Descargo de responsabilidad: ni los personajes ni el argumento original me pertenecen. Yo solo juego con ellos porque el final del manga estuvo a puntito de provocarme una úlcera :D

Además, hay un link en mi perfil de la imagen que he utilizado como portada.

Advertencia: para basarme en los personajes me he fijado más en el manga que en el anime. Pero también es cierto que han pasado años desde que me lo leí y aunque he vuelto a él para pescar algunos detalles necesarios para este fic no me puedo considerar una experta. Así que habrán errores, claro que sí, y si me los señaláis puede que los corrija o puede que no. Depende de si contribuyen en algo a la hora de contar este relato.


◤El Intercambio◢

«"1. tr. Hacer cambio recíproco de una cosa o persona por otra u otras". Ukyo y Akane no saben qué ha ocurrido, pero están más que dispuestas a desvelar el misterio por el que se hallan tan lejos de sus propios cuerpos. Y mientras se enfrentan a diversos desafíos, quizás encuentren respuestas que no sabían que buscaban. »


◉○ PARTE 2 ○◉


AKANE II

«En el que Akane es una anfitriona legendaria»


Horas más tarde, Akane sonreía orgullosa de sí misma. Lo había logrado. Lo había logrado. ¡Había sobrevivido a otra hora pico! ¡Sin atacar a nadie!

Bueno, aquello tal vez no era del todo cierto, pues sí que había abofeteado a un hombre que se había mostrado un poco manilargo, pero ni siquiera Konatsu podía reprocharle nada en esta ocasión.

Acababan de poner el cartel de «Cerrado» y Konatsu se encontraba en la otra habitación, terminando de limpiar las mesas y fregar el suelo. A Akane, en cambio, le había tocado lavar los platos. Afortunadamente no eran muchos: la vajilla de Ukyo era más bien reducida y Konatsu había estado lavando y cocinando al mismo tiempo hasta casi el final de la noche.

Akane se sintió culpable durante un segundo, pues el hombre kunoichi ni siquiera intentaba disimular que no le daba tantas tareas como debería. Pasado ese segundo, sin embargo, decidió que estaba demasiado cansada como para recordarle que, mientras estuviese allí con él, se había prometido ayudarlo en todo lo que pudiese.

Tenía curiosidad, pensó mientras se encogía de hombros para intentar aliviar el dolor de sus músculos, por saber si así se sentía Ukyo al terminar cada jornada.

Tal vez eso explicara su comportamiento errático en el instituto.

Se rio. No, lo de Ukyo era algo más que puro agotamiento físico: era una mezcla de carga mental y frustración lo que la hacía tan inaccesible cuando estaban en el colegio. Akane había tardado aproximadamente dos horas en sus zapatos en comprender que Ukyo tenía muchas más responsabilidades que cualquier chica de su edad. Ni siquiera ella, a quien habían prometido con dieciséis años, había sabido hasta ese momento lo que significaba ser adulta de verdad.

Oh… Aunque técnicamente el Gobierno de Japón reconocía que las jóvenes mayores de dieciséis años ya podían considerarse esposas (1), Akane tenía que admitir que eso no significaba que fueran adultas. Por el amor de dios, ¡si Akane todavía necesitaba que Kasumi la levantara para prepararse para ir a estudiar!

Ukyo no tenía a nadie que hiciera eso por ella. Ni que le tuviese preparado el desayuno por las mañanas, ni le hiciese la comida para llevarse al instituto, ni que, por la noche, le hiciese algo para cenar.

Bueno, ahora tenía a Konatsu, pero Konatsu era una adquisición más bien reciente. Akane se preguntó cuántos años se había pasado Ukyo valiéndose por sí misma…

Y cuándo exactamente era que había decidido que no la odiaba y que lo mejor era sentir cierta condescendencia.

—Pero mira que soy tonta —murmuró. Ranma siempre le había dicho que era un poco ingenua y tendía a ver solo la parte buena de las personas. Ranma…—. Estás tardando mucho en darte cuenta, idiota —añadió con desdén.

No fue hasta que terminó de lavar el último plato que lo escuchó: una especie de gruñido, seguido de un inconfundible chasquido metálico que solo podía ser del cubo de la basura. Durante unos instantes Akane se vio invadida por la alarmante sospecha de que se trataba de un ladrón…

Luego recordó el cuchitril de mala muerte donde Ukyo había puesto su restaurante de verano y dejó de preocuparse…

¡Crash!

