Descargo de responsabilidad: ni los personajes ni el argumento original me pertenecen. Yo solo juego con ellos porque el final del manga estuvo a puntito de provocarme una úlcera :D
Además, hay un link en mi perfil de la imagen que he utilizado como portada.
Advertencia: para basarme en los personajes me he fijado más en el manga que en el anime. Pero también es cierto que han pasado años desde que me lo leí y aunque he vuelto a él para pescar algunos detalles necesarios para este fic no me puedo considerar una experta. Así que habrán errores, claro que sí, y si me los señaláis puede que los corrija o puede que no. Depende de si contribuyen en algo a la hora de contar este relato.
◤El Interacambio◢
«"1. tr. Hacer cambio recíproco de una cosa o persona por otra u otras". Ukyo y Akane no saben qué ha ocurrido, pero están más que dispuestas a desvelar el misterio por el que se hallan tan lejos de sus propios cuerpos. Y mientras se enfrentan a diversos desafíos, quizás encuentren respuestas que no sabían que buscaban. »
◉○ PARTE 1 ○◉
UKYO IV
«En el que Ukyo improvisa. Improvisa mucho (y mal)»
Parpadeó.
—¿Qué…? —Las palabras se le atragantaron en el pecho. No sabía qué decir, porque no se le ocurría nada que pudiese expresar la magnitud de su desconcierto.
Porque ¿en qué momento había pasado de estar de pie a estar acostada? Ni siquiera había visto que Ranma se moviese de su posición cuando la había presionado contra el suelo, por no hablar de que tampoco había notado nada que anunciara el inminente ataque.
Lo que, de por sí, a Ukyo ya le parecía preocupante. Porque, aunque prefería llevar un estilo de vida más orientado a su carrera profesional, Ukyo era una artista marcial desde la más tierna infancia. Ahora no dedicaba tantas horas a su entrenamiento como le habría gustado, pero eso no quería decir que hubiese olvidado la rutina disciplinada que su padre le había enseñado cuando era pequeña.
Ni tampoco que sus instintos y reflejos se hubiesen atrofiado hasta tal punto de que ni siquiera reaccionaba ante una amenaza tan evidente; por lo general, se enorgullecía de su habilidad para enfrentarse con frecuencia a Shampoo, la prometida que demostraba una fuerza y destreza superlativas entre todo el harén del que se había rodeado Ranma. En ocasiones ganaba o perdía, pero el resultado más frecuente era un empate que la dejaba tan frustrada y enfadada como a la amazona china, pero segura de que todavía conservaba su espíritu luchador.
Pero Ukyo empezaba a dudar de la eficacia de aquellos «entrenamientos». Hasta hacía medio minuto, Ukyo había estado convencida de que gracias a ellos ahora podría enfrentarse a Ranma sin ningún problema. Pero ¿cómo podía considerarse una adversaria digna si ni siquiera era capaz de esquivar aquella acometida?
En su defensa debía decir que jamás de los jamases se había imaginado que Ranma pudiese reaccionar de aquella manera con ella. Y, teniendo en cuenta a quién le pertenecía el cuerpo contra el que Ranma había respondido con tanta violencia, menos aún.
—Cualquiera habría dicho que a estas alturas ya te habrías acostumbrado a mí —comentó con desinterés, aunque el temblor de su voz delató su nerviosismo—. Buenos días, bello durmiente.
¡¿Bello durmiente?!, se quejó una voz en su cabeza. ¡¿Desde cuándo Akane llama a Ranma por algo que no sea un insulto?!
Ukyo decidió ignorar su conciencia y sonrió, aunque inmediatamente arrugó el rostro en una mueca al recordar la presión que envolvía su garganta. Fue el turno de Ranma de parpadear con confusión; hasta ahora, se había limitado a mirarla fijamente con las pupilas dilatadas y un rictus tan serio que, durante unos instantes, había parecido una persona completamente diferente.
Pero las telarañas del sueño comenzaban a abandonarlo y su cerebro parecía empezar a comprender lo que su cuerpo había hecho de forma casi inconsciente.
—¿Akane? —pronunció con esa voz pastosa de aquel que acaba de abandonar el reino de Morfeo—. ¿Qué…?
Se apartó de ella como quien se aparta de un incendio: rápidamente y con el miedo de que las llamas lo siguieran.
Y solo cuando se hubo incorporado cayó en cuenta Ukyo de un detalle.
Ranma dormía sin camiseta.
Y sin pantalones, aunque para su gran alivio (o, si era sincera consigo misma, su eterna desdicha) sí llevaba calzoncillos.
—Oh, señor…
Aquellas abominables rutinas de ejercicios a las que se sometía por voluntad propia estaban dando sus frutos, evidentemente. Si su cerebro no hubiese hecho cortocircuito al ver aquel panorama, Ukyo habría podido contar los abdominales. ¡Y los oblicuos!
Ay, los oblicuos.
Gimió.
Ranma debió de interpretar aquel sonido como una queja de dolor, porque en seguida corrió a abalanzarse sobre ella. Ukyo había estado muy ocupada intentando procesar la imagen de un Ranma en ropa interior, por lo que notar de repente su cercanía y el tacto áspero de sus manos contra su rostro fue demasiado para ella.
