Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 6
Si antes de verlo su actitud había sido fría, grosera e intransigente, ahora, luego de verle, su comportamiento se tornó estoico por fuera. Sin embargo, Videl apretaba sus puños debajo de su pupitre en un esfuerzo por contener la ira que iba ganando terreno en su interior. Volver a ver al Gran Saiyaman, al hombre que arruinó su mundo, sólo causó que se encerrara más en sí misma.
Agachando la mirada, observando sus propias manos apretándose llegando al punto de enterrar sus uñas en su piel, Videl negó suavemente con la cabeza gritando en sus adentros. A pesar de luchar por sacarlo de su mente, aquel miserable payaso de circo se coló tan profundo en sus pensamientos como un parásito que le iba robando la vida.
No se sentía bien, quería explotar, reventar, expulsar de sus entrañas todo aquel asco que el Gran Saiyaman le producía. Con nerviosismo y rogándole al cielo fuerzas para no desplomarse ahí mismo, fue girando sus ojos viendo por las ventanas del salón el brillante cielo azul. Ansiosa, respirando cada vez más fuerte, Videl temía que ese infeliz apareciera justo allí para atormentarla.
– Videl, yo soy…
– ¡Cállate, cállate, cállate! –Vociferando con desesperación, Videl resucitó sus reiterados intentos por silenciar ese secreto que ella misma persiguió con esmero y que ahora pretendía revelarse– ¡no quiero saber quién eres, no quiero saberlo, no quiero saberlo jamás!
– Pero Videl…
– Entiéndelo de una maldita vez: que parecieras sólo me ha causado tormentos y ya no lo soporto–evocando su voz cada vez más quebrada, afligida y angustiada, Videl se reprochaba por haberse deshecho de tal modo frente a él–no vuelvas a acercarte a mí nunca más, aléjate de mí, desaparece de mi vista, déjame sola, déjame sola, déjame sola…
– Videl…
– ¡Déjame sola!
Y aquel grito, poderoso y desgarrador, se prolongó en su subconsciente obligándola a chirriar los dientes.
– ¿Te pasa algo, te ves muy pálida?
A Ireza, sentada a su lado, le fue imposible no escuchar la sonora respiración de Videl haciéndola perder el interés en la clase. La rubia, aún recordando la lamentable conversación que se salió de control en la cafetería, comenzaba a asustarse al ver a Videl actuando de esa manera tan inquietante. Y por reflejo, evocó aquella llamada telefónica cuando le contó lo de Shapner.
Lograba observar la angustia, la desesperación y el remordimiento en su rostro. Esa, definitivamente, no era Videl. Y empezando a suponerlo, Ireza se convencía de que tal vez no volvería a ser la que fue. Aprovechando que nadie más parecía percatarse de la situación, Ireza la tomó de uno de sus brazos convirtiéndose en un pararrayos para las agitadas emociones de Videl.
– Por favor Videl, háblame…
– Quiero irme de aquí, necesito irme…
– ¿Adónde, adónde quieres ir?
– Tengo que hablar con Shapner, es la única manera en que podré sacarme esta culpa.
– La clase terminará pronto, sólo espera unos minutos más y te acompañaré a verlo.
– Gracias Ireza, pero necesito hacer esto sola.
– Pero Videl…
Ahora siendo la pelinegra quien le sujetaba el antebrazo con su otra extremidad, Ireza debió guardar silencio al percibir la incertidumbre en aquel par de orbes azulados que la veían. Videl, relajándose tenuemente, humedeció sus labios secos deseosa de hallar el modo para describirle lo que estaba sintiendo.
Habiendo tenido una larga amistad desde la primaria, incluso antes de que la fama y la riqueza bañaran en oro su apellido, Videl podía hablarle a Ireza sin la necesidad de articular ni una frase, ambas se entendían únicamente con mirarse. La blonda, captando el mensaje, asintió generando que Videl le devolviera el gesto con una expresión de infinito agradecimiento.
Las dos, soltándose mutuamente, se esforzaban por fingir que nada sucedía. No obstante, hallándose junto a ellas y en total silencio. Gohan, aparentando que leía su libro de texto, escuchaba y veía de soslayo al par de mujeres mientras éstas no se percataban de su vigilancia. Él, sin atreverse a girar o a decirles algo, simplemente se quedó petrificado en su silla sin moverse.
Gohan, pese a no tener un vínculo como el que poseía Ireza con Videl, adivinaba lo que le pasaba leyendo su fluctuante ki. En ocasiones como esta, maldecía haberse sumergido en el mundo de los humanos. No eran poderosos ni tampoco eran rivales difíciles de vencer, pero eran demasiado complejos de descifrar y entender, eran seres impredecibles e inestables.
Y entretanto Gohan extrañaba el aislamiento de las montañas que lo abrigó por años, el sonido de la campana anunciando el final del día fue, para Videl, como si el volcán que guardaba por dentro hubiese hecho erupción al ya no resistir más la presión. Levantándose y recogiendo sus cosas con rapidez, la azabache se despidió escuetamente de Ireza y abandonó el aula corriendo a toda prisa.
Alejándose, sin saberlo, del Gran Saiyaman, Videl llegó al exterior de la preparatoria accionando su helicóptero almacenado en cápsula abordándolo de inmediato. Experimentando, por primera vez, la claustrofobia, Videl piloteó su aeronave sintiendo como si se encontrara encarcelada en cuatro paredes invisibles que iban cerrándose, más y más, llegando al punto de casi aplastarla.
– Al fin…
Diciendo algo después de una eternidad, Videl aterrizó ante el hospital de Ciudad Satán al terminar su corto y fugaz viaje. Al ver su cara, las enfermeras y recepcionistas del centro médico, no se tardaron en recibirla con asombro como la celebridad que era. Empero, no dándole importancia a eso, Videl fue directo al grano al preguntarles por la habitación de Shapner.
El trayecto en el ascensor se transformó en un recorrido interminable para Videl. Teniendo solamente las vagas descripciones de Ireza, Gohan y Ángela, Videl no sabía realmente con qué se encontraría cuando cruzara la puerta de la recámara número 327. Posando un pie fuera del elevador, Videl caminó por el pasillo repleto de doctores y pacientes que iban y venían.
