Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 5
Sobresaltada, despertó. La potente luz del sol le acariciaba directamente el rostro encegueciéndola, forzándola a cubrirse los ojos con sus manos dándoles refugio. Videl, sentándose sobre el verdoso césped, miró en todas direcciones tratando por recordar dónde estaba y qué hacía allí. Y queriendo comprobar la hora, por reflejo le prestó atención a su muñeca izquierda.
Percatándose que su reloj no se encontraba ahí, Videl, como si le hubieran dado una bofetada en la cara, recordó de inmediato lo que había hecho ese mismo día durante la mañana. Levantándose y ya apoyada en sus pies, la hija del campeón mundial supo que a partir de ese instante ya no era la misma que solía ser. Era una Videl diferente, era su opuesto, su negativo, su propio álter ego.
Buscó en sus bolsillos su helicóptero guardado como cápsula, y al hallarlo, blasfemó al recordarse a sí misma que su aeronave no tenía combustible. No teniendo más remedio, Videl emprendió la marcha abandonando el parque de Ciudad Satán caminando de regreso a su hogar. Y tal y como le sucedió más temprano, los transeúntes al reconocerla la saludaban y sonreían amenamente.
Pero ella, pensativa, no se volteaba ni tan siquiera a mirarlos. Le interesaba más enfocarse en ella y no en los demás. Viendo en la distancia como el atardecer iba añejándose, Videl se sorprendió al darse cuenta de lo mucho que permaneció dormida junto a la compañía silenciosa de los árboles. Se escapó de casa, se ausentó de la escuela, y máxime, renunció a su vocación justiciera.
Sí, sus acciones ameritaban una pizca de soledad apartada de todo y todos.
– Es posible que hayan llamado a papá, bah qué fastidio–ella, pensando en los sirvientes entrometidos de la mansión de su padre, sospechaba que ellos ya habían informado al campeón de su escape horas antes–espero que papá no esté en casa, no estoy de humor para responder preguntas.
Tomando un atajo para evitar a tantos peatones junto a ella, Videl se internó en una red de callejones que interconectaba el corazón de la ciudad. Sin embargo, dichos callejones, eran poco usados por la mayoría de los habitantes de Ciudad Satán por la gran cantidad de asaltos y robos que allí se daban. Pese a saber de esto, a Videl tal cosa le fue irrelevante y aún así entró ahí.
A medida que fue adentrándose en ese sitio, el ruido de los automóviles y de las personas fue callándose hasta casi desaparecer por completo. Silencio y aislamiento, eso era lo que apetecía más que nada en el mundo. Si bien Videl sabía perfectamente, que tales características eran más un placebo que una cura verdadera.
– ¡Ayúdenme, ayúdenme…qué alguien me ayude!
Y como si la providencia quisiera recordarle sus votos de justicia, los gritos de un hombre pidiendo ayuda la obligó a detener su caminata volteando su mirada a su derecha. Acercándose muy lentamente al borde de un muro, Videl se asomó manteniéndose oculta tratando de no ser descubierta por quién sea que esté del otro lado.
– ¡Cierra la boca o te abro la tapa de los sesos! –Amenazándolo con un arma, un asaltante acorraló a ese desafortunado ciudadano– ¡dame tu billetera, dame tu maldita billetera!
Aquella escena la conocía de memoria. Habiéndola visto tantas veces en el pasado, Videl podría recitar el final, o al menos, el final que hubiese tenido en otra época. Ella, surgiendo de su escondite, hubiera sorprendido al delincuente atacándolo por detrás. Una vez que lograse desarmarlo, esquivaría sus burdos ataques castigándolo con una patada al mentón.
El criminal, insultándola y fanfarroneando que no le temía, reanudaría sus patéticos intentos por vencerla recibiendo como respuesta una innegable paliza. Inconsciente y vencido, el rufián yacería tendido en el suelo y más adelante lo entregaría a las fuerzas policiales. Y así, justamente así, sería como terminaría esa historia acabando como normalmente terminaban todas las demás.
Pero, eso habría sucedido antes, cuando era ella y no sólo una sombra de sí misma.
– Tenga…tenga, tómela y llévesela–entregándole su billetera, la indefensa víctima no tuvo otra opción que darle sus pertenencias, al no ser respondidos sus llamados de auxilio–le daré todo lo que me pida pero no me haga daño.
– Lindo reloj y también me gustan tus zapatos, dámelos.
Videl, sintiendo un cosquilleo, vio como sus delgados dedos temblaban. Era como si sus manos quisieran cobrar vida propia, como si éstas se esforzaran por convertirse nuevamente en aquel par de puños de antaño. Aquellos puños que neutralizaban a cualquier infractor de la ley, transformándose en un símbolo de rectitud aún más poderoso que la mismísima policía.
Apretando los dientes y maldiciendo en su interior, Videl luchó contra ese impulso innato que siempre vivió en ella. Negándose a obedecer esa llama desbordante y apasionante que la llevó a ser un emblema en el pretérito, un pretérito que la misma Videl se esforzaba por sepultar y olvidar. Usando al máximo su voluntad, lo consiguió, el impulso de hacer el bien se rindió.
Y percibiendo como el frío apagaba el tenue fuego de su espíritu, Videl se volteó continuando su camino y dándole la espalda al hampa para dejarlo triunfar. El ladrón reía victorioso, la heroína se marchaba derrotada. Pronto, al apurarse, ya no oyó las voces de esos dos hombres. Esa era la primera consecuencia de su decisión, correcta o no, era irreversible.
– Yo no soy la causa de la criminalidad–saliendo del laberinto de callejones, Videl se dijo con frialdad– ¿por qué tendría que ser yo la solución?
Avistando la mansión de su padre no muy lejos, Videl se detuvo por un santiamén buscando cualquier evidencia de que éste se situaba adentro. Al no ver nada extraño ni sospechoso, se armó de valor reiniciando su andar haciendo contacto visual con los sirvientes que arreglaban los jardines. Y estos, al verla pasar frente a ellos, no tardaron en hacerle preguntas.
No obstante, como era de esperar, Videl no respondió a ninguna de ellas. Ingresando en la opulenta morada sin reflejar ni la más mínima expresión, la pelinegra se apresuró en ir a su habitación. Y entretanto los criados se veían entre sí sin saber qué hacer, la otrora defensora de las leyes, se daba cuenta que el lugar que solía ser su santuario ahora le recordaba su fracaso.
A pesar de que los lacayos y sirvientas habían limpiado el desastroso desorden que ella causó, aún seguían formando parte de la decoración una serie de objetos que claramente ya no podían estar allí. Y acaparando su visión, tratándose del primero de éstos, su viejo saco de boxeo que la acompañaba desde su niñez colgaba y se columpiaba suavemente en una esquina.
