DISCLAIMER: LOS PERSONAJES EN SU MAYORÍA PERTENECEN A J. K. ROWLING, ASÍ COMO EL UNIVERSO EN QUE SE DESENVUELVEN.
Nota Traductora: ¡Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe! Estoy muy feliz de cumplir de nuevo el calendario de actualización y traerles este capítulo en tiempo y forma. Muchísimas gracias a todas por su cariño en los comentarios, de verdad me llenan el corazón y me impulsan a seguir aquí. Ya llevo más de un año traduciendo esta serie… el tiempo vuela.
Disfruten mucho el capítulo, porque, como verán, ya sólo nos quedan 4. Empieza a oler a Subaste en el futuro inmediato…
Nota Autora: Este capítulo contiene actividades relacionadas con los Mortífagos que pueden alterar a algunos. Diríjanse a la Nota Final de Autora para ver las advertencias.
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Todo lo Incorrecto
Traducción de "All The Wrong Things" de Lovesbitca8
Capítulo 20
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Martes 17 de febrero de 1998
Siento que estas últimas semanas he estado en la Mansión con más frecuencia que en Hogwarts. Severus me despierta una vez a la semana para decirme que me vista porque he sido seleccionado para una misión.
Así es como me encuentro aquí esta noche, jugando Snap Explosivo con Lunática Lovegood.
Ella voltea una carta de sapo encima de la mía y mis brazos saltan, mi pecho se oprime al chocar mi mano con la suya y…
¡Pum!
Ella me ha vencido, riendo.
—Mierda.
—Creo que eso es dieciocho a catorce, ¿no? —dice ella, barajando las cartas de nuevo. Las cartas sólo han explotado dos veces hasta ahora.
—Haces trampa —le digo, sonando infantil incluso para mis oídos.
—Tú eres el que tiene la varita —dice ella—. El señor Ollivander generalmente me gana. Es bastante rápido para ser un hombre mayor.
Miro hacia el espacio vacío junto a un pilar de piedra, una manta arrugada y calcetines de repuesto junto a un libro.
—Se lo llevaron ayer —me dice, sin necesidad de que le pregunte. No necesito preguntarle mucho. Ella solo lo sabe—. ¿Cómo va la escuela? —pregunta ella.
—Horrible. —Tomo las cartas que me da y las apilo ordenadamente—. Los Carrow ahora enseñan el imperio.
Ella asiente.
—Pero puedes resistirte a esa, ¿no? Siendo Oclumante…
La miro fijamente. Ella le da la vuelta a la primera carta y espera mi turno. Me mira, y sus ojos azules son casi blancos.
—Sí —le susurro—. Puede resultar más sencillo. ¿Tú eres…?
Ella inclina la cabeza hacia mí.
La miro a los ojos, proyectando mis pensamientos hacia ella.
¿…una Legeremante?
Veo las palabras deslizarse como un hilo plateado entre nuestros ojos, reptando en sus pupilas y desapareciendo en su interior.
Ella se muerde el interior de la mejilla.
—Mmm… No lo creo.
Yo me carcajeo, un ladrido lleno de alivio y alegría. Literalmente, ella simplemente leyó en mi mente palabras no dichas.
Ella se inclina, como si estuviera a punto de revelarme los secretos del universo.
—Sólo sé cómo mantener a raya a los torposoplos.
Ella me guiña un ojo. Y yo estoy a punto de reírme de ella, a punto de dar la vuelta a mi carta cuando la puerta de la mazmorra se abre de golpe.
Me levanto, empuñando mi varita.
El pálido y delgado cuerpo de Ollivander cae por las escaleras, golpeando escalón tras escalón en su camino hacia abajo. Lovegood se mueve para ir hacia él y yo la detengo por el codo.
Le siguen dos pares de botas y, luego, Dolohov y Rowle están allí. Rowle patea el costado de Ollivander, pero Dolohov se detiene cuando nos ve. Sus ojos exploran los corazones manzana y las cartas. Desliza sus delgados ojos negros hacia mí y sonríe.
—¿Interrumpimos algo, Malfoy?
Rowle levanta la vista y me observa. Sus pies trastabillan y se reacomoda. Probablemente está borracho.
Yo inhalo y acomodo todo en su sitio.
—Para nada. Sólo estoy vigilando a nuestra prisionera —digo—. De acuerdo a las instrucciones de mi padre.
Dolohov sonríe y se acerca perezosamente hacia nosotros.
—Entonces, ¿el viejo Lucius cree que esta pichoncita necesita un guardia privado? —Sus ojos recorren a Lovegood—. ¿Ella es especial? ¿Un hechizo de bloqueo en la puerta no la retendrá?
Rowle suelta una risa temblorosa. Ollivander yace quieto y en silencio a sus pies.
Yo alzo una ceja, doy un suspiro de sufrimiento y digo:
—Bueno, para ser honesto, el profesor Carrow nos pondrá a prueba mañana con la maldición Imperius. —Miro a Lovegood—. He estado practicando. Ganando juegos de cartas y haciéndola saltar un poco.
Los miro otra vez, encogiéndome de hombros. Y eso debería ser todo.
Pero entonces los labios de Dolohov se abren, su sonrisa de dientes torcidos es astuta.
—Muéstranos entonces.
Siento un barrido frío a través de mis extremidades y cualquier esperanza de escapar de la mazmorra desaparece enseguida.
Me vuelvo hacia Lovegood, aferrando mi varita. Levanto el brazo y la miro a los ojos.
Ella me da esa pequeña sonrisa que recuerdo de hace meses, cuando la apuntaba con mi varita en un salón de clases, listo para hacer chisporrotear sus terminaciones nerviosas.
—Imperio.
Ella se balancea sobre sus pies. Y luego salta en uno. Y no sé si realmente la estoy maldiciendo o si ella está leyendo mi mente.
Ella salta a su otro pie. Y, luego, algo que yo no le pedí que hiciera: hace un salto de tijera.
Yo dejo caer mi varita y ella se relaja. Miro de vuelta a Dolohov.
Sus ojos brillan con un feo color y dice:
—¿Es eso lo mejor que tienes, Malfoy?
Yo me encojo de hombros.
—Probablemente aprobaré el examen.
Rowle hipa, apoyado contra la pared de piedra.
—Si quieres… si quieres averiguar si realmente eres bueno en esto, deberías hacer que ella se desvista.
Él se ríe haciendo resonar su pecho, su cabeza colgando hacia un lado.
