemido y el olor de su piel, comencé a quitarme los pantalones.

Por eso estoy aquí parado con sus bragas en la mano, preguntándome cómo lo hice. Recuerdo haberlos visto en el suelo cerca del sofá y luego miré hacia arriba para entregárselos y ella estaba inclinada recogiendo su sostén. Sus piernas largas y su culo redondo.

Dejo las bragas en la encimera, me meto en la bañera y permito que la espuma me escoza en la espalda. Las observo hasta que decido que ahora me pertenecen.

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Domingo 13 de febrero de 2000

A las 9:57 de la mañana, aparezco en el Callejón Diagon con un vaso de café. Camino por las calles hasta Cornerstone y abro la puerta a las diez de la mañana.

Morty levanta la cabeza de lo que está mirando en el mostrador.

—¡Señor Malfoy!

Yo parpadeo.

—Señor Hindes. Me alegro de verlo. —La busco rápidamente en los alrededores de la tienda.

—Me estaba poniendo al día con tus aventuras de anoche —me dice él.

Yo tropiezo con el último escalón.

—¿Mis… mis aventuras?

El levanta El Profeta y lo agita en mi dirección.

—El Baile del concejal.

Observo cómo Granger desliza su mano en la mía, su vestido dorado brillando.

—Oh, sí —le digo—. Fue grandioso.

Él me mira fijamente por un momento.

—Asumí que estarías durmiendo.

—Sí, yo sólo… —El vaso de café en mi mano humea—. Pensé que tal vez yo...

—Ella no vendrá hoy, señor Malfoy.

Mi estómago se retuerce. ¿Ella habrá huido?

Él continúa:

—Le dije que se tomara el día libre.

—Oh, qué bien. Muy amable de su parte, señor Hindes.

El asiente y se sube las gafas por la nariz. Mira el vaso en mi mano.

—¿Ese café es para mí? —Sonríe.

Yo presiono mis labios.

—Sí.

Deambulo por el Callejón Diagon ese día, encontrándome con todo tipo de hombres en busca de regalos para sus cónyuges y tengo que recordarme a mí mismo que es demasiado pronto para comprarle diamantes. De todos modos, ella no querría diamantes. Pero yo quisiera dárselos.

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Lunes 14 de febrero de 2000

Espero con café en la recepción. Melody me está haciendo pasar un mal rato preguntándome, con un brillo en los ojos, si necesito algo.

—Malfoy.

Miro hacia arriba y Mockridge está de pie en la puerta de su oficina, llamándome. Él desaparece dentro, sin esperar una respuesta. Porque parece que estoy desocupado. Porque estoy parado aquí, sin hacer nada.

Miro el reloj.

—Yo me ocuparé de eso, señor Malfoy —dice Melody, levantando una ceja.

Yo suspiro y le entrego el café, dirigiéndome hacia Mockridge mientras Melody camina hacia la oficina de Granger.

Mockridge está interesado en la donación de Buckworth que obtuvimos el sábado por la noche y yo le digo que lo discutiré más a fondo en la reunión de Consultores en Jefe. Escucho el sonido del ascensor. Después de unas cuantas bromas matutinas, salgo por su puerta y vuelvo a recepción. Melody apunta con la cabeza hacia la oficina de Granger.

Me deslizo por su puerta, un poco menos relajado de lo que podría haber esperado.

—Granger. Sí, que bien —balbuceo.

Ella me mira con sus hermosos ojos y recuerdo su expresión cuando se corrió. La forma en que me mantuvo dentro de ella como si perteneciera allí para siempre.

—Mmm, el personal ejecutivo se reunirá a las nueve —le digo. Hoy quiero pasar tiempo con ella—, y luego necesitamos reunirnos para hablar sobre las finanzas de la Ley de hombres lobo. ¿Está bien después del almuerzo?

—Sí. Genial.

Yo asiento. Esto es maravilloso. Almorzaría y luego me daría un festín con ella. Me pregunto si ella me permitiría hacerla rebotar sobre mi verga.

Estoy a medio camino de la puerta consultando mi reloj. No puedo esperar cuatro horas.

Me vuelvo hacia su puerta, sugiriendo que nos veamos antes del almuerzo.

—Sí. Genial. —Ella esta sin aliento. Y yo tengo la intención de mantenerla así.

Blaise sigue explotando corazones y confeti dondequiera que va y eso me recuerda que yo debería tener algo para ella. Algo para regalarle por San Valentín.

Él irrumpe en la sala de conferencias rociando purpurina por todas partes, prometiendo limpiar lo que ensucia. Ella ya está sentada con su taza de café.

—¿Cómo estuvo su fin de semana? —pregunto, tomando asiento. Ella se sonroja, no me mira. Y me pregunto en qué estará pensando. Si es posible que esté pensando en nosotros.

Blaise dice:

—Yo había estado divirtiéndome en grande en la Mansión del Concejal antes de que Granger llegara y acaparara toda la atención.

—Así es. Blaise, Granger y yo asistimos al Baile de San Valentín el sábado. Blaise pudo asegurar un par de cuentas. Granger también tuvo una velada exitosa.

Ella se atraganta con su café. Y ni siquiera fue mi intención hacer una broma secreta, pero ahora estoy ansioso por tenerla a solas. Ahora que sé que ella está pensando en eso.

Paso la siguiente hora concentrado. Discutimos nuestro financiamiento, nuestro progreso. Les hago saber que he elegido a Cornelia Waterstone para el puesto del Wizengamot. Veo que ella levanta la cabeza para mirarme y sé que está feliz.

Les hablo de la canasta de frutas en recepción y luego les digo:

—Granger y yo nos pondremos ahora a trabajar en las finanzas, pero estaré disponible después del almuerzo si requieren algo.

Y si se atreven a interrumpirnos, los maldeciré hasta volverlos mierda.