Vislumbrando no muy lejos su destino, Videl revivió súbitamente aquella noche de sábado recordando la pelea que sostuvo contra esa pandilla de asaltantes, y para su tormento, como si se tratase de una película proyectada en la gran pantalla, la otrora justiciera vio y escuchó ese momento cuando por su incapacidad de salvarse a ella misma, él recibió la bala que la mataría.
– ¡Videl, agáchate!
– ¡Shapner!
Armándose de valor, levantó su puño y llamó la atención de las personas allí adentro. Oyendo como alguien se acercaba para responder a su llamado, Videl tragó saliva sintiéndose más ansiosa que antes de venir. Y como si el mundo, el universo, el cosmos entero se ralentizara, vio como la entrada se abría lentamente permitiéndole entrar para que combatiera a sus peores demonios.
Viéndola con un semblante sereno y sonriente, Videl se topó con una joven enfermera que la invitaba a pasar. Vacilante, clavando su vista en el suelo, la hija del campeón mundial vio de reojo la decoración del aposento quedando ensimismada al ver lo que buscaba. Él, acostado en la cama justamente enfrente de ella, le miraba con una faz pasmada y sorprendida.
– Hola Shapner…
Aquel saludo, a pesar de sonar natural, fue totalmente involuntario y espontaneo. Trascurrieron treinta segundos y el rubio aún no le respondía. Aunque, reaccionando como si lo hubiesen electrocutado, Shapner le contestó apresurado pero sin esconder el asombro de verla frente a él. Esta vez no era ningún sueño ni fantasía. Videl, la Videl de carne y hueso, estaba allí mirándolo.
– Videl…
– Vendré más tarde a revisar como sigues, los dejo a solas–la enfermera, dándoles espacio, se prestó a retirarse disimulando su sorpresa al ver a la primogénita del salvador del mundo en persona.
Con el sonido de la cerradura cerrándose, un nuevo silencio sepulcral los rodeó a ambos arrebatándoles las palabras que tanto deseaban decirle uno al otro. Shapner, esforzándose por decir algo, balbuceó incoherentemente siendo interrumpido por Videl quien recobró el habla aún más rápidamente que él.
– Hay tantas cosas que necesito decir, y no sé por dónde empezar–Videl, aún sin atreverse a mirarlo, le habló manteniendo su visión enfocada en el piso–quiero liberarme, quiero desahogarme, quiero explotar…
– Videl, acércate por favor–Shapner, sintiendo la necesidad de comprobar con sus demás sentidos que en verdad era Videl, le suplicó extendiendo una de sus manos hacia ella–por favor Videl, acércate.
Esa voz suave, amable y reconfortante era increíblemente diferente a la voz que Shapner solía tener. El orgullo, la prepotencia y la arrogancia no se sentían ni remotamente. Y como si fuese una especie de hechicero, Shapner, con esa simple petición, consiguió embrujarla haciendo que Videl caminara pausadamente aproximándose al borde de la litera donde él reposaba.
Sin explicárselo, pero sin interesarle encontrar una explicación, Videl creyó que se hallaba a salvo lejos de las preguntas de los curiosos, lejos de los rumores de la prensa y más importante aún, lejos del Gran Saiyaman. Parándose a su lado, Videl y Shapner intercambiaron un ir y venir de miradas que acabó con un súbito abrazo por parte de Videl, el cual, Shapner no objetó en recibir.
– Shapner, yo lo siento tanto…–apretando sus párpados, Videl lo dejó salir, dijo aquello que deseaba decirle yendo directamente al grano–perdóname por favor, perdóname…
– Videl…
– Yo no pude hacer nada, nada–para rabia y consternación del rubio, Videl empezaba a sollozar mientras le hablaba–pensaba que tenía la situación controlada, creí que tenía todo bajo control, no me di cuenta que aún quedaba un tipo más, si lo hubiera notado a tiempo…
– Videl, escúchame, por favor, escúchame–él, interrumpiéndola, no pudo evitar abrazarla con más ímpetu–no fue tu culpa, no eres responsable de lo que pasó, ese tipo apareció de la nada y cuando lo vi apuntándote con su arma simplemente no lo dudé, me lancé a protegerte.
– ¿Por qué lo hiciste, por qué Shapner, por qué lo hiciste?
– Eso ya lo sabes, Videl–le replicó Shapner, hablándole al oído como si le contara un secreto que sólo ella debía escuchar–te lo dije aquella vez cuando éramos niños, en esa carta que te escribí confesándote mis sentimientos…
– La carta–recordándola, Videl enmudeció un instante.
– Sí Videl, la carta–reiteró Shapner–te protegí por la razón que está escrita en esa carta, te protegí porque te amo. Te lo he dicho cientos de veces y te lo vuelvo a decir ahora: te amo…
– ¿Por qué sigues diciéndomelo si te dije que no tantas veces?
– Porque te amo, sencillamente por eso…
Si bien ella se encontraba junto a él, reclinada contra su torso varonil y apoyando su cabeza en su hombro sano. Shapner, todavía sin creerlo, mandó al diablo el dolor de su herida y le ordenó a su cuerpo, febrilmente, a sólo enfocarse en la sensación que sus dedos percibían al acariciarle la espalda de arriba a abajo con delicadeza.
Videl, por su parte, sintiendo aquella muestra de afecto y consuelo, no daba crédito a lo que escuchaba y menos a lo que sucedía. Este no podía ser Shapner, no podía ser él: ¿qué le sucedió a ese Shapner fanfarrón que buscaba incansablemente, llegando incluso al borde de lo insoportable, invitarla a tener una cita con él?
