Dedicado a Japiera.

Los procesos truncos de la venerada muerte

Parte 2 – Adiós intestado

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Matsukawa Issei

CEO de Memento Mori

Sendai, Japón.

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Perdóname. Este no es el testamento que prometí entregarte junto con mi notificación de renuncia. Este documento es más bien una carta de despedida que ambos sabíamos que iba a escribir desde el primer momento en que me convenciste de trabajar para Memento Mori. Con esto quiero hacerte entender que, además de morir, hay otras formas de decir adiós.

Todo este tiempo tú has creído que tengo ganas de suicidarme, yo te lo he hecho pensar con mis comentarios y mis acciones. Sé que vives fascinado con esa idea y con la posibilidad de sufrir por mí. Quieres venerar mi muerte, sientes que solo así vas a poder admitir en voz alta que alguna vez nos quisimos.

Pero te tengo malas noticias, porque no voy a suicidarme, y estoy casi seguro de que viviré más años que tú. Te sobreviviré y seré yo quien acuda a tu funeral. Te lo juro. Así es como pasarán las cosas. Las ganas de morir sí las tengo, no son un espejismo, así que tengo que darte crédito por ello. Sería sencillo ¿sabes?, basta con saltar desde un puente hacia aguas hondas o con soltar el volante del auto cuando voy manejando. Pero vivo con demasiada claridad y, para poder matarme, tendría antes que caer en un ensueño, de modo que la vida se viera un poco borrosa. Y no es así. Mi insomnio de esta vida es lúcido hasta el punto de la decepción.

A mí, la estabilidad me debilita y me hace estar todavía más alerta, lo que me resulta insoportable. Por eso debo irme de tu lado y debo dejar de regresar contigo cada vez que rompa un ciclo. Los dos estaremos mejor sin el otro. A ti no te temblará la voz con terror cuando te pida que aprietes mi cuello al tener relaciones sexuales; a mí ya no volverá a convulsionarme el cuerpo por un placer que hace daño y que es incorrecto. A ti no te preocupará cada vez que pregunte por los cadáveres de tu rutina; a mí me tranquilizará, finalmente, que sepas que no voy a morir a corto plazo.

Te dolerá; me dolerá. Ese dolor mantendrá nuestros corazones latiendo y serás capaz de seguir creyendo en tu absurdo marketing funerario. Yo me volveré todavía más errante, migraré de trabajo en trabajo, hasta que sea insostenible; viviré con alegría, porque sabes bien que todavía me embriagan momentos de júbilo. Tú seguirás aferrándote a las despedidas, a los adioses de todos esos extraños y, mientras envejezcas, irás cerrando tus puertas, menos una. La puerta por donde yo me vaya sé que permanecerá abierta hasta que alcances la eternidad (aunque yo no crea en ella).

Matsukawa, ni la muerte ni el funeral son cierres perfectos para los seres humanos. La muerte es un proceso trunco, al igual que mi vida y la tuya y la de todos los vivos y la de los muertos y la de los comatosos y la de los que ni siquiera existen, ¿me entiendes, verdad?, sé que lo haces a pesar de que no concuerdas conmigo.

Una verdadera despedida es una carta como esta. Aun si dejaras todo por buscarme –lo que sé que no pasará–, esta carta seguiría siendo un adiós, porque hubo una decisión meditada de por medio.

Piénsalo así: este es el adiós más dulce que tendrás y el que te parecerá más insostenible.

Me voy, porque de otra manera, moriría de verdad. Si me quedo, un buen día te pediré que me asfixies más de la cuenta. No sé explicarlo, pero quiero que me vulneres, que me ahorques con tu poder... Si permanezco a tu lado, te rogaré que me lastimes con tanta fuerza, que terminaré yéndome para siempre… y entonces la muerte ya no te fascinará, porque los dos seremos culpables; y entonces tus manos ya no podrían preparar más cadáveres; y entonces estarás convencido de que en lugar de querernos, en realidad nos teníamos odio.

Así que mejor, por primera vez en mi vida, cerraré un ciclo y será contigo. Seremos un recuerdo muy complejo el uno para el otro, pero estaremos vivos hasta que me toque ir a velarte las arrugas.

Sé que no va a pasar, pero puedo equivocarme, por eso dejaré por escrito y resaltado con negritas la siguiente petición: si muero antes que tú, Matsukawa Issei, te prohíbo organizar mi funeral; no quiero que prepares mi cuerpo; no quiero que veas belleza en mis restos putrefactos, ni que lo transmitas o publiques por las redes. Si de verdad me muero, dedícate exclusivamente a llorar y a reír y a recordar y a deteriorarte por mi pérdida. Esto no es un testamento, pero nunca te perdonaré si organizas mi velorio, nada me haría más infeliz que eso.

Matsukawa, ¿te acuerdas cuando fuimos a la Argentina?, ¿recuerdas aquel verano que se convirtió en invierno tras cruzar el mundo en toda esa colección ridícula de aviones?