Cerca de éste, en una pequeña repisa, se encontraban varias fotografías de tiempos mejores. En una aparecía ella siendo una niña, alzando en lo más alto su trofeo como campeona de la división infantil del torneo de artes marciales. Y precisamente, justo al lado de esa foto, se hallaba el cinturón que recibió en aquella ocasión y que tanto orgullo le dio a ella y a su padre.
– Ya no puedo seguir viviendo teniendo estas cosas cerca de mí, tienen que desaparecer…
Tan veloz como un relámpago, se agachó ante su cama y sacó de debajo de ésta un pesado baúl de madera donde frecuentaba guardar cosas viejas. Abrió la tapa enseguida, mirando antiguos tesoros de una existencia anterior más sencilla y feliz. Allí almacenaba ropas y juguetes que alguna vez utilizó, y al sostenerlos en sus palmas, creyó que haber cambiado fue un grave error.
Dichos vestigios, le recordaron que no siempre fue la Videl que todos creen conocer. Porque antes, antes de transformarse en aquella Videl combativa y luchadora que limpiaba las calles de la peste delictiva, existió otra. Una Videl como cualquier chiquilla más, una chiquilla que se divertía jugando en el jardín estando a la vista de su vigilante y sonriente madre.
Haber tomado el camino de la lucha, la cambió. Haciéndola creer que sería la más fuerte, engañándola al decirle que reemplazaría a su papá en la cumbre. Todo eso fue una mentira, una vil y maldita mentira. Rabiosa, dejándose poseer otra vez por sus demonios, miró el par de guantes que por muchísimos años usó. Y frunciendo el ceño, se los quitó uno por uno.
– ¡No quiero nada de esto! –Videl, tirando sus guantes dentro del baúl, se susurró con voz furiosa– ¡quiero olvidar, quiero olvidar toda esta farsa, no quiero nada de esto conmigo!
Impulsiva, tomó los recuerdos que fueron su mayor motivación y los arrojó dentro del cofre. Ninguno de ellos fue ignorado, terminando, uno sobre el otro, en aquel cajón que fue haciéndose diminuto al llenarse hasta el tope. Agitada, resoplando repetidas veces, Videl notó que aún faltaba algo más por desaparecer de su ser. E instintivamente, su atención se fue a sus pies.
– También tienen que irse…
Quitándose su inseparable par de botas verdes, Videl las sostuvo mirándolas con una evidente tristeza. Aquel calzado, ya maltratado y degastado, le ayudó en incontables ocasiones a propinarle duras palizas a cuanto malhechor que la desafiara. Pero en la actualidad, el simple hecho de llevarlas puestas, se volvía una insignia de su vergüenza.
– Adiós…
Dejándolas caer en la caja, Videl cerró sus ojos al atrancar la tapa sepultando y desapareciendo los últimos rastros de la que fue. Con ello, le daba vuelta a la página, preparándose para reconstruirse desde cero. Y clavando sus retinas en la ventana frente a ella, observó como el astro rey iba desdibujándose en el firmamento, cediéndole su trono a las tinieblas gobernadas por la luna.
¿Puede un héroe caer y tocar el fondo del abismo?
¿Puede un ideal derrumbarse hasta partirse en mil pedazos?
¿Puede el esfuerzo y el empeño de uno perder ante los dones de otro?
Sí.
Y Videl, sin quererlo, podría dar testimonio de ello. Mañana no sólo sería un día más, sería un nuevo reto que tendría que vencer al superar las miradas y preguntas de su padre, amigos y demás personas de Ciudad Satán. Ya que, tarde o temprano, el mundo deberá enterarse de la noticia: la hija del grandioso Mr. Satán se retiró de las peleas.
Tal cosa, lo quisiera Videl o no, repercutiría en la sociedad, y sobre todo, en las esferas más podridas del crimen.
Pensativo, Gohan volaba camino a la escuela envuelto en un silencio que rivalizaría con el de un cementerio. Porque, efectivamente, así podría describirse su estado de ánimo: sombrío. Haberse enterado de lo sucedido con Shapner y Videl, fue el detonante de una sucesión casi interminable de especulaciones, recriminaciones y acusaciones que no le permitieron dormir la noche anterior.
Su madre, siendo muy intuitiva, se percató casi de inmediato que algo no andaba bien con él. Habiendo llegado considerablemente tarde, Gohan apenas se excusó explicándole lo ocurrido el sábado anterior con sus compañeros de salón. Milk, escuchando su relato, enfrío su burbujeante enfado reemplazándolo por una combinación de empatía y comprensión.
Luego de eso, no hubo más palabras. Comiendo su cena bocado a bocado con desgano, Gohan no pudo borrar de su mente tanto el cambio en el ki de Videl como la actitud de Shapner al verle. Y fue al tenderse en su cama, cubriéndose con sus mantas, que los señalamientos empezaron a atacarlo sin tener la más mínima piedad:
¿Haber creado al Gran Saiyaman fue un error?
¿Qué clase de superhéroe abandona a los que decía proteger y cuidar?
¿Haberse inmiscuido en el estilo de vida de Ciudad Satán sólo provocó problemas?
Encendiendo la lámpara de su velador, Gohan extendió su brazo tomando su reloj que yacía inmóvil junto a él. Mirándolo, observándolo tácito, el primogénito de Son Goku lo acarició con las yemas de sus dedos teniendo otra vez la visión que tuvo más temprano: Videl luchando contra una pandilla de ladrones y Shapner siendo herido de gravedad.
Y la ira, aquella ira que siempre lo ha caracterizado desde muy niño, estuvo a punto de explotar por no haber estado ahí para ayudarlos. Apretándolo, estrujándolo haciéndolo crujir, Gohan lo llevó al límite de su resistencia dejándolo a un ápice de aplastarlo. No obstante, liberando un abrupto y sonoro resoplido, Gohan lo soltó arrojándolo detrás de su hombro.
– ¡Cállate, no vuelvas a mencionar ese nombre! –Y evocando el explosivo rencor de Shapner hacia el Gran Saiyaman, Gohan cerró sus párpados suspirando con resignación–no vuelvas a mencionar ese nombre nunca más, Gohan, nunca más…
– Yo sólo quería ayudar.
Regresando al presente, ya sobrevolando por encima de Ciudad Satán, Gohan se detuvo inesperadamente permitiéndole al viento soplar en su contra. El aire a esas alturas solía ser helado, pero esa mañana el clima matutino fue un vivo retrato de su pesimismo, envolviéndolo con una sucesión de gélidas ventiscas que le erizaron la piel.
Mirándose a sí mismo, Gohan volvía a cuestionarse si fue una equivocación haberle dado vida a ese superhéroe. Tenía buenas intenciones, nunca dejaron de serlo. Sin embargo, al ver el odio en los ojos de Shapner y al percibirlo en su voz, Gohan comprendió que para el rubio él no era un héroe. No. Para Shapner, él era la raíz de todos los males.
