II. El bárbaro y el gladiador.

Del mismo modo en que Sakusa, Tendou, Shirabu y el recién llegado Goshiki eran considerados hermanos de sangre; Ushijima y Kenma también lo eran.

Tendou fue el primero, llegando a su lado de una forma casi accidental cuando Wakatoshi apenas sabía manejar aún sus poderes. El ancestral que los convirtió a él y a Kenma los acababa de dejar huérfanos, pasando ambos a tomar su relevo siendo tan solo unos chiquillos inexpertos.

Satori había pasado junto a Wakatoshi prácticamente toda su vida, siendo el único que conocía todos sus secretos. Fue así, hilando un comentario aquí y otro allá a lo largo de los siglos, como Sakusa consiguió esclarecer el misterio que envolvía a Oikawa.

En sus inicios como inmortal, Wakatoshi tomó por costumbre visitar los mercados de esclavos en busca de mercancía interesante a la que rescatar de una muerte segura, del mismo modo que le había sucedido a él.

De no haber sido comprados por su Amo, tanto Kenma como él habrían acabado como pasto de fieras para el entretenimiento en el Coliseo. Aunque en chicos jóvenes como ellos raramente se llegaba a esos extremos, a menudo adquiridos como sirvientes o, aquellos de complexión fuerte y atlética como él, obteniendo un puesto de soldado en la Legión.

En una habitación oscura a la espera de la subasta, habían juntado a prisioneros recogidos de todos los confines. Todo tipo de razas, lenguas y edades se mezclaban aguardando su destino. Algunos, viejos o débiles, tenían el destino ya escrito en la frente. El Coliseo era un lugar cruel, donde los que no tenían oportunidad se convertían en un mero chiste, divertía verlos luchar contra una bestia salvaje o un experimentado mercenario proporcionándoles armas y defensas que ni siquiera eran capaces de sostener, como una parodia macabra.

Apenas un hilo de luz entraba por las rendijas bajo la puerta de madera y de la pequeña ventana con postigo que, tras unos barrotes, servía para controlar a los esclavos.

Eran muchos, casi sin sitio donde sentarse, rozándose los unos con los otros, así que Ushijima no pudo saber exactamente cómo acabó reparando en aquel chico sentado en una de las esquinas. Después de hablarle y no responder, lo hizo ponerse en pie a regañadientes para comprobar que ya no era un niño, con lo que quedaba exento de cualquier protección y con las mismas probabilidades que los demás de un futuro trágico.

O incluso peor, porque, aunque no sabría calcular su edad, pues era flaco y estaba excepcionalmente sucio, debía estar recién entrado en la adolescencia. Y la juventud era una cualidad muy codiciada.

A pesar de que se negó, defendiéndose con uñas y dientes y le insultó en un idioma desconocido, Ushijima no dejó que se llevaran al chico de su lado cuando los sacaron de allí para prepararlos para la subasta.

Mientras los aseaban y acicalaban oyó que uno de los patrones más importantes de la ciudad estaría presente con unas exigencias muy particulares. No logró captar qué era lo que buscaba, pero los tratantes no dejaban de murmurar y mirarle de reojo como si esperasen sacar una buena tajada por su venta, y cuando las criadas le dejaron el torso desnudo y comenzaron a ungirlo en aceites perfumados, supo que era precisamente eso lo que pretendían.

El resto de esclavos no importaron para aquel hombre que parecía tener un trato preferente. Tal y como se sabía que ocurriría, los que no fueron comprados como sirvientes o esclavos, quedaron como carnaza para el Coliseo. Él solo tuvo ojos para Ushijima, joven, sano y fuerte.

Justo cuando inspeccionaba cada uno de sus músculos, el mecenas se percató de la figura que se ocultaba detrás de este. Era aquel otro chico extranjero, que había ensuciado a propósito su cuerpo y cabello con barro para pasar desapercibido pero que, una vez limpio, llamaba extraordinariamente la atención.

Aquel día ambos fueron comprados a la vez por el mismo hombre: el Amo.

A Kenma lo salvó su aspecto delicado y exótico, de piel blanca y finos cabellos largos y dorados, típicos de los gélidos pueblos del norte. La mayoría de los chicos como él se iban quedando por el camino, siendo vendidos o como moneda de cambio por su alto valor, así que cuando alguno de esos jóvenes salvajes conseguía llegar hasta allí, los patrones caían sobre ellos como aves de presa.

