Descargo de responsabilidad: ni los personajes ni el argumento original me pertenecen. Yo solo juego con ellos porque el final del manga estuvo a puntito de provocarme una úlcera :D

Además, hay un link en mi perfil de la imagen que he utilizado como portada.

Advertencia: para basarme en los personajes me he fijado más en el manga que en el anime. Pero también es cierto que han pasado años desde que me lo leí y aunque he vuelto a él para pescar algunos detalles necesarios para este fic no me puedo considerar una experta. Así que habrán errores, claro que sí, y si me los señaláis puede que los corrija o puede que no. Depende de si contribuyen en algo a la hora de contar este relato.


◤El Intercambio◢

«"1. tr. Hacer cambio recíproco de una cosa o persona por otra u otras". Ukyo y Akane no saben qué ha ocurrido, pero están más que dispuestas a desvelar el misterio por el que se hallan tan lejos de sus propios cuerpos. Y mientras se enfrentan a diversos desafíos, quizás encuentren respuestas que no sabían que buscaban. »


◉○ PARTE 2 ○◉


AKANE V

«En el que Nabiki salva al mundo (y cobra una tarifa especial por hacerlo en bastante menos tiempo de lo normal)»


Nabiki se había graduado con honores en marzo y, en abril de ese mismo año, había empezado sus estudios en finanzas en la Universidad de Kioto. Akane recordaba con cariño que su padre había hecho un esfuerzo por cambiarse sus ropas de entrenamiento por otras más formales y elegantes para asistir a la ceremonia de graduación que se celebraba en el instituto, y que había contenido sus lágrimas hasta volver a estar en la intimidad de su hogar para no avergonzar a su hija delante de todos sus compañeros.

Compañeros, que no amigos. Akane sabía que su hermana era especial, y no siempre en el buen sentido. Cuando eran más jóvenes y todavía no entendían la precaria situación en la que estaban, Nabiki siempre había tenido más dificultades para relacionarse con la gente que sus dos hermanas: mientras Kasumi era un alma amable que hacía sentir mejor a los demás con solo una sonrisa, Nabiki tenía que esforzarse por encontrar intereses en común con sus compañeros; mientras Akane deslumbraba a niños y adultos por igual con su energía exuberante, Nabiki despertaba suspicacia con su sonrisa maliciosa.

No fue hasta que Kasumi entró al instituto que Akane tuvo que darse cuenta de que algo iba mal en casa. Ya había notado que su padre no recibía a tantos alumnos como cuando era más pequeña, pero Akane, a los 13 años, no sabía exactamente lo que eso significaba.

Pero Kasumi sí, evidentemente. Nada más tener la edad mínima había conseguido su primer trabajo en una cafetería que había cerca de la escuela que pagaba bastante bien. Akane, al principio, no entendía muy bien por qué su hermana prefería pasarse las tardes limpiando mesas a estar con ella, y no había estado muy contenta con su decisión durante meses

Nabiki no reaccionó mucho mejor. Observadora desde muy pequeña, ella sí había notado miles de señales que anunciaban el declive de su hogar: objetos que nunca podían llevar a reparar, la nevera que cada vez estaba más vacía, la profunda tristeza que se había quedado a vivir para siempre en el rostro de su padre…

Kasumi les había confesado una vez, nada más empezar el instituto, que le habría gustado ser profesora. Akane no entendió en ese momento por qué había estado tan triste mientras lo decía.

Ahora comprendía que había renunciado a su sueño en el mismo instante en que había lo había pronunciado en voz alta. Y que Nabiki sí había entendido todo lo que aquello implicaba a la primera.

Nabiki siempre había tenido grandes ambiciones que incluían salir de Nerima, Tokio e incluso Japón. Ver sus sueños en peligro… la había cambiado.

Su hermana nunca se había preocupado mucho por los sentimientos de los demás, ni le interesaban demasiado las normas no escritas de la sociedad. Pero antes de esa tarde nunca las había ignorado tan abiertamente como hacía ahora, ni las doblegaba para hacer su voluntad con tanta facilidad.

Pero había aprendido a hacerlo por la familia. Tanto, que en abril Akane había tenido dudas sobre la felicidad de su hermana tan lejos de casa. Oh, estaría haciendo algo que se le daba muy bien, por supuesto, pero ¿haría amigos? ¿Se llevaría bien con sus compañeros de clase? ¿Se coronaría reina del mismo imperio de espías y chantaje que había dejado en el instituto Furinkan? Nabiki era implacable en los negocios, pero Akane siempre había considerado que necesitaba a su familia para conectar de nuevo con su faceta más humana.

Cuando, durante el único fin de semana que se había dignado en regresar a su hogar, les había anunciado que se iba de vacaciones con sus amigos de la universidad, casi no se lo habían podido creer. ¿Nabiki tenía amigos? ¿Amigos con los que le gustaba pasar tiempo de verdad?

