Descargo de responsabilidad: ni los personajes ni el argumento original me pertenecen. Yo solo juego con ellos porque el final del manga estuvo a puntito de provocarme una úlcera :D
Había un link en mi perfil de la imagen que he utilizado como portada, pero FF tiene algo en contra de los enlaces y ahora no sabría deciros exactamente quién es su autor.
Advertencia: para basarme en los personajes me he fijado más en el manga que en el anime. Pero también es cierto que han pasado años desde que me lo leí y aunque he vuelto a él para pescar algunos detalles necesarios para este fic no me puedo considerar una experta. Así que habrán errores, claro que sí, y si me los señaláis puede que los corrija o puede que no. Depende de si contribuyen en algo a la hora de contar este relato.
◤El Intercambio◢
«"1. tr. Hacer cambio recíproco de una cosa o persona por otra u otras". Ukyo y Akane no saben qué ha ocurrido, pero están más que dispuestas a desvelar el misterio por el que se hallan tan lejos de sus propios cuerpos. Y mientras se enfrentan a diversos desafíos, quizás encuentren respuestas que no sabían que buscaban. »
◉○ PARTE 2 ○◉
AKANE VII
«En el que Akane regresa a casa»
No fue hasta después de que Ryoga (al fin) sucumbiera a los efectos de su hiroshima okonomiyaki (cuya mezcla había estado burbujeando incluso en la nevera), que Akane se dio cuenta de algo muy importante: Nabiki no la había llamado, ni le había dicho en ningún momento en qué forma, o cuándo, debía esperar la ayuda que le había prometido.
Mientras salpicaba a Ryoga con un poco de agua fría que quedaba en su vaso, Akane se temió lo peor.
¿La habría timado? Durante los últimos años, Nabiki había demostrado una y otra vez que no estaba por encima de aprovecharse de su propia familia, pero Akane estaba convencida de que después de la conversación que habían tenido aquella tarde ni siquiera ella se atrevería a comportarse como un monstruo avaro sin sentimientos. Aquello destrozaría el bonito momento entre hermanas que habían compartido y Nabiki le había parecido conmovida de verdad.
—¿Qué vamos a hacer con él? —le preguntó Konatsu. Akane parpadeó, recordando que tenía preocupaciones mucho más inmediatas.
—Podríamos dejarlo otra vez en una comisaría…
Konatsu la miró con decepción.
—Si no funcionó la primera vez —le dijo, completamente inexpresivo—, ¿qué le hace pensar que funcionará una segunda?
Akane se encogió de hombros justo cuando P-chan emitía un gemidito lastimero. No pudo resistirse a cogerlo en brazos y apretarlo contra su pecho.
—Además, con la suerte que tenemos —continuó Konatsu sin especificar a quién se refería— lo más seguro es que nos encuentre en menos de un día.
—Supongo que tienes razón… —P-chan arrugó el ceño al ritmo de los retortijones que lo atacaban por dentro y Akane sintió que se le encogía el corazón—. ¿Tú crees que necesite ir al hospital?
Konatsu emitió un sonido que Akane quiso interpretar como una negación antes de desaparecer en la cocina con los platos sucios. En silencio, Akane contempló a la criatura que dormía un sueño intranquilo entre sus brazos y apretó los labios. Por una parte, seguía sintiéndose traicionada por alguien a quien ella había considerado su amigo, aunque no con tanta violencia. Por otra, no podía negar que se sentía culpable. ¿Y si le había causado algún daño irreversible? ¿Y si de verdad necesitaba asistencia médica?
Sintió que la sangre huía de su rostro cuando se le ocurrió que, en caso de que llegara a pasarle algo, tendría que ser ella quien avisase a Akari de lo sucedido.
Su consternación debía de verse reflejada en su rostro, porque cuando regresó con los utensilios necesarios para limpiar el estropicio de la cena, Konatsu suavizó su expresión y le dijo:
—El señor Hibiki es un artista marcial fuerte, ¿verdad?
Akane frunció el ceño y apartó la mirada del cerdito que un día había sido su mascota para encontrarse con la del hombre kunoichi.
