Advertencias:

-soy de Buenos Aires, Argentina, por lo que hablo y escribo en español rioplatense. Si no les gusta esta variante del idioma, pueden evitarse la molestia de leer;

-este fanfic está marcado como apto para todo público, pero lo recomiendo para adolescentes en adelante. Los personajes están en plena pubertad, así que no va a haber escenas de sexo explícito, solo algunas alusiones como parte de la entrada a la adolescencia;

-tanto Shaka como Mu van a alternar una actitud de activo y pasivo en el sentido de quién encara al otro;

-va a ser una historia corta con una actualización mensual;

-cualquier duda que tengan siempre pueden consultarme;

Disclaimer: Saint Seiya y sus personajes son propiedad de Masami Kurumada. Todo lo escrito aquí es de mi autoría con el propósito de entretener sin recibir ninguna remuneración económica.

-NOTAS DEL CAPÍTULO-

Hola a quienes lean esto.

Soy Mayu o Lu, pueden llamarme de cualquiera de las dos formas.

Les doy la bienvenida a mi fanfic.

Esta historia surgió a partir de un dibujo que hice, el cual sirve de portada.

Lo más importante ya lo dije en las advertencias.

Solo me queda mencionar que al ser un universo alternativo, no existen los santos de Athena, los personajes no tienen las mismas edades o relaciones e incluí a algunos de The Lost Canvas, tal como lo hice en mi oneshot Cherry, pero no es una continuación de esa historia.

Si bien los personajes hablan un poco más en "argentino" a diferencia de mis otros fanfics, prefiero no definir dónde transcurren las cosas.

Pueden pasar a leer.

Capítulo 1

En la esquina de la escuela me balanceaba sobre mis propios pies mientras sostenía las correas de la mochila. La gente -en su mayoría alumnos de años mayores- me esquivaba al pasar. Levanté la vista al cielo y luego la bajé para buscar aquella cara que esperaba; al no encontrarla me resguardé del sol contra la pared del colegio.

Pasé la mochila de mi espalda al pecho, la abrí, busqué el libro de Historia; antes de sacarlo me aseguré de que no hubiera nadie cerca que pudiera descubrir lo que guardaba. Pasé las páginas hasta dar con la carta que había encontrado en mi escritorio después del primer recreo. Volví a asegurarme de tener la privacidad suficiente y comencé a leer:

»Ayer te vi con el pelo atado, te quedaba muy bien. Ojalá vinieras así al colegio.

Tenía la cara ardiente. Me pasé una mano por el pelo con disimulo y seguí leyendo:

»Sos muy lindo, Shaka. En serio. Algún día vas a ser mi novio.

Cerré el libro de golpe y lo guardé a las apuradas. Me quedé cabizbajo abrazado a la mochila. Mi estómago era un revoltijo de sensaciones que me hacían latir el corazón y vibrar las piernas. La palabra «novio» me sonaba tan rara; mi cerebro la reconocía y al mismo tiempo no le hallaba el significado, como si me encontrara frente a un idioma extranjero que recién estaba aprendiendo.

Me pregunté qué número de carta era esa; tal vez la siete, quizás la diez, aunque estaba seguro de que en la caja de zapatos debajo del montón de útiles viejos que ya no usaba debía tener unas veinte. El que llevaba la cuenta era Mu y todavía no había aparecido para preguntarle. Aunque no era algo que quisiera hacer: se iba a burlar de mí como cada vez que recibía una nueva. Podía escuchar con claridad su voz diciendo algo como «No te olvides de invitarme a tu casamiento», «Vas a tener que pedir permiso para salir a jugar conmigo», o «Yo te vi primero»; su reacción dependía de su estado de ánimo, del clima y la alineación de los planetas.

Llevábamos medio año de clases y desde el viernes de la primera semana recibía cartas de alguien con algún tipo de interés amoroso -aunque al principio me parecía más una obsesión- sobre mi persona. No tenía la más mínima idea de quién podría ser: no hablaba con mis compañeras y solamente trataba con mis amigos; alguien de otro curso era imposible (y pensar en algún docente me repugnaba). Sin embargo, hacía cosa de un mes que me había comenzado a acostumbrar a tal situación; si de casualidad se acercaba el fin de semana sin haber recibido una carta me sentía intranquilo y me preguntaba si había hecho algo que molestara a esa persona para que perdiera el interés en mí.

