DISCLAIMER: LOS PERSONAJES EN SU MAYORÍA PERTENECEN A J. K. ROWLING, ASÍ COMO EL UNIVERSO EN QUE SE DESENVUELVEN.

Nota Traductora: Hola chicas bellas y hermosas que leen esta historia! Gracias por tanto. Aquí estoy tratando de ser una chica responsable y publicando en viernes, a tan solo tres capitulos de terminar y muy emocionada por empezar con La Subasta. No las entretengo mucho, disfruten!

Nota Autora: Advertencia por muerte de personaje menor.

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Todo lo Incorrecto

Traducción de "All The Wrong Things" de Lovesbitca8

Capítulo 22

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Sábado, 2 de mayo de 1998

Hace calor en esta parte del castillo. Como si la energía que despiden los cuerpos ardiera en el aire antes de disiparse.

Algunos mortífagos pasan gritándome que los siga, diciendo que han visto a Potter venir hacia acá. Yo les digo que tengo mi propia misión.

Y es verdad.

Vi su cabello sacudiéndose por los pasillos mientras los estudiantes se reunían en el Gran Comedor. Yo estaba lo suficientemente cerca para distinguir por un momento las pecas de Weasley.

Fue estúpido pensar que ella no estaría aquí para esto. Para el final de todo.

Si Potter llega a fallar… intentaré llegar a ella primero. Suponiendo que no esté muerta para entonces. El pensamiento se clava en mis costillas. Trataré de quedarme con ella, intentaré evitar que forme parte del grupo de personas que venderán. Necesito encontrarla, mantenerla vigilada. Y, si el Señor Tenebroso acaba con Potter, me la llevaré. Me la robaré como a un collar de diamantes en la noche.

Giro en un pasillo, miro a ambos lados para asegurarme de que esté vacío y camino hacia el norte.

—Draco.

Volteo y Blaise sale de su escondite detrás de una estatua. Sostiene su varita en ángulo, como si no confiara en mí.

—¿Qué haces todavía aquí? —pregunto. Él se había marchado con Pansy y Daphne.

—¿A dónde vas? —pregunta en lugar de responder.

—Estoy en mi propia misión.

—¿Por órdenes de quién?

Yo lo miro. ¿Vale la pena mentir? ¿Y si esta es nuestra última conversación?

Él asiente ante mi silencio y dice:

—¿Dónde están Vin y Greg?

—En algún lugar de la planta baja.

—¿Y tú? —Da un paso hacia mí—. ¿Tú estás bien?

—Estoy caminando, ¿no? —Lo miro. Él no tiene ni una sola mancha de polvo o sangre. Y si comprobara su varita, confirmaría que no ha lanzado ningún hechizo. Es un sobreviviente—. ¿Qué haces todavía aquí? —pregunto de nuevo.

—Pansy intentó volver por ti. Le dije que yo vendría en su lugar si me prometía quedarse quieta.

Yo lo miro con los ojos entrecerrados.

—¿Y has esperado a que pasara por este pasillo para encontrarme?

—No —contesta, guardando su varita en el bolsillo—. He estado siguiendo a Hermione Granger. Sabía que vendrías.

Mi pecho se congela. Lo miro parpadeando, preguntándome si vale la pena el esfuerzo. Todos moriremos pronto, ¿cierto? Entonces, asiento con la cabeza.

—¿Dónde la viste por última vez?

Él me frunce el ceño.

—Ven conmigo, Draco.

—¿La encontraste?

—Daphne y Pansy están en la plataforma del Expreso de Hogwarts. Vamos a esperar a que el polvo se asiente y decidiremos qué hacer…

—Dime…

—No puedes hacer esto…

—Mírame.

Él da un paso hacia mí y me toma por los hombros.

—¡Ella no es tuya, no es tu responsabilidad mantenerla a salvo! —Me sacude—. ¡Mira a tu alrededor, Draco! Están sucediendo cosas más grandes. ¡Ella no está buscándote a ti!

Siento que se forma una fisura entre mis ojos. Como una grieta en una represa, aguantando demasiada presión por demasiado tiempo.

—Si no me vas a ayudar...

—Ella realmente debe tener un coño de oro si en verdad eres incapaz de darte cuenta…

Sacudo mis hombros, soltándome de sus manos. Él se tambalea hacia atrás y mi varita está en su cara antes de que pueda enderezarse.

Él mira la punta de mi varita.

—Entonces, ¿se han hecho promesas el uno al otro? —confirma por sí mismo, asintiendo—. Lo siento. No tenía idea.

Yo parpadeo, con los dedos apretando mi varita.

—No hemos hecho promesas. Nosotros... No hay ningún "nosotros".

Él me mira fijamente.

—Pero… ¿esto no es un juego para ti? ¿No es sólo un poco de diversión antes de comprometerte con Pansy?

Algo húmedo rueda por mi rostro. Y rezo por que sea sangre.

—No —le digo—. Esto... no ha sido divertido para mí. —Bajo mi varita—. Es algo unilateral. Ella no me está buscando a mí.

Él simplemente asiente. Y yo no tengo que volver a preguntar.

—Los vi a ella y a Weasley dirigiéndose al baño de chicas del segundo piso —dice.

Yo sacudo mi cabeza a modo de despedida y salgo por el pasillo.

—Draco.

Giro de nuevo hacia él.

—Tengo 10,000. Quizás más si vendemos el viñedo. —Se encoge de hombros—. Es tuyo.

Yo trago saliva y asiento.

—Si no te encuentro al final, dile a Pansy que nunca me viste.

Giro sobre mis talones antes de poder agradecerle, decirle algo significativo sobre nuestra amistad o rogarle que me acompañe.

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Sábado, 26 de febrero de 2000

Me quedo en Australia hasta pasada la medianoche del día siguiente.

Me dirijo por la mañana a Dulce Bocado para publicar un aviso de que la tienda estará cerrada durante una semana y, antes de irme, coloco algunos encantamientos protectores para mantener alejada a cualquier persona no grata.

Mónica se encierra en el baño cuando el recuerdo de una niña de ocho años rompiéndose la muñeca aparece entre la bruma e invade su mente sin que ella lo solicite, sin ningún otro recuerdo de su hija que lo acompañe.

Wendell se sienta junto al baño, susurrando a través de la puerta, y el doctor Flanders y yo tomamos un descanso para preparar el almuerzo.

Aún no les hemos presentado la magia, así que no podemos abrir la puerta.

El doctor Flanders dice que deberíamos reservarnos cualquier tipo de magia hasta que hayan asimilado los primeros diez años. Introducir a Hogwarts y a la brujería hasta que se presenten cronológicamente.

En verdad es brillante. Pero yo sólo quiero preparar una jodida taza de té y no sé para qué sirven las perillas y diales de este horno.

No puedo decirle al Ministerio Británico exactamente a qué hora volveré, así que tengo que ir al Ministerio Australiano por un Traslador. Casi amanece cuando al fin encuentro la estatua fuera de la Ópera y sigo las escaleras hacia el Ministerio oculto.