Incrédula, por naturaleza, Videl intentó no dejarse seducir por este Shapner diferente:
– Por favor Shapner, no quiero más de tus trucos y artimañas, por una sola vez en tu vida olvídate de tus tretas, yo no estoy aquí para eso…
– No Videl, esto no es ningún truco ni treta–le aseguró con honestidad, si bien Videl continuaba sin creerle–sé que todo esto te puede parecer apresurado, a mí también me lo parece, pero las cosas suceden cuando tienen que pasar y no cuando lo deseamos…
– Qué curioso, es la tercera vez que alguien me dice eso hoy…
– Sé que tal vez no me lo creas, pero te juro que es la verdad–Shapner, pese a no sentirse listo para hacerlo, no desperdició la oportunidad para demostrarle su cambio–mientras dormía me di cuenta de mis errores, fui muy terco y arrogante, en lugar de acercarte a mí sólo logré que te alejaras…
Y Videl, pestañeando con rapidez al escucharle, se cuestionó irremediablemente:
¿Cómo fue que todo terminó así?
¿Cómo fue que ella terminó abrazada a él sin querer soltarlo?
¿Cómo fue que terminó permitiendo que su amargura se evaporara al escucharlo hablar?
Y Shapner, en su alma, supo que esa Videl que buscaba resguardo en su pecho no era la auténtica. La Videl que recordaba jamás hubiese hecho tal cosa, jamás hubiese llorado como lo ésta lo hacía, jamás hubiese borrado la determinación de su rostro, jamás se hubiese comportado como una chiquilla asustada en medio de un bosque huyendo de siluetas fantasmales.
– Ya me harté, Shapner–sin resistirse más, Videl no se escondió nada–ya me harté de aparentar ser fuerte para los demás, ya me harté de perseguir pistas de una maldita sombra, ya me harté que todos me tengan falsa compasión y lástima… ¡quisiera ser yo otra vez, quisiera serlo pero ya no puedo, ya renuncié a todo!
Ahí estaba, tal y como lo supuso, la verdadera Videl gritaba desde el lugar más recóndito de su espíritu pidiendo ayuda. Ella, atrapada dentro de sí por ese maldito bufón disfrazado, luchaba por romper los barrotes de su prisión. Y si antes parecía imposible que algo los uniera, ahora serían su odio y rencor por el Gran Saiyaman, quienes los unirían como él siempre soñó desde chico.
Sin embargo, en ese instante, Shapner sintió una dualidad, una ambivalencia que se apoderaba de su piel. Aquella piel que por años quiso saber lo que se sentía abrazarla a ella y sólo a ella. Adoraba a la Videl huraña, fría, dura e inalcanzable, pero, al darse cuenta que él se convertía poco a poco en un refugio para ella, Shapner no aceptaba la idea de soltarla para que volviera a alejarse de él.
Esta Videl vulnerable, débil, decaída y derrotaba no era la que lo enamoró; no obstante, le daba la oportunidad de finalmente amarla. De todos los planos existenciales que habían, Shapner se alegraba de estar en uno dónde Videl, pese a sus tormentos, lo veía a él como el único remedio que podía aliviar sus pesares, además, de hacerla olvidarlos.
Y creyendo que tomaba el camino correcto, Shapner, sin saber que sus actos terminarían mal en el futuro, continuó por ese sendero sin mirar atrás:
– No pienses que he olvidado mi promesa, porque no, no la he olvidado–afirmándole rabioso, las palabras de Shapner hicieron eco en la memoria de Videl–cuando salga de aquí lo haré pagar, haré que pague lo que te ha hecho.
– Eso no es posible, sabes que no…
– Claro que sí, claro que es posible, estoy seguro de ello.
– Él es invencible, no hay forma en la que puedas hacerle algo.
– Lo mismo decían de Cell, lo recuerdo–Shapner, tratando de persuadirla, le argumentó confiado–cuando era niño todos decían que Cell era un monstruo imposible de derrotar, el mundo entero pensó que ya no había salvación pero entonces tu padre apareció y lo venció, tu padre hizo posible lo imposible.
– Pero esto es diferente…
– ¡No Videl, no lo es! –Exclamó viendo su reflejo en ese hermosísimo y maravilloso par de ojos azules– ¡es exactamente lo mismo, exactamente lo mismo!
Videl, pestañeando rápidamente, no supo qué decir.
– Cell y el Gran Saiyaman son lo mismo: dos fracasados que se disfrazan y fingen ser todopoderosos pero que en realidad son unos perdedores y charlatanes–proclamó el rubio, creyéndose a sí mismo con tal fuerza que nadie lograría persuadirlo de lo contrario–tu padre derrotó a ese fracasado de Cell, yo haré lo mismo con el Gran Saiyaman.
Videl no era capaz de explicarlo ni tampoco de nombrarlo, pero sabía que algo, algo muy profundo en todo esto, no dejaría de atormentarla convirtiéndose en una astilla en su mente que le advertiría, incesantemente, que las cosas no acabarían de buen modo. Aún así, no creía que su infortunio empeorara más de lo que ya era.
A raíz de sus decisiones llevadas a cabo por la culpa, Videl ya no discernía entre lo correcto y lo incorrecto siendo arrastrada, para bien o para mal, por aquel caudal desbocado e impetuoso que emanaba desde el corazón hambriento de amor de Shapner. Y si bien ni ella misma sabía lo que quería o lo que necesitaba, simplemente se dejó llevar por la corriente sin atreverse a nadar.
– Aunque lograras quitarle la máscara, nada volverá a hacer como era antes–rompió su silencio haciéndolo dibujar una expresión interrogante–ya te lo dije, renuncié a todo.
– ¿De qué hablas?
– Renuncié Shapner, renuncié a todo mi pasado, borré de mi vida aquellas cosas que me recordaban lo que más amaba–apartándolo un poco de ella, Videl le acotó aún sin saber cómo será su nueva existencia a partir de hoy–le devolví mi viejo reloj a la policía, se los regresé, ya no me necesitaban ni Ciudad Satán tampoco.
– No puedo creer que hayas hecho algo así.
– Pues créelo, lo hice y no me arrepiento.
Ella se disipaba, su amada Videl se disipaba ante él sin que pudiera evitarlo. Shapner podía ver como aquella Videl de piedra se marchaba, dejándolo solamente con sus miles de recuerdos sobre ella. Y ante tal escenario, nuevamente las contradicciones lo paralizaban. Se lo había repetido a sí mismo muchas veces: lucharía por rescatarla, por hacerla volver, por restaurarla por completo.