Akane suponía que, como en Kioto no necesitaba extorsionar a nadie o vender secretos para subsistir, Nabiki había encontrado tiempo para establecer relaciones honestas con sus compañeros de clase.

—Dijo que iba a estar en un hotel llamado… —Akane se pasó una mano por el pelo e hizo una mueca cuando notó que los dedos se le enredaban en los largos mechones de Ukyo—… eh, ¿Hatake? ¿Hakate?

Habían llegado a su nuevo hogar en Kagoshima hacía un par de horas. Akane había llamado a casa para avisar a Ranma de que había llegado sana y salva, pero no se había esforzado mucho por mantener viva la conversación. Ranma seguía molesto y Akane…

Akane ni siquiera sabía cómo se sentía. A decir verdad, desde que se le hubiese ocurrido la idea de que su hermana podía ayudarla, apenas se había parado a pensar en sus problemas.

—Oh, ¿cómo diantres se llamaba ese hotel? —se quejó en voz alta para nadie en particular, dejándose caer como peso muerto sobre la destartalada silla que formaba parte del juego de comedor del piso—. ¿Hakuna?

—Bueno, lo que está claro es que empieza por «H» —comentó Konatsu, que estaba preparando los materiales que necesitarían para abrir al día siguiente.

—Eso creo —contestó Akane—. La verdad es que no estuve muy atenta cuando Nabiki nos comentó dónde iba a estar —al notar que Konatsu la miraba de reojo, añadió con expresión culpable—: Los sollozos de mi padre son sorprendentemente escandalosos.

Konatsu asintió como si aquello tuviese todo el sentido del mundo. Akane lo estudió mientras vaciaba la última caja que habían llevado consigo; desde que le contara su plan, se distinguía en su rostro un brillo especial. La ligera decepción que lo había invadido desde que Akane se despertara en el cuerpo de Ukyo casi había desaparecido.

Akane sonrió. Aunque, si tenía que ser sincera, permanecer en Kagoshima era más por ella que por él, le alegraba haber tomado la decisión que no perjudicaba a Konatsu en absoluto.

—¿Serviría de algo que tuviésemos un directorio de la zona en la que se encuentra? —dijo Konatsu al cabo de unos segundos.

La peliazul asintió, distraída. Buscar el número del hotel en las páginas amarillas era lo primero que se le había ocurrido. Pero, entonces, se había topado con dos problemas:

1) No recordaba cómo se llamaba el hotel, de forma que no tenía modo alguno de encontrar su número.

2) En el piso que había alquilado Ukyo solo había encontrado páginas amarillas de hacía un par de años. Akane no sabía el nombre del hotel, pero estaba casi segura de que Nabiki había mencionado algo sobre que era bastante nuevo.

Todo sería mucho más sencillo si Akane estuviese dispuesta a llamar a Nerima para preguntar por el número del hotel de Nabiki, como había sugerido Konatsu en alguna ocasión. Pero aquello era lo último que le apetecía. Admitir, aunque fuera de manera indirecta que necesitaba ayuda para volver a casa…

Bueno. Simplemente no formaba parte de su plan.

Derrotada, Akane inclinó la cabeza para mirar al techo. La lámpara de luces halógenas bisbiseaba con lo que parecían ser sus últimos estertores, por lo que anotó en su lista mental de Cosas-por-hacer-mientras-siga-aquí comprar otra bombilla. No sabía muy bien cómo encajaba aquello en el presupuesto de Ukyo, pero, la verdad sea dicha, no podía importarle menos.

—Podemos preguntarle a alguien si tiene una guía de las prefecturas cercanas… —murmuró. Pedir ayuda a un vecino no se podía considerar como una debilidad, ¿no? También podían plantarse en la playa a preguntar a los bañistas… —. Espera —de repente, una idea surgió en el fondo de su conciencia—. ¿Sabes si hay alguna oficina de turismo cerca, Konatsu?

—Me temo que no sabría decirle…

—Saca un mapa —le ordenó, poniéndose de pie de un salto—. Estamos cerca de la playa, en una zona con mucho tráfico de gente. Tiene que haber una oficina de turismo cerca —declaró.

Akane estaba en lo cierto. Les costó cerca de media hora encontrarla el mapa, pero tardaron solo unos minutos en ubicar la oficina. No estaba muy lejos: resultó que solo tenían que caminar un par de manzanas en dirección norte para llegar a su destino.

Les vendieron una guía telefónica por lo que Akane consideraba era el rescate de un rey. Y no fue hasta media tarde que tuvo la oportunidad de sentarse junto al teléfono, con el directorio y un bolígrafo en la mano, para probar suerte mientras Konatsu terminaba de limpiar.