Una raíz que ansiaba arrancar con sus propias manos.
– ¿Qué debo hacer ahora? –Se interrogó Gohan avistando el edificio de la preparatoria y del hospital, simultáneamente, en la lejanía– ¿debería ir y quitarme el casco frente a él, debería decirle quién soy?
Empero, no teniendo ni un santiamén para reflexionar, debajo de él y sonando estridentemente, las inconfundibles sirenas policiales se apoderaron de los oídos de Gohan. Volteándose a mirar hacia abajo, el justiciero observó cómo un trío de patrullas de la policía perseguía un automóvil que se escapaba a toda velocidad, dejando a los uniformados rezagados detrás de sí.
– ¿Acaso esta ciudad nunca tiene un minuto de tranquilidad?
Negando con la cabeza, Gohan reinició el vuelo siguiendo a los fugitivos varios metros por encima de ellos. Notando como los forajidos entraban en una autopista, el Gran Saiyaman aceleró aterrizando justo frente a éstos desacelerando su vehículo al sujetarlo del capó. Y después de dibujar una larga huella obscura en el asfalto, el adolescente logró detener por completo el auto.
– ¿Pero qué demonios…?–exclamó el conductor– ¡es ese maldito del Gran Saiyaman!
– ¡Maldición! –Vociferó uno de los pasajeros– ¡por culpa de este infeliz la policía nos va a atrapar!
– ¡Arróllalo, arróllalo deprisa! –un tercer ocupante, gritó impaciente.
– ¡Alto, deténganse! –Gohan, a causa de sus pesares, omitió su pintoresca presentación hablándoles con un tono más autoritario y agresivo de lo normal– ¡bajen del vehículo inmediatamente, háganlo ahora!
– ¡Cierra la boca, idiota!
El chofer, pisando a fondo el acelerador, se esforzó por continuar con su huida oyendo como, poco a poco, las autoridades iban acercándose más y más. Pese a utilizar todos los caballos de fuerza de su automotor, no lograron moverse ni un milímetro gracias a que el Gran Saiyaman seguía manteniéndolos inmóviles en su lugar obstaculizando su fuga.
– ¡Se los vuelvo a repetir! –Molesto, muy notoriamente, Gohan no se anduvo con rodeos– ¡bajen del vehículo por las buenas o me veré obligado a bajarlos por las malas!
– ¡Inténtalo otra vez, inténtalo otra vez! –gritándole al conductor, el ocupante del asiento trasero no escondió su desesperación por lograr huir.
Y tercamente, pese a su fracaso anterior, los bandoleros intentaron atropellarlo de nuevo. Obteniendo, naturalmente, el mismo resultado.
– ¡Se los advertí!
Sabiendo que llegaría tarde a la escuela, Gohan se apresuró para no perder más tiempo. Con un fulminante puñetazo, el superhéroe atravesó el metal de la tapa del coche ganándose una exclamación anonadada de los malhechores. Y sin dejar de quitarles el aliento, el Gran Saiyaman extrajo ruidosamente el motor, el cual, choreaba su espeso aceite en la carretera.
– ¿Se van a bajar del auto sí o no?
– ¡Dispárenle al desgraciado, dispárenle!
Empecinados, los individuos salieron de su inservible bólido desenfundando sus armas apuntándole al malhumorado justiciero. Usando su armamento, desataron una lluvia de balas que se trituraban al hacer contacto con el héroe. Gohan, acercándoseles, empezó a atrapar los proyectiles con relativa facilidad dejando enmudecidos al grupo de bellacos.
– ¿Ustedes no aprenden, verdad? –tirando al suelo una montaña de trozos pulverizados de metal, el Gran Saiyaman no dejó de avanzar hacia ellos–les contaré un secreto, no estoy de buen humor hoy, así que les agradecería muchísimo si se rindieran sin tener que pelear, de lo contrario, me veré en la penosa necesidad de golpearlos uno por uno…
Los truhanes, observándose entre sí, se mantuvieron sin pronunciar ni una sílaba.
– ¿Entonces qué me dicen?
Disparándole, frenéticamente, aquellos tipos escogieron el camino difícil rechazando la alternativa más simple. Y Gohan, encogiéndose de hombros, se abalanzó contra el primero de ellos doblándole el cañón de su rifle. Una vez hecho eso, le propinó un derechazo en el estómago que instantáneamente lo mandó a dormir mordiendo el polvo.
– ¡Es…es…es un fenómeno!
– ¿Por qué siempre insisten en continuar cuando les pido que se rindan?
Empleando sus dos pistolas a la vez, el segundo de los criminales se esforzó por herirlo, si bien, no le producía ni un rasguño. Quedándose sin municiones, soltó sus revólveres apretando sus puños para golpearlo directo a la barbilla; no obstante, el Gran Saiyaman frenó su ataque. Y aplicando presión en su brazo, Gohan se lo retorció de tal forma que el delincuente cayó arrodillado.
– ¿Acaso no era más fácil haberse rendido cuando les di la oportunidad?
– Suéltame, por favor, vas a romperme el brazo–adolorido, le suplicó.
– Debiste haberte entregado cuando se los pedí–dándole un manotazo en la nuca, Gohan lo neutralizó derrotándolo sin complicaciones.
Gohan, notándolo enseguida, vio como el tercer y último ladronzuelo corría como si el demonio quisiera robarle el alma. Desapareciendo y reapareciendo ante éste, el Gran Saiyaman lo hizo caer de espaldas matándolo del susto. El hermano de Goten, resignándose a llegar demorado a la preparatoria, caminó con pausa mientras el ladrón gateaba alejándose de él.
– ¿Tú eras el que conducía el auto, verdad?
– Sí, sí, sí, era yo…
– ¿Por qué no te detuviste cuando te lo ordené?
– Discúlpeme, Gran Saiyaman, no lo volveré a hacer.
– En eso estamos totalmente de acuerdo, mi amigo–sujetándolo de su camisa, Gohan lo alzó del pavimento–la policía no tardará en llegar, y cuando lleguen, no quiero volver a ver tu cara nunca más.
– Sí, como usted diga, Gran Saiyaman–atemorizado y convencido que era imposible para él oponerle resistencia al superhéroe, aceptó su mala fortuna rindiéndose.
Instantes más tarde, finalmente los uniformados hicieron acto de presencia. Y Gohan, impacientándose, debió esperar hasta que los patrulleros se encargaran de esos sujetos. Asegurándose de eso, despegó apresurado en dirección a la escuela consciente de que llegaría con veinte minutos de retraso.