Pero, aquella vulnerabilidad que veía en ella, le provocaba ese anhelo de nunca soltarla cuidándola y arropándola con sus brazos. Él la amaba, la amaba tanto que le dolía hacerlo. Luego de millones de rechazos y de intentos fallidos, Shapner fue incapaz de resistirse a la tentación de proteger a esta Videl desdichada y quebradiza.
– Todo estará bien Videl, todo estará bien–susurrándole, el joven rubio alzó su mano izquierda acariciándole el rostro con sus nudillos–las cosas se arreglarán, ya lo verás, sólo necesitas alejarte de la rutina por algún tiempo, olvídate del Gran Saiyaman y cuando menos lo esperes serás tú de nuevo…
– No creo que eso sea posible, no puedo ser como antes otra vez…
– Lo serás, yo sé que sí, yo sé que sí.
¿Desde cuándo Shapner se había vuelto tan comprensivo y empático?
Tales cosas, a pesar de parecerles sospechosas, eran en demasía atrayentes y difíciles de ignorar. Asimismo, la negación seguía persistiendo en Videl, quien, diciéndose no una y otra vez, se esforzaba por mentalizarse que no debía retornar. Ya que, de hacerlo, tendría que enfrentar al hombre que se transformaba en el epicentro de sus maldiciones y blasfemias: el Gran Saiyaman.
Moviendo sus ojos con lentitud, Videl miraba a Shapner con temor, pero no porque se sintiera intimidada como si fuera una damisela en apuros. No. Le veía de tal forma debido a que éste empezaba a convencerla de que sus sentimientos eran ciertos. Amor, oyó tantas veces a Ireza hablar de eso sin prestarle interés, aún así, ahora mismo, le atemorizaba conocerlo en persona.
Sintiéndose incómoda por las miradas de él, Videl se armó de valor para ir rompiendo suavemente el abrazo, a su vez, que preparaba la excusa de que la visita pronto terminaría para poder retirarse de ahí. Aquel había sido un día lleno de sorpresas duras de digerir, y la conducta de Shapner, por encima de su encuentro con el Gran Saiyaman, se llevaba el primer puesto.
– Shapner, ya debo irme…
– Videl, pero si…
– Me alegra tanto verte consciente y a salvo, los últimos días han sido los más horrendos de mi vida–Videl, hablándole en voz baja y con un tono vacilante, iba poco a poco despidiéndose de él–te agradezco tus buenos deseos, los aprecio muchísimo pero necesito tiempo para pensar. Tiré a la basura todo mi pasado, ya no tengo un sitio al cual volver, tengo que meditar qué es lo que quiero hacer conmigo misma…
– Yo entiendo, pero no quisiera que te fueras tan pronto–Shapner, sujetándola de una de sus muñecas, se aferraba a ella como si fuera una cuerda de salvamento–no digo esto para sonar cursi ni desesperado, pero desde que nos vimos por última vez el sábado anterior siento que han pasado mil años…
– Shapner…
– Te conozco Videl, te conozco muy bien–le aseguró con firmeza–sé que estás pensando que todo lo que he dicho es sólo habladuría y fanfarronería, pero no es así, no lo es…
– Shapner, ahora no es momento para esto…
– ¡Sí lo es Videl, sí lo es! –exclamó Shapner, dejándola pasmada–tú no lo entiendes pero para mí esta es mi oportunidad, te he dicho cientos de veces que estoy enamorado de ti pero mis palabras no te convencen, entonces, te pido por favor que me permitas demostrarte, no con palabras, que de verdad te amo–le imploró comprendiendo que ya no habría marcha atrás–por favor Videl, déjame demostrarte que te amo…
– Shapner…
– Que hayas venido a visitarme sin que yo me lo esperara fue una sorpresa maravillosa, apareciste caída del cielo–sin soltarla, Shapner fue subiendo su mano por el brazo de Videl llegando a su codo escalando hasta su hombro, y afianzándose en su espalda, el rubio volvió a cerrar la brecha entre los dos sin que ella se resistiera–déjame mostrarte cuánto te amo, y si al hacerlo sigues sin creerme, no volveré a insistirte más, lo juro…
Videl no supo cómo reaccionar, sencillamente se quedó petrificada mientras él tomaba confianza y se inclinaba hacia ella con cautela. Este Shapner osado, audaz y determinado seguía sin dejar de asombrarla. Definitivamente, estar enamorado, era una fuerza que tenía la capacidad de llenar de nobleza y sinceridad hasta al más charlatán de los engreídos. Sacando a relucir lo mejor de ellos.
Shapner, desde su infancia, imaginó tantas veces lo que debía sentirse lograr robarle un beso a Videl. Al ser un chiquillo dando sus primeros pasos en la adolescencia, Shapner poseía una imaginación efervescente y vivaz que lo dotó de fantasías con un realismo increíble. Fantasías que alimentaron por años sus esfuerzos por volverlas realidad, fantasías que se materializaron al fin.
Húmedo, cálido, suave y delicioso. Esa fue la descripción que Shapner apenas pudo pensar al acariciarla con sus propios labios, haciéndola cerrar sus párpados al desvanecer de su nublada mente cualquier intento por alejarlo de ella. Videl, recibiendo por primera vez una demostración de afecto tan explícita, no tuvo la facultad de resistirse embriagándose por ésta deseando más.
Y si el comienzo les pareció glorioso, al profundizarse, al abrirse las bocas para que las lenguas se rozaran con timidez, aquel momento se tornó demencial. Desatando, brevemente, a la Videl que yacía enjaulada dejándola exhibir aquella fiereza y coraje que por tantísimo tiempo la caracterizó. Shapner, sintiendo como ella tomaba el control absoluto de la situación, gustoso se dejó dominar.
Fue maravilloso, ella le robaba la energía y la vida misma con sus besos sin que él tuviera el más mínimo impulso por frenarla. Esta era la Videl que añoraba y adoraba como si fuera una diosa. La amaría desde la punta de sus pies hasta el último de sus cabellos, la amaría hasta que ella le arrebatara el alma y el espíritu mandándolo al otro mundo. La amaría hasta la locura.
