Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 2
Durante todo el viaje miró el paisaje por la ventanilla, a medida que se iban acercando, el panorama de destrucción y ruina fue quedándose atrás. Y reemplazándolo, al avanzar, el verde de los árboles, el celeste del cielo y la blancura de las nubes se manifestaron. Shapner, aún incrédulo, no pestañeaba ni una sola vez deseoso de no perderse de ese utópico horizonte.
– Ya casi llegamos…
Su padre, al volante, les afirmó a él y a su madre al señalar un punto en concreto en la lejanía. Un joven Shapner se reclinó hacia delante en su asiento, observando curioso como una serie de edificios se alzaban progresivamente al acercarse. Pronto, sus globos oculares se enfocaron en un gigantesco letrero que les daba la bienvenida a los recién llegados.
Bienvenidos a Ciudad Satán, el hogar del campeón y salvador del mundo: Mr. Satán.
Tres meses antes, el planeta entero se vio envuelto en la que muchos catalogan como la crisis más grande de la historia. Un monstruo salido de la nada, aterrorizó a la humanidad amenazándola con extinguirla a menos de que fuera derrotado en un demencial torneo de artes marciales. Cell, como dijo llamarse, fue capaz de vencer sin problemas al ejército mundial en cuestión de minutos.
Cientos de ciudades y pueblos fueron destruidos por ese ser infernal, generando un éxodo masivo en busca de un lugar seguro donde esconderse de tan demoniaco villano. Sin embargo, tranquilizando los corazones palpitantes y agitados, un hombre dio un paso al frente aceptando el reto de Cell. Se trataba del mismísimo campeón mundial, Mr. Satán.
Mr. Satán, emanando una enorme confianza, acusó a Cell de ser un fraude, un estafador que mediante el uso de trucos y efectos especiales, fingió derrotar a las fuerzas armados. Ganándose millones de adeptos, el mesías, como algunos ya lo denominaban, se presentó en el sitio escogido por Cell para combatirlo y así, vencerle.
Shapner y su familia, viéndose obligados a huir de su urbe natal, se encontraron en un campamento improvisado viendo la batalla en compañía de cuantiosos refugiados, los cuales, esperanzados, rezaban para que su héroe los salvara de las viles manos de Cell. Una vez iniciada la contienda, el orbe entero contuvo la respiración sin dejar de mirar la televisión.
Presentándose el momento, Mr. Satán y Cell se hallaron cara a cara en la plataforma. Y silenciando las plegarias de miles, Cell, con un mero manotazo, venció al poseedor del cinturón de campeón. Luego de eso, los acontecimientos se volvieron bizarros, demenciales e inexplicables. Las imágenes parecían salidas de una película de ciencia ficción, rayando incluso, con lo sobrenatural.
Y de repente, sin aviso, las pantallas se oscurecieron.
La transmisión se cortó misteriosamente, nadie podía ni tan siquiera imaginar qué era lo que estaba sucediendo en aquel lejano sitio. Aumentando el pánico, un terremoto de escala apocalíptica sacudió la superficie terrestre derribando cuanta estructura se topara en su camino. Shapner, muerto de miedo, abrazó a su madre, el fin parecía inevitable. No obstante, no fue así.
El violento sismo se detuvo, y la calma fue regresando apaciguando los ánimos exaltados. Por varias horas, se desconoció el destino de tanto Cell como de Mr. Satán, hasta que, abruptamente, la señal televisiva se restauró aunque con una notable estática. Empero, tal cosa fue lo que menor importancia tenía, por el contrario, fue una simple frase la que acaparó la atención planetaria.
– ¡Lo derrotó, Mr. Satán derrotó a Cell…el mundo se ha salvado!
Gritos, aplausos, vítores y lágrimas. Ese anuncio hizo eco en cada persona de la Tierra, quitándole de encima el insostenible peso del terror que los aplastaba. La gente se abrazaba llorando aún escéptica de la veracidad de semejante milagro, otros, más eufóricos, coreaban el nombre de su redentor por los cuatro vientos hasta quedarse sin voz:
¡Satán, Satán, Satán, Satán!
Posteriormente a eso, llegó la reconstrucción. Las metrópolis destruidas se levantaron, ladrillo por ladrillo, la civilización retomó su andar sanando las profundas heridas que Cell les heredó. A pesar de eso, un evento de tal magnitud era imposible de olvidar, igualmente, el valiente responsable de reestablecer la paz era merecedor de ser recordado por los siglos de los siglos.
Y por ello, la pequeña ciudad que lo vio nacer y crecer, infló su pecho con orgullo agrandando su ego. La idolatría siempre ha sido uno de los mayores defectos de la raza humana, y evidenciándola, el poblado del cual era oriundo Mr. Satán, se rebautizó en su honor llamándose de ahora en adelante: Ciudad Satán.