Poco sabía de su identidad: iba al mismo colegio, compartíamos la mayoría de los profesores y su materia favorita era Química. Si era chico o chica, de mi edad o mayor, eran cosas que se habían convertido en una especie de adivinanza que obviamente yo iba perdiendo. En aquel entonces las redes sociales no eran tan comunes como hoy, así que no podía hacer una investigación más a fondo. De hecho, algo me hacía pensar que a esa persona no le gustaba la tecnología: todas sus cartas estaban escritas en máquina de escribir (mi padre tenía una que era de mi abuelo y cuando era más chico me mostró cómo funcionaba). Ese detalle se me hacía encantador. Yo apenas miraba televisión, algún que otro programa que Mu o Aioria me recomendaban hasta el hartazgo y el noticiero a la hora del desayuno con mis padres, pero nada más; prefería escuchar la radio, cosa que tenía por costumbre antes de ir a dormir desde que iba al jardín de infantes.

Miré alrededor y me sentí tan fuera de lugar; todos hablaban de los planes para el fin de semana, de juntarse a ver películas, salir a bailar o jugar al fútbol. A veces tenía la impresión de que era imposible que aquella persona de las cartas estuviera entre esa gente con la que no conectaba. Si no hubiese sido porque mi padre y el de Mu se conocían desde que estaban en la secundaria, nunca habría hecho ni un amigo.

«¿Dónde estará ahora?», me pregunté. Estiré el cuello a la vez que me paré en puntas de pie para buscarlo. Al no encontrarlo volví a recostarme contra el muro.

Giré la cabeza a la derecha, donde la pared doblaba, y vi lo que desencadenó aquello que denominé «el resto de mi vida». Al recordarlo ahora me río de mí mismo por haberme sorprendido tanto de ver al hijo del profesor de Química besarse con otro chico. Pero en aquel entonces yo era bastante ingenuo, no me gustaba que la gente se me acercara demasiado y vivía con la fantasía de que alguien se había enamorado de mí por primera vez y confesaba sus sentimientos a través de cartas. Quizás fue el hecho de que, prácticamente, se comían la cara el uno al otro. La manera en que abrían la boca y jugueteaban con sus lenguas me revolvió el estómago.

Que estuvieran haciéndolo en público me chocó bastante. Yo estaba en primero y ellos eran un par de años mayores; nuestro colegio hacía mucho hincapié en que los de cursos más avanzados dieran un buen ejemplo. Además, uno de ellos era hijo de un profesor, pero ahí estaba con su pelo de tono celeste más alborotado de lo habitual porque el otro le enredaba los dedos entre los mechones.

No sé cuánto tiempo estuve mirándolos, ni si mi boca estaba tan abierta y mi cara tan roja como las sentía. Fui consciente de ello cuando me tocaron el hombro; giré rápido y mi mirada se clavó en los ojos verdes de mi amigo.

—Perdoná, Shaka. A Aioria le dieron ganas de cagar.

—¡Mu! ¡Dejá de decir eso!

—¡Pero si es la verdad!

—¡No fui a cagar! ¡Fui a comprar las fotocopias de Geografía y había mucha gente!

—Aioria, eran para hoy. ¡¿Recién ahora las comprás?!

—Así las voy a tener cuando el profe me pida la carpeta para ver si la tengo completa… otra vez.

—¿Cuántas materias pensás llevarte este año?

—¡Voy a aprobar en el último trimestre!

Mu suspiró y negó con la cabeza.

—¿Por qué no podés ser igual de aplicado que nosotros? Mirá a Shaka que se sacó tres diez esta semana.

—Cualquiera aprueba siendo chupamedias.

—¡¿Shaka, escuchaste lo que dijo?!

Realmente no recuerdo si eso fue lo que pasó, yo estaba más concentrado en la pareja que se alejaba, agarrados de la mano, entre la muchedumbre. Nadie les decía nada, era como si fueran ajenos al mundo que los rodeaba y la idea de caminar con alguien de esa forma me supo emocionante.

—¿Ese no es el hijo del profesor de Química? ¿Aphrodite, no? —preguntó Aioria.

—Sí —respondió Mu— y ese es su novio. Le dicen Deathmask, ni idea cómo se llama.

—¿Por qué le dicen así?

—Porque sale a hacer grafiti con una máscara y una capucha negra.

—¡Fua, Mu, estás en todas!

—Eso me lo contó Milo. ¿Vieron los peces que están pintados en la pared de la estación?

Aioria y yo -que por alguna razón se me dio por prestarle atención a mi amigo- asentimos.

—Lo hizo Deathmask para pedirle a Aphrodite que fuera su novio. Milo lo vio desde la ventana de su pieza cuando lo hizo. En una noche lo terminó.

—¡Qué piola!

—¿Quién diría que sería así de romántico, no? —dijo Mu con una sonrisa de costado y me miró—. Las cartas son más discretas.

De pronto, el bochorno. Aioria se carcajeó.

—¿Seguís recibiendo cartas? —preguntó en burla— ¿Cuándo te vas a casar?

Sus comentarios siempre me parecieron estúpidos; no había un solo día en que no quisiera golpearlo -deseo que cumplí dos veces en todo este tiempo. Traté de mantener la calma y con mi mejor cara de póquer le dije a mi amigo:

—¿Mu, podemos irnos?