Y Videl, entretanto, veía en él la única salida para olvidarse del Gran Saiyaman. Con el ir y venir de ese duelo amatorio, lo desterraba de sus pensamientos y recuerdos. Por unos mágicos segundos, ese payaso se evaporó de su mundo. Videl no sabía cómo pero no le interesaba averiguarlo, sólo quería que ese instante no se terminara nunca para no recordar al superhéroe jamás.
No obstante, aquella apoteósica liberación de emociones reprimidas se consumó, obligándolos a separarse jadeando y suspirando hambrientos de aire. Shapner, sin aliento, con el corazón a punto de explotarle en el pecho, con sus pulmones al borde del colapso y con su juicio perdiendo su lógica, la apretó contra su ser sabiendo que ella le creía. Ella sabía que él le decía la verdad.
– Me crees, ahora me crees Videl, lo sé, sé que ahora me crees…
– Tengo que irme, tengo que irme–la más ínfima parte de cordura de Videl la empujaba a irse, pero esta vez la victoria fue para la insensatez provocando que ella no se moviera de allí.
– Quiero escucharte Videl, quiero escucharte decir que me crees–Shapner, presionando su frente en la de ella, le hablaba acariciando la cumbre de su nariz con la suya–dime que me crees, quiero que me lo digas Videl, dímelo porque ya no aguanto más…
– Te creo, te creo–habiéndose reducido su vocabulario a puramente dos palabras, Videl a duras penas consiguió pronunciarlas–te creo, te creo…
¿Acaso estaba alucinando de nuevo?
¿Acaso aún seguía sin despertar y esta prodigiosa visión era un sueño más?
No.
Aquello era real.
Cada fibra en el cuerpo de Shapner lo sabía, aquello era real. El muro que Videl edificó hacía mucho atrás se desplomó, los fríos ladrillos del rechazo se agrietaron volviéndose polvo al derrumbarse uno sobre el otro. Esta era una contundente victoria para la sinceridad. Donde la fanfarronería y la presunción fracasaron, la honestidad dicha sin artimañas triunfó.
Sin duda, para tanto él como para ella, fue una experiencia sanadora y quimérica. Tan así, que la propia Videl, todavía no salía completamente de aquel estado de placidez que suprimió, temporalmente de su cabeza, al enmascarado que la empujó al borde del abismo. Esforzándose por reaccionar, Videl se puso de pie notoriamente ansiosa por irse pero también por quedarse.
– Sé que quieres irte, no te detendré–Shapner, adivinando sus pensamientos, rompió esa burbuja de hermetismo que los encerró súbitamente luego de besarse–no sé exactamente cuánto tiempo más tendré que permanecer aquí, pero confío en regresar muy pronto a la escuela…
– Te recuperarás en poco tiempo, ya lo verás…–le replicó nerviosa, como pocas veces Shapner la ha visto así–ahora debo…debo irme.
– Gracias por la visita, Videl–despidiéndose, Shapner le ofreció una gigantesca sonrisa cargada de una absoluta adoración–esto es tan sólo el comienzo, no lo olvides…
– Nos vemos…
No resistiendo la tentación de hacerlo, Shapner la sujetó otra vez de su mano jalándola hacia él obsequiándole un beso menos pasional y más casto. Aquello acrecentó la perplejidad de Videl, quien, carente de reacción, no movió ni un dedo por apartarlo de ella. Al ser liberada por Shapner, Videl caminó deprisa hacia la puerta actuando como un ladronzuelo huyendo de la policía.
Empero, al sujetar el pomo de la cerradura, la voz de Shapner congeló a la otrora justiciera haciéndola voltearse levemente:
– Videl…
– ¿Sí?
– Te amo…
Era muy precipitado aún para responderle de la manera que él esperaba, primeramente tendría que pensar por qué demonios él anuló su razón con simplemente besarla. Y más atemorizante para Videl, debía debatirse consigo misma si deseaba volver a ser anestesiada por aquella atracción que Shapner tejía entre ambos.
Tragando saliva y apurada por marcharse, Videl sólo pronunció un par de sílabas:
– Lo sé…
Dicho eso ella se fue, dejándolo en su cama sumergido en un silencio que contrastaba con el júbilo que se adueñaba de sus entrañas, llevándolo al extremo de casi explotar de felicidad. Él lo intuía, ella le correspondería y lo aceptaría, ya no más decepciones. Más apasionado que nunca, Shapner confiaba que esta sería la semilla de aquel romance que en demasía anhelaba tener con Videl.
Y mientras él sonreía esperanzado, ella, sin que Shapner lo imaginara, volaba de camino a casa reviviendo el beso que compartieron.
Parado frente la tranquila corriente de un arroyo, Gohan veía su propio reflejo sin recordar cuándo fue la última vez que entrenó con verdaderos deseos de hacerlo. Combatir, a diferencia de su padre, nunca fue una adicción que se apoderara de sus pensamientos sin ser capaz de pensar en algo más. Sin embargo, Gohan no negaba que pelear era una forma inigualable de liberar tensión.
Ya llevaba varios minutos allí de pie, mirándose en la cristalina superficie del río buscando una respuesta que no estaba allí. Sentía rabia con él mismo por prácticamente todo: por haberle mentido a su madre al contestarle que nada le pasaba al verlo volver de la escuela, por decirle que no a Goten al rechazar que éste le ayudara a entrenar, y por supuesto, por lo sucedido con Videl.
La mayoría de los jóvenes están acostumbrados a proyectar su culpa en los demás; sin embargo, Gohan era completamente lo opuesto. Gohan era como una esponja, absorbiendo y achacándose la responsabilidad de calamidades y sucesos en los que poco o nada tenía que ver. Y en situaciones así, el razonamiento y la lógica, se volvían inútiles ante el impulso de gritar y luchar.
