Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 4
Blanco.
No recordaba haber visto otro lugar con tanto blanco: blanco en las paredes, blanco en el techo, blanco en las sábanas de su cama, blanco en la ropa de los doctores y enfermeras. Se suponía que dicha tonalidad era para tranquilar a los pacientes, para relajarlos mientras superaran su largo proceso de recuperación. Sin embargo, para Shapner, el efecto producido era el contrario.
Si bien, había pasado poco tiempo desde que recuperó la conciencia, él era capaz de alegar que se encontraba en total uso de sus facultades mentales. Y al verse envuelto en un ambiente tan exageradamente blanquecino, una rabia interna se esparcía en él como si se tratase de una aguda infección, llevándolo al extremo de querer escapar de tan insoportable sitio.
Shapner cerró sus párpados, apretó sus puños y maldijo. Gritó en su mente, gritó y gritó maldiciendo tener que permanecer allí. Blasfemó como nunca antes deseando ponerse de pie y darle cacería a ese infeliz, ese desgraciado que le ha traído ruina a la única mujer que existe para él. Liberando un extenso hálito, Shapner volvió a abrir sus ojos fijándolos en una ventana cercana.
– Cuando salga de aquí, te buscaré–susurró Shapner, sin dejar mirar el paisaje externo por medio de la ventanilla abierta–te atraparé, te quitaré ese ridículo disfraz y les mostraré a todos quién eres en verdad, les mostraré que eres un fraude…
Algo sucedió en él mientras dormía. Quizás, haber revivido viejas memorias, le hicieron recuperar el rumbo, haciéndole ver sus grandes errores. Con la adolescencia en su máximo apogeo, Shapner, cegado por sus sentimientos, se embarcó en un interminable viaje que lo llevó a intentar conquistar el amor de Videl una y otra vez; no obstante, eso lo hizo cambiar sin darse cuenta.
Se transformó en un fanfarrón.
En un chico presumido.
En un jovencito superficial.
Su afán de enamorar a Videl lo empujó a distorsionar su verdadero sentir, haciendo que ella se alejara de él cuando pretendía lo opuesto. Y no fue hasta casi perder la vida, que pudo hallar en el fondo de su ser el genuino sentir que lo enamoró de ella. Redescubrió una emoción que creía entender y conocer, fue como si hubiese encontrado un indicio de su yo más joven.
Fue la sombra de un indicio que le quitó venda que lo enceguecía, la sombra de un indicio que despertó no al Shapner engreído, sino, al auténtico. Y de nuevo, para su fastidio, el blanco lo atormentó. Rabioso, trató de levantarse, ya no perdería ni un sólo segundo más. La buscaría, y no descansaría hasta que ella recuperara su espíritu, su fortaleza, su confianza y su coraje.
Él haría que Videl, la verdadera, floreciera otra vez.
– ¡Oye, oye, oye!
A pesar de su motivación, una voz lo frenó en seco enfriando su ardiente ambición.
– ¿Qué diablos crees que estás haciendo? –Con su ceño fruncido, una joven enfermera entró en su habitación atrapándolo cuando se disponía a abandonar su cama.
– Me voy de aquí–Shapner respondió sin rodeos.
– ¿Ahh sí? –Dándole un rostro endurecido, ella le miró directamente al acercarse a su cama–por si lo has olvidado, te dieron un disparo en el hombro, perdiste mucha sangre y necesitarás más tiempo de recuperación, así que ni sueñes que te vas a ir ahora mismo.
– Pues yo me siento bien, y de hecho, ya no soporto este lugar–el rubio, algo altanero, le contestó–estoy harto de estar aquí, quiero irme, tengo muchas cosas pendientes por hacer.
– Me doy cuenta que eres un chico que no entiende razones, así que dejaré que lo descubras tú mismo–colocándose a su lado, la enfermera se inclinó hacia él apoyando sus manos en sus caderas–trata de ponerte de pie, anda, inténtalo, pero si no puedes no volverás a quejarte y esperarás a que se te dé de alta.
Shapner, por un instante, creyó reconocer a Videl en la voz firme y decidida de esa mujer. Así era ella, siempre desafiante, dispuesta a sumir retos sin tan siquiera considerar sus propias desventajas. Feliz, viendo una chispa que le recordaba a la Videl que ansiaba rescatar, Shapner sonrió confiado al aceptar el reto de esa enfermera.
– ¿Si lo logro, me dejará ir?
– Claro, si lo logras…
Apartando las frazadas de él, Shapner se deslizó al borde de su cama esforzándose por sentarse. Con muchísima dificultad lo consiguió, no sin antes dibujar unas cuantas muecas de dolor que en más de una vez le robaron el aliento. Sentado, respirando fuertemente, Shapner se dispuso a erguirse bajo la vigilante atención de su acompañante femenino.
Apoyó sus pies en el frío piso, y tomando una pizca de impulso, lo intentó.
– ¿Ahora lo ves, chico? –La enfermera, sonriéndole tranquilamente, le cuestionó con calma–en ocasiones, aunque no nos guste, no queda más remedio que esperar a que las cosas se puedan dar. Todo sucede a su tiempo, no cuando nosotros queremos que suceda.
Un minuto antes, al tratar de caminar, Shapner se vio golpeado por una súbita dolencia y agotamiento que le arrebataron el equilibrio, haciéndolo caer de espaldas hundiéndose en el colchón. Balbuciendo un par de groserías, el rubio se dio una palmada al rostro al comprender que acababa de cometer, por millonésima vez, el mismo error de siempre.
La arrogancia, esa misma arrogancia que alejaba a Videl de él, volvía a convertirse en su peor enemigo.