Aterrizando en la azotea del edificio, Gohan corrió por las escaleras luego de desactivar su disfraz internándose en los pasillos ya vacíos. Avistando su respectiva aula, Gohan tomó una pizca de aire y acomodó su ropa antes de abrir la puerta. Y tal y como lo suponía, ya las lecciones habían iniciado sin él. Su profesora, deteniendo su explicación, se giró a verlo hablándole con sutil enfado:
– Gohan, al fin llegas–le dijo, frunciendo el ceño–si no fuera por tus excelentes calificaciones no te permitiría entrar en la clase, recuerda que el tiempo límite de retraso son quince minutos, no más…
– Discúlpeme profesora, se me hizo tarde pero no fue a propósito–excusándose, Gohan frotó su nuca como lo hacía su padre.
– Está bien Gohan, está bien–ablandando su expresión, la docente lo perdonó–ve a tu asiento y trata de no llegar tarde la próxima vez.
– Sí profesora, muchas gracias.
Avergonzado, Gohan se dirigió a su asiento escuchando en el ambiente las risas contenidas y disimiladas de los demás allí reunidos. Y cuando pretendía ponerse cómodo, al voltearse a su izquierda, descubrió un detalle que lo petrificó robándole la respiración en su totalidad: Videl estaba allí. Ella, sentada en su lugar, miraba el pizarrón con desinterés y aburrimiento.
Cayendo en su silla por la impresión, el chico fue incapaz de borrar de su cara boquiabierta la sorpresa que sentía. Procesando la información con rapidez, Gohan fue percibiendo algunas variaciones nada sutiles en ella: su actitud y semblante denotaban un estremecedor cansancio, un apabullante dolor y una marcada tristeza en sus apagados ojos azules.
– Videl…
Ella, dejando de escribir en su libreta, se giró a mirarlo con mucha lentitud.
– Hola Gohan…
Del mismo modo, regresó su vista a su cuaderno después de saludarlo con desánimo. Con ello, el semisaiyajin también observó el cambio de aspecto que ella exhibía. Sus manos que alguna vez estuvieron enguantadas ahora yacían desnudas, sus botas desaparecieron siendo sustituidas por unas simples zapatillas, y el resto de su vestuario igualmente vio alterado su estilo.
– Ireza…Ireza–hablando lo más bajo que pudo, llamó la atención de la rubia ubicada a su diestra.
– ¿Qué pasa?
Haciéndole un ademán con su pulgar, le señaló a la pelinegra que continuaba escribiendo. Ireza, captando el mensaje, se ocultó detrás de uno de sus libros de texto para susurrarle:
– Llegó en la mañana, fue una sorpresa, ni yo ni nadie esperábamos que apareciera–le comentó muy suavemente–no niego que me alegra verla, pero ya no es la misma, se ve como fuera de sí, hasta se cambió de ropa, me preocupa…
– Es verdad, también noté eso…
– Tenía planeado decirle que Shapner está fuera de peligro, de seguro eso le levantará el ánimo.
– Sí, buena idea, se lo diremos en el receso.
Terminando su conversación antes de ser descubiertos, Gohan e Ireza le dieron un vistazo fugaz a la ojiazul quien, por su parte, se volteaba a ver de soslayo la butaca vacía junto a ella. Regresando su mirada a su libreta, Videl observaba el dibujo que había hecho con muchísimos garabatos y trazos rápidos. Tal dibujo, era de ni más ni menos que del Gran Saiyaman.
Pero tachando aquel bosquejo con una gigantesca equis, Videl volvía a gritarse a sí misma que lo olvidara. Le costaría trabajo, mucho trabajo, pero haría hasta lo imposible por sacarlo de sus pensamientos. Y sin sospecharlo, a sólo unos cuantos metros de ella, el verdadero Gran Saiyaman, oculto en la piel de Gohan, empezaba a considerar seriamente la posibilidad de desenmascararse.
Si bien esto, podría o no, ser el inicio de una nueva tortura para ambos.
– ¿Qué hiciste qué?
– Le entregué mi reloj a la policía, les dije que renunciaba, ya no les ayudaré más–Videl, respondiendo a la sonora pregunta de Ireza, lo hizo sin probar su almuerzo que se enfriaba en su plato.
– ¿Pero…pero por qué, Videl?
– ¿No es obvio?
Ireza, respondiéndole con una mueca de confusión, permaneció callada sin comprender.
– Con el Gran Saiyaman protegiendo la ciudad, mi presencia ya no tiene caso…
Gohan, acercándose a la mesa donde las dos mujeres se hallaban, fue capaz de escuchar lo que dijo Videl hacía unos segundos. Y al oírla, al enterarse que ella renunciaba a algo que por años fue su pasión, su más grande misión personal, Gohan se congeló viendo como el remordimiento se cristalizaba aún más en su interior. Mudo, reanudó su andar uniéndose a ellas.
– Videl–dirigiéndole la palabra por primera vez en varias horas, Gohan consiguió ganarse la atención de la hija del campeón– ¿lo que acabo de escuchar es cierto, dejarás de ayudarle a la policía?
– Sí Gohan, es verdad.
– Pero no es necesario que hagas eso–sentándose frente a ella en la mesa, Gohan intentó hacerla entrar en razón–por más que lo pienso no le veo sentido a lo que hiciste.
– Vuelvo a repetirlo–endureciendo levemente su voz, Videl le afirmó–con el Gran Saiyaman resguardando la ciudad mi ayuda es innecesaria, además, con lo sucedido con Shapner, me quedó más que claro que yo no tengo lo fuerza para continuar.
– Pero Videl, Shapner está bien–girándose rápidamente hacia Ireza, Gohan se dispuso a hacerle una pregunta de vital importancia– ¿no se lo has dicho, Ireza?
– Pensaba decírselo, sólo que no encontraba el momento indicado para hacerlo.
– ¿Shapner está bien? –Videl, dejando caer la cuchara que sostenía, les habló con una evidente ansiedad– ¡hablen, no se queden callados, respóndame!
– Sí Videl, ayer fuimos a visitar a Shapner al hospital–Ireza, contestándole, le iba explicando con calma–la herida que recibió le hizo perder el conocimiento por unos días, está algo débil pero fuera de peligro, incluso, cuando lo vimos, nos preguntó por ti, él se encuentra bien…
– Yo no lo sabía, no tenía idea…
– Pero ya lo sabes y eso es bueno–Ángela, apareciendo inesperadamente detrás de Videl, se les unió al escuchar la conversación que sostenían–quizás esto te sorprenda, pero me alegra verte de regreso.
– ¿Ángela…?
– Sé que hemos tenido nuestros roces en el pasado, pero lo que ocurrió te enseñó que no siempre es posible hacer algo por más que lo deseemos–los demás, extrañados por las palabras de la pelirroja parada junto a ellos, simplemente le miraban sin interrumpirla–esto de seguro te molestará, aún así lo diré: siempre fuiste muy arrogante Videl, esta experiencia te dio una enorme lección de humildad…
Sin despedirse, y tan rápido como llegó, así se marchó. Videl, viendo a Ángela alejarse, pestañeó varias veces todavía enmudecida.