Desviando su mirada a un costado, pero manteniéndola en el agua del riachuelo, Gohan observó como la silueta de un individuo muy conocido por él se le acercaba por detrás. Éste se encontraba allí y a la vez no, y si bien su presencia era más ilusoria que sólida, el joven pelinegro le veía con un rencor y enojo que hacía muchos años atrás no le profesaba a nadie.
– Eres culpable por todo esto, pero yo soy más culpable aún por haberte creado–Gohan, hablándole a su acompañante, le habló como si éste realmente estuviera ahí junto a él–así no era como se suponían que debían ser las cosas, no se suponía que fueran así…
Estoico, mudo y falto de vida propia, el Gran Saiyaman únicamente se mantenía inmóvil en su sitio.
– Silencio y más silencio, esa es la única respuesta que puedes dar–sin dejar de confrontarlo, Gohan continuaba dándole la espalda a su álter ego justiciero–para ti es simple no decir nada, para ti evadir los problemas que provocas es tan fácil como esquivar un golpe, pero soy yo el que no puede eludirlos, soy yo el que recibe todo el daño…
Finalmente, girándose sobre sus talones, Gohan encaró a su homónimo expulsando poco a poco su creciente frustración:
– Videl te odia y te desprecia con todas sus fuerzas, y sabes qué, no la culpo–Gohan, apretando los puños, dio un paso al frente mientras el Gran Saiyaman permanecía petrificado en su lugar–pero al pensarlo con más frialdad, es obvio que Videl no odia la imagen que representas, no, ella odia al pobre diablo que se esconde debajo de tu traje y ese pobre diablo, soy yo…
Creando un aura blanquecina a su alrededor, Gohan le declaró la guerra a un inexpresivo Gran Saiyaman que no se inmutaba ni por sus palabras ni acciones.
– Tal vez esto no resuelva absolutamente nada, pero al menos te quitaré esa maldita calma de tu rostro…
Saltando hacia él, Gohan lo golpeó directo al rostro con un explosivo puñetazo que mandó a volar al Gran Saiyaman. Persiguiéndolo, sin quitarle los ojos de encima, Gohan volaba velozmente deseoso de intensificar sus ataques destruyendo, metafóricamente, esa parte de su ser que se iba ganando su más profundo odio. Y precisamente, al verlo flotando en el aire, Gohan voló directo hacia él.
Dándole un demoledor derechazo al vientre, Gohan castigó por segunda vez al superhéroe quien continuaba sin reaccionar ni defenderse. No importándole ese detalle, Gohan lo cubrió con una lluvia de puñetazos inyectándole más fuerza a sus ataques a medida que seguía combatiéndolo. Era tal su ansiedad por destruirlo, que poco le importó que su rival se tratara de una ilusión.
Creando una esfera de energía, Gohan se la disparó a quemarropa generando una estruendosa detonación que sacudió, violentamente, los miles de árboles de la montaña Paoz debajo de él. No obstante, al disiparse el humo gracias al viento, el Gran Saiyaman permanecía ahí sin mostrar el más insignificante daño o rasguño. Por el contrario, se veía en perfectas condiciones.
– ¿Crees que eso es todo lo que puedo hacer, verdad? –Iracundo, Gohan le preguntó a un silente héroe cuya actitud calmada sacaba de quicio al semisaiyajin– ¡pues estás muy equivocado, aún no has visto nada!
Gritando hasta casi destrozarse la garganta, Gohan aumentó todavía más su ki llegando a transformarse en súper saiyajin frente a un Gran Saiyaman que no se impresionó. Olvidándose de su humanidad, el chico permitió que su yo más salvaje y visceral tomara las riendas de la confrontación. Lo cual, como efecto colateral, le trajo recuerdos recientes y nada gratos:
– Videl, yo soy…
– ¡Cállate, cállate, cállate! –Escuchar el repudio y desprecio que ella le tenía, lo congeló instantáneamente, ocasionando que volviera a señalarse como el único culpable de todo– ¡no quiero saber quién eres, no quiero saberlo, no quiero saberlo jamás!
– Pero Videl…
– Entiéndelo de una maldita vez: que parecieras sólo me ha causado tormentos y ya no lo soporto–y esa frase, viniendo de Videl, fue como una daga que terminó por destrozarlo por dentro dejándolo muerto en vida–no vuelvas a acercarte a mí nunca más, aléjate de mí, desaparece de mi vista, déjame sola, déjame sola, déjame sola…
– Videl…
– ¡Déjame sola!
Y con ese grito de Videl taladrándole la cabeza, Gohan se catapultó hacia quien en un principio era su mejor aliado pero acabó convirtiéndose en su peor enemigo. Conectándolo en una mejilla, Gohan sabía que cualquier otro sujeto hubiese quedado decapitado ante la brutalidad de su acometida. Aún así, el Gran Saiyaman lo miró ofreciéndole una burlona media sonrisa.
Tomándolo por sorpresa, y luego de una eternidad, el Gran Saiyaman comenzaba a moverse respondiendo a los actos de un Gohan que no veía enfriado su rabia. No queriendo darle la oportunidad de hacer nada, Gohan se preparó para embestirlo con un puntapié al mentón. Aunque, justo cuando debería haberlo impactado, el superhéroe se evaporó sin dejar rastro.
– ¡Maldito cobarde! –Gohan lo insultó al vociferar, mientras lo buscaba de un lado a otro– ¡esa es tu solución para todos los problemas que provocas: escapar!... ¡eres un asqueroso cobarde y un…!
Interrumpiéndolo y reapareciendo detrás de él, el Gran Saiyaman lo pateó en su espalda enviándolo de regreso a tierra haciendo que Gohan dibujara un pronunciado agujero al chocar. Pese a su efectivo movimiento, el enmascarado no aminoró su contrataque y en cambio, lo intensificó al emprender el vuelo en persecución de Gohan.
Gohan, incautamente, se levantaba del suelo girando en el instante propicio para que el Gran Saiyaman enterrara uno de sus pies en su rostro. Encontrándose ahí, cara a cara, ambos iniciaron un ir y venir de golpes cuya velocidad fue dejando rezagado a Gohan. Quien, a duras penas, conseguía protegerse al bloquear las arremetidas de su contrincante con sus antebrazos.