Aterrizo en los páramos fuera de la Mansión en una brillante puesta de sol y el cambio de hora me golpea como una bludger. Me tambaleo por un momento y, una vez que puedo notar la diferencia entre el suelo y el cielo, comienzo a caminar por el sendero de piedra hacia la Mansión.

Hacia Hermione.

Pero, primero... Poción pimentónica. Y una ducha.

Una vez que estoy completamente despierto de nuevo, me dirijo a la biblioteca, como una cometa siendo atraída a su dueño.

Ella está sumergida entre los estantes, con la nariz incrustada en un viejo libro que parece que se desmoronará entre sus dedos.

Lleva el cabello suelto. Y su vestido es suave y ligero contra su cintura y caderas.

Puedo encontrarlos en ella más claramente ahora. Los ojos de su madre. El mentón de su padre. Los elegantes movimientos de Mónica con los irregulares pensamientos de Wendell tirando de su cuerpo en todas direcciones.

Parece injusto que ella no los haya visto en dos años y medio, y yo les preparé la cena hace horas.

Ella gira su largo cuello y me descubre mirándola. Yo sonrío.

—¿Tu madre nunca te enseñó que espiar es de mala educación? —Ella me sonríe.

—Lo intentó —le digo—. Pero también me dijo que disfrutara de las cosas bellas de la vida, así que me parece una difícil contradicción.

Ella se sonroja y yo me tomo un momento para observarla.

Hermione Granger en la biblioteca Malfoy, radiantemente feliz.

—¿Algún hallazgo interesante?

—Ah-já. De hecho, casi podría afirmar que si hubiese tenido acceso a la biblioteca Malfoy durante los pasados diez años, Voldemort no habría tenido ni una oportunidad.

Ella le sonríe al libro en sus manos y yo gravito más cerca de ella.

—Bueno, la próxima vez que un mago tenebroso aparezca, me aseguraré de que tengas a mano todo lo que necesitas. ¿Qué estás leyendo ahora?

Estoy justo detrás de ella, mirando por encima de su hombro. Y puedo ver una pequeña parte de sus pechos tras el vestido. Ella me responde, pero yo estoy concentrado en su aroma después de tantos días sin ella. Parecen meses.

Le aparto el cabello del hombro y me apoyo en su cadera. Mi mejilla descansa contra la suya. Y creo que podríamos leer así. Quizás en la bañera o en el asiento junto a la ventana. Quizá ella bufe al terminar de leer una página y tenga que esperar a que yo acabe.

Ella se estremece. Y mi mano se frota contra su cadera, ahora pensando en otras cosas que podríamos hacer en la bañera o en el asiento de la ventana.

Murmura algo sobre el libro. Algo sobre investigación y la mejor forma de hacer las cosas. Y veo sus dedos aferrarse al libro.

Me pregunto cuánto tiempo tendremos antes de cenar.

Y luego me doy cuenta de que no me importa.

Presiono mis labios a lo largo de su cuello y ella se inclina hacia mí, reclinando la cabeza sobre mi pecho. Yo acaricio sus brazos, deslizándome por su codo. Mis ojos recorren el índice y cambio la página para ella.

—¿Por qué no me lees el Prefacio?

Tal vez le haga un examen sobre el tema más tarde, con mi lengua en su interior. A ella le encantaría. Le daré puntos a su casa y sólo la dejaré correrse cuando consiga cien.

Ella respira hondo y lee, su voz me invade. Yo sostengo su cintura, acariciando sus caderas. Ella hace una pausa y yo le pido que continúe.

Deposito besos ligeros en su cuello y deslizo mi mano por sus costillas hasta que casi estoy en su pecho. Ella tartamudea y detiene todo lo que estaba leyendo sobre los retratos en Beauxbatons.

—¿Qué tenían que decir los retratos, Granger?

Observo como se erizan sus pezones por debajo de su delgado vestido. Me pregunto si mi voz la excita tanto como la suya a mí.

Un pequeño sonido emerge a través de su garganta, y ella continúa:

—Mmm... historias del joven Nicolás y sus aventuras en la escuela. Pero algunos lo habían visto de nuevo. Algunos de ellos... —ahueco su seno izquierdo ignorando su punzante pezón y recojo la tela de su vestido hasta el muslo—. Algunos retratos habían visto a Nicolas Flamel y a su esposa hacía poco tiempo, en 1798, lo que corroboró que los Fla…Flamel superaban los cuatrocientos años de edad.

Estoy debajo de su vestido, avanzando poco a poco hacia sus bragas y ella ya no puede concentrarse en los Flamel. Mis dedos bailan en su piel y ella gime cuando mordisqueo su cuello. Paso mi otra mano sobre su pecho, rodeando su pezón por encima del vestido.

—Cuatrocientos años de edad, ¿verdad, Granger? —le pregunto. Y cuando ella afirma y gime, yo me cuelo en sus bragas y deslizo mis dedos en su cuerpo. Ya está mojada. Su cuello está abierto para mí y compruebo que mis chupetones se han desvanecido desde la última vez que la vi. Toco su pezón y suspiro—: ¿Qué más dice? —Y me pongo a trabajar nuevamente en marcar su piel.

—No puedo, Draco. Por favor.

Yo tampoco. Deslizo un dedo dentro, temblando por lo apretada que todavía está. Mi verga se crispa contra su trasero y la acerco a mí al tiempo que ella apoya la cabeza en mi hombro. La follo con un dedo hasta hacerla gemir. Mi otra mano se desliza por debajo de su vestido, en busca de sus pecho para entrar por debajo de su sostén. Mi muñeca se contorsiona hasta lograr tocar su clítoris.

—Oh, por Dios. Draco.

Me encanta la forma en que lo dice.

Introduzco otro dedo en su interior y ella tiembla. Sus caderas se agitan y se frota contra mi verga, tan cerca de mí que creo que puedo sentir que me froto entre sus nalgas.

¿Me permitiría cogérmela así? Sólo tengo que subirle el vestido y quitarle las bragas y entonces estaría dentro de ella. Le diré que es como en Cornerstone, solo inclínate hacia adelante en los estantes, Granger.

Ella deja caer el libro y sus manos intentan aferrarse a algo. Mis muñecas, mi cuello. Está gimiendo tan hermosamente cada vez que introduzco mis dedos en ella.

—Pon las manos en el estante —susurro contra su mandíbula. Y, cuando ella obedece, un ardor recorre mi pecho, tamblando hasta mi verga.

A ella le gusta la forma en que mis dedos se mueven dentro, y a mí me gusta la forma en que su trasero me golpea.

Mis caderas vuelven a embestir, frotandose conmigo a la perfección. Incluso con mis pantalones aún puestos, estoy seguro de que me correré pronto.

Si hago que ella se venga primero, tal vez me deje hacérselo en esta posición.

Miro hacia arriba para ver sus manos apretando los estantes de madera y cierro los ojos, gruñendo.