Hay un filo helado clavándose en mis pulmones que sabe a miedo. Siento el calor de Lovegood a mi lado. Ella está quieta.
Dolohov me mira enarcando una ceja, esperando.
Yo me rio de él, mirando brevemente a Lovegood antes de contestarle.
—Ella apenas tiene unos catorce años —exagero.
Dolohov me sonríe, como si pudiera ver a través de mí. Rowle dice:
—Aún mejor. —Él se ríe y se tambalea un poco.
—Ninguno de los dos tiene mucha imaginación —dice Dolohov, dando un paso al frente, desafiándome—. Yo probaría mis habilidades poniéndola de rodillas para que me la chupe. —Él se detiene frente a mí. Está alejándose de Lovegood. Yo lo miro a los ojos, respirando lentamente—. Es un juego muy divertido. Porque, si sueltas el Imperio, si te distraes demasiado —dice riendo—, ella podría arrancarte la verga de un mordisco.
Él se ríe. Sus ojos se deslizan hacia ella y veo la misma expresión que tenía cuando miraba a Granger en el periódico mientras hablaba de una subasta. La misma expresión que había lucido unas semanas atrás cuando irrumpimos en una joyería muggle, en una de nuestras muchas misiones en busca de una tiara, y él me ordenó que esperara afuera mientras "se hacía cargo" de las vendedoras.
—El riesgo es demasiado alto, entonces —le digo, volviendo a atraer su atención hacia mí—. Me quedaré con los brinquitos, gracias. —Miro a Rowle y a Ollivander—. Has liberado a tu prisionero. Ahora te pediré que salgas de mi casa.
Dolohov se acerca un paso más a mí. Ya soy tan alto como él, así que su aliento me golpea directamente en la nariz.
—Te estaré vigilando, Malfoy. —Él me sonríe—. Eres débil, igual que tu padre. —Alza la mano y endereza el cuello de mi camisa—. Cometerás un error algún día, y yo estaré allí. Me aseguraré de que el Señor Tenebroso sepa lo cobarde que eres. Y disfrutaré viendo cómo acabar contigo.
Yo le sonrío sutilmente y le digo:
—Estaré esperándolo, Antonin.
Él da un paso atrás, mirando a Lovegood una vez más, y arrastra a Rowle escaleras arriba.
Todavía estoy calmando mi respiración cuando Lovegood corre hacia el señor Ollivander, le echa agua en la boca y le pregunta cómo está el clima afuera.
Los miro a los dos por un momento mientras recojo las cartas y corto la manzana que traje para el fabricante de varitas.
—Lo hiciste muy bien, Draco —dice Lunática.
Yo frunzo el ceño al piso, a punto de subir las escaleras de nuevo. Quisiera iluminar la habitación. No me agrada dejarlos en la negrura.
—¿De qué color crees que son ellos? —le pregunto, señalando con la cabeza hacia el piso superior, donde los dos Mortífagos desaparecieron.
Espero que ella responda que verde vómito o marrón con manchas fosforescentes.
—Mmm… —Ella mira hacia el techo—. No tienen ninguno. —Sus dedos se retuercen alrededor de un mechón rizado—. Mis colores huyen de su oscuridad.
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Sábado 19 de febrero de 2000
Había algo que envolvía mi corazón, algo que todavía se aferraba a la esperanza de que ella nunca haría una cosa así. Que Lucius estaba mintiendo.
Y ese algo se desenvolvió y cayó como una bufanda al viento cuando la encontré sentada en una mesa en la cafetería, con los tobillos cruzados y su taza de café flotando sobre el platito mientras bebía.
Y todo se siente en carne viva. El sol brilla demasiado. La gente es demasiado ruidosa.
Reconozco al hombre de un puñado de reuniones con mi madre hace algunos años. Incluso, podría haber sido él quien redecoró la sala de estar...
Y la escucho gritar, resonando por encima de la calle bulliciosa. La veo retorcerse en el suelo y pienso en cuanto me he ablandado. Cómo los años en que mi alma se estiraba para tocar la suya me han hecho perder demasiado.
Débil por ella.
Y cuando me acerco a la mesa, ella me mira con terror. Mientras sonrío a monsieur DuBois, pienso en todas las pequeñas formas en que ella me ha mentido.
La guío a través de la puerta, escoltándola fuera, y me pregunto por qué no me contó sobre su viaje a Azkaban cuando se lo pregunté. ¿Cuántas veces tuve que rogarle que me lo contara?
¿Qué más me está ocultando?
—Draco…
—¿Cuánto tiempo has estado conspirando con mi padre? —espeto, tratando de darle sentido a todo esto. Tratando de averiguar cómo...
¿Qué parte de esta relación es real siquiera?
En realidad, no es una relación. Ella sólo me está permitiendo que la folle.
Nos detenemos en un paso peatonal y la siento a mi lado.
Te gané.
Ella nunca me dijo que me deseaba. Nunca me dijo que había sufrido por mí todo el tiempo que yo la había deseado. Ella dijo: te gané.
—Lo dices como si estuviéramos trabajando juntos —me dice, siseándome.
—¿Y no es así?
La señal cambia y yo atravieso la calle, recordando vagamente dónde está el punto de Aparición.
—¿Qué te dijo? —exige ella—. Si él lo ha definido como otra cosa que no sea chantaje, entonces te ha mentido…
—No eres la única que tiene un trato con él, Granger. No debiste involucrarte en esto.
Ella está trotando para darme alcance y yo sólo quiero estar con ella a solas. Sólo quiero dirigirnos a un lugar privado donde solamente estemos nosotros dos y yo pueda obligarla a comenzar desde el principio. Para contármelo todo.
Ella me pregunta cómo la encontré y yo le cuento que fui al salón de té.
La forma en que madame Michele me había mirado, sabiendo exactamente por qué estaba allí. Cómo me había estado esperando desde hacía semanas.
Porque yo debería haberlo sabido. Me rio. Porque era tan simple.
—Ya no irás más a esas clases —ladro.
—¿Qué hay del dinero, Draco? ¿Los siguientes pagos?
Estamos a una cuadra del punto de Aparición. Y siento nubes condensándose sobre nosotros.
—Le dije que se los metiera por el culo. —Esencialmente.
—Necesitamos ese dinero, Draco. Malfoy Consulting apenas está a flote así como está. Necesito seguir asistiendo a esas clases…
La idea de que ella quiera seguir jugando al juego de mi padre es tan aborrecible para mí. La agarro y la llevo a un callejón, señalándole la cara con el dedo.