– ¡Esa tonta! –Ireza, reaccionando tardíamente, alzó la voz– ¿cómo se le ocurre decir algo así?
– Tranquila Ireza, tranquila–Gohan, sujetándola de su brazo al verla con las intenciones de levantarse, la detuvo enfriando el ambiente antes de que se calentara–olvida lo que dijo, lo que único que realmente importa es que Videl ya sabe que Shapner está bien…
– De acuerdo, no le reclamaré nada por ahora, pero que no crea que olvidaré lo que dijo…
– Videl–él, volviéndole a hablar a la retirada justiciera, consiguió que ella se volteara a verlo–Ángela no lo dijo con delicadeza, pero en el fondo lo que dice no es del todo falso…
– ¿Te refieres a cuando dijo que era arrogante? –Poniéndose a la defensiva, Videl se endureció– ¿a esa parte te refieres, Gohan?
– No Videl, no me refería a eso–replicando en forma negativa, Gohan trató de explicarse mejor–me refería a que hiciste todo lo que pudiste, pero no fuiste capaz de ayudar a Shapner–le declaró–eres un ser humano, Videl, no puedes controlarlo todo, no debes sentir culpa por lo sucedido, simplemente pasó.
– Simplemente pasó, simplemente pasó–sarcástica, Videl dio un leve chispazo de su carácter terco–entonces sólo voy a fingir que nada sucedió mientras Shapner sigue hospitalizado. Sabes Gohan, de todas las personas que conozco, nunca esperé un comentario así viniendo de ti…
– Videl, aguarda, no has entendido lo que traté de decir…
– Te equivocas Gohan, lo entendí perfectamente–poniéndose de pie, Videl se disponía a retirarse–te contaré algo Gohan: antes que todo esto pasara, llegué a tener la estúpida sospecha que tú eras el Gran Saiyaman, tus retrasos y desapariciones constantes me resultaban intrigantes, pero ahora me doy cuenta que perdí el tiempo persiguiendo pistas que sólo eran estupideces y que no me llevaron a nada…
Sin haber comido ni un bocado de su almuerzo, Videl se retiró saliendo de la cafetería bajo la mirada atónita de Gohan e Ireza. Y precisamente, la rubia, ahora enfocando su enojo en él, se giró a verlo dándole una expresión sutilmente seria. Gohan, por otro lado, balbuceó incoherencias esforzándose por hallar una explicación clara para lo que pretendía decir.
– Ireza, lo que trataba de decirle a Videl era…
– Olvídalo Gohan, no quiero ser grosera contigo pero creo que ya dijiste suficiente por hoy…
Ireza, recogiendo su charola, se levantó marchándose de la mesa dejando solo al semisaiyajin. Y allí, quedándose en soledad, Gohan volvía a cuestionarse si fue un error haberle dado vida al Gran Saiyaman. Teniendo ese dilema en su mente, Gohan recordó las afirmaciones enfurecidas de Shapner, llegando a creer que tal vez él estaba en lo cierto:
– ¿Me escuchaste bien, Gohan, me escuchaste? –el rubio lo señalaba con un dedo al gritarle–no quiero volver a escuchar el nombre de ese desgraciado, ni viniendo de ti ni de nadie más, ese payaso sólo ha hecho más daño que bien y cuando salga de aquí, yo…yo…
– Tenías razón Shapner, tenías razón–se masculló para sí mismo–el Gran Saiyaman sólo ha hecho más daño que bien, únicamente ha ocasionado desastres…
Levantándose muy lentamente, Gohan se dialogó con un tono de voz autoritario.
– Y ya es tiempo que arregle los problemas que ha causado, empezando con Videl.
Abandonando el comedor de la preparatoria a toda prisa, Gohan sintió el ki de Videl no muy lejos y apresuró el paso desesperado por hallarla y hablarle. Al cabo de unos minutos, logró verla reclinada contra su casillero con los ojos cerrados y en una actitud pensativa. Su velocidad fue descendiendo a medida que se le acercaba, a su vez, que se preparaba para desenmascararse.
No sólo le diría la verdad, sino también, que le demostraría que todos aquellos indicios que recolectó eran auténticos.
– Videl…
Habrá consecuencias por lo que pensaba hacer, pero las repercusiones por seguir escondiendo su álter ego sobrepasaban los límites tolerables.
– ¿Qué pasa, Gohan?
– Tengo que decirte algo.
– Creo que ya dijiste suficiente.
– Ireza me dijo lo mismo, pero créeme, tengo que decir esto.
– Tienes treinta segundos…
– Videl, malinterpretaste lo que te decía–comenzó despacio, pese a querer gritarle ahí mismo que efectivamente era el superhéroe–eres una extraordinaria artista marcial y una gran persona, pero en ocasiones, por muy buenos que seamos, no se puede hacer nada en un momento crítico. El propio Shapner nos lo dijo ayer, él sabe que hiciste todo lo que pudiste pero que no lograste ayudarlo…
– ¿Eso dijo?
– Sí–Gohan, parándose frente a ella, le conversaba con cautela–estás cargando con una responsabilidad que no deberías soportar, no siempre se gana Videl, no siempre, a veces hay que perder.
– Lo estás haciendo otra vez, Gohan–encarándolo, la pelinegra le observó con enfado–no estás diciendo nada que me ayude, si esa es tu intención.
– Lo que trato de decir es que no podemos imponer nuestra voluntad, nuestros deseos a los hechos que se van dando–él, acariciando su reloj con su otra mano, se disponía a accionarlo cuanto antes–yo no estaba presente en ese lugar el sábado por la noche, no pude ver lo que sucedió pero puedo imaginármelo, y al hacerlo, entiendo muy claramente lo que estás sintiendo ahora…
– Gohan, no estoy de humor para psicología barata.
– Videl…–insistiéndole al verla a punto de irse, Gohan se paró frente a ella cortándole el paso–no soy muy bueno para hablar, así que discúlpame si todo lo que he dicho te suena tonto o ridículo, simplemente pretendo hacerte entender que no tienes por qué sentirte culpable por lo ocurrido, hiciste todo lo humanamente posible…
– Ahora escúchame a mí, Gohan–Videl, tomando la palabra, se frotó el puente de la nariz preparándose para hablarle–yo aprecio tu preocupación, te lo agradezco, pero tienes razón en algo: no estabas ahí la noche del sábado y por más que te lo imagines, no tienes ni idea de lo que estoy pensando, así que por favor, no trates de hacerme pretender que nada sucedió…
– Videl, si me dejas explicarte–empecinado, Gohan no encontraba la forma de confesarle su secreto–hay algo que debes saber y quiero que lo veas…
– ¿De qué se trata?
