III. La manzana de la discordia.

Tal y como había predicho Kenma, después de una sesión doble en la que terminaba perdiendo el conocimiento, Satori tardaba varios días en recuperarse. La función de los aperitivos no estaba ideada para afrontar atracones en los que quedaba prácticamente desangrado y en coma, sino aportar muchas pequeñas dosis a modo de golosinas que hicieran más llevadera la espera y aplacaran un poco la sed.

Satori cada vez estaba más débil y más flaco, pues los días que pasaba dormido no podía ingerir nada, y también cada vez tardaba más en despertar, necesitando más tiempo para estar recuperado. Aun así, el carácter alegre del muchacho a menudo desviaba la atención sobre su salud. Cedido por su familia, vivía en la Villa como un sirviente más, con la intención de estar disponible siempre que lo necesitaran. No obstante, había entablado una buena amistad con Wakatoshi y solía pasar buenos ratos de conversaciones con él o incluso realizar actividades juntos por la ciudad.

Una de ellas era la visita al mercado de esclavos.

Siendo quien era y con dinero por delante, el gladiador acudía a última hora de la madrugada justo antes del amanecer, cuando la subasta aún no había sido oficialmente abierta al público. Los barcos solían atracar a lo largo de la noche y todo el proceso de selección y preparación previo de los esclavos se hacía a puerta cerrada. De ese modo, Ushijima se aseguraba tener acceso a todas las opciones posibles antes de que los mejores especímenes fueran vendidos.

Aquel día llevaba en mente hacerse con un aperitivo para Kenma. A pesar de que el chico había manifestado activamente que no quería ninguno y que no estaba de acuerdo con esa práctica, lo cierto era que Ushijima confiaba en que una vez comprado no podría rechazarlo. Kenma era muy voraz y Satori estaba demasiado débil para soportar alimentarlos a ambos, y puesto que Wakatoshi no quería perder a ninguno de los dos, decidió hacer prevalecer su criterio por encima de la opinión de Kenma.

Llevaba ya meses yendo sin que ninguno de los candidatos que le ofrecían, escogidos entre el mar de esclavos que llegaban cada semana, le pareciera adecuado. Sabía que no podía ser cualquiera, que debía llamar la atención de manera excepcional. Algo exótico como cuando capturaron a Kenma. Tal vez le gustara poseer a alguien de su mismo origen con quien poder conversar en su idioma nativo.

Sin embargo, no hizo falta. El tiempo, que para los inmortales pasaban en un chasquido de dedos, no era algo tan insignificante para un humano. Aquellos meses habían deteriorado la salud de Satori hasta el punto de no poder levantarse de la cama, por lo que la necesidad de encontrar un sustituto adecuado era más imperiosa que nunca.

Y como caído del cielo, llegó en el momento más oportuno.

Cuando lo vio, se quedó prendado de él. Decían los capataces que era un príncipe a quien su pueblo había entregado como ofrenda a cambio de que no los saquearan. Por supuesto, no eran más que cuentos para adornarlo de misterio, pero confirmaba que la belleza de aquel muchacho no era indiferente a nadie, ni siquiera a los mismos que se encargaban de venderlo, suscitándoles ese tipo de fantasías sobre su origen.

Era alto y muy hermoso, y la tela que lo cubría era la justa para tapar lo necesario y enseñar lo que había que enseñar; piel blanca, aunque ligeramente tostada, y un cuerpo bien definido sin ser excesivamente musculoso. Tenía ojos y cabello castaños. A primera vista quizás no tuviera nada que le destacara del resto, como sucedió con Wakatoshi y Kenma, pero lo que lo hacía realmente excepcional no era su físico privilegiado sino su porte y su actitud. Daban igual los grilletes en muñecas y tobillos, que tuviera el pelo sucio o que fueran apenas unos jirones los que lo cubrían con más dificultad que elegancia; el chico mantenía la barbilla en alto y la mirada orgullosa.