Lo que fuere un pueblo chico, gracias a la fama de su más ilustre habitante, y por supuesto, por su dinero, fue expandiéndose convirtiéndose en una de las urbes más importantes. Fue tan exagerada su popularidad, que una abrumadora cantidad de inmigrantes se mudaron allí incrementado todavía más su tamaño y población.
– ¡Ya llegamos! –sonriente, el padre de Shapner estacionó el automóvil familiar ante una casa recientemente construida–valió hasta el último centavo en nuestros bolsillos, pero aquí empezaremos de nuevo, aquí seremos felices.
Ese día fue el comienzo de un nuevo amanecer, de un nuevo génesis, no sólo para Shapner, sino también, para una niña en particular. Y sin saberlo, los senderos de ambos se cruzarían en muy poco tiempo. Para él, la vida florecía rebosante de promesas de un futuro mejor. Para ella, la muerte de su progenitora sembró en su interior la semilla inextirpable de la amargura.
Parado enfrente a una puerta, Shapner cruzó el umbral dando sus primeros pasos en la inaugurada preparatoria de Ciudad Satán. En un principio, la escuela no parecía ser fuera de lo común: maestros, alumnos, aulas, pupitres, casilleros y demás elementos propios de un sitio de tal naturaleza. Pese a tal pensamiento, para el rubio, nada fue igual después de verla.
Una peculiar multitud se ganó su interés, acercándose veloz para descubrir de qué se trataba, Shapner se abrió paso entre la muchedumbre topándose con ella. Aquellos profundos ojos azules le robaron el aliento, si bien le pertenecían a una chiquilla, la dureza e intensidad que ostentaban eran característicos de una mujer de mayor edad.
– Videl, tú papá es genial…
– ¿Videl, me conseguirías un autógrafo de tu papá?
– ¿Videl, te gustaría salir conmigo?
Videl, Videl, Videl, Videl.
Ese nombre entró en su cabeza para jamás marcharse. Shapner, aún inmóvil, no despegaba sus retinas de ella. Era una chica de baja estatura, pero aquello carecía de cuantía, fue su belleza en un inicio, la que lo mantenía petrificado mirándola. No sólo eran sus pupilas azuladas, su cabello, ese cabello negro y largo se confabulaba con sus facciones volviéndola una diosa.
¿Acaso era un ángel?
Quizás esa pregunta sonaba tonta, pero Shapner realmente se debatía si lo era o no. Videl, ignorando al gentío que la rodeaba, simplemente se retiró sin decir ni una sílaba. Shapner, la siguió con la vista hasta que ella dobló en una esquina, rompiéndose así, el contacto visual. Sacándolo de su letargo, la campana sonó indicando que la jornada de estudios iniciaba.
Corriendo, se internó en los laberínticos pasillos de la preparatoria avistando en las cercanías su correspondiente salón. Habiéndose excusado por su tardanza, el maestro a cargo le solicitó elegir una butaca libre sentándose en la parte trasera y a la derecha. Una vez todos reunidos, el docente les pidió a sus estudiantes presentarse ante sus compañeros platicándoles un poco de sí mismos.
Shapner, llegado su turno, no fue muy elocuente, no había mucho que decir. Era nuevo en Ciudad Satán, su familia escapó de Cell y solamente deseaban empezar desde cero olvidando el pasado. Al concluir, su profesor le agradeció su presentación para seguidamente llamar en voz alta a Videl. Shapner, sorprendiéndose por su ceguera, se pasmó por no haberla notado antes.
Malhumorada, cruzada de brazos y mirando sus botas, Videl habló reacia diciendo que no era necesario que se presentara, no existía nadie en el mundo que no supiera quién era. Ni su instructor ni ningún otro refutaron su alegato, a excepción de cierto jovencito de extensa melena dorada que levantó su mano diciéndole que él no la conocía.
Ella, volteándose, le vislumbró con tal ímpetu que Shapner sintió como si esa mirada lo apuñalara asesinándolo en el acto. Obligada por las circunstancias, Videl se presentó muy rápidamente diciendo lo que toda Ciudad Satán ya sabía: me llamo Videl Satán, mi papá es el campeón mundial de artes marciales y él salvó a la Tierra matando al monstruo llamado Cell.
Sin aguardar por la aprobación de su pedagogo, Videl caminó de regreso a su lugar y se sentó sin borrar su expresión enojada de su faz. Con ello, las lecciones iniciaron. El primer tema en sus libros de texto, hablaba de Mr. Satán y su salvadora intervención contra Cell. Leyendo apasionados, los jóvenes devoraban cada párrafo fascinándose con la increíble historia de su gran héroe.