– Me dijiste que siempre sospechaste de mí, y bueno…
– Gohan–frenando sus alegatos, Videl le puso una mano en uno de sus hombros–muchas gracias por tu preocupación, pero quiero estar sola. Y en cuanto a mis estúpidas suposiciones, olvídalas, olvídalas como yo lo hice. Ya no deseo saber nada del Gran Saiyaman y si me disculpas, me apetece tomar un poco de aire en la azotea de la escuela.
Apartándolo de su camino, Videl continuó su andar dejándolo atrás de ella sin tan siquiera reconsiderarlo. Gohan, sujetándose de su cabeza y mirando hacia el techo, se quedó allí petrificado maldiciendo que su torpeza siempre le obstaculizara sus intenciones. Y dándole un vistazo al reloj que Bulma diseñó para él, Gohan creyó que quizás su otro yo tendría éxito.
Y entretanto el chico desaparecía de allí sin que nadie lo notara, Videl llegaba su destino siendo recibida por una fría y potente corriente de aire, la cual, la forzó a abrazarse con fuerza ante la congelante atmósfera que la envolvía. Apoyada contra la barandilla que rodeaba la terraza del edificio, Videl contemplaba en silencio el amplio paisaje urbano abstrayéndola mentalmente.
Sintiendo como las ventiscas agitaban sus largas coletas, la primogénita de Mr. Satán se cuestionaba a ella misma sus acciones y decisiones, llegando a la conclusión que quizás su retorno a la escuela fue demasiado pronto. Tal vez, debió esperar un poco más. Tal vez, debió quedarse en casa unos cuantos días. Tal vez, debió seguir escondiéndose al no estar preparada para volver.
– Fue un error, venir aquí fue un maldito error…
Moviendo sus ojos con apatía, Videl los enfocó en una edificación alta y de color blanco que se veía a unos cuantos kilómetros en la distancia. Recordando que llevaba con ella la cápsula que contenía su helicóptero, la pelinegra empezó a considerar muy ansiosamente la posibilidad de marcharse e ir a visitar a Shapner. Con ello, esperara exorcizar algunos de sus demonios.
Aquello, le daba la esperanza de al menos apaciguar sus dudas y recriminaciones. Saber que Shapner se hallaba fuera de peligro y despierto, fue como un bálsamo que cicatrizó levemente la herida que la marcaba por dentro. Sintiéndose más tranquila, pensó en ir al concluir las clases en unas pocas horas. Sin embargo, toda aquella serenidad que logró reunir, se desmoronó al escucharlo a él.
– Videl…
Y como si esa voz fuera una espada que la atravesaba por completo, Videl experimentó una punzante descarga eléctrica que acrecentó su agobio, y sobre todo, el irracional rechazo y odio que tenía para él. Tales sensaciones, iban expandiéndose en ella como si se tratasen de un cáncer. No lo quería cerca de ella en un principio; no obstante, era una magnífica oportunidad para decirle lo que pensaba de él.
– Videl, por favor…
Oyéndolo por segunda vez, Videl se giró con cautela apuntando sus azuladas retinas en él, y al mirarlo, sintió como si aquella estampa que veía en ese instante ya la hubiera visto antes. Él, flotando inmóvil varios metros por encima de ella, la miraba fijamente mientras el viento hacía ondear su capa roja, la cual, brillaba intensamente gracias a la potente luz del sol en el cielo.
Descendiendo con pausa, Gohan, vestido como el icónico paladín de la justicia, plantó sus pies justo delante de ella sin que ninguno de los dos rompiera el mutuo intercambio de miradas. Ella, aún abrazándose a sí misma, se esforzaba por mantenerse serena. No le daría el gusto de verla dolida ni intimidada, no, aquel juego del gato y el ratón que tantas veces jugaron, se terminó.
– ¿Qué quieres? –armándose de valor, Videl fue la primera en hablar acentuando su disgusto en su pregunta.
– He venido a hablar contigo…
– Entonces habla rápido, no tengo todo el día.
– No soy ciego, Videl, me doy cuenta que mi presencia no es de tu agrado.
– ¡Vaya, qué observador eres! –sarcástica, ella le comentó.
– Me enteré de lo que sucedió con tu amigo el sábado anterior, también estoy al tanto de que estuviste sola en esa discoteca y que hiciste todo lo que pudiste–Gohan, exactamente igual a como lo intentó momentos antes, trataba de hacerla pensar con claridad–sé que te sientes culpable por la herida que él recibió, puedo comprenderte completamente…
– Escúchame, ya estoy harta que todos me tengan compasión y falsa comprensión, así que no me vengas a decir las mismas estupideces que han estado diciendo todo el día–dando su primera estocada, Videl le aseveró–si viniste a decirme cosas como: lo que pasó no fue tu culpa, hiciste todo cuanto pudiste y blablablá…pues guárdate tus palabras, no quiero escucharlas.
– Videl–Gohan, vacilante, no sabía cómo continuar, por lo cual, empezó a improvisar–desde el primer momento en que nos conocimos sé que han habido fricciones entre nosotros, pero yo nunca que he querido causar problemas, únicamente he deseado ayudar a las personas de esta ciudad, y también, darte una mano a ti.
– ¿Y yo cuándo te pedí ayuda? –Gritándole, Videl hundió un dedo en el pecho de él– ¿cuándo, dímelo, cuándo te pedí ayuda, dímelo, cuándo?
– Nunca lo hiciste, nunca…
– ¡Exacto! –Vociferó alzando las manos– ¡nunca lo hice, nunca!
– Aún así, siempre ha sido mi deseo brindarte mi ayuda, la pidieras o no–con seriedad, le recalcó.
– Voy a darte un consejo–ella, observándolo directo a los ojos, lo encaró conteniendo su enojo–nunca hagas algo por alguien si no te lo han pedido, porque puedes terminar haciendo un mal en lugar de hacer el bien.
– Si lo que pretendes es hacerme responsable por lo sucedido con tu amigo, pues…
– Ya empezaste a…
– Pues, tienes razón, la culpa es mía, no tuya.
– ¿Qué? –Videl, esbozando un semblante sorprendido y confundido, le indagó– ¿qué fue lo que acabas de decir?
– Fue culpa mía, lo que le pasó a Shapner fue mi culpa, no tuya–al fin, diciendo una de las cosas que quería decir, Gohan inclinó levemente el rostro–yo debí haber estado allí, debí haberte ayudado a pelear, fue demasiado para ti, hiciste cuánto pudiste pero se te escapó todo de las manos–le dijo apresurado–debí haberme hecho cargo de la situación, pero no lo hice, te dejé sola y pasó lo que pasó…es mi culpa, Videl, la culpa es sólo mía.