—No volverás a poner un pie ese salón de té, ¿me escuchaste, Granger?
Ella me mira con los ojos muy abiertos y dice:
—¡La empresa es más importante que un par de absurdas clases, Draco!
Yo agarro sus brazos y siseo:
—Nada es más importante que tú. —Escucho los cielos partirse, como ladrillos cayendo del cielo.
Ella respira contra mi rostro al mirarme. Mirar todo de mí.
He dicho demasiado.
He hecho demasiado.
Padre al menos tuvo el sentido común de mantener sus cartas apartadas de su vista. Yo acabo de exponerme por completo, esperando que ella apueste por mí.
La beso sólo para que deje de mirarme de esa forma, como si yo fuera una especie de caballero. Una especie de héroe de cuentos.
Y presiono mi cuerpo contra el suyo, como no lo haría ningún caballero. Como no se le permitiría a ningún estudiante de la Escuela de Modales y Encanto de madame Michele.
Sus manos están en mi cintura y mi lengua se enreda en su boca.
Hay tanto que necesito saber. Tanto que tenemos que discutir. Pero esta parte es mía. Ella ya me permitió tener esto, así que sé que puedo tenerlo.
Los ecos me llaman, hay vileza en mí mientra la reclamo. Las formas en que yo me la gané por encima de todos ellos se unen en mi cabeza.
Podríamos dividirla por la mitad. ¡En más de un sentido!
Creo que es hora de que busques una nueva librería, Malfoy.
¿Crees que alguna vez gemirá por ti después de haber gritado por mí?
Retiro mis labios de ella, con mis manos hurgando en cada parte de su cuerpo y mi boca succionando su mandíbula.
—¿Te puso las manos encima?
—N-no. Nada de eso —jadea, y yo tiro de su cabello hasta despejar su cuello.
—¿Has ido a verlo desde tu visita en noviembre?
Mis caderas se presionan contra las suyas, suplicando que me permita entrar.
—No; nos hemos escrito. Él me ha escrito, mmm… Amenazas.
Succiono su piel, marcando el lugar que siempre grita a los demás que ella es mía. Que alguien la ha besado y se la ha cogido y la desea.
—Cuéntame sobre las cartas. Dime qué te dijo.
Me hundo en su cuello y luego ella tira de mi cara hacia atrás, sosteniendo suavemente mi cabeza, mirándome con ojos ansiosos.
—Sé lo que estás haciendo, Draco, y es suficiente. —Ella frota su pulgar en mi mejilla, calmándome—. Esto... lo que tú y yo tenemos es muy especial para mí y lo estás convirtiendo en algo horrible.
Ella tiene razón. Cierro los ojos e inhalo su aroma. Presiono una suave disculpa contra sus labios y le hago la pregunta que me ha estado matando lentamente durante meses:
—¿Qué te dijo mi padre en Azkaban?
Por favor. Por favor, Hermione. Sólo contéstame.
Sus ojos deambulan entre los míos y luego lo dice:
—Me dio una lista de cosas. Para trabajar en ellas.
Yo la miro, esperando por más.
¿Una lista?
—¿Para qué?
—Para ser... —tartamudea—, para ser vista a tu lado. Para estar a tu altura.
¿En noviembre? En ese momento, él había dejado muy claro que yo debía mantenerme alejado de ella, así que ¿por qué...?
—Aún no estabas con la compañía —digo, mirando las piedras oscurecidas por las nubes.
—Sí, pero nos habían fotografiado juntos tan a menudo —dice, batiendo hermosamente sus pestañas—. Y… y él sabía sobre la Subasta.
Esa puta Subasta.
Sabía que él se lo había contado. Lo sabía.
Espero a que ella me ponga en mi lugar. Que me escupa la forma correcta de haber abordado la situación. Que evalúe mi comportamiento.
Yo la espero.
Pero ella sólo me mira con los ojos abiertos y confiados.
—Él sabía que visitaste a la madre de Narcissa. —Y ahora ella también. Me pregunto si realmente entiende lo que eso habría significado…
Y entonces…
—Él sabía… sabía que me habrías salvado.
Salvarla. Es curioso plantearlo de esa manera cuando yo la habría mantenido encerrada en su pequeña y bonita habitación. Pero su rostro me suplica algo y continúa:
—Pensó que tú y yo estábamos juntos. Que habíamos estado juntos durante años. Yo… yo lo corregí, por supuesto —dice mirando a otro lado.
Sí, por supuesto, corrígelo. No estábamos juntos entonces y apenas lo estamos ahora. ¿Lo calificarías así siquiera? ¿Sin ninguna esperanza de un futuro juntos?
Y luego ella me dice que había visto las fotografías del callejón donde casi la toqué, casi la inmovilicé debajo de mí y la ultrajé.
Ella respira con dificultad y hay lluvia en sus mejillas. Me cuenta sobre el chantaje. Las clases para conseguir la herencia. Pero en lo único que yo puedo pensar es en el comienzo de todo esto.
—¿Qué había en esa lista?
Ella enlista las palabras de memoria y siento un peso aplastarme con cada punto.
—Agraciada, modales exquisitos, experta anfitriona —y pienso en mi madre—, ingeniosa, encantadora, líder social —y pienso en Pansy. La lista continúa y, mientras ella balbucea "sensata" y "obediente", yo trato de imaginarla de esa manera. Intento pensar en una vida aburrida con una esposa aburrida a mi lado. Ni siquiera mi madre puede competir con esta lista imposible. Y mi padre lo sabe.
—Dijo que lo único que podría dejar pasar era lo de sangre pura.
Siento una sonrisa dibujándose en mi rostro.
Entonces, ¿es una broma?
Él me dice: "Puedes tenerla, pero sólo si ella se desprende de sí misma para convertirse en alguien que no es."
Él me dice: "Mantente alejado de ella, pero úsala, hijo, tanto como sea posible."
¿Cómo van las cosas entre ustedes dos?
Ella es mucho mejor así, ¿no crees?, mucho más como una esposa Malfoy.
Empujándome hacia esto, incluso cuando yo intentaba arrastrarme lejos.
Estoy carcajeándome. Me estoy riendo en un callejón con media Chica Dorada a punto de echarse a llorar.
—¿Por qué hiciste esto, Granger?
Es apenas una pregunta porque sé que fue él. Fue él quien me la sirvió en una bandeja, un caparazón vacío de ella.
