Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 3
– Este traje es una maravilla, Bulma tenía razón al recomendármelo–muy sonriente, y dispuesto a iniciar una nueva semana, Gohan monologó al alejarse de las montañas Paoz acercándose a Ciudad Satán–debería pedirle a Bulma uno para Goten, tal vez se lo pida al terminar la escuela hoy…
Lunes por la mañana. Sobrevolando el paisaje citado, el Gran Saiyaman se desplazaba veloz por el cielo matinal con la misma prisa con la cual siempre lo hacía. Gohan, mirando de un extremo a otro, buscaba entre las nubes a su inseparable perseguidora. Conociéndola, y como ya lo tenía acostumbrado, Videl aparecería en cualquier momento como cada día solía hacerlo.
Sin embargo, los segundos continuaban avanzando y Gohan seguía con su vuelo en completa calma. Una calma que parecía irreal, falsa, artificial. Confuso, el hijo de Son Goku se detuvo abruptamente, flotando por encima de los edificios, buscándola. Normalmente, él estaría trazando toda clase de piruetas en el aire tratando de quitársela de encima, pero hoy no era así, hoy no.
Permaneció por unos minutos allí, levitando, inmóvil, esperándola. Viendo como su reloj no dejaba de marcar el tiempo, Gohan se vio obligado a retomar su andar orientándose a la preparatoria, sintiéndose invadido por el desconcierto y la duda. Gohan no negaba que al principio le era molesto e incómodo tal persecución, pero, inevitablemente, le fue pareciendo divertida.
Ver el rostro iracundo de Videl resultaba una visión tan peculiar, él no entendía por qué ella lo consideraba como una amenaza o un estorbo. Gohan admiraba el valor que ella poseía al defender a otros, asimismo, su fuerza y grandiosa destreza al combatir. Tanto así, que estaba convencido que si Videl lograse dominar su ki, sería una de las mujeres más poderosas del mundo.
– Tu apariencia es ridícula, pero admito que eres muy fuerte–evocando su fugaz plática del viernes anterior, Gohan pensó en ella.
– Usted también es muy fuerte, señorita Videl, no se menosprecie.
– No trates de halagarme, ya verás que un día de estos descubriré tu verdadera identidad, Gran Saiyaman.
– Pues le deseo buena suerte, señorita Videl, nos vemos en otra ocasión, adiós.
Despidiéndose de ella, Gohan se marchó a casa, dejándola una vez más, con su ambición de desenmascararlo frustrada.
– Qué extraño que hoy no me persiguiera…
Avistando la azotea de la escuela justo adelante, Gohan aterrizó tranquilamente desactivando su disfraz regresando a ser él mismo, separándose de su álter ego justiciero. Descendió silencioso por la escalera, adentrándose en los pasillos repletos de alumnos, los cuales, charlaban entre sí con gran intensidad, tal fenómeno, se ganó la atención de Gohan de inmediato.
– ¿Pero está vivo?
– Sí, está vivo pero muy herido.
– Entonces sí está con vida, había escuchado que murió en el bar.
– ¡Sí, yo escuché lo mismo, pensé que estaba muerto!
Gohan, sin dejar de caminar, no pudo evitar escuchar la conversación que un grupo de chicos sostenía instantes antes de iniciar las lecciones. Por lo poco que alcanzó a oír, algo había sucedido en los días recientes, y tal suceso, sonaba muy grave. Gohan, hallándose muy cerca de entrar a su salón, escuchó el lloriqueo incesante de una de sus compañeras.
Y dicho lloriqueo, impregnado de angustia y dolor, le pertenecía a una irreconocible Ireza.
– ¿Qué pasa? –Gohan, viendo a Ireza con su cara humedecida, preguntó sin evitarlo.
– ¿No lo sabes? –Ángela, sentada justo al lado de la rubia, le miró con sorpresa–Shapner está hospitalizado, le dieron un tiro el sábado por la noche.
– ¡Qué! –Exclamó pasmado– ¿un tiro, cómo, dónde, se encuentra bien?
– Estaba bebiendo en un bar cuando unos asaltantes entraron a robar–Ángela, respondiéndole con pausa, le dijo–al parecer, ocurrió un tiroteo y lo hirieron.
– ¿Pero cómo está, está bien? –reiteró su duda inicial.
– Está vivo, tranquilo, lo poco que sé es que la bala lo golpeó en su hombro derecho–la pelirroja replicó–lo único preocupante es que aún no despierta, muchos pensamos ir a visitarlo al salir de clase por la tarde.
– Todo esto me toma por sorpresa, no tenía ni idea…
– Yo no sé qué hago aquí, yo debería estar en otro sitio, no aquí–Ireza, hablando más tranquila y limpiando sus lágrimas, se desahogó interrumpiéndolo–desearía dividirme en dos, así podría estar con Shapner en el hospital y con Videl en su casa.
– ¿Con Videl en su casa, por qué dices eso? –Gohan, con eso, se perturbó aún más, y por reflejo, la buscó en el aula descubriendo su ausencia– ¿y a ella qué le sucede?
– Cuando pasó lo de la discoteca, la policía le pidió ayuda a Videl–Ireza, llenándose de valor, le respondió–ella fue y empezó a pelear con los delincuentes, y mientras lo hacía, Shapner salió herido, no tengo todos los detalles, sólo sé que Shapner trató de ayudarla cuando le dispararon.