La espero fuera de la sala de conferencias. Ella tarda una eternidad en salir, luego la llevo a mi oficina. Quizás debería instalar una cama allí.

La dejo entrar primero y casi le aprieto el culo al pasar. Cierro la puerta detrás de nosotros y me apoyo en la puerta.

Deberíamos hablar primero, ¿no? ¿A ella le gustaría conversar?

Ella se vuelve hacia mí, aferrándose a sus notas. Sus ojos están brillantes y ansiosos. Hoy su cabello está suelto, ha estado suelto todos los días desde que le arranqué la cinta para el cabello.

Siento que el deseo me recorre como una infección cuya propagación no puedo detener.

Escucho a la gente al otro lado de esta puerta y me pregunto si eso la excita tanto como a mí.

—¿Crees que puedas guardar silencio, Granger? —canturreo, sabiendo que ella es incapaz de hacerlo. Sabiendo que ella gime y grita. Tendremos que trabajar en eso para poder tenerla en todos los lugares imaginables.

Sus ojos se queman.

—Sí. —Ella asiente con la cabeza hacia las alfombras—. No; sí, lo entiendo. —Se aferra a su papeleo y yo me pregunto qué cree que entiende.

Miro con horror como sus ojos se encuentran con los míos, lágrimas brotando de ellos.

—Podré mantenerme callada. Me guardaré lo que pasó. Podemos fingir que nunca sucedió si eso es lo que quieres.

Mierda, ambos somos tan idiotas. Nos odio mucho.

—Permíteme ser más claro: ¿Crees que puedes guardar silencio? —le digo, sonriéndole y acercándome a ella—. ¿O necesito silenciar la habitación?

Veo el amanecer en sus ojos. Y luego ella se humedece los labios y me alegro de que lo entienda porque ahora tendríamos que estar desnudos.

—Necesitarás silenciar la habitación.

Hago precisamente eso y enseguida ella se precipita a mis brazos. Mis manos están en sus caderas y las suyas en mi cabello. Sus labios presionando contra mí, hambrientos, y el profundo miedo de que todo hubiera estado en mi cabeza se desvanece.

Su boca es frenética y yo tomo su cabeza con una mano, inclinando su rostro. Ella suspira dentro de mí una vez que he tomado el control y yo guardo ese hermoso recuerdo.

Qué chiquilla tan boba, pensar que yo querría olvidar que esto alguna vez sucedió.

—Merlín, pensé que te había perdido —le digo, bajando por su mandíbula, succionando los moretones maquillados.

—¿Tú lo pensaste? Tú eres el críptico…

—Mi intención era ser gracioso —le siseó al oído.

—Siempre estás haciéndote el gracioso…

Jalo sus caderas hacia mí y sus manos comienzan a desabrocharme el chaleco. Mi verga se contrae ante la prueba de que ella quiere que estemos desnudos, de que me quiere nuevamente en su interior. Dejo que me desabroche y me quite el chaleco y luego la agarro del trasero y la levanto. Ella hace el sonido de sorpresa más adorable y yo busco una superficie para cogérmela.

Mis ojos se separan de su cuello y encuentran la ventana al lado del sofá. El espacio que ella había llenado en la sesión de fotos de El Profeta. El espacio que había llenado desde entonces. Me sonríe cuando presiono su cuerpo contra la pared, casi como si pudiera recordarlo igual que yo.

Pongo sus rodillas a mi alrededor, cerrando sus piernas en torno a mi cintura. Ella me aprieta con fuerza contra su cuerpo y yo gimo profundamente dentro de mi pecho. Mantengo una mano firme en su muslo mientras desabrocho su blusa, mis ojos se posan en sus senos cada vez que olvido mover mis labios sobre los suyos.

Una vez que le he sacado la blusa de la falda y he terminado con los botones, le abro las piernas, contemplando su piel, tratando de memorizar sus tetas, dándome más tiempo del que me había tomado el sábado.

—Mmm… ¿La documentación? ¿Te preocupa o quieres revisarla? —susurra ella.

Yo aferro su pecho, llenando mi mano con su carne.

—¿Las finanzas de los hombres lobo? No, por supuesto que no.

Ella tartamudea y yo sonrío por la forma en que puedo hacer que sus pestañas revoloteen. Deslizo mi mano por su muslo, colándome debajo de su falda hasta llegar a sus bragas.

—Me… me refiero al... contrato.

—¿Contrato?

Quiero todo su encaje. Ella gime mientras aprieto su clítoris y alcanzo los cierres de su sostén.

—El contrato de amor.

Me congelo. Ese maldito contrato. ¿Tiene miedo de las repercusiones?

—¿Estás preocupada por eso? —pregunto.

—Sólo en el sentido de que firmé un documento prometiendo justamente no hacer esto.

Y luego aprieta sus piernas a mi alrededor, frotándose contra mi mano. Pequeña descarada. Sigo quitándole el sostén y digo:

—Sólo en el sentido de que yo creé un documento justamente para evitar hacer esto.

Ella sonríe y yo me deslizo en sus bragas, pasando mis dedos por su piel.

—Y para mantener a Blaise alejado de Melody —suelto, besando su cuello.

—Bueno, pues no está funcionando. —Ella se ríe y el sonido me hace cosquillas en la oreja y hace que mi pecho tiemble. Y me dispongo a hacerla temblar.

Mis dedos se arremolinan alrededor de su clítoris, mi otro brazo se enrolla alrededor de su espalda. Puedo sentir su pecho contra el mío y su respiración se acelera.

—Supongo que podemos discutirlo más tarde —murmura—. Es un contrato común para las empresas, especialmente las que pertenecen a la Iniciativa Privada. Ya lo investigué.

—Shhh… Puedes darme clases más tarde.