Gohan, sinceramente, pretendía quitarle un peso de encima a Videl con lo anteriormente dicho. Sin embargo, al ver como la cara de Videl iba frunciéndose más y más, Gohan comprendió tardíamente que acababa de encender la mecha de una bomba. Y paralelamente a que se disponía a retomar la charla, Videl ya no se guardó nada y literalmente se lo escupió.
– Comprendo todo claramente, lo comprendo todo–Videl, mirándolo con rencor, le afirmó–vienes aquí supuestamente a consolarme como si de verdad necesitara tu consuelo, pero no, en realidad viniste a burlarte de mí–lo enfrentó desahogándose–viniste a burlarte como lo has hecho desde aquel maldito día en que apareciste, cuando sujetaste aquel autobús que caía del barranco…
– Videl, creo que no has…
– ¿Escuchaste lo que dijiste, te escuchaste a ti mismo? –Lo increpó con voz retadora–en otras palabras estás diciéndome que lo que pasó fue porque no tengo ni tu fuerza, ni tu velocidad, ni ninguno de tus poderes–Videl le reprochó exaltada–que todo sucedió porque soy débil, una patética humana que no se compara contigo, pues sabes qué, estás en lo cierto, tienes toda la razón…
Gohan procuraba aclarar lo que había dicho, cuando ella, sin detenerse, no se lo permitió.
– Ayer comprendí exactamente eso, lo comprendí y lo acepté: eres infinitamente mejor que yo en todos los aspectos–exclamó mordaz, seguidamente, señaló a la metrópoli a sus espaldas–ni Ciudad Satán ni nadie más me necesita, ya no soy de utilidad, tú eres el único que puede proteger esta ciudad. Por eso también renuncié a ayudar a la policía, no tiene caso que siga haciéndolo cuando estás tú para ayudarles.
– Estoy enterado de eso también y quiero que lo reconsideres, no renuncies por favor…
– ¡Bah! –Se mofó soltando una risa irónica–tú me destruiste por completo, arruinaste mi vida, mi vida no era perfecta pero la disfrutaba y desde que apareciste no dejé de pensar en quién demonios eres–Videl le recriminó–me olvidé de muchas otras cosas aunque ahora sé que no tiene sentido saber quién eres, así que desaparécete de mi camino, no quiero volver a verte, ahora quiero tener una nueva vida, una vida donde tú no existas…
– No hagas esto, déjame explicarme bien.
– Ya explicaste demasiado, adiós para siempre…
Caminando hacia la puerta, Videl se marchaba hasta que el héroe la detuvo nuevamente:
– Videl, espera…
– ¡Qué!
– Estoy dándome cuenta que tengo una maldición, por más que intento aclarar las cosas sólo las empeoro, todo lo que digo se malinterpreta…
– Entonces quédate callado.
– Ahh–ya no sabiendo qué decir, hizo a un lado los rodeos y fue directo al grano–nunca he pensado que seas débil, no quise decir eso, tampoco pienso que seas una inútil, todo lo contrario, esta ciudad te necesita y tú a ella–sujetando su máscara con lentitud, Gohan se ganó la atención de Videl con esa acción–también admito que te he causado muchos problemas, créeme que nunca fue mi deseo provocarlos, pero si al menos te sirve de algo, creo que lo más correcto que puedo hacer es dejar que veas quién soy…
Bajo la atenta contemplación de ella, Gohan empezó levantar su casco mientras apretaba los párpados fuertemente. Y de repente, como era de esperar, Gohan sintió el calor del sol en su piel y el aire jugueteando con su cabellera. Teniendo su cabeza descubierta, él permaneció con los ojos cerrados esperando escuchar la reacción de Videl; empero, ésta nunca llegó a oírse.
Segundos antes, a su vez que él se quitaba su yelmo, Videl actuó con rapidez dándose la vuelta, cubriendo su rostro con sus coletas y manos cegándose a ella misma. Y ahora, al mirarla sin la protección de su disfraz, Gohan se halló ante ese escenario totalmente inesperado para él. Avanzando pausado, Gohan se le acercó quedándose quieto detrás de ella.
– Videl, yo soy…
– ¡Cállate, cállate, cállate! –Gritando desesperada, Videl se negaba a ver la tan ansiada verdad que tiempo atrás persiguió como si fuera una sombra escurridiza– ¡no quiero saber quién eres, no quiero saberlo, no quiero saberlo jamás!
– Pero Videl…
– Entiéndelo de una maldita vez: que parecieras sólo me ha causado tormentos y ya no lo soporto–para angustia de Gohan, la voz de ella empezaba a quebrarse volviéndose levemente incomprensible–no vuelvas a acercarte a mí nunca más, aléjate de mí, desaparece de mi vista, déjame sola, déjame sola, déjame sola…
– Videl…
– ¡Déjame sola!
Después de gritar, Videl se mantuvo en la misma postura por un minuto. Y al no oír el más mínimo ruido, fue descubriendo su faz muy lentamente, viendo primero sus pies para ir mirando el entorno circundante a ella. Girando con duda, Videl comprobó que se encontraba sola en la azotea de la escuela, únicamente acompañada del gélido viento que soplaba sin cesar.
Aún con nerviosismo y vacilación, Videl revisó cada esquina de la terraza, inclusive, escaneó minuciosamente el firmamento en busca del Gran Saiyaman. Sintiendo como su agitado corazón iba recuperando su palpitar normal, la hija de Mr. Satán, sin bajar la guardia, miraba paranoica de derecha a izquierda. Y dándole un susto indescriptible, la campana de la escuela sonó con fuerza.
– Maldición–dijo Videl, al dar un sonoro suspiro–quiero que este maldito día termine ya…
Entrando en razón rápidamente, Videl corrió de regreso a su salón marchándose de allí deseando con todo su espíritu no volver a verlo jamás. Y Gohan, por su parte, escondido lejos del alcance de Videl, miró su reloj con remordimiento prometiéndole mentalmente que cumpliría su deseo: el Gran Saiyaman no volverá a aparecerse frente a ella nunca más.
Era increíble como cambiaban las cosas tan rápido. Ayer, estando acostado justamente en esa cama, la ansiedad fue apoderándose de él haciéndolo incurrir en la estupidez de intentar marcharse del hospital. Hoy, muchísimo más tranquilo y pensativo, Shapner aguardaba por el momento en cual podría regresar a casa y a la escuela.
Queriendo colocarse en una posición más cómoda, Shapner se movió suavemente viéndose abrumado por una desgarradora punzada en su hombro lastimado. Definitivamente, pese a que la herida iba sanando, ésta no dejaba de dolerle forzándolo a dibujar numerosas muecas de dolor. Sí, aún le costaba admitirlo, pero tendría que permanecer allí por varias semanas más.