– Tenía razón, enfermera, aún me falta recuperación…
– Discúlpame, chico, lo que hice no es correcto, no debí haberte retado–ella, ayudándolo a acostarse de nuevo, le afirmó con algo de pena pero sin arrepentimiento–sabes, siempre he podido ver el carácter de las personas con sólo mirarlas, y me pude dar cuenta que eres un chico un poco…
– ¿Un poco?
– Umm bueno, no sé si deba…
– Dígalo, no se preocupe, dígalo.
– Eres un poco engreído, chico, no lo digo con la intención de ofender, pero de vez en cuando, para que una persona así acepte sus equivocaciones, hay que hacerles ver que están mal–ella, hablándole con sinceridad, le afirmó– ¿verdad que ahora entiendes que no estás listo para salir del hospital?
– Sí y gracias por lo que hizo–Shapner, agradecido y honesto, le aseveró ofreciéndole un semblante pensativo–he cometido muchas estupideces por pasarme de listo, lástima que tuviera que darme cuenta estando hospitalizado.
– Mejor tarde que nunca, chico–le dijo terminando de arroparlo–pero dime… ¿por qué tienes tanta prisa por irte?
– Es difícil de explicar.
– Pues, haz el intento.
– Bueno, todo tiene que ver con una chica.
– ¿Una chica? –Pícara, le ofreció una media sonrisa–bueno, continúa.
– Tal vez no me lo crea, pero, mientras estaba dormido recordé porqué me gustaba tanto, y también comprendí que en los últimos años me he comportado como un idiota con ella…
– ¿Por qué lo dices?
– Ella no es la típica chica que piensa en la moda o en esa clase de cosas, no, ella es totalmente diferente, su fortaleza y valentía fueron lo que me hicieron enamorarme de ella–observando el vacío frente a él, habló sin ocultar nada–ella me rechazó muchas veces, pero me negué a rendirme, y eso me llevó a tratar de llamar su atención de la manera equivocada, ya sabe, presumiendo y fanfarroneando, pero eso sólo la alejó de mí.
– Entiendo, por querer parecer un tipo sobresaliente conseguiste que ella se cansara de ti.
– Sí, podría decirse así–Shapner asintió con la cabeza–pero ella no está bien, ella ha cambiado, me doy cuenta, alguien la está lastimando, la está haciendo sentir inferior y le ha robado la confianza que siempre tuvo en sí misma, y por eso es que quiero irme cuanto antes, para demostrarle a ella que no es menos que nadie, deseo que vuelva a ser la que es realmente.
– Vaya, esa chica sí que es afortunada–la enfermera, mirándolo, le manifestó–de verdad debe de gustarte mucho.
– Sí, pero no sólo me gusta, yo…la amo.
– Comprendo–se carcajeó suavemente–no tengo idea de quién sea, pero si tuviera tu edad, hasta yo me sentiría halagada por tener un pretendiente así.
– Créame, usted se hubiera cansado de mí como ella se cansó–Shapner, algo melancólico, le confesó–fui muy insistente, y eso no es lo malo, lo malo fue que le insistí del modo incorrecto, pero esta vez lo haré bien.
– Pero antes tienes que recuperarte, no olvides que casi mueres, te llevará tiempo reponerte–ella, teniendo la razón, lo hizo asentir–ahora quiero que descanses, el doctor no tardará en revisar tu estado.
– De acuerdo–el rubio, hablando más pausadamente, se giró a verla–gracias por esta corta charla, de verdad gracias.
– Olvídalo, no es nada, después de todo sólo estoy cuidando a un paciente más…
– ¿Hace mucho que es enfermera? –más sociable, Shapner indagó con curiosidad.
– Sí, lo he sido desde hace muchos años–suspirando, ella le regresó la mirada–este trabajo me ha enseñado a valorar la vida y a aprovechar las segundas oportunidades, así que cuando salgas de aquí, hagas lo que hagas, no vuelvas a cometer los mismos errores…
– Vaya, le soy honesto, nunca había pensado las cosas así, viéndolas desde el punto de vista de una enfermera–le comentó Shapner, quién, poco a poco, iba olvidando el enojo que estar allí le produjo hacía unos minutos atrás–siempre vi a las enfermeras como chicas lindas vestidas de blanco…
– ¿Chicas, sólo piensas en eso? –Ella, riéndose, le consultó–sabes, si pudiera cambiar algo, sería este uniforme, sobre todo este horrible gorro tan pasado de moda.
– ¿Puedo decirle algo, claro, con respeto?
– Dime, chico.
– Creo que se ve tremendamente adorable con ese uniforme, y el gorro, le queda muy bien.
– ¡Hombres, todos son iguales! –exclamó fingiendo enojo–nunca pierden la oportunidad para coquetearle a una mujer.
Divertidos, ambos rieron un poco.
– Será mejor que guardes tus encantos para esa chica que tanto amas, Romeo–ella, emprendiendo la marcha, se aproximó a la puerta–y no quiero volver a verte intentado irte, entre más reposo tengas más rápido sanarán tus heridas…
Quedándose solo en la habitación, Shapner debió resignarse a permanecer allí hasta sanar por completo. Sin embargo, sus ansias de volver a verla no disminuyeron, sino, que al entender sus miles de equivocaciones, éstas se intensificaron el triple. Deseaba ir y buscarla, tomarla entre sus brazos, darle un fuerte abrazo y decirle que todo estaría bien, que todo regresaría a ser como era antes.
– Me repondré y saldré de aquí–hundiendo su cabeza en la almohada, Shapner cerró sus ojos observándola a ella en su imaginación–Videl, yo lo borraré de tu vida, aún…aún no sé cómo, pero lo haré, ya lo verás, lo haré…
Apretando los puños, Shapner vio como la silueta del Gran Saiyaman se dibujó en sus pensamientos al disiparse la de Videl. Al mirarlo, clavando sus retinas en él, Shapner fue incapaz de no recordar la alucinación que tuvo sobre él. Por más que intentó derrotarlo, nada funcionó. Ese individuo parecía provenir de otro mundo o dimensión, sin duda, no era un ser humano normal.