—Sí, pero…
—Y el señor Hibiki ya había probado antes su comida, ¿verdad?
—Sí, pero...
—Y nunca le ha pasado nada grave hasta ahora, ¿verdad?
—Bueno… —en realidad, Akane recordaba que también se había desmayado en alguna que otra ocasión, aunque nunca con el dramatismo de aquella noche.
Konatsu no encontró su tono dubitativo especialmente interesante y continuó.
—Sigue aquí con nosotros —dijo con una sonrisa indulgente. Akane asintió, pese a que no estaba muy convencida de ello—. Además, nunca hemos confirmado que su comida sea venenosa. Quiero decir —apuntó Konatsu—, es un excelente repelente, eso no lo podemos negar… pero todavía no hemos comprobado su eficacia como insecticida, ¿verdad?
—Verdad —tuvo que reconocer Akane, aunque le habría gustado señalar que el mero hecho de que ni los insectos quisieran acercarse a cualquier cosa que cocinara sin mucho cuidado ya decía suficiente al respecto.
Era evidente que Konatsu solo quería animarla, y que lo hacía con las mejores intenciones, así que decidió que lo mejor era no decir nada.
—¿Por qué no buscamos una caja donde el señor Hibiki pueda dormir cómodamente? Así, si se despierta, no podrá perderse —propuso Konatsu con gentileza.
Akane accedió con una sacudida de cabeza.
—Y podemos fabricarle una almohada con un trozo de tela —siguió diciendo su ayudante—. ¿Qué le parece?
Una sonrisa curvó sus labios antes de que pudiese contenerla.
Momentos más tarde, P-chan descansaba sobre un lecho de lino, en una caja de cartón que habían limpiado tanto como fueron capaces. Akane la dejó a un lado de su cama, preocupada por lo que pudiera pasar si lo dejaba en otra habitación.
—Si mañana a primera hora no tenemos noticias de Nabiki —le dijo a Konatsu después de prepararse para irse a dormir—, tendremos que improvisar algún plan.
Al día siguiente, sin embargo, justo en el momento en el que tenía que decidir si el plan que necesitaba versaba sobre regresar a Nerima por sus propios medios o sobre sobrevivir un día más como la propietaria improvisada de un restaurante de okonomiyakis, Akane descubrió que, en realidad, no necesitaba un plan en absoluto.
Resultaba que Nabiki tenía muchos amigos desperdigados por todo el país, si por «amigos» uno entendía «personas importantes que le debían algo y no sabían cómo salir de esa difícil situación». Hacía mucho tiempo que Nabiki había descubierto el verdadero valor del dinero (que no era tanto) y en la actualidad prefería negociar con bienes mucho más preciados, como podían ser los secretos.
Cuando una extravagante limusina se detuvo justo a la puerta del local que había alquilado Ukyo, al principio había creído que se trataba de una equivocación. Al fin y al cabo, una persona que podía permitirse un transporte tan caro jamás se atrevería a poner un pie en un restaurante tan modesto. Pero entonces había salido de ella un anciano que temblaba tanto que Akane se había temido que le estaba dando un ataque. Y era su deber como buena ciudadana auxiliarlo, ¿no?
—¿Se encuentra bien? —preguntó con educación.
Pero el anciano parecía no haberla escuchado.
—La… señorita… Tendo... —fue todo lo pudo jadear aquel espécimen antediluviano. Y entonces Akane comprendió que, fuera quien fuese, venía en nombre de Nabiki.
Akane, en su estupor, apenas se había dado cuenta de que al anciano lo habían seguido dos hombres que, a juzgar por sus músculos, en algún momento de su vida se habían dedicado a la lucha libre. A diferencia del anciano, enfundado en una hakama oscura, vestían trajes negros de aspecto muy formal con un escudo bordado sobre el pecho. Konatsu, más perspicaz (probablemente porque el hombre kunoichi estaba acostumbrado a despertarse con el amanecer), no tardó en invitar a los recién llegados a tomar el té.