– ¿Cómo sabes eso, quién te lo dijo? –pese a que las preguntas sólo abrían más la herida, Gohan fue incapaz de no hacerlas.
– Videl, la misma Videl me lo dijo el sábado por la noche, yo estaba en casa, en mi cama, cuando ella, llorando, me llamó a mi teléfono–acotó la blonda–nunca antes había escuchado a Videl llorar, oírla me destruyó por completo…
– ¿Videl, Videl? –Ireza, suspirando, evocó aquella horrible llamada telefónica–Videl sé que eres tú, el identificador de llamadas me lo dice…
– No pude ayudarlo, no pude ayudarlo…
– ¿Videl, de qué hablas, por qué estás llorando? –Ireza, sentándose de golpe sobre el colchón, percibió el inconfundible sonido del llanto–por favor, trata de tranquilizarte y explícame despacio…
– Shapner, el grandísimo idiota y estúpido de Shapner…–ese alegato congeló a Ireza, quien perdió la lucidez por un santiamén–hubo un asalto en un club nocturno, yo fui a ayudar y Shapner también estaba allí, un ladrón y yo estábamos peleando cuando otro intentó dispararme pero Shapner se interpuso y recibió la bala…
– ¡Por Dios santo, Videl, por Dios santo! –Llevándose una mano a la boca, Ireza sintió como sus ojos se humedecían de repente y sin aviso– ¿acaso él está, está muerto…?
– No lo sé, no lo sé–sollozante, Videl le afirmó–se lo llevaron en una ambulancia de emergencia al hospital, perdió mucha sangre, el piso quedó cubierto de ella, yo también lo estoy, toda mi ropa está empapada con su sangre, fue mi culpa, fue culpa mía…
– Jamás había escuchado a Videl hablar así, sentí un escalofrío terrible al oírla–terminando su breve relato, Ireza se volteó hacia Gohan–luego de eso me dijo que tenía que cortar la llamada, que quería estar sola, ayer traté de llamarla a su casa todo el día pero nunca levantó el teléfono, me preocupa mucho, ella cuando pierde la cabeza hace cualquier estupidez, necesito verla, tengo que verla…
Gohan no supo qué decir ante tal declaración, y abrumado por las noticias que recién recibía, se sentó en su sitio quedándose callado. Para él, el fin de semana fue de lo más normal y tranquilo. Viviendo lejos de cualquier poblado, dentro de su pequeña burbuja de paz, Gohan sobrellevó el sábado y domingo haciendo sus deberes escolares y caseros sin ningún inconveniente.
Sábado por la noche, sábado por la noche.
Pensando en ese momento en particular, Gohan recordó como practicó por varias horas, cientos de presentaciones y frases para usarlas cuando se viera en la necesidad de convertirse en su otro yo. Incluso, Goten, animado y muy alegre, le ayudó a perfeccionar sus pasos de baile puliendo sus coreografías, llegando a ilusionarse, con mostrarlas al público tan pronto se presentara la ocasión.
Al madurar el anochecer, Gohan se puso cómodo en su cama durmiendo después de haber disfrutado de un día más que perfecto. Y al meditar sobre ello, Gohan se estremeció al darse cuenta que mientras él dormía a gusto, a varios kilómetros de distancia, Videl combatía sola, sin ayuda de nadie, y peor aún, que uno de sus amigos veía como su vida se escapaba de sus manos.
Invadido por esa macabra comparación, Gohan se giró a su derecha observando dos sillas vacías no muy lejos de él. Dos sillas que yacían abandonadas por sus dueños, dos sillas vacías que se volvían más grandes que la habitación en sí, dos sillas vacías que incluso parecían tener voz propia, susurrándole vocablos que no alcanzaba a entender, como si le hablaran en otro idioma.
La mañana cambió para Gohan con demasiada rapidez, demasiada como para asimilarla en un pestañeo. Toda la serenidad y buen humor se fue por el caño, vaciándolo por dentro, dejándolo pasmado al comprender que ya era muy tarde para lamentarse, el pasado no podía cambiarse, lo hecho, hecho quedaba. Tal razonamiento, lo condujo a una conclusión lógica e irrefutable:
– Ahora entiendo, ahora entiendo porque no apareció esta mañana para perseguirme–masculló–ella debe estarse…
No conocía a Videl en su totalidad, pese a ello, sabía perfectamente que era una persona entregada a su misión personal de proteger a otros. Presenció decenas de veces como ella, sin dudarlo, se exponía al peligro con tal de que un inocente no pagara el precio. Aún desconocía el motivo de semejante valentía, aún así, eso no le impedía tenerle un profundo respeto.
Y, sin olvidarse de él, se acordó de Shapner. El rubio, desde su llegada a Ciudad Satán, constantemente decía alguna broma o burla hacia él, ya sea por su desempeño académico o por su ingenuidad al ignorar cosas que para los demás eran de lo más común. No obstante, Gohan nunca percibió maldad en él, simplemente era el típico jovencito presumido, pero nada más.
– Buenos días a todos…
Rompiendo sus pensamientos, su maestro de matemáticas entró en el salón mostrando la misma expresión seria y apagada que, los restantes allí reunidos, también exhibían. Gohan fingió prestar atención, pero su mente se hallaba muy lejos de ahí naufragando en un océano de divagaciones, nadando contra las olas sin llegar a ninguna parte, azotado por miles de reflexiones.
Las palabras de Ireza rebotaban en su cabeza infinitamente, la mera idea de imaginar a Videl llorando desconsolada, tal y como la rubia alegaba, resultaba una estampa perturbadora y hasta cierto punto, escalofriante. Si hay algo que caracteriza a Videl, es justamente su carácter sólido e inquebrantable, por ello, el relato de Ireza destruía por completo dicha imagen férrea.
¿Qué debía hacer?
¿Cómo se suponía que debía actuar en una situación así?
¿Era normal lo que estaba sintiendo?
Gohan, desde su niñez, fue testigo de muertes atroces en diversos campos de batalla; sin embargo, esa pavorosa realidad siempre se resolvía gracias a la magia de siete esferas que minimizaban los problemas. Pero ahora, bajo las actuales circunstancias, se veía forzado a amoldarse a las reglas, las cuales, los humanos normales eternamente han aceptado y odiado.
Cerrando sus ojos se concentró, y situados en distintos lugares de la ciudad, los detectó. El ki de Shapner era muy débil, pero estable, y con lentitud iba normalizándose. El de Videl, en contraste, era un caos. Subía dando grandísimos sobresaltos, seguidamente, bajaba con violencia hasta casi desaparecer, encogiéndose, casi como si deseara evaporarse, desvanecerse de la faz de la Tierra.
¿Debería ir a verla?
¿Debería visitarla y hablarle?
¿Debería buscarla?
Mientras Gohan entraba en el laberinto del debería, Videl aún continuaba atrapada en el del hubiera.
Videl, me encantaría decirte esto personalmente, pero siendo honesto contigo, estoy demasiado nervioso para hacerlo, por eso prefiero decírtelo con una carta. Sé que nos conocemos desde hace muy pocos años, pero he llegado a apreciarte mucho, eres una gran amiga y créeme cuando te digo que admiro muchísimo la valentía y fuerza que tienes, yo desearía ser igual a ti.
Discúlpame, ya empecé a decirte muchas tonterías, lo que realmente quiero decir es que te has ganado mi cariño, más que únicamente mi cariño, yo me he enamorado de ti, Videl, y me gustaría invitarte a salir el próximo domingo si así te parece. Por favor, acepta, te prometo que nos divertiremos, tengo entradas para el cine, la pasaremos genial. Te veré en el salón, te espero allí.
Shapner.
– ¿Qué lees, qué es eso? –Ireza, sacando sus libros de su casillero, le cuestionó.
– No es nada, olvídalo–cerrando la puerta de su taquilla, Videl dobló rápidamente ese papel ocultándolo entre sus cosas.
– Vamos, dime qué es, esconderlo sólo me dará más curiosidad–insistiendo, la blonda no se rindió.
– Ya te dije que no es nada–eludiendo el tema, Videl tomó su mochila y se alejó de ella–vamos Ireza, apúrate, la campana sonará pronto.
– Ya voy, ya voy, espérame.
Cinco segundos después, y tal como Videl lo presagió, el timbre que anunciaba el inicio de las lecciones retumbó, provocando que los estudiantes rezagados corrieran desesperados por volver a sus salones. E ignorando el parloteo de Ireza y demás alumnos en los pasillos, Videl mantenía su vista en el piso, completamente pensativa a raíz de esa carta que encontró entre sus pertenencias.
Todavía sin saber qué decir o tan siquiera pensar, ella entró en su clase dirigiéndose a su asiento sin despegar sus ojos del suelo. Durante los primeros minutos se esforzó por prestarle atención a su maestro, en verdad dio su máximo empeño en hacerlo, pero fracasó. Lentamente, muy lentamente, fue girando su rostro intercambiando miradas con un ansioso Shapner.
El rubio, muy sonriente, le saludó tímidamente con un ademán recibiendo una respuesta aún más tímida por parte de Videl. Aquello desconcertó a Shapner, quien conocía la forma de ser brusca de ella, verla con una expresión avergonzada era nuevo para él. Y precisamente, tal cosa también sorprendió a la mismísima Videl, ella, desconcertada, volvió a concentrarse en la lección.
Llegado el receso del almuerzo, Videl consiguió alejarse de Ireza lo suficiente como para buscar a Shapner. Él, al ver las señas que ella le daba, se olvidó de comer y se abrió paso entre los demás estudiantes atravesando el corredor lleno de ellos. Videl, dándole la espalda, caminó apresurada doblando en una esquina, entrando en un aula solitaria seguida de cerca por Shapner.
– ¿Acaso esto es una broma, es una broma, verdad? –Videl, sin rodeos, directo al grano, le indagó.
– ¿Una broma? –Shapner le cuestionó–no entiendo.
– Me refiero a esta carta, a lo que dices en ella–Videl agitó su mano sosteniendo la carta–sé lo bromista que eres, pero créeme que a mí esto no me causa risa.
– Videl, yo no estoy bromeando, lo que dice ahí es cierto–recudiendo la brecha entre ellos, Shapner se le acercó–he tratado de decírtelo en persona, pero nunca me atreví, y pensé que escribiéndolo era la manera más sencilla para hacerlo.
– Escúchame, Shapner, me simpatizas, eres un buen amigo, uno de los pocos chicos en esta escuela que es honesto conmigo, pero esto…esto no…
– ¿No, qué? –le preguntó sin comprender.
– ¿Cómo que qué? –Argumentó la hija del campeón mundial–creí que me conocías, creí que sabrías que a mí estas cosas no me interesan, se lo he dicho miles de veces a Ireza, supuse que me habrías escuchado decirlo más de una vez: yo no estoy interesada en los chicos, y eso, te incluye.
– Videl…–desesperado, trató de buscar las palabras indicadas para expresarse–eso lo sé muy bien, lo sé, pero por eso te pido que me des una oportunidad, de verdad me gustas, Videl, me gustas mucho, eres fuerte, valiente, increíble…
– ¡Basta, Shapner, basta, no digas más! –Alzando la voz, cortó su discurso– ¿no lo has comprendido, verdad?... ¿no lo entiendes?
– ¿Entender qué?
– Yo no soy alguien normal, no lo soy y jamás lo seré–aseveró la pelinegra–toda mi vida es prácticamente pública, todos creen saberlo todo sobre mí, no puedo salir a la calle sin que nadie me señale y diga: miren, es Videl Satán, la hija del héroe que salvó la Tierra.
Shapner se disponía decirle algo; no obstante, ella se le adelantó.
– ¿Sabes por qué empecé a pelear con ladrones? –Le debatió–lo hago para que todos en esta ciudad, y sobre todo, mi papá, entiendan de una vez que yo soy alguien, que puedo hacer cosas por mí misma sin necesidad de utilizar mi apellido, que soy más que la hija de mi padre… ¿acaso pensaste que podríamos andar por allí tomados de la mano como si nada?
– Bueno, yo…
– Aunque quisiera, no sería posible, imagina la estúpida prensa escupiendo sus chismes en los periódicos o en la televisión, no podríamos ir al cine tranquilamente porque todos se nos quedarían mirando, tal vez tus intenciones son buenas, pero yo no podría vivir una vida donde la que menos es feliz soy yo–colocándose frente a él, Videl suspiró antes de concluir–lo siento, Shapner, pero no me interesas de esta manera, seguirás siendo mi amigo, no le diré nada a Ireza, pero por favor, ya no insistas más…
– Puedes decirme que no ahora, pero no me pidas que ignore mis sentimientos por ti, me gustas y siempre me gustarás–afirmándole, Shapner agachó la cabeza–te lo volveré a decir mañana, y pasado mañana, y al día siguiente, y al siguiente, hasta que te des cuenta que realmente me importas…
– En ese caso, acostúmbrate al no.
Sentenciándolo a la derrota, Videl, acelerada, se retiró dejándolo solo. Tensa, apretó el ritmo dirigiéndose al comedor de la escuela, esperando que el tema nunca más fuera a repetirse. Sin embargo, Shapner, como se lo aseguró, no se rindió, y continuó diciéndole que la amaba. Paralelamente, Videl cumplió su promesa, entregándole la misma respuesta: no.
Ese "no", se convirtió en una muralla para ambos:
Para él, esa muralla lo separaba de la mujer que decía amar.
Para ella, esa muralla la protegió, envolviéndola más en su coraza de mal humor.
– Shapner, grandísimo imbécil–años después de esa charla, Videl aún conservaba aquel mensaje sin que él lo supiera. Amarillento y arrugado, el papel ya evidencia su vejez. Y esa carta, pese a ese hecho, no había perdido el impacto que en su momento le provocó–fuiste un maldito terco, por más que te dije que no un millón de veces continuaste intentado, eres el desgraciado más persistente que he conocido en mi vida.
Tenía hambre, se moría de sueño y apetecía una ducha fría; empero, no se movía de donde estaba. Permanecía allí, sentada sobre la alfombra justo al lado de su cama, rodeada de los trozos esparcidos de las pistas que alguna vez pretendieron ayudarle a desenmascarar al Gran Saiyaman. Fue muy curioso, luego de destruir sus evidencias, evocó la nota que Shapner le dio hacía mucho.
Ni ella lo recordaba, pero aún la guardaba.
– Si le hubiera dicho que sí, tal vez él no habría estado allí cuando pasó ese tiroteo–Videl, hablándose, especuló llevándose los dedos a los labios–todo esto es mi culpa, soy responsable de lo que sucedió, pero ahora qué haré, qué se supone que debo hacer…
Y en ese instante, sin planearlo, Videl enfocó sus retinas en su reloj posado en su velador. Inclinándose y extendiendo la mano, lo tomó. Con las yemas lo acarició, reviviendo el día en que la policía se lo obsequió. En ese momento, ella creyó que, al fin, consiguió ganarse su propio respeto, y más vital aún, sintió haber ganado el respeto de los demás librándose de la sombra de su padre.
Por años experimentó una amplia gama de sensaciones, donde, algunas, sobresalían más que otras: como la confianza, la certeza y el vigor. Tales emociones se volvieron adictivas y constantes, acostumbrándola a siempre ganar, siempre. No importaba contra cuántos peleara o qué usaran para tratar de herirla, ella conseguía vencerlos haciéndolos morder el polvo indiscutiblemente.
Pero ello, se acabó.
Luego de ganar miles de batallas, ya le tocaba perder una.
Y así, el ciclo se reinició. Volvía a repetirse. Después de permanecer serena y pensativa por unas horas, su carácter, ese carácter que llegó a enamorar perdidamente a Shapner, explotaba volviéndose su peor enemigo. Frustrada, furiosa, negándose a admitir que no todo lo podía hacer sola, y que, esa noche, falló, empezó a golpear salvajemente el alfombrado de su recámara.
Afuera, en el extremo opuesto de su puerta, los sirvientes de la mansión detuvieron sus actividades al escuchar sus gritos y golpeteos. Aquellos sonidos se hicieron repetitivos durante el domingo, y sin importar cuántas veces intentaron hablarle, sólo recibían dos respuestas: un profundo silencio sepulcral o una infernal sinfonía de blasfemias e insultos.
Preocupados, pero más asustados que preocupados, los nerviosos lacayos se veían unos a otros haciéndose las mismas preguntas: dónde está Mr. Satán, por qué no hace algo. Las cuales, obtenían la única contestación que existía: está fuera de la ciudad, de gira. Esa era la tónica en esa familia, un padre ausente y una hija que solía llenar su vacío golpeando ladrones.
Silenciándose, las groserías y los estruendos enmudecieron. Llorando copiosamente, asfixiándose en una tormenta de recriminaciones, Videl se arrastró arropándose con una de sus sábanas buscando, desesperada, algún método para callar sus agudos recuerdos. No obstante, cuando ella callaba sus memorias, al maldecir sin pudor, la voz de Shapner, la de él, reaparecía incesante.
– ¡Videl, agáchate!
Volteándose, vio al líder de la pandilla apuntándose y abriendo fuego. Shapner, emergiendo de su escondite, se interpuso en el trayecto de la bala recibiéndola por ella. Videl, sobrecogida por lo que acababa de ver, se mantuvo silente por un santiamén, observando como un líquido rojizo se extendía velozmente llegando a empapar sus botas.
– ¡Shapner!
Como si un relámpago la golpeara, Videl recuperó la lucidez agachándose a su lado, llamándolo por su nombre sin que éste le prestara atención.
– ¡Maldito! –El bandolero, rabioso, exclamó mirándolos a los dos–me arruinó un tiro perfecto.
Videl no fue consciente de lo que hizo posteriormente, su cuerpo cobró vida propia moviéndose sin que ella lo controlara. Recordaba muy vagamente que saltó hacia él, lo desarmó quitándole su pistola con una patada. Aturdiéndolo, lo conectó con un puñetazo justo en la garganta que le robó la respiración, obsequiándole más tarde, una punzante sucesión de derechazos al rostro.
Finalmente, dando una gran pirueta, enrolló sus piernas en su cuello aplicándole presión provocando que éste cayera de espaldas. Dejándolo fuera de combate, Videl se deslizó hacia Shapner quien no dejaba de sangrar. La típica blusa blanca que usaba diariamente, se tiñó de un rojo intenso al intentar contener la violenta hemorragia.
– ¡Ayuda! –Clamó abatida– ¡necesito ayuda, por Dios santo, un médico…necesito un médico!
Los oficiales de policía, escuchándola gritar, entraron en el club hallándola junto a Shapner tendido y agonizante. Un par de paramédicos, haciéndose cargo de la situación, apartaron a Videl quien se quedó parada no muy lejos mirando todo. Subieron a Shapner en una camilla, y sacándolo de inmediato, lo subieron en una ambulancia alejándose de allí a gran velocidad.
Videl, ignorando a los uniformados que le hablaban, se escondió en un callejón cercano padeciendo de un repentino ataque de náuseas al verse bañada en aquella sustancia carmesí. Sin evitarlo, vomitó en un puñado de ocasiones hasta recuperar, parcialmente, la normalidad. Escupió tratando de quitarse el mal sabor de boca, mientras, desorientada, veía la brillantez de la luna.
No era la primera vez que se encontraba envuelta en un tiroteo; sin embargo, en ninguno anterior un amigo suyo salió herido, o peor, muerto. Ese pensamiento fue demasiado para ella, el caparazón de piedra con el cual se escondía se agrietó, y aunque no le gustara admitirlo, necesitaba ser escuchada, necesitaba que otro ser humano escuchara sus palabras.
Por más incoherentes y divagantes que fueren.
– Ireza, Ireza, Ireza–repitió frenética al marcar su número–contesta, contesta, contesta…
– ¿Videl, Videl? –terminándose el molesto timbrar, la pelinegra oyó a la rubia hablándole–Videl sé que eres tú, el identificador de llamadas me lo dice…
Ahí fue donde comenzó su fiebre, esa ira que la trastornó volviéndola una mujer llena de rencor, rencor que se volcó hacia ella. Dejando a una Ireza intranquila, Videl regresó a su casa atrincherándose en su alcoba, quedándose allí, hasta ahora. Y nuevamente, armándose de valor, los empleados de su padre le llamaban deseando saber cómo estaba y qué le ocurría.
Empero, en contraste a las oportunidades pasadas, Videl no se mantuvo inmóvil, sino, que se puso de pie escarbando en su armario por algo que ponerse. Los mayordomos seguían golpeando la puerta sin parar, ella, apurada e hipnotizada, se puso unos calcetines y sus zapatos, simultáneamente, a que escudriñaba entre los miles de trozos de papel en el suelo de su cuarto.
Si bien, invadir la privacidad de Videl era una alternativa que no deseaban tomar, bajo las circunstancias, no tuvieron más salida que tomarla. Forzando la cerradura, ésta se rindió abriéndoles camino a los inquietos criados que se pasmaron con lo que descubrieron allí. Definitivamente, la perturbada primogénita de Mr. Satán no andaba bien, nada bien.
La cama yacía, literalmente, tumbada. Los demás muebles sufrían el mismo destino, sus prendas de vestir se localizaban tiradas fuera del guardarropa, el piso era un chiquero repleto de periódicos destrozados, y más preocupante aún, era la ausencia de Videl. La ventana, abierta, dejaba pasar una gélida corriente de aire, la cual, suave y silenciosa, hacía ondear las cortinas.
Ya muy lejos de allí, volando en su helicóptero, para Videl ese era un viaje de ida, y sin sospecharlo tan siquiera, en ese momento exacto, alguien más se hallaba próximo a culminar el suyo.
Desanimado, caminó sin rumbo por los pasillos de la escuela, alejándose de sus compañeros de salón deseando que ninguno de ellos le viera. Se mezcló con los demás presentes en el corredor saliendo del edificio principal; sin embargo, en lugar de dirigirse a casa como normalmente lo habría hecho, prefirió avanzar en otra dirección acercándose a la cancha de béisbol.
Allí, sentado en una de las butacas, mirando el paisaje silencioso y carente de personas, Shapner buscó dentro de sus bolsillos encontrando lo que buscaba. Sosteniéndolos, viéndolos cabizbajo, el rubio enfocó su vista en el par de boletos para el cine que días antes compró con gran alegría. Ahorró durante semanas, deseoso de compartir junto a ella de una magnífica primera cita.
Dando un profundo hálito, y con lentitud, Shapner sujetó con fuerza los tickets previamente a romperlos por la mitad para luego despedazarlos en trozos más pequeños. Decaído, abrió sus palmas permitiéndole al viento que se llevara consigo los diminutos fragmentos de papel. Alzando la mirada, Shapner los vio distanciándose de él para nunca más volver.
Con ellos, ese fue más que únicamente su esperanza de invitarla a salir, sino también, toda esperanza de amarla.
– ¡Qué estúpido fui! –Se dijo mordaz–fui un idiota al pensar que me aceptaría tan fácilmente.
¿Cómo le demostraba que realmente la quería?
Se lo confesó en su propia cara, y aún así, ella lo rechazó.
Quizá, era una pregunta sin respuesta.
Su reloj marcaba casi las tres de la tarde, pese a ello, no sentía ánimos de nada. Videl decía que él no entendía, pero se equivocaba, claro que entendía, entendía perfectamente. No era ningún ciego ni un sordo, sabía cómo el mundo entero la trataba, cómo era señalada por la sociedad tan idólatra de Ciudad Satán, y cómo era observada por los hombres de la preparatoria.
Por supuesto que comprendía, era más que solamente comprensión, era empatía. No obstante, esto no servía en lo más mínimo si ella no le veía de la misma forma en la cual él la miraba. Tenía que existir algún modo para ganarse su corazón, y tal vez, la propia Videl sin percatarse ni quererlo, se lo insinuó indirectamente.
A Videl, los chicos comunes no le interesaban, así pues, al desmenuzar ese argumento, Shapner concluyó que debía demostrarle a ella que él no era uno más del montón. Le demostraría que él era diferente, que ambos poseían gustos similares, y que, no existía nadie más en el mundo para ella que él. Decidido, Shapner sonrió.
Ella le prometió siempre rechazarlo, él le prometió siempre intentarlo.
Y así lo haría.
Videl amaba pelear, le encantaban las artes marciales, le fascinaba la adrenalina que un combate produce. Por ello, Shapner buscaría la manera de insertarse a él mismo en ese cosmos que Videl tanto apreciaba. La mera idea de luchar contra alguien le asustaba, pero por ella lo intentaría, sería un nuevo Shapner, un Shapner osado, valiente, fuerte, decidido, varonil y tenaz.
En ese momento, dando la ilusión como si el mismísimo universo conspirara a su favor, Shapner se giró a su izquierda viendo el gimnasio del colegio todavía abierto a los estudiantes. Sin pensarlo, tomó su mochila y corrió hacia allá a toda prisa como si su propia vida dependiera de ello. Agitado, entró ahí viendo con calma las máquinas y otros aparatos de naturaleza deportiva.
Si bien tales artefactos eran interesantes, fue otra cosa lo que se robó por completo sus pensamientos. Bañado con la radiante luz del sol que entraba por las ventanas, erguido delante de él como una especie de trono esperando por un heredero digno, se hallaba un cuadrilátero de boxeo rebosante de la más abstracta e inexplicable belleza.
Aprovechando su soledad, escaló subiendo a la lona del ring. Para ser un jovencito que se asustaba con la posibilidad de intercambiar puñetazos con un adversario, en ese instante, con una inmensa ironía, fue lo que más deseó. Apeteció ponerse en sus zapatos, sentir lo que ella sentía, saborear esa emoción que ella saboreaba. Quería crecer más allá de él y sus miedos, volviéndose maduro.
Estando allí, la realidad que lo rodeaba se volvió bizarra: desde los asientos vacíos, escuchó el clamor del público vitoreando su nombre, en su anatomía experimentó un sinfín de dolores punzantes, percibió la humedad de su sudor impregnando su piel. Y como si pasara de una escena a otra en una obra de teatro, se vio a sí mismo combatiendo, peleando dándolo todo.
Aquella epifanía, años más tarde, se cumplió. Atrás se quedó el Shapner delgado y temeroso, atrás se quedó el Shapner callado y tímido, se quedó atrás para jamás regresar. Ahora, era el Shapner que planeó ser, era el Shapner con el cual le dejaría más que demostrado a Videl cuán verdaderos eran sus sentimientos. Demasiado fanfarrón, quizás, pero orgulloso de ser lo que es hoy en día.
– ¡Acábalo, Shapner, acábalo!
Ireza, gritando como una loca, le enviaba su apoyo desde su silla, mientras, seria y tácita, Videl le veía cruzada de brazos. Por un santiamén se miraron. Shapner, sabiendo que esa era la oportunidad que anhelaba para hacerle ver su fortaleza y aplomo, endureció aún más sus puños castigando brutalmente a su rival con un derechazo en la mejilla que lo hizo tambalearse.
– Eso es, así se hace–a sus espaldas, su entrenador le gritaba extasiado–termínalo de una vez, noquéalo, noquéalo.
Arrinconándolo en una esquina, Shapner apabulló a su contrincante con una lluvia de nudillos que explotaron en su abdomen y cara. El árbitro, entrometiéndose, intentó separarlos obstaculizando e interrumpiendo su frenético ataque. Una vez reanudada la contienda, Shapner se impuso nuevamente masacrando al pobre diablo que tuvo la mala fortuna de enfrentarlo.
Explosivo, demoledor, brutal, así fue el golpe con el cual Shapner sentenció el encuentro. Cayendo inconsciente, su oponente se desplomó vencido, produciendo una exclamación masiva por parte de los espectadores que aplaudían su excelente desempeño. Sonriente, muy sonriente, Shapner se volteó buscando entre la muchedumbre a Videl, al no encontrarla, se topó con algo más.
Sin explicación, y repentinamente, la gente allí aglomerada se esfumó sin dejar rastro. El silencio, al ser su única compañía, lo envolvió en un abrazo que lo estremeció dejándolo confundido. Un minuto antes era el héroe, la estrella de su escuela siendo elogiado por una multitud enardecida. Sin embargo, aquello se evaporó como un éter en menos de un pestañeo sin una razón lógica.
Girando sobre su eje, Shapner se pasmó al darse cuenta que no estaba tan solo como creía. Parado detrás de él, mudo, estoico, se situaba el propio Gran Saiyaman. Shapner, sorprendido, permaneció en su sitio mirándolo sin saber cómo demonios fue que llegó hasta allí. Inquietándolo más, las luces del aposento se apagaron permaneciendo encendidas sólo las del cuadrilátero.
– ¿Qué diablos haces aquí, imbécil? –Shapner, recordando el sufrimiento que el superhéroe le ha causado a Videl, no escondió su enojo y no dudó en hablarle con rudeza– ¿por qué no te quitas ese estúpido casco de encima y nos enseñas de una vez quién eres?
El Gran Saiyaman no respondió.
– ¿Qué te pasa, acaso perdiste la lengua o qué? –Armándose de coraje, Shapner se le acercó–le prometí a Videl que te desenmascararía, y pienso hacerlo ahora mismo…
Igual, inerte, el enmascarado no reaccionó a su desafío.
– ¿Acaso no te das cuenta de lo que estás haciendo? –elocuente, el rubio le afirmó encarándolo–le haces daño a Videl, ella no está bien, ella no tiene paz, no tiene ánimos, se siente inútil, insignificante a tu lado, es como si estuviera muerta en vida…y eso ya no lo soporto, no soporto verla así, te haré pagar, te haré pagar…
Irritado al no recibir contestación a sus alegatos, Shapner no lo resistió más y se abalanzó sobre él.
– ¡Acabaré contigo, malnacido!
Reunió la fuerza que aún quedaba en sus músculos, y con ella lo conectó de lleno en su faz, justo en la visera de su yelmo anaranjado. Pese a su contundencia, su ofensiva fue nula, fue hasta risible. El Gran Saiyaman ni se movió un milímetro, ni uno, por el contrario, Shapner retrocedió claramente adolorido, los huesos de su mano se rompieron con el impacto de su arremetida.
– ¿Quién…qué carajos eres? –apretando los dientes, aguantando el dolor, Shapner le cuestionó.
Una vez más el personaje heroico no habló, sencillamente avanzó hacia él a paso firme y lento. Shapner, mandando al diablo su dolencia, se puso en guardia sin despegar sus pupilas de él. Pese a eso, el Gran Saiyaman, con una velocidad sobrehumana, lo asió por su garganta elevándolo varios metros del suelo, sin que Shapner pudiera hacer algo para liberarse de su agarre.
Sin aviso, el Gran Saiyaman lo arrojó con violencia provocando que el chico se estrellara contra las cuerdas del ring, quedándose tendido en el piso respirando muy forzadamente. Aún así, Shapner se reincorporó desafiándolo sin emplear ni una palabra. Él no podía perder con ese bufón, no lo permitiría, ya era otro Shapner, ya no era el miedoso que fue antaño, era un Shapner con agallas.
Tomando impulso, Shapner corrió tratando de golpearlo pero cuando se halló ante él, lo atravesó como si fuera un ser espectral. Confundido, rodó veloz mirando al techo. Y allí, arriba de él, flotando en el aire, el Gran Saiyaman fue descendiendo con lentitud posándose delante de Shapner sin que éste pudiera creer lo que sucedía.
– Tú no eres un ser humano, tú vienes del infierno, eres del infierno.
Extendiendo su brazo derecho con elegancia, el Gran Saiyaman le apuntó mientras creaba una esfera de energía que brillaba igual que el sol, tal vez, incluso más. Encontrándose ahí, petrificado, sin saber qué hacer, Shapner recordó a Videl, recordó su promesa, y más importante todavía, recordó lo que pasó en el club nocturno durante aquel asalto. Y con ello, al fin, supo la verdad.
– Por fin me di cuenta, por fin lo sé–levantándose con torpeza, Shapner no se inmutó por la resplandeciente burbuja energética que el Gran Saiyaman sostenía–eres una mentira, no puedes volar, no tienes esa fuerza, no puedes disparar rayos laser–aseguró convencido de ello–eres un farsante, un charlatán, un mentiroso y esto no es real, estoy soñando, todo este tiempo he estado alucinando…
Incrementando la potencia de su inminente embate, el superhéroe continuó silente.
– Ya lo verás, les demostraré a todos quién eres en realidad, te llamarán como debes ser llamado: fraude, así te dirán: fraude, y cuando seas desenmascarado, Videl volverá a ser quién es–sintiendo la luz y el calor que emanaba de esa bola multicolor, Shapner entrecerró sus párpados sin dejar de hablar–así que anda, qué esperas, hazlo de una maldita vez…
Sin ni siquiera vacilar, el héroe disparó aquella ráfaga impactándolo en seco, luego de eso, todo se tornó auténtico: los ruidos a su alrededor eran engorrosos de comprender, escuchaba un pitido rítmico y constante a su costado, un desgarrador malestar se hizo notar en su hombro derecho al tratar de moverse. Pestañeando, poco a poco, fue descubriendo en dónde se encontraba.
Blanca, pulcra, así era la habitación que lo hospedaba al verla con más nitidez. Y combinándose con esa blancura, una silueta humana se le aproximó distinguiendo a una mujer que le hablaba con calma. Si bien no entendió mucho de lo que le dijo, no le resultó difícil adivinar qué lugar era ese. Acercándose a la primera figura, otro individuo, vestido de forma similar, se les unió.
– Bienvenido, Shapner–aquel hombre, luciendo una frondosa barba canosa, le susurró sonriéndole–nos alegra mucho verte despierto, mantén la calma, estás en el hospital de Ciudad Satán, permaneciste dormido por unos días, pero ya estás mejor, tu vida no corre peligro…
– ¿Unos días, cuánto tiempo estuve…?–impetuoso, intentó reclinarse.
– Tranquilo, tranquilo–apaciguándolo, la enfermera le masculló–vuelve a acostarte, aún necesitas más tiempo de recuperación, pero serás el de antes muy pronto.
– Enfermera, notifíquele a la familia del paciente, hay que informarles.
– Sí, doctor.
– Y tú jovencito, descansa, lo necesitas.
¿Descansar?
No tenía tiempo para eso.
¿Debía ser una broma?
Pero no lo era. Y sí, era lo más indicado, aunque no quisiese quedarse ni un segundo más allí. Contemplando las paredes, Shapner se contuvo a sí mismo, antes que nada quería verla otra vez, mirar su rostro, oír su voz, deseaba que ella estuviera ahí en ese momento. Y al pensar en ella, la sombra del Gran Saiyaman se plasmó en sus pensamientos. Ya era hora de ajustar cuentas con él.
Sin importar el costo ni el método, sin importar la ética ni la moral, lo haría pagar. Y si para lograrlo tiene que entregar su propia vida, así lo hará. Haría lo que fuese por devolverle esa sonrisa a sus labios, ese brillo azul en sus ojos, y más que cualquier otra cosa, lo haría por regresarle el espíritu que ese miserable le robó.
Con la caída de un superhéroe, él traería de regreso a la justiciera.
Fin Capítulo Tres
Hola, primeramente quiero darles las gracias por haber leído. Como llegué a mencionar en el capítulo pasado, en este fic he decidido utilizar al personaje de Shapner como protagonista junto a Videl. Esto lo hago porque deseo escribir algo diferente a lo que normalmente escribo; sin embargo, sin perder mí sello personal de ambientarme en un universo alternativo.
Reiterando lo que comenté anteriormente en el episodio dos, puse mi atención en Shapner al notar lo ignorado y poco comprendido que es, es normal verlo como un pretendiente engreído de Videl, y nada más. Y hasta yo, en fics anteriores, lo he mostrado de tal forma. Por ello, pretendo darle otro enfoque, cumpliéndole a Shapner el sueño que siempre tuvo pero que Gohan frustró.
Esta es la historia más rara que se me ha ocurrido, como sabrán, Gohan y Videl son mis favoritos, los pilares que me han sostenido desde que le di vida a mi primer fic. Pero, con el paso de los años, llegó ese momento en el cual deseo considerar una nueva perspectiva de sus personalidades. Verlos en una situación difícil, y Tras la sombra de un indicio, es precisamente eso para mí.
Con este capítulo me despido de ustedes por el presente año 2015, les agradezco a todos por leer mis historias, así como a quienes las comentan y agregan en sus favoritos. Les deseo un feliz fin de año, y que el 2016 esté lleno de bendiciones para ustedes tanto en lo personal como en lo familiar. Me voy por ahora, pero nos volveremos a ver.
Y para terminar por hoy, les doy mi gratitud a Vanessa neko chan, VidelxGohan, Guest, Jundo-San, ByaHisaFan, Majo24, Faith jokab y a Linkyiwakura por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