—Ah, sí. Pero Aioria viene con nosotros.

Lo miré como queriendo preguntarle «¿por qué me castigás así?». Él solamente se rio.

—Su hermano va a pasar a buscarlo más tarde.

—Sí. Es que mi abuela salió con sus amigas del taller de tejido y no va a volver hasta la noche… Seguramente va a volver en pedo.

Empezamos a caminar.

—Tu abuela es re copada —dijo Mu—. El bizcochuelo que prepara está muy bueno.

—¡Todo lo que cocina mi abuela es un manjar!

—El guiso que comimos después del partido de handball estuvo muy rico.

—Es mi favorito. Siempre me lo hace por mi cumpleaños.

Mu me miró sonriente y me abrazó por el cuello.

—La mamá de Shaka también prepara comida rica. Hasta le pasó recetas a la mía para que se entretenga mientras estuvo de licencia. ¡Ah! Como te vas a quedar a dormir dijo que hoy vamos a comer rajma.

Aioria volvió a reírse. Mu le dio un codazo y le dijo que no me molestara más.

Mu vivía a unas ocho cuadras del colegio, así que fuimos caminando. En todo el trayecto estuve bastante callado; no dejaba de pensar en la carta que había recibido ese día. Cada vez que pasábamos frente a un cristal aprovechaba a mirarme. Desde que tuve uso de razón siempre me decían que era muy lindo; a la gente le gustaban mucho mis ojos azules y me elogiaban por tener una piel tersa -en la adolescencia ni siquiera tuve problemas de acné. Sin embargo, pensar que le parecía atractivo a alguien fuera de mi círculo cercano y quizás de mi edad se sentía distinto.

Mu avisó cuando entramos a su casa. Enseguida se asomó por una puerta su madre con Kiki en brazos; mi amigo tiró la mochila al piso para correr a cargarlo. Él podía ser tierno cuando quería y lo era mucho más si se trataba de su hermano. A mí no me gustaban los bebés, pero ver a mi amigo así en el fondo me daba un poco de nostalgia: cuando mi hermana tenía la edad de Kiki yo hacía lo mismo.

La madre de Mu nos dijo que fuéramos a lavarnos para poder merendar, por lo que nos dirigimos al baño.

—Kiki también va a merendar con nosotros, ¿no? —dijo mi amigo dándole besitos a su hermano— Sí, sí… Él ya es parte del grupo.

—¿Puedo hacerle upa? —preguntó Aioria.

—Bueno, pero cuidado que babea.

—No pasa nada, estoy acostumbrado. Milo también babea cuando se queda dormido en clase… Ah, no pesa tanto como creí.

—A ver qué pensás después de tenerlo así media hora… ¿O no, Shaka?

Preferí no responder y solamente lavarme las manos.

—¿Qué vas a hacer cuando tengas hijos con la persona de las cartas? —me preguntó Aioria con el tono burlón que odiaba.

—No va a ser con vos, no tenés por qué preocuparte —respondí.

Mu se rio y Aioria me miró mal.

—Shaka tiene mucho tiempo para decidir eso —comentó mi amigo—. Por ahí hasta un día decide que sí quiere hijos y sea buen padre… Eso es algo que me gustaría ver.

—Yo no —dijo Aioria—. Me dan escalofríos de solo imaginarlo. Shaka tiene pinta de nene bueno, pero por dentro…

Aunque fue una conversación tonta me dejó pensando mucho más todavía de lo que ya había estado desde que apareció la carta en mi escritorio esa mañana. Mu era mi mejor amigo, nos conocíamos prácticamente desde que nacimos; con él podía abrirme sin miedo de que me juzgara mal. «Esa persona no me conoce de verdad —pensé—. ¿Por qué le gustaré?».

El resto de la tarde fue entretenida. Mu tenía un nuevo juego que su padre le había traído de un viaje al exterior hacía unos días y tratamos de avanzar la mayor cantidad posible de niveles -yo me dediqué más a mirar y pensar estrategias que a jugar porque siempre fui malísimo para los videojuegos. Gracias a eso Aioria no me molestó tanto con el tema de las cartas. Por suerte alrededor de las siete pasó su hermano a buscarlo y todo fue más tranquilo.

Nos bañamos y cenamos cuando llegó el padre de Mu. Luego hicimos la tarea de Lengua. Siempre nos dejaban estar despiertos hasta pasada la medianoche con la condición de que no hiciéramos ruido para no despertar a Kiki, así que mi amigo tenía varias cosas para nuestro entretenimiento. Me mostró un radio viejo que había arreglado por su cuenta. No se escuchaba tan bien como el que tenía en mi casa, pero su intención me hizo muy feliz.

—Ahora no vas a perderte tu programa cada vez que vengas.

—Gracias, Mu. No era necesario.