—Terminaré en tres semanas, Draco, y luego podrás terminar con esto —me dice—. No le deberás nada. Podrás librarte de él.
—No, no. —Me froto la cara, sintiendo mi piel zumbar con la lluvia—. Nunca podré librarme de él. Y ahora él tiene sus garras sobre ti. —La miro y confieso—: Ya lo había notado antes, pero lo ignoré. Ahora eres diferente. La forma en que tomas tu café es diferente. La forma en que caminas. La forma en que bailas. —La toco para recordarme a mí mismo que ella es real, que todavía está aquí—. Estás cambiando. Y ahora cada vez que te vea levantando el platillo junto a tu taza, pensaré en él. Pensaré en esto. Cuando hagas una reverencia. Cuando estreches la mano de alguien.
Ella llora, mi pigmaliónica muñeca.
—¿Por qué hiciste esto? —susurro contra sus labios.
—Era la forma correcta de actuar —contesta, pintándolo sobre mi piel.
Ahí está ella.
Sus ojos marrones alternan entre los míos, buscando justicia e igualdad, peleando por ella misma, peleando por los demás, peleando por mí.
Quizás ella todavía esté ahí. Me inclino hacia su boca, preguntándome si puedo traerla de nuevo a la vida.
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Ella me dice que tiene que volver a Cornerstone, y todo, excepto nosotros dos, vuelve a mí cuando me aparto de sus labios.
Aparecemos en el Callejón Diagon y, cuando llegamos en medio de un aguacero, transfiguro un gran paraguas para los dos. Parece que ella se despedirá en cuando le abra la puerta, pero yo nos seco a ambos con un hechizo y saludo a Morty. Él nos recibe con una sonrisa cómplice que recuerdo de años atrás, sentado detrás del mostrador.
Ella vuelve al trabajo y yo encuentro algunos libros, me siento en una silla grande con vista al mostrador y lanzo un Oculus Dolus.
Paso una hora mirándola. Observando la forma en que se mueve. Aún es ella. Todavía se revuelve con las plumas y el pergamino, como si estuviera tratando de decidir la forma más rápida de escribir sus pensamientos. Todavía cambia su peso de una cadera a la otra, y yo me pregunto si usará algún hechizo para acojinar sus pies; realmente debería usarlos si insiste en permanecer de pie durante dieciséis horas los sábados y domingos. Todavía succiona la punta de su pluma, incluso sin el azúcar azul para tentarla. Sus labios todavía aprietan el extremo de la pluma, sus mejillas se tensan y sus ojos permanecen fijos en el documento frente a ella.
Y lo más importante de todo: ella todavía me mira.
Aún alza la mirada y encuentra mi ubicación en una habitación. Aún aparta la mirada demasiado rápido, aunque yo no la esté "mirando". Aún inclina el rostro hacia el mostrador y deja que sus pestañas se alcen, pensando que es la espía más discreta mientras sus ojos se posan sobre mí.
Observándome en el Ministerio. Incluso observándome en Hogwarts. Nunca pensé que ella querría mirarme a mí. Nunca pensé que ella me veía cuando yo deseaba que lo hiciera, pero tal vez esto ha sido un baile durante años, girando hacia otras parejas y apartando las miradas el uno del otro.
Quiero preguntarle qué quiso decir cuando dijo: "Te gané". ¿Cuánto tiempo ha estado mirándome?
Ella toma algunos libros y entra en la sección de ficción para volver a colocarlos en los estantes. La forma en que camina... No es tan diferente, ¿verdad?
Ella pasa a la harpía que ha estado deambulando durante más o menos una hora, alejándose de mí. Ella le sonríe alegremente. La harpía se sobresalta y se gira, avanzando como un pato hacia una sección diferente.
Veo sus ojos volver a mí, posados en mí mientras yo pretendo leer. Ella observa fijamente mi cabello y mi rostro, recorriendo mi cuerpo de una forma que realmente no debería hacer en un lugar de trabajo, pero finalmente descansa sobre el libro en mi regazo, inclinando su cabeza para tratar de averiguar lo que yo estoy leyendo.
Hermione Granger y sus libros.
Libero el hechizo en mis ojos y cuando ella vuelve a mirarme a la cara, haciendo contacto visual, se sobresalta y se sonroja, dándose la vuelta. Siento una sonrisa floreciendo en mis labios, y ella me mira. Ella me devuelve la sonrisa, como si acabara de invitarla a bailar.
Tal vez sí lo he hecho.
Y decido no volver a usar el Oculus Dolus. No hay necesidad de engañarla con nada en el futuro.
La harpía asoma la cabeza de nuevo por la esquina de un estante mientras Granger camina de vuelta al mostrador, balanceando un poco sus caderas. La harpía me mira directamente y retrocede cuando se encuentra con mis ojos.
Ya la había visto aquí antes, deambulando, pero nunca interactuando con Granger. La escucho arrastrarse hacia el otro lado del estante y observo cómo asoma la cabeza de nuevo, salta y se retira.
Nunca la he visto comprando nada.
Nunca la he visto comunicándose con nadie.
Pero la mantiene vigilada a ella. Y a mí.
Una sensación de lodo espeso se derrama sobre mi pecho mientras veo a la criatura sacar un libro con una mano huesuda y caminar por otro conjunto de estantes.
Granger está ocupada con un cliente. Yo cierro mi libro, lo coloco en mi silla y me muevo hacia los estantes, deslizándome por el pasillo hasta que estoy detrás de la desagradable criatura.
La veo fisgonear a través de los huecos entre los libros y saltar cuando descubre que no estoy en mi silla. Gira para buscarme y me encuentra directamente detrás de ella, como en una especie de historia de terror.
Ella deja escapar un sobresaltado "ay" y yo la miro con todo lo que aún queda de Lucius Malfoy en mí.
—Tu servicio a mi padre está completo. Sal de esta tienda y no vuelvas nunca más. Si te encuentro otra vez a cien metros de Hermione Granger, te destriparé lentamente con toda la magia oscura que poseo. ¿Quedó claro?
Sus ojos negros me miran desorbitados. Luego deja caer el libro y se apresura a salir.
Escucho que se abre la puerta y Granger suelta un "¡Intente no mojarse!" mientras sus pies planos se arrastran por la puerta.
Yo relajo mis hombros, sintiendo alivio y ansiedad arremolinándose juntos. Escucho la voz engreída de mi padre.
La he estado vigilando desde el momento en que dejó Hogwarts.