—Me… temo… —resolló el anciano—… que no… tenemos… tiempo. El… vuelo…
Temblaba tanto que uno de sus guardaespaldas tuvo que sujetarlo por el hombro para que no cayese al suelo. Su compañero dio un paso adelante antes de inclinarse en una profunda reverencia que hizo sentir muy incómoda a Akane.
Nunca se había encontrado en el extremo receptor de un saludo tan respetuoso. Y menos de alguien que, probablemente, la doblaba en edad.
—El vuelo que hemos reservado para usted y su compañero sale en apenas una hora —explicó tras incorporarse. Detrás de él, el anciano se secaba el sudor de la frente con un pañuelo de aspecto delicado—. Le rogamos que solo coja lo esencial para embarcar. Nosotros nos encargaremos de hacerle llegar el resto de sus pertenencias.
—Por supuesto —respondió Konatsu por ella con una amplia sonrisa—. Aunque debo preguntarle una cosa. ¿Una mascota cuenta como algo «esencial»?
El hombre parpadeó antes de girarse hacia su patrón. El anciano y él mantuvieron una conversación silenciosa durante lo que a Akane le pareció una eternidad. Finalmente, el anciano asintió con la cabeza y el guardaespaldas que se aseguraba de que se mantuviese en pie extrajo un aparato del bolsillo de su chaqueta que Akane no supo identificar.
—Necesitamos un asiento extra —le pareció oír que decía, pero su socio la distrajo recordándole amablemente que tenían un poco de prisa.
Akane tardó exactamente cinco minutos en hacerse una mochila con una muda de ropa limpia y la caja de P-chan. Konatsu necesitó incluso menos en declararse preparado para emprender el viaje. Los amigos de Nabiki, complacidos con su presteza, los instaron a entrar en la limusina, donde el anciano los esperaba rodeado de una extraña serenidad.
—No se parece… mucho… a su hermana —señaló.
Akane parpadeó.
—Eh… ahora mismo no, no —respondió con torpeza.
Konatsu, a su lado, ahogó una risita.
Y después, en un grito-susurro que no engañaba a nadie, preguntó al mismo tiempo que señalaba el escudo que había visto antes en los uniformes de los guardaespaldas y que también decoraba el interior del vehículo:
—¡¿Ese es el emblema imperial?!
Muchas horas y dos vuelos en primera clase más tarde, Akane seguía sin poder creerse la respuesta a aquella pregunta, pese a que el acuerdo de confidencialidad que los habían invitado a firmar nada más habían subido al primer avión la animaba a no darle demasiadas vueltas. Se había convertido en una de esas cosas en las que no podía simplemente no pensar.
—Su hermana tiene amigos muy interesantes, ¿no cree? —comentó Konatsu cuando, al salir del aeropuerto de Nerima, unos hombres vestidos de negro los acompañaron hasta otra limusina.
Akane ahogó una risa y se pasó una mano por los cabellos. «Interesante» era el eufemismo del siglo. Pero ¿qué hacía Nabiki en su tiempo libre? Mientras uno de sus guardaespaldas (porque no cabía duda de que, en ausencia de algún miembro de la familia imperial, eran sus guardaespaldas) le pasaba a P-chan sin decir nada una vez se acomodó en el interior de aquel lujoso coche, se dijo que mejor era no saberlo. La negación plausible existía por algo, ¿no?
Durante el corto trayecto hasta su casa, se entretuvo pensando en su familia. ¿Qué diría Kasumi de esta aventura? Probablemente le prepararía un té para que le contara todo lo sucedido. ¿Y su padre? ¿Le habría contado Ranma dónde estaba exactamente su niñita? Se estremeció solo de imaginarse el grito que pegaría su padre cuando se enterara de que hacía días que no dormía en su propia habitación.
El chófer los dejó al principio de la calle, pues un coche tan grande no podía pasar por allí. Akane les dio las gracias a todos sus acompañantes, intercambió una mirada cargada de incredulidad con Konatsu tras apreciar los lujos en los que habían viajado por última vez y cogió la jaula de P-chan con cuidado. Konatsu se encargó de su equipaje y juntos se dirigieron al hogar de los Tendo.