—No pasa nada. Fue re fácil. Lo que sí la perilla para cambiar de estación se mueve con las vibraciones y hay que estar ajustándola cada tanto.

—Está bien. Me gusta el sonido que hace cuando tenés que cambiar de estación.

—¡Vos sí que tenés gustos raros! —dijo mientras reía.

—¡Ah, mirá quién habla! —respondí de la misma manera.

—Sí, supongo que lo soy por preferir quedarme en mi casa un viernes a la noche para arreglar un trencito eléctrico.

Miré al centro del cuarto donde estaban las herramientas de Mu desparramadas junto a un montón de cables y piezas que seguramente haría encajar en el tren a escala en el que había estado trabajando por semanas.

—¿Todavía no lo terminaste?

—No. Lleva unos tornillos que no pude conseguir por acá cerca… Pero Saga dijo que va a ver si tienen en su facultad.

—Ojalá que sí.

—¡Sí! Ya quiero terminarlo para mostrárselo a Kiki.

Mu se recostó en el piso, agarró un destornillador y se puso a trabajar.

—¿No es hora de tu programa? —me preguntó.

—¡Cierto! Ya debe haber empezado.

Busqué la estación que me sabía de memoria y en efecto ya iba por la mitad de una canción -lo supe porque la había escuchado en varias oportunidades. Me senté en el colchón, con la espalda contra la pared y la mirada sobre un punto cualquiera.

«Porque me dejan pensar

en toda esa gente humana

y después, para jugar,

hasta me atan a mi cama».

—Shaka.

—¿Qué pasa?

—Esa música… —dijo y se sentó— Me pone triste.

—Ah… P-perdoná. Si querés apago.

—No, está bien —Suspiró—. A veces no te entiendo.

No supe qué responder. El gusto por la radio era algo que Mu y yo no compartíamos, no importaba cuánto me esforzara por explicarle.

—Cuando estoy con vos siempre es divertido —dijo de la nada—. Pero la música que pasan en ese programa es todo lo contrario.

—No es toda así.

—Bueno… Al menos tu papá es psiquiatra y va a saber qué hacer en caso de que te pongas muy triste.

—No voy a deprimirme por escuchar este tipo de música. Tenés que prestarle atención a la canción en su conjunto, tanto letra como música.

—Si vos decís…

Las próximas canciones fueron bastante variadas: algo de jazz, un tango y una mezcla rara de música clásica y electrónica. Mu siguió con lo suyo mientras tanto; de vez en cuando movía las piernas al compás de la música. Su piel blanca me recordó al juego de té de mi abuela que rompí sin querer a los siete años.

«Siempre es fácil llorar, pero quiero reír

Si pretendo ser fuerte, hasta olvidaré la ternura

Así que quiero ser honesta

Quiero tu amor»

—Esa no está tan mal —dijo mientras cortaba unos cables.

—¿Viste?

—Pero sigue siendo triste.

—Ya te dije: apreciala en su conjunto.

—¿Y los sentimientos?

—¿Eh?

—¿Nunca te pusiste a pensar en eso? ¿No te duele el pecho cuando escuchás esas canciones?

—Mmm… No.

Mu negó con la cabeza a la vez que suspiró.

—Tal vez algún día lo entiendas —dijo y volvió a su trabajo.

Pronto la canción terminó y habló el presentador del programa.

«Vamos con el horóscopo para el comienzo de la semana».

—No me digas que creés en eso —dijo mi amigo con una risita al mismo tiempo que se giró para verme. En ningún momento soltó las piezas con las que estaba ocupado.

—No sé si creo —respondí—. Pero me parece interesante.

«Atención a nuestros oyentes del signo de Aries».

—Ese es el mío —dijo Mu—. A ver qué tienen los astros para mí.

«Lánzate de una vez o vas a estar siempre pensando en lo que pudo haber sido y no fue. Es el momento de correr el riesgo».

Mu soltó una carcajada.

«Amor: haz lo posible para reflejar los sentimientos con palabras y demostraciones de afecto. Verás que en poco tiempo el vínculo amoroso mejorará».

—¡¿Ah?!

Entonces fue mi turno de reír al ver la cara roja de mi amigo.

«Clave de la semana: si deseas arriesgarte, hazlo; pero que sea en compañía».

—¡Shaka, dejá de reírte!

—P-perdoná… Es que… parece que estás de suerte en el amor.

La cara se le puso más roja todavía. Infló los cachetes y volvió a darme la espalda. Yo me recosté para seguir escuchando el resto de las predicciones. De vez en cuando miraba a Mu, más que nada a su pelo atado en un trenza.

—Yo no tengo ese tipo de suerte —dijo en tono bajo.