Me la imagino rebotando sobre mí, preguntándome sobre las rebeliones de los duendes, sin dejar que me corra hasta que le haga un resumen de mis argumentos...

—¡Ay!

Ella se aparta de mí y yo refuerzo mi agarre para que no se caiga. Mis dedos acababan de entrar en ella y el calor comenzaba a engullirme de nuevo.

—¿Qué pasa? —Recorro su rostro, observando la tensión entre sus cejas y a lo largo de su mandíbula.

—Estoy bien. —Ella sonríe con lágrimas en los ojos—. Sólo un poco adolorida. Continúa.

Miro su rostro, esperando. Ella me repite que está bien y trata de besarme.

Está incómoda. Adolorida.

La dejo caer en el brazo del sofá y ella me agarra con los muslos para que no pueda ponerme de pie.

—No te detengas. Estoy bien. Quiero hacerlo.

Ella susurra sus deseos en mi oído y casi la penetro allí mismo.

Apoyo mi brazo izquierdo contra el respaldo del sofá y muevo el derecho hacia sus bragas. Rodeo su clítoris y veo su rostro relajarse. Introduzco un dedo en su interior y eso le gusta. Mantengo mi pulgar moviéndose sobre su clítoris, mirando su rostro.

Ella me mira con esos ojos y me ruega que me la coja. Esta bruja me destruirá.

Intento con dos dedos, esperando... Y ella hace una mueca.

Miente al decirme que está lista. Me levanto, apartándome de ella, preguntándome qué hacer ahora. Y luego ella está forcejeando, quitándose el sostén y desabotonando mi camisa.

Observo su pecho subir y bajar mientras me quito la camisa. Ella empieza a desabotonar mis pantalones y creo que tendré que sentarme pronto. Es vertiginosa la forma en que ella me desea.

Ella se mueve botón por botón en la parte delantera de mis pantalones, provocándome más a medida que avanza, rozando sus dedos con mi polla. Sus pezones están erectos y se lame los labios mirando mi entrepierna. Me pregunto si podría pedirle que me la chupe.

No.

Eso es demasiado…

Ella no querría hacerlo.

Pero pienso en plumas de azúcar y cucharas de sopa y me endurezco más contra sus dedos. Ella casi ha terminado con mis botones y yo levanto la mano, pasando mis dedos por su pecho desnudo.

Ella jadea.

Y algún día se lo pediré. Algún día le diré que puede obtener lo que quiera de mí si usa su boca. Sólo una vez.

Imagino mi verga deslizándose entre sus labios y pellizco su otro pecho.

Ella gime y se inclina hacia adelante, presionando su frente sobre mi estómago. Sus labios a sólo unos centímetros de donde los quiero.

Su lengua se presionaría levemente, insegura, al tiempo que me miraría a los ojos, pidiendo orientación.

Yo podría enseñarle cómo chupármela.

He estado rodando mis dedos alrededor de su pezón distraídamente, volviéndola loca. Sus caderas se arrastran lentamente sobre el sofá. Será tan fácil hacer que se corra. Quizás unas cuantas veces. Y cuando ella gime, con sus labios rozando mi estómago, miro hacia abajo para ver su torso desnudo. Sus manos están en mi cintura y allí, en su brazo izquierdo, una cicatriz se alza pálida.

Puedo escuchar sus gritos y la risa de Bella.

Ahora ella gime...

Parpadeo para ahuyentar el pensamiento y la veo exhalar sobre mi abdomen. Perdida en la sensación de mis dedos, rogándome que la complazca.

Quizás pueda borrar esos recuerdos por ambos. Sobrescribirlos con sonidos distintos.

Suelto su pezón, me bajo los pantalones y me arrodillo frente a ella.

Le bajo las bragas y ella gime.

—Oh, por Dios, sí.

Nunca la he saboreado, ni siquiera me chupé los dedos o los metí en mi boca.

Beso su rodilla, mirándola. Sus pechos ascienden y descienden, sus nudillos se aferran al brazo del sofá. Beso su muslo y sus ojos se agitan. Le levanto la falda, la única prenda que todavía usa, y separo sus piernas, besando el interior de su muslo cuando finalmente se tensa.

Ella está balbuceando algo, pero yo finalmente observo su coño desnudo, reluciente. El aire sale de mis pulmones y sus muslos tiemblan bajo mis manos. Ella es perfecta. Como siempre la imaginé, pero mejor.

Ella va a disuadirme de hacer esto. Ya puedo oírla comenzar. Nadie le ha hecho esto nunca. Nadie la ha probado nunca y yo me juro que seré el primero y el último.

Trago saliva y pienso en la mejor forma de distraer a Hermione Granger de sus intenciones. Un examen sorpresa.

—Granger, ¿por qué no me cuentas la historia del calamar gigante en el lago de Hogwarts?

Ella me mira fijamente con la boca abierta en medio de una protesta. Yo beso de nuevo su muslo.

Aleccióname, Granger. Enséñame todo lo que sabes.

—¿Lo dejaron ahí en 1306, no? —pregunto, sabiendo perfectamente que…

—No, ha estado allí desde el principio. —dice ella. Buena chica—. Los fundadores…

Llevo mi boca hacia ella, un beso de boca abierta en su coño, y ella gime un quejido ahogado, algo que rebotará en mi interior durante años.

Su sabor. No es como si yo tuviera mucha experiencia con esto, pero su sabor...

Pansy me volvió bueno en esto, o lo suficientemente bueno para ella. Solía ser más fácil apagar mi mente cuando mis labios no podían susurrar su nombre.

—¿Sí? ¿Qué decías de los fundadores? —pregunto. Un beso por cada respuesta correcta. Siento que ella lo apreciará.