Ushijima se ganó el respeto de todos convirtiéndose en un gladiador famoso, comprado para triunfar.

Mientras le durara la vida.

Como ancestral, su Amo ya nadaba en la abundancia antes de su llegada. Los logros de Ushijima realmente no habían sido determinantes a la hora de engrosar las arcas de sus riquezas, ni la obtención de un estatus mayor en la sociedad. A decir verdad, si su Amo no ostentaba un cargo más relevante era simplemente por no querer llamar la atención. Podría haber sido pretor o algún cargo de importancia, quizás incluso Emperador si hubiese tenido ese tipo de aspiraciones y, no obstante, se conformó con ser uno de los patricios más destacados y respetados de la ciudad.

Pero cuando vives de jugar a burlar a la muerte, esta, tarde o temprano, te acaba atrapando.

La herida era grave esa vez. Como siempre, su Amo y patrón lo observaba desde una posición privilegiada en las gradas. Todo el mundo quería ver a aquel guerrero a quienes habían apodado Aquila, tal vez por su imponente y majestuosa figura o porque sus movimientos eran fluidos y certeros como las alas extendidas de un ave rapaz. El Amo alimentaba la expectación, requiriendo horarios especiales para él. Las peleas en las que participaba junto a otros gladiadores profesionales, siempre debían ser a última hora de la tarde y él debía ser el último en luchar. Así pues, el Amo podía abandonar su Villa e incorporarse a los festejos en su palco particular cuando hubieran comenzado a asomar las primeras estrellas.

Nadie se preguntaba por qué, pues había llegado a ser normal y aceptado por ser la estrella del evento el tener esas particulares exigencias. Las celebridades eran así de caprichosas.

Pero aun desde aquella distancia se podía ver que era grave y la vida se le escapaba. La sangre salía a oleadas rítmicas desde su cuello con una fuerza enorme que la hacía alcanzar varios metros. Su corazón era fuerte y estaba demostrando que ningún cuerpo mortal podría detener su grandeza. La arena se manchaba a su alrededor, la gente gritaba asustada porque su ídolo había caído incapaz de mantenerse en pie, siendo sostenido por el gladiador rival mientras esperaban a que llegase alguien con conocimientos de medicina, a pesar de que estaba claro que nada se podía hacer por su vida. Por mucho que presionara la herida para intentar evitar la hemorragia, una carótida seccionada era un desangramiento asegurado en cuestión de segundos.

El Amo puso un pie en la arena reclamando lo que era suyo, mientras Wakatoshi lo miraba, pero tenía la mirada perdida a punto de caer en la inconsciencia. Le ayudaron a trasladarlo a una de las dependencias interiores del Coliseo donde les dejaron a solas.

Más tarde el Amo anunció que Aquila se pondría bien pero que aún necesitaba descansar y que, probablemente, nunca volvería a luchar.

De ese modo, sabiendo que la muerte tarde o temprano le encontraría, el Amo se aseguró de garantizarle un estatus destacado a Wakatoshi en el comienzo de su nueva vida como inmortal.

Nadie sospechó jamás nada.

Excepto Kenma.

El chico procedía de una cultura completamente distinta en la que había temporadas de oscuridad total y noches en las que brillaba el sol. Se decía que había criaturas que no podían ver la luz y que acudían de todas partes del mundo para aprovecharse de esos períodos de negrura. La gente del pueblo de Kenma les realizaban ofrendas para ganarse sus respetos y que dejaran en paz a sus seres queridos. Unos los idolatraban, otros los temían, pero ninguno estaba seguro de haber visto alguna de esas criaturas, atrincherados en sus casas sin querer salir.

Y ahora Kenma tenía no uno, sino dos, delante de sus ojos. Y ser inmortal no sonaba nada mal.

Del mismo modo en que Wakatoshi resultó ser una gran apuesta para el Amo en el ámbito social, con su éxito como gladiador, Kenma también se hizo un hueco por méritos propios.

Al principio, su aspecto frágil y engañoso lo relegaron a simples tareas de servicio. Al Amo le gustaba lucirlo cuando recibía visitas. No había prenda que hiciera justicia a su belleza. Apenas cubierto lo justo de cintura para abajo, el resto de su cuerpo era lo que había que admirar, engalanado de joyas y brazaletes, así como el esmero puesto en el cuidado y adorno de sus cabellos. En contraparte al estilo fornido de Wakatoshi, el estilo casi andrógino de los jovencitos como Kenma también era muy del gusto de la época en las altas esferas.