Había algo en él que le hizo pensar que tal vez fuese extranjero, y para confirmarlo le hizo algunas preguntas que el muchacho no contestó. Terminó por ponerse frente a él, sabiendo que su propia planta también causaba impresión, esperando que fuese suficiente para hacerle reaccionar. Aunque el joven fuera alto, él lo era más, y para mirarle a la cara debía alzar la mirada. Algo que indicaba un punto invisible de diferencia de jerarquías. El que debía mirar hacia arriba, estaba por debajo. No había otra manera de interpretarlo.

Wakatoshi insistió con una nueva pregunta, pero la mirada del chico estaba fija al frente, a la altura de su nariz.

–¿Acaso no entiendes lo que te digo?

A lo que siguió sin responder, ni tampoco desviar la mirada.

Como no se podía permitir tal grado de insolencia, Ushijima lo tomó del mentón para obligarle a mirarle a los ojos. Si iba a comprarlo debía dejar bien claro quien mandaba y que la desobediencia sería castigada.

Consiguió lo que quería. En parte.

El extranjero alzó la mirada, desafiante, encontrándose con la suya. Sus dedos aún seguían sujetándole por la barbilla cuando, a modo de respuesta, le escupió en la cara.

Por un instante se quedó sin saber cómo reaccionar, pues nunca habían sido tan descarados e irrespetuosos con él.

El corazón le latía con fuerza.

Estaba fascinado.

Deseaba llevárselo y castigarlo sin quitarle siquiera los grilletes.

Probablemente el joven no hubiera actuado de ese modo de haber sabido que aumentaría el interés en él, pero la cuestión es que lo hizo, en lugar de desalentarlo. Terminó comprándolo a un precio exorbitado después de que los tratantes pudieran ver el brillo en sus ojos tras meses de búsqueda infructuosa, pero no le importó en absoluto.

Kenma no mostró mucho entusiasmo cuando lo mandó llamar para mostrarle su regalo. Realmente, Kenma no mostraba mucho entusiasmo con nada y Wakatoshi ya sabía que su postura era contraria, así que tampoco se sorprendió por su falta de efusividad. Esperaba que con el tiempo acabara acostumbrándose, por el bien de Satori. Sin embargo, tenía la sensación de estar satisfaciendo más un deseo personal que la necesidad de su hermano.

–Bañémonos –sugirió Kenma, en cuanto los criados se llevaron al recién llegado para asearlo y desparasitarlo.

Formaba parte del ritual que seguían cada vez que Wakatoshi regresaba de sus visitas al mercado de esclavos, por lo que no lo encontró fuera de lugar. Ellos mismos sabían por experiencia que en esos viajes en barco no solo se cogían piojos, sino que el hacinamiento propiciaba el contagio de enfermedades y, aunque a ellos por su inmortalidad no les afectara, sí que podía hacerlo a los sirvientes, por lo que debía pasar una cuarentena antes de incorporarse a la vida de la Villa.

La Villa del Amo contaba con todas las comodidades de la época, como sus propias termas, que podían utilizar a cualquier hora sin tener que mezclarse con el resto de la gente o salir al exterior.

A menudo solían pasar largos ratos allí. Kenma era tranquilo y amante de la buena vida, y a Wakatoshi no le extrañaba que relajarse en la alberca fuera uno de sus pasatiempos favoritos para disfrutar en su compañía. Al rubio le gustaba estar allí sin criados –a quienes despachaba después de que dejaran todo preparado– y flotar en el agua, recreándose en la sensación de ingravidez, mientras hablaban de sus extrañas ideas.