– ¡No! –gruñó Shapner–no creeré esa patraña, él es un fraude, estoy seguro de ello, debe haber una explicación razonable para todas sus supuestas proezas.
Quería hacerlo pedazos, golpearlo sin parar hasta hacer trizas ese ridículo casco que usaba. Incluso, el propio Shapner se escandalizada, nunca había odiado con tanta fuerza a alguien. Pese a eso, no detuvo esa proyección mental de sí mismo golpeándolo una y otra vez sin descanso. Lo golpeó, lo masacró, lo trituró reduciéndolo a nada.
La lógica dictaba que no tenía posibilidades de triunfar, que sus aspiraciones eran absurdas, imposibles de alcanzar. No obstante, el corazón no entiende de lógica. No buscaría esa victoria para presumirla, ni para agrandar su ego. No. No lo haría por hambre de fama. No. Su motivación iba más allá de lo tangible, más allá de los límites de lo obvio.
Aquello llamado amor, solía ser la causa de innumerables locuras, y ésta, no sería la excepción.
Su pie pisaba con fuerza el acelerador, sus manos temblaban al sostener la palanca de mando, sus ojos se mantenían inmutables observando el cielo ante ella. Videl, pese a sentirse indecisa por sus actos, comprendía que ya no podía dar marcha atrás. Ella continuaría hacia adelante, se dejaría arrastrar por esa decisión impulsiva que tomó posesión de su cuerpo y alma, robándole la lucidez.
Deseaba paz, deseaba encontrar refugio en algún sitio. Ya no lo soportaba, el remordimiento le taladraba la conciencia recordándole una y otra vez sus debilidades. El ego, el orgullo y la valentía que poseyó antaño, la abandonaron. Dejándola como un cascarón vacío, desnuda ante el mundo sin poder esconder su vergüenza, su sufrimiento por haber fallado, por haberle fallado a él.
Lentamente, muy lentamente, vislumbró su reloj en su muñeca izquierda. Aquel aparato, por más pequeño que era, fue alguna vez un símbolo de la confianza y el respeto que la ciudad misma tenía para ella. Con dicho artefacto, la mismísima policía de Ciudad Satán rogaba su presencia, invocándola al mejor estilo de un grupo de fieles creyentes llamando a su diosa.
Ella se volvió una deidad, una deidad que ahora se desmoronaba a pedazos.
La fe en sí misma era su fortaleza, una fortaleza que ya no existía. Y Videl, con un dolor punzante en su corazón, lo supo: ya no la necesitaban. Ciudad Satán ya no la necesitaba, nadie la necesitaba. Por algún tiempo se negó a creerlo, trató de engañarse convenciéndose que aquel nuevo justiciero era un fraude. Ese sujeto enmascarado debía ser un charlatán, no había otra explicación.
Su negación y escepticismo fueron demasiado grandes, tan grandes, que al admitir la verdad, ésta la abofeteó con una intensidad que casi le arranca de raíz el espíritu. Por ello, al sentirse inútil, innecesaria, superada, reafirmó sus palabras: no volvería a pelear jamás. Y controlada por esa idea, precipitada o no, ella voló directo al punto donde todo terminaría.
Sin embargo, antes de proceder, la providencia quiso burlarse de ella un poco más.
– ¡Maldita sea! –Videl, furiosa, exclamó sin pudor– ¿por qué ahora, por qué ahora?
El indicador de combustible empezó a sonar repentinamente. Éste, vociferando con un molesto pitido, le alertaba del bajo nivel de gasolina obligándola a aterrizar varias cuadras antes de llegar a su destino. Aterrizando de mala gana en un callejón maloliente, Videl saltó de la cabina de su helicóptero para seguidamente convertirlo en cápsula, guardándolo en uno de sus bolsillos.
Sin más, reanudó su marcha apretando el paso. Si bien las personas la reconocían de inmediato saludándola calurosamente, Videl les respondía con una fría indiferencia al permanecer callada y sin detener su andar. La culpa la cincelaba al verse rodeada de aquella gente, la heroína que tanto idolatraban no era más que una chiquilla llorona y asustada que se retorcería entre lamentos.
Dejándolos atrás, ignorándolos tan deprisa como pudo, Videl continuó caminando sin importarle haber faltado a la escuela, y más grave aún, haberse fugado de casa tan dramáticamente como lo hizo. Dichas acciones la tenían sin cuidado, lo único que quería era callar la voz de Shapner al prevenirla del disparo, ese maldito disparo que no sólo lo hirió a él, sino también, a ella.
Llegando a un cruce peatonal, y viendo la señal en color verde para los automóviles, Videl debió detenerse aguardando por su oportunidad para cruzar. Y sintiéndose perseguida por alguna especie de ente dantesco, para su tormento se halló enfrente del banco de Ciudad Satán. El mismo banco donde sus acciones justicieras nacieron, y por obra de un superhéroe, vieron su debacle.
– ¿Quién es esta maldita mocosa?
Aún era una chica joven, pese a eso, un sentido de justicia muy desarrollado para su edad, fue el carbón que avivó ese fuego en sus entrañas que gritaba a viva voz: basta. Harta, cansada, asqueada de la peste criminal que se apoderaba de la ciudad, y máxime, de la apatía que su propio padre emanaba al discutir el tema, Videl decidió frenar con sus manos aquel demonio incontrolable.
– Creo que es la hija de Mr. Satán.
– ¡Sí, es ella!