Sin embargo, el chico pronto comenzó a demostrar gran astucia, ayudando a solventar algunos asuntos tanto económicos como diplomáticos con sus intervenciones, lo que le llevó finalmente a ocupar un puesto de consejero personal. Y fue solo cuestión de tiempo que acabara consiguiendo la inmortalidad.

A pesar de que podían hacer vidas independientes aun viviendo en la misma familia, tanto Kenma como Wakatoshi seguían compartiendo sus vidas como si aquel día en el que se encontraron en el mercado de esclavos se hubiesen sellado sus destinos. Ahora eran hermanos de sangre, pero lo habían sido desde mucho antes. Pese a tener roles diferentes bajo la jurisdicción del Amo, siempre habían compartido habitación y seguían haciéndolo después de dejar de ser mortales. Debían velar el uno por el otro, Wakatoshi con su fuerza y Kenma con su inteligencia.

A veces salían a cazar juntos, y otras se esperaban a que el otro regresara antes del amanecer. Ninguno de los dos era muy hablador, pero había detalles que no necesitaban de palabras para hacerlos especiales.

–Por favor, ¿podrías mirarme? –era lo que solían decir cuando aquella noche habían sentido algo diferente.

Casi por costumbre repasaban sus cuerpos a la luz de la luna, minuciosos, en busca de una señal, una marca que antes no estuviera ahí y que indicara que esa persona que hoy les había hecho sentir diferente, era su alma gemela.

Pero qué iluso era esperar conseguir algo así cuando había ancestrales que no lo habían hecho a lo largo de varios siglos.

Aun así, seguían haciéndolo, muchas veces más por la sensación de las yemas de los dedos recorriendo cada centímetro de sus pieles y tener una excusa si sucumbían a las caricias, que por la esperanza de encontrar algo.

El estatus que Ushijima había conseguido con su pasado como gladiador le había proporcionado algunas oportunidades. No era él quien debía ir en busca de subordinados y criados, ya que cada día aparecía en la puerta una fila de personas ofreciéndole servicios o incluso a sus propios hijos e hijas para que los acogiera en su hogar a cambio de comida y trabajo, fuera de la clase que fueran.

Con esto, y la llegada al mundo de la inmortalidad, Ushijima descubrió que tras los ancestrales había todo un entramado oculto que solo los inmortales conocían. A menudo había humanos que actuaban de conexión actuando para encubrir sus movimientos y también había otros que le proporcionaban ciertos beneficios a cambio de protección.

Satori era uno de ellos. A cambio de seguridad para su familia, el chico se ofrecía como aperitivo. Ellos junto al Amo eran los únicos inmortales, y aún no existía la figura del cazador, puesto que todos los que estaban a su servicio eran humanos y no se relegaban en ellos esas tareas tan explícitas. Así los aperitivos eran una opción segura para aquellos días en los que no querían cazar por sus propios medios.

–No entiendo por qué tenemos que recurrir a esto –solía protestar Kenma–. Si nos moviéramos hacia donde está la muerte no tendríamos que ser tan cuidadosos. El caos nos ocultaría. Podríamos aleccionar a un par de humanos para que cazaran por nosotros y si se iban de la lengua ¡zas! Los mataríamos.

–Lo dices porque eres perezoso –apuntó Ushijima, lo que hizo reír a Kenma, dándole la razón.

A veces había cosas en la forma de pensar de Kenma que le erizaban la piel. Tenía una forma de pensar muy clara y muy pragmática y no dudaba en hacer lo que fuera necesario para conseguirlo. Llevaba poco tiempo siendo inmortal pero ya había aprendido que estaba por encima de los humanos y que debía aprovechar todo lo que pudieran ofrecer.

–No me gusta ir solo. Me gusta cuando vamos los dos, yo actúo como cebo y tú les atacas. Así sí es divertido.

Justo lo que comentaba Kenma era lo que menos le gustaba a él. Al final terminaría por darle la razón acerca de que era mejor delegar el trabajo sucio en otros. Había quitado muchas vidas durante sus años de gladiador y nunca fue divertido hacerlo. Había excitación, producida por la adrenalina de poner su propia vida en el tablero de juego. Al convertirse en inmortal, aquella igualdad desapareció pues nunca podrían estar al mismo nivel un depredador y su presa.