No recuerdo cuántas veces he visto a esa harpía aquí. Era intrascendente para mí. Pero de repente estoy seguro de que cada visita que he hecho a la librería Cornerstone ha sido cuidadosamente documentada. Incluso hace meses, cuando yo no podía alejarme de ella y coqueteaba con envolver regalos.
Y Lucius simplemente me preguntaba suavemente: ¿Cómo van las cosas entre ustedes dos?
Cuando lo sabía perfectamente.
Lo había sabido antes de que ella lo visitara en Azkaban. Antes de la lista.
Sacudo la cabeza, tratando de disipar la jaqueca que me provoca el tratar de superar a mi padre. Vuelvo a colocar el libro en la estantería preguntándome si Lucius sabría que ya no podría controlarme más a mí, por lo que lo intentó a través de ella.
Agraciada. Modales exquisitos.
Tomo algunos libros más sin tener intención de leerlos.
Experta anfitriona. Ingeniosa. Encantadora. Líder social.
Regreso a mi silla, me dejo caer, y el movimiento atrae sus ojos hacia mí, como si se preguntara dónde me había metido.
Hermosa. Bien vestida. Sensata.
Ella sonríe suavemente, todavía hablando con la mujer en la caja registradora.
Educada financieramente. Obediente. Entrenada en decoración.
Observo sus dedos deslizarse por el libro de contabilidad.
Experta en baile. Inteligente. Temperamento sereno.
Y algo peor se retuerce en mi cabeza, una pequeña idea expresada con un siseo aristocrático y un suspiro cadencioso.
Puedes tener tu sangre sucia. Pero quiero diez semanas.
Quizás... Quizás había verdad allí. Podría tenerla. Incluso podría casarme con ella. Pero él necesitaba asegurarse de que ella tuviera el entrenamiento adecuado para manejar el puesto.
No estropees la propuesta, Draco, había dicho bromeando.
Ella me mira de nuevo cuando el cliente se va y se hace la ocupada cuando descubre que yo ya la estoy mirando.
No es tan simple. Siempre hay algo más con Lucius Malfoy. Dejo escapar cualquier esperanza con mi padre, recordando que tan solo esta mañana me apuñaló con palabras que no necesitaba usar. Sólo para hacerme daño.
Aclaro mi mente, empujando ahora a Lucius detrás de un muro y trayendo a Hermione hacia el frente.
Para cuando la tienda está cerrando yo estoy pensando en todas las formas distintas en que puedo tocarla de nuevo. Podríamos ir a su casa o a la mía, y puedo lamerla de nuevo, rogándole que me aleccione sobre las guerras de los elfos domésticos o alguna estupidez por el estilo.
Ella está deseándole buenas noches al último cliente y yo he venido a parar a las estanterías, esperando. Mirándola mientras ella se retuerce bajo mi mirada. No contengo nada, envío todos mis deseos hacia adelante de una manera que no he podido hacer durante cinco años.
Ella voltea el letrero a Cerrado y se gira hacia mí con una sonrisa.
—Ya hemos cerrado por hoy, señor Malfoy —dice—. ¿Hay algo que desee poner en reserva para el día de mañana?
¿Juego de rol de vendedora? ¿Qué otras sorpresas escondes, Granger?
Me muevo para apoyarme en el mostrador, gravitando más cerca de ella.
—¿Estás segura que no tienes nada reservado para mí allá atrás?
—Puedo verificar. —Y ella se gira, se inclina hacia adelante y esos jeans ajustados se acercan tan deliciosamente a su piel mientras menea el culo para mí. Es toda una provocadora.
Ella dice algo, pero en lo único que me concentro es en el hundimiento de su espalda debajo de la camisa, sus nalgas redondas apretadas hacia mí. Y siento que mi verga se endurece cuando ella vuelve la cabeza para mirarme como si la tuviera inclinada sobre mi escritorio.
No hemos hablado de esas posiciones. No quiero asustarla con lo mucho que deseo verla inclinada, o rebotando encima de mí, o sobre sus manos y rodillas...
La miro y ella está sonriendo.
—¿Te importa si echo un vistazo?
Ella asiente.
—Adelante. —Y ella se queda ahí. Lista para mí.
Necesito aprender un hechizo para desaparecer esos jeans. Estoy seguro de que Blaise conoce alguno.
Me cuelo detrás del mostrador y me deslizo en el espacio detrás de ella, mis caderas acunando las suyas mientras mi verga se empuja contra su trasero. Me inclino sobre ella, enviando mi cálido aliento hacia su oreja y deslizando mi mano por sus costillas.
—Qué extraño. Podría haber jurado que había algo mío aquí atrás.
Ella se ríe y se presiona contra mí, como si estuviera de acuerdo conmigo. Mía.
Oh, más te vale que follemos en esta librería, Granger.
Deslizo mi mano más alto, ahuecando su pecho y palpando su duro pezón. Ella jadea y yo avanzo, dejándola sentir mi verga, comenzando a rodar lentamente contra su trasero.
Me inclino hacia delante para besar su cuello, y ella gira la cabeza y dice:
—Creo que podríamos encontrar lo que estás buscando en la sección de no ficción.
Hay ese fuego en sus ojos que siempre significa un desastre para mi autocontrol y yo le devuelvo la sonrisa y le digo:
—El servicio al cliente aquí es impecable.
Ella se endereza, se restriega contra mí, toma mi mano y me lleva alrededor del mostrador a la derecha, hacia una sección amurallada de no ficción. Las ventanas están cubiertas con estantes de libros y, si alguien quisiera fisgonear el interior, sería difícil ver algo en la oscuridad.
Y luego ella atenúa las luces.
Oh, que chica tan descarada.
Ella se gira y se envuelve a mi alrededor, juntando nuestros pechos y golpeándonos contra una estantería, y casi me río en su boca por lo diametralmente opuesto que es de mi propia fantasía.
Ella inclina la cabeza hacia mí, gimiendo mientras mis manos se deslizan por su cintura para agarrar su trasero, el mismo trasero que acababa de presentarme como si fuera de mi propiedad.
Ella desliza sus manos por mi pecho y agarra mi cinturón, y yo respiro pesadamente en su boca mientras ella me desabrocha el pantalón como si sólo tuviéramos diez minutos en su oficina antes de que sea hora del almuerzo.
Mis ojos reptan hacia un cómodo sillón en la esquina y pauso el movimiento de sus manos en mis botones.
—¿Podemos... puedo probar algo? Y si no te gusta, podemos detenernos.