Todos, menos una persona.
Shapner, ocultándose con su cuaderno, espió a Videl quien no mostraba signo alguno de entusiasmo. En contraste, su desazón se hacía más y más grande, tal cosa intrigó al rubio quien le prestaba más atención a ella que a la clase. Las horas pasaron en un santiamén para Shapner, y para cuando se percató, el período de descanso, arribado el mediodía, se materializó ante a él.
– Gracias.
Viendo su charola repleta de alimentos, Shapner le agradeció a una de las tantas cocineras poniéndose cómodo en una mesa cercana y vacía dispuesto a comer. Mientras masticaba sereno un trozo de manzana, Videl ingresó en la cafetería siendo perseguida por una oleada de chicos pidiéndole fotografías y autógrafos de su padre. Shapner, atento, observó la escena.
– Vamos, Videl–le rogó uno de sus acosadores–sal conmigo, nos divertiremos, así podré conocer a tu papá en persona.
Ella, silente, lo ignoraba sosteniendo su azafate esperando por su oportunidad para sentarse a almorzar.
– ¿Qué te pasa, acaso estás sorda? –El mismo chico, hablándole irritado, le cuestionó–te estoy hablando, respóndeme.
– ¡Quieres cerrar la maldita boca! –rompiendo la calma en el comedor, Videl se robó las miradas de los allí presentes– ¡ya estoy harta de siempre lo mismo, no me interesa salir contigo ni con nadie, no quiero hablar más de mi padre, estoy harta que sólo me hablen de él!
– Ya lo sospechaba, se te subió la fama a la cabeza–nuevamente, ese chiquillo le platicó pero ahora con un tono de enfado– ¡no puedo creer que un hombre tan genial como Mr. Satán tenga una hija tan arrogante y grosera!
Aquella fue la gota que derramó el vaso. Tomando el plato de espaguetis que le habían servido, Videl se lo arrojó llenándolo de salsa y restos de comida. Aún enfadada, Videl, pese a ser más bajita que él, lo conectó con un demoledor derechazo que se enterró en su abdomen haciéndolo inclinarse del dolor. Aprovechándose de esa posición, Videl lo remató con un codazo en la nuca.
Atragantándose con un pedazo de fruta que tragaba, Shapner se sorprendió al atestiguar como esa niña, mucho más pequeña que él, enfrentó y derrotó en un segundo a un sujeto más alto que ella. No obstante, los profesores y el director de la preparatoria no compartían la fascinación de Shapner. Videl, sin calmar su enojo, fue enviada a retención como castigo por su conducta.
¡Vaya primer día de clases!
Esa fue la exclamación de sus padres, al escuchar la narración de Shapner por lo ocurrido. Él, por su parte, aún no salía de ese estado de maravilla en el que Videl lo sumergió. Esa chica era una bomba: hermosa, fuerte y de un carácter de mil demonios. Durante el trascurso de la noche, Shapner no fue capaz de borrar de su mente el rostro de la primogénita del campeón.
Los meses pasaron, y progresivamente, Shapner fue familiarizándose con sus vecinos y amigos de la escuela, empezando a ganarse una modesta reputación por su destacado desempeño en deportes como el baloncesto y el béisbol. Sin embargo, entre él y Videl la comunicación parecía no existir. Era como si una pared invisible los separara, impidiéndoles entablar la más mínima charla.
– ¡Por favor, Videl, nos divertiremos!
Terminadas las lecciones por hoy, los estudiantes iban recogiendo sus pertenencias, ansiosos por retirarse de allí, fantaseando con no volver nunca. Paralelamente, una chica rubia, delgada y de voz chillona, le insistía a Videl que la acompañara a ir de compras. Entretanto, ésta no ocultaba su nula felicidad al escuchar su propuesta. Shapner, fingiendo que no las oía, las escuchó curioso.
– Ya te he dicho que no me interesan esos lugares, Ireza.
– ¡Anda, vamos! –Suplicó la blonda–es una nueva tienda que abrió la semana pasada, de seguro al verte nos harán algún descuento, incluso, hasta tal vez nos atiendan gratis.
– ¿Cuántas veces tendré que repetírtelo? –Videl indagó con una evidente molestia–no me interesan las tiendas, además, estoy cansada de que la gente siempre me esté hablando de mi padre, pidiéndome autógrafos y esas cosas, es como si yo no existiera…
Shapner, observándolas de soslayo, las vio al cruzar la puerta difuminándose en la distancia. La rubia parlanchina aún intentaba convencerla, pero Videl continuaba negándose pese a sus esfuerzos. Volteándose, el rubio notó como un libro yacía olvidado sobre uno de los tantos escritorios del salón, al acercarse, se percató que la dueña de dicho objeto era precisamente Videl.