Mientras se encontraba en medio de una experiencia de paroxismo sensorial, Ranma le preguntó si estaba bien.
—¿Sí? —contestó, no muy segura de lo que estaba diciendo.
—Pues a mí me parece que no —murmuró Ranma, tomando nota del extraño tono carmesí que comenzaban a adoptar sus mejillas—. Te has golpeado la cabeza, ¿verdad?
Ukyo se llevó una mano a la zona donde un dolor punzante parecía atravesarle el hueso. Le parecía curioso, cuanto menos, que hasta el momento no lo hubiese notado. Quizás la sensación de que el mundo daba vueltas a su alrededor no era culpa de Ranma y sus abdominales, después de todo.
—Ahora que lo dices… —hizo una mueca al percibir el chichón bajo sus dedos—. Espera, ¿«me he golpeado»? —siseó, recuperando momentáneamente la cordura—. ¡¿Quién es el que ha golpeado a quién aquí?! —señaló.
Ranma tuvo la decencia de parecer avergonzado antes de apartarle el brazo de un manotazo y empezar a palparle la zona herida.
Ukyo se encontró de súbito cara a cara con su pecho.
Lo cual, tenía que admitir, era un poco extraño. En circunstancias normales, es decir, de pie (porque Ukyo no tenía la suerte de vivir con Ranma y, por lo tanto, no se enfrentaba a este tipo de situaciones, maldita sea), Ranma no le parecía tan alto. Pese a que ahora era uno de los chicos más altos de su clase, superando la infrecuente altura del metro ochenta, Ukyo también era una chica inusualmente alta. Cuando caminaban hombro con hombro, su coronilla quedaba a la altura de su nariz.
Pero Akane era más bajita. También había crecido un poco desde que se conocían, pero no tanto.
Comparada con Ranma, era diminuta.
Ukyo no estaba segura de que le gustase esa sensación.
—No parece que tengas nada grave —murmuró Ranma contra su pelo.
Lo que sí le gustaba, decidió Ukyo en ese mismo instante, era que Ranma la tratase con un mínimo de delicadeza. Una vez más, no pudo evitar recordar todas aquellas ocasiones en las que Ranma había olvidado que Ukyo no era un hombre robusto como él.
Su anhelo por recibir el mismo trato quedó relegado a un segundo plano cuando percibió que una mano se deslizaba hasta su cintura. El movimiento había sido tan despreocupado que no le quedaron dudas que se trataba de un gesto frecuente.
Un peso helado se asentó en su estómago.
Lo sintió expandirse hasta su corazón cuando Ranma pronunció su nombre con una dulzura ignota.
Quiso llorar.
Quiso reír.
Tengo que salir de aquí, pensó, en su lugar.
Con la cara encendida, el pulso acelerado y las primeras lágrimas humedeciéndole los ojos, Ukyo apartó a Ranma de un empujón que habría llenado de orgullo a la verdadera Akane. Ranma la soltó, y Ukyo aprovechó aquellos segundos de sorpresa para echar a correr hasta su habitación.
De haberse girado en algún momento, habría visto que Ranma la contemplaba con un profundo interés.
Dado que la noche anterior ya había parecido indispuesta, no resultó tan extraño que «Akane» se disculpara a la hora del desayuno alegando un dolor de cabeza. Kasumi se limitó a arquear las cejas al tiempo que sonreía mientras el señor Tendo lloriqueaba en un rincón.
—Te estás poniendo enferma justo cuando Nabiki está lejos con sus amigos de la universidad—se lamentó, secándose el rostro con un pañuelo de tela que tenía bordadas sus iniciales en inglés—. Oh, Akane, ¡tu pobre padre no podrá soportar estar tan preocupado por las dos!
—Te he apartado un poco de arroz y sopa de miso —intervino su hermana mayor—. ¿Por qué no te lo subes a tu habitación? Tal vez lo que necesites es echarte una siesta.
Ukyo obedeció. Dormida, no podía pensar en la espantosa sospecha que había nacido en su corazón.
Se despertó de un sobresalto. El canto de las cigarras entraba amortiguado por la ventana y la habitación olía a algo dulce y refrescante que Ukyo no supo identificar hasta que vio la tira de incienso que alguien había dejado encendida sobre su escritorio.
Por alguna razón, aquel detalle la puso de mal humor.
Se incorporó, quitándose el sueño de los ojos con un pellizco. Un vistazo al reloj despertador que reposaba sobre la mesita auxiliar le dijo que ya era media tarde.
—Ah, maldición… —murmuró.
Había sido una tonta. No solo se había negado a desayunar, sino que también se había perdido la comida y cualquier tentempié que hubiese podido colar en medio. Además de tener un terrible dolor de cabeza causado por motivos en los que no quería pensar, ahora estaba famélica.
Por no hablar de que, sin duda, había preocupado a la familia de Akane innecesariamente. No podía sacar de su mente la expresión de auténtico espanto que había puesto el señor Tendo ni el ligero ceño fruncido que le había parecido ver en la hermana mayor…
Alguien llamó a la puerta. Ukyo reconoció el sonido como la razón por la que había abandonado las lejanas tierras del sueño y se apresuró a contestar:
—¿Sí?
