Trofeos.
El hombre miró con calma los muchos galardones que había en su vitrina, con la parsimonia de quien espera retener sus recuerdos aunque sea por cinco segundos: sus balones de oro, sus trofeos de The Best, su medalla de oro en fútbol varonil, tan duramente ganada en los Juegos Olímpicos de Madrid. Los premios que ganó en Brasil. Las fotografías tomadas con los equipos con los que jugó en Japón, a falta de preseas físicas que pudiera conservar. Las camisetas que intercambió con algunos de sus rivales. Los brazaletes de capitán que le dieron otros tantos. Y en medio de todo, como la Joya de la Corona, brillaba la réplica de la Copa del Mundo que había ganado con Japón hacía apenas ocho años atrás. Cada cosa tenía su lugar definido y establecido, acomodado en el perfecto orden de alguien que ama el triunfo más que cualquier otra cosa en la vida.
Tsubasa Ozora se miró a sí mismo en esas fotografías, a los once, a los quince, a los dieciocho años, inmortalizado con la misma expresión determinada con la que habría de ser conocido y retratado miles de veces a lo largo de los años, ya fuese por la prensa o por sus propios conocidos. Su expresión era la de alguien acostumbrado a ganarlo todo, pero si alguien con más sensibilidad mirara sus ojos turbios, podría darse cuenta de que había cierto vacío en ellos, como si le hiciera falta algo, aunque era más que obvio, al menos para la gran mayoría de las personas que lo conocían y/o lo admiraban, que no le hacía falta nada. Las preseas y los trofeos que ocupaban media habitación podrían despertar la envidia de cualquiera o la felicidad eterna de aquél que los consiguió; tal era el caso de Tsubasa, cuyo ego se sentía satisfecho y feliz cuando admiraba esas muestras de gloria que calmaban su corazón. O al menos así había sido hasta hacía poco.
Sin saber exactamente lo que hacía, Ozora dejó que sus pasos lo guiaran por el corredor hasta llegar al salón de su casa en Barcelona, en esos momentos apenas iluminado por los rayos del sol que desaparecía lentamente en el horizonte. En la penumbra de la habitación, Tsubasa miró un objeto que brillaba fantasmagóricamente en la mesa de centro de la sala de tres piezas en la cual su mujer recibía a las visitas; dicho artículo era la única presea que no era coleccionada por Ozora, sino por Sanae, su flamante esposa, pues era la representación de la realización de su más grande sueño juvenil. El hombre caminó hacia la mesita y tomó el objeto para mirarlo tan fijamente como lo había hecho con sus cientos de trofeos: era la fotografía del día de su boda, en donde una ilusionada y enamorada Sanae Ozora sonreía al camarógrafo; junto a ella había una versión de Tsubasa que le ocasionó escalofríos al susodicho: de todas las imágenes que había en la casa, ésta era la única que hacía que Tsubasa sintiera que no lo representaba con fidelidad, como si en lugar de él fuese un gemelo el que estuvo presente en ese momento, inmortalizado por un fotógrafo de momentos felices. ¿Por qué precisamente la foto del día de su boda era la única que no lo representaba como tal?
La respuesta era obvia, pero Tsubasa se negaba a reconocerla: porque nunca consideró su matrimonio como un logro importante, como una meta de vida conseguida. Para él, el casamiento era simplemente otro paso más a dar, otra cosa que se esperaba que Ozora hiciera en algún momento de su existencia y como tal no lo veía como un sueño cumplido, era simplemente otro requisito a realizar, como el examen médico al que debía acudir al inicio de cada temporada futbolística para que le permitieran jugar. Y justo en ese instante, esta revelación se clavó en su corazón como una daga envenenada: ahora que ya era demasiado tarde se daba cuenta de lo poco que valoró a Sanae como esposa.
Porque tantos trofeos, tantos éxitos, tantos logros cosechados no iban a darle a Tsubasa Ozora lo que más deseaba en esos momentos: pasar junto a Sanae la larga vida con la que ella llegó a soñar y en la que él nunca pensó. Ninguna medalla podría devolverle tampoco lo que la vida acababa de arrancarle, el ver crecer a sus hijos y verlos convertirse en hombres de éxito.
Al pensar en Hayate y en Daibu, sus gemelos, Tsubasa se quebró y las lágrimas comenzaron a fluir de sus ojos, empapando sus mejillas. Había tanto dolor en sus pensamientos que quiso alejarlo mirando sus fotografías, que también decoraban el salón como muestra del amor que alguna vez hubo en ese hogar y que Tsubasa no supo ver a tiempo. Retratos que conservaron cada momento importante de las vidas de dos niños que ansiaban ser como su padre y llenar a su madre de orgullo. Imágenes de dos pequeños que crecieron con un héroe diáfano como guía masculina, alguien que era más el reflejo de su fama que un hombre real de carne y hueso. ¿Habría llegado Sanae a decirles a sus críos que su padre los amaba? Probablemente sí, pero Tsubasa no recordaba haberse tomado el tiempo (y la molestia) de hacérselos saber a través de sus propios actos, a través de sus propias palabras. En el límite de su campo de visión, Ozora vio una fotografía de Hayate y Daibu en su primer día de clases, en la que aparecían vistiendo el uniforme escolar de su escuela primaria, un evento en el que Tsubasa no estuvo presente y que sólo podía recordar a través de una imagen congelada. ¿Por qué permitió que eso llegara a suceder, por qué dejó que su hambre desmedida de triunfo lo apartara de lo que era importante? Ahora que el tiempo se había detenido y que Tsubasa ansiaba aferrarse a algo, él se dio cuenta de que en sus memorias no había más que fotografías y vagas descripciones de los hechos importantes, narradas por la voz de su esposa.
– ¿Por qué, por qué tuvo qué suceder así? –gritó al silencio de la noche recién llegada, a la ciudad extranjera que lo acogió como si fuera uno de los suyos, a la vida misma.
No, ninguna medalla, ningún trofeo, ninguna fotografía, ninguna Copa del Mundo podría hacer que Tsubasa Ozora olvidara la llamada que recibió veinte minutos antes de parte de Taro Misaki, su eterno mejor amigo, quien le soltó sin previo aviso la noticia de que su mundo había cambiado de manera irremediable.
"Tsubasa, de verdad que lamento tener que ser yo el que te dé esta noticia, pero es mejor que te enteres por mí antes de que lo hagas a través de las noticias… el vuelo en el que venían Sanae y los gemelos se estrelló al aterrizar y… no hubo sobrevivientes…".
¿De qué le serviría la Gloria, si ya había perdido lo que más amaba? Nadie es consciente de lo que tiene hasta que ya es demasiado tarde. Porque ninguna medalla o trofeo, por más significativo que sea, podría regresar el tiempo para devolverle a Tsubasa lo que verdaderamente era importante y que él no supo valorar.
Sus pasos lo llevaron de nuevo a la habitación de sus preseas, experimentado en el proceso la más absoluta soledad. Y fue ahí, en ese sitio que era el fiel depositario de sus éxitos, que por primera vez Tsubasa Ozora experimentó el amargo sabor de la derrota.
Fin.