—Mierda. —Sus caderas se hacen nuevamente para atrás, rebotando contra mis dedos—. He deseado hacerte esto... Deseaba hacerte esto cada vez que te veía en la biblioteca de Hogwarts.

Yo anhelaba que ella me deseara tanto como a esos libros.

Su coño se contrae alrededor de mis dedos y gime.

—Por favor, Draco.

Sostengo su cadera con una mano, la otra todavía dentro, arremolinando su clítoris y jalándola hacia mí. Ella se mueve demasiado rápido. Follándose con mi mano, tentándome con su perfecto culo y sus perfectos gemidos.

No puedo esperar para entrar en ella, así que la mantengo quieta mientras me restriego contra su trasero, acariciando su clítoris y observando sus manos en los estantes.

Escucho un estallido y me pregunto si ella habrá roto los estantes. La idea es suficiente para hacer que me corra. Siento el punto de inflexión…

—Mippy viene a informarles que la cena está lista.

Mi cerebro necesita unos segundos para ponerse al día, pero mi verga inmediatamente entiende lo que pasó, retrocediendo.

Ella está rígida como tabla, yo saco mis dedos de su cuerpo y digo:

—Gracias, Mippy. En un momento iremos.

Un estallido cuando desaparece.

Ella se ríe y yo dejo caer mi frente sudorosa sobre su cuello.

—Mierda.

Ella se carcajea.

Debe existir algún hechizo para evitar que los elfos domésticos hagan eso. Alguien debió haberlo pensado antes.

Ella se escapa de mi agarre y yo me estabilizo en el estante a mi izquierda. Ella se voltea y me besa.

—Dame un momento —le digo.

Ella parpadea y acaricia mi pecho.

—Quieres que yo…

Yo la tomo por la muñeca y digo:

—No, yo... realmente no quiero correrme con la voz de Mippy en mi cabeza.

Ella se ríe y me besa de nuevo en los labios.

Cuando finalmente llego a la mesa de la cena, madre me alza una ceja en desaprobación. Yo le devuelvo la mirada.

Probablemente ella obligó a la pobre elfina a interrumpirnos.

Mippy no puede mirarme a los ojos durante el resto de la cena.

Cuento los minutos antes de que nos levantemos de la mesa y nos despidamos. La conduzco a través del vestíbulo y las escaleras, tomando su mano. Ella se detiene un par de veces y recuerdo que nunca había venido a esta parte de la mansión. La dejo mirar el estanque y los pavorreales.

Cuando llegamos a mi puerta, me asalta un miedo repentino. ¿Está mi habitación lo suficientemente limpia? ¿Cuándo cambió Mippy las sábanas por última vez? ¿He escondido las cosas que no quiero que ella vea?

La miro, preparándome antes de abrirle la puerta.

Ella entra, mira brevemente a su alrededor y se ríe.

Yo arrugo la frente.

—¿Qué?

Ella me sonríe y dice:

—Todo es bastante predecible. Me encanta.

Miro a mi alrededor mientras ella curiosea y me doy cuenta de que sí, el verde y el plateado quizás sean un poco demasiado infantiles.

Ella deambula y yo la sigo de cerca, mirando su rostro, mirando sus dedos. Toca las cosas que le interesan. Mira atentamente mi librero y entiendo que sí había algo que debí haber organizado para ella. Debí haberme decantado hacia la no ficción, biografías y magia teórica.

Ella le sonríe a mis libros y me pregunto si se estará burlando de mí.

Cuando se asoma al baño privado sus ojos brillan y yo me pregunto si le apetecerá entrar a la bañera...

Ella encuentra mi armario y fisgonea entre mis capas y pantalones mientras yo me apoyo en la puerta.

—Necesitamos vestirte con naranja y rosa. —Ella guiña un ojo.

Está burlándose de mí, pero tal vez sea una broma en la que soy incluido.

Se mueve hacia los cajones y me doy cuenta de que sí, había algo que necesitaba ocultar. Las bragas de nuestra primera vez podrían explicarse… tal vez. Incluso podría pasar por alto las imágenes de El Profeta. Pero las fotos de ambos en el callejón que tomaron los espías de mi padre serían más difíciles de justificar.

Ella me mira y debo ser increíblemente transparente para que ella pueda leer en mi rostro que necesita alejarse de los cajones.

Se acerca a mí, sus manos recorren mis hombros hasta mi cabello. Ella me besa y yo la acerco más. Ella se cuela en mi boca y yo deslizo mis manos hacia abajo para agarrar su trasero.

—Me gusta tu habitación, Draco. —Intenta tranquilizarme. Y es un gran alivio que ella pueda leerme tan bien. Que no necesito poner muros. Que ella y yo tal vez podremos entendernos con una mirada por el resto de la eternidad.

La beso, sonriendo, pero ella se echa hacia atrás y se mira los zapatos.

—Tengo una sorpresa para ti.

—Oh, ¿enserio? —digo, pensando en todas las sorpresas que tengo reservadas para ella una vez que nos subamos al colchón. Cuántas horas pasaremos juntos.

—Sí, creo... creo que te gustará.

Yo sonrío. Brujita boba, por supuesto que así será.

—¿Y cuándo recibiré mi sorpresa? —le digo, apretándole el trasero.

—Necesitarás, mmm... darme algo de espacio —murmura. Yo sonrío y la suelto. Camino hacia la cama, sentándome en el borde.

Ella se desabrocha el vestido y ya me encanta mi sorpresa.

Observo cómo cae la tela por sus hombros para revelar un sostén verde. Verde Slytherin.

Siento que se me seca la garganta cuando el vestido se desliza hasta el suelo. Bragas verdes también.

Son nuevos. Son sólo para mí. Sé que Hermione Granger nunca en su vida compraría a propósito lencería verde para usar.

Parece nerviosa, como si no estuviera segura de que me gusta vestida así. Entonces, me levanto y me hago cargo.

—Ven a la cama.

Ella sonríe, orgullosa de sí misma, mordiéndose el labio cuando pasa a mi lado, y mis ojos se giran para encontrar… muy poca tela.

Estos muggles sí que saben lo que hacen.

Sus nalgas están perfectamente enmarcadas con sólo un trozo de tela verde que desaparece entre ellas. La bruja literalmente me debilita las rodillas mientras me aferro al poste de la cama.

Ella gatea por mi cama con el trasero al aire, sus largas piernas arrastrando el edredón. Observo los músculos de sus muslos, la forma en que sus bragas se deslizan sobre su coño, las nalgas que quiero morder.

Ella se detiene en el centro de la cama.

—¿Te gusta?

Alzo la vista y ella voltea sobre su hombro, y sé que un día tengo que tenerla en cuatro sobre mi cama, girando la cabeza para mirarme mientras me la cojo.

—Acuéstate —le digo. Y ella obedece. Y me pregunto si algún día me permitirá decirle exactamente lo que tiene que hacer. Si me regalaría una noche estirando sus muñecas por encima de su cabeza y dándole instrucciones a obedecer.