Wakatoshi solía lavarle el pelo, desenredándolo con aceites esenciales que le dejaban un aspecto sedoso y un aroma que perduraba durante días. Kenma le correspondía de igual manera, lavando su espalda con esmero para luego fuera del agua desentumecer sus músculos con masajes relajantes. Se deleitaban de la compañía del otro, solos ellos dos, trascendiendo los límites de lo físico. A la adoración de sus cuerpos se le sumaba la conexión inmortal, descubriéndoles el nivel más alto de conexión al que podían llegar. Wakatoshi no se creía lo que Kenma le contaba hasta el día que, en un arrebato de pasión, el rubio le dejó probar su sangre inmortal mientras le cabalgaba, y el éxtasis les hizo explotar de inmediato.

A veces Wakatoshi pensaba que, al margen de la complicidad que tenían, a Kenma le gustaba propiciar situaciones que acabaran así. No se lo podía reprochar, pues no había nada como la combinación de unión carnal e inmortal, pero en cierto modo le daba la sensación de no ser del todo espontáneas. Tenía sus motivos para pensar así. Desde que conocía a Kenma, siendo todavía humano, siempre había sabido manipular las cosas para su beneficio, y precisamente esa cualidad le había llevado a tener una posición destacada junto al Amo y todos sus negocios. Desde que Kenma llegó para ser su consejero, el patrimonio del Amo se había multiplicado, y muchas de las veces ni siquiera habían necesitado grandes operaciones, sino mover un par de hilos aquí y allá.

Todo ese razonamiento hizo conexión en su cabeza cuando las pequeñas manos de Kenma se detuvieron al recorrer su espalda con cuidado, mientras le aplicaba un preparado de hierbas para relajar la musculatura.

–Oh, ¿qué es lo que tienes aquí? –preguntó, sorprendido.

–¿Qué es lo que tengo? –quiso saber Wakatoshi, alzando su cabeza un poco de los brazos sobre los que dormitaba bajo las atenciones de Kenma.

–Tienes una marca que no estaba ayer.

De pronto, todos sus sentidos abandonaron el letargo para acudir a la primera línea de batalla. Su mente se había puesto a mil tratando de atar cabos. Quizás sonara un poco paranoico, sobre todo si tenía en cuenta el tono genuinamente sorprendido de Kenma.

Pero algo le decía que no era por casualidad ni rutina que ese mismo día le hubiese sugerido compartir baño.

No solo seguían compartiéndolo todo a pesar del tiempo, sino que cada vez compartían más cosas y a más niveles. Ya no se trataba solo de dormir en la misma cama o bañarse juntos. La situación había escalado hasta el punto de un autoindulgente estado de permanente éxtasis carnal y espiritual del que parecía difícil poder salir. Aquellas noches en las que repasaban sus cuerpos a la luz de la luna habían evolucionado a algo que parecía estar volviéndose peligroso.

Kenma lo sabía. Sabía que el corazón de Wakatoshi había vuelto desbocado, con aires renovados y que el causante era aquel esclavo que había traído como regalo para él. Y por eso se apresuró a sugerir un baño, aprovechando que la visita al mercado de esclavos siempre era una buena excusa para acicalarse y eliminar malos olores y suciedad.

Había ido buscando eso, y lo había encontrado.

De pronto las manos de Kenma se habían detenido en el centro de su espalda. Ushijima sintió cómo temblaban al rozar su piel con cuidado y delineaba una porción de piel con sus dedos.

¿Era así de grande? Debía ser cierto entonces. Su espalda había sido un símbolo, todo el mundo conocía su figura. Aquila fue un héroe durante algunos años y cualquiera, hasta un niño pequeño que se pudiera encontrar por la calle, sería capaz de notar si había aparecido algo nuevo sobre ella.

¿Cómo se debía sentir? No estaba seguro. Estaba emocionado, pero a la vez tenía miedo. Significaba que ese joven era su alma gemela y ni siquiera hablaban el mismo idioma. ¿Cómo se suponía que debía funcionar? ¿Qué tenía que hacer?