—Los f-fundadores construyeron el c-castillo de Hogwarts en los... Los… Los terrenos, al lado del lago negro. —Me inclino hacia ella, amando la forma en que sus ojos nunca se apartan de mí, como si quisiera mirarme mientras se corre—. Así que, el calamar gigante estuvo allí desde el principi… ¡oh!

Buena chica. Separo su piel con mi lengua, mis manos apretadas contra los músculos de sus muslos mientras salta, y empujo mi cara hacia ella, lamiendo desde su entrada hasta su clítoris.

Los sonidos que hace...

Por el maldito Merlín...

Lo hago de nuevo, arrastrándome a través de su cuerpo, deslizándome lentamente por su abertura y en un rápido remolino hacia su clítoris. Ella se cubre el rostro con las manos, como si no pudiera soportarlo más.

—Y el calamar —no puedo molestarme en retirar mi boca—, es de color verdoso, ¿cierto?

Ella me corrige y me hace estremecer. Me doy cuenta de que estoy escurriéndome, mi verga apunta hacia ella y me duele.

—He oído que ha matado gente —le digo, inclinándome hacia ella de nuevo, y me mareo cuando la vuelvo a saborear, bebiendo de ella como si fuera miel.

Ella discute, pelea por el calamar, balbuceando hechos y salvando la reputación del calamar gigante incluso mientras yo la ataco con mi lengua. Ella empieza a sermonearme sobre la gente del agua y yo casi gimo. Me aferro a su clítoris, aprieto mis labios y succiono hasta que puedo presionar mi lengua suavemente contra él.

Ella agarra mi cabello, presionando mi cara contra su vulva, y yo me llevo una mano a mi verga, apretando la base para no correrme.

—Oh por Dios, Draco. ¡Por favor!

Me bombeo una vez, girando mi mano alrededor de la cabeza y luego regresando para apretar alrededor de mi base.

Libero su clítoris y murmuro sobre su sexo:

—¿Qué me dices de la gente del agua?

Sus uñas me cortan el cuero cabelludo mientras recita fechas y hechos, cosas que ya sé. Y dado que tiene razón, siento que es necesario recompensarla. Mi lengua se desliza sobre su clítoris, arriba y abajo, de lado a lado, en diagonal, y luego más fuerte, ejerciendo más presión sobre su cuerpo cuando ella empuja mi cara más cerca. Ella tira con fuerza de mi cabello y yo deslizo mi mano nuevamente alrededor de mi verga, gimiendo en su coño. Su jodidamente perfecto coño.

Ella está jadeando, retorciendo sus caderas hacia mí, gimiendo por mí.

Yo introduzco un dedo en su interior. Ella susurra mi nombre en el aire, rogando a sus dioses muggles que la liberen y murmurando palabras sobre perfección y siempre.

Dejo que mi lengua escriba mi nombre en su clítoris, firmando sobre ella.

Ella grita. Y aferra mi cabeza, jadeando por mí.

Estoy arrastrando mi mano sobre mi verga mientras su miel espesa se derrama entre mis dedos y cuando ella termina de temblar a mi alrededor, después de que la cresta final golpea sus paredes, ella suelta mi cabello y yo deslizo mi húmeda mano fuera de su cuerpo y la envuelvo alrededor de mi verga, mis bolas apretándose.

Corriéndome antes de que ella se dé cuenta. Antes de que vea lo que es capaz de hacerme.

Miro de vuelta a su coño inflamado, imaginando mi firma a través de sus pliegues abiertos, rosas y resbaladizos.

Es mía.

Gimo, sintiendo el borde de la liberación, casi llegando. Mis ojos se arrastran hacia arriba, más allá de su falda arremangada, sobre su vientre hasta alcanzar sus pechos, sonrojados e inflamados. Necesito tomarme mi tiempo allí la próxima vez. Necesito prestarles atención. Hasta su rostro, y encuentro sus ojos mirándome, sus labios abiertos y jadeantes. Sus ojos oscuros y brillantes y su sudoroso rostro rosado se sonroja aún más. Ella se muerde el labio y mi verga se hincha, lista para ella.

Miro su vulva por última vez y me corro sobre el sofá negro, imaginando que es su estómago, o su culo, o que el apretón húmedo de mi mano es su coño.

Ahora estoy jadeando, mareado y pegajoso. Dejo caer mi cabeza hacia adelante, recuperando el aliento en su muslo, mis ojos fijos en su centro.

Ella empuja mi cabello hacia atrás y yo la miro mientras ella me devuelve una pequeña sonrisa.

Es mía.

Beso su muslo y levanto la cabeza, viendo mi oficina de nuevo. Desaparezco el desorden, sonriendo burlonamente por arruinar de nuevo el sofá favorito de Blaise.

—Entonces —digo, y puedo escucharla corriéndose en mis cuerdas vocales—. ¿Crees que tienes bajo control las finanzas de la Ley de hombres lobo?

Ella me sonríe como si yo fuera el único que supiera cómo lograrlo.

—No lo sé. Tal vez necesitemos repasar otra vez esta última parte.

Esta bruja es una jodida provocadora. Yo le sonrío.

—Programaré una reunión mañana a la hora del almuerzo.

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Martes, 15 de febrero de 2000

Esta mujer está poniendo a prueba mi paciencia.

Lleva un sostén negro hoy. No es nada lujoso, pero aún significa que Hermione Granger tiene un sostén negro. Y tal vez esté usando bragas negras.

Pero me prometí a mí mismo que le daría unos días para recuperarse, así que volvemos a estar en el sofá. La he montado en mi regazo, sentándola en mi rodilla mientras la beso profundamente. Sus manos aterrizan en mis hombros y yo abro su blusa para encontrar aquel sostén negro.

Ella me sonríe. Yo la empujo para que se recueste en el sofá y sus piernas se abren para que yo me deslice enmedio. Le levanto la falda, la aparto del camino y ella se estremece.