¿Por qué narices había tantos hoteles en Izumi que empezaban por la letra «H»?

Estaba a punto de rendirse cuando, al fin, la recepcionista que había contestado su llamada confirmó que en su hotel se hospedaba una tal Nabiki Tendo. La única razón por la que habían podido decirle eso era porque su hermana había avisado en recepción que estaba pendiente de recibir una llamada.

—En seguida la conecto con el teléfono de la habitación —le dijo la amable señora.

—Muchas gracias —dijo Akane, aliviada.

Tras unos segundos de silencio, al fin, Akane escuchó:

—Nabiki Tendo al habla.

—¡Nabiki! —exclamó Akane—. ¡Por fin puedo hablar contigo! ¡Soy Akane y…!

—Oh, eres tú, señorita Kuonji —la interrumpió con descortesía su hermana—. ¿En qué te puedo ayudar hoy? ¿Deduzco que se te ha ocurrido otro de tus planes disparatados y necesitas un poco de investigación para justificarlos?

—Nabiki, soy Akane.

—Claro que sí. Y yo soy la emperatriz —Nabiki se rio en voz alta—. Vamos a ver, Ukyo, que nos conocemos. Conmigo no tienes que inventarte nada para hacerme hablar. Sabes que solo tienes que pagar un precio razonable…

—¡Que soy Akane!

—Por 20 000 yenes puedo ofrecerte el paquete de siempre —siguió diciendo Nabiki como si no hubiese dicho nada—. Claro está, todavía no tengo mucha información nueva que pueda parecerte interesante. Puede que te haga un descuento del 5% y todo…

—Tienes que estar bromeando.

—Por supuesto, también puedes pagarme la tarifa normal y yo me encargaré de completar el paquete según pueda… y durante un tiempo limitado.

—Eres insufrible.

—Y tú una acosadora, pero tenía entendido que nadie tiene derecho a juzgar a nadie durante estas transacciones.

—¿No te había pagado ya una cantidad considerable de dinero porque no hicieses estas cosas? —siseó con indignación—. ¿Por qué eres así?

—No tengo ni idea de qué me estás contando.

—¡Venga ya! —Akane murmuró una palabrota—. ¡En Navidades! ¡Me pediste mis aguinaldos a cambio de no acosarme ni vender información personal mía! ¡O de Ranma!

Nabiki emitió una risita que le puso los pelos de punta.

—Oh, así que estás bien informada… ¿estarías dispuesta a negociar por tu espía?

Akane apretó los dientes, frustrada.

—¡No tengo ningún espía!

—¿Entonces cómo sabes sobre el trato que hice yo con mi hermana?

—¿¡Pues porque soy tu hermana?! —la menor de las hermanas se obligó a tomar una profunda respiración antes de continuar—. ¿Qué tengo que hacer para que me creas? ¿Hablarte de aquella vez que quisiste venderme a Ranma?

—Eso lo puede saber cualquiera. Se lo ofrecí a varias personas, ya sabes.

—Eso no puede ser legal.

—Y tú no puedes ser mi hermana.

—Ah, ¿no? ¿Quieres que te recuerde que a los siete años todavía te hacías pis encima? —dijo Akane con cierta insidia—. ¿O que lloraste como una desgraciada la primera vez que te vino el periodo? Tal vez solo necesitas que te recuerde que una vez escribiste en tu diario que de mayor querías casarte con…

—¡Está bien! Ya vale… voy a creerte porque ni siquiera Ukyo es tan tonta como para intentar hacerse pasar por ti con su propia voz—eso, pensó Akane con una sonrisa, o nadie más sabe que de pequeña querías ser la señora Kuno—. ¿Qué narices está ocurriendo, Akane-con-voz-de-Ukyo?

—Por lo pronto solo sé que Ukyo y yo hemos intercambiado cuerpos —respondió Akane con sinceridad—. Por eso te llamo. Necesito ayuda.

—Evidentemente —replicó Nabiki—. Aunque no sé muy bien cómo crees que puedo ayudarte… oh —se interrumpió—. Necesitas dinero, ¿no? De lo contrario, ya estarías en casa…

Akane ni siquiera tuvo que decir nada. Antes que inmediatamente, Nabiki añadió:

—Pero va a ser un poco más complicado de lo que piensas, Akane. Ahora mismo no dispongo de muchos activos, a decir verdad. Suelo invertirlo en el dojo y nuestra casa a principios de verano.

Akane estrujó con nerviosismo el teléfono que sostenía entre sus manos.

—Pero ¿puedes hacerlo? —la voz le temblaba. Solo podía esperar que las horas que había invertido en averiguar cómo contactarla no fueran en vano.