Y estando allí, mirando su nombre escrito, Shapner sintió como la piel de sus manos se humedecía, a su vez que en su mente, empezaba a tejerse una idea que podría destruir esa barrera etérea que no le permitía decirle ni media palabra. Experimentando una sensación que no consiguió nombrar, Shapner no dudó y emprendió una desesperada carrera por hallarla.
Al llegar al exterior de la preparatoria, la buscó en todas direcciones sin éxito durante los primeros minutos. No obstante, la providencia le dio un leve soplido de buena fortuna, ya que la avistó a unas cuantas cuadras más adelante. No sabía qué reacción obtendría de ella, quizá un escueto te lo agradezco o un desafortunado no te metas en lo que no te importa.
Pese a la incertidumbre, poco le importó. Ella tenía algo que lo atrapaba, más allá de su lindura física, la forma de ser de Videl era demasiada intoxicante para él, y gustoso, se dejó envenenar por ese brebaje apoteósico. Corrió y corrió hasta que se encontraba a unos insignificantes metros, y al verla con claridad, descubrió que caminaba sola, Ireza posiblemente se rindió y se marchó.
– ¡Videl!
Su primer grito fue agónico, inaudible.
– ¡Videl!
Un segundo grito, más enérgico que el anterior, pero igual de ineficaz.
– ¡Videl!
Un tercero, y al contrario que sus predecesores, sí poseyó el vigor que éstos no tuvieron.
– ¿Shapner?
Deteniendo sus pasos, Videl se giró sorprendida por aquel llamado, topándose con su compañero de clase reclinado contra un muro de ladrillos respirando muy agitadamente. Ella, sin comprender, se aproximó colocándose ante él quien continuaba tomando grandes bocanadas de aire. Hablándole con ademanes, Shapner le pidió paciencia a lo que ella accedió asintiendo.
– Videl, Videl–aún sin recuperarse totalmente, Shapner se dispuso a derrumbar esa muralla entre ambos–olvidaste tu libro de geografía, tómalo.
– ¿Corriste como loco sólo para darme mi libro?
– Sí.
– ¿Por qué?
– Sólo para devolvértelo, nada más.
Cualquier otra persona hubiera visto tal cosa como un acto desinteresado y cortés; empero, Videl desconfiaba de la más mínima muestra de gentileza sin dejarse embelesar por ella. Muchos, valiéndose de esa táctica, constantemente pretendían aprovecharse de su fama queriendo obtener algo a cambio. Y Videl, harta de ello, solía golpear a quien fuere por su osadía.
Aunque, en esta ocasión, no lo hizo.
No supo cómo explicarlo, pero había algo diferente en ese chico.
– Entiendo, eres muy amable, Shapner, gracias.
Mudo y sutilmente temeroso, Shapner extendió su brazo entregándole su libro. Videl, imitándole, se aferró a este haciendo que, inevitablemente, las puntas de sus dedos se tocaran. En ese momento, al tocarla, Shapner fue estremecido por una especie de corriente eléctrica, una descarga que únicamente avivó todavía más esa floreciente atracción que tenía hacia ella.
¿Cómo unos dedos tan suaves y delicados eran capaces de golpear con tanta firmeza?
Recobrando un ápice de cordura, él se cuestionó:
¿Qué fue aquello?
¿Por qué sintió eso cuando la tocó?
El Shapner racional desconocía las respuestas, aún así, el Shapner emocional sí supo otras cosas: estaba fascinado por ella, hechizado por ella, embrujado por ella, hipnotizado por ella.
Y enamorado de ella.
Estaba enamorado de Videl.
– Nos vemos luego, adiós Shapner.
Shapner, quien apenas pronunció un lacónico adiós, se quedó allí parado viéndola mezclarse con el paisaje citadino hasta que la perdió de vista. Se quedó allí mucho después de que ella se fue. Se quedó allí, repasando en su memoria, cada diálogo y acción que intercambiaron. Se quedó allí meditabundo, llegando a la misma conclusión a la que llegó su subconsciente poco antes:
Estaba enamorado de Videl.
Está recuperando la conciencia…
Sí, esa era la razón para ese extraño magnetismo que sentía por ella.
Se está estabilizando…
No sabía cómo, pero él se lo haría saber, él se lo diría.