Oh, ¡otra vez ese sonido! Akane se secó rápidamente las manos con los restos del kimono de Konatsu y se dirigió como una flecha a la salida trasera del local. Tal vez se trataba de un animal que buscaba algo con lo que alimentarse…

Se detuvo a tan solo unos pasos. Si ese era el caso, quizás lo mejor era no salir a investigar. Dudaba que en medio de la ciudad donde estaban hubiese bestias salvajes, pero lo cierto era que incluso los perros y los gatos callejeros podían transmitir enfermedades y lo más seguro es que no fuesen precisamente dóciles…

… pero si estaban rebuscando en la basura porque tenían hambre…

Decidida, regresó a la cocina y sacó de la nevera los restos de yakisoba que Konatsu había preparado aquella tarde. De todas formas, se dijo, eso no lo podrían servir al día siguiente y les tocaría a ellos comérselo para no desperdiciarlo. Akane, que ya había cenado yakisoba la noche anterior y esa también, no iba a quejarse si las sobras desaparecían misteriosamente…

Con la pequeña porción de fideos servida en un recipiente de plástico que tenía intenciones de tirar, Akane se dirigió con pasos apresurados, pero seguros, hacia el patio trasero donde almacenaban los cubos de la basura hasta que pasara el camión a recogerlos. Abrió la puerta con cuidado (no iba a arriesgarse a que se le entrara alguna alimaña, por mucho que quisiese ayudarla) y…

—¿P-chan? ¿Eres tú?

¿Acaso su cerdo la había encontrado tan lejos de su hogar?

Tenía que reconocer que estaba sorprendida. P-chan siempre regresaba a casa, no importaba cuántos meses hubiesen transcurrido desde la última vez que había estado allí. Por alguna razón, el cerdito tenía la extraña capacidad de encontrarla…

Incluso cuando ni siquiera era ella de verdad.

—Oh, ven aquí, cosita —lo animó cuando P-chan la miró con extrañeza—. ¿Te acuerdas de mí? Tal vez porque soy Ukyo no me reconoces… —murmuró para sí misma. Sonrió para tranquilizar al animal y se acercó lentamente—. ¿Tienes hambre? Te he traído unos fideos…

Cuando puso el plato frente al pequeño mamífero, Akane agradeció que Konatsu acostumbrase a cocinar para períodos de austeridad. No se sentía muy cómoda con darle de comer cerdo a un cerdo (2), a decir verdad.

P-chan la observó con algo que se asemejaba mucho a la frustración durante varios segundos hasta que, al final, se rindió ante los encantos del yakisoba que le había servido. Debía de estar famélico, porque terminó en menos tiempo del que Akane tuvo para relajarse.

—Creo que no habrá ningún problema si vienes conmigo —le dijo—. Puedo darte más sobras. Y, si te portas bien, estoy segura de que Konatsu no tendrá reparos en dejar que te quedes con nosotros… hasta que desaparezcas, supongo —porque del mismo modo en que tenía una facilidad insólita para encontrarla, P-chan también tendía a perderse en los momentos más insospechados.

Akane intentaba evitarlo siempre, pero, de algún modo, el cerdo siempre conseguía escaparse.

—¿Podrías…? —dudó. Se sentía un poco estúpida pidiéndole un favor a un animal que ni siquiera la podía entender completamente—. ¿Podrías quedarte conmigo unos días? ¿Al menos esta noche?

No esperó a que P-chan respondiese (al fin y al cabo, era un cerdo) y lo cogió en brazos. P-chan se retorció, emitió un largo chillido que Akane temió que alertara a Konatsu y, finalmente, intentó morderla. Akane no se rindió: necesitaba un poco de normalidad y, a falta de Ranma y su familia, tenía a P-chan. Puede que el cerdo no supiese que era su cerdo, pero, sin duda, solo necesitaba un poco de maña para…

Ah… Akane sonrió cuando el cerdo dejó de forcejar entre sus brazos y subió rápidamente a la que era su habitación temporal. Dejó a P-chan sobre una manta vieja en el suelo y le dijo que iba a buscar algo más de comida y un poco de agua para él…

Al volver, lo pilló en medio de un intento de fuga. Akane no tardó en reprenderlo y volver a dejarlo con un poco más de fuerza sobre su manta en una esquina.