Ella junta las rodillas mientras yo me quito la ropa. Dudo con mis pantalones y decido quedármelos por ahora.

Me arrastro hacia ella, besando sus rodillas mientras ella me mira. Sus piernas se separan y yo le beso las bragas. Mierda. Quiero cogérmela con ellas puestas.

La beso por encima de la tela y su cabeza cae hacia atrás. Mis labios se presionan contra su cuerpo, prometiéndole cosas, y arrastro mi lengua sobre la tira verde, aplicando fuerza en su clítoris.

—Mierda… Draco.

Y tal vez hacerla hablar sobre el calamar gigante fue algo incorrecto. Si ella maldice mientras yo me la devoro, valdrá toda la pena.

—Dilo otra vez.

Ella dice mi nombre y, aunque me encanta, espero a que vuelva a decir "mierda".

Sonrío y beso su coño. Ella gime y dice:

—Oh, mierda.

Ella gimotea un coro de "mierda" cuando aparto sus bragas y la chupo. Me acomodo los pantalones. Ella agarra mi cabello y yo giro mi brazo por debajo de sus muslos, empujando para abrirlos. Sabe tan perfecto como siempre.

Ella se mueve contra mí y mi lengua se desliza más en su interior.

—Oh, mierda, Draco.

Me muevo hacia su clítoris, dejando trazos rápidos y firmes, y los gemidos que ella emite resuenan en mis tímpanos. Ella aproxima mi rostro a su cuerpo, sacudiendo sus caderas, y mis propias caderas se frotan en el colchón, buscando algo cálido y húmedo.

Ella suelta mi cabeza y yo inhalo, viendo sus dedos retorcerse en el edredón.

Quiero sentir cómo se corre. Quiero memorizar la forma en que sus músculos me aprietan.

—Avísame cuando estés a punto de llegar.

Alzo la cabeza para mirarla y ella me observa todo el tiempo que puede antes de aventar su cabeza hacia atrás. Sus caderas saltan de nuevo hacia mí y yo empujo sus muslos hacia abajo.

—Creo... creo que casi... Draco.

La miro y ella tiene las manos sobre sus pechos, acariciándose a sí misma. Y ese maldito sujetador verde.

Gimo y eso la sacude.

—Mierda —gruñe.

Por Merlín, me encanta eso.

Dos de mis dedos se deslizan en su interior, abriéndola, y ella suspira pidiendo más. Yo aprisiono su clítoris y lo succiono.

Sus muslos intentan cerrarse sobre mi cabeza. Sus paredes revolotean alrededor de mis dedos y luego se contraen mientras grita.

La trabajo hacia abajo, bombeando lento con mis dedos y lamiendo suavemente con mi lengua.

Cuando ella vuelve a abrir los ojos, mira hacia abajo y dice:

—Mierda.

Provocadora.

Beso su vientre y cada uno de sus pechos a través del sostén, pero me freno cuando llego a sus labios.

Pansy odiaba que lo hiciera. Me hacía limpiarme la boca e incluso cepillarme los dientes antes de poder besarla de nuevo.

—¿Puedo besarte así?

La veo dudar y, cuando acepta, sé que no está convencida, así que sonrío y me limpio la boca antes de besar de nuevo su piel. Mi cuerpo se apoya pesadamente sobre ella, mis caderas la empujan. Ella alcanza mi cinturón y yo no puedo creer que ella sea mía.

Luego nos rueda a ambos y yo me burlo de nuestros codos y rodillas. Ella besa mi boca y yo introduzco mi lengua en la suya, preguntándome si podrá saborearse a sí misma.

Ella besa mi cuello y mi pecho, deteniéndose sobre mis pezones, probando para averiguar si me gusta. Le sonrío y ella frunce el ceño, como si estuviera tratando de encontrar el hechizo correcto.

Sus ojos parpadean de nuevo en los míos, amplios e interrogantes mientras besa mi estómago, y yo intento averiguar qué es lo que está haciendo cuando su lengua se desliza sobre mi abdomen.

Ella no querrá...

El aire me abandona. La miro mientras continúa descendiendo.

Ella... Ella no querría hacerlo.

Parpadea y sus manos se mueven hacia mis botones, sus labios descienden poco a poco desde mi ombligo. Yo salto, agarrando sus muñecas.

—No tienes que hacerlo. —Mi voz se enronqueció por devorarla, y me pregunto si ella cree que deberíamos estar a la par. Eso no es…

—¿No quieres que lo haga? —Ella está confundida, pidiéndome que aclare por qué yo no querría su boca sobre mí.

Y no tengo ni puta idea de por qué no lo querría. O cómo podría explicarle lo mucho que lo deseo. Tan fervientemente, que no puedo garantizar que saldrá ilesa, que no empujaré en su garganta hasta derramarme en ella, agarrándola del cabello para que no pueda moverse.

Como yo quiero hacerlo no es como ella debería hacerlo por primera vez.

No he dicho nada, así que ella vuelve a besarme el estómago y continúa desabrochándome. Caigo hacia atrás y miro al techo mientras ella desliza mis pantalones hacia abajo, y trato de no pensar en todas las veces que he contemplado este techo pensando en sus labios alrededor de mi verga.

Siento el pulso entre las piernas y aprieto los ojos, preparado para contenerme, preparado para mantener las manos quietas.

Cuando ella aún no me ha tocado, abro los ojos para verla mirando el bulto en mis bóxers, como esperando que éste revele sus verdaderas intenciones.

Me siento otra vez con las manos sobre sus hombros.

—No tenemos que... Hay tantas cosas que quiero hacer contigo esta noche. Todas las noches. Podemos intentarlo después.

Ella asiente, visiblemente aliviada, sonrojándose por su fracaso. Yo la beso profundamente, convenciéndola de que la deseo. Pienso en otra cosa, algo que podrá hacer por ella misma.

Algo para lo que podemos utilizar esta cama.

—¿Podemos hacer algo más en su lugar? —le pregunto y ella asiente.

Me quito los pantalones y el bóxer por completo, y miro como sus ojos saltan hacia mi verga, como si estuviera meditando sobre cómo funcionan en realidad las mamadas.

Ya te enseñaré algún día, cariño.

Ella se retira las bragas y los tacones, pero una vez que llega a su sostén, yo la detengo.

—No, no quiero que te quites eso nunca.

Ella sonríe. Y yo me acuesto encima de ella, rodeándome con sus piernas antes de hacernos girar hasta ponerla encima de mí.

—¿Podemos intentarlo así? —pregunto a través de los salvajes rizos que caen sobre nosotros.

Ella se sienta, luciendo confundida.

—Yo... no sé cómo...

—Ya nos las arreglaremos.

La ayudo a sentarse sobre mí y guío mi cuerpo hacia el suyo. Ella cierra los ojos para concentrarse en recibirme y veo mi verga deslizarse dentro.

Oh, por Merlín.