Teníamos 20 años y estábamos horrorizados por la decisión de Oikawa de cambiarse de nacionalidad; éramos ingenuos y pensábamos que podíamos convencerlo de cambiar de planes si íbamos de mochila con él por toda América del Sur. Nos asustó que los ojos le brillaran como poseído y que gritara insultos en español por cualquier insignificancia… A Oikawa no parecía afectarle vivir en esa sociedad rudimentaria, ruidosa y contradictoria, donde a las carencias les sobrevenían pasiones, egos y melancolías intensas, aunque sin propósitos claros.

De los cuatro, eras el único que llevaba una maleta con rueditas y lentes oscuros de diseño vintage, ¿recuerdas que al principio nos burlábamos de ti y luego te teníamos envidia?... Sé que ese viaje lo reproduces en tu mente continuamente cuando te quedas viendo las repeticiones de los juegos de Oikawa por toda Sudamérica... Y te acuerdas porque fue ahí donde comenzamos a besarnos. Nos gustaba perder de vista a Iwaizumi y a Oikawa en las eternas caminatas; al primer descuido de ellos me ponías contra la pared, me besabas y de inmediato te fijabas en la reacción de la gente. Te animaba pensar que solo éramos dos turistas de ojos rasgados besándose entre los tumultos, frente al Obelisco, en la Plaza de Mayo o dentro de un café del barrio de San Telmo.

Durante ese viaje nos dimos los primeros besos, casi todos dulces e indoloros. No pensábamos en si sentíamos algo, sólo explorábamos los beneficios de ser invisibles ahí en la Argentina y aquellos otros países cuyos nombres se me presentan difusos. Allá, en aquella parte del mundo yo no era un tipo que acaba de desertar de la universidad y tú no eras un estudiante de ciencias forenses fanatizado con la muerte. Allá, además de turistas, solo éramos los ex jugadores del aobajosai teniendo un reencuentro épico: estábamos ahí para corregir las decisiones de Oikawa y para ganarle a las vencidas a Iwaizumi… ¿recuerdas?, eran tan sanos esos dos, que queríamos emborracharlos hasta que no pudieran ponerse en pie, hasta que se pelearan a golpes para luego mostrarles nuestros besos y que así bajaran sus puños para siempre. También ansiábamos tomarnos de las manos en todos los sitios turísticos posibles: en las cataratas de Iguazú, en el Amazonas, en los Andes, en Machu Pichu, en la Punta del Este… en el tren del fin del mundo.

¿Te acuerdas?, habíamos ahorrado por años, y aun así, no pudimos pagar un vuelo directo a Buenos Aires, por lo que tuvimos que hacer escala en Estados Unidos, donde se nos unió Hajime, quien ahora tenía la piel bronceada y la determinación todavía más firme. Apenas habían pasado dos años, pero parecía un verdadero californiano. Y tras verle, nosotros dos pensamos que la entereza de Iwaizumi, nuestro ex vicecapitán del club de vóley, era tan fuerte como la voluntad de Oikawa de joderse el mundo.

Fue en ese viaje cuando te probé los labios, aunque también fue durante esos días cuando me quebré. No tuvo que pasar nada malo, ni siquiera estoy seguro de que haya dolido… aun así me rompí; mi corazón se fragmentó y desde entonces no hago otra cosa que recoger las piezas que quedaron regadas a mi alrededor. Fue una explosión discreta, la mía. Estábamos en ese puerto bohemio que estaba lleno de grafitis en todas sus paredes, estábamos en un pub, uno que nada tenía que ver con nuestro querido bar de las luces. Iwaizumi discutía contigo acerca de lo innecesario que era tomar alcohol para divertirse; Oikawa le hacía ojitos a los extranjeros y yo, a su vez, trataba de argumentarle que podría ser igual o más exitoso en Japón que entre los argentinos.

«Los aruchentinos son arrogantes, se creen bordados a mano» dije, recordando que mi abuela usaba esa expresión para describir a las personas presumidas.

«Yo soy arrogante y definitivamente estoy bordado a mano», contrarrestó nuestro maldito rey.

«Pero no tiene sentido, Oikawa, este país está en el subdesarrollo, seguramente ni siquiera te pueden pagar decentemente, ¿si sabes que aquí está de locos la inflación?… y a todo esto, ¿de dónde le sale el ego a la gente de este lugar?» insistí.

«Makki, yo también soy el subdesarrollo. Si no tuviera ego, ¿qué me quedaría?».

«Tienes talento», lo dije porque así lo sentía y lo tenía asumido. Oikawa Tooru tenía mucha capacidad, no solo era de los que se esforzaban hasta alcanzar la excelencia y yo tenía que hacérselo ver.

«Kageyama y Ushiwaka tienen aún más talento», comentó haciendo un gesto asqueado, que alejó a un par de chicas que querían ligarnos y nos espiaban desde otra mesa.

«Sí», dije, «quizás, pero tampoco carecen de ego».

«No como el mío, ellos jamás podrán tener algo siquiera parecido mi orgullo».

«¿Me quieres decir que vas a cambiar de país y de vida solo para demostrarles tu orgullo a un par de hombres que ni siquiera tienen habilidades sociales, según se percibe en las entrevistas que les hacen?».