Llévenlo de urgencia al quirófano, hay que extraerle la bala…
– Videl…
Su presión arterial disminuye, está perdiendo la conciencia otra vez…
– Videl–armándose de valor, se dirigió a ella al verla comer sola– ¿puedo sentarme aquí?
– Haz lo que quieras–indiferente, la hija del campeón mundial le respondió sin mirarlo.
Luego del suceso durante el almuerzo tiempo atrás, nadie a excepción de Ireza se sentaba a comer con Videl. Algunos temían que les diera una paliza sin motivo aparente, pese a ello, Shapner se envalentonó y tomó asiento frente a la pelinegra mirándola sin ningún disimulo. Ella, sintiéndose incómoda por tal atención, rodó sus ojos hacia él viéndolo con la máxima frialdad que ostentaba.
Para su sorpresa, el efecto producido en él fue adverso a sus intenciones, entre más mostraba su carácter tosco, más se enamoraba él de ella, quedando esto demostrado por la concentración con la cual Shapner le miraba.
– ¿Shapner, qué haces aquí? –Ireza, sin saberlo, rescató a su camarada de ese nada cómodo ir y venir de miradas.
– Bueno, yo, sólo vine a saludar, además, vi tan sola a Videl que…
– ¿Lo ves, Videl, lo ves? –Le cuestionó Ireza sentándose junto a la ojiazul–no todos los chicos son malos, Shapner es prueba de ello.
– Pues sigo pensando lo mismo de siempre…
– ¡Eres tan amargada y caprichosa! –Ireza, objetó airadamente–aún no entiendo cómo es que me caes tan bien.
– Bah…
– ¿Cuándo cambiarás ese horrible peinado tan pasado de moda? –Ireza, fastidiándola fiel a su estilo, examinó de cerca una de sus coletas–mi abuela se peinaba así para venir a la escuela, me preocupa que no tengas el más leve sentido de la moda.
– ¡Por Dios santo Ireza, cuándo entenderás que la moda me tiene sin cuidado!
Shapner continuó viéndola con una enorme sonrisa en los labios. Ireza se esforzaba afanosamente por persuadirla para cambiar su imagen, y Videl, aferrándose a su testarudez, solamente fruncía el ceño guardando silencio sin esconder su enojo. Pronto, Shapner se unió a la conversación, empezando a construir puentes con el par de chicas, ganándose su confianza y amistad.
Cada día la historia se repetía en todos los recesos, el dueto ya no lo fue más, volviéndose un trío. Habiendo entrado en su círculo social, Shapner fue descubriendo, poco a poco, a esa Videl que nadie más veía, una Videl que, incluso, la mismísima Ireza desconocía. Era la Videl eclipsada por la fama, la Videl que odiaba su propio destino, la Videl que lloraba a su madre fallecida en secreto.
Esa era la Videl que existía detrás de Videl.
Detrás de ese rostro enfadado.
Detrás de esa expresión seria.
Detrás del apellido Satán.
– ¿Quién te enseñó artes marciales, Videl?
– Papá me entrenaba al principio, pero después de ganarle a Cell no volvimos a practicar juntos–le respondió la jovencita de azabaches cabellos–como empezó a salir de gira para firmar autógrafos y esas cosas, empecé yo sola a entrenar, de hecho, escuché que en el próximo torneo de artes marciales habrá una sección infantil, me gustaría inscribirme y participar.
– ¿En serio? –Alegó sorprendido–yo…yo no sé cómo lo haces, eres tan fuerte y valiente, a mí me daría temor pelear contra alguien.
– Pues a mí me divierte, es mil veces mejor que cualquier videojuego.
Concluida la jornada educativa, los estudiantes iban abandonado la escuela marchándose a casa. Videl, como habituaba hacerlo, no utilizaba ninguno de los autobuses escolares ni tampoco esperaba que uno de los sirvientes de su padre fuera por ella, sino, que prefería caminar como cualquier otro lo haría, y Shapner, deseoso de conocerla más, se ofrecía a acompañarla.
– Espero que Ireza se recupere pronto, cuando yo me enfermé de paperas pasé casi dos semanas en cama–Shapner, terminando de recoger sus cosas, la escoltó saliendo del salón orientándose al exterior de la preparatoria.
– Sí, pero conociéndola, debe estar disfrutando de no tener que venir a la escuela.
Estando a punto de llegar a la puerta principal, tanto Videl como Shapner, detuvieron sus pasos al ver como el camino estaba bloqueado por una silueta humana. Videl arqueó una ceja al reconocerlo, era el mismo sujeto que meses antes recibió un baño de espaguetis cortesía de ella. Shapner, sin saber qué pensar, únicamente se mantuvo callado.
– ¿Qué haces ahí? –Videl le dijo cuestionándole–hazte a un lado, no estorbes.