Ella, usando ese sostén verde, engulléndome. De todas las fantasías que he tenido en esta cama, no creo haber imaginado esto nunca.

Cierro los ojos con fuerza, esperando tocar fondo en su interior mientras sus paredes se contraen a mi alrededor.

De todas las fantasías que he tenido en esta cama, tampoco creo haberme imaginado corriéndome en dos segundos.

Ella comienza a moverse y tengo que ver. Se levanta, tratando de encontrar una buena forma de hacer esto, y yo casi la ayudo, pero luego ella se echa el cabello por encima del hombro y definitivamente sí recuerdo esa parte de mis fantasías.

Tomo sus caderas, me recuesto y observo cómo resuelve las cosas. Observo a Hermione Granger resolviendo un problema.

Es fascinante y estimulante.

Tomo su pecho cuando ella le coje el truco y se reclina hacia mí, cambiando el ángulo. Ella está rebotando sobre mí y yo me tomo un momento para respirar.

Ella continúa con esa idea, sacudiendo sus caderas contra las mías, y yo gimo mientras froto sus tetas y la dejo follarme.

Ella cae sobre sus codos, con las caderas moviéndose a un ritmo veloz y el cabello cayendo por todas partes. Y descubro que no necesito ayudarla en lo absoluto.

Me aferro a sus caderas mientras ella busca su propio placer, usándome. Su boca está abierta y jadea bocanadas de aire.

Ella rebota en mí, soltando pequeños gemidos, y yo la dejo cogerme, tal como siempre había imaginado. Tomando el control y sabiendo exactamente qué hacer.

Va más rápido, follándose sobre mi verga. Y mis caderas saltan, encontrándose con las suyas.

—Granger, sí. —gimo—. Oh, mierda, sí.

Sostengo su cadera y llevo mi otra mano a su clítoris. Ella jadea y sigo frotándola. Sus muslos se abren y desciende aún más, gimiendo. Acaricio su clítoris, sintiendo su aleteo.

Ella toma mi rostro y me besa, sus rizos metiéndose en mi boca mientras juntamos nuestras lenguas. Sus caderas siguen embistiendo en movimientos cortos, buscando su clímax.

Se yergue y puedo verla pasar la mano por su cabello, jadeando con fuerza enfundada en un sostén verde.

Puedo fingir que son los dormitorios de Slytherin y ella se coló para cogerme.

Ella rueda las caderas y se lleva las manos a los senos.

Es una diosa. Ella es tan poderosa estando así. Yo sólo soy una nota al margen de su historia. Me monta, comienza a balancearse sobre mí, sus tetas se agitan, sus muslos tiemblan. Y la tomo de las caderas y hago todo lo posible para seguirle el ritmo. Para tratar de tocarla. Para tratar de cogérmela.

Pero ella apenas me necesita mientras sus caderas me golpean, usándome para correrse, confiando en que yo haré lo mismo.

Su coño se contrae y su mandíbula se abre en un grito silencioso. Ella no puede moverse mientras su cuerpo se arquea en medio del éxtasis.

Nos volteo, sintiendo sus paredes aferrarse a mí, y luego la follo en el colchón, mi cara en su cabello, sus muslos alrededor de mis caderas.

—Mierda, mierda —gimo en su cuello, mis caderas embistiéndola, y es mucho mejor que en el escritorio de mi oficina. Su coño aletea, aún corriéndose, y yo no quiero que deje de hacerlo. Mantendría este ritmo para siempre si eso significa que ella seguirá corriéndose.

Luego sus manos recorren mi cabello, sus dedos me aferran mientras grita, su miel gotea entre nosotros, y yo muerdo su cuello para no gritar. Ella grita. Y estoy gruñendo algo en su piel, mis caderas la embisten, entrando profundamente. La siento apretarse a mi alrededor y me corro con un grito, sus paredes jalándome en oleadas.

Se siente como si durara una eternidad, vertiéndome en ella, inhalando su aliento. Ella gime en mi oído y me rasguña la espalda, y se siente como si volviera a correrse.

—No puedo... oh, Dios mío. No puedo respirar.

Me aparto y la veo jadear mirándome a los ojos. Sus paredes me aprietan y sus párpados se agitan. Ella es hermosa, dichosa y sin aliento.

Ella gimotea para que regrese cuando salgo de su cuerpo. Yo me río, beso su pecho y susurro sobre su piel:

—Eres la cosa más perfecta del mundo.

Me doy la vuelta, recostándome de espaldas con ella entre mis brazos. Ella descansa un momento y luego se quita el sujetador y lo tira. Presiona su cuerpo desnudo contra el mío, pasando su pierna sobre mi muslo y recostando su cabeza sobre mi pecho.

—Voy a volver —dice—. Por la cama.

—¿Sólo la cama?

—Y por tu madre, por supuesto. La cama y tu madre.

—Y la biblioteca.

—Y la biblioteca. La cama, tu madre y la biblioteca.

Yo sonrío al techo.

Nunca imaginé esta parte. Nunca fantaseé con que se quedara a pasar la noche.

Subo mis dedos por su brazo, rodeando su hombro y de nuevo hacia abajo, evitando las cicatrices blancas en su antebrazo, deletreando una palabra que ya no uso más.

—Mi madre se puso muy contenta de tenerte aquí

Ella murmura:

—Me alegra mucho volver a ser su amiga. La extrañé.

Trago saliva, pensando en cuánto tiempo ha estado sin su madre. Y yo le ordené a la mía mantenerse alejada. Me confieso:

—Me temo que fue mi culpa. Le dije que se mantuviera alejada de ti. Después de tu visita a Azkaban. Después de que calculó mal el control que ejercía sobre mi padre. —La siento tensarse entre mis brazos—. Lo siento. Le pedí que no volviera a contactarte.

—Oh —dice ella—. En realidad, me alegra mucho saberlo. Ella es lo más cercano a una madre que tengo ahora. Por lo tanto, me alegra saber que no se ha dado por vencida conmigo.

Otra puñalada en mi pecho. La abrazo más cerca de mí.

—Lo lamento. —Ella besa mi brazo, aceptando mis disculpas. Pero no puedo pensar en nada más que en Mónica Wilkins sollozando en el baño, sabiendo que había una chica que la necesitaba—. ¿Alguna vez has viajado a Australia?

—¿A... ver a mis padres? —Yo asiento—. No. No, no... creo que prefiero no verlos si ellos no se acuerdan de mí. No si tengo que fingir ser otra persona.

Trago saliva, rezando para que el doctor Flanders logre algún progreso. Deslizo mis dedos por su brazo, adormeciéndola.

—¿Has investigado sobre el contra hechizo?

—Un poco —dice ella—. No ha habido ningún éxito al revertir hechizos tan profundos de memoria. Eliminar un evento es fácil. Puedes recuperarlo con el tiempo. Pero eliminar a una persona... Son demasiados eventos.

Exactamente. Exactamente como lo describió el doctor Flanders. Parece como si nunca hubiera querido dar el siguiente paso y hablar con un especialista. Probablemente por tenerle demasiado miedo al fracaso.