Contemplando en la televisión el robo al banco de Ciudad Satán, Videl se exasperó con la torpeza e ineptitud de las autoridades policiales, decidiendo enérgicamente intervenir por su cuenta. Nunca olvidará ese día, nunca. La adrenalina corriendo por sus venas al pelear era deliciosa, apoteósica, orgásmica, y sobre todo, adictiva. Y sin esperarlo, hacer el bien se volvió una droga, su droga.
Bajo la mirada anonadada de los uniformados y demás curiosos, una niña evadió el control policial ingresando en la agencia bancaria, luchando desarmada contra la pandilla que perpetraba el asalto. Muchos, aterrados y dándola por muerta, no despegaban sus ojos de la transmisión televisiva, viendo como esa jovencita triunfaba donde un escuadrón completo de policías fracasó.
– ¡Mocosa malcriada!
– ¡Dispárenle, dispárenle!
A pesar de sus armas y la lluvia de disparos que éstas le escupían, Videl, demostrando su talento innato para las artes marciales, los fue venciendo uno por uno. Al cabo de unos fugaces pero intensos diez minutos, los cuerpos tendidos de los bandidos adornaron el suelo dando por concluida la crisis que se apoderó de la atención de los pobladores de Ciudad Satán.
Y Videl, al salir por las puertas de cristal del banco, no imaginó lo que vendría después.
La admiración cayó sobre ella como un diluvio, Ciudad Satán se postró a sus pies luego de ver su coraje y destreza. Ella, sin duda, era una digna hija del campeón y salvador mundial. Semanas más tarde, en una ceremonia que incluso fue televisada y auspiciada por el alcalde y el jefe de policía, fue condecorada ganándose un millar de aplausos.
Irónica y trágicamente, años en el futuro, otro acto delictivo en el mismo lugar le dio la estocada que significó el principio de su final. Más rápido que ella, más fuerte que ella y más poderoso que ella. Así era el individuo casi sobrenatural que apareció sin aviso, y él, gradualmente, fue demostrando que cualquier cosa que Videl pudiera hacer, él lo hacía infinitamente mejor.
Despertándola, sacándola de sus reflexiones, el semáforo le concedió vía libre para proseguir. Avanzó dando pasos tímidos, nerviosos, suplicantes. Y al fin, al arribar, Videl escuchó nuevamente el grito de Shapner convenciéndola que ya era el momento de decir adiós, que ya era el momento de aceptar abiertamente que ya nadie requería su ayuda.
– Esto se acaba ahora mismo…
Escalón por escalón, Videl subió por la empinada escalinata de la jefatura de policía hallándose rodeada de uniformados que entraban y salían. Todos, instantáneamente, se enfocaron en ella sin que ésta se dignara a verlos. Conociendo el camino de memoria, Videl atravesó el pasadizo lleno de oficinas avistando no muy lejos el despacho del jefe policial.
Ansiosa, tocó la puerta. Sin esperar respuesta, la golpeó de nuevo pero con más vehemencia. Experimentado una mezcla de angustia y enojo, Videl pretendía entrar sin permiso cuando la cerradura se abrió sorpresivamente, encontrándose con el rostro inquisitivo del hombre que esperaba ver. Videl, quedándose sin habla, titubeó por un instante sin lograr articular ni una frase.
– ¿Videl? –cuestionándole, él le habló–qué sorpresa, no esperaba verte por aquí…
– Ehh, yo, bueno, quisiera hablar con usted, por favor.
– Claro, Videl, pasa y toma asiento.
Extendiendo el brazo en señal de invitación, el comandante de las fuerzas del orden le ofreció una media sonrisa que no fue capaz de contestar. Mirando la alfombra en el suelo, Videl ingresó muy acelerada sentándose en una de las sillas frente al escritorio de su interlocutor. El cual, levantando una ceja, no evitó delinear una expresión de recelo por el comportamiento de la adolescente.
– Bien, Videl–regresando a su asiento, él cerró algunas carpetas y limpió la superficie de su escritorio entrelazando sus manos al prestarle atención– ¿de qué querías hablar, te escucho?
– Yo, yo…primero, quisiera agradecerle todo lo que han hecho por mí en estos años–vacilante, Videl le conversó sin ocultar su nerviosismo–yo, de verdad, les agradezco mucho haberme dejado ayudarles…
– Videl, no nos lo agradezcas, al contrario, somos nosotros los que estamos eternamente agradecidos contigo–él, reclinándose hacia atrás en su silla, le afirmó con sinceridad–por cierto, quiero que sepas que los asaltantes que atacaron la discoteca la otra noche serán enjuiciados la próxima semana, al parecer tenían antecedentes y gracias a ti logramos detenerlos…
Videl, luchando por sonreír, lo hizo pobremente.
– ¿Te pasa algo, Videl? –No evitándolo más, le cuestionó sin rodeos–te noto muy pálida, no pareces la Videl de siempre…
– No se…no se preocupe, anoche no pude dormir bien–respondiéndole vacilante, Videl se esmeró en ir al grano–a lo que vine, realmente, es a devolverles esto…
– ¿Qué cosa?
Notando como las manos de Videl templaban sutilmente, él también se percató que éstas sostenían un objeto que la pelinegra se inclinó a mirar.
– Por varios meses me negué a aceptarlo, llegué a pensar que debía haber una explicación, quizás, algún truco que explicara cómo es posible que él haga lo que es capaz de hacer…
– Discúlpame, Videl, pero no entiendo a qué te refieres…
– Yo, me he dado cuenta que el Gran Saiyaman es un individuo al cual nunca podré superar, no puedo ni tan siquiera imaginar el origen de sus habilidades, pero sé que me es imposible igualarlo–poniéndose de pie, Videl se acercó al buró depositando su reloj comunicador en éste–el Gran Saiyaman puede volar sin tener que utilizar un helicóptero, a él no le hace falta esquivar las balas porque las detiene con sus propias manos, y él, al pelear, se mueve más rápido que un rayo…–argumentó la ojiazul–pero yo…pero yo…
– ¿Videl?
