Código: Guardianes

Capitulo 47

Nada más salir de la Hermita, todos los jóvenes salieron en busca de Asmae. Cada uno iba por su elemento: Odd volaba por los cielos transformado en un halcón, a su derecha iba Aurora en dirección norte. Por el suelo, y en esa misma dirección, Yumi se movía con agilidad a través de las calles, evitando el tráfico y mirando en cada establecimiento. Yendo en dirección sur, y volando rodeado por su respectivo elemento, Jeremy y Ulrich ojeaban por el cielo, y, por tierra, Patrick, hacía lo mismo. En dirección este era Aelita la que volaba, y, por tierra, iban Sissi y Herb. Hacia el oeste iban Percy y Susan por el suelo mientras Electra surcaba el cielo. Los otros dos que quedaban, Nicolás y Marin, iban en dirección a la Academia por si estaba allí como en los viejos tiempos, y, de no estar allí, irían academia hasta dar con ella. Semejante despliegue de fuerzas no pasaba inadvertido a los ojos de los ciudadanos, que podían ver cómo, de vez en cuando, destellos de color se movían por el cielo a gran velocidad e iban y venían constantemente, e incluso en alguna ocasión se podía ver como esos destellos tenían detrás figuras humanas, al menos eso decían los niños pequeños, aunque sus padres no les creían.

Precisamente una de las personas de las que no creía lo que veía en el interior de uno de esos destellos era la joven de pelo rosa a la que el grupo estaba buscando: Taelia, aunque su verdadero nombre fuera Asmae, o al menos eso ponía en el colgante que ella guardaba consigo a cada rato. Lo tenía guardado bajo la camisa. Era plateado, con forma de sol, pero este estaba cortado a la mitad, y ella suponía que la otra mitad debió pertenecer a alguien importante. En el colgante estaba escrito su nombre en letras doradas, pero al estar escrito en griego, no sabía lo que ponía, pero suponía que era su nombre. Ella lo miró distraída. Estaba en una cafetería, al lado de una ventana, quería saber lo que era ese colgante. Sabía que era algo importante, ¿pero el qué? Eso ya se le escapaba, por mucho que rebuscaba en la memoria, no encontraba nada relevante. Solo recuerdos confusos, perdidos en el océano de sus recuerdos. Suspiró, recogió sus cosas, y se dispuso a ir, cuando chocó con alguien.

-!Eh, mira por donde...!- su grito se paró al ver los zafiros de Jeremy. Ella se acordaba de él.

Cuando le conoció no era más que un chaval algo atolondrado y un tanto raro, la confundió con una tal... ¿Aelita, se llamaba? No se acordaba ahora. Tampoco es que fuera importante. El caso es que él le pareció un friki que necesitaba dormir algo más. Y ahí estaba, con unas pintas que distanciaban mucho de las que tenía en ese entonces, pues ahora tenía... ¿eso era una armadura?

-¡Ulrich, baja, la encontré!- gritó al cielo, con el cuerpo medio fuera del restaurante. Ella le miro sin entender.

-Oye, no sé con quien me confundes esta vez, pero estoy seguro de que no soy la chica que buscas... ehm...- dijo ella- Jeremy, y te aseguro que eres la chica que busco- dijo el rubio, entonces, apareció Ulrich. Este la miró unos segundos, para asentir- Llamaré al resto, ¿donde nos reunimos?- preguntó.

-Fábrica, 5 minutos- oyeron el grito de una chica. Un segundo después paso delante de ellos un destello amarillo con electricidad a su alrededor- Ya oíste a Electra. Nos vemos- dijo Ulrich, yéndose.

Jeremy se giró y la miró- ¡Yo no voy a ningún lado!- le gritó ella. Jeremy la miró a los ojos- Sé que no empezamos muy bien, pero me gustaría que confiaras en mi esta vez- le pidió.

Ella le miró con dudas, a todas luces no confiaba en él- Lo siento, no tengo tiempo para esto- le respondió cortante.

Jeremy suspiró, miró a su alrededor, comprobando que nadie miraba, y sonrió de medio lado- Supongo que verás que en el cielo no hay ni una nube...- dijo él.

Ella bufó- ¿Y eso que tiene que...?- nada más abrir ella la boca, densas nubes se arremolinaron de pronto en el cielo, comenzando a caer así una densa cortina de agua para el desconcierto de todos, y empapandoles completamente. A todos menos a ellos dos, quienes, a pesar de estar bajo el agua, esta no les mojaba. Ella le miro sorprendida, era increíble, pensaba.

-¿Esto lo...?- le preguntó- Sí. Esto es cosa mía- le confirmó Jeremy. Entonces, el chico decidió mostrarle su tridente, y, una vez sacado, lo usó para despejar el cielo y secar a la gente casi instantáneamente. Nadie menos Jeremy, y ahora también Asmae, lo entendían.

-La fabrica está algo lejos, será mejor que nos demos prisa, ¿no crees?- le preguntó él. Ella asintió despacio y le decidió seguir.

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A los pocos minutos, ambos estaban en la entrada de la fabrica. Ella la vio tal y como la recordaba, completamente vacía, sin haber funcionado por años, aunque pudo ver marcas por las paredes: goteras, las garras de lo que parecían animales, partes chamuscadas, el suelo ligeramente agrietado... en general, todo un desastre. Se acercaron a la cuerda de bajada, a juzgar por su aspecto estaba algo estropeada, a la chica no le hacía mucha gracia agarrarse a una cuerda que a duras penas podría aguantar a un perro, pero alguien creó una escalera de piedras la cual surgió del mismo suelo y bajaron por la misma. Asmae vio entonces a un grupo numeroso de personas, la gran mayoría de su misma edad los cuales portaban curiosas armaduras de diversos colores. Junto a ellos había otros dos jóvenes de unos veinte años cada uno, un chico bastante fornido y una chica pelirosa. Además, había otras dos personas más mayores, un hombre y una mujer. El tenía el pelo empezando a tener canas y ella el mismo pelo rosa que la chica más joven.

-Este es el grupo, Asmae- le presentó Jeremy- Me llamo Taelia, no Asmae- le inquirió ella.

-Eso no es lo que pone en tu colgante- señaló una de las chicas, una que tenía, sorprendentemente, alas- ¿Sabes leer griego, esto...?- Aurora, me llamo Aurora- dijo la joven angelida deprisa- Y sí, todos aquí leemos y hablamos griego, solo que... el antiguo- dijo otra de las chicas. Esta tenía el pelo como ella, solo que su tonalidad de pelo era rosa chilló. Odiaba ese color, por eso se lo teñía.

-A estas alturas ya me creo lo que me contéis: tormentas que empiezan y acaban en segundos, esferas eléctricas capaces de volar y hablar, escaleras de tierra que surgen de la nada...- enumeró ella.

-Y aún no has visto nada, créeme...- dijo uno de los chicos, el otro de pelo rubio en punta. Asmae comprobó que parecía un gato, e incluso tenía una larga cola la cual se movía de lado a lado constantemente.

-¿Y tu que haces? ¿Convertirte en un lindo gatito?- bromeó ella con sorna. Asombrada se quedó cuando el chico se transformó en un imponente dragón el cual rugió con fuerza. Ella no retrocedió, aunque estaba aterrada, no se iba a dejar impresionar tan fácilmente- Me llamo Odd, por cierto- dijo una voz resonante, ella supuso que era la del dragón.

-En cualquier caso, te pondré al día de la situación- dijo la más mayor de todos, avanzando firmemente- Me llamo Atenea... hija mía- en ese momento, Atenea no pudo aguantar más las ganas y la abrazó. Asmae se dejó, no por que quisiera, sino por que no se podía mover apenas. A pesar de eso, notaba el cariño que aquella mujer irradiaba hacia ella, eso la confundió ya que nunca lo había sentido de nadie.

Antes de que la más joven pudiera decir nada, Atenea empezó el relato. Le contó la leyenda inicial, como fueron recuperando las gemas con una muestra del poder de cada uno al ser nombrado, y de como fueron recuperando las armas legendarias y conociendo a grandes héroes, villanos y amigos por el camino. También le relató como estaban obteniendo los talismanes, y las recientes desapariciones de Sam y William , así como su propia leyenda. A medida que iba contando, Asmae se daba cuenta poco a poco que aquella historia estaba demasiado elaborada como para ser mentira, además estaban las demostraciones de poder de sus compañeros, su evidente parecido con Aelita, Asmeya y Atenea, además de que algo dentro de ella le decía que les debía creer.

-Por alguna razón... os creo chicos- les dijo ella, mientras bajaba la mirada. Desde pequeña había estado sola, y ahora se entera de que ella no solo tenía familia, ¡también que venían de otro mundo, y de que era nada más y nada menos que de la familia real! Aquello era sin ninguna duda de locos, pero era verdad, les creía. Confiaba en ellos como nunca había confiado en nadie, sin duda eran personas increíbles porque nunca nadie la habían hecho sentir tan segura.

-¿Entonces donde esta mi gema, la de la... fe?- dijo ella.

Atenea se encogió de hombros- No lo sabemos, como es costumbre, hasta que las cosas estén listas, el libro no mostrará nada de información, supongo que tiene un sello mágico que impide ver más de lo que debemos saber teniendo en cuenta lo que tenemos- dijo Atenea, mientras la acariciaba maternalmente. Asmae sonrió ligeramente, se sentía protegida entre los brazos de la reina.

-En cualquier cosa es hora de ir a casa, niños- intervino el hombre mientras se acercaba a ambas- Si, Frank- le dijo Atenea. Él miró a su hija, y le removió el pelo. Ella se dejó, supuso que eso es lo que haría un padre normal. Todo lo normal que aquella familia podría ser al menos. Tras eso, fueron a la Hermita, donde Marin creó un nuevo cuarto para su nueva compañera.

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Los rayos de sol de la mañana entraban por las rendijas de la ventana, iluminando casi al completo la sala. Solo un pequeño reducto en una esquina se quedaba sin ser iluminado, y, en esa pequeña zona sin luz, un par de figuras estaban apretujadas la una a la otra. De ahí también provenía un suave sonido de respiración, y se podían ver cuatro pies saliendo de la sombra. También se veían un par de manos salir también. Se notaba que una de las personas era de raza negra, la otra, de raza blanca. Se oyó en ese momento un ligero gemido seguido de otro, eran quejas de dolor.

-¿Estas bien, Sam?- preguntó una voz- Tengo la espalda molida de dormir en el suelo, no sé como lo hace Yumi...- se quejó la aludida- ¿Y tu, William?- le preguntó ella.

-Como tú- le respondió. Se hizo el silencio, solo interrumpido por los lúgubres llantos de los otros encarcelados, quienes se quejaban de su suerte sin descanso. A eso se le sumaba que apenas comían cada día y estaban con falta de horas de sueño por dormir en el suelo. Estaban hechos polvo, en definitiva.

-Dentro de una hora tendremos que ir a los trabajos...- comentó William- Ni me lo recuerdes- atajó Sam, mientras se levantaba y su cara se exponía a la luz- Odio picar piedras día sí y día también, y encima sin ninguna finalidad- se quejó.

-¡SILENCIO!- oyeron de repente al guardia, el cual golpeó las rejas de la puerta con una porra. El estridente sonido resonó con violencia en sus cabezas, agudizando el dolor de cabeza que tenían- ¡Y ahora salid de ahí e id a trabajar, escoria!- siguió, abriendo la puerta y aventándoles contra la salida del corredor donde estaba su celda. Tras abrirla, tuvieron que parpadear varias veces para evitar cegarse con el sol. Una vez que se acostumbraron a la luz del sol, vieron el campo de trabajo. Estaba lleno de trabajadores, los cuales estaban atados con cadenas en cuello y pies, con ropas andrajosas y con sudor recubriendo sus frentes, con palas y picos en las manos. El carcelero les dio unas un par de palas, y tiró de ellos hasta meterles en unas zanjas de tierra, donde les golpeó con unos látigo y les obligó a golpear la dura roca.

-De no ser por estas cadenas, le metería el pico por donde nunca le ha dado el sol- dijo William, mientras picaba la roca con rabia. Sam asintió, esas cadenas, de alguna manera, anulaban sus poderes y les dejaban como si fueran adolescentes normales, lo único que conservaban era la posible fuerza física que hubieran obtenido con los entrenamientos, y, en general, cualquier mejora física debida a los entrenamientos y al combate. Eso les había hecho sobrevivir a esas duras condiciones de vida durante solo sus carceleros sabían cuanto tiempo.

-Ya sabes que estas cadenas anulan nuestros poderes. Si las pudiéramos romper sería genial pero...- dijo Sam triste. William asintió, habían intentado de todo, habían golpeado las cadenas con los picos, con rocas enormes, las habían recalentado con las forjas cuando estuvieron en ellas... más nada servía. Era como intentar cortar un trozo de carne con una uña, algo imposible. Las cadenas apenas se rayaban con el impacto, y eran completamente negras, al contrario que la de otros reclusos, que eran de tonalidades grisáceas. Sin duda esas cadenas habían sido especialmente forjadas para ellos.

Al rato de picar llegaron sus captores, dos de los hermanos de Zeros, bueno, uno de los hermanos y su única hermana.

-Me presentare, me llamo Phoebe, y este es mi hermano, Feros- se presento ella. La chica tenía el pelo de color verde hasta los hombros, sus ojos eran de color avellana, y tenía la gabardina negra de sus hermanos. Él tenía el pelo color morado y ojos dorados, teniendo en su oreja izquierda un pequeño anillo de plata. En la mano tenía un par de copas doradas las cuales tenían inscritas letras griegas, aunque desde su posición, a contra luz, no podían ver muy bien.

-¡¿Qué queréis de nosotros?!- le inquirió Sam. Feros sonrió, y saco una navaja, con la cual jugo en la mano- Venimos a por vuestra sangre, niña- se rió Feros, acercandose. Ella le miró sin entender, pero, antes de que pudiera decir nada, el filo de la navaja sesgó su mano, e, inmediatamente, la sangre empezó a salir de la herida. Sin perder ni una sola gota, Feros colocó una de las copas justo debajo, por lo que toda la sangre cayó a su interior. Cuando la copa se hubo llenado, Feros le entregó la copa a Phoebe, y repitió el proceso con William. Tras eso se fueron por donde habían venido.

Ellos se miraron las heridas con miedo, si eso se infectaba lo tenían crudo. Se arrancaron un trozo de camiseta, y, como mejor supieron, se vendaron la mano, aunque la herida aún sangraba profusamente.

-Quitaos esa vena, esa herida se tiene que limpiar como mínimo- oyeron una voz detrás de ello, notaron que era la de un hombre. Se giraron, era un hombre mayor, de pelo cano y barba desaliñada. Su piel era morena y en sus ojos avellana se notaba una gran determinación. En sus manos tenía un par de botes con agua. Sin mediar palabra, el les agarró las manos y les echó agua en la herida, y se las vendó con facilidad.

-¿Eres medico o algo por el estilo?- preguntó Sam. El hombre negó- No, soy profesor, pero tantos años aquí me han enseñado muchas cosas útiles- les explicó. Les dio después un trozo de vidrio- Tomad esto, os será útil para hacer fuego. Podéis usar la madera de las zanjas para fogatas improvisadas y calentaros en la noche. No se que habéis hecho o quienes sois, pero aquí somos todos una familia- les dijo, entregándoles, además, un par de lupas para esa función.

-Gracias...- le dijo William, dándole la mano. El hombre sonrió- De nada muchacho, espero que os vaya bien aquí. Buena suerte- les deseó, yéndose tras eso a darle su ración de agua al resto de los reclusos.

Una vez que tenían las heridas limpias, notaron que ya apenas sangraban, por lo que la sangre ya estaba coagulando, además de que la tela que les recubría la herida estaba lo suficientemente apretada como para poder coger el pico y seguir picando. Y eso hicieron, pero sin darse cuenta de que uno de los vidrios que les habían dado estaba semi fuera del pantalón de Sam, el cual hacía que un rayo de luz impactara contra las cadenas, aunque este estaba descompuesto en los diferentes colores del arociris. Pero por el movimiento de ellos, el trozo de cristal volvió a introducirse en el bolsillo de la chica, la cual ni se dio cuenta de lo que había pasado: la cadena se había resquebrajado ligeramente por el efecto de la luz pura, por lo que se reveló la verdadera naturaleza de las cadenas: estas eran de oscuridad, y solo la luz pura podía romperlas. Solo se dieron cuenta de ese detalle cuando notaron como una mínima parte de su poder había vuelto, ya que William podía, otra vez, controlar ligeramente la oscuridad, y Sam ya notaba como fluctuaba la energía en la gente. Se miraron con curiosidad y parte de asombro al ver como las cadenas tenían ligeras grietas.

-¿Sabes que las ha dañado, Will?- preguntó ella en bajito, haciendo como si nada hubiera pasado, aún picando. William asintió- Creo que lo sé, es una idea algo alocada pero...- murmuró, mirando de reojo a los guardias.

-Hay que pensar, ¿que tenemos nuevo?- preguntó ella- Tenemos las telas, un par de heridas, y estos trozos de cristal para hacer fuego- enumeró el chico.

-Deberíamos usar ambas cosas, la tela y los cristales, para intentar cortar las cadenas- propuso ella.

-Vale, tu sigue picando, yo voy a probar una cosa- le dijo él. Ella obedeció y siguió picando.

Tras comprobar que nadie miraba, Will sacó uno de los trozos de cristal, y con el, dirigió un rayo de luz directamente contra las cadenas que le retenían. Comprobó orgulloso que la luz era lo que rompía sus cadenas, y, una vez que el ya estaba libre, le dio el método a ella, y se sustituyeron en la labor de picar la piedra, aunque con sus poderes de vuelta, no les costaba apenas esfuerzo, además de que sus heridas en la palma de la mano ya no les escocía. Decidieron también liberar a los otros presos que allí estaban, ya que era un grupo pequeño, no más de quince personas contándoles a ellos. El guardia ya no era problema, pero aún así debían ser veloces para poder escapar sin llamar la atención de los perros grandes, es decir, Zeros y sus hermanos. Tras ser liberados de sus cadenas, los otros presos les miraron con estupor.

-¿Vosotros sois...?- preguntaba uno de ellos- ¿Los guardianes?- supuso una de las mujeres cautivas. Sam asintió- Sí, somos nosotros Bueno, dos de ellos. Nos atraparon, pero ya somos libres- dijo ella.

Una vez dicho eso, y sin perder más el tiempo, Sam y William salieron corriendo de allí, tirando a los guardias al suelo cada vez que se encontraban con uno, y, detrás de ellos, los presos corrían pico en mano, rematando a aquellos guardias que aún se querían levantar del suelo. Tras na carrera de unos 200 metros, se interpusieron en su camino los mismísimos Phoebe y Feros. Les habían pillado.

-Veo que habéis entendido el truco de las cadenas...- comprobó Feros, mirando a los chicos- Enhorabuena- dijo aplaudiendo, en un tono despectivo. Ellos le miraron con mala cara- ¡Dejadnos ir, y no pasará nada!- gritó William.

Phoebe se rió- ¿Y que nos vas a hacer?- le preguntó riéndose aún. Sam gruñó- ¡Os acabaremos derrotando, dalo por echo!- le gritó ella.

Feros les miró- En cualquier caso, ya tenemos lo que queríamos de vosotros, ya solo flta que la guardiana de la fe nos de su sangre, y todo habrá terminado al fin- dijo, mientras les observaba. Ambos jóvenes se miraron- ¿De que hablas?- inquirió William.

-Eso ahora mismo da igual, lo importante ya está hecho- dijo Feros, desapareciendo de allí en una esfera negra. Phoebe le miró irse, con el ceño ligeramente fruncido- Bueno, supongo que tendré que limpiar la basura yo, como de costumbre...- dijo, algo molesta.

-En fin, en cualquier caso, vuestra hora ha llegado...- dijo ella con una sonrisa amenazante, mientras en su mano derecha se desarrollaba una espada de energía oscura, la cual alzó, y se dirigió corriendo hacia ellos.

-¡DETENTE!- le grito alguien. Phoebe dio un salto inmenso, dando un giro en el aire, volviendo a su posición original. Tras eso, se giró- ¿Por que no nos dejas matarlos, hermano?- preguntó ella al aire. Tanto William como Sam identificaron a esa voz: era la de Zeros, su voz quedaría marcada en su memoria para siempre.

-Aun son necesarios, Phoebe. Aunque me temo que en estas condiciones ya no les podemos retener más tiempo, pero eso no importa. Aún necesitamos varias cosas más, así que no te preocupes y déjales ir- dijo Zeros. Ella bufó, pero desapareció en una voluta de humo, dejándoles el camino libre. Ellos aprovecharon y se fueron de allí en tropel, y, junto a ellos, el resto de los presos querían huir. Por desgracia, justo en el momento en el que Sam y William salieron de allí, se elevó una cortina de energía oscura que impidió al resto salir de allí. Golpearon la pared con rabia, mientras la risa de Zeros resonaba por el lugar. Sam miró a William un momento, y este, tras asentir, se fue alejando, mientras Sam elevaba una fuerte energía del mismo color que su gema, y, en su mano, apareció una lanza hecha de energía pura. Tras dar un potente grito, la clavo con fuerza en el suelo, destellando durante el proceso su armadura, aunque tras clavarla el brillo desapareció. Luego miró a Phoebe, la cual estaba mirándola desafiante.

-¡Juro por los antiguos dioses de Asmara que yo misma te derrotaré, Phoebe!- gritó, y, tras eso, se fue dejando una estela de luz color crema, alcanzando a William en pocos segundos.

-¿Nos vamos a casa?- le preguntó. Ella asintió. William alargó la mano, y creó un portal, el cual atravesaron.