Mi amigo nunca se había tomado en serio el tema del amor. Sabía que varias chicas gustaban de él, pero no le importaba. Supuse que era normal, algo típico de la edad y que algún día me diría que se había enamorado. Aunque yo no era más experimentado que Mu, lo veía como un nene que aún estaba muy lejos de la pubertad y de toda la crueldad de la adolescencia. La sonrisa pícara no faltaba ni un solo día en su cara, era difícil que perdiera el brillo de los ojos o el rubor en los cachetes. A veces deseaba que se quedara así para siempre, pero sabía que estaba creciendo al igual que yo.

Bostecé, luego de frotarme un ojo volví la mirada a mi amigo que se había puesto de pie; fue entonces que noté que era lampiño. En la radio iban por las predicciones para Géminis. Mu buscó unas pinzas en el escritorio y volvió a sentarse en el piso. Se inclinó hacia adelante; la camisa del pijama se abrió un poco y parte de su pecho blanco quedó descubierto.

«Vamos con Cáncer», dijo el conductor.

Mu se pasó un mechón por atrás de la oreja y me miró con una de las sonrisas que tenía cada vez que se burlaba de mí.

—¿Por qué me mirás tanto? —preguntó.

—Ah… N-no… Estaba pensando.

—¿En qué?

Miré en todas direcciones por una excusa y no hallé ninguna. Mis ojos se dirigieron otra vez a su piel.

—Eh… ¿Ya… te salió pelo en el pecho?

—No y no creo que vaya a salirme. Mi papá no tiene pelo en pecho… y mi mamá tampoco.

—¡Mu! —exclamé a la vez que apreté los párpados y me cubrí la cara— ¡No quiero imaginar esas cosas!

Mu se llevó las manos al abdomen, descostillándose de la risa. Inflé los cachetes y le tiré una almohada en la cara.

—Ya, perdón, perdón… No más eso de meter a nuestras madres en conversaciones sobre pelo.

—Otra vez…

—¡La última, en serio!

Tardó unos segundos en controlar la risa y suspiró para volver a su sonrisa pícara.

—¿Ya te salió pelo en algún otro lado del cuerpo?

—¿En… qué parte?

—Cualquiera.

—Emm… —Seguramente tenía la cara roja.

—A mí sí me salió. ¿Querés ver?

—¿Qué?

Se desabotonó el pijama y sacó un brazo que después levantó.

—Ya tengo pelo en las axilas.

«Llegó el turno del signo de Leo».

Fue tal el alivio que sentí en ese momento que dejé salir un suspiro por mi boca. Mi amigo rio mientras se cerraba la camisa.

—Ay, Shaka… ¿Qué pensaste que iba a mostrarte?

—No… Nada —respondí con la mirada a un costado.

—No puedo mostrarte mis partes privadas… a menos que quieras ver.

—¡Así estoy bien, gracias!

Sin dejar de reír agarró una pieza con varios cables, un destornillador y una pinza -sostener dos herramientas con una mano era uno de sus talentos especiales.

—¿Ya tenés pelo ahí abajo? —preguntó casual.

—¿Ahí… abajo?

—Sí, en la ingle.

—Eh… U-un poco.

—¿Es rubio o de otro color? El mío es un poco más oscuro que el pelo de mi cabeza.

—Un… rubio más oscuro.

—Mirá vos… —Cortó un cable— Y… ¿Ya tuviste un sueño húmedo?

—¿Por qué me hacés estás preguntas?

—Vos empezaste con el tema de los pelos.

Me tiró la almohada que minutos antes había usado para golpearlo. Luego de que me diera en la cara la abracé con fuerza.

—Si te hace sentir mejor —dijo mientras miraba un tornillo—, yo todavía no tuve uno, pero tampoco estoy impaciente por que pase.

«Ahora es el turno del signo de Virgo».

—¡Ah, es el tuyo! A ver qué dice.

Mu miró el radio expectante, como si la persona que hablaba fuera a salir de allí.

«Comprende que muchas veces las decisiones precipitadas pueden llegar a ser causa de un arrepentimiento futuro. Piensa bien antes de actuar para luego no arrepentirte».

—¿Escuchaste, Shaka? Mucho cuidado.

Abracé más fuerte la almohada y no respondí.

«Amor: transitarás una semana donde los astros y el amor jugarán de tu lado en todo lo que emprendas. Redobla la apuesta y disfrutarás sin escrúpulos».

—¡Ohhhhh! Parece que vos también tenés mucha suerte en el amor.

—E-esas cosas… no me interesan.

—¿Seguro?

«Clave de la semana: si algo te inquieta, hazle caso a tu sexto sentido».

Mu sonrió más ancho.

—No molestes —le dije con un puchero.

—El karma hizo lo suyo —dijo—. Pero no tenés por qué quejarte; no te va a ir tan mal.

—¿No era que no creías en el horóscopo?

—Cambié de idea.