– Pero yo no puedo hacer eso, nada de eso–alegó derrotada, sintiéndose humillada por un sujeto que le provocada un enfermizo odio–no puedo volar, ni detener balas con las manos y mucho menos moverme a súper velocidad, y al ver, que él puede vencer a cualquier criminal con un mero chasquido de sus dedos, me di cuenta que ni ustedes ni nadie me necesita…
– Videl, espera, espera, nadie ha dicho que tú no…
– Por eso estoy aquí, por eso quería hablarle, vine a decirle que me retiro, ya no pelearé nunca más contra ningún ladrón–dando un pequeño paso hacia atrás, Videl se distanció del reloj que fue su inseparable compañero por muchísimo tiempo, llegando, incluso, a tejer un vínculo más allá de toda compresión palpable–sé que el Gran Saiyaman protegerá a Ciudad Satán mil veces mejor de lo que yo pude haberla protegido…
– ¿Videl, no puedes estar hablando en serio?
– Sí, lo estoy haciendo, le hablo muy en serio.
– Has defendido esta ciudad por años, te convertiste en un símbolo para los jóvenes de tu edad, no por nada la gente en las calles te llama heroína…
– ¡No soy una heroína! –vociferó Videl, sin importarle en dónde estaba ni quién la escuchara– ¡nunca lo fui, ni lo seré!
El jefe de policía pensaba decirle algo, cuando ella, conteniendo el llanto, se le adelantó.
– Si en verdad fuera una heroína, hubiera protegido a mi amigo en esa discoteca el sábado por la noche, pero no lo hice–Videl, rabiosa, enfadada con ella misma, se apuntó con un dedo–fui lenta, débil e inútil, ahora él está en el hospital muy grave por culpa mía, no soy ninguna heroína, sólo soy una incompetente que se quedó petrificada sin hacer nada…
Sintiendo como la ira se enfriaba abruptamente, Videl se embargada por una colosal vergüenza que la desmoronó en su interior, forzándola a terminar con su presencia en ese sitio.
– Discúlpeme, no quería gritarle–acercándose a la puerta, Videl se preparó para retirarse como un ladronzuelo asustado al escuchar las sirenas de una patrulla–gracias por la fe que pusieron en mí por tanto tiempo, pero ya no puedo continuar, ya no puedo hacerlo…
– Videl, aguarda…
– Perdóneme por interrumpirlo con mis tonterías, tengo que irme, adiós…
Sin darle la oportunidad ni de replicar ni detenerla, Videl corrió apurada sin interesarle los susurros que ella producía en los patrulleros que no dejaban de mirarla. Habiendo atravesado la salida, Videl descendió por la escalera de piedra huyendo de la estación de policía, rogándole al cielo un insignificante minuto de paz.
Pronto, el cansancio se apoderó de sus piernas por tanto correr. Jadeante, bañada en sudor, la hija del campeón mundial se acercó al parque de la ciudad, internándose en el diminuto bosque que éste poseía. Tirándose sobre la fresca y verdosa hierba, Videl dio grandes bocanadas de aire alimentando sus hambrientos pulmones, ocultándose en la reconfortante sombra de un árbol.
Abstraída, teniendo de un minúsculo santiamén de soledad, rodó sobre sí observando el brillante cielo azulado. Pese a lo bello del firmamento, sus pupilas no lo apreciaron, sino, que miraron una silueta que, si bien no estaba allí realmente, para su atormentada cabeza sí. Afligida, derrotada y humillada, le conversó a esa proyección de su mente con voz pesarosa.
– ¿Eso querías, verdad? –Susurrante, Videl le indagó– ¿querías que renunciara, que aceptara mi inferioridad, mi derrota?
Juraría él que se encontraba allí, flotando arriba de ella, siendo rodeado de los potentes rayos del sol que le brindaban una connotación casi divina. Mudo, estoico, el Gran Saiyaman le veía desde las alturas cruzado de brazos completamente estático. Su larga capa roja ondeaba elegante gracias al viento, imponiendo una imagen de santidad insuperable para todos, insuperable para ella.
– Pues, lo conseguiste, está hecho, está hecho…
Continuó hablándole, y él, se mantenía inexpresivo.
– Tú ganas, me rindo…
Nada dura para siempre y el legado justiciero de Videl, vio inevitable su ocaso. Su armadura, aquella armadura férrea que solía utilizar no sólo para luchar, sino además, para darse valor y fuerza, terminó de caerse a pedazos. Ya no era nadie, ni un ápice de quien fuere en un añejo ayer. Videl Satán, la Videl Satán que las masas alguna vez adoraron, murió.
Ahora, su propio futuro era un misterio, incluso para ella.
¿Debería…?
¿Debería…?
¿Debería…?
¿Cuántas veces se había preguntado algo usando un debería?
Habiendo perdido la cuenta, Gohan no tuvo más remedio que continuar usándolo.
Ese tenía que haber sido el día de clases más sombrío que había tenido. Si bien, los maestros se esmeraban por capturar la atención de sus alumnos con sus lecciones, éstos, en el fondo, no podían sacar de sus pensamientos a la ausente Videl y al mal herido Shapner. Gohan, mirando sin interés el pizarrón repleto de problemas matemáticos, se cuestionaba nuevamente qué hacer.
Desviando la mirada a su derecha, vio de soslayo a Ireza quien por millonésima vez se secaba las lágrimas disimuladamente. Si a Gohan, el relato de Ireza sobre su conversación telefónica con Videl lo perturbó. Él, por su parte, no era capaz de imaginar lo horrendo que debió ser para Ireza. Oír a Videl, narrando lo sucedido con Shapner aquella noche, debía ser algo indescriptible.