Si bien, el Gran Saiyaman gozaba de unos segundos de superioridad sobre su creador, Gohan logró inmovilizarlo al sujetarlo de sus muñecas frenando su punzante contraofensiva. Sosteniéndolo en esa posición, Gohan lo haló hacía sí mismo castigándolo con un rodillazo al vientre. Sacando ventaja de la postura reclinada del héroe, Gohan le dio un codazo en la nuca que lo tiró al piso.
Escupiendo una pizca de sangre a un costado, el hermano de Goten se agachó sujetando al Gran Saiyaman por una de sus botas. Y como si fuera tan ligero como una pluma, lo levantó solamente para azotarlo contra la rocosa superficie terrestre. No quedando satisfecho con torturarlo sólo una vez, Gohan volvió a hacerlo una segunda vez y una tercera y una cuarta y una quinta.
Deteniéndose, momentáneamente, Gohan respiró agitado sin liberar a su adversario quien yacía sepultado por cientos de pesadas rocas. Verlo ahí, tirado y aparentemente vencido, no le era suficiente. Quería más, quería destrozarlo, romperle todos los huesos, escuchar como sus músculos se desgarraban dejándolo irreconocible.
Quería arrancarlo de su piel.
Quería borrarlo del mapa.
Quería exterminarlo.
Y por primera vez desde hacía siete años, Gohan sintió como corría por sus venas aquel instinto sanguinario y despiadado que caracterizada a los guerreros de su raza. Poseído por su ser más barbárico, Gohan delineó un semblante que haría sentir orgulloso al mismísimo Vegeta. Con ese fuego irracional quemándolo por dentro, lo hizo girar dando mil vueltas cada vez más rápido.
– ¡Ahhhhhhhh!
Teniendo el suficiente impulso, Gohan lo soltó disparándolo contra una gruesa pared de piedra que se desintegró al recibir al indefenso superhéroe. Quieto, sin bajar la guardia, Gohan esperaba por la más ínfima señal de que su álter ego reaccionaba para reiniciar la pelea. Y efectivamente así fue, menos de un parpadeo después de ser azotado, el héroe resurgió de entre los escombros.
– No es posible, mis ataques no lo lastiman–susurrándose, Gohan vio como el Gran Saiyaman caminaba con lentitud hacia él totalmente ileso– ¿por qué no puedo matarlo, por qué no puedo, por qué?
A pesar de ser más que obvio, Gohan no era capaz de darse cuenta que su némesis se trataba de una proyección mental. Por más que utilizara sus poderes al máximo, nada que él hiciera logrará derrotar al Gran Saiyaman. Éste siempre se levantará, lo hará cuántas veces sea necesario, o al menos, hasta que el furioso adolescente se percate de la verdad que su propia ira le impide ver.
Gohan, quedándose callado sin emitir ni un ruido, vio como el Gran Saiyaman se detenía frente a él encarándolo con mutismo e indiferencia. Y teniéndolo justo ahí, delante de él, Gohan agachó el rostro entrando en una desesperación que lo encaminó a una serie de fugaces debates internos. Debates que, irremediablemente, le hicieron repasar cada decisión y acción que tomó desde que lo creó.
Él fue su protector al cuidar su verdadera identidad.
Él se convirtió en un guardián para los indefensos.
Él fue la razón de que Videl lo mirase con sospecha.
Él se volvió el receptáculo del rencor de Videl y Shapner.
Y al ver lo bueno y malo de su otro yo, Gohan levantó la vista mirándolo al punto de aceptar que, al ser él parte de él mismo, no era posible destruirlo. Tal vez, el Gran Saiyaman era un mal necesario. Tal vez, el Gran Saiyaman era su castigo por no haber eliminado a Cell llegado el momento. Tal vez, así debían ser las cosas. Le gusten o no.
– ¡No! –Negándose a admitir tales hechos, Gohan elevó su ki dejándose sucumbir nuevamente en la naturaleza salvaje propia de los saiyajin– ¡no acepto que las cosas sean así, no acepto que sólo sea yo el que cargue con toda la culpa, no lo acepto, no lo acepto, no lo acepto!
Propulsándose, imparable e incontrolable, Gohan arremetió contra el Gran Saiyaman golpeándolo con un demoledor derechazo que, finalmente, logró hacerle daño al superhéroe al destrozarle en mil fragmentos su icónico y ridículo casco anaranjado. Estrellándose ruidosamente, el paladín de la justicia permanecía tendido e inmóvil. Aún así, sin tenerle la más mínima piedad, Gohan lo remató.
Colocándose por arriba de éste, Gohan lo acribilló con una ráfaga interminable de puñetazos que detonaban en el rostro del héroe. A Gohan, verse a sí mismo en el Gran Saiyaman, no lo incitó a detenerse. Por el contrario, lo indujo a que siguiera pegándole más y más, esperanzado que con eso lograse apaciguar el remordimiento que sentía por no haber protegido a Shapner y Videl.
Al cabo de unos minutos, y con su contrincante diezmado, Gohan cayó arrodillado cerca de éste respirando agitadamente y bañado en sudor. Todo parecía indicar que lo había conseguido, esa liberación de furia expulsó de sus adentros aquella rabia sobrehumana que ya le era imposible contener. No obstante, aquello no fue una solución, meramente fue un placebo.
Recuperando su capacidad de razonamiento, Gohan se volteó dándose cuenta de la magnitud de los destrozos que produjo en el espeso bosque circundante a su hogar. Árboles derribados, cráteres por doquier, muchísimas columnas de humo oscureciendo el cielo, y más importante aún, él se hallaba totalmente solo siendo la única persona en varios kilómetros a la redonda.
– Me siento tan estúpido…
Por ahora no podía hacer nada, podría pelear durante horas con cualquier enemigo ilusorio pero eso no resolvería sus problemas. Levantándose, mirando el paisaje chamuscado y destruido, Gohan prefirió caminar de regreso a casa sin importarle que se encontrara muy lejos de ella, entretanto, muy lentamente, el sol se ocultaba en el horizonte detrás de él.