Lo miré con los ojos entrecerrados. Él solo rio y dijo:

—Parece que voy a tener mejor suerte que vos la semana que viene. Tal vez deba aprovecharlo. ¿Qué decís?

—No sé. ¿Cómo lo harías?

Mu dejó las herramientas en el piso, se levantó y sacudió las manos. Caminó hasta sentarse en la cama. Con ojos grandes y brillantes como los del cachorro más tierno, una sonrisa color durazno y un poco de rubor me preguntó:

—¿Shaka, te puedo besar?

Los cachetes se me calentaron de golpe y en mi mente comencé a recordar cada paso que había dado hasta esa situación, desde que llegué a la escuela en la mañana, la emoción de encontrar la carta, cuando vi a esos dos besarse en la esquina. Ese detalle lo empeoró todo: la escena seguía fresca en mi mente y ver los labios rosados de Mu fue como revivir el momento. El pulso se me aceleró tanto que la cara de mi amigo provocaba dolor.

—¿Puedo? —preguntó de nuevo.

—Eh… ¿Q-qué?

—Si te puedo dar un beso.

—¿En… la boca? —Mu asintió mordiéndose el labio en una sonrisa— Pero… ¿Por qué querés…?

—Hace mucho… que lo vengo pensando.

Agaché la cabeza, la cara me quemaba y tenía una sensación rara en el estómago, como me pasaba con cada carta que llegaba. Era la primera vez que alguien me pedía un beso; si no hubiese sido Mu lo habría rechazado al instante, pero él era mi mejor amigo: el cariño que le tenía no me permitía negarme a sus muestras de afecto. A pesar de sus chistes él siempre había tenido ese tipo de gestos para conmigo; la cantidad de fotos donde salíamos abrazados o dándonos besos en las mejillas eran la prueba -aunque empezamos a perder la costumbre alrededor de los ocho años.

—Shaka… —Mu dijo mi nombre y me agarró la mano.

Lo miré avergonzado. Parecía un muñeco con los ojos enormes y centelleantes.

—¿Puedo ser tu primer beso?

El corazón se me puso como loco. Si aceptaba no tenía idea de qué hacer; no me creía capaz de dar un beso como el que se dio la pareja de la esquina. Mu se relamió y el cosquilleo en mi panza empeoró.

—¿Puedo? —volvió a preguntar.

—E-es que… no sé…

—¿Qué no sabés?

Apreté los párpados.

—No sé besar.

—Podés aprender —dijo.

Me acarició la mejilla y pegué la espalda a la pared.

—¿Querés aprender conmigo?

—Pero… si alguien se entera…

—No le voy a decir a nadie —Inclinó la cabeza sobre el hombro izquierdo—. ¿Querés?

Bajé la mirada. Tenía tantas dudas que no sabía a cuál prestarle más atención. Mu nunca se había visto tan lindo como en ese momento y no entendía por qué. Una parte de mí decía que aceptara, que lo ideal era tener mi primer beso con mi mejor amigo, la persona en la que más confiaba. Pero, por otro lado, no quería decepcionarlo o descubrir que besar era una actividad asquerosa.

—Shaka, no tengas miedo —dijo muy dulce y me levantó la cara—. No te voy a lastimar, jamás podría.

—Mu…

Me acarició el labio y susurró:

—Cerrá los ojos, ¿sí?

Me temblaba la mandíbula, el aire entraba entrecortado y el pulso iba cada vez más rápido. Aun así cerré los ojos. Mu me agarró más fuerte la mano. El colchón se hundió cuando se arrodilló. Hacía demasiado calor y me llegó un perfume a manzana.

Abrí un ojo: Mu estaba muy cerca de mi cara, tenía los cachetes colorados y los labios fruncidos, listos para hacer contacto con los míos. «¿Por qué está pasando esto? —me pregunté— ¿Por qué Mu quiere besarme? ¿Yo también quiero hacerlo? Si nos besamos, ¿significa que le gusto?». Mientras más se acercaba yo hacía el rostro a un lado. «¿Vamos a ser novios después de esto? ¿Es necesario que lo seamos? Pero él es mi mejor amigo y no quiero que eso cambie», pensé y apreté los párpados. «¿Y la persona de las cartas? ¿Qué va a pasar si se entera?».

Entonces puse las manos contra el pecho de mi amigo.

—No… Mu, e-esperá.

Abrió los ojos mientras se apartaba.

—¿Qué pasa?

—Perdoná, pero…

Poco a poco la expresión de confusión que tenía cambió a una de tristeza y sentí que tenía que hacer algo antes de que empeorara todo.

—N-no, no pongas esa cara. Es que… Bueno… Creo… que deberías besar a la persona que te guste.

Mu agachó la cabeza y se refregó el brazo izquierdo. No perdía el rubor de las mejillas.

—Por eso… quería hacerlo con vos.