– ¿Sabes cuántos chistes y burlas he recibido por tu culpa? –le contestó con otro cuestionamiento–quise ignorar las bromas, pero ya me harté, no permitiré que se sigan burlando de mí por haberme golpeado una niña…
– Creí que había sido suficiente lo que pasó aquella vez, pero veo que no fue así.
– Voy a devolverte lo que me hiciste, no me importa que seas la hija de Mr. Satán, ninguna mocosa se va a burlar de mí.
– ¿Y cómo pretendes hacer eso? –Videl, arrogante y divertida, le indagó–es imposible no reírse de ti, eres un chiste viviente…
– ¡Maldita…!
– Videl, no creo que sea buena idea…
– Sujeta mi mochila, Shapner–interrumpiéndolo, se la lanzó–de esto era de lo que te hablaba, me encanta pelear…
– ¡Pero Videl!
– Vamos grandulón, qué esperas, aquí estoy…
– Te quitaré esa estúpida sonrisa del rostro…
Recordando cada burla y broma que ha recibido a causa de aquella vez en la cafetería, ese chico apretó los puños y sin vacilación alguna se arrojó hacia ella. Esperando con calma, Videl rodó por el suelo al tenerlo cerca de ella eludiendo el derechazo que éste le envió. Aprovechando su ubicación actual, Videl le obsequió una patada al ras del piso que lo hizo caer de espaldas.
Levantándose veloz, Videl saltó cayéndole encima con fuerza, enterrando sus pies en su abdomen. Sin aire, y claramente desorientado, la efervescente ira del matón se redujo por un santiamén mientras trataba de recobrar la respiración. Escupiendo un poco, se repuso, y reanudó sus intentos de venganza, disparando torpes e imprecisos puñetazos que Videl bloqueó fácilmente.
Shapner, por otro lado, fue espectador en primera fila de esa pelea, presenciando con detalles, como ese brabucón recibía la segunda golpiza más grande de su vida. Aunque, sin saberlo, como resultado del ruido que su confrontación generaba, un profesor en una oficina cercana los escuchó, encaminándose a toda prisa hacia ellos.
Pese a eso, Videl se olvidó por completo que aún se hallaba dentro de la escuela, y dejándose llevar por la adrenalina, sencillamente se divirtió diezmando a ese pobre diablo que ahora lamentaba haberla provocado. Tan rápido como dio inicio, así concluyó. Videl, extendiendo su pierna derecha, conectó con un puntapié al tonto que la retó destrozándole la mandíbula.
– Patético, entre más grandes se sienten más idiotas son…–Videl, cruzándose de brazos, afirmó victoriosa.
– ¿Qué demonios está pasando aquí?
Congelando la sangre en sus venas, los gritos enfurecidos de uno de los maestros paralizaron a Videl. Era una chiquilla valiente, determinada, osada y sagaz; sin embargo, seguía siendo eso: una chiquilla. Y como tal, no tenía medio alguno para escabullirse de la autoridad que sólo un adulto puede imponer. Entendiéndolo, Videl supo que se había metido en problemas, graves problemas.
– ¡Videl Satán! –Vociferó furioso, a su vez, que se agachaba para examinar al maltrecho jovencito tendido en el suelo–esta es la segunda vez que golpeas a un estudiante, se te había advertido que si sucedía de nuevo serías expulsada de la escuela, tendré que llamar a tu padre…
– ¡Pero él, pero él!
– ¡Videl no hizo nada, profesor! –Shapner, robándose la atención de los dos, se hizo notar–fui yo, profesor, fui yo el que lo golpeó, no fue Videl.
– Shapner, no mientas.
– No estoy mintiendo, profesor, él empezó a molestarnos y yo, lo golpeé.
– ¿Es cierto eso, Videl?
Videl miró a su profesor primeramente, después, con lentitud, intercambió miradas con Shapner. Ella recordó aquella ocasión cuando fue enviada a retención, al enterarse, su padre, encolerizado, la reprendió airadamente diciéndole que con sus actos de rebeldía manchaba la reputación de su familia, obligándolo a pagar una gran suma de efectivo para que lo sucedido no se divulgara.
Ya teniendo muchas dificultades con su progenitor, ella no quería más. Y sin saber por qué lo hacía, Shapner metía sus manos en la suciedad dejando las de ella limpias. Ante tal oportunidad, Videl, por reflejo, de forma involuntaria, sacó ventaja de ésta sin dar marcha atrás. Ya llegaría el momento para dejarse ahogar por la culpa y el remordimiento, pero aún no era hora, aún no.