—Puedo hacerlo. Claro que puedo hacerlo —contestó Nabiki casi con indignación.

Akane no pudo contener el impulso de mirar al cielo con reproche. Se preguntaba qué crimen había cometido en su vida anterior para tener que cargar en la presente con una hermana como la suya.

—Sí, Nabiki —dijo, exhausta. Nabiki le había dicho que podía hacerlo. Akane había escuchado «a cambio de un precio»—. Te daré cualquier cosa si me ayudas esta vez.

—¿«Cualquier cosa»?

Akane hizo una mueca.

—Dentro de unos límites razonables —le recordó—. Nada de fotos, si eso es en lo que estás pensando.

—Oh, no —Nabiki estaba sonriendo. Akane lo sabía solo por el tono de su voz. A juzgar por el escalofrío que la recorrió de arriba abajo, Nabiki ostentaba en aquellos momentos esa mueca predatoria que de pequeña casi le había provocado pesadillas—. Quiero algo mucho mejor.

—Tampoco voy a permitir que me hagas un vídeo…

—Pero mira que eres básica, hermanita —se lamentó Nabiki con falsa decepción—. ¿De verdad crees que lo único de lo que se puede sacar beneficios es de tu cuerpo?

—… no me siento cómoda contestando a eso.

—¡Claro que no! —siguió diciendo Nabiki, ignorándola por completo—. No hay nada que pague mejor que la información.

Un peso helado se asentó en su estómago.

—¿Qué… clase de información? —titubeó.

Nabiki dudó unos instantes.

Y luego, dijo—:

—Quiero la primicia de tu matrimonio con mi cuñadito.

Akane se atragantó con su propia saliva.

Mientras un sonrojo se extendía por su rostro a la velocidad de la luz, Akane sintió la necesidad de esconder la cabeza en el refrigerador.

—No tengo ni idea de qué estás hablando —apuntó con dignidad.

Al otro lado de la línea, Nabiki emitió un sonido que se encontraba a caballo entre la risa y un resoplido.

—Ajá —contestó su hermana—. Tú ten en cuenta que este trato que te ofrezco tiene un plazo ilimitado, ¿vale? Las dos sabemos que tarde o temprano sucederá, por lo que no tenemos que complicarnos con fechas y esas bobadas. Lo único de lo que te tienes que preocupar es que yo sea la primera en saberlo todo. Todo, todito, todo.

Akane, incapaz de vocalizar algo que no se pareciese un bramido, no dijo nada.

—El silencio otorga, hermanita —canturreó Nabiki—. Tendrás que esperarte un par de horas. Tengo una reunión y no me la puedo perder por nada del mundo. Te llamaré de vuelta y te contaré lo que se me ha ocurrido, ¿vale?

—Está bien.

—Y ¿Akane? —Por primera vez en toda la conversación, Akane no tuvo la sensación de que se estuviese burlando de ella o de su inteligencia—. Tengo que decirte que me sorprende tu actitud. Jamás me habría imaginado que recurrirías a mí para estas cosas… —admitió con cierto orgullo—. Estás bien, ¿verdad?

Impresionada, pero en absoluto sorprendida por la inconfundible preocupación que se apreciaba en sus palabras, Akane sonrió.

—Estupendamente —pronunció con ligereza.

Y colgó.

Akane suspiró. Y con su exhalación, sintió que un peso enorme que no sabía que le oprimía el pecho hasta ese mismo instante abandonaba su cuerpo y le permitía respirar por primera vez en mucho tiempo.

—Nerima… —murmuró, sintiendo que la sonrisa se extendía en su rostro hasta límites doloroso—. ¡Allá voy!

Una tosecita le recordó que no estaba a solas en la cocina y que, en realidad, Akane no era la única que, al fin, volvía a casa.

—No quiero ser un aguafiestas —dijo Konatsu con cierta reticencia detrás de ella—, pero creo que debería ver esto, señorita… eh, Ukyo.

Akane giró sobre sus talones para ver a qué se refería su amigo.

Cuando sus ojos se clavaron en el animal negro que sostenía entre sus brazos, no pudo evitar soltar un bufido.

—Tienes que estar bromeando —dijo Akane.

Actuar con madurez estaba sobrevalorado.


A/N: Je je. Más vale tarde que nunca. Or so they say.

Este capítulo es feo. Lo odio. Además, lo he escrito en mi largos trayectos en tren y tengo que reconocer que no es mi mejor trabajo. Ni de lejos. Puede que hasta esté lleno de errores y espero que me los perdonéis, pero era o subirlo ahora que tengo la tarde libre o subirlo... a saber cuándo.

No puedo decir fechas de la próxima actualización porque ni yo sé cuándo volveré a tener tiempo para escribir!

Recordad que mi cuenta de IG es ma_gonaz97.