La puerta exterior estaba abierta, como siempre que había alguien en casa. Akane se imaginaba que Kasumi ya estaría preparando la comida, y que su padre disfrutaría de un juego de shogi en el porche que daba al estanque. Mientras tanto, Ranma…
Una exclamación malsonante la sacó de sus cavilaciones. Provenía del jardín, y Akane no pudo resistirse a comprobar de qué se trataba.
En cuanto los vio, se detuvo en seco.
A Akane le habían explicado en una clase de ciencias que la imagen que le devolvía el espejo era un reflejo con los rasgos invertidos al que solo ella estaba acostumbrada, y no lo que veían los demás precisamente. De hecho, dependiendo de la altura de la otra persona, podían percibirla de una u otra manera.
Entonces le había parecido un dato la mar de curioso que explicaba por qué ella se veía rara en las fotos cuando todos sus amigos le aseguraban que salía estupenda.
Ahora, la realidad de que ni siquiera conocía su propio rostro le provocó un escalofrío.
Aunque su rostro no fue lo primero que notó, no. Lo primero que notó de sí misma a través de los ojos de Ukyo fue que era bajita. No la sorprendía demasiado, pues hacía algunos años, cuando entendió el funcionamiento básico de la genética, se había hecho a la idea de que nunca crecería mucho más que sus hermanas. Y, aunque a veces fantaseaba con tener unos centímetros más de piernas, nunca se había planteado cómo sería su vida si midiera un metro setenta. No tenía sentido entretenerse pensando en imposibles cuando ni siquiera sabía andar con tacones.
Pero…
Akane no se había dado cuenta hasta ahora de que, en realidad, era diminuta.
Aunque probablemente solo si la comparaban con Ranma, quien bien podría haber sido un gigante en su vida anterior. Incluso sentado, era evidente que era alto y ocupaba casi todo el umbral de la puerta que conectaba el comedor con el porche de madera.
Ukyo, en su cuerpo, se inclinaba sobre el hombro Ranma para mirar algo que sostenía en su regazo. Se había puesto de rodillas, pues aquella maniobra habría sido imposible sentada.
Akane se sintió un poco extraña ante la falta de espacio que había entre los dos.
—Te estoy diciendo que el resultado es 47. ¡47! —oyó que insistía Ranma.
—Pero te has dejado un signo menos por el camino y esta multiplicación. ¡Tiene que dar 317!
—¿¡Qué?! —Ranma se acercó una libreta a la cara, como para leer más de cerca. Akane no pasó por alto que ni siquiera se había tensado cuando Ukyo se había movido y apretó la caja que sostenía entre sus manos—. Diablos, tienes razón.
—Pues claro que tengo razón. Las matemáticas son mi fuerte, ¿o es que no lo sabías?
—¿Y por qué narices tendría que saber yo eso?
Ukyo se apartó de Ranma lo suficiente como para mirarlo fijamente a los ojos con expresión impasible.
—¿Recuerdas cuál de los dos es propietario de su propio negocio? ¿O te lo recuerdo yo?
Ranma le respondió con una madurez impresionante para alguien de su edad: le enseñó la lengua con la misma seriedad antes de volver a perderse en sus ejercicios de matemáticas.
Ukyo emitió una risita de lo más tonta que Akane, nunca, jamás, había proferido en su vida.
Contuvo el impulso de lanzarle la jaula de P-chan a la cabeza.
—Pero mira que eres burro —comentó tras echarle otra ojeada a los deberes de Ranma—, el ejercicio 3 te da la ecuación. ¿Por qué te has inventado ese resultado?
Ranma enrojeció y la apartó de un manotazo.
A Akane aquel gesto tampoco la tranquilizó.
—Nadie te ha pedido tu opinión.
—Oh, pero no es mi opinión —dijo Ukyo con una sonrisita cruel que no tenía lugar en su rostro, pensó Akane—. Es un hecho.
Ranma gruñó algo que Akane no supo interpretar a tal distancia. Debía de ser algo extremadamente gracioso a juzgar por las risas en las que se deshizo Ukyo.
—¿Quiere que sujete al señor Hibiki?