Hundiéndose en su almohada habiendo hallado una postura más reconfortante, Shapner no pudo evitar recordar la breve visita que Ireza, Ángela y Gohan le dieron recientemente. Al verlos, al tenerlos frente a él, creyó que algo no andaba bien. No podía explicarlo, era como si una cuarta persona estuviera con ellos, una cuarta persona que era poseedora de su más absoluta repulsión.
– ¡Fantástico, lo que me faltaba! –Se susurró con sarcasmo–ya estoy perdiendo la cabeza.
Pero no.
No estaba loco.
Él intuía algo, si bien, no sabía qué era.
– Gohan…
Tenía que estar imaginando cosas, era la única explicación que se le ocurría, pese a eso, nuevamente la negación lo convenció. No, no era ningún demente. Gohan, para Shapner, era el epicentro de ese inusitado recelo que iba ganando ímpetu en él. Debajo de esa cara sonriente e inofensiva, se escondía otro ser, un ser que poco a poco revelaba su auténtica naturaleza.
– Es ridículo, la sola idea es absurda.
Sujetándose del cabello, Shapner sacudió su cabeza con fuerza en un intento por restaurar su cordura. Debía olvidarse de esas incoherentes especulaciones, era completamente imposible que el torpe e ingenuo Gohan tuviera alguna relación con el Gran Saiyaman. Ambos eran opuestos uno del otro, ninguno compartía la más remota conexión. Sugerir tal vínculo, era de lo más risible.
– ¡Hora de comer! –Entrando sorpresivamente, la misma enfermera que lo detuvo al tratar de escaparse del hospital, se le acercó con una charola repleta con comida para él.
– Genial, gracias–Shapner, sonriéndole, le agradeció–ya empezaba a morirme de hambre.
– Pues en ese caso, come…–le afirmó poniendo sobre las piernas del chico la bandeja, entretanto, él se sentaba en la cama tomando la cuchara con su mano izquierda–si continúas con reposo y alimentándote bien, la herida en tu hombro no tardará en sanar y podrás irte a casa.
– Sabes, hubiera preferido que me hirieran el otro hombro–Shapner le aseveró al intentar comer un poco–yo soy derecho y no puedo hacer nada con la mano izquierda.
– Suele pasar–caminando al lado izquierdo de él, la enfermera le ayudó a sujetar la cuchara–vuelve a intentarlo, sé que es difícil pero con práctica lo lograrás, además, por algún tiempo tendrás que usar tu mano izquierda hasta que tu otro brazo haya sanado.
– Lo sé, lo sé–asintió dándole la razón.
– Me enteré que ayer tuviste visita–ella, sonriéndole, lo miró–si te hubieras ido como tercamente querías no te habrían encontrado aquí.
– ¿Te divierte recordarlo, verdad?
– Sí, claro que sí–de buen humor, la enfermera se carcajeó sin dejar de verlo–después de todo, te gané la apuesta, chico.
Y otra vez, sin que ella se lo propusiera, volvió a darle un chispazo que le hizo recordar a Videl. Ella, la verdadera, la que solía ser, también se hubiera reído y jactado por su victoria ante él. Delineando una media sonrisa, Shapner no borró de sus pensamientos a la pelinegra mientras continuaba comiendo. Y dándose cuenta de su semblante jovial, la enfermera le habló:
– ¿Piensas en tu chica, verdad? –Ella, con una mirada pícara, le observó haciendo que él le devolviera la mirada– ¿estás pensando en ella, no es así?
– Bueno, sí, no lo niego.
– Pronto la verás, Romeo, pronto la verás.
– Eso espero, de todas maneras, no dejo de pensar en ella.
– Eres un caso perdido, chico–bromeó la enfermera.
– Me es imposible no recordarla, tú me la recuerdas mucho.
– ¿En serio?
– Tal y como lo oyes.
– Me la tienes que presentar algún día, me encantaría conocer a la jovencita que le robó el corazón a mi paciente.
– Te aseguro que ya la conoces, su nombre lo has de haber oído cientos de veces–Shapner, creyendo innecesario esconder que hablaba de la hija de Mr. Satán, se disponía a decírselo–su nombre es Vi…
Interrumpiéndolo, un pequeño teléfono colgado en una de las paredes empezó a sonar, obligando a la enfermera a acercarse para contestar la llamada. Ella, escuchando lo que le decían desde el otro extremo de la línea, se volteó hacia él obsequiándole un ademán que ocasionó que el rubio la mirara con intriga al no saber lo que sucedía. No obstante, sus dudas fueron disipadas con rapidez.
– Hablaremos de tu chica luego, Shapner–ella, colgando el auricular, le comentó–tienes visita otra vez, me informaron que es una de tus compañeras de escuela.
– ¿Compañera de escuela?
– Así es, me doy cuenta que eres un éxito con las chicas, todas te echan de menos–bromeando de nuevo, ella se apresuró a abrir la puerta al oír que alguien la golpeaba–parece que ya llegó…
Permitiéndole la entrada a la visitante, la enfermera no sólo dejó pasar a la recién llegada, sino que también, causó que la presa de emociones que Shapner almacenaba explorara al reconocer ese rostro adornado con un par de ojos azules. Petrificado, olvidándose de absolutamente todo por un segundo, Shapner enmudeció propiciando que fuera ella quien hablara primero:
– Hola Shapner…
– Videl…
Aquello fue más que solamente un saludo, más que solamente volverse a ver, más que solamente una visita. No. Fue mucho más que sólo eso. A partir de ese instante, muchas cosas cambiarían. Videl, aún sintiéndose culpable y no sabiendo en quién confiar, encontraría refugio en aquel par de brazos que tantas veces rechazó. Y una vez que cayera en ellos, ya no podría abandonarlos.
Porque ahora, más que nunca, todo parecía indicar que al fin estarían en el mismo bando.
Fin Capítulo Cinco
Hola, muchísimas gracias a todos por tomarse la molestia de leer. Espero que el capítulo les haya parecido entretenido, ya que poco a poco las cosas empiezan a tomar forma en la trama. No puedo evitar sentir algo de lástima y enojo por los tres, cada uno hace lo que cree correcto sin pensar bien las consecuencias de sus actos.
En fin, como ya he dicho anteriormente, este es otro de mis raros experimentos en un universo alternativo. Es curioso y a la vez edificante hacer esta clase de fics, ya que es posible ver y conocer a los personajes de una manera distinta. Aprendiendo cosas nuevas cuando creías que ya lo sabías todo sobre ellos y que los conocías a la perfección, en otras palabras, es redescubrirlos.
Bueno, no les hago perder más el tiempo. Les doy las gracias por leer lo que se me ocurrió escribir, les estoy profundamente agradecido. Y para terminar por hoy, les doy mi agradecimiento a CecickGennosukeAsakura, Vanessa NekoChan, HnW, Majo24, ByaHisaFan, Ferunando y a Linkyiwakura por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