Parpadeé un par de veces. Mi cerebro no llegaba a procesar las palabras que había escuchado.

—¿Eh?

—Nunca te diste cuenta —dijo con un puchero— y eso… que te lo dije muchas veces.

Entonces intenté hacer un repaso rápido por varias escenas en que Mu me había dicho que le gustaba. En ese instante solo recordé la más reciente: la vez que jugando a las escondidas nos ocultamos en el galpón del club y esperamos abrazados cinco minutos a que alguien nos encontrara; él aprovechó para decirme que mi pelo era muy suave, que mis ojos eran lindos y que le gustaría quedarse así para siempre. Me pregunté qué habría pasado si mi hermana no hubiera aparecido.

—¿En… serio?

Mu se abrazó las piernas y ocultó la cara entre las rodillas.

—Por eso te digo que no entendés nada sobre los sentimientos.

—Sí que entiendo.

—No, no lo hacés. Siempre esquivás ese tema —Me miró con un solo ojo—. Nunca me dijiste que me querés siquiera.

Abrí la boca para defenderme, pero no dije nada porque tenía razón. Me pasé la mano por el rostro y suspiré.

—Tiene que ser una broma.

Mu volvió a esconder la cara. La desesperación era total. Me arrodillé y lo sacudí suavemente de un lado a otro.

—¿No es un chiste? —le pregunté.

—¿Por qué pensás que lo es?

—Siempre me estás molestando con esas cosas, por lo de las cartas.

—Las cartas… —dijo y me miró.

Lo solté y volví a sentarme.

—¿Esas cartas te parecen un chiste? —preguntó.

Jugueteé con mis dedos.

—N-no… Bueno, al principio sí… Pero… esa persona dice cosas muy lindas… Creo que debe ser alguien muy valiente para abrirse de esa manera.

—¡¿Y yo no lo soy?!

—M-Mu…

—Yo te lo dije a la cara… Siempre traté de demostrártelo.

—Pero… Mu… Vos sos mi mejor amigo.

Frunció el ceño y volteó el rostro.

—¿Y eso no significa nada para vos?

—¿Q-qué?

Se cubrió la boca y con la cara roja preguntó:

—¿No te gusto… aunque sea un poco?

De nuevo, mis latidos aumentaron el ritmo. No entendía cómo Mu podía ser tan lindo al decir esas cosas o por qué de pronto había empezado a notarlo. Pero había algo que me impedía pensar en él como algo más que un amigo.

—Perdón —le dije—. Tenés razón: no soy bueno con los sentimientos… Sí me importás, pero…

—Te gusta alguien más, ¿no?

Asentí levemente. La radio seguía sonando:

«En alguna parte de mi corazón sabía que la felicidad no continuaría

Estos sentimientos de amor no van a cambiar, pero le digo adiós para siempre a los días de diversión».

—¿La persona de las cartas? —preguntó con la mirada vacía.

—S-sí.

—Pe-pero ni siquiera sabés quién es. ¿Cómo puede gustarte?

—Es como con las canciones: el papel que elige, la máquina de escribir…

—Las canciones hablan de sentimientos —dijo— y vos no los entendés.

—Y vos tampoco entendés los sentimientos de esa persona.

Mu infló el pecho y apretó los labios.

«Cuando me doy cuenta, las lágrimas se derraman. Quiero desaparecer, morir, volverme loco»

Me levanté de la cama y apagué la radio. Volteé a ver a Mu: estaba cabizbajo, con la mano se agarraba de la sábana. Tragué saliva. No me gustaba verlo así. Caminé hacia él, estiré la mano pero no llegué a tocarle el hombro.

—¡¿Es en serio?!

De pronto empezó a carcajear. Retrocedí unos pasos del susto. Mu se reía con ganas, con las manos en la panza, movía las piernas. «¿Se volvió loco?», me pregunté.

—M-Mu… ¿Por qué…?

—Es que… No… Pará, no puedo… ¡Es muy gracioso!

Dio bocanadas de aire para calmarse. Se limpió una lágrima y se sentó.

—Ay, perdón… No pensé que fueras a caer.

—¿Qué?

Se recostó en el colchón, con los brazos detrás de la cabeza, una pierna flexionada y la otra cruzada sobre la rodilla.

—Necesitaba saber qué tan serio era para vos el tema de las cartas.

—No… te entiendo.

Suspiró fastidiado.

—Shaka, si de verdad te gusta esa persona deberías hacer algo para descubrir quién es. Algún día podría cansarse de esperar.

Arrugué la frente.

—Esperá… ¿Por qué ahora decís eso? ¿No estabas a punto de…?

—Era un chiste.

—¡¿Qué?!

—Es que vos no reaccionás a menos que te provoquen —dijo a medida que se sentaba—. ¡Ya van seis meses y todavía no hiciste nada!