De la nada habían surgido un mar de dudas que nunca habían estado ahí. Siempre mantuvo presente la perspectiva de encontrar a su alma gemela como un objetivo a largo plazo. Esperaba hacerlo en algún momento de su existencia, pero no se esperó que fuera a ocurrir de verdad, y mucho menos se había planteado qué sucedería si realmente la encontrase.

Todos aquellos pensamientos que se agolpaban sin orden, como voces que se superponían unas a otras en su cabeza, se disiparon en el mismo instante en que sintió algo cálido resbalar por su columna.

Se le erizó la piel. Se le paró el corazón y el mundo al advertir el cuerpo de Kenma temblar sobre el suyo. Los dedos que antes habían contorneado la nueva marca, ahora descansaban sobre ella, estáticos, como si quisieran taparla para no poder verla.

Otra gota sucedió a la anterior y después vinieron más.

Kenma estaba llorando y él no sabía qué decir.

Se sentía impotente porque no había pedido nada de eso y a la vez las lágrimas de Kenma hacían que todo encajase. Se maldecía por haber ido buscándolo porque quien no lo busca, no encuentra, y él jamás pensó que podría tener esa suerte.

Porque ahora más que una suerte, le parecía una maldición. Ojalá pudiera darse le vuelta y estrechar a Kenma entre sus brazos y prometerle que nada iba a cambiar. Pero se trataba de Kenma, Wakatoshi sabía de sobra que no aceptaría algo así.

Hubo un largo rato en el que, en silencio, Kenma agotó sus lágrimas y Ushijima le dejó hacerlo sin pedir explicaciones. Hasta que sintió el peso del chico levantarse de su cuerpo.

–Mírame una última vez, por favor –reclamó.

Wakatoshi giró la cabeza hacia donde el rubio le había hablado, y lo encontró dejando caer a sus pies la túnica que lo cubría, mostrando su exquisita desnudez.

Él sabía a qué se refería. Había oído esa frase cientos de veces y más que nunca cobraba sentido.

Se levantó de la superficie de piedra en la que se había tumbado para recibir el masaje y se arrodilló frente a él, se abrazó a su cintura y apoyó la cabeza en su vientre durante unos largos segundos. Kenma permaneció estático, con los brazos caídos a cada lado y a Wakatoshi se le rompió otro poco el corazón al quedarse esperando y tener que conformarse con el contacto fantasma de los dedos de Kenma acariciando su pelo.

Cuando se hubo recuperado, inspiró y expiró con fuerza, separándose de él tras depositar un beso más arriba de su ombligo.

No supo cuánto tiempo tardó en recorrer cada centímetro de su piel en busca de una marca que obviamente no iba a estar allí, mientras Kenma miraba al infinito como una estatua y algunas lágrimas seguían escapando a su control.

A pesar de que ambos sabían el resultado de antemano, la voz de Ushijima sonó a derrota cuando le encaró para anunciar que su piel seguía tan prístina y perfecta como siempre lo había sido.

Sin decir nada, Kenma recogió la túnica del suelo y se la colocó de nuevo, encaminándose hacia la salida.

–No lo quiero.

–¿Qué?

–A ese esclavo. No lo quiero, quédatelo tú. ¿Quién soy yo para desafiar al destino más que un simple inmortal?

Aquella noche, Kenma no regresó a la habitación que compartía con Ushijima.

Ni tampoco la siguiente, ni ninguna otra.


N/A: No, no siento especial satisfacción en hacer sufrir a Kenma, es más, su personaje en esta historia me enamoró. Sabremos más de él, no ha terminado su participación aquí jeje.

No se ha dicho (en el siguiente lo especificaré con su propia explicación), pero creo que es obvio que el esclavo es Oikawa. Si no, pues aquí lo aclaro. En el siguiente sabremos más de él.

Espero que os haya gustado. Ya sabéis, comentarios etc ¡son gratis! Si no, me creo que estoy no lo lee nadie (y tal vez así sea)

Besitos

Ak