Kasumi entró con una bandeja con dos tazas de té y un plato lleno de galletas. Ukyo no dudaba de que fueran caseras.
—No te has comido el desayuno —murmuró la mujer con desaprobación mientras dejaba la bandeja sobre el escritorio y le pasaba una de las tazas—. Imaginé que tendrías hambre.
Dando un primer sorbito tentativo a su bebida, Ukyo decidió en ese momento que Kasumi era una enviada del cielo.
Parte de su alivio y entusiasmo por la comida debió verse reflejada en su rostro, porque Kasumi resopló una risita cargada de afecto.
Sin embargo, casi inmediatamente sus labios se arrugaron con reproche.
—¿Me vas a decir qué te pasa? Porque no estás enferma, Akane. Te conozco.
Ukyo se metió una galleta en la boca y comenzó a masticar lentamente. Su táctica para ganar tiempo no pasó desapercibida, sin embargo: Kasumi le arrebató el plato antes de que pudiese coger otra.
La hermana mayor arqueó una delicada ceja con suspicacia.
—¿Y bien? —la apremió.
Ukyo se encogió de hombros.
—No tengo ni idea de qué estás hablando.
—Oh, Akane… —Kasumi sacudió la cabeza—. ¿Has vuelto a discutir con Ranma?
Quería decir que sí. Sabía que Ranma y Akane probablemente discutirían unas tres veces antes de la hora del desayuno y que no se arriesgaba tanto con su respuesta.
Pero…
Ukyo tampoco quería mentir. Por alguna razón, la idea de faltar a la verdad delante de la hermana de Akane se le antojaba repugnante, quizás porque hasta para ella era evidente el especial vínculo que las unía. Más que una hermana, a Ukyo siempre le había dado la impresión de que Kasumi era como una madre para la peliazul.
Y ella, que nunca había conocido una figura materna y sabía mejor que nadie lo que era anhelarla con todo su corazón, no era quién para mancillar aquel lazo familiar con invenciones y engaños.
Porque haciéndote pasar por su hermana no la estás engañando en absoluto, ¿no?, le recordó una vocecita en su cabeza.
Ukyo se estremeció. Lo que estaba haciendo estaba mal. Eso lo sabía a la perfección. En ningún momento se le había ocurrido que usurpar la identidad de su amiga fuera moralmente correcto, ni que estuviese justificado por sus celos y su curiosidad.
Distraída, se llevó la taza a los labios.
No, lo que estaba haciendo estaba mal y traería consecuencias nefastas. Si Akane no la odiaba ya, una vez las cosas volviesen a la normalidad no tendría motivos para no hacerlo.
Por no hablar de Ranma…
Ranma, quien llevaba meses sin dirigirle la palabra para algo que no fuera un saludo cortés.
Ranma, quien ya parecía odiarla…
Kasumi se aclaró la garganta. Ukyo, que casi se había olvidado de su presencia, sintió que un calor le recorría las mejillas y quiso esconderse tras uno de los grandes almohadones de Akane: hacía mucho tiempo que nadie la reprendía con tanta condescendencia.
No desde la muerte de su padre, por lo menos.
Sintió que se le formaba un nudo en el estómago que intentó aliviar con otro trago de té.
Finalmente, tuvo que admitir a media voz:
—Estoy confundida.
No especificó respecto a qué. Kasumi, no obstante, creyó entender perfectamente a lo que se refería y asintió mientras murmuraba una expresión destinada a levantarle el ánimo.
—Yo no me preocuparía demasiado por su… cambio —pronunció la palabra con diversión mal disimulada— de actitud. Ranma siempre ha sido un chico muy serio.
—¿Qué?
—Además, ya sabes que solo lo hace por ti, ¿no? Si no, no habría tratado a Shampoo con tanta crueldad el otro día.
Ukyo parpadeó, totalmente perdida. Kasumi interpretó su mirada como que no estaba de acuerdo con lo que acababa de decirle, porque cruzó los brazos sobre el pecho y la miró con enfado fingido.
—Sé que no te cae bien esa chica, Akane, pero hasta tú tienes que admitir que se pasó con ella. ¡La echó de la casa! Y sin aceptar su comida, para sorpresa de todos.
Ukyo incluida. Así que Shampoo había visitado a Ranma hacía poco…
Sonrió para sí misma. ¡Eso explicaba tantas cosas!
—Bueno —Kasumi se puso de pie, sobresaltándola, y se alisó la falda—, deduzco que ya te encuentras mejor, ¿no?
—Un poco —reconoció Ukyo, un tanto insegura.
—Quizás lo que necesitas para terminar de recuperarte es un poco de ejercicio —le sugirió. Algo en su tono le puso la piel de gallina—. ¿Por qué no te cambias y bajas a la cocina? Necesito que me hagas un favor.
N/A: Con mes de retraso, pero mira, aquí estoy. Espero que el capítulo os haya gustado y que tengáis un montón de cosas que decirme.