Y allí, al tratar de recrear los hechos en su cabeza mediante su imaginación, Gohan solamente encontró dos elementos que inundaban la escena: rabia y culpa. Imaginó a una Videl combativa, como siempre, luchando contra los bandidos armados. A su lado, en medio de la conmoción, halló a un desafortunado Shapner que era abatido por el frío e inclemente plomo de una bala.
Con tal visión, experimentó la rabia que Videl sintió en ese momento, y máxime, la culpa que la sacudió al no conseguir evitar el derramamiento de sangre. Sin embargo, una furia aún más grande, fue apoderándose de Gohan al ver tales sucesos siendo proyectados en su mente. Sí hubiese estado ahí, quizás, tanto Shapner como Videl, estarían sentados en sus asientos junto a él.
Gohan, ansioso, tratando de controlar ese enojo que se incrementaba en él, empezó a sacudir su pie izquierdo cada vez más rápido. Provocando, consecuentemente, una intensa vibración que estremeció el edificio de la escuela haciéndolo crujir. Los demás, pensando que era un terremoto, gritaban asustados refugiándose instantáneamente debajo de sus pupitres.
– ¡Gohan, no te quedes ahí, escóndete!
– ¡Qué!
Escuchando la voz de su profesora llamándolo, Gohan salió de ese trance auto inducido deteniendo sus movimientos, percatándose de las consecuencias que éstos generaron. Al parar, el sismo también lo hizo, devolviéndoles la tranquilidad a los allí presentes, quienes, poco a poco, fueron saliendo de sus escondites mirando los alrededores aún temerosos.
– ¿Acaso este día no puede volverse más horrible?
Girándose, Gohan miró por segunda vez a Ireza quien permanecía sentada en el piso abrazando sus piernas flexionadas. Observando con detalles su expresión apagada, entristecida y angustiada, Gohan, por un santiamén, creyó ver el rostro que Videl debía estar dibujando en ese mismo instante. Y ante tal premisa, el debería retornó para inundarlo con más cuestionamientos:
¿Debería ir a buscarla?
¿Debería charlar con ella y consolarla?
¿Debería verla para decirle que no fue su culpa?
Que por el contrario, era de él.
Rastreó el ki de Videl durante horas, notando como se movió desde su casa a otro lugar hasta retirarse a un sector distinto de la ciudad, quedándose aún allí. No podía saberlo con exactitud, pero algo cambió en ella ese corto viaje que realizó. No entendía qué habría hecho para alterar su esencia por completo, fue como si un fragmento de su alma se hubiera desprendido de ella.
– ¿No hay nadie herido, todos están bien?
Ignorando las preguntas de su docente, Gohan se convencía más y más que tenía que verla. No obstante, tal intención, le provocaba la sensación que él únicamente agravaría las cosas. Contemplando su reloj de pulsera, el primogénito de Son Goku no sospechaba la enorme ironía que dicho objeto representaba.
Dos relojes.
Dos justicieros.
Uno para ella, uno para él.
Él meramente quería ayudar, nada más. Pero ella, obsesionada, hizo cuanto pudo por quitarle la máscara. Sumergiéndose en un laberinto interminable, perdiéndose más y más en éste, llegando al punto de mirar atrás y ya no saber por dónde regresar. Y Gohan, intuía, que esa era una de las razones de su aflicción: estaba extraviada sin poder encontrar el camino de regreso.
– Parece que ya pasó, ya no se sienten más temblores–su profesora, hablándole a la clase, interrumpió sus reflexiones–parece que todo está en su lugar, creo que podemos continuar con la lección…
¿Debería confesarle su secreto?
¿Debería decirle quién era en realidad?
¿Debería mostrarle el rostro que se esconde debajo de ese casco anaranjado?
Empero, en el fondo, temía que hacer lo correcto terminara siendo lo incorrecto. Revelarle quién es, posiblemente, empeoraría el problema llenando de más ira el ya iracundo espíritu de Videl. Era tal la ambivalencia, ese choque de fuerzas entre lo apropiado y no, que Gohan, internamente, luchaba por controlar el impulso de salir del salón para escupir esa desazón que lo afligía.
Pero no se atrevía.
No aún.
Ya llegaría el momento.
Unas cuantas horas más tarde, finalmente, con el sonido inconfundible de la campana, tanto Gohan como sus compañeros, eran libres de irse de la escuela por lo que quedaba del día. Mientras la mayoría se dirigía a sus casas, un dúo de jovencitas tenía otros planes, y Gohan, sin pensarlo demasiado, se unió a ellas en su peregrinación hacia el hospital de Ciudad Satán.
Fue una caminata silenciosa, tensa y fría. Ninguno conseguía articular palabra, si bien sus meditaciones se hallaban colmadas de sensaciones que amenazaban con explotar. Y notando los semblantes decaídos de Ireza y Ángela, Gohan debió batallar contra la tentación de aliviar su tormento tomando la salida fácil.
No sería complicado: buscaría las esferas, invocaría a Shenlong para pedirle que todo se arreglara regresando a la normalidad la vida de los involucrados. A pesar de sonar maravillosamente conveniente, Gohan sabía que aquello por muy buenas intenciones que tuviese, era un acto egoísta. Podía hacerlo pero no debía. Quién era él para alterar el curso natural de las cosas.
Antes, cuando no los conocía, Gohan lo hubiese hecho sin vacilar o titubear. Sin embargo, al irse amoldando a la manera de vivir de los humanos, un debate que nunca se presentó ahora tomaba fuerza: ¿con qué derecho se puede manipular el destino de otros, acaso ellos no merecen saber que una magia ancestral es capaz de romper las reglas de la existencia misma?
Tales interrogantes, sólo le producían jaqueca.