Una tranquila felicidad se derrama sobre mí, de pronto me siento muy orgulloso de estar haciendo esto para ella. Los primeros pasos que ella no fue capaz de dar, yo los di por ella.

—Lamento que hayas tenido que hacer eso. —No doy más detalles.

—Lo sé. —Se está quedando dormida, pero necesito terminar. Tengo que sacarlo de mí.

Mi mano acaricia su brazo mientras digo:

—Y lamento haber estado en esa misión. La de tu casa.

—Está bien —murmura.

Me invade un dulce alivio. No debería haberme disculpado mientras ella se queda dormida, pero tenía que hacerlo.

Separo los labios, a punto de confesarme. A punto de decirle: estaba allí para salvarte. Estaba allí para salvar a tus padres.

—No los habrías lastimado —musita—. Lo vi en tu rostro.

Supongo que eso es todo. Me basta con que ella sepa en el fondo que yo jamás los habría lastimado.

Ella se queda dormida. Y yo miro al techo, acariciando su brazo.

La escucho respirar.

Siento su aliento recorriéndome la piel.

Lo vi en tu rostro.

Frunzo el ceño al techo.

No los habrías lastimado. Lo vi en tu rostro.

¿Ella estuvo allí? Mi pecho se aprieta. ¿Estuvo tan cerca del peligro aquel día?

¿Quizás bajo la capa de invisibilidad de Potter?

No. Greyback los habría percibido.

Casi la despierto para volverle a preguntar. Para aclararlo.

Pero ella estaba confundida. Tuvo que preguntarme por qué mi sangre estaba en sus muros. ¿Vio algo en mi rostro ese día?

Mis ojos bailan sobre las cortinas de mi dosel, descendiendo por los altos postes de la cama, tan tenues como un recuerdo.

Mi piel se endurece. Un escalofrío recorre la base de mi espalda, hormigueando en mi cara y crispando los dedos de mis pies. Los músculos de mi garganta se solidifican, como si me ahogara con cemento.

Es imposible.

Lo vi en tu rostro.

Pienso en la forma en que corrí hacia ella, desesperado. La forma en que abrí la puerta de su dormitorio, buscando en cada centímetro del lugar señales suyas. El peso de la canica en mi bolsillo, lista para trasladarnos.

Lo vi en tu rostro.

Inhalo por una vía respiratoria cerrada. El peso de su cuerpo es demasiado para mí. Me aparto de ella, mirando a cualquier lugar excepto al cuerpo sobre la cama mientras busco mis bóxers.

No sería la primera vez que ella y Potter irrumpieran en el Ministerio.

Hay calor detrás de mis ojos, brotando hacia adelante como espinas. Siento un rubor de vergüenza en mi piel.

Hubo un momento en que dejó de preguntarme por aquel día. Cuando pareció que por fin lo había soltado. Y hubo un punto de inflexión en el que ella me quiso de nuevo.

¿Donde estaba?

Está relacionado de alguna forma con los hombres lobo.

Cualquier cosa que necesites.

Necesito un mapa. O un diagrama de su traición. Algún tipo de gráfico sobre sus acciones durante los últimos seis meses para detectar en qué momento decidió infiltrarse en mi mente y robar cosas que no le pertenecían.

Se clavaría como espina en ciertos eventos, ¿cierto?

Su encuentro con Lucius a mis espaldas.

Las lecciones de etiqueta.

Ella aún sigue tomando esas lecciones, lo sé. Aún me miente.

Otra espina.

Y de repente, pienso en todo lo demás encerrado tras los gabinetes del Ministerio. Y mi mente se inunda con todo lo que deseé haber olvidado cuando me arrancaron los recuerdos de la cabeza.

¿Qué habría visto ella?

Me siento a los pies de la cama, con los bóxers puestos. Percibo el peso de otra persona tras de mí en la cama. Nunca había compartido así la cama con nadie más. No de esta forma. Por años, nunca había confiado en mí mismo para dormir al lado de alguien por temor a que mis secretos se derramaran mientras dormía.

Y ella se abrió paso en mi interior, deslizándose entre las grietas.

La cama se mueve. Las sábanas se deslizan.

—¿Qué estás haciendo?

Inhalo profundamente el ácido.

—¿Potter te ayudó?

Pero, por supuesto que lo hizo. Sólo necesito escucharlo de ella.

—¿Qué?

—¿Potter te ayudó a llegar a los recuerdos?

Ella hace una pausa demasiado larga. Finge confusión.

—Es igual que en Hogwarts, ¿no es cierto? Tú y Potter, corriendo bajo una capa de invisibilidad, haciendo lo que se les da la gana mientras el resto de nosotros tenemos que acatar las reglas.

—Draco. Lo... lo siento…

—¿Sabes lo difícil que fue para mí liberar esos recuerdos ante el Wizengamot, Granger? —siseo—. Sabes lo duro que trabajo para mantener a la gente fuera de mi mente.

Pienso en Severus, de pie sobre mí mientras intento evitar que mi mente explote en fragmentos después de la muerte del director.

¿Ella también vio eso?

A quién estoy engañando. Lo vio todo.

—Quería conocerte. Quería entenderte. —Su voz tiembla—. Necesitaba saber por qué tu sangre estaba en las paredes de mi sala de estar.

—Te dije por qué —siseó—. Me preguntaste y yo te lo dije.

—Nunca dices toda la verdad. Siempre omites algo.

Me pongo de pie. Un fuego retorciéndose en mi interior.

—¿Quién te dijo que tenías derecho a conocer toda la verdad? —le escupo. Ella está sentada en mi cama, aferrándose a una sábana.

—No sé cómo disculparme por esto —susurra.

Yo ignoro su intento de disculpa.

—¿Cuáles?

—¿Qué?

—¿Cuáles viste? ¿O tomaste unas palomitas de maíz y los viste todos?

—No. Sólo dos. El de mi casa. Y la noche en que los carroñeros nos trajeron a la Mansión Malfoy.

Puedo escucharla gritar. Resuena a través de nuestras chimeneas, arrastrándose como humo desde el salón bajo nosotros.

—¿Por qué? —le siseo y a ella se le humedecen los ojos..

Qué bien.

—Necesitaba saber por qué nos salvaste. Necesitaba entender…

—¡¿Por qué sigues usando esa palabra?! —Mis pies me llevan hacia ella, como si pudiera encontrar respuestas con tan sólo respirar su mismo aire—. No te salvé, Granger. No hice nada. Estabas gritando en el piso de mi sala y yo me quedé allí.

—No es así como lo vi.

Ella lo vio. Ella me vio debilitado por ella. Me vio voltear hacia la chimenea y desmoronarme en un montón de ladrillos mientras ella gritaba.

—Oh, me alegra tanto de que ambos hayamos visto esos recuerdos, así ahora podemos debatirlos.