Ella jadea contra mi cara y dice:
—Está bien. —Y la beso como un hombre sediento porque ella confía en mí. Porque ella no duda conmigo. Y ella me hace sentir que seré diferente a mi padre en ese sentido.
Arrastro mi lengua por su boca, bebiendo de ella y memorizando su lengua sobre la mía. Cuando me aparto, tomo sus manos y la llevo a la silla. La giro para que mire hacia el brazo y mis manos alcanzan sus caderas para abrir sus jeans. Ella desliza sus manos hacia arriba y hacia abajo por mis muñecas.
Ella me ayuda a quitarle los jeans, pero no permito que se los pase por las rodillas antes de colar mi mano en sus bragas, deslizarla a través de su piel y encontrar su clítoris. Ella jadea y sus manos buscan algo a lo que aferrarse, aterrizando en el respaldo del sillón.
Dibujo patrones en su piel, deslizándome hacia abajo para introducirme en ella, encontrándola perfectamente húmeda y apretándome mientras mis dedos se cuelan dentro. Gimo contra su oído.
—Quiero que te inclines sobre este sillón —le susurro al oído.
Ella se tensa, sin aliento.
Y vuelvo a decir:
—Y si no te gusta, nos detenemos.
Ella asiente y yo tiro de sus bragas, bajándolas hasta sus rodillas. Ella respira pesadamente mientras la muevo lentamente para que se incline sobre el brazo del sillón. Jalo el cojín decorativo para que ella descanse en el asiento, guiándola hacia abajo hasta apoyarla sobre sus codos.
Me aparto y observo su maravilloso trasero presionándose contra mí. Ya estoy goteando en mis pantalones.
Deslizo mis manos a lo largo de la piel de su espalda, enrollando su camiseta, deslizándola por encima de su culo. Su cuerpo está tenso, pero yo masajeo círculos en sus nalgas. Escucho un gemido y creo que es mío.
Abro el último botón y saco la verga de mis pantalones.
—¿Qué… qué tiene de diferente esto? —pregunta rápidamente, con la voz aguda. Probablemente preguntándome cuáles son mis intenciones con su trasero al aire.
—Nada —le digo—. Es lo mismo que siempre hemos hecho, sólo contigo en otra posición.
Aunque, por supuesto, mientras lo digo estoy acariciándome el pito, mirando su culo.
—De acuerdo —susurra ella.
Yo busco entre sus piernas e introduzco de nuevo mis dedos.
—Justo así.
—De acuerdo.
Empujo mi verga entre sus piernas, presionando hacia adelante, y ella suspira sobre la almohada. Me veo desaparecer dentro de ella y murmuro:
—Mierda.
—¿Qué pasó? —pregunta ella. Ésta pérdida de control, pérdida de visión, no es realmente su favorita, lo sé.
—Acabo de ver mi verga deslizarse dentro de ti, Granger —susurro, empujando más. Ella jadea—. Y he soñado con este trasero durante años. Observando tus caderas en la escuela.
Ella gime cuando empujo más, mis manos aferrándose con fuerza a sus caderas.
Empiezo a un ritmo lento como este, mirando como la penetro, sintiendo lo apretada que está así. Le pregunto varias veces cómo se siente y ella responde con un entrecortado "Bien".
Muevo mis manos a su cintura, plantada justo encima del brazo de la silla, deslizando mis dedos a lo largo de su piel, siguiendo la inclinación de su cintura hasta sus voluptuosas caderas. Su trasero es tan suave y firme contra los huesos de mi cadera.
Presiono hacia abajo, cambiando un poco el ángulo. Ella gime y yo embisto más rápido, golpeando mis caderas contra ella, su cuerpo incapaz de moverse hacia mí mientras aprieto su cintura.
—Oh, por Merlín, Granger...
—¿Se siente bien? —gime ella.
—Es jodidamente perfecto —siseo, estrellando mi verga en su interior, sintiendo su presión sobre mí con cada embestida—. ¿Puedo ir más rápido…?
—Por favor.
Me clavo en ella. Hermione Granger, inclinada sobre un sillón en una librería, con sus jeans alrededor de sus jodidas rodillas.
Veo sus dedos crisparse en la almohada, su cabeza volteada hacia la tela.
—Gira la cabeza —le digo.
Ella espera unas cuantas estocadas antes de obedecer. Ella voltea hacia atrás, el cabello cayendo sobre su cuello y mejillas. Yo me acerco y acaricio sus rizos, retorciéndolos suavemente y sintiendo mi verga punzar.
—Mírame a mí.
Ella voltea, jadeando. Y tengo que cerrar los ojos para no correrme.
—Oh, Dios… —escucho.
Cuando abro los ojos, su boca se abre en un grito silencioso y su coño me aferra mientras me la tiro. Apenas puedo volver a entrar así, pero trato de quedarme quieto para ella mientras jadea.
Mierda, te amo tanto.
Sus músculos comienzan a relajarse y su cálida humedad empieza a colarse entre nosotros, y sé que ella no ha terminado del todo, pero no puedo esperar...
Me inclino hacia adelante, agarrando sus rizos con una mano, presionando su cintura hacia abajo con la otra, y la follo con gruñidos, mi verga se hunde profundamente y apenas abandona su calor antes de golpear hacia adentro nuevamente.
Miro su trasero por última vez antes de liberarme, y luego vuelvo a mirarla a los ojos mientras ella inhala con respiraciones entrecortadas, viendo cómo me corro.
Tiro de su cabello, aprieto su piel y permanezco enterrado en su interior por lo que parecen horas hasta que puedo respirar de nuevo. Mis piernas tiemblan cuando me inclino, besando su espalda, doblándome sobre ella para besar sus labios.
Siento que su coño me aprieta mientras apoyo mi peso en su cuerpo, hundiendo mi lengua en su boca y acariciando su cabello.
Ella todavía está ahí. Y es mía.
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Me aparezco en casa, aterrizando en la suave hierba más allá de las puertas de la Mansión. Camino contra el viento de febrero, apretándome más la capa. Las puertas me admiten y camino a través del sendero hacia las grandes puertas delanteras que se abren cuando me acerco.
Encuentro a mi madre en la nueva sala de estar, mirando su libro con frialdad.
—Casi envío un grupo de búsqueda —me dice, con los ojos en la página.
Se suponía que debía estar en casa para almorzar. Vendrían los Selwyn.