Akane dio un respingo y miró al hombre kunoichi. Vaya, casi se había olvidado de que Konatsu estaba ahí. Sintió que un sonrojo empezaba a abrirse camino hacia su rostro cuando Konatsu la miró con complicidad, pero alzó la cabeza con orgullo y arqueó una ceja sin decir nada.
Konatsu disimuló una risa.
—Solo digo que tiene aspecto de querer… saludarlos —dijo Konatsu con un gesto de barbilla—. Y no creo que desee que el señor Hibiki se haga daño debido a su… entusiasmo.
Akane resopló. Nunca se habría imaginado que el ceremonioso hombre kunoichi que había conocido hacía tanto tiempo era en realidad un mierdecilla (1) de cuidado. Luego, sin más dilación, le pasó a P-chan.
Ignorando las carcajadas mal contenidas de Konatsu, se dirigió a la pareja (de amigos) que discutía tan felizmente en su jardín.
—Eres una profesora terrible —murmuraba Ranma en aquel instante.
—Pero qué dices —contestó Ukyo—. Soy una profesora excelente. Lo que pasa es que estás acostumbrado a que Akane te las perdona todas y...
—¡Akane no-! —empezó a decir Ranma.
Pero Akane, que conocía a la perfección su asombrosa habilidad para insultarla incluso cuando quería defenderla y no estaba de humor para encajarlo con gracia, lo interrumpió.
—Akane ¿qué?
Ranma emitió un chillido bastante impresionante, pero Akane apenas le prestó atención.
Porque fue entonces cuando se vio. Ukyo giró la cabeza en su dirección y Akane solo pudo apreciar la extraña simetría de su rostro, esos rasgos tan familiares que al mismo tiempo le parecían tan desconocidos, antes de empezar a tambalearse.
¿Por qué nadie le había dicho nunca que tenía la sonrisa torcida? ¿O que su nariz era tan pequeña?
Mientras el mundo daba vueltas a su alrededor, Akane se prometió preguntarle a la señorita Hinako si los colores también cambiaban de matiz según quién los mirase.
Su último pensamiento antes de caer inconsciente fue que había estado equivocada toda su vida.
Sus ojos nunca habían sido de un ordinario color marrón.
(1) He intentado encontrar en español un equivalente al "little shit" en inglés, que siempre he interpretado como una persona muy molesta a la que al final le tienes cariño y todo. En español "mierdecilla" me parece que tiene otro significado, pero bueno, aquí lo he usado en el sentido que os explicaba antes. ¿A alguien se le ocurre otro término con el mismo significado?
A/N: Si Ranma y Akane fueran a la universidad... ¿qué estudiaría cada uno? Es por curiosidad empírica, nada más :D
En respuesta a los reviews de invitados:
Night37: ¡Muchas gracias por dejarme un review aunque seas una lectora ninja! Tengo que reconocer con un poco de vergüenza que yo tampoco soy de dejar reviews, principalmente porque suelo "acumular" capítulos para leer de un tirón y solo me acuerdo de dejar mi opinión cuando he terminado. ¡Pero estoy tratando de cambiar mis hábitos porque los reviews significan tanto para un autor! Hacemos esto por amor al arte y saber lo que piensan nuestros lectores sobre lo que escribimos no tiene precio.
Y tu razón por la que lees fics es la misma por la que yo acabé escribiendo este. Rumiko fue tan cruel dejándonos ese final abierto... ¡Espero que este capítulo te haya gustado!
Manu: Hago esto porque quiero y probablemente solo escriba sobre parejas que me gusten y me sienta cómoda. Lo siento, pero ahora mismo no sería capaz de escribir algo así. ¿Tal vez si me explicas de dónde sale tu entusiasmo por esa ship en concreto? Aunque no prometo nada.
Teuton: Paciencia. Solo pido eso. Por otra parte, Akane nunca se ha dado cuenta de los sentimientos de Ryoga pese a que el chico más o menos le pega bofetadas con ellos, así que no veo por qué en esta historia debería hacerlo. Y no creo que sea una de esas personas que echa en cara sus sentimientos... a propósito. ;D.
Recordad que mi cuenta de IG es ma_gonaz97.