Los dos estaban tumbados en el colchón, uno a cada lado de Satori. Kenma succionaba de su muñeca izquierda y Wakatoshi lo hacía del lado derecho de su cuello. La luz de la luna acentuaba la palidez del humano y destacaba en ella las numerosas cicatrices repartidas por su cuerpo.

–No sé por qué te quejas de los aperitivos entonces. Debería ser la solución perfecta para ti.

Kenma soltó el brazo que sostenía contra su boca y este cayó pesado sobre uno de los cojines en los que el rubio se recostaba para degustar aquel manjar. Nadie imaginaría que ese cuerpo flaco y destartalado escondía una sangre extremadamente dulce y exquisita.

–Es insuficiente.

Su boca estaba cubierta de sangre. No solo era que le resbalara un poco por la comisura o tuviera los labios manchados, su aspecto parecía salvaje y caótico. En contraste con su yo humano, que apenas comía, al convertirse en inmortal su apetito se multiplicó llegando incluso a pecar de glotonería pues siempre se quejaba de tener sed y era casi imposible de saciar.

Así que, por ese lado, entendía que dijese que alimentarse de aperitivos era insuficiente.

–Tenemos que compartirlo y es difícil parar. Una vez que empiezas quieres acabártelo y no podemos pasarnos de la raya porque si lo matamos, su familia vendrá a prendernos fuego.

–Se trata de un aperitivo, su objetivo no es saciarte sino darte margen hasta que puedas cazar y tener una comida completa.

–Ha perdido el conocimiento, mira –Kenma volvió a coger el brazo para dejarlo caer desde más altura acentuando el efecto de peso muerto–. Es un fastidio. Ahora tardará días en despertar.

–¿Qué esperabas? Es un mortal.

–Tengo hambre.

–Pues sal a cazar. Se supone que es lo que deberías hacer, los aperitivos no son más que eso, tentempiés.

–Cazar es un fastidio. Y ya te he dicho que si no vienes conmigo también es un fastidio.

Tenía las cejas y la boca fruncida en un gesto infantil y caprichoso. Se veía tan hermoso e inalcanzable que parecía ejercer un influjo mágico bajo el cual era imposible negarle nada.

–Ven –le dijo Wakatoshi, señalando el hueco a su costado.

Kenma se vio más animado y no dudó en saltar por encima del cuerpo inconsciente de Satori para acurrucarse junto a Ushijima donde los labios de éste eliminaron todo rastro de sangre fuera de su lugar. Mientras tenían la atención puesta en sus bocas, Ushijima hizo un corte debajo de su clavícula izquierda y, con su mano en la cabeza de Kenma, lo dirigió hasta la herida donde la sangre comenzaba a salir despacio.

A Kenma se le escapó un gemido de gusto en cuanto lamió las primeras gotas.

A Wakatoshi se le erizó la piel.

Nunca habían hecho eso y, sin embargo, era tan íntimo y sensual que estaba seguro de que debía ser erróneo.

–No deberías quejarte tanto. Son las normas y hay que cumplirlas –le advirtió. Por nada del mundo desearía que le sucediera algo malo a Kenma y tenía miedo de que su actitud desafiante le causara problemas.

Kenma tan solo alzó los ojos, sin dejar de beber y buscando cruzar su mirada. Fue fácil, pues Wakatoshi no podía dejar de observar cómo se alimentaba de su sangre inmortal, sintiéndose extrañamente excitado.

–Entonces haré mis propias reglas.

Wakatoshi se sentía en una especie de nebulosa en la que apenas registró lo que Kenma acababa de decir, hasta que llegó el día en que cobró sentido.


N/A: Aquí tenemos un poco del background de Wakatoshi que ocupará varios capítulos y en los que conoceremos algo más de Kenma y Tendou además de Oikawa.

No lo he especificado pero Kenma y Wakatoshi tienen más o menos la misma edad mortal, o sea, ambos son jóvenes solo que Ushijima por su complexión parece mayor y Kenma, también por su aspecto, parece menor. Cualquier duda me preguntáis.

Admito que me enamoré del combo que hacen estos dos. No sé si os habrá gustado pero en el siguiente veremos un poco más de ellos. Kenma es importante para la historia, si recordáis es el ancestral que gobierna Asia.

Me disculpo si hay incoherencias históricas, no soy ninguna experta en el tema.

De veras espero que más gente lea esta historia.

Besitos

Ak