Yo me apoyo en el marco de la puerta, observando las nuevas alfombras que cubren el lugar donde su sangre todavía está grabada en las piedras.
—Cuéntame de nuevo sobre el día que fuiste a ver a Lucius —digo.
Ella cierra su libro y me mira. Lo pondera, volteando hacia la nueva chimenea, y dice:
—Él accedió a entregar tu herencia si podía conocerla. Debo admitir que él ya sabía de tus sentimientos por ella. Y creo que mi error fue acceder dadas las circunstancias.
Me mira, esperando una reacción. No tengo ninguna para dar. Ella continúa:
—Hermione fue a verlo... Estaba muy nerviosa. Y, cuando regresó, estaba bastante mal.
Siento que mis dientes rechinan. Asiento para que siga.
—Su prioridad al volver aquí fue dejarme muy claro que ustedes dos no tenían una relación. —Siento el pinchazo, pero ya estaba preparado para ello—. Ella estaba convencida de que tú no querrías tenerla, aunque no estoy segura si tu padre fue quien plantó esa idea...
No. Probablemente fui yo. Con mi ácido y frialdad. Con mis charlas de subastas y virginidades. Con Katya y Noelle.
Mi madre hace una pausa. Yo la miro con los ojos entrecerrados.
—Y entonces yo se lo pregunté. De forma bastante directa. Y ella me dijo que no tenía interés en casarse contigo.
Las palabras cierran mi garganta, pero ya las he escuchado antes.
No tenía interés en casarse conmigo. No tenía ningún interés en convertirse en la idea de mi padre de una esposa Malfoy. Hasta que la herencia estuvo ligada a ella. Entonces, ella avanzó como guerrera en armadura, enfrentando las hogueras.
—¿Han cambiado las cosas? —pregunta madre suavemente.
Ella me mira con una extraña esperanza en los ojos, y veo un desfile de nietos girando sobre su cabeza.
—Nosotros, eh... —Me aclaro la garganta—. Hemos hecho algunos... progresos.
Madre esboza una odiosa sonrisa y yo pongo los ojos en blanco.
—Espero que estén cuidándose.
—¡Madre! —balbuceo.
—O, en realidad —reflexiona ella—, mejor no se cuiden para nada, ¿quieres? Sólo asegúrate de estar comprometido para cuando nazca el pequeño.
—Madre, ya tuve suficiente de esto.
Ella da saltitos en el sillón como una niña y dice:
—¿Podemos invitarla a venir? ¿El próximo fin de semana?
Yo pongo los ojos en blanco y digo:
—De acuerdo. —Ella sonríe. Luego yo aprieto los labios, odiando arruinar esta felicidad, y le digo—: Si no te importa, me gustaría que hicieras tu último movimiento con mi padre. —La miro y encuentro sus cejas juntas—. Él ha estado enviándola con madame Michele. La encontré hoy con monsieur DuBois aprendiendo sobre arquitectura renacentista.
La sonrisa se desvanece de su rostro y ella sigue como una estatua cuando dice:
—¿Lo descubriste ahora?
Yo asiento.
—Él le dijo que no me entregaría la herencia a menos que ella asistiera.
Mi madre es una absoluta visión cuando está enojada. La mayoría de las personas se ruborizan, el fuego se enciende en los ojos y la sangre les hierve. Pero mi madre destila hielo.
—Draco, cariño —dice, mirando por la ventana al cielo nocturno—. Tu padre y yo vamos a divorciarnos. Espero que eso no te moleste demasiado.
Ella toma su libro y continúa leyendo.
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Domingo 20 de febrero de 2000
Mi italiano está un poco oxidado, pero puedo encontrar el camino a la villa correcta. Llamo a la puerta y un viejo elfo la abre inmediatamente.
—Draco Malfoy para ver a la señorita Parkinson —le digo.
Él dice algo en italiano y reconozco las palabras "horario" y "cita". Me mira de arriba abajo. Los elfos pueden hablar en cualquier idioma, así que éste sólo está siendo un cretino.
—No tengo cita.
Él me mira con el ceño fruncido y me hace un gesto para que espere en el vestíbulo. Es una cabaña pequeña, con grandes ventanales y enredaderas en las paredes exteriores. Estoy examinando la sala de estar desde la puerta cuando escucho tacones en las escaleras.
—¿A qué se debe esta sorpresa?
Miro hacia arriba y Pansy baja las escaleras en bata, su cabello no está completamente peinado, pero ya lleva el rostro maquillado. Han pasado quizás ocho años desde que la vi sin maquillaje.
Ella lee mi cara, se detiene en los dos últimos escalones y la luz abandona sus ojos.
—¿Qué sucede?
Yo avanzo directo al tema, sintiendo un fuego similar al de ayer en lo profundo de mi pecho.
—¿Has estado en contacto con mi padre?
Sus cejas se juntan con su flequillo.
—¿Recientemente? No. ¿Por qué? ¿Qué pasó?
Yo deslizo las manos en mis bolsillos para detener el impulso de apretar algo.
—¿A qué te refieres con "Recientemente no"?
Ella parpadea, sus ojos se clavan en los míos, bailan sobre mis hombros tensos y mi mandíbula apretada.
—Él vio mi diseño para el ministro argentino en junio del año pasado y me escribió desde Azkaban. —Ella cruza los brazos sobre su pecho, con un raro movimiento de inseguridad que atrae mis ojos—. Él... ha seguido mi trabajo. Enviándome felicitaciones, y... —Traga saliva—. Me puso en contacto con algunas personas.
—¿Y nunca se te ocurrió mencionármelo? —gruño, perdiendo cualquier pizca del control que pensé que tenía sobre la situación.
Ella cierra la boca de golpe, entrecerrando los ojos de una manera que reconozco.
—Quizá lo hice. Podría haberlo dicho en una de las sesenta y siete cartas que te envié mientras no estabas.
—No lo hiciste —me río—. Las leí todas.
Su mejilla se crispa y aparta la mirada de mí.
—¿Qué tiene eso que ver con esto?
Yo deambulo hasta el final de las escaleras, mirándola.
—¿Y qué hay de la "bruja empresarial moderna"? —siseo—. ¿Mi padre tenía algo que decirte al respecto?
—Por supuesto —me espeta ella—. Le encantó el diseño.
—¿Y qué tenía para decir sobre la modelo?
Sus labios se cierran y algo se oscurece en sus ojos.
—¿Qué te dijo ahora?
Yo camino, apartando la mirada, tratando de recordar quién es ella. Quienes fuimos.