Son negras. Sencillas, pero negras. Me quedo mirando sus bragas negras mientras ella busca mi cinturón.

No, no, Granger. No por unos días.

Pienso en comérmela otra vez mientras ella usa estas bragas negras, presionando mi nariz en ellas mientras introduzco mi lengua en su cuerpo. Pero quiero probar otra cosa.

Alejo sus manos y me recuesto encima suyo. Ella me besa y yo presiono mis caderas contra su centro. Ella suspira.

Me muevo hacia su cuello y arrastro su pierna hacia arriba, deslizándome más cerca, sintiendo nuevamente ese calor contra mi verga. Quiero quitarme los pantalones, pero no confío en mí mismo.

Junto nuestras caderas, disfrutando los pequeños ruidos que emite. Ella gira su cabeza hacia mi cuello, mordisqueando mi oreja. Yo succiono un camino que baja por su cuello hasta sus pechos, la beso por encima del sostén y trato de mantener el ritmo de nuestras caderas.

Bajo la copa y su pezón ya está erizado. Me lo meto en la boca, lo chupo y lo empujo con la lengua.

Ella suspira y sostiene mi cabeza cerca de su cuerpo. Sus piernas se deslizan alrededor de mis caderas y luego es sólo la protuberancia en mis pantalones presionando contra su núcleo, reverberando ondas lentas entre los dos.

Retuerzo su pezón una y otra vez, gimiendo en su piel y tirando de la otra copa del sujetador hasta que tengo su otro pecho en mi mano. Ella gime con el sonido más delicioso y yo le arrastro los dientes. Su espalda se arquea hacia mí.

Beso a lo largo de su pecho hasta su otro pezón, mirando su rostro. Ella voltea hacia el techo con los ojos cerrados y los labios abiertos. Sus caderas están levantándose hacia mí y yo dejo caer mi mano entre nosotros para acariciar su clítoris por sobre sus bragas negras.

—Oh, Dios —suspira, y sus rodillas se enredan en mi cintura.

Succiono la piel alrededor de su pezón, mordisqueando y apretando, tirando de la suave piel entre mis dientes. Sus manos barren mi cabello como ondas y yo aparto mi mano de su centro, presionando de nuevo mi verga contra su clítoris. Ella exhala en mi frente mientras yo la embisto con cuidado.

Introduzco de nuevo su pezón entre mis labios, acariciando el otro con suaves pellizcos, y ella comienza a embestirme, su pecho se eleva para presionarse contra mi boca y sus caderas se levantan para encontrarse con las mías.

Estoy goteando en mis pantalones y gimiendo alrededor de su pezón. Ella retuerce mi cabello alrededor de sus dedos y yo me muevo hasta que estoy en posición para balancearme una y otra y otra vez, y ella echa la cabeza hacia atrás, grita mi nombre y gime un gruñido largo y grave que canta en el aire.

Mi lengua golpea su pezón hasta que ella se relaja contra los cojines de cuero, sus labios se abren, y yo continúo meciéndome, sintiendo la humedad de sus bragas en mis pantalones, mi verga recordando su coño, recordando su húmeda calidez y acercándome más y más para colarme en su interior.

Libero su pezón y me sumerjo en su boca mientras embisto contra ella, mi lengua recorre su boca y mis gemidos descienden por su garganta para volverse parte de ella.

Ella sostiene mis hombros mientras me estremezco, mis caderas se golpean contra ella y se vacían en mi boxer. Su lengua se encuentra con la mía y nos besamos lentamente, nuestro placer filtrándose el uno contra el otro.

Mi verga tarda una eternidad en ablandarse mientras su lengua se introduce en mi boca, bebiéndome. Sus senos permanecen encogidos y firmes contra mi pecho, empujándome hacia arriba mientras su cuerpo ondea lentamente.

Probablemente podría hacerla correrse otra vez, pero tenemos una reunión en diez minutos.

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Miércoles, 16 de febrero de 2000

Ella metió la mano en mis pantalones.

Y yo veo sus dedos cerrarse alrededor de mi verga.

La miro jadeando y sus ojos están muy abiertos, las cejas levantadas.

Perfecto.

—Es perfecto —le aseguro.

Ella parpadea, asintiendo. Me acaricia suavemente, arriba y abajo, como tentándome.

—Podrías… yo… —balbuceo, sin haber imaginado que alguna vez necesitaría explicarle con palabras a Hermione Granger cómo acariciarme la polla. Ella hace una pausa y yo le digo—: Aprieta un poco más.

Ella hace lo que le indico y yo suspiro contra su frente. Ella me jala con el puño apretado y yo inclino hacia arriba su rostro para besarla, lo que es más bien un jadeo entrecortado sobre sus labios.

Ella está apoyada contra la puerta de mi oficina, jalándome la verga, y cuando cambia el ángulo de su muñeca yo me atraganto.

—¿Está todo…?

—Está bien —suspiro en su cuello, dejando caer mi cabeza hacia adelante. Me agacho y cierro mi mano alrededor de la suya, marcándole el ritmo, y luego giro su muñeca un poco más. La primera vez que lo hace sola me tiemblan las piernas.

Agarro sus caderas, gimiendo en su cuello.

Ella se echa hacia atrás y se saca el vestido por los hombros. Observo la tela revoloteando hacia el suelo. Ella se baja las bragas y, con cuidado, tira de mis pantalones y bóxers hasta el suelo.

Ella se sube a mis brazos, sus piernas nuevamente alrededor de mi cintura, como si quisiera que lo intentemos otra vez. Realmente deberíamos esperar una semana, ¿no?

Pero ella está acariciando mi verga de nuevo, besándome sugestivamente, mordiéndome.

Me aparto, antes de perder el control con ella.

—No seas tan Hufflepuff al respecto, Draco.