Mirando por un segundo en la distancia, Gohan volvió a percibir el ki de Videl. Esa serenidad que detectaba en ella, le resultaba falsa y artificial. Él lo presentía, aquello no era más que una mentira, una fachada, un intento de autoengaño que ella misma creó para aplacar su dolor. Y entretanto continuaba analizándola, la voz de Ireza lo forzó a desviar su atención de Videl.
– Ya casi llegamos, sólo una cuadra más…
Gohan alzó la vista observando el altísimo edificio del centro médico, y sin alejarse de las chicas que lo acompañaban, entró allí dándose cuenta de un detalle que había pasado por alto. Shapner, el ki de Shapner, emanaba más intensidad. Aquello, únicamente, significaba que se encontraba despierto y lúcido. Tal descubrimiento, le devolvió a Gohan una pizca de alegría.
– ¡Gohan, apúrate, no te quedes atrás! –Ángela, volteándose al verlo inmóvil, le gritó.
– Sí, sí, sí, lo siento.
Avispándose, el pelinegro aceleró sus pasos. Gohan, adentrándose en el hospital, avistó a Ireza quién pedía información en la recepción. Apurándose, el chico corrió hacia ella y Ángela, uniéndoseles justo cuando pretendían dirigirse a donde Shapner reposaba.
– Él está en el tercer piso, habitación 327–la recepcionista, respondiendo a la consulta de Ireza, le indicó el camino que debían tomar–usen el ascensor de la derecha, eso los llevará directamente con él.
– Gracias…–girando sobre sus talones, la rubia se topó de frente con la pelirroja y con Gohan–vengan, ya sé por dónde ir…
Y el silencio, otra vez, los escoltó en su travesía.
Comprobando la hora a su vez que usaban el elevador, Gohan supo que su madre estaría enfadada con él por no haber regresado a casa como de costumbre. Aunque, sin dudarlo, creía que era necesario estar allí. Y al caminar por el pasillo, al abandonar el ascensor, Gohan ni remotamente imaginaba que el paciente de la recámara 327, pensaba en él, o mejor dicho, en su otro yo.
– ¡Shapner!
Ireza, olvidándose de en qué lugar estaba, vociferó por impulso al asomarse por la puerta viendo al chico que anhelaba ver. Y para incrementar su felicidad, éste, estando consciente, le regresó la mirada con una media sonrisa. Ángela, entrando detrás de ella, también se alegró al verlo. Por último, y con una actitud nerviosa, evasiva, Gohan avanzó muy lentamente al acercarse.
Acostado, con una expresión notoriamente aburrida, los recibió un Shapner que se contentó al verse rodeado de rostros amigables y conocidos. Aún así, por reflejo, por necesidad, sus retinas escudriñaron a los recién llegados buscando despertado un par de zafiros azules. Pero, para su mala fortuna, no encontró a ese ser femenino que con demasía quería ver.
– Hola, chicos, me alegra mucho verlos–hablándoles, Shapner los miró a los tres–siento que los vi por última vez hace años, o mejor dicho, hace siglos.
– Pensábamos que estabas muy grave, habían rumores que todavía no despertabas–Ángela, a su izquierda, tomó asiento al charlarle–qué bueno ver que esas habladurías no eran ciertas.
– En realidad, desperté esta mañana, y créanme, me alegra haberlo hecho–esa y su siguiente afirmación, fue más para él mismo que para ellos–por fin, desperté en muchos sentidos, había estado dormido por años…
– Eso es bueno, Shapner, muy bueno…supongo.
– ¡Gohan!–soltando una leve carcajada, Shapner se enfocó en él–aunque no me lo creas, me alegra volver a verte… ¿dime, aún estás consiguiendo las mejores calificaciones de la escuela?
– Eso intento, eso intento–le devolvió la broma–y digo lo mismo, Shapner, qué alivio ver que estás fuera de peligro.
– ¿Cuánto tiempo tendrás que estar aquí? –Ireza, a su derecha, le preguntó.
– Aún no lo sé, pero imagino que será mucho.
– ¿Qué pasó, Shapner? –Gohan, deseoso de saber si las dudas que sentía eran infundadas o no, apetecía respuestas– ¿podrías decirnos qué sucedió exactamente?
– Fui a beber, como lo hago cada sábado por la noche–apretando los ojos cerrados por un instante, el rubio recordó fugazmente–todo era como de costumbre pero unos tipos entraron a robar, Videl apareció para detenerlos, las cosas se complicaron y yo quise ayudar, pero…sólo las empeoré.
– Pero ya pasó, ya pasó–Ireza, tomándolo de la mano, le sonrió luchando por no llorar más–ahora lo que importa es que te recuperes, ya verás que todo volverá a hacer como era antes…
– No, Ireza, no–contradiciéndola, Shapner se inclinó hacia ella–nada volverá a hacer como era antes, lo quiera o no, mucho ha cambiado…
– ¿Qué quieres decir con eso…?
– ¿Dónde está Videl, ella también vino con ustedes? –Interrumpiendo la pregunta que Ángela se disponía a hacerle, Shapner, sin rodeos, fue directo al grano– ¿cómo está ella, está bien, dónde está?
– Lo mejor será que descanses, no es bueno que tengas tantos sobresaltos…
– Dime dónde está, Ireza, por favor, sólo quiero…necesito saberlo, dime dónde está Videl, dímelo.
– En su casa, ella está en su casa–Ireza le dijo, sin saber que eso no era cierto–no fue a la escuela hoy, se merecía un respiro después de lo que pasó en esa discoteca, pero ahora despreocúpate de ella, Videl está bien.
– ¿Por qué me mientes, Ireza? –serio, Shapner no puedo evitar mirarla con una tenue dureza–no me mientas, por favor.