—Que Konatsu es muy amable —le dijo—, pero lo mejor es no forzarlo. Mañana le contaré todo y estoy segura de que te adorará tanto como yo…

Decidió que lo mejor era asegurarse de que P-chan no huiría aquella noche echando el cerrojo de la puerta de su cuarto. Por alguna razón, el cerdo saltó del susto al escuchar el sonido del metal deslizándose en su clavija y empezó a chillar con una indignación bastante inapropiada en un cerdo de su tamaño.

—Si no te callas ahora mismo —advirtió Akane levantando un puño en el aire—, me veré obligada a tranquilizarte a la fuerza. Y no queremos que ocurra eso, ¿verdad que no, P-chan?

Si P-chan no hubiese sido un cerdo, Akane habría considerado la sacudida de su cabeza como un asentimiento.

Akane realizó su rutina nocturna con tranquilidad. Demasiado tarde para darse un baño, decidió que una rápida ducha sería suficiente. Tras inmovilizar a P-chan para evitar que se diese a la fuga durante su ausencia (lo cual, se aseguró Akane a sí misma camino del baño, no podía considerarse crueldad animal si era por su propio bien), se quitó de encima horas y horas de trabajo. Para cuando salió del cuarto de baño con el largo pelo de Ukyo envuelto en una toalla grande, se sentía casi como nueva.

Así se lo dijo a P-chan, que seguía hecho un rollito en su mantita, tal y como ella lo había dejado minutos atrás.

—Solo llevo dos días así y ya estoy harta —le contó mientras se secaba los largos mechones—. Cocinar y limpiar, eso es todo lo que he hecho ahora. Me pregunto cómo lo aguantan Kasumi y esa cerda mentirosa… —parpadeó cuando P-chan dejó escapar un sonido lastimero—. Oh, no quería ofenderte... ¿Te parece mejor si la llamo «sucia mentirosa»? ¿Eh?

P-chan parpadeó como si no tuviese ni idea de qué responder a eso.

Lo que, teniendo en cuenta que era un cerdo, era lo más normal del mundo.

—Si prometes portarte bien puedes dormir conmigo —susurró cuando se disponía a apagar las luces—. Sobre tu mantita, por supuesto, porque solo dios sabe dónde has estado todos estos meses…

Akane tardó exactamente treinta segundos en atraerlo contra su pecho para abrazarlo.

—Oh, P-chan, no te imaginas por lo que estoy pasando —murmuró con ganas de llorar—. Echo de menos a mi familia, echo de menos Nerima, ¡echo de menos incluso al estúpido de Ranma! —se quejó—. ¿Te puedes creer que todavía no ha venido a por mí? Seguro que ni siquiera ha notado que no estoy en casa…

Aquello, suponía, era lo que más le afectaba. Las cosas habían estado yendo tan bien últimamente… Akane había creído que, por fin, habían llegado a un acuerdo mutuo y que entre los dos existía algo que ninguno de los dos podía negar…

Pero ya habían pasado dos días. Sin duda, Ranma ya se tendría que haber dado cuenta de que la Akane que estaba con él no era ella…

—No ha venido a por mí —recordó con frustración—. Ranma no ha venido a por mí… —Parpadeó—. Buenas noches, P-chan. Siento molestarte con mis problemas… y supongo que no ha estado bien por mi parte insultar a toda tu especie antes. Lo siento, de verdad.

Aquella noche, Akane soñó con cerdos que le rompían el corazón.

Al día siguiente se despertó un poco más tarde de lo normal. P-chan seguía dormido, por lo que decidió dejarlo descansar y presentárselo a Konatsu más adelante. Antes de dirigirse a la cocina y seguir el exquisito olor que salía de ella, Akane se detuvo junto al teléfono y volvió a llamar a su casa.

Por supuesto, no había guardado muchas esperanzas al respecto, teniendo en cuenta el poco éxito que había tenido la noche anterior. Eso no evitó, sin embargo, que al colgar por tercera vez consecutiva se sintiera terriblemente decepcionada consigo misma.