El maldito Tooru asintió, contentísimo. Su mirada era vidriosa y concluyente. Le dije: «a ellos no creo que les importe tu orgullo».

«Pero me importa a mí», continuó Oikawa, «¿Te imaginas, Makki?... cuando me vean llegar todo empoderado a enfrentarme a ellos, de verdad que se acordarán de mí y recordarán mi estúpido orgullo».

«¿Y entonces, qué?», me estaba molestando; la plática de nuevo no estaba llegando a ningún lugar.

«Entonces los derrotaré a todos juntos… y vos y Mattsun y Watari y todos los demás, me aplaudirán con júbilo y querrán entonces cambiarse de país conmigo», aseguró sorbiendo su cerveza, la única que se tomaría esa noche.

Le sonreí de vuelta y me rendí. Sin embargo, fue justo después de esa plática que me rompí cuando fui a orinar a los servicios. Quizás fue porque me di cuenta de que dentro mío no había una había voluntad como la de los demás. Siempre me había gustado ser promedio, pero tras platicar con Tooru, entendí que ni siquiera era común, solo estaba vacío. Esa noche, ¿recuerdas qué fue lo que te pedí, cuando nos encerramos en el baño del hostal?, te rogué que me mordieras los labios, que me pellizcaras la piel y que trataras de apretarme un poco el cuello mientras me tocabas la entrepierna. «He oído que se siente bien», pretexté al ver que te tensabas… en realidad, te lo pedí porque tenía la esperanza de encontrar algo dentro mío… me refiero a algo espiritual, ¿comprendes?, algo al menos humano… no te lo he dicho, pero a veces pienso que soy como un androide. Estaba programado para algo y, al darme cuenta de que «ese algo» no me convencía, estoy luchando para liberarme de ese algoritmo sin éxito alguno.

Te he contado todo esto con el fin de que me entiendas un poco más, aunque quizás para ti, mis acciones no puedan justificarse. A ti te daña que sea masoquista y que te pregunte sobre la muerte. Te emocionará mucho organizar funerales, pero en el fondo no eres sádico, no disfrutas cuando hacemos el amor, así que no hay modo de hacerlo funcionar.

Cuando me haces moretes, sé que te gustaría lamerlos hasta borrarlos. A mí, lo que me gustaría es que esas marcas se me pigmentaran hasta volverse pequitas. Cuando me lastimas, cuando aprietas, cuando me trastoca el placer, entiendo que mi condición de ser humano está latente y que tengo que seguir buscándola en los lugares menos inesperados. Estoy convencido de que a través de las pérdidas y de las renuncias seré capaz de encontrar lo que me hace seguir vivo. Entonces, podré distinguir el placer del dolor, el amanecer del atardecer, el sudor del llanto, el amor del odio. Ser capaz de discernir entre las sensaciones que arremeten dentro mío, hará que me sienta humano y sea capaz de evocar nuestros primeros besos en aquel continente ajeno que nos robó a Oikawa para siempre.

Llevo tres meses trabajando para ti en Memento Mori. Sé que me asignaste en el área de promoción para que pudiera entender mejor tu mercadotecnia del adiós. En el fondo, sabes que compro todas las revistas donde apareces. Las leo y las tiro a la basura. ¿Sabes? Se te estira la boca cuando escuchamos las entrevistas televisivas sobre tu carrera de influencer del adiós humano… Las últimas semanas, he estado gestionando tus redes junto a todo tu equipo: reviso los contenidos de los posts en donde embalsamas cadáveres y presentas ceremonias de todo tipo a tus seguidores, estoy al pendiente de tus canales de YouTube y de tu podcast. Me impresiona que las 24 horas del día te alcancen, ¿cómo tienes tiempo siquiera de mirarme y cumplir mis caprichos cuando tenemos sexo?

En los trabajos, el tiempo de prueba para un empleado generalmente son tres meses. Ese también es el tiempo que me doy yo para renunciar. A veces aguanto una semana; a veces, un par de meses. Pero contigo, llegaré a los tres meses reglamentarios. Renunciaré y te romperé el corazón. Dejaré tus oficinas, tus casas funerarias y las ceremonias en los templos. Recogeré mis cosas en una mochila de viaje y también me iré de tu casa. Que dejemos de vivir juntos te dolerá más que mi desaparición en la empresa, porque a pesar de que aborreces fornicar conmigo, te gusta tenerme a tu lado para besarme en momentos aleatorios, como cuando cocinábamos yakisoba o cuando me quejaba de tu horrible pintura de la catrina.

Matsukawa, no quiero que pienses que nos odiamos. Solo piensa que la vida es una pérdida constante y que para decir adiós, lo que menos hace falta es morir.

Lo diré solo una vez porque tenemos una historia que lo respalda y nos hace merecedores de escribirlo: Te amo.

Y, por último: adiós. Extrañémonos mucho hasta que nos hagamos ancianos.

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Atentamente,

Hanamaki Takahiro.

Desempleado.

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Muchas gracias por leer.