– Sí…–replicó fugaz–sí, Shapner me lo quitó de encima…
– Los buscapleitos es algo que la escuela no tolera, pero usar la violencia para contenerlos tampoco–increíblemente, creyendo esa patraña carente de solidez, ese maestro les reprendió enfocándose seguidamente en Shapner–acompáñame a la oficina del director, Shapner, tendré que llamar a tus padres…
Shapner jamás olvidará la furiosa reprimenda que su padre le dio al volver a casa, ni la expresión de decepción en su madre al permanecer silente. Aún así, en su interior, no padecía de arrepentimiento al cargar un peso que no le correspondía. Fue expulsado por una semana, se quedó sin televisión, sin videojuegos, sin nada material, pero aquello le fue irrelevante.
En ese instante, Shapner se despidió de su niñez para siempre.
En ese instante, Shapner entró en una nueva etapa de su ser.
En ese instante, Shapner se volvió un adolescente.
Esa fue, la primera, de una serie de locuras, que lo impulsaron a declararle sus sentimientos a Videl. Asimismo, para su infortunio, a una cadena de fracasos que fue creciendo con los años. Fracasos que pusieron a prueba, en más de una vez, su amor por Videl. No obstante, ninguna de esas pruebas fue tan demostrativa y concluyente como la más reciente: arriesgar su vida por ella.
Así pues, entretanto Shapner continuaba divagando en un pasado que revivía en su memoria, él, sin percatarse de ello, reposaba en una blanca cama de hospital bajo la vigilante expectación de los médicos y enfermeras a su cuidado. Shapner, desde su infancia, constantemente buscaba demostrarle a Videl su valentía, y esa noche, no sólo se lo demostró a ella, sino, a todos.
"Si tan sólo yo fuera como él, esto no hubiese sucedido".
Era la madrugada del domingo, amanecería en cuestión de un par de horas. Llovía a cántaros, el viento soplaba con fuerza sacudiendo las ramas de los arbustos cercanos a su recámara. Las bombillas yacían muertas, ninguna emanaba ni un sólo haz de luz. El vidrio de la ventana se empañaba más y más, humedeciéndose de la misma manera en que las mejillas de Videl lo hacían.
– Si tan sólo…si tan sólo–susurró Videl, inmersa en una amargura que no experimentaba desde el deceso de su madre–si tan sólo, si tan sólo ese grandísimo idiota no se hubiera entrometido…
No.
Mentira.
Eso era mentira.
Eso no era lo que realmente quería decir.
Si tan sólo yo fuera como el Gran Saiyaman, esto no hubiese sucedido.
Sí.
Eso era lo que realmente quiso decir.
Eso era.
Cabizbaja y temerosa, Videl hundió su cabeza entre sus piernas desnudas, entrelazando los delgados dedos de sus manos con los de sus pies descalzos. Sentada allí, justo al lado de la ventanilla, Videl miraba sus alrededores buscando una respuesta que no estaba ahí. Una respuesta que la ha eludido desde meses atrás, una respuesta que ahora más que nunca, exigía saber.
Todavía podía oírlo gritar, un grito que se grabó en su memoria y que renunciaba tercamente a largarse. Si no hubiera tardado tanto en vencer a esos matones, si hubiera derrotado primero al líder de la banda, si hubiera reaccionado más rápido, si hubiera sido más atenta a los eventos que se iban desarrollando en sus cercanías.
Si hubiera, si hubiera, si hubiera, si hubiera…
Videl, girando su rostro a su izquierda, y a pesar de la escasa iluminación en su alcohola, fue capaz de distinguir la inconfundible imagen plasmada en aquellos miles de recortes de periódicos. El Gran Saiyaman, con esa repugnante y gigantesca sonrisa; le veía mudo y penetrante. Sin dejar de mirarlo, Videl se levantó caminando hacia esa pared inundada de papeles e indicios.
Sí, indicios.
Indicios que no la llevaron a ningún lugar. Indicios que solamente eran callejones sin salida que se burlaban de ella. Indicios que meramente le robaban la tranquilidad, al empujarla a un nivel de obsesión únicamente alcanzado por un adicto. Indicios que la hicieron perseguir una sombra, la sombra de otro indicio que la llevaría a la verdad, un indicio que parecía no existir.
Ensimismada, arrancó una de esas imágenes impresas y la observó en silencio. Fue divertido al principio, casi como el juego del gato y el ratón, pero el juego fue volviéndose peligroso. Y a medida que fue recopilando más información y datos sobre ese enigmático superhéroe, fue, gradualmente, descubriendo sus propias debilidades.
Debilidades que la desnudaron, dejando a la vista de todos, su incapacidad de igualar a tan formidable justiciero. Podría entrenar mil años y aún así, no tendría la fortaleza para vencerlo. Cómo se vence a alguien que puede volar por sí mismo, cómo se vence a alguien que es inmune a las balas, cómo se vence a alguien que es más veloz que un rayo. Cómo, cómo, cómo.
– ¡Videl, agáchate!
Por millonésima vez lo oyó gritándole, advirtiéndole de una amenaza que no pudo detectar por haberse distraído de más con un criminal ordinario y vulgar. Estúpida, eres una maldita estúpida, se dijo en sus adentros, al recordar como Shapner emprendió una carrera frenética para cubrirla mientras el tirador apuntaba su arma en su contra.
Ante tal suceso, escuetamente se protegió con sus brazos, quedándose parada como una estatua sin haber hecho algo más útil, algo más sensato, algo más heroico. En ese momento, se convirtió en lo que más odiaba: se convirtió en una damisela en apuros. Desde niña odió esa imagen absurda con la cual eran encasilladas las mujeres, una etiqueta que no deseaba para sí.
No obstante, en ese bar, en ese instante, lo fue: fue una damisela en apuros.
Y con ello, el disparo, el estruendoso rugido de una pistola al disparar.
Luego, el rojo.
– ¡Shapner!
Si ella poseyera las mismas habilidades que ese payaso de circo, no habría presenciado como su amigo daba la vida por salvarla. El Gran Saiyaman solía aparecer cuando menos lo necesitaba, y ahora, que verdaderamente rogaba por su aparición, éste no se presentó. Y viendo la cara pálida e inexpresiva de Shapner, Videl sintió el azote de la recriminación.
Muchos la llamaban heroína, justiciera.
¡Vaya falsedad!
– No soy ninguna heroína, no soy ninguna justiciera–aseguró susurrante–no soy más que una inútil que se quedó parada sin hacer nada, no soy más que una patética tonta que despertó de su sueño, de su autoengaño…
Con la rabia apoderándose de su lucidez, Videl se volteó contemplando las pistas que acumuló por meses. Finalmente, a la barra de dinamita se le agotó la mecha, y explotó. Loca, sin razón, desquiciada, empezó a arrancar de sus muros todas las evidencias que poseía sobre el Gran Saiyaman, rompiéndolas una tras otra dejándolas hechas añicos.
Tambaleante, cayó de rodillas. Derrotada, miró las palmas de sus manos con repudio y asco, y así, poseída por sus demonios más personales, lo dijo:
– Nunca más volveré a pelear, nunca más…
Incluso, hasta los truenos en las nubes, se estremecieron con el bramido que salió de ella.
Fin Capítulo Dos
Hola, gracias por haber leído el segundo capítulo de este extraño experimento. En un fic anterior, Lo malo de ser un héroe, exploré el lado oscuro y hasta malvado que Gohan posee en su interior. Así pues, continuando con esa misma premisa, deseo que Tras la sombra de un indicio sea exactamente lo equivalente para Videl.
Cada episodio es una nueva etapa de esta exploración, quiero ver cómo sería el comportamiento y la vida de Videl si llegase a suceder algo que destruya los cimientos que la sostienen. Y como ya lo notaron al leer, esto lo hago por medio de Shapner. Quien es un personaje que apenas participa en la serie, y que, posteriormente, se desvanece para nunca más aparecer en DBZ.
Shapner, casi siempre, es mostrado como un tipo fanfarrón e insoportable que busca el amor de Videl, pero, yo busco distanciarme de eso mostrándolo de una forma distinta. Diciéndoles esto, les explico por qué Shapner será un personaje clave en este fic, llevándose gran parte del protagonismo de la trama, convirtiéndose en el hilo conductor para el desarrollo de los eventos.
Por un breve instante pretendo apartarme levemente de los relatos netamente románticos, enfocándome un poco más en algo que eternamente me ha costado mucho escribir, me refiero al drama y a la angustia. Por ello, este experimento, no sólo es para mostrar un universo alterno sobre los personajes, sino también, para ver cómo me va a mí mismo tocando esos temas.
Quisiera también agregar que la escena final del capítulo, la escribí al inspirarme en el dibujo de portada creado por mi querida amiga Linkyiwakura, además, de oír una hermosa melodía muy melancólica que me hizo imaginarme a esta Videl atormentada y triste. Si desean escuchar la canción de la que les hablo, búsquenla en You Tube con este nombre: The Departure - Gattaca.
Ya para finalizar, les doy mi agradecimiento a Vanessa neko chan, VidelxGohan, HnW, Serena Hepburn, Jundo-San, Son-Cindy, Majo24, Faith jokab, Gohan098 y a Linkyiwakura por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