¡Tan Hufflepuff!

Estoy a punto de dejarla caer de culo cuando ella me sonríe.

Yo le mostraré qué tan Hufflepuff soy.

La empujo contra la puerta, mi lengua se cuela en su boca y mi verga se desliza contra ella. Ella gime y yo me introduzco, empujando lentamente, sintiendo la tensión en su cuerpo. Una vez que estoy rodeado de nuevo por su calor, la miro y ella asiente.

Me deslizo hacia afuera, sosteniéndola con mis brazos, y empujo hacia adentro. Por Merlín, esta sensación. Este sentimiento alucinante.

La beso lento, perezoso y sin intención.

Ella se retuerce, tratando de marcar el paso, y yo me aparto para esperar su permiso. Me muevo más rápido, todavía un roce lento, golpeando profundamente en su interior, esperando que el dolor reaparezca en su rostro. Ella asiente de nuevo y dejo que mis caderas se muevan, gruñendo contra su cabello.

Su cabello, suelto y salvaje, tragándose mi aliento.

Escucho un traqueteo y los dos nos detenemos. La puerta tiembla con mis embestidas. Ella se ríe y yo me muevo a la pared más cercana. Me pregunto si la gente en la oficina puede escucharnos.

Me pregunto si me importa. Casi abro la puerta y grito: Hola a todos, me estoy cogiendo a Hermione Granger.

El pensamiento hace que mis caderas se rompan. Ella jadea y yo miro su rostro. Es más rápido que la última vez, también más profundo. Ella parpadea con los ojos muy abiertos y yo giro mi brazo hasta que puedo presionar su clítoris. Ella pone los ojos en blanco y la siento contraerse a mi alrededor mientras yo estrello sus caderas contra la pared.

—Mierda —me quejo.

Y ella jadea, aferrando mi verga en su interior con tanta fuerza que sólo puedo rodar mis caderas.

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Jueves 17 de febrero de 2000

Hoy estamos en su oficina, pero sólo porque Buckworth está aquí para finalizar las cosas. No puedo apartar los ojos de su boca mientras ella habla de política y legalidades.

Acompaño a Buckworth a la salida, acomodándome el pantalón antes de ponerme de pie.

Regreso a su oficina, silencio la habitación y la levanto hasta su escritorio. Me tomo mi tiempo para besarla, para desnudarla. Esta fue nuestra única reunión de hoy, y les dije a Carrie y Walter que liberaran nuestros itinerarios para el resto del día.

Cuando aviento todo lo que hay en su escritorio para hacerle espacio a su largo cuerpo, ella se ríe y me mira como si yo fuera la respuesta a un difícil problema de aritmancia.

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Viernes 18 de febrero de 2000

Estoy esparciendo besos en sus costillas cuando me doy cuenta de cuánto sobresalen.

Ahora he memorizado todo su cuerpo de forma que podría retratarla, pero su piel es muy delgada aquí.

Le pregunto si ha estado enferma y ella se ríe, recordándome que he ocupado sus horas del almuerzo durante los últimos cinco días.

Me aparto de donde estaba, inclinado sobre ella en mi escritorio, listo para darme un festín con su cuerpo, quizá lamerle de nuevo el coño, chuparle las tetas y luego tal vez preguntarle qué pensaba respecto a inclinarse encima de mi escritorio.

Me abrocho el pantalón y voy a pedirle a Carrie que nos traiga el almuerzo en veinte minutos. No antes.

Ella me sonríe cuando regreso a su lado y yo tiro de sus caderas hacia el borde de mi escritorio, besando su cuello mientras mando todo a la mierda y la penetro.

Aprovecho cada segundo de esos veinte minutos y ella me aprisiona y gime en mi oído, y yo bombeo en su interior, golpeando nuestra piel y acariciando su clítoris hasta que ella se estremece y grita algo ininteligible hacia la habitación. Me corro sólo unos momentos después y apenas tengo un segundo para lamer el sudor de su piel antes de que Carrie llame a la puerta.

Salgo de su cuerpo y ella se baja del escritorio, buscando sus zapatos. Me fajo la camisa, murmurando un hechizo para abotonarla y cerrarme los pantalones. Asomo la cabeza por la puerta, le doy las gracias a Carrie y tomo la comida.

Probablemente ella ya lo sepa. Pero, Dios la bendiga, no hace ningún comentario sobre mi rostro sonrojado o mi cabello sudoroso.

Granger ya tenía abrochada la blusa cuando cierro la puerta.

Me convence para que hablemos sobre el trabajo real mientras comemos y yo supongo que eso está bien.

Le pregunto si estará en Cornerstone este fin de semana. La siento vacilar antes de responder que sí.

—¿Tú irás? —pregunta ella.

Yo limpio el desorden de mi sándwich y digo:

—Tal vez el domingo.

—¿Necesitas ir por un libro? —bromea ella.

—Algo así —le devuelvo la sonrisa.

Ella sonríe y luego pregunta cuidadosamente:

—¿Qué harás mañana?

Quiero mentir, pero ¿por qué iba a hacerlo?

—Iré a visitar a mi padre. —Miro la alfombra y ella balbucea, tratando de preguntar, así que le digo—: Es una de sus condiciones para la herencia. Que yo fuera a las visitas mensuales de enero y febrero.

Me giro para verla hurgando en los restos de su ensalada, metódicamente, como evitando mis ojos.

Le quito el recipiente y me inclino sobre su regazo para besarla.

Bleu cheese. Por supuesto. Ella y su bleu cheese. Asqueroso.

—Si me hubieras dicho que volveríamos a besarnos, no lo habría ordenado. —Ella sonríe.

—No, está bien. Es tu favorito —le digo, besándola de nuevo hasta aprisionarla otra vez contra los cojines.