—Hiciste lo mejor que pudiste, Draco. Intentaste ayudarnos entonces y, si hubiera existido una Subasta, sé que me habrías ayudado. Eso es todo lo que quería saber.

Hice lo mejor que pude. Corriendo por Hogwarts en su búsqueda. Construyendo castillos en mi mente para esconderla.

Recuerdo este sentimiento. No me ha invadido en mucho tiempo, estando demasiado envuelto en su aroma y su cuerpo, demasiado agradecido por estar en su presencia.

Como el viento que es capaz de soplar en cualquier dirección, yo podía follarla o matarla.

—Cuando me contaste sobre la Subasta por primera vez —dice—, me dijiste que me venderías para obtener ganancias. Pero tu padre me dijo algo completamente distinto.

Por supuesto que lo hizo. Si Lucius no se hubiera involucrado, nosotros podríamos haber continuado orbitando uno alrededor del otro. En librerías y taburetes de bar. Lo suficientemente superficial para mantenerme satisfecho.

Tal vez padre vio venir todo esto. Tal vez sabía que terminaríamos aquí, con ella desnuda en mi cama, explicando por qué no confía lo suficiente en mí.

Me giro hacia las ventanas del balcón.

—¡Así que tenía que saberlo! Y me di cuenta que él tenía razón. Tú me habrías salvado.

Volteo hacia ella.

—Ahí está esa palabra otra vez —Salvarla—. ¿Crees que te habría salvado en esa Subasta, Granger? ¿Crees que reuní todos los fondos disponibles, contacté a todos mis familiares y conocidos, para poder liberarte? ¿Que te enviaría corriendo con una varita robada? ¿Viste la habitación que pasamos camino a la mía? ¿La primera puerta? Esa iba a ser tu habitación. —Tengo ganas de arrastrarla allí, tomarla por el cabello y empujarla dentro para que sea capaz de sentir cómo habría sido—. Nunca ibas a salir de aquí. —Le sonrío, burlándome—. No sé por qué me molesté en mentir acerca de reconocerte aquella noche. Si de cualquier forma terminarías siendo una prisionera en la Mansión Malfoy.

—Entonces, ¿me estás diciendo que pertenecerte a ti habría sido lo mismo que a cualquier otro mortífago? —razona ella y yo pienso en Rowle y Dolohov—. Te habría servido la cena y hubiese sido tu entretenimiento en las fiestas. Un crucio cuando desobedeciera …en el mejor de los casos. ¿Pasearme a tu lado como una puta?

Podríamos partirla por la mitad. ¡En más de un sentido!

Aparto la mirada de ella.

—He tenido mucho tiempo para pensar en esto, Draco, así que avísame cuándo detenerme…

—Detente.

Ella sigue adelante.

—Me habrías salvado. Tal vez no habría sido libertad, pero sería lo mejor que habrías podido hacer. Me habrías salvado de esa vida…

Lo mejor que habría podido hacer. Lejos, muy lejos de ser así.

—¿Crees que habría sido capaz de alejarme de ti? —me mofo de ella—. Que habrías vivido tus días aquí y nunca te habría tocado.

—Sí —rápida y honesta—. No intentes asustarme, Draco. Sé qué tipo de persona eres realmente.

—Ah, sí. Has visto lo peor de mí, ¿verdad, Granger? —Me alejo de la cama. Ella no tiene ni idea de cómo han sido los últimos cinco años dentro de mi cabeza—. Sólo necesitaba meter un recuerdo en un pensadero y es como si nos hubiéramos conocido de toda la vida.

—Lo lamento, Draco. Lo lamento. No pensé que tuviera otra opción. Quería conocerte. Quería entenderte…

Perra hipócrita.

—Entonces PREGUNTA, Hermione. ¡No me lo arrebates! —estoy gritando.

Su nombre es ajeno a mi lengua. Y siento una sensación de brutal satisfacción porque ambos lo escuchamos por primera vez en voz alta como una expresión distorsionada de cariño.

Una lágrima rueda por su mejilla izquierda y yo volteo hacia las alfombras para abstenerme de quitársela.

¿Qué sigue ahora?

Ella se disculpó. Yo no acepté.

Hemos... hemos terminado, supongo.

—Me gustaría que te fueras —ella no se mueve, así que lo digo más claro—: Sal de aquí.

Me dirijo a mi baño privado. No puedo verla vistiéndose.

Apoyo la frente en la puerta. Puedo oírla deslizarse fuera de las sábanas y, por un momento, me pregunto si vendrá por mí. Si ella me esperará.

La puerta de mi dormitorio se cierra.

Mi pecho se contrae.

Hemos terminado, supongo.

Pero probablemente ella no sepa cómo salir. Probablemente debería acompañarla, sólo por caballerosidad. Y darle un beso de despedida como promesa de que habrá un mañana…

Salgo del baño y corro hacia el pasillo, abro la puerta de mi habitación cuando un estallido resuena por el pasillo, rompiendo el silencio y bamboleando los retratos.

Me tambaleo hacia el sitio donde ella está de pie junto a Mippy, justo antes de que la pequeña elfina la desaparezca. Me quedo de pie en bóxers, inhalando, averiguando qué se supone que estoy persiguiendo. Y por qué debo disculparme. Para qué estoy corriendo por los pasillos.

¿Vale la pena? Si ella no confía en mí. Si yo nunca le permito que confíe en mí.

No es suficiente. Nada de lo que he hecho lo ha sido. Siempre termino justo a un paso de lograrlo.

Giro hacia mi habitación y mis ojos aterrizan en una puerta. Sin marcas. Inocua. El más leve indicio de un encantamiento indetectable que sólo yo sé buscar.

Y me di cuenta que él tenía razón. Tú me habrías salvado.

Sálvala. Como un ángel. Como Potter.

¿Qué eran una cama y un librero en comparación con la libertad? ¿Pelear a su lado, en lugar de correr por un castillo con la esperanza de vislumbrar sus rizos castaños?

Mis dedos se mueven y la puerta se destraba, abriéndose de par en par.

¿Qué eran dos sillones con reposabrazos y una chimenea en comparación con atacar a Bellatrix con mi varita, maldiciéndola por la espalda mientras su navaja cortaba su inmaculada piel?

¿Qué era una renovación, pagada con favores y oro, derribando paredes entre las habitaciones y convirtiendo el dormitorio contiguo en una sala de estar con libreros y más libreros, en comparación con "Ese no es Harry Potter, sus ojos son muy distintos"?

¿Qué eran cortinas de cama color crema cayendo sobre una cama de dosel tan grande como la mía, con almohadones de plumas y pesadas sábanas de satín, en comparación con lanzar maldiciones por la espalda a Grayback, Yaxley y Dolohov justo antes de entrar a su casa?

Una carcajada brota de mí mientras miro alrededor de la habitación. ¿Qué diablos es todo esto? ¿Cómo habría ayudado esto a hacerla olvidar que era una prisionera? ¿Cómo le habría ayudado a olvidar que sus amigos probablemente estaban muertos?