Le prometió a Videl que el Gran Saiyaman se alejaría de ella, que nunca más volvería a convertirse en un motivo de incomodidad ni desagrado para ella. Y Gohan, pese a sus defectos, poseía la virtud de cumplir lo que se proponía, y él cumpliría con su palabra. Videl no tendría que volver a preocuparse o inquietarse por el superhéroe, Gohan se encargaría personalmente de ello.
Es el héroe de muchos.
Es un villano para dos personas.
Y para él mismo, era su peor tormento.
Como ya era su costumbre, cuando deseaba soledad y silencio, Videl se encerraba en su habitación tirándose en la cama mirando el techo sin decir ni una palabra. Con un padre ausente, situación que se volvía usual, Videl buscaba refugio en las artes marciales entrenando por horas, consiguiendo así, disipar su mente dejándola sin pensamientos.
Sin embargo, al renunciar a todo aquello, Videl se halló sola y desamparada. Sintiéndose completamente perdida y extraviada, sin saber cómo afrontar aquella confusión mental que le retorcía sus sentires haciéndolos indescifrables para ella, giró sobre su costado observando la ventana abierta que se situaba delante de ella.
Comprender la gama de sentimientos que gritaban exigiendo su atención, pese a sonar risible, era algo completamente nuevo para Videl. Habiéndose encerrado por años en su armadura de frialdad, tener conflictos sentimentales no era algo que enfrentara con normalidad. Por ello, luchando contra la tentación de llamarla por teléfono, Videl quería el consejo de su amiga Ireza.
La rubia, si bien no conocía la discreción ni la moderación, era la indicada para escucharla sabiendo casi de inmediato lo que debía y no hacer. Se sentía tan tonta, ya podía imaginar las preguntas entrometidas y pasadas de tono que Ireza le haría al contarle sobre el beso. Y al recordarlo, al revivirlo por un santiamén, Videl maldijo golpeando los cojines cerca de ella.
– Me voy a arrepentir de esto–estirando su brazo para tomar su móvil, Videl lo apretó con sus dedos al sostenerlo aún no muy convencida de llamarla–si le hablo de esto no dejará de recordármelo por años…
Marcando con pausa el número telefónico de Ireza, Videl recordó que la última vez que la telefoneó fue precisamente luego del incidente en la discoteca. Lastimosamente, para su aflicción, el más tenue recuerdo o suceso del pasado que involucrara al rubio, traía instantáneamente a su memoria ese vehemente roce de labios que ella y Shapner compartieron entre sí al reencontrarse.
– ¡Estúpido Shapner! –padeciendo, otra vez, de una repentina explosión de enojo, Videl se olvidó de la llamada telefónica que pretendía hacer–es un grandísimo idiota, siempre burlándose de mí sin importarle todo lo que ha pasado.
Aún así, una voz interna le respondió con un contundente: no. Esta vez, Shapner ni mentía ni fanfarroneaba. Y ella, al dejarse embriagar por aquella ansiada demostración de afecto por parte de él, no fue capaz de encontrar alguna excusa o pretexto con el cual le restara importancia a lo ocurrido. Quiera admitirlo o no, eso sucedió.
No queriendo, por el momento, verse sumida en un intenso interrogatorio de Ireza, Videl desistió de contactarla al tirar por arriba de su hombro su celular. Sentándose, miró hacia la ventanilla ante ella, viendo como el anochecer hacía acto de presencia adueñándose del cielo al cubrirlo con su oscuridad. Y manteniendo su contemplación en el paisaje nocturno, sintió una corazonada.
Lo intuía, lo veía a futuro, algo se lo decía en su interior: se arrepentiría, lamentaría con toda su alma haberse dejado arrastrar por el embriagante brebaje que Shapner representaba. Se volvería adicta a ese efecto somnífero que él producía, aquel sedante que callaba los gritos de su culpa, y también, que sanaba las heridas que el Gran Saiyaman hizo en ella al mostrarle su superioridad.
Llenándose de arrogancia, aquella arrogancia que Shapner tantas veces lució, Videl se jactó internamente de tener el control total de su vida. Haría con ella lo que quisiese, aún sabiendo que la más mínima acción conllevaría una reacción. A pesar de eso, Videl omitió las advertencias que su instinto y juicio le daban. Ya estaba harta de ser la imagen perfecta de la rectitud.
No permitiría que las eventuales consecuencias la doblegaran, quería ser libre, y si para hacerlo debía equivocarse, lo hará. Asimismo, si Shapner era el único atajo disponible, la única salida fácil y rápida para eludir las decepciones del ayer, ciegamente caminará sin cuestionar por cualquier sendero o senda que el rubio le señale.
Si haber hecho lo correcto le trajo desgracias, entonces gozaría de hacer lo incorrecto.
Fin Capítulo Seis
Hola, muchas gracias por haber leído este capítulo. Les confieso que resultó muy difícil imaginarme a Videl sintiéndose atraída por otro que no sea Gohan, sonará tonto, pero personalmente me es imposible imaginarla junto a alguien más. Pero para esto es precisamente este fic, para experimentar, para hacer suposiciones y ver cuáles serían los resultados y secuelas.
Busco alejarme un poco de los fics donde todo es color de rosa, y como dije al principio, ver a Videl con otro que no sea Gohan me provoca, literalmente, una úlcera en mis entrañas pero esto es un argumento que utilizo para darle drama a la historia. También, deseo ver qué piensa y siente Gohan al ver la cercanía entre Videl y Shapner, porque tarde o temprano, él deberá reaccionar.
Asimismo, siempre vi en Videl una determinación de roca, ella siempre lucha por obtener lo que desea. En la serie, utilizó hasta la última gota de su astucia para desenmascarar a Gohan descubriendo no sólo la verdad del Gran Saiyaman, sino también, los demás secretos de Gohan como los verdaderos sucesos dados en el torneo de Cell.
Aquí planteo la posibilidad de qué pasaría si Videl, al sentirse inútil comparada con el Gran Saiyaman, renunciara a sus deseos de descubrir las verdades que ella sabe que están a su alcance. Hasta los individuos más nobles caen, todos, sin excepción alguna. Pero, es más vