Código: Guardianes

Capítulo 68

Tras un rato deliberando con Juan sobre como debían actuar para salvar a sus compañeros, Asmeya y él llegaron a un plan que, en principio, no tenía demasiadas lagunas. La cárcel de Nottingham no estaba demasiado custodiada por tratarse de una ciudad pequeña, no había muchos ladrones que vigilar, y en general era una ciudad tranquila, por lo que la guardia no era demasiado fuerte, así que aprovecharían eso. Evidentemente contaban con que habría más vigilancia por estar dentro Robin Hood y por tener a cerca de veinte soldados del rey Ricardo en sus celdas, pero seguramente no habría más que un par de soldados dentro, nada que entre los dos no pudieran manejar. La forma de liberarles era sencilla: esperarían al anochecer, y entrarían a las celdas, noquearían a los guardias, y liberarían al grupo. Fácil y sencillo, o eso parecía en principio.

-¿Que llevas en esa bolsa, Juan?- le preguntó Asmeya, saliendo de la iglesia. Este se giró un poco para responderla- Llevo una biblia, un par de crucifijos, y un cuchillito- le respondió.

Asmye asintió, si bien no veía peleando al párroco, por las leyendas se sabe que aquel hombre, que se recordaría por Little Jhon, era un buen luchador, justo como lo era Robin Hood. Fueron andando en silencio hacia la cárcel, procurando no ser visto por nadie durante el proceso, más que nada para no llamar la atención de los aldeanos, pues si veían a Asmeya con su uniforme seguramente se harían preguntas y llamarían la atención de los guardias, y ellos no querían eso bajo ningún concepto. Por ello, se mantuvieron entre los árboles que rodeaban la iglesia el máximo tiempo posible, y cuando eso no pudo mantenerse más tiempo, se mantenían cerca de los muros de las casas, y cuando tenían que cambiar de calle, corrían con agilidad hasta alcanzar el otro lado. Aunque como Nottingham no era precisamente grande tardaron apenas unos minutos en llegar a la cárcel, y, justo como se esperaban, en los alrededores de la misma no había ni un solo guardia, tan solo los aldeanos de las casas que rodeaban la cárcel, algunos sacando agua del pozo, otros hablando entre ellos, y con un ojo sobre los niños que jugaban en la plaza.

-Bien, ahora la pregunta es: ¿cómo abrimos la puerta?- se dijo Juan, más para Asmeya que para él. Esta simplemente saco de sus bolsillos una ganzúa y se dispuso a introducirla en la puerta de la prisión, aunque en cuanto hizo algo de presión, la puerta se abrió sin mayores dificultades, sorprendiendo a la pelirosa.

-Si que están seguros de si mismos...- comentó Juan, entrando. Con sigilo, penetraron en la prisión, vigilando que nadie fuera a sorprenderles por la espalda, aunque todo parecía indicar que eso no iba a pasar.

-¿Tienes algo para abrir las puertas?- le preguntó Juan en un susurro a Asmeya, quien con un gesto asintió- Voy a abrirlas, pero ve a vigilar la entrada, no me fio- dijo ella.

Juan la miró con extrañeza unos segundos pero acabó asintiendo, él no creía que eso fuera necesario, pero supuso que ella prefería estar a solas para hacer eso. Y no iba muy desencaminado, pero como ella no quería perder tiempo, había decidido que en vez de la ganzúa usaría su magia para abrir las puertas. Tras internarse en el pasillo por donde estaban las celdas, ella vio contenta a los chicos, quienes se giraron en cuanto oyeron la puerta, sin creerse a quien veían.

-¡¿Asmeya?!- susurró Aelita en cuanto la vio- ¡¿Que haces aquí?!- le espetó su hermana menor.

-Sacar vuestros traseros de aquí, de nada por cierto- le respondió ella,extendiendo el brazo hacia las rejas- Apartaos de la puerta- les pidió.

Los chicos obedecieron, y, tras murmurar algo que nadie pudo oír pues casi ni habló, un destello iluminó las cerraduras, y las puertas de todas las celdas se abrieron. Y cuando son todas, se incluyen, como es evidente, las celdas de los otros presos, es decir, Robin Hood y sus secuaces, quienes huyeron a toda prisa en cuanto la puerta se abrió, sin dar tiempo a nadie para poder pararles.

-Dejales ir, Juan. Ya les pillaran de nuevo- dijo Asmeya, deteniendo a Juan del antebrazo. Este gruñó un poco, pero debía darle la razón a la chica, él solo no les podría detener, necesitarían ser muchos para poder hacerlo.

Por ello, y para no perder más tiempo, el grupo salió corriendo de la cárcel, y, cuando llegaron a la puerta, tuvieron que pararse de golpe ya que, casualidades del destino, ahí estaban Robin Hood y compañía. El propio Robin les indicó con un gesto que no dijeran nada, y que se quedaran donde estaban.

-¿Que pasa?- le preguntó en un susurro Marin a uno de los hombres del ladrón- Guardias en la plaza- respondió este simplemente.

Los chicos suspiraron ligeramente, eso les retrasaría bastante en la búsqueda del fragmento de la gema de Asmae. Suponían que Robin tenia alguna idea para poder escapar de la cárcel sin ser visto por los guardias, en un alarde de agilidad e inteligencia por su parte. Nada más lejos de la realidad, casi sin pensárselo, y tan solo unos segundos después de la pregunta de Marin, Robin, junto a sus hombres, salió a toda prisa, pasando por la plaza a plena luz del día, sin siquiera hacerlo de forma sigilosa ya que estaban pisando todas las hojas caídas en el suelo y por la hierba, por lo que hacían bastante ruido. Y como es evidente, los hombres del sheriff les oyeron, así que comenzó una persecución por la ciudad.

-Se me están cayendo muchos mitos hoy...- murmuró saliendo del edificio Electra, gruñendo un poco.

-¿Que hacemos ahora?- preguntó Patrick- Sí, por que me temo que ya no alcanzamos a Robin- le siguió Jeremy, rascándose un poco la nuca. Técnicamente si podían hacerlo, y con facilidad, pero preferían no usar sus poderes cerca de Juan.

-Yo creo que sí, ¡vamos!- les animó el cura, corriendo justo detrás del último de los hombres de Robin.

Los chicos se miraron, aquel hombre sin duda era veloz, había alcanzado a los hombres de Robin a pesar de que estos les llevaban cerca de diez segundos de ventaja. Claro que ellos no se iban a quedar atrás, por lo que, en cuanto Juan echó a correr, ellos le siguieron, esprintando unas cuantas decenas de metros, poniéndose en seguida a su altura.

-¡Vaya con el cura, ni que fuera atleta olímpico!- comentó Noelia, justo detrás del grupo- Ya te digo, nunca lo hubiera dicho- comentó Jeremy.

De no ser por su condición de guardianes, muchos de los miembros del grupo ya estarían jadeando, sin poder seguir corriendo, agachados, con las manos en las rodillas, la lengua fuera y más rojos que un tomate. Claro que la condición física que han ganado durante el transcursos de estos meses, estas carreras eran fáciles de hacer para ellos, pero no para sus acompañantes, es decir, Juan, Robin, y los secuaces de este último. Ninguno de ellos era un atleta, por eso, en muy poco tiempo estaban corriendo por el bosque, aunque hasta eso duró poco, ya que se encaramaron con facilidad, como si fueran gatos, a los árboles, y una vez que treparon el tronco, se quedaron en una de las ramas. Este último movimiento tomó de imprevisto a los chicos, pero frenaron antes de alejarse demasiado, y mal que bien subieron ellos también a las frondosas copas.

-¡Ja! ¡A esto llamo yo una buena huida!- se jactó Robin, tras comprobar que los soldados del sheriff de Notingham ni sabían en que dirección se habían ido pues solo daban vueltas sobre sus pasos, en un vano intento por saber a donde ir.

Minutos después, y hastiados de aquella situación, decidieron volver a la cárcel, pues ya a esas alturas todos los presos ya estarían demasiado lejos para poder capturarles de nuevo. Una vez que el último de los guardias se había ido, el grupo fue bajando de los árboles, algunos con más facilidad que otros. Un par de minutos más tarde, ya todos estaban pisando el suelo.

-¡En fin, ha sido un placer conoceros, pero me temo que nos debemos separar!- dijo Robin, guiñándoles el ojo a los chicos- Hay muchos nobles a los que robar- siguió, acompañado de unas ligeras risas por parte de sus camaradas.

-Al menos podrías compartir ese botín con más gente que con solo estos hombres- le espetó de pronto Juan, encarándose contra el ladrón. Robin sonrió con diversión.

-Vaya, el cura ha salido bastante aguerrido- se rió Robin, con una amplia y burlona sonrisa- ¿Quieres que comparta lo que he robado con quien, con los pobres?- le preguntó con ironía.

-Sí, exactamente, Robin- le dijo- ¡En ese cofre que robasteis hay suficiente dinero para vivir todo Nottingham sin problemas más de un año!- le dijo Juan, apretando los dientes para no gritar, pero desde luego lo dijo bastante alto.

-¿Cómo sabes lo del cofre de los impuestos?- murmuró Robin, con curiosidad- Me lo dijo la dama peliroja, Asmeya- le dijo, mientras la señalaba con una mano.

Robin entonces se fijó más en ella- ¿Tu también estas a las ordenes de Ricardo I?- le preguntó él, a lo que Asmeya asintió- Sí, ellos son parte de los soldados con los que luché en Tierra Santa- dijo ella, tratando de sonar convincente

Robin se rió ligeramente- En fin, si bien lo que dices, Juan, es cierto, ¿que gano yo compartiendo mi botín con los pobres?- le preguntó este, cruzándose de brazos y con una mirada burlona.

Juan vaciló por unos segundos pero en seguida respondió- El reconocimiento del pueblo, y su ayuda de llegar a necesitarla- le respondió.

-¡Ellos ni saben usar una espada!- dijo uno de los compañeros de Robin- Pero son numerosos, en Nottingham hay más de 2.000 almas, pues no solo está el pueblo, en los campos aledaños hay muchas casas- les rebatió Juan.

Robin le miró con interés- Eres listo, cura... ¡Bien, hagamos una apuesta!- le propuso Robin, a lo que Juan le miró con curiosidad, indicándole con un gesto que se explicara.

-Si demuestras ser un buen ladrón, compartiré el botín que consigamos cada vez que robemos, y por supuesto, tu nos ayudaras- le dijo Robin, mientras extendía la mano.

Juan dudó por unos segundos, pero finalmente extendió la mano y se la apretó a Robin, quien sonrió de medio lado con picardia. Tras eso, le dio una fuerte palmada en el hombro como si fueran amigos de toda la vida, y fueron juntos hasta el campamento de los ladrones para preparar el próximo golpe, el cual, si todo salía bien, haría que el rey de los ladrones fuera como dicen las leyendas. Estaba claro que la preparación del plan, y su posterior llevada a cabo iba a tomar tiempo, lo cual podría retrasar la misión, pero algo le decía al grupo que estaban en el lugar correcto, pues si bien Robin se hacía el duro y el ladrón más pícaro y con menos moral de toda Inglaterra, se notaba que no era tan malo como aparentaba si decidía apostar con Juan lo que había apostado.

-¿Crees que sea él, Asmae?- le preguntó tras alejarse un poco Aurora. Esta asintió, con una ligera sonrisa- Sí, algo dentro de mi me lo dice...- le respondió ella, a lo que la guardiana del viento asintió.

Tras eso, decidieron ir con el grupo de ladrones a decidir el plan de actuación. Entraron a la tienda de Robin, una de color rojo, y comprobaron que las riquezas que robaban aquel pintoresco grupo debían gastarse en otra cosa, pero desde luego en muebles no, ya que mas austero no podía ser. Una mesa larga, varias decenas de sillas al rededor de la misma, y un mapa de la zona encima de la mesa era lo único que había en el centro. A un lado, en un modesto segundo plano, un catre algo desordenado y una mesita con una espada, un par de mudas y un cubo de madera era lo único que podía recordar que aquella tienda era un lugar de descanso, más que una sala de juntas. Esa era básicamente toda la decoración de la tienda, lo cual intrigó a los chicos, pero decidieron no hacer preguntas. Una vez que todos se sentaron a la mesa, comenzó la reunión para decidir como iban a desarrollar el siguiente golpe, con una muy fuerte intervención de Juan, quien se había metido mucho en el papel de estratega, cosa que sorprendió no solo al grupo de Robin, también a los chicos, quienes no se esperaban esa fuerte capacidad de desarrollo de un plan por parte del párroco. Tras varias horas de debate, se decidieron por asaltar el palacio de su poca Excelentísima Majestad, el Rey Juan I, más conocido como Juan sin Tierra.

-¡Iremos esta noche, entraremos, arramplaremos con todo el oro que podamos, y volveremos al bosque!- dijo Robin, exaltado, con un piel en la mesa y el otro en su propia silla, y con su espada en alto, como si se tratara de un guerrero en plena celebración de la victoria. Vítores se escucharon enseguida, en señal de que sus hombres le apoyaban, y como los chicos solo se reían un poco y Juan no decía nada de las efusivas acciones de Robin, este entendió que todos estaban de acuerdo con lo último dicho.

-¡Y ahora, comamos y recuperemos fuerzas, hay que estar bien despiertos para esta noche!- les dijo Robin, mientras se sentaba de nuevo.

-¿Tenéis comida hecha?- preguntó curioso Juan- Porque yo no vi nada cocinado- comentó este. Robin con un gesto pidió a uno de sus hombres que fuera a por la comida con un gesto de la mano.

-La cociné yo mismo, ¿sabéis?- les dijo Robin, orgulloso, mientras veía como volvía el hombre al que mandó un minuto más tarde con una olla en las manos, sosteniéndola con unas telas para no quemarse. Una vez que la colocó en la mesa, colocarón un plato delante de cada uno, y se fueron sirviendo con una cuchara de madera.

En cuanto le hincaron un diente a la comida, todos comprobaron que aquella comida sabía a rayos, todos menos Robin acabaron escupiendo la comida disimulando para que este no les viera, sobretodo los propios hombres de Robin, aunque este comía contento, como si le gustara.

-¿A que está rico?- les dijo Robin, sonriente- ¡Está asqueroso, Robin!- le espetó Juan, sin pelos en la lengua. Todos los hombres del príncipe de los ladrones se quedaron blancos como la pared, mirando a Juan sin poder creérselo.

-¡Tendré que cocinaros yo algo!- dijo Juan, levantándose, sin darle tiempo a Robin de decir nada. Uno a uno, todos le fueron dando sus platos a Juan, quien tiró la comida al suelo, y se llevó la olla al exterior, mientras murmuraba.

Fueron varias las veces que Juan iba y venía a la tienda, cogiendo alimentos que estaban colocados en una alacena que había en el campamento y que funcionaba como lugar para guardar la comida. Media hora más tarde, y tras haber cortado, desmenuzado y echado a la cazuela todo tipo de comida, sacó la olla del fuego, y la llevó de nuevo a la tienda, donde el resto le esperaban, hambrientos y con los estómagos de más de uno rugiendo. Tras servir la comida en los platos comenzaron a comer... y que diferencia. El cura cocinaba bien, eso había que admitirlo, todos repitieron plato, hasta Robin, quien al final decidió nombrar a Juan como el cocinero del grupo, y el encargado de darles de comer de ahora en adelante, eso claro si pasaba la prueba que le había puesto Robin. Ya con los estómagos llenos, se dispersaron por el campamento, debían descansar si querían estar listos para poder asaltar el castillo del rey. Como es evidente, Jeremy y Aelita se fueron juntos para estar a solas un rato, como solían hacer desde que comenzaron a salir. Se sentaron bajo un árbol a unos diez metros de la tienda más cercana, y se apoyaron el uno sobre el otro.

-Que paz, ¿eh?- comentó al rato Jeremy, rompiendo el silencio, a lo que ella asintió- Me gustan los bosques en general, son muy tranquilos- le respondió la pelirosa.

Jeremy le sonrió y la besó suavemente en la mejilla- ¿Te gustó mi regalo, Lita?- le preguntó el rubio, acomodándola en su pecho- Mucho, era precioso- le respondió, mirándole.

Jeremy sonrió- ¿Me explicaras ahora que te pasó con Asmae? Es evidente que algo os ha pasado- dijo él, mirándola. Ella suspiró.

-Jer, ya os dije que no nos pasa nada- le dijo ella, sonrojándose ligeramente- No me lo digas si no quieras, pero al menos dime si es algo de lo que nos debamos preocupar- le pidió el chico.

Aelita se rió un poco- No es nada grave, no te preocupes- le pidió ella. Jeremy asintió, y besó la mano de su novia con delicadeza- En ese caso me quedo más tranquilo- le dijo el chico, mientras apoyaba su cabeza en la de ella.

Se quedaron así, en silencio, sin decir nada, solo pensando cada uno en sus cosas. Hasta que Aelita lo rompió- ¿Que piensas de Asmae?- le preguntó ella, de pronto.

Jeremy la miró curioso- Bueno, es maja, me cae bastante bien y...- Jeremy seguiría hablando si su novia no le hubiera interrumpido- Digo de físico- le cortó ella.

-Debo reconocer que es guapa- dijo Jeremy, mirándola- No por nada es idéntica a ti- siguió Jeremy. Aelita asintió.

-Me beso en los labios- reconoció Aelita, sin mirar a su novio, sonrojada. Este la miró con sorpresa, y también se sonrojó- ¿Có-cómo que te beso?- le preguntó, sin creérselo.

Aelita asintió- Por eso estábamos algo distanciadas antes...- reconoció algo apenada Aelita, a lo que Jeremy asintió, entendiendo a su pareja.

-Prefiero ser yo quien se lo diga a los chicos, si no te importa- le pidió ella, cosa que Jeremy asintió, entendiendolo- Sobre todo para evitar las burlas de Odd y Percy...- reconoció Aelita, a lo que Jeremy se rió.

-Si se atreven a burlarse les encerraré en un cubo de hielo gigante que ni Ulrich podrá derretir- le prometió Jeremy, divertido. Aelita le besó suavemente en los labios como señal de agradecimiento.

-Gracias por entenderlo, de verdad- le dijo la pelirosa. Jeremy asintió- Te amo, ni un mar me separará de ti, ni el no poder hablar por semanas contigo haría que no dejara de pensar en ti, princesa- le susurró él al oído de ella, quien se sonrojó por aquellas palabras tan dulces.

-¿Nos echamos un rato?- le propuso Jeremy, a lo que Aelita asintió. Y así, de la mano, se durmieron uno apoyado en el otro, con una sonrisa en el rostro. En realidad no necesitaban tanto descansar, pero les gustaba dormir juntos, aunque al final había noches que no hacían nada. A ellos al principio les daba cosa por Patrick, pero este les dijo que le daba igual.

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Ya por la noche, el grupo se reunió de nuevo en la tienda de Robin para repasar el plan. Este era el siguiente: el castillo del rey Juan I estaba a tan solo a unos kilómetros, por lo que llegarían en breve. Una vez en las inmediaciones del castillo, se colarían en el mismo trepando por las paredes, metiéndose en una abertura de la pared que ya la tenía más que estudiada, y, una vez dentro, irían directos en dirección a la sala de las riquezas de Juan, llenarían todos los sacos con las monedas, y se irían. Fácil y sencillo, pues en el momento en el que iban a ir se produciría el cambio de guardia, y como estaba en el lado contrario del castillo en el que se encontraba la sala de la guardia, así que tardarían mucho en llegar hasta el cambio, por ello aprovecharían ese lapso para perpetrar el robo. En silencio, y con tan solo un par de antorchas para iluminarse durante el trayecto. Al ir por un bosque tenían que ir despacio, pero al rato llegaron un camino, el mismo que usaron los guardias del sheriff para llevar a Robin y al resto a la cárcel, aunque al llegar a una intersección en vez de seguir de frente, giraron hacia la derecha. Ya desde allí, William podía divisar el castillo gracias a que podía ver en la total oscuridad como si fuera mediodía, lo cual para situaciones como esa era muy útil. Desde allí podía apreciar también que había pocos guardias a esas horas, así que eso le alivió bastante. Tras un cuarto de hora de andar, llegaron finalmente a la parte de la muralla que iban a usar para entrar. Apagaron una de las llamas, y la otra la bajaron para que se pudiera ver lo menos posible desde arriba.

-¿Veis la abertura? Apenas hay que subir un par de piedras, así que será fácil entrar- les dijo Robin, mientras iluminaba la abertura en la pared de piedra. Esta era lo suficientemente grande para que en ella cupiera una persona.

Tras escalar un poco la pared, lograron colarse en el interior del castillo, y aparecieron en un pasillo bastante oscuro, a Ulrich le recordó el de la muralla en Cáceres. Como Robin y sus hombres parecían conocerse el castillo como si fuera el suyo propio, enfilaron el pasillo hacia la derecha sin vacilar, hasta llegar a un giro donde el camino se bifurcaba en varias direcciones, pero aún así no dudaron y giraron a la izquierda. Este mismo proceso se repitió una vez más, hasta llegar al final del mismo, donde había una enorme puerta de madera, la cual estaba decorada con hermosas decoraciones talladas de la madera, típicas de la Edad Media inglesa, formada en su mayor parte por figuras por los reyes y reinas de la época.

-¿Preparados para ver una de las mayores riquezas que hayais visto en vuestras vidas?- les preguntó Robin, con una sonrisa.

Tras decir eso, abrió la puerta con una mano sin demasiada dificultad, aunque los goznes chirriaron un poco por la humedad, pero rápidamente ese chirrido se paró pues solo abrieron una ligera rendija para que ellos entraran y salieran sin dificultades. Uno a uno fueron entrando a la sala del tesoro, la cual merecía aquel nombre: cientos y cientos de monedas de oro rebosaban de las dos decenas de cofres que en ella había, aunque los dos telares de hebras de algodón que decoraban las paredes laterales tampoco se quedaban atrás.

-Guau...- murmuró Electra, mientras cogía algunas de las monedas en la mano. Robin cogió una de las monedas con una sonrisa y las contempló.

-Damas y caballeros, es hora de trabajar, comenzad a meter las monedas en los sacos hasta que estos estén hasta arriba, y nos iremos- les ordenó, comenzando a hacer eso mismo.

Ninguno de los miembros del grupo de los guardianes veían con muy buenos ojos el robar, pero al menos la mitad de todo el oro que se iban a llevar se lo darían a los pobres, lo cual al menos haría que sus conciencias se calmaran un poco. Y estaban tan metidos en su misión que ni notaron que alguien se acercaba: un guardia. Al verles, se llevó el puño a la boca, y salió corriendo por el pasillo sin que ni los guardianes se percataran de su presencia, más que nada por que no resultaría una verdadera amenaza contra ellos. Unos cinco minutos más tarde, todos los sacos estaban hasta arriba de las monedas del precioso metal, y se disponían a salir, cuando oyeron un traqueteo metálico.

-Mierda...- murmuró Robin, ya sabiendo de que se trataba. Segundos más tarde, en la sala donde estaban ellos entraron los hombres del sheriff, y el propio sheriff también, quien sonreía con suficiencia.

-Nos volvemos a ver, Robin Hood- dijo el sheriff, mientras se les acercaba, con la espada en la mano. De un veloz movimiento, colocó la punta del mismo en el cuello de Robin, quien tragó saliva, pero sin mostrar en su sereno semblante ninguna clase de miedo.

-Encantado de verle, sheriff de Nottingham- le respondió Robin, con falsa amabilidad. Este se rio- Te esperan los buitres, maldito ladronzuelo- le dijo, mientras con un gesto ordenaba a sus guardias a arrestar a los presentes.

En ese momento, lo impensable pasó: Juan de pronto golpeó al guardia que estaba más cerca de él, y le sacó de un rápido movimiento la espada del cinto, por lo que este estaba desarmado y en el suelo, pasando el cura entonces a atacar a otro de los guardias. Eso animó a los hombres de Robin, y al propio Robin, a defenderse del ataque de los hombres del rey, quienes al principio les impresionó que se fueran a defender, pero rápidamente se pusieron en guardia, dando así inicio a un combate sin cuartel en la sala del oro. En total, el grupo de Robin eran sus diez hombres, él mismo, Juan, y los diecisiete guardianes, así que eran veintinueve personas en total. En cuanto al sheriff, eran tan solo veinte, así que nueve de los del grupo de Robin no tenían ningún soldado con el que luchar, así que aprovecharon para llevarse, gracias a sus superiores fuerzas, los sacos con el oro. Estos que no luchaban con nadie eran Noelia, Aurora, William, Odd, Herb, Jeremy, Sam, Susan y Patrick, así que cada dos de ellos cogieron cuatro de los sacos, mientras que los otros siete cogieron tan solo tres de los sacos. Con velocidad, salieron de la sala y recorrieron los pasillos con enorme rapidez, y si bien se extraviaron varias veces, Susan les acabó guiando en la dirección correcta, para orgullo de su novio, quien la besó al salir como recompensa.

-¿Donde dejamos el oro? ¿En el campamento?- propuso Noelia, con la respiración algo agitada. Todo el mundo parecía de acuerdo con la idea de la chica perro, así que lo decidieron llevar a cabo, aunque debían darse prisa si querían ayudar a sus compañeros.

Por su parte, y de vuelta a la sala donde el grupo aún luchaba contra los guardias, estos estaban ya muchos de ellos en el suelo, con varias heridas en el cuerpo provocadas por los chicos. Si bien muchos de ellos no habían usado una espada en su vida, el manejo de la misma no era demasiado difícil, y gracias a que los guardias tampoco eran unos expertos en el manejo de la filosa arma, la pelea era pareja. Daban mandobles con rapidez, y se defendían de los ataques del enemigo como podían, así como el propio enemigo. El único que no parecía tener dificultades en aquellos momentos era Ulrich, quien se sentía como pez en el agua, ya que su arma preferida era la espada, aunque con los chakrams de fuego tampoco se sentía incomodo, hasta le gustaba.

-¡Bravo muchachos! ¡Demos al enemigo su merecido!- gritaba Robin,mientras se encargaba de un guardia más, pateando al guardia y tirándole al suelo sin dificultades. El sheriff para ese momento estaba prácticamente solo, pues todos sus hombres o bien habían sido derrotados, o bien habían huído.

-¡Ríndete, sheriff!- le gritó Robin, con orgullo- ¡Somos más y sabemos usar mejor la espada!- siguió hablando Robin, ante la aparente indecisión del sheriff.

Fue entonces que guardó su espada, y se apartó, girando la cabeza para no mirar al grupo a los ojos. Sin decir nada, todos se fueron de la sala, enfilando enseguida el pasillo en dirección a la salida. Antes de cruzar la primera esquina alguno de los hombres de Robin preguntó por el oro, pero los chicos les dijeron que habían sido sacados de allí por sus amigos, que los habían dejado a la entrada de la abertura en la muralla por la que previamente habían entrado al castillo. Efectivamente, allí estaba los nueve, esperándoles pacientemente, y sonrieron al verles.

-Aquí está el oro, Robin- le dijo Patrick, mostrandoles los sacos. Robin sonrió y cogió uno, tras lo cual silbó- Sois fuertes, para haber podido llevar todo este oro por los pasillos de palacio tan rápido- comentó, impresionado.

-En fin, lo prometido es deuda, y yo soy un hombre de palabra- dijo Robin, girándose y mirando a Juan, quien asintió.

-Repartiré la mitad del oro entre los aldeanos del dinero que robemos, y tú, como prometiste, te unirás a mi grupo- dijo, mientras se daban la mano, en señal del pacto.

-¡Pero antes celebremos esta victoria!- gritó Robi, cargando con su bolsa de oro, y corriendo con el bosque, teniendo el resto que correr detrás de él, algunos riéndose por las acciones de Robin. Una vez que llegaron al campamento, Robin cogió catorce de los sacos de oro, comenzó a repartir equitativamente el oro entre sus compañeros, e incluso entre los guardianes, aunque fue Juan quien le convenció de ello, ya que sin ellos no tendrían el oro en ese momento, aunque eso último ya Robin lo empezaba a tener en mente.

Durante el proceso, fue pensando de vez en cuando en los chicos. No le cuadraba demasiado la historia de los chicos, aunque no llegó a decir nada pues no tuvieron apenas tiempo para ello y no quería romperse la cabeza durante el descanso de la tarde para tener la mente despejada para poder ejecutar el robo satisfactoriamente. Precisamente durante la tarde se acordó de aquella piedra que siempre llevaba consuio. Bueno, en realidad se acordó de la historia, la cual se la transmitió su abuela. Se suponía que se la debía de entregar a aquella persona que el considerara merecedor de la misma, y que sabría quien sería esa persona llegado el momento. Posteriormente, y durante la reyerta en la sala del oro, comprobó que aquella chica, Asmae, era una guerrera fabulosa, muy buena con la espada, inteligente, y con una buena relación con sus compañeros. Vale, sí, Juan era un cura, y los curas que el había conocido eran en general gentes de bien, pero Asmae era diferente, no sabía decir en qué, pero lo era. Por ello, cuando le tocó a Asmae recibir su parte, junto a su saco de oro, le entregó la piedra, la cual era de color magenta.

-Asmae, aparte del oro, te regalo esta piedra, espero te guste- le dijo. Robin iba a seguir con sus explicaciones, cuando un fuerte haz de luz iluminó a la chica y a la piedra. No fue hasta un minuto más tarde que se hubo ido el exceso de luz, que Robin pudo apreciar que la piedra se había unido a una especie de gema que ella tenía en su antebrazo.

-¿Pe- pero que...?- murmuró Robin, sin entender muy bien- Supongo que me ibas a decir que alguien te dijo que solo se la dieras a alguien digno, ¿verdad?- le preguntó Asmae, a lo que Robin asintió.

-Y también nos ibas a contar algo relacionado con una tierra llamada Asmara, ¿correcto?- siguió hablando la chica, a lo que Robin no pudo dejar de asentir.

-Supongo que tu debes de ser la famosa guardiana de la fe- dijo Robin, mientras se colocaba a su altura. Esa vez fue el turno de Asmeya de asentir. Robin sonrió, y le tendió la mano a Asmae, y ella se la dio.

Robin entonces besó suavemente la mano de la chica- Ha sido un placer robar con vos, señorita- le dijo, zalameramente. Asmae se rio, y se inclinó un poco para devolver su saludo.

-El placer ha sido nuestro, Robin Hood- le respondió Yumi, con una sonrisa. En principio, y como Robin no parecía saber mucho de su historia, se la decidieron contar, para que supiera lo que pasaba. Enseguida, y como el resto de ases que habían conocido, se sumaron a que, de ser necesario, contaran con ellos para la lucha final, a lo que los chicos accedieron encantados.

Una vez que se despidieron, no sin antes celebrar su victoria, los chicos abrieron un portal y volvieron a casa, contentos ya que solo quedaba un fragmento para recuperar la totalidad de la gema de la fe de Asmae. Cada vez quedaba menos para que la batalla final diera lugar...

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Capitulo dedicado a cierta personita especial y que, por circunstancias que para ambos se escapan, no he podido contactar con ella, pero que siempre está en mi mente. Te quiero, JM

Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar , me despido, hasta la próxima , y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece, así como Susan que pertenece a Doctor Who.