—¿De quién fue la idea de usarla a ella?
—Mía —me escupe.
—¿En serio?
—Sí —ella se endereza—. Todas las decisiones con respecto a mi línea las tomo yo. Si tiene mi nombre, me representa. Estoy segura de que puedes apreciar eso, Draco.
La miro, centímetros más arriba de mí en las escaleras. Y espero. Ella respira con cuidado por la nariz.
—Él me escribió el mes pasado. Después de la fiesta de Año Nuevo —dice—. Incluyó un recorte de Granger en El Profeta, con su vestido blanco y estilo elegante, y me la sugirió. —Ella se ríe y yo me estremezco ante el sonido—. Le dije que no existía ningún universo en el que Hermione Granger consentiría a ese tipo de tortura de mi parte, pero que se lo agradecía. Luego él me informó sobre su nuevo puesto en Malfoy Consulting. Y me recordó las necesidades que podría tener ella en el futuro... además de su empleo.
Ella me mira, sus ojos atrapados en mi ceño fruncido.
—La decisión fue mía, Draco. Lucius sólo me dio un impulso de confianza en que si yo se lo pedía, ella tal vez podría aceptar. Si tú se lo pedías —dijo—, ella podría decir que sí.
Mi garganta se cierra tratando de decidir si necesito golpear algo o echarme a llorar.
—La usaste…
—Todos la estamos usando —dice ella, encogiéndose de hombros—. Eso es lo que hacemos, Draco. —Se muerde el labio, corriéndose el lápiz labial—. Y no me disculparé por mantenerme en contacto con tu padre. Él era el único Malfoy que me dirigía la palabra, y es lo más parecido a una figura paterna que he tenido en mi vida. Siempre me trató como familia.
Yo aparto la mirada, mordiéndome la mejilla, respirando y sintiendo el escalofrío de una ira inútil.
—Porque tú eres sangre pura, raza pura e impecablemente hermosa —le escupo, burlándome de las cualidades.
—¿Qué más hay ahí? —gruñe ella.
La miro y ella me levanta una ceja, preguntándome, con una tristeza brillando en los ojos que no había visto en años.
Ella baja las escaleras y se para frente a mí, ahora más pequeña.
—Él me pidió que la convirtiera en una de esas tres cosas —susurra—. Y yo sé que tú nunca necesitaste todo eso para verla "impecablemente hermosa..." —Pansy me sonríe tristemente—. Pero tú la arrastraste a tu mundo sin siquiera pensar en lo difícil que sería para ella no tener esas tres armas.
Ella endereza el cuello de mi camisa, como si estuviéramos en camino hacia el Gran Salón en invierno con nuestras túnicas formales.
Yo trago saliva y digo:
—Lucius la envió con madame Michele.
Espero a que ella frunza el ceño, a que pregunte, a que reaccione.
—Lo sé.
Mis ojos se clavan en ella, la rabia aumentando de nuevo. Ella continúa:
—Era obvio. Para mí, al menos. —Sus manos rozan mis hombros, cayendo a sus costados—. Ella era una plebeya en la escuela —se ríe—. Para mí estaba claro que había estado trabajando con alguien.
Yo me alejo, rechinando los dientes, mirando ceñudo su sala de estar.
—Si la quieres en tu mundo, Draco, hay cosas que ella necesita aprender —canturrea a mi lado.
Yo cierro los ojos pensando en la lista.
—Y, si ella está dispuesta a aprenderlas, eso también significa algo —dice Pansy sobre mi hombro.
Yo giro la cabeza para encontrarla mirando a nuestros pies.
—¿Por qué consentirías en esa descabellada idea? —pregunto—. Sé lo que sientes por ella. La Pansy que solía conocer preferiría tirar su modelo de negocios a la basura antes que ayudar en la carrera o vida personal de Hermione Granger de alguna forma.
Ella mira por la ventana.
—La gente cambia, Draco. —Y luego, llanamente—: Me refiero a ella, por supuesto. Yo soy tan perfecta como siempre. —Yo sonrío—. Y no era a ella a quien estaba ayudando. —Ella me mira—. Podrás recordar mis sentimientos por ella, pero debes haber olvidado mis sentimientos por ti.
Sus ojos brillan hacia mí y siento un peso presionando detrás de mis ojos. Ella me toma del brazo y nos gira a ambos para mirar hacia la sala de estar.
—Todavía hay un pequeño grupo de nosotros que haría cualquier cosa por ti —me dice—. Es muy irritante, en realidad.
Mis ojos encuentran la ventana y miro fijamente, tratando de averiguar qué puedo agregar yo.
—¿Por qué nunca respondiste a ninguna de mis cartas? —susurra ella—. Las leíste y nunca me respondiste. Te escribí una vez a la semana durante quince meses.
Un pájaro aterriza afuera en una rama y bate sus alas.
—Después de los primeros meses en Azkaban, dejé de creer que me liberarían. No quería que esperaras nada de mí.
Ella suelta una pequeña risa.
—Al contrario de lo que tu ego pueda pensar, Draco Malfoy, no pasé los últimos dos años esperándote. —La siento agitar su cabello por encima del hombro, haciendo una postura—. Me lo he pasado genial, muchas gracias. —Y luego agrega—: Tuve una tórrida aventura con Theodore.
Mis cejas se juntan.
—¿Theo? Pero él es...
—Sí, ahora lo sé. No lo discutamos.
Ella aparta su brazo de mí, volviéndose para ir a buscar té para mi visita. Siento una sonrisa tirando de mis labios con esta nueva información.
—¿Y Blaise lo sabe? —le grito.
—Oh, por el amor de Merlín, por favor no se lo digas.
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Nota de la Autora: No tengo idea de por qué Hermione no incluiría esa pequeña escena obscena en su punto de vista... :) Pero estoy segura de que Hermione aprendió lo que yo ya aprendí: solo puedes escribir escenas frente a frente unas cuantas veces antes de necesitar cambiar de posición. Necesitaba cambiarlo. Gracias a la imaginación de Draco por la ayuda.
Advertencia de contenido: Dolohov y Rowle insinúan que han usado la maldición Imperius para violar/agredir a mujeres. Sugieren que Draco lo use en Luna para sexo oral. Rowle también sugiere que Luna, una menor de edad, se desnude para ellos. Ninguno de estos eventos tiene lugar dentro de la narrativa. Draco es capaz de mediar en la situación y Luna no sufre ningún daño.