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Sábado, 26 de agosto de 1995

—Este soufflé es absolutamente exquisito, señora Malfoy —canturrea Pansy—. Me sentiría honrada si Remmy pudiera compartir la receta con Yolly, el elfo de mi padre.

Mi madre levanta una ceja cortésmente y dice:

—Por supuesto, querida. Haré que Remmy se ponga en contacto.

—Gracias, señora Malfoy. Draco —musita Pansy—, ¿no es divino?

Odio el soufflé, pero supongo que ese no es el punto.

—Es encantador —le digo, y el labio de mi padre se contrae.

Sólo hay silencio por un momento antes de que Pansy comience de nuevo.

—Señora Malfoy, ¿vi una lámpara del victoriano tardío en el salón? Se parece tanto a la Rashan que tenemos en nuestra cabaña veraniega. Me preguntaba si también fue diseñada por él.

Mi madre le parpadea.

—Sabes, cariño, no tengo idea. Me encantaría averiguarlo y escribirte.

—Oh, no —dice Pansy—. Sólo tenía curiosidad. Por favor, no se moleste.

Me froto las sienes antes de volver al asqueroso soufflé.

—Señorita Parkinson —pregunta padre—. ¿Cómo van sus notas? ¿Alguna asignatura favorita? Los Timos serán este año.

Pansy habla con mi padre sobre sus notas. Pansy vuelve a felicitar el gusto de mi madre. Pansy habla mucho de mí. Pansy es un manojo de nervios.

—Lo logrará —dice padre cuando Pansy y mi madre se acomodan en el sofá después de la cena. Mi padre me sirve un whisky de fuego y pregunta—: ¿Te gusta?

Yo le parpadeo.

—Ella está bien. Ella es... mucho.

Padre sonríe.

—Eso desaparecerá. Ella está aterrorizada por tu madre, como debería estar. —Él bebe profundamente de su copa. Sus ojos se posan en Pansy de nuevo y luego dice—: ¿Ya conoces el encantamiento anticonceptivo?

Yo toso, escupiendo mi bebida.

—Yo... sí, padre.

—Bien —dice. Me mira—. Nunca puedes ser demasiado cuidadoso, Draco. Si ella queda embarazada, te casarás con ella. Fin de la historia. —Él vuelve a mirar a Pansy y a mi madre—. No importa si tienes quince o veinticinco, no habrá niños fuera del matrimonio.

Me tiemblan las manos cuando asiento y bebo de mi copa.

—Lo sé, padre. —Hubo una breve mención de esto hace dos veranos cuando me sentó en las mismas sillas en las que están sentadas mi madre y Pansy y me contó cosas que habría deseado no saber nunca sobre el cuerpo femenino.

—Y créeme, Draco —me dice—, la señorita Parkinson también lo sabe. —Sus ojos recorren de nuevo el camino hacia Pansy y dice—: No confíes en que ella lanzará el hechizo. Esa chica sabe exactamente lo que quiere y exactamente cómo conseguirlo.

Yo le frunzo el ceño.

—Ella no haría eso. Es manipuladora, sí, pero no...

—Draco —me dice él, volviéndose hacia mí y alzando una ceja—. No hay una sola persona en esta habitación que crea que tú quieres casarse con la señorita Parkinson. —Él toma mi hombro—. Ella hará lo que sea necesario. Recuerda mis palabras.

Observo mientras él les lleva dos copas de oporto a Pansy y mi madre.

Pansy me sonríe alegremente por encima del hombro de madre.

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Sábado 19 de febrero de 2000

Debería ser una visita bastante sencilla.

Realmente no nos queda nada por discutir.

Ni siquiera me molesto en peinarme el cabello hacia atrás.

Yo he cumplido mis compromisos. Él ha cumplido los suyos.

Ya hemos terminado.

Entonces, cuando jalo mi silla para sentarme frente a él y sus ojos recorren mi cuero cabelludo, casi le sonrío.

Me pregunta por la lista de clientes. Me pregunta por Waterstone. Y luego me pregunta por ella.

—Ella es maravillosa. Tenemos la Ley de hombres lobo completamente financiada. Rhett Buckworth te envía sus saludos.

Él me sonríe.

—¿Y cómo van progresando la señorita Granger y tú en lo personal?

—Estamos trabajando muy bien juntos. —Lo mantengo simple y verídico.

Estoy tan relajado que sólo me doy cuenta en el último momento de que está intentando adentrarse, mirándome a los ojos.

Mis ladrillos se proyectan hacia arriba, bloqueándolo. Yo le frunzo el ceño.

—¿Hay algo que te gustaría preguntarme, padre?

Sus labios se contraen.

—Se veía absolutamente deslumbrante en el Baile del concejal, Draco. Sólo me interesa saber si apreciaste completamente la vista. Vi en El Profeta que ustedes dos caminaron del brazo durante la mayor parte de la noche.

—Lo hicimos —le digo—. Ella me acompañaba como mi socia comercial, no mi cita.

Él tararea, examinándome.

—Han pasado varios años —me dice—, pero, ¿supongo que todavía recuerdas el hechizo anticonceptivo?

Mi ojo se crispa y abro la boca para luchar contra él.

—O supongo —continúa él—, que esta vez podrías ser tú quien convenientemente intente olvidarlo una noche. —Él se ríe—. No la conozco muy bien, pero supongo que preferiría estar casada...

—No —le siseo—. No la conoces muy bien.

Él me mira, observando mis hombros rígidos. Nunca le agradó que lo interrumpieran.

—¿Hay algo más que debamos discutir, padre? —le pregunto—. Ésta es mi última visita obligatoria contigo.

—¿Obligatoria? —él se ríe—. Vaya. —Cruza las piernas.