– ¡Shapner…!–viéndolo con un poco de extrañeza, Ireza trató de ocultar lo que Videl le dijo la última vez que hablaron–no te estoy mintiendo, me preguntaste por Videl y te dije lo que sé.
– No, Ireza, no es así–con una suave seriedad, le aseveró–algo me dice que no me estás diciendo todo, por favor, sé honesta, dónde está Videl.
– Ya te lo dije, está en su casa, hoy no fue a la escuela, no he hablado con ella desde hace unos días.
– Shapner, Ireza te está diciendo la verdad–Gohan, entrometiéndose, le afirmó ganándose el interés de Shapner quien le vio fijamente desde su cama–ella está bien, sé que estás preocupado por ella por lo que sucedió, te comprendo, yo no estuve allí pero estoy seguro que ella hizo todo lo que pudo, quizás, si el Gran Saiyaman hubiera estado ahí, él…
Ese nombre, ese maldito nombre…
– ¡Cállate, no vuelvas a mencionar ese nombre! –Explotando, sin controlarse, Gohan tocó una fibra sensible en Shapner que sólo lo hizo reaccionar con ira–no vuelvas a mencionar ese nombre nunca más, Gohan, nunca más…
– ¡Shapner…!–Ángela se sobresaltó por su comportamiento.
– ¿Me escuchaste bien, Gohan, me escuchaste? –lo señaló con un dedo–no quiero volver a escuchar el nombre de ese desgraciado, ni viniendo de ti ni de nadie más, ese payaso sólo ha hecho más daño que bien y cuando salga de aquí, yo…yo…
Ni Ireza ni Ángela, encontraron las palabras que buscaban para decirle algo. Gohan, por el contrario, prefirió no articular sílaba alguna manteniéndose callado sin dejar de ver a Shapner. El rubio, serenándose y avergonzado por haberle gritado, maldijo mentalmente, mordiéndose el labio inferior a su vez que negaba con su cabeza.
– Discúlpame, Gohan, no quise gritarte de esa manera–se disculpó apenado y apresurado–lo que pasa es que ese sujeto no me simpatiza en lo más mínimo, perdóname, que lo deteste no es culpa tuya.
– No pasa nada, Shapner, no pasa nada.
Mentira.
Ambos lo sabían.
Sí estaba pasando algo.
Un algo que, futura e irremediablemente, los conduciría a estar uno contra el otro.
– Quizás deberíamos dejarte descansar, te vendremos a visitar muy pronto, no nos olvidaremos de ti, lo prometo–Ireza, levantándose, le acotó reflejando una cara más tranquila.
– Se los agradezco, gracias por venir.
Todos, pese a no decirlo, podían percibir como la tensión en el ambiente aún continuaba si bien se disipaba su ímpetu. Gohan, no volviendo a comentar nada más, no olvidada ese odio y enojo visceral que detonó en Shapner. Sin quererlo, sin desearlo, Gohan iba dándose cuenta que su lugar en el tablero no era el del héroe, sino, el del villano.
Y Shapner, por su parte, escondiendo su auténtico sentir, se contempló nuevamente en aquel ring de boxeo. Se vio luchando contra ese supuesto paladín de la justicia, pero esta vez, no era él quien recibía una paliza. No. No era él. Por segunda vez en ese día, experimentaba la misma fantasía: se imaginó golpeándolo, destruyendo a puñetazos su casco anaranjado volviéndolo añicos.
Era inevitable.
Quiera o no, lo enfrentaría.
Despidiéndose, el trío de adolescentes se retiró dejándolo descansar en la soledad de su habitación. Y allí, solo, sintiendo con sus yemas la suavidad de las mantas, Shapner se esmeró en pensar que esa suavidad le pertenecía a los cabellos de Videl. Pensaba en ella, se desesperaba por verla, por decirle que lo que sucedió no era su culpa. Añoraba tanto tenerla cerca de él.
No sabía cuándo, pero saldría de ese hospital. Volvería, regresaría para iniciar su cruzada al estilo de un caballero medieval blandiendo su espada. Sin embargo, él no sospechaba las revelaciones con las que se toparía si seguía por ese sendero de venganza. Revelaciones que lo llevarían a cuestionarse todo lo que creía conocer y entender, inclusive, a no saber quién era o no su amigo.
Y Shapner, sin saberlo, hacía unos minutos, había tenido frente a él al enemigo que tanto deseaba destruir.
Fin Capítulo Cuatro
Hola a todos, muchísimas gracias por dedicarle una parte de su valioso tiempo a leer este capítulo. Tal vez no me lo crean, pero me resulta tan extraño imaginar a una Videl que ha perdido su deseo de pelear. No sé, va en contra de todo lo que Videl representa, o al menos, para mí. Siempre he visto a Videl como una mujer centrada, por eso es que me cuesta tanto imaginarla no siéndolo.
Por otra parte, Shapner es un personaje interesante, lástima que por ser menos que un secundario casi nadie le da un poco más de protagonismo. Yo, con este fic, espero dárselo. Pero no quiero que sea el que tenga toda la razón, no, sólo trato de mostrar lo que él cree que es correcto. Y sus intenciones, buenas o malas, lo llevarán en un futuro inmediato a preguntarse si hizo bien o no.
En esta historia tres individuos se verán, consciente e inconscientemente, atrapados en una confrontación bajo circunstancias que jamás pensaron. En fin, espero no aburrirlos con tanto debate existencial y filosófico, este es un extraño experimento como todo lo que he hecho. Y serán ustedes, estimados lectores y no yo, quienes dirán si este fic tiene o carece de valor.
Y para finalizar por hoy, les doy mi agradecimiento a Vanessa neko chan, Majo24, Faith jokab, ByaHisaFan, Getsukei y a Linkyiwakura por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