Como si ella no hubiera leído ya todos los malditos libros de estos estantes…

Como una espada cortando los lomos, cada libro se parte por la mitad, cayendo desde su eje y revoloteando páginas hasta el suelo.

Los sillones con reposabrazos explotan. ¿Para qué coloqué dos? ¿Qué compañía esperaba que la entretuviera? Qué mal chiste.

El armario se incendia, quemando la ropa que preparé para su llegada. Las cortinas alrededor de su cama chisporrotean con electricidad azul antes de prenderse en llamas color añil y convertir su lecho en una pira.

Estoy de pie, ardiendo en medio de la destrucción.

Como si cualquier cosa que hice hubiera sido suficiente.

Debí haber corrido hacia Dumbledore. Justo antes de sexto año, cuando me encomendaron la misión. Debí haberme comprometido con la Orden.

Y aun así, no habría sido suficiente.

Las llamas destellan en una superficie reflectante en las profundidades de la habitación, enviando reflejos brillantes de espejo y bronce hacia mí.

Y odio a Severus Snape por haberme hecho esto. Por regalarme la oportunidad de mantenerla oculta, de mantenerla a salvo...

Me habrías salvado.

Niego con la cabeza, mirando fijamente el joyero en su mesita de noche. Había pensado que era un hogar apropiado para él.

Extiendo mi mano para convocar mi varita y esta se estrella a través de mi habitación, por el pasillo y deslizándose entre mis dedos extendidos.

Agito mi mano y silencio la habitación. Donde sólo quedan humo y páginas revoloteando.

Apunto el joyero con mi varita, convocándolo a mis pies. Es lo único en esta habitación que merece desaparecer.

¡Diffindo!

Se balancea una vez.

¡Bombarda! —gruño.

Gira sobre sí mismo, burlándose de mí, con la parte superior aún cerrada.

¡Incendio! ¡Deletrius!

¿Qué hizo Severus? Pareciera que no es la primera vez que alguien intenta destruirlo.

Lo lanzo contra la pared. Ni una abolladura en sus costados.

Lo congelo, lo caliento.

Mi sangre se estremece. Esta maldita caja ha arruinando mi vida durante cinco años, burlándose de mí. Manteniéndola encerrada como en la bonita habitación color crema de una mansión. No puedo tocarla en su caja. No puedo lastimarla en su caja.

Manteniéndola en su caja para que ella no pudiera hacerme daño a mí.

Avada Kedavra.

Explota en una lluvia de espejos, latón y terciopelo azul. Algo me corta la mejilla, la sangre se mezcla con las lágrimas derramándose por mi rostro. Humea. Y se calla.

Yo me quedo mirando el agujero en el piso, esperando. Esperando que algo haya cambiado. Que haya mejorado.

Un trozo de terciopelo azul desciende desde el techo, planeando hacia abajo para depositarse sobre mi hombro. Me lo arranco de la piel y lo acaricio mientras camino en un amplio círculo alrededor de la alfombra arruinada, pisando vidrio y latón con los pies descalzos, mi sangre mezclándose con las páginas de los libros y el terciopelo azul.

Recojo los restos, sacando el vidrio de mis pies, apilando el latón y las bisagras, sosteniendo la tela con dedos temblorosos.

Y lo armo de nuevo.

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Sábado, 2 de mayo de 1998 - más tarde

El baño de chicas del segundo piso. El baño de chicas del segundo piso.

Derrapo en las esquinas. Hay arañas del tamaño de camas con dosel arrastrándose por los pasillos. Fantasmas a caballo brillando a través de las paredes.

Bajo las escaleras de dos en dos. Puedo oír voces, la de ella entremezclándose como el ritmo de un tambor.

—Pero, ¿cómo lo han logrado si para entrar allí hay que hablar pársel?

Potter.

—¡Ron sabe hablar pársel! ¡Demuéstraselo!

Me asomo por la esquina y ella está parada allí, mirando a Weasley como si él hubiera encontrado la cura para la viruela de dragón. Llevan huesos en sus brazos.

—Tuve que intentarlo varias veces, pero… —canturrea Weasley—, al final logramos entrar.

—¡Ha estado sensacional! —Ella le sonríe alegremente—. ¡Sensacional!

Observo cómo se reagrupan. Veo sus ojos vagar sobre Weasley, bebiéndoselo como si acabara de darse cuenta de lo sedienta que estaba.

La recuerdo en el piso de mi sala. Está mucho mejor. Sin daño permantente. Me pregunto si la cicatriz seguirá allí. Si logró curar su piel a tiempo.

Se escapan. Los tres, como si no estuvieran a punto de morir. Y tal vez no lo estén.

Compruebo en ambas direcciones y los sigo.

Una explosión a mi izquierda me derriba. Aterrizo de lado, tratando de recordar cómo respirar, y puedo escuchar algunas batallas nuevas iniciando a mi alrededor. Me quedo ahí, examinando mentalmente mis costillas.

Me pongo de pie y veo a los peleadores alejarse.

Estoy solo otra vez.

Escucho un gorjeo a mi derecha.

—Malfoy.

Me doy la vuelta para encontrar a Rowle tirado de espaldas, con sangre saliendo de sus pulmones, intentando alcanzar con sus anchos dedos la varita a centímetros de distancia.

—Malfoy. Ayúdame.

—Mi varita...

Observo cómo se estira, tocándose la delicada carne por encima de su cadera.

Él tose y veo que expulsa sangre a borbotones.

—Sólo necesito mi varita.

Hay un sudor frío corriendo por mis brazos. Doy un paso hacia él y alzo mi varita para apuntar a su herida. Es un movimiento simple de torsión y giro.

—Gracias —jadea, y espera a que lance el hechizo.

Podríamos partirla por la mitad. ¡En más de un sentido!

Sonrío cuando mi varita se presiona contra su cuerpo y él aúlla. Me arrodillo sobre su pecho, clavando la madera en su herida, y susurro un hechizo cortante mientras veo cómo sus ojos se abren al tiempo que lo parto por la mitad.

Me paro en toda mi altura, paso por encima de él, pateo su varita por el pasillo y lo observo jadear y gorjear, asegurándome de ser lo último que él verá.

Limpio mi varita con su túnica y continúo persiguiendo el bamboleo de rizos a través del castillo.

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N/T2: ahhhhh ahora solo faltan 2 capítulos!

aprovecho este espacio para comentarles a las que aún no se enteran que estoy publicando la serie de Drabbles posteriores a esta historia, llamada "Todo está Bien".

Bueno, esa historia se va actualizando en base a actividades que realizo en mi perfil de facebook, y resulta que el siguiente capítulo de "Todo Está Bien" se publicará cuando ésta historia llegue a 300 reviews aquí en fanfiction. Así que, si ya andan por aquí, ¿por qué no se animan a dejar uno y así tendrán más material para leer? ¿les parece?

Nos vemos el próximo viernes con el penúltimo capítulo de esta historia.

¡Las adoro!