Descargo de responsabilidad: ni los personajes ni el argumento original me pertenecen. Yo solo juego con ellos porque el final del manga estuvo a puntito de provocarme una úlcera :D

Además, hay un link en mi perfil de la imagen que he utilizado como portada.

Advertencia: para basarme en los personajes me he fijado más en el manga que en el anime. Pero también es cierto que han pasado años desde que me lo leí y aunque he vuelto a él para pescar algunos detalles necesarios para este fic no me puedo considerar una experta. Así que habrán errores, claro que sí, y si me los señaláis puede que los corrija o puede que no. Depende de si contribuyen en algo a la hora de contar este relato.


◤El Interacambio◢

«"1. tr. Hacer cambio recíproco de una cosa o persona por otra u otras". Ukyo y Akane no saben qué ha ocurrido, pero están más que dispuestas a desvelar el misterio por el que se hallan tan lejos de sus propios cuerpos. Y mientras se enfrentan a diversos desafíos, quizás encuentren respuestas que no sabían que buscaban. »


◉○ PARTE 1 ○◉


UKYO III

«En el que Ukyo urde un plan»


Al día siguiente, Ukyo se despertó con una sensación extraña en la boca. Al principio no lo reconoció, pero en cuanto sus pensamientos comenzaron a dirigirse a la familiar senda que protagonizaba su amigo de la infancia, no tardó en identificar aquel regusto amargo como el sabor de la ojeriza.

Ukyo conocía a Ranma como la palma de su mano. Sabía que cuando se sentía tímido siempre se rascaba la cabeza, y que mentía cuando decía algo con la mirada dirigida al cielo. Conocía todas y cada una de sus manías, sabía interpretar todos y cada uno de sus gestos…

O eso había creído. Aquella expresión avergonzada a la par que orgullosa que había querido disimular (con muy poco éxito, evidentemente, gracias a la tonalidad casi fluorescente que habían adquirido sus orejas), sin embargo, era algo que nunca había visto.

Ukyo no era tonta. La gente creía que sí, porque no se daba por vencida con su amor por Ranma, pero para ella la tenacidad no comprometía la capacidad de entendimiento.

Además, había descubierto hacía años que la vida la trataba mejor si afectaba un mínimo de ignorancia: si fingía que no notaba las miradas que recibía de sus clientes, al final de la noche reunía más propinas. Si fingía que no se daba cuenta de que la mitad de sus compañeros de clase dudaban de su verdadero sexo, su orgullo femenino, que se había visto obligada a enterrar desde pequeña, no se sentía herido. Si fingía que no sospechaba que Ranma, en ocasiones, se encontraba entre ese grupo de personas, su corazón no se encogía de desdicha.

Si fingía que no veía las miradas cómplices que compartía con la que a todas luces era su prometida favorita, su esperanza se mantenía firme.

Pero, después de la noche anterior, Ukyo no podía no ver. Era imposible volver a ponerse esas gafas tintadas de ilusión que solo la dejaban ver lo que quería y no relacionar aquel gesto de preocupación tan evidente con todas aquellas ocasiones en las que Ranma preguntaba por el paradero de Akane cuando pasaba mucho tiempo alejado de ella.

Como consecuencia, se le había hecho un nudo en la garganta que apenas había sido capaz de disimular. Pese al delicioso olor que le llegaba del plato de arroz con curry que Kasumi le había servido, no había podido comer más que unas cuantas cucharadas, lo que había provocado que el señor Tendo, que por una vez no estaba acompañado de su mejor amigo y compañero de entrenamiento, se echase a llorar desconsolado en un rincón porque «su niñita estaba enferma».

Ukyo, sintiendo algo que se parecía sospechosamente a la compasión por Akane, le había asegurado que se encontraba perfectamente y, valiéndose de la excusa de que estaba muy cansada, se había retirado de la mesa casi de inmediato.

Luego, como si fuese uno de esos robots que aparecían en las películas, se había duchado y puesto el pijama con movimientos automáticos. En el fondo de su mente había vuelto a aparecer la incógnita de por qué la casa Tendo estaba tan vacía y silenciosa, pero había otras cuestiones que la preocupaban todavía más.

¿Desde cuándo Ranma era tan gallardo con Akane? ¿Desde cuándo no aprovechaba hasta la más mínima oportunidad para afectar modestia sobre su hombría e integridad, en vez de intentar ocultar cualquier prueba por completo? ¿Por qué hasta ahora Ukyo nunca lo había visto ruborizarse por ello? ¿Por qué tenía la sensación de que la respuesta a la última pregunta era la chica cuyo cuerpo habitaba en esos momentos?

¿Por qué, por qué, por qué?