—Sí. Los términos de nuestro acuerdo eran que te visitaría en enero y febrero a cambio de diez cuotas semanales de la herencia —le digo, reacomodándome en mi silla—. Ahora, supongo que con sólo entrar hoy en esta habitación, he cumplido mi parte del trato. —Yo aprieto mis manos—. ¿Hay algo más? O debemos despedirnos.

Sus ojos se endurecen de una forma que solía hacerme temblar.

—No —dice lentamente—. Supongo que nuestros términos se han cumplido.

—Maravilloso. —Me pongo de pie rápidamente—. Entonces supongo que recibiré las tres últimas cuotas de mi herencia durante las próximas tres semanas. —Lo miro y le digo—: Adiós, padre.

Me vuelvo hacia la puerta y él canturrea:

—Sí, así debería ser. Suponiendo que se cumplan todos los términos.

Hago una pausa, aprieto la mandíbula y me vuelvo hacia él.

—Como se mencionó anteriormente, se han cumplido todos los términos de nuestro acuerdo, así que no...

—Nuestro acuerdo, sí. —Él examina sus uñas—. El acuerdo de la señorita Granger, sin embargo, todavía está en proceso.

Siento un zumbido en mis venas.

Mis años de experiencia con este hombre que me dicen que esto es una trampa. Ésta es una excusa y una estratagema para llamar la atención. Pero todavía no puedo evitarlo cuando pregunto:

—¿Disculpa?

Él me mira con los ojos brillando de picardía.

—El acuerdo que tiene la señorita Granger conmigo —me dice simplemente—. Seguro que lo sabes, ya que la conoces tan bien.

Yo lo miro, esperando. Esperando que juegue su mano. Esperando desentrañar sus palabras hasta que no sean más que intimidación y manipulación entretejidas con una voz cantarina y aristocrática.

Él continúa, así que no tengo que preguntar.

—Ella ha estado viendo a madame Michele durante las últimas siete semanas. También a dos o tres instructores más. —Él me sonríe.

Yo trago saliva.

—No te creo.

Él se carcajea y el sonido rebota en las piedras húmedas.

—Sabes, Draco, había escuchado que el amor es ciego, pero realmente no puedes ser tan tonto.

Yo lo miro, sentado tan tranquilamente detrás de su mesa como si fuera su escritorio en la Mansión.

—Con la forma en que la has observado tan de cerca durante los últimos diez años, habría pensado que lo notarías. ¿Los pequeños cambios? ¿Sus asperezas limadas? —Él tamborilea con los dedos sobre la mesa—. Quizás ahora sostiene su tazas de té de manera distinta. O tal vez su andar es más ligero. —Mira la pared—. Ciertamente yo lo he notado, estando aquí encerrado, con tan solo mirar sus fotografías en El Profeta.

Siento que mi sangre se enfría como un grifo abierto en el sentido contrario. Ella ha comenzado a usar su platillo debajo de la taza. Sus dedos en el fuste de la copa de champaña durante el baile de San Valentín, tan distinto del modo en que sostenía la copa en Año Nuevo. Usando zapatos de tacón alto sin perder el equilibrio. Sus uñas, pintadas y cuidadas en lugar de mordisqueadas.

Su cortesía frente a mí durante el vals francés. Cómo ha cambiado a lo largo de los años. Casi como si hubiera estado practicando.

—¿Me estás diciendo que la has enviado a terminar la escuela? —Pregunto, con la voz muerta y seca.

Él inclina la cabeza.

—¿Me estás diciendo que no te habías dado cuenta? —Él se ríe—. Ella debería estar ahora mismo en una de sus lecciones, a decir verdad. —Mira el reloj de la pared—. Se reúne semanalmente con sus instructores y, una vez que Madame Michele me confirma que asistió a todas sus lecciones, yo le doy instrucciones a mi abogado para que deposite tu herencia.

Mis pulmones piden aire. Veo manchas en mi campo visual.

—Bueno, siéntete libre de retener esos últimos tres pagos, padre. Ella ya ha terminado con eso.

—No escupas hacia arriba o te caerá en la cara, Draco. —Él agita su mano—. Ella está aprendiendo mucho. Ha mejorado considerablemente gracias a esto.

—¿Mejorado? —le siseo—. No había nada que mejorar en...

—Ambos sabemos que eso no es cierto…

—Ella es una absoluta visión —le siseo—. Ella es la bruja más brillante con el corazón más bondadoso que este mundo haya visto. No necesitaba aprender a sostener una taza de té ni a organizar una cena. —Me acerco a él y aparto mi silla de metal, escuchándola resonar contra el piso. Presiono mis palmas sobre la mesa y lo miro fijamente a los ojos—. Eres la única persona que piensa que necesitaba ser algo más. Madre ve quién es ella en realidad. El Ministerio lo ve. Otras mujeres la admiran, incluso la envidian. Inclusive Pansy lo nota.

Él se ríe, echando la cabeza hacia atrás. Su cabello cae sobre sus hombros.

—Oh, Draco —me dice—, ¿seguramente no creerás que a la señorita Parkinson se le ocurrió por si misma la idea de usar a la señorita Granger?

Sus ojos brillan sobre mí y mi cabeza se siente ligera. Aprieto los dientes mientras mi cerebro da vueltas.

Él los ha envenenado a todos contra mí. ¿Quién me queda ahora?

Me mantengo erguido, mirándolo desde arriba y digo:

—Gracias, padre... por hacer que me sea muy sencillo para mí despedirme de ti. —Trago saliva, memorizando el rostro del que intentaré diferenciarme tanto como me sea posible.

Él alza una ceja y yo giro sobre mis talones, dirigiéndome a una pequeña tienda de té en Londres.

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N/T2: Volvemos a actualizaciones cada viernes. Cualquier cambio en la programación, lo estaré publicando en mi página de escritora en Facebook. Todos sus comentarios son siempre bienvenidos y más que agradecidos.