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Si había algo que a Asmae le fascinaba de Asmara era, sin duda, la historia que tenía. Era muy parecida a la de la Tierra, aunque diferente a la vez, además de las culturas que allí vivían. Precisamente en ese momento Aelita le estaba explicando parte de la misma esa tarde en su cuarto de Kadick cuando llegó una llamada de Atenea.

-Nos llama mamá hermana- le dijo Aelita levantándose-Vamos a la Hermita- dijo Aelita, mientras se levantaban y se dirigían hacía allí, siendo enseguida acompañadas por el resto. A los pocos minutos llegaron a la Hermita, donde les esperaba Atenea. Durante el trayecto, y para la sorpresa de ellos, notaron como las energías de William y Sam aparecían de repente, pero desaparecieron tan rápido como llegaron. Se miraron, decidieron ir aún más deprisa hacia la Hermita.

-¡¿Lo habéis notado, chicos?!- gritó Electra animada- ¡Sí, creo que ya son libres!- le contestó Patrick, mientras corrían por el bosque.

Poco después llegaron a la Hermita, y entraron en tropel al salón. Allí vieron a los mayores rodeando la mesa, donde estaba colocado el libro de Atenea. Ella les pidió con un gesto que se acercaran. Ellos se arremolinaron al rededor de los mayores.

-Antes de nada, supongo que habréis notado las energías de Sam y Will- les dijo Atenea. Ellos asintieron- Pues ahora también se ha despertado el talismán del amor- siguió Atenea- El libro dice esto: "El talismán del amor se encuentra en la vida tras la muerte"- leyó ella.

Se miraron entre ellos- ¿Y que haremos? No sabemos quien debe recuperar el talismán del amor y hay que ir a ayudar a Sam y a William- le dijo Electra. Atenea asintió- Por eso usaremos la lógica, es evidente que ni Ulrich ni Jeremy van a obtener más talismanes, así que seán ellos los que vayan a salvar a Sam y Will, mientras que el resto irán a por el talismán- dijo ella.

-Es muy arriesgado, ¿no crees, mama?- le preguntó Aelita. Atenea negó- Es la unica manera, a veces hay que tomar riesgos-zanjó ella. Entonces Noelia intervino- Yo iré con Jeremy y Ulrich- le dijo Noe. Atenea le miró.

-¿Segura?- le preguntó. Noelia asintió decidida- Desde luego majestad, si he de ayudar lo haré gustosa- respondió- No hace falta que nos ayudes, Noe- le dijo Ulrich. Ella negó- Ulrich, me salvaste de un destino incierto, y por ello tengo una deuda eterna contigo- le

Tras eso, y una vez decididos los equipos, se dividieron y cada uno partió hacia su destino: unos a recuperar el talismán, y otros para recuperar a Will y a Sam.

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En un principio, deberían haber aparecido en Kadik, pero no, aquello no era Kadik. Era una cueva oscura como la boca de un lobo, Sam tuvo que generar una esfera de luz para poder guiarse, aunque William no la necesitaba, en la oscuridad veía tan bien como a plena luz del día. No se oía nada, aparte de agua caer por las estalactitas y su respiración.

-Mierda...- suspiró William- ¿Y ahora como salimos?- preguntó Sam. De repente oyeron el sonido de un cañonazo, eso significaba que estaban cera de la salida al menos.

-¡Por aquí, Sam!- gritó William de repente, haciendo que la chica tuviera que girarse y correr detrás de él para alcanzarle. Corrieron por la cueva unas decenas de metros y vieron la salida. Por la luz que llegaba supusieron que era de noche. Lo que vieron les impresionó, era una ciudad portuaria, y en el puerto, había un barco negro como la noche, o al menos eso parecía por las nubes que cubrían el cielo. Notaron también que la ciudad era atacada y que algunas casas de madera estaban en llamas.

-¿Que hacemos?- preguntó Sam. William frunció el ceño- No lo sé, por ahora bajemos a la ciudad a ver que pasa- le dijo. Ella asintió conforme.

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En ese preciso instante, y justo cuando ambos grupos se hubieron ido, el libro de Atenea se abrió de nuevo, otro talismán, comprobó ella, se había despertado, pero por desgracia les era imposible ahora comunicarse con ellos. Tendrían que esperar a que volvieran a casa para poder avisarles.

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Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar , me despido, hasta la próxima , y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece, así como Susan que pertenece a Doctor Who. Los personajes de Marvel que aquí aparecen tampoco me pertenecen, sino a su legítimo propietario, de acuerdo con los derechos de copyright