Se había quedado dormida sin atreverse a encontrar solución a aquel rompecabezas. Y, en sueños, sus peores sospechas se habían manifestado en forma de visiones de un futuro en el que ella era una mera espectadora de la boda entre el hombre que amaba y la que en otra vida podría haber sido su mejor amiga.

—Esto tiene que acabar ya —murmuró al silencio de las primeras horas de la mañana.

Le dolía el pecho de solo pensarlo, pero sabía que estaba en lo correcto. Para bien o para mal, Ukyo tenía que poner fin a aquella incertidumbre que la había mantenido en vela tantas noches. Terminar con ese malestar que la invadía siempre que su sueño de convertirse en la señora Saotome se alejaba un poco más de la realidad.

Era hora de ser valiente y descubrir la verdad. De enfrentarse a sus miedos de una vez por todas.

Y, si era necesario, inventarse un nuevo sueño por el que luchar.

Parpadeó para ahuyentar las lágrimas que le habían humedecido los ojos y se levantó de un salto. No quería pensar (todavía) en lo que haría una vez obtuviese los resultados de su investigación: primero tenía que planear cómo llevaría a cabo la propia investigación.

Su reubicación temporal de conciencia (o, si lo consideraba desde un punto de vista espiritual, de alma) era una ventaja incuestionable. Lamentablemente, después de la debacle de la Boda Fallida, Ranma no había estado muy dispuesto a dirigirle la palabra. Es más, aun cuando habían transcurrido meses desde aquel desastre, Ukyo sabía que todavía no la había perdonado.

Y no podía decir que no sabía por qué. Había colaborado en la destrucción del dojo y la casa con okonomiyakis bomba, había ayudado a Shampoo a atentar contra la vida de Akane (indirectamente, claro, porque Ukyo no había caído tan bajo como para querer matar a sus contrincantes) y había eliminado la única cura de la maldición que Ranma tenía disponible.

Por no hablar de que, unos meses atrás, no había dudado, en su afán por conseguir aquel anillo familiar que había resultado ser algo completamente inesperado, en poner patas arriba la casa que la madre de Ranma había invertido tanto esfuerzo en mantener en pie.

Aunque Ranma también había creído que se trataba de la joya, recordó con acidez. Y quiso regalársela a Akane.

Akane. Siempre Akane.

—Y qué bien me viene que Akane ahora sea yo —se rio con desgana.

Se dirigió con paso firme hacia su armario. Porque, a partir de ese mismo instante y hasta que tuviese solución para todas y cada una de sus dudas, todo lo que le perteneciese a Akane sería suyo.

—La atención de Ranma incluida… —canturreó.

A cambio, estaba dispuesta a sacrificar algunos cientos de yenes que seguro que perdería gracias a las monstruosas habilidades culinarias de Akane y la incapacidad intrínseca de Konatsu para ganar dinero. Tenía ahorros. Y mucha voluntad de sacar su negocio adelante una vez todo volviese a la normalidad.

Aunque sabía que tendría que imitar a Akane a la perfección si no quería que descubriesen su engaño, Ukyo se permitió la licencia de ignorar los largos vestidos de algodón que prefería la peliazul o los diminutos conjuntos veraniegos que a veces le gustaba lucir por unos cómodos pantalones vaqueros cortos y una simple camiseta de tirantes.

Se sentía algo expuesta, pero no tanto como si llevase falda. Ukyo podía vestirse como la más femenina de las mujeres si quería, pero se sentía mucho más cómoda con prendas que no amenazasen con exhibir su ropa interior.

—Veamos… —dijo peinándose la corta melena con los dedos. El resultado que vio en el espejo le pareció lo suficientemente satisfactorio—. Primero tengo que explorar la casa. Hasta ahora nunca me han permitido pasar mucho tiempo en el piso superior, por lo que no sé dónde está cada cosa. Pero Akane lo sabe…

Descubrió con sorpresa y gran alivio que alguien se había tomado la molestia de facilitarle su misión. Akane y sus hermanas tenían una placa con forma de cisne en la puerta de sus habitaciones con sus nombres escritos en inglés y, junto al cuarto de baño, había un cartel que lo delataba como tal.

El dormitorio principal, dedujo, se encontraba en el piso de abajo, al igual que la habitación de invitados que Ranma había estado ocupando con su padre desde hacía un par de años. Ukyo ya conocía la sala de estar y la cocina, y la noche anterior había disfrutado del ofuro y las demás instalaciones, por lo que decidió que dejaría esa zona para el final.

Se encaminaba al dojo cuando Kasumi la sorprendió.

—¿Akane? —la llamó con un tono de voz que dejaba claro que ella también estaba sorprendida—. ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿Te encuentras bien?