No respondí; era demasiado confuso, no sabía qué pensar. Mu era más raro de lo que había imaginado -y eso recién era el principio.

—Cambiá esa cara —me dijo—. Fue una broma, bastante pesada, lo admito, pero no me dejaste otra opción. Especialmente al saber lo que te pasaba.

—Entonces… ¿No te… gu-gu-gus…?

Se llevó una mano a la cara y negó.

—No, Shaka. No me gustás.

—¿Y por qué querías…?

—¿Por qué quería besarte? No iba a hacerlo… Bueno, si en serio querés, podría ayudarte a practicar. Pero dudo que te animes, así que no importa.

—Pará.

—¿Qué?

—¿Cómo que me ayudarías a practicar?

—Sí, para cuando llegue el momento con cierta persona.

—Pero… ¿Vos ya…?

Rio nervioso.

—Hay un par de cosas que no te conté de las vacaciones de verano. ¡Pero eso no importa ahora!

—¡¿Cómo que no importa?! —Tomé asiento de frente a él— Quisiste besarme, me dijiste que te gustaba, ahora resulta que fue una broma y que ya diste tu primer beso. ¡¿Y no me contaste?!

—Sí… Bueno… No fue la gran cosa… Yo tampoco sabía cómo hacerlo. ¡Por eso no quiero que vos pases por lo mismo!

Me dio un tic en el ojo.

—Mu… sos muy raro.

—Lo sé —Sonrió—. Como sea… Ya me dio sueño.

Agarró un control remoto que estaba sobre la cabecera de la cama. Apretó un botón y encendió la lámpara en la pared; otro y apagó la luz del techo. Luego abrió las sábanas para meterse en la cama.

—Podés prender la radio. No me molesta.

—¿Ya te vas a dormir?

—Sí. Te dije que tengo sueño.

Mu se acostó de cara a la pared. Cuando quería dormir era mejor no molestarlo, así que volví a prender la radio y me dediqué a disfrutar el resto del programa; ayudó a devolverme la calma, además de traer a mi memoria recuerdos de cuando era más chico, de la época en que escuchaba con mi abuelo. Finalmente el conductor se despidió hasta el lunes. Sonriente, apagué el aparato y volví a la cama.

Me estiré para alcanzar el control remoto. Entonces noté que Mu parecía tener un mal sueño: arrugaba la frente mientras balbuceaba. Me acerqué a verlo mejor; tenía marcas de lágrimas en los cachetes. Se me estrujó el pecho con esa imagen. Luego hice lo mismo que acostumbraba con mi hermana en esas circunstancias: apoyé una mano en su hombro a la vez que decía su nombre.

—No llores. Es un sueño, no te va a pasar nada malo.

Un sollozo apenas audible sonó entre sus labios.

—Mu, estoy con vos. Todo está bien.

—Shaka…

Aparté la mano ante el temor de haberlo despertado. Aguardé unos segundos en los que siguió quejándose. Volví a mirarle la cara; lo que fuera que estuviera soñando era demasiado triste para provocarle lágrimas tan gruesas.

—Mu…

—Te quiero… Shaka.

Me alejé lentamente hasta acostarme. Sin despegar la mirada del techo me tapé la boca. El estómago se me revolvió y sentí una especie de frío en la nuca.

—No —susurré.

Miré a Mu de reojo; todavía se escuchaban sus quejidos. Agarré la sábana, la estiré y me giré dándole la espalda a mi amigo. Otra vez, el calor en la cara. Cerré fuerte los ojos y sacudí la cabeza de lado a lado mientras me repetía que no podía gustarle a mi mejor amigo.

-NOTAS FINALES-

Y acá termina el primer capítulo.

¿Qué les pareció?

Si leyeron mi oneshot Cherry tal vez hayan notado que algunas cosas se repiten. Al principio pensé que podría ser una continuación, pero esa historia me gusta como está y no pienso tocarla de nuevo.

Mu es hijo de Shion y Yuzuriha (porque, ship, obvio). Kiki es su hermanito, tiene unos seis meses.

Shaka es hijo de Asmita y alguien más, pero decidí que no voy a incluir a la madre como personaje porque solo se la va a nombrar (Asmita sí va a aparecer). Prefiero no decir quién es su hermana por el momento.

Aparecieron tres canciones, dos son japonesas y una argentina: la primera se llama En el hospicio y es del grupo Pastoral, la segunda fue Poker Face (single debut) de Ayumi Hamasaki y la tercera Escapism de mi banda favorita An Cafe.

Creo que eso fue todo lo relevante.

Espero que les haya gustado y que compartan la historia para que le llegue a más gente; eso me ayudaría mucho.

La continuación va a venir el mes que viene. Pero en caso de que no puedan esperar, en Sweek va un capítulo adelantado.

Pueden seguirme en mis redes sociales para estar al tanto de esta y otras historias.

Cuídense.