Y furiosa. Furiosa con Ranma por haberse hecho amigo de una tipa tan rastrera como Ukyo, furiosa con Ukyo por ser tan oportuna y… y… ¡furiosa con el universo!

Sí, sí. Akane estaba enfadada con el universo o quien fuera que decidiese el destino de los mortales. ¿No le habían pasado ya suficientes cosas raras como para cubrir la cuota de toda una vida?

Akane no pudo reflexionar demasiado al respecto, pues Konatsu gritó su nombre para que fuese a desayunar en ese momento y cualquier pensamiento que no estuviese relacionado con la comida se esfumó de su mente. Había aprendido durante el día anterior que de verdad necesitaba alimentarse bien para sobrevivir a las terribles horas de trabajo que tenía por delante.

Akane Tendo sería muchas cosas, pero «necia» no era una de ellas.

Un poco olvidadiza, en cambio, sí, pues no fue hasta horas más tarde, cuando el sol ya llevaba un rato escondido y las estrellas brillaban en el firmamento, que se acordó de su pequeña mascota.

—¡P-chan! —exclamó. Por su mente pasaron cientos de imágenes que tenían como protagonista a un cerdo famélico, tan desnutrido que apenas era un saco de piel y huesos.

Konatsu la siguió con pasos rápidos hasta el pasillo, preguntándole si ocurría algo. Cuando Akane fue incapaz de contestar debido al temor que se le había asentado en la boca del estómago, incluso se ofreció a prepararle un té.

Akane habría encontrado adorable su absurda creencia de que el té (o esa mezcla de hierbas que Konatsu consideraba té) solucionaba todo si no estuviese tan preocupada por su mascota.

Cuando entró a su habitación, el cuarto estaba oscuro y en silencio. Durante unos instantes Akane fue incapaz de escuchar la suave, pero firme respiración de P-chan y se temió lo peor.

Pero entonces lo oyó: un susurro casi imperceptible que venía de debajo de su cama…

—Oh, ha debido de desmayarse del hambre —murmuró—. Pobrecito.

Konatsu debía de estar preocupado por ella, pensó Akane mientras recogía al cerdito con cuidado y lo acunaba contra su pecho. Sin duda, si le explicaba la delicadeza de la situación, no dudaría en ayudarla…

—Oh, es solo el señor Hibiki —dijo Konatsu lleno de alivio cuando Akane apareció en la cocina. Le lanzó una mirada acusatoria y añadió—: ¿Por qué no le ha ofrecido agua caliente todavía, señorita?

—¿Qué? —«¿agua caliente?»—. ¿Te refieres a un baño o algo por el estilo?

Konatsu sacudió la cabeza.

—Sabe perfectamente que con un poco de agua de la tetera es suficiente…

Y, para demostrárselo, Konatsu agarró la tetera que hacía tan solo unos minutos había puesto sobre el fuego y vertió su contenido sobre P-chan.

Segundos después, cuando en lugar de chillar de dolor o, como mínimo, de indignación por haber sido despertado de una forma tan violenta, el cerdo creció y creció hasta convertirse en un ser humano demasiado familiar, lo único que Akane atinó a decir fue:

—Así que de verdad existen los cerdos mentirosos.

En el piso de abajo, el timbre del teléfono empezó a sonar.


(1) Que resulta que en Japón hasta hace más bien poco (si no estoy mal, hasta el año pasado) las mujeres podían casarse a partir de los 16 años con el consentimiento de los padres. Los hombres tenían que esperar hasta los 18. Ahora, tanto las mujeres como los hombres tienen que ser mayores de edad. Lo que me hace pensar en por qué los padres de estos dos intentaban casarlos con tanta prisa, si técnicamente no era legal. Supongo que porque esto es un manga y no la realidad.

(2) En mi vida me he preguntado qué come un cerdo y mira tú por donde resulta que de todo. Literalmente. Incluso cerdos bebés si se ven en la necesidad.

Ahora bien, yo, como Akane, no me sentía cómoda dándole de comer cerdo a un cerdo y me he servido de Konatsu y su habilidad para hacer comidas en tiempos de pobreza, es decir, sin carne, aunque el yakisoba tenga en la mayoría de sus recetas algo de carne siempre. Digamos que esta es la versión para vegetarianos.


N/A: Je. Muchos querréis matarme.

Y recordad: mi cuenta de IG es ma_gonaz97.