Una vocecita le dijo a Ukyo que la mayoría de los adolescentes preferían dormir hasta tarde durante las vacaciones. A diferencia de ella, que tenía que hacerse cargo de su restaurante, los demás solo tenían que preocuparse por descansar y hacer los deberes, aunque eso, como ella, preferían dejarlo para último momento.

Tragó saliva audiblemente y miró a Kasumi. La joven sostenía entre sus brazos un cesto de ropa sucia que Ukyo se apresuró a coger para ganar tiempo.

Mientras se acostumbraba al peso con sorprendente facilidad (¿no había creído siempre que Akane era la más débil del grupo?), pensó en una excusa que resultase convincente.

—Anoche me acosté pronto… ¿y por eso hoy me he despertado pronto?

—¿Y a mí me lo preguntas?

—Quiero decir… —al ver que la que se suponía que era su hermana entrecerraba los ojos con suspicacia, se aclaró la garganta—. Imagino que me he despertado pronto por eso. Si no, te aseguro que habría dormido hasta mediodía.

Silencio. Kasumi la estudió en silencio durante lo que a Ukyo le pareció una eternidad.

—Te has levantado pronto para ayudarme con el desayuno… ¿verdad? —preguntó la hermana de Akane al cabo de unos segundos.

Ukyo tardó media milésima de segundo en sacudir la cabeza.

—¡Claro que no! —se rio. Una alarma se disparó en su mente, pero Ukyo no supo cómo interpretarla—. Prefiero no acabar en el hospital.

—Ajá.

Si Ukyo no hubiese estado tan concentrada en buscar una manera de huir de aquella situación, se habría dado cuenta de que la sonrisa de Kasumi se congelaba en una mueca incierta.

—¿Por qué no dejas la colada en el cuarto de la lavadora y vas a despertar a Ranma? —añadió Kasumi sin cambiar de expresión—. El desayuno estará listo en un par de minutos.

Ukyo empezó a deslizarse por las escaleras a una velocidad que no parecía hallarse dentro de los límites de la naturaleza humana.

—Y, ¿Akane? —añadió Kasumi antes de que desapareciese de su vista—. No te olvides de que Ranma tiene un sueño profundo. Usa la fuerza si lo ves necesario.

—¡Será un placer!

Tras abandonar el cesto de la ropa sucia en el diminuto cuarto de la colada, Ukyo se encaminó hacia la habitación de Ranma. Y solo cuando abrió la puerta con fuerza se le ocurrió que Ranma compartía habitación con su padre…

Aunque, por suerte o por fortuna, aquel día Genma Saotome también brillaba por su ausencia. Ukyo resopló de alivio tanto por haber evitado dar un portazo como por no encontrarse con el que algún día sería su suegro.

—¡Ranma! —dijo Ukyo, acercándose al muchacho que todavía dormía profundamente—. El desayuno ya está listo…

Ranma murmuró algo en sueños y le dio la espalda.

Ukyo tomó una profunda respiración.

¡¿Y aquello era con lo que tenía que lidiar Akane cada mañana?!

—¿Por qué Dios es tan injusto? —se lamentó con lágrimas en las comisuras de los ojos—. Esos músculos...

Oh, señor, ¡los músculos!

Ukyo había visto en incontables ocasiones el torso de Ranma al desnudo. Había ido con él a la playa varias veces y, para qué negarlo, el chico apenas tenía sentido del decoro.

Pero nunca lo había visto así de relajado, tan tranquilo, con la guardia completamente baja… Debía admitir que era una visión incomparable, una imagen que guardaría para siempre en su memoria.

—¿Ranma? —musitó con la boca inexplicablemente seca.

Alargó la mano para sacudirlo por el hombro y, de repente, el mundo giró a su alrededor.

Un segundo después, Ukyo se descubrió tumbada sobre su espalda y debajo de Ranma.

Quien mantenía una mano firmemente apretada alrededor de su cuello.


N/A: Hola! Lo prometido es deuda y aquí tenéis otro capítulo. Espero que os haya gustado y que me dejéis vuestras opiniones en un comentario ^^ Por otra parte, os pido disculpas porque esta vez he contestado pocos o ningún comentario. Debéis saber que es porque he estado ocupadísima y no porque no me interesen. Los he leído todos y todos me han sacado una sonrisa!

Un beso también a aquellos que habéis añadido esta historia a vuestros favoritos o vuestras alertas!

Dicho esto, os aviso que hasta junio (y muy probablemente hasta mediados o así) no sepáis nada de mí. Empiezan los exámenes en la universidad, señores, que no sería tan malo si no tuviésemos trescientos mil trabajos que hacer y exponer al mismo tiempo.

Me despido!