Escrito para la Sakusa Week #2 Vampire - Blood
Disclaimer: Haikyuu!! Pertenece a Haruichi Furudate y yo no me lucro con esto.
Yaoi. Contenido adulto. SakuAtsu, UshiSaku, (UshiOi, UshiKen), AU, vampiros, soulmates, vidas pasadas.
I. Una segunda oportunidad.
La mansión nunca le había dado la sensación de ser tan grande. De repente, la claustrofobia que a veces había sentido por saberse encerrado en aquella situación sin remedio, se había evaporado. Las habitaciones y las escaleras parecían ir multiplicándose a su paso, alejando su objetivo como si quisiese darle una oportunidad de reflexionar. Pero sus pasos eran firmes, como su intención. Aquellas estancias, normalmente vacías salvo por criados que hacían su trabajo, casi invisibles, de pronto aparecían llenas de gente que no acostumbraba a estar ahí, en el peor de los momentos, siendo testigos de su último paseo por aquellos lares.
Claro que, esa sensación de estar siendo observado y juzgado, era solo suya. Nadie de los presentes sabía qué traía entre manos cuando lo saludaron al pasar con el mismo respeto que le solían rendir siendo la figura destacada que era dentro de la familia.
Por esa razón, nadie tampoco cuestionó que ingresara en el ala de las dependencias del Amo, ni le pidieron explicaciones, pues Sakusa era de los pocos que tenían ese privilegio. La vigilancia en el área exterior, así como las primeras puertas de acceso al recinto, era importante, pero iba disminuyendo a medida que avanzaba entrando en las zonas más privadas. Atravesó zonas de recreo, estancias al aire libre, biblioteca personal y galerías de arte hasta que llegó a la guardia personal.
Pudo sentir el dolor en el pecho oprimiéndole por la culpa cuando, sin exigir absolutamente nada, le abrieron las puertas.
De nuevo, era consciente de que, en apariencia, nada diferenciaba esa noche de cualquier otra que había pasado entre sus brazos, así que era de esperar ese trato preferente de su parte. Después de todo, habían sido siete siglos a su lado, algún beneficio debía haber sacado de todo eso.
Los aposentos del Amo eran espaciosos, lo que confería un colchón considerable de privacidad entre la última entrada vigilada y su dormitorio, para que todo lo que allí sucediese quedase en secreto. Gritos de muerte o placer no tenían por qué salir de entre aquellas paredes y llegar a oídos que no debían, pues la discreción era un elemento necesario para la supervivencia.
Recorrer esos últimos metros en el más absoluto silencio se le hizo muy difícil. Con el corazón desbocado casi se sintió por momentos deseando que alguno de los guardias regresara a detenerlo. Todo aquello era su hogar, no tanto en concreto aquel caserón que habían vuelto a ocupar desde hacía unas décadas, enclavado en el centro de la ciudad –ahora entre rascacielos gracias a algún compromiso urbanístico arrastrado siglos atrás–, sino todo lo que lo rodeaba, pues a pesar de moverse periódicamente de ciudad para no levantar sospechas, la familia siempre lo había hecho junta.
Ushijima Wakatoshi, ancestral a cargo de Europa, era su Amo, pero también su amigo y amante. Enfrentar a una máxima autoridad podía traer graves consecuencias como la ejecución y, sin embargo, no era esto lo que le preocupaba y le hacía sentir inquieto, sino la parte personal en la que en lugar de leyes o sentido común entraban en juegos sentimientos personales que a menudo volvían todo confuso, incluso la línea de lo correcto e incorrecto cuando algo estaba supeditado a ellos.
Y los celos eran algo muy peligroso.
Entró con sigilo en el dormitorio y tras cerrar la puerta cuidadosamente, observó a su alrededor conforme avanzaba hasta la cama, una enorme de madera tallada y con dosel que siempre le acompañaba allá donde iba. Sakusa aún recordaba lo complicado que fue sacarla de Italia en barco sin que se pudriera en la bodega y se hinchara por la humedad, porque los viajes que hoy día se hacían en horas, entonces duraban meses.
Se le había pasado el tiempo tan rápido esa noche que no se había dado cuenta de que esta pronto empezaría a clarear, hasta que vio la luz de la luna entrar por la ventana y reflejarse en los gráciles visillos blancos que ondeaban con la brisa.
Podía haber habido alguien ya acompañándolo, pero estaba solo. Algo raro en un inmortal de su categoría. Así que casi lo tomó como una premonición.
Sospechaba que, seguramente, incluso estuviera esperándolo después de que ciertos rumores hubieran empezado a correr por ahí. Quizás aún no lo supiera, o quizás sí, pero quería ser él quien se lo comunicara antes de que le llegara por terceras personas.
No necesitó hablar para justificar su presencia, más que besar su cuello al meterse en la cama junto a él. Pegó su cuerpo y deslizó sus manos por su pecho. Y desde el cuello viajó hasta su boca reclamando sus labios.
Los halló, tal y como quería. Sin reproches, tan solo obteniendo respuestas a sus atenciones.
Quizás con su silencio quería hacerle ver que era uno de sus favoritos y consentidos. Aunque eso él ya lo supiera.
Sabía que en el séquito de Ushijima él era uno más. Uno destacado, sí, pero no exclusivo. Diría incluso que Satori ostentaba un puesto más alto que el suyo.
Pero eso no importaba cuando era él quien estaba besando a Ushijima, y no otro. Era él quien se había colado en su lecho y quien sería obsequiado con todo lo que le podía proporcionar. Incluso su sangre.
En otro momento, le hubiera dado reparo besarle con el sabor de otro aún caliente en la boca, pero no justo ahora, cuando lo ideal era ir dejando pistas a la espera de que él mismo lo descubriera. Pues para eso había ido allí aquella noche.
–Tengo sed –murmuró como un chiquillo caprichoso, apenas separando su boca unos milímetros y chocando las palabras contra su piel.
–¿No te has alimentado hoy? –comentó Ushijima con tono neutro, enredando distraído los dedos en sus rizos azabache. Mientras lo hacía, presionaba ligeramente la cabeza sobre su pecho, rodeado por sus fuertes brazos, invitándolo a fundirse en un contacto más íntimo.
Sakusa alzó la cabeza para responder. La luz de la luna le acarició el rostro. Los ojos de Ushijima se abrieron con sorpresa y Sakusa sonrió mostrando los dientes. No podía verse reflejado en las pupilas de su Amo, pero apostaba a que sus ojos debían estar brillando por la excitación. Si no lo sabía ya, probablemente acabara de descubrirlo. Debía ser muy cuidadoso a partir de entonces y prestar atención a cómo se desarrollaba todo.
–No –confesó Sakusa.
Y volvió a hundir la cabeza en su cuerpo para cubrirlo de besos y saborearlo.
El agarre en su pelo se hizo más fuerte por un instante, reprendiéndole con sutileza.
–Has regresado muy tarde para no haberte alimentado, ¿no crees?
Se le escapó una risa provocadora en su oído. Era más que obvio que alguien ancestral como Ushijima no iba a pasar por alto el olor impregnado en su piel que le terminara de confirmar sus sospechas.
–Por favor… –suplicó, colocándose encima, con una pierna a cada lado, y arqueando la espalda para posar sus labios justo debajo de la clavícula, en donde se detuvo a esperar su recompensa.
No tuvo que esperar demasiado, pero los segundos que tardó en considerar su petición le sirvieron para comprobar que todo iba bien. Todo seguía el curso que debía seguir.
Ushijima estaba alerta pero complaciente. Y él también. Debía haberlo notado en cuanto se deslizó entre sus sábanas pues no era de los que lo hacían de manera regular y desinteresada.
Sakusa era uno de los favoritos de Ushijima pero no de los que solía requerir ese tipo de servicios, normalmente relegados a miembros inferiores o a los humanos que le llevaban para que se alimentase. Como ancestral, Ushijima rara vez salía de su refugio y recaía en su séquito la responsabilidad de cazar para él.
A veces se amaban si se daba la ocasión, pero acostumbraban a compartir otra clase de momentos juntos. Como persona de confianza, Sakusa estaba presente en las decisiones importantes de la familia y servía de conexión con el mundo. También tenía algunos privilegios como tener sus propios subordinados. En las escasas salidas que realizaba al mundo exterior, a menudo Sakusa le acompañaba a alguna exposición de arte, concierto u obra de teatro. Era fascinante oír cómo la mayoría de las veces Ushijima conocía anécdotas que se habían perdido con el paso del tiempo porque había vivido desde mucho antes que esos artistas ya fallecidos, incluso a veces hasta conociéndolos personalmente.
–¿Qué has estado haciendo entonces? –insistió. No había intención de suavizar nada, no obstante, acompañó sus palabras de las manos sobre su cintura.
No pudo evitarlo y se estremeció al sentir la presión de los dedos contra su carne, instándolo a moverse.
–Bailar –respondió con un tinte sugerente en la voz.
Quería seguir bailando, aunque de otro modo, y estaba siendo apremiado a hacerlo mediante el roce de sus cuerpos.
Se alzó sobre las rodillas con intención de quitarse el pantalón, pero no podía hacerlo con las piernas tan abiertas. La mano de Ushijima se movió para ayudarle, desabrochando la prenda y bajándola hasta donde la postura se lo permitió. Sakusa enrojeció levemente al quedar en evidencia que después de una noche de caza, no llevaba nada más debajo.
Aquello no pasó desapercibido para Wakatoshi, paseando la palma de su mano por la piel desnuda, pero continuó sin hacer referencia alguna a todas las evidencias que se iban sumando.
–Ah. ¿Y cómo se hace hoy día? La música de ahora es de tan mal gusto.
–Deberías salir más a menudo.
–Tal vez –Ushijima fingió considerarlo para soltar lo que realmente le interesaba–. ¿Tan bien te lo estabas pasando que te olvidaste de comer?
Aunque el tono de voz se mantuvo en el mismo tono uniforme y grave, había algo de censura en sus palabras. Sakusa aprovechó la oportunidad de dejarse atrapar por el anzuelo, sabiendo que una vez que entrara al juego, Wakatoshi solo tendría que tirar un poco del hilo para descubrirle. Los dedos de su Amo se volvieron más exigentes internándose entre sus piernas. Al final no había sido tan difícil ponerle celoso, quien buscaba en su cuerpo evidencias físicas de su traición.
–No, exactamente –dijo Sakusa.
Ushijima casi sonrió cuando los dedos entraron con dificultad.
–¿Se te escapó la presa? ¿No había ninguna de tu gusto? –y la voz le sonó mezclada de celos y sorpresa.
Sakusa no debía mostrar nada por lo que siguió lamiendo la piel de su pecho a la espera de lo prometido. Tal vez ahora que había quedado claro que había sido un chico malo, Wakatoshi se la negara.
–Había una.
El corte, en la parte superior de su pectoral izquierdo, fue rápido y la sangre comenzó a salir a borbotones, atrayéndole de manera irresistible. No era calmar su sed, era mucho más. La sangre de Ushijima no tenía nada que ver con la de los mortales. Era como el buen vino, que mejora con los años, solo que multiplicado por milenios. Era un néctar de los dioses con más de dos mil años de antigüedad.
Un orgasmo líquido.
Enseguida notó que era una manera de castigarle y compensarle a la vez, cuando lo sintió entrar en él sin más preparación que los dedos que habían buscado las huellas de su amante sin saber que no estaban ahí. Por un lado, lo lastimaba a propósito y por el otro lo consentía de la mejor manera posible. Igualmente se había propuesto disfrutarlo pues ninguna de las dos cosas las volvería a tener si todo salía bien.
–¿Ah? –le incitó a seguir hablando de lo prohibido.
El ritmo iba a aumentando y con él el roce entre sus cuerpos. El torrente de sangre había empezado a disminuir, pero aun así la sentía chorrear por la barbilla. Con la boca llena, le faltaba lengua y labios para no dejar escapar ni una sola gota. Abrir la boca para hablar y desperdiciar una de esas oleadas rítmicas era un pecado mortal.
–No quería matarla hoy –se apresuró a aclarar.
A pesar de estar encima, los dedos de su Amo se le clavaban en las caderas haciendo que las embestidas se encontraran con su cuerpo de la manera más profunda posible. Ya no sabía si dolía, tenía sed, o era el puro éxtasis sin, literalmente, poder sentirse más lleno en todos los sentidos.
–¿Por qué?
Pero la plenitud física no se podía comparar con la emocional. No a ese nivel, porque quedaban pocos ancestrales como Wakatoshi, pero podría sobrevivir con un sucedáneo de lo que sentía en ese momento por el resto de la eternidad.
–Si lo hacía, no podré disfrutar de ella mañana.
Le golpeó tan dentro y tan fuerte que tuvo que apartar los labios de la herida para dejar escapar su voz en un gruñido a caballo entre el placer y el dolor. Luego siguieron varios más. Wakatoshi le recolocó la posición, irguiéndole la espalda para mirarse a la cara. Los dedos habían dejado de clavarse en su cintura, tan solo apoyadas allí mientras él se movía al ritmo de las caderas de su Amo. Ah, ya no tenía la sangre cerca, pero aún la tenía alrededor de su boca y podía ver cómo le goteaba en el abdomen desde de su barbilla. Le hubiera gustado terminar con un chorro en la boca. Dos diferentes hubiera sido como estar en el cielo. Lo estaba dejando en bandeja y tal vez aquello aumentaba su excitación, que estaba a punto de tornarse incontrolable.
–Eso es peligroso –dijo Wakatoshi, aunque era mucho más que una simple afirmación.
¿Cuánto había detrás de esa frase? Se le erizó la piel. Era una advertencia. Era un placer indescriptible, la sangre que seguía saliendo al ritmo de los latidos del corazón se unió en un baile a las oleadas que pintaron de rojo y blanco el cuerpo de Ushijima. Era miedo y adrenalina. Desafiar a un ancestral mirándole a los ojos cuando aún lo podía sentir caliente en sus entrañas.
–Lo sé.
Claro que lo sabía. Todavía no se le había ido la piel de gallina cuando se dejó caer a su lado. Con un breve toque de su dueño la herida se cerró, y Sakusa la observó desaparecer ante sus ojos con anhelo. Nunca más volvería a probar algo así y era difícil renunciar a eso que te has acostumbrado.
De nuevo buscó sus labios, esperando una reacción distinta después de lo sucedido, pero no encontró rechazo alguno. Al terminar se recostó a su lado, apoyando la cabeza de nuevo en su hombro. El corazón le latía desbocado y, probablemente, Ushijima fuese capaz de oírlo.
–¿Vas a verle mañana?
Su voz sonaba tan normal que le irritaba. Le daba la sensación de estar imaginándose una escena de celos que solo estaba teniendo lugar en su cabeza. Después de todo, llevaba junto a Ushijima siete siglos, y a lo largo de esos años tanto uno como otro habían tenido otros amantes sin que eso interfiriera en la relación especial que los unía. ¿Por qué esta vez iba a ser diferente de las otras?
Sakusa lo sabía. Sabía qué había de diferente esta vez. Lo que no sabía era si Ushijima había llegado a averiguarlo antes de esa noche. Ya no había vuelta atrás, pues había visto su rostro y las marcas en este que no estaban antes de la última vez que habían estado juntos.
–Probablemente.
¿Cómo decirle que pensaba verle mañana, y al otro, y el resto de su vida? ¿Que lo perdió una vez y no pensaba que volviera a suceder?
No había sido hasta unos días atrás mientras paseaban que pudo descubrir qué era lo que aquel humano tenía de especial que le había vuelto loco.
Los tiempos habían cambiado mucho desde que él empezó siendo un simple cazador. Alimentarse era fácil en épocas en las que la miseria y las enfermedades azotaban la humanidad. Nadie echaba de menos un alma más o menos de tantas que vivían en la calle, o de tantos moribundos que se hacinaban en los hospitales. Las actividades que se desarrollaban al resguardo de la noche muchas de las veces cabalgaban en la delgada línea de la legalidad, y gracias a ellas era fácil mantenerse en el anonimato.
Ushijima jamás convertía a una de las presas que se le ofrecían para alimentarse. De hecho, en comparación con otros ancestrales, su séquito era relativamente pequeño, solo aportando nuevas adquisiciones cuando veía algo de valor en ellos que mereciera la pena perpetuar.
Así fue como Sakusa Kiyoomi llegó hasta él. En medio la una epidemia de peste negra que azotaba Europa en el siglo XIV, Sakusa se salvó de una muerte segura por ser un espécimen que en sus veinte años de vida jamás se había enfermado. Era el menor de diez hermanos y el único soltero en una familia donde las nuevas generaciones iban necesitando espacio y alimento, por tanto, sus padres no dudaron en venderlo a la ciencia a cambio de dinero, para experimentar con él y averiguar el secreto de su salud de hierro.
Perdió la vida igualmente solo que ganó la eternidad, cuando uno de los contactos de Ushijima le alertó de la existencia de un jovencito interesante.
Ahora, varios siglos después, la vida nocturna era totalmente diferente. En la era de la información, había que tener cuidado y ser muy meticuloso con las pistas que se podían ir dejando. Aquella era una labor importante, además de la de tener contactos de confianza en determinados sectores que colaboraran a la hora de mantenerse en la sombra. Siempre había existido esa figura de enlace, y con el tiempo Sakusa dejó de ser un cazador para ser un vigía. Lo que significaba que no necesitaba cazar salvo para satisfacer sus propias necesidades.
Aquel chico apareció en uno de los Clubes. A pesar de que las nuevas tecnologías facilitaban mucho el poder pasar un buen rato con un mortal, no había nada como el cara a cara. Si lo que precisamente tenían de atractivo los humanos era esa chispa efímera de pasión que les proporcionaba el estar vivos, ¿qué sentido tenía para él recurrir a esos métodos? No había nada como observar sus cuerpos moviéndose al son de la música, con las luces recortadas en luces y sombras, a veces mezclándose entre ellos, rezumando vida por cada poro de sus pieles.
A pesar de lo que le había dicho a Ushijima, Sakusa era más de observar que de bailar, pero aquel chico era demasiado hermoso para dejar de mirarlo o incluso permitir que otras personas intentaran tocarle, pues llamaba irremediablemente la atención. Fue por eso que decidió mezclarse entre la gente.
Era ya lo bastante viejo como para saber controlarse en presencia de mortales. Estaba acostumbrado a las aglomeraciones y a ignorar los olores que le llamaban como si atravesara una calle llena de establecimientos que ofrecían pan, dulces y café recién hechos.
Pero aquel chico… no solo brillaba más que cualquiera en aquel lugar en penumbra, sino que ¿era su olor lo que llegaba hasta allí? No necesitó mucho. Enseguida se encontró sobrepasado por todo; su olor, la cercanía de su cuerpo, su calor.
–Qué curioso. Tienes un lunar encima de la ceja.
Fue lo primero que le dijo el humano, cuando Sakusa se apareció frente a él y lo arrastró consigo hasta el centro de la pista, donde fueron engullidos por el gentío. Tal vez estaban demasiado cerca y no podía distinguir bien la marca. Tal vez no era el latido de su corazón lo que oía más fuerte que la base de la música que sonaba en la discoteca. Lo sentía vibrar contra su pecho, cuando recogió el sudor de su cuello con la lengua y los dientes rozaron su piel, haciéndolo estremecer entre sus brazos mientras el resto de personas se convertía en un remolino que daba vueltas a su alrededor. El beso llegó después y también los reproches del grupo con el que iba cuando abandonaron juntos el Club y no supieron de él hasta el día siguiente, a pesar de recibir 30 llamadas perdidas de su hermano que dejó sin contestar.
Sakusa los había visto a ambos aquella noche y se preguntaba que si el chico y su gemelo eran idénticos, algo debía haber que los diferenciara a nivel físico y emocional, pues en absoluto le despertaban las mismas sensaciones.
–¿Le amas? –insistió Wakatoshi, como queriéndole poner a prueba, sabiendo de sobra que una aventura no era más que algo pasajero. ¿Qué relevancia podría tener un punto en la inmensidad de la eternidad? Pero amar… eso eran palabras mayores. Y más si estaba dispuesto a arriesgar como había demostrado esa noche.
–Mucho –respondió sin dudar, aunque incluso a él le resultaba extraño admitir algo así después de haber compartido poco más que un puñado de noches, ni siquiera días completos, con el humano.
Y lo estaba comparando con siglos de convivencia con Wakatoshi. Era normal que la culpa se le mezclara con la inquietud, cuando se sentía terriblemente desagradecido por haberse enamorado de otra persona de nuevo.
–¿Más que a mí?
–Es diferente.
Y tanto que lo era… Tan solo hacía unos días, poco más de un mes después de que se conocieran en aquel Club, que Sakusa tuvo la confirmación que le hizo dar un paso adelante.
–¡Qué curioso! A ver, ¡mírame! –le dijo el joven aquella noche que paseaban cogidos de la mano cerca del río.
Mientras para algunos podía parecer algo cursi, poder mostrarse abiertamente junto a la persona que amaba sin nada que temer, para Sakusa era uno de los grandes beneficios de la época actual.
–Qué es eso tan gracioso.
Sakusa era más bien seco y sombrío. Contrastaba con la jovialidad que emanaba de aquel humano. Todo en él se sentía vivo, desde la tonalidad jugosa de su piel hasta el timbre de su risa. Había pasado siglos esperando encontrarlo, conociendo de primera mano que ese hallazgo era algo excepcional que rara vez sucedía. Así que debía atesorar cada segundo que pasase a su lado, sin tener derecho alguno a mostrarse desagradecido. A pesar de que sus palabras sonaron malhumoradas, giró la cabeza hacia donde le habían llamado.
Se dio cuenta de que le había crecido mucho el pelo cuando el chico tuvo que apartarlo de su rostro para dejar su frente al descubierto. Sin avisar, el flash del teléfono móvil le deslumbró tomándolo por sorpresa.
Le molestaba que hicieran ese tipo de cosas, pero con el tiempo había aprendido que no merecía la pena, ya que el resultado jugaba a su favor.
Efectivamente, ni terminó de procesar el pensamiento cuando lo oyó quejarse, con la boca arrugada mientras borraba la foto.
–Ha salido mal –comentó más para sí mismo que como algo verdaderamente relevante–. A ver si ahora sale mejor.
También de manera espontánea pegó su cabeza a la suya para que ambos entraran en el encuadre de la foto. Detrás de ellos las luces de la ciudad se reflejaban en el agua del río y creaban extraños efectos luminosos al necesitar abrir el obturador para captar la luz en ambientes nocturnos. Movió el brazo extendido hasta que todo estuvo a su gusto y justo cuando le dio al botón giró un poco la cabeza rozando los labios contra su mejilla.
Habría sido una foto preciosa, de no saber que saldría mal.
–¿Pero qué has hecho esta vez? –De nuevo se le dibujó la decepción en el rostro al ver que Sakusa había salido borroso–. ¿Es que no voy a poder tener ni una maldita foto contigo?
Sakusa sabía que no. Que aquello se debía a una especie de protección gracias a la cual no podía haber constancia de su existencia o de la falta de envejecimiento a lo largo de los años. La única manera en la que podían plasmar sus rostros era mediante el dibujo a mano y aun así, había habido algunos casos de ancestrales que habían podido ser rastreados a lo largo de la historia gracias a los cuadros.
–Me temo que soy demasiado feo y espanto a la cámara–. Trató de bromear para evitar que siguiera intentado sacarle fotos.
–Yo solo quería hacerte una foto donde se vieran tus lunares, apenas se te ven por culpa del pelo. Aunque tampoco es que me queje de tu pelo, porque es precioso –comentó, volviendo a enterrar los dedos en sus rizos para apartarlos de su frente.
Sakusa, en cambio, se quedó mudo, procesando lo que acababa de oír. Había hablado de "sus lunares", en plural. Y él, que supiera, solo tenía uno. Uno que apareció hacía trescientos años cuando conoció a aquel mortal.
Que hubiese vuelto a aparecer otro solo terminaba por confirmar que la intensidad con la que vivió aquel amor tenía una explicación. Era su alma gemela y todo aquel que la encontrara recibiría una señal.
Ahora entendía por qué este joven le atrajo desde el primer momento. El tiempo casi había borrado sus facciones, pero si trataba de hacer memoria al observar su rostro y sus gestos con detenimiento, casi volvía a tomar forma en la nebulosa de sus recuerdos. Tal vez se tratara del cabello, antes rubio y ahora oscuro, que lo había despistado, pero ahora que saltaba todo a la vista de nuevo estaba claro que era él.
Y aunque dudara, tenía la prueba en su piel, donde una segunda marca se había unido a la anterior.
Se decía que la razón de la existencia de personas inmortales era precisamente la mayor posibilidad de encontrar su alma gemela, puesto que la duración de una vida humana era demasiado corta y a menudo acotada a solo una zona, volviéndola una misión casi imposible.
Incluso ancestrales como Wakatoshi seguían buscando esa segunda oportunidad que él acaba de conseguir.
No podía dejarlo escapar. Debía hacer algo antes de que la muerte se lo arrebatase de su lado, como ocurrió la primera vez.
Pero estaba seguro de que Ushijima no le dejaría abandonar la familia así como así.
–¿Me abandonarías por él? –le preguntó su Amo confirmando sus sospechas–. ¿Por alguien a quien acabas de conocer?
Empezaba el juego.
–No lo acabo de conocer.
Aunque era cierto que hacía solo unas semanas que se conocían, la sensación cuando estaba con él era plena. Como si los siglos que habían pasado desde la primera vez que se vieron no hubieran pasado en blanco. Incluso ese paso del tiempo se había traducido en una versión más madura de su primer amor. Entonces no era más que un chiquillo de diecisiete años que sobrevivía robando en las calles. Una de tantas presas fáciles que en sus primeros tiempos como cazador solía preferir. A Ushijima también le gustaban así, jóvenes y sanos, pues su sangre tenía mucho mejor sabor. Un ancestral necesitaba de cuatro o cinco de ellos para saciarse cada noche y Sakusa no se fijó mucho en él cuando lo embaucó para llevarlo a sus aposentos con la excusa de hacer negocios después de que intentara seducirle para robarle el dinero.
En aquel momento estaban en París, en plena Revolución Francesa y Ushijima había planeado moverse hacia Alemania. Desde la época del Imperio Romano que se convirtió, había podido amasar una fortuna, que destinaba a tener una red de localizaciones siempre preparadas a las que poder trasladarse. Nunca se quedaban más de cincuenta años en el mismo lugar y Sakusa no sabía por qué, pues siempre que había preguntado por ello –puesto que resultaba un gran fastidio no solo logístico sino por la sensación de desarraigo– nunca había obtenido respuesta. Ni siquiera Satori, que estaba allí mucho antes que él, le había confiado el motivo de tan continuas mudanzas.
Quedaban pocos ancestrales, y los que quedaban se ayudaban entre sí más que competir, pues el mundo era lo suficientemente grande y ellos los suficientemente escasos como para que no se estorbaran. Mientras que Ushijima se mantuviera en Europa no tendría ningún problema con el resto. El único que ocupaba un territorio que podía causar conflicto era Kita, pero éste había decidido retirarse por completo de todo y dedicarse a la meditación y la vida contemplativa como agricultor y monje en el Tíbet.
A quien podía interferir era a Kenma, que ocupaba Asia, pero al parecer este no tenía problema alguno porque otro ancestral ocupara una pequeña parte de su territorio.
Resultó que aquel ladronzuelo de cabellos dorados le hizo fracasar en su cometido como cazador, siendo incapaz de entregarlo como ofrenda a su Amo. Así pues, lo mantuvo oculto en sus dependencias, proporcionándole alimentos y cuidados que jamás habría imaginado viviendo donde vivía en la ciudad. Aquello era tan increíble que no se atrevió a hacer preguntas impertinentes como, por ejemplo, por qué solo podía disfrutar de la compañía de Sakusa cuando era de noche. Y aún así, él debía seguir cazando tanto para él como para su Amo, por lo que objetivamente tampoco podía pasar mucho tiempo con él.
Al anunciar que tratarían de huir de la Revolución e instalarse en otro país, Sakusa pensó que sería buen momento para iniciar una vida con el chico. No estarían al amparo de la protección de ningún ancestral y su red de contactos, pero para ellos dos no necesitaban más. No tenía el poder de convertirlo en un inmortal, ya que solo los ancestrales podían hacerlo o a la muerte de alguno de ellos, sus descendientes directos. Eso significaba que Sakusa no podría convertir a nadie hasta que Ushijima muriese, con lo que, teniendo en cuenta que había vivido por dos milenios, más bien dejaba de pensar que pudiese ser una posibilidad.
De todas formas, él no pretendía convertir al muchacho. Era un chiquillo joven aún, un adolescente que con los debidos cuidados que él podría proporcionarle por su posición, debería superar la esperanza de vida de la mayoría de humanos. Él tan solo deseaba estar a su lado el mayor tiempo posible que su cuerpo mortal le permitiera.
Con lo que Sakusa no contó fue que la enfermedad no entendía de edad ni clases y que él no hubiera conocido la enfermedad en su propia carne, no significaba que los humanos no fueran unas criaturas frágiles.
Nunca imaginaría que cuando todo parecía ir viento en popa, sufriría ese revés. A pesar de estar encerrado en una habitación durante meses sin ver la luz, el chico se veía saludable. Una alimentación regular y de calidad había hecho que no solo engordara, sino que también creciera, llegando casi a alcanzar a Sakusa por pocos centímetros.
A menudo solía bromear acerca de lo que su hermano se estaba perdiendo cuando, mientras compartían el lecho desnudos, se dedicaba a mostrarle con aire infantil marcando los bíceps, los progresos obtenidos en su físico.
Pero nada de aquello fue suficiente, ni siquiera la fortaleza adquirida. No sabía cómo, pero el muchacho enfermó sin salir de sus dependencias. No podía haber sido de otra manera que en el salir y entrar de sus deberes como cazador hubiera traído consigo el virus. Porque en ningún momento se le ocurrió que podría ser justo por estar confinado por puro capricho, como un animal exótico sacado de su hábitat. A diferencia de Sakusa, el chico no era un inmortal y como ser vivo necesitaba de la luz y el aire para salir adelante.
No pudieron salvarle. Ninguno de los médicos a los que lo llevó pudo hacer nada por él. Así que tan solo le quedaba una opción. Cuando aún le quedaba un aliento de vida, lo tomó en sus brazos y lo llevó ante Ushijima suplicando que lo salvara. No había deseado la eternidad para él pero si era la única manera de que no se lo arrancaran de su lado, estaría dispuesto a cargar con sus reproches el resto de su vida.
Ushijima se negó al descubrir el engaño. No solo por haberlo mantenido oculto, proporcionándole alimento, cobijo y medicinas, sino porque aquello explicaba el por qué del extraño comportamiento de Sakusa, que trataba de evitarle a toda costa. Hacía meses que no acudía con él a alguna representación de teatro, un paseo por la ciudad o una simple noche de pasión.
Tenía delante el motivo. Y no era aquel muchacho vulgar solamente el culpable, sino aquella marca que había aparecido en la frente de Sakusa a raíz de conocerlo.
Los celos y la envidia le quemaban al saber que Sakusa había encontrado en aquel humano de aspecto mediocre a su alma gemela. Así que no solo se negó a aceptar las súplicas de Sakusa, arrodillado frente a él mientras sostenía el cuerpo moribundo del jovencito. No solo no lo convirtió, sino que tampoco hizo por aligerar su agonía cuando podría haberle dado una muerte rápida e indolora.
Sakusa tampoco fue capaz de hacerlo, quedándose junto a su lecho hasta que expiró su último aliento.
Después de aquello, buscó a su hermano y le ofreció dinero suficiente para que se labrara un futuro digno y libre de dificultades fuera de París.
–Has estado ocultándomelo –dijo Ushijima. Se sentía extraño estar hablando de puñaladas por la espalda mientras aún estaban desnudos bajo las sábanas.
Sus palabras le trajeron a la memoria aquella primera traición, haciéndole ver que el que se repitiera el mismo patrón, seguramente debió ponerle en alerta de lo que sucedía, además de lo que sus contactos e informadores pudieran haberle contado.
–No creo. Lo supiste desde el principio. Ahora mismo su olor debe estar saturándote los sentidos, no es algo que se pueda obviar así como así.
–¿Qué tiene de especial? –preguntó Ushijima. En su tono de voz plano había de ese veneno que pasa inadvertido pero que daña con palabras precisas.
Sakusa se molestó porque ¿con qué derecho le juzgaba cuando él mismo había pecado también por esa razón? Así que contraatacó sabiendo donde más dolía.
–¿Qué tenía de especial Oikawa?
Ese tal Oikawa que fue el origen de todo.
N/A: Espero que os haya gustado este primer capítulo.
Me da pánico que Wakatoshi sea tan protagonists porque tengo muchas más probabilidades de cargarla. Me disculpo si los personajes están OOC, no estoy acostumbrada a los AU.
Creo que no hace falta que diga que el chico (del pasado y el presente) es Atsumu ¿no? No he dicho su nombre aún porque es obvio que no tuvo el mismo ahora que en el siglo XVIII. Atsumu sería su nombre actual.
Originalmente iba a ser un oneshot que se me comenzó a ir de las manos y al final he decidido ir trayéndolo poco a poco porque si una historia te pide ser contada, pues habrá que hacerlo y a mí me atrapó esta por completo, a pesar de no ser dada a los AU, aunque sí me encanta la temática de vampiros.
Este fic lo empecé para la Ushisaku week pero no me dio tiempo así que participa en la Sakusa Week Día 2 #vampires-blood.
En el siguiente conoceremos el pasado de Wakatoshi, necesario para comprender su actitud, y también entrará en juego Kenma, personaje importante en la trama. No sé si Oikawa aparecerá también o será al otro.
De verdad espero que os guste pues este proyecto me tiene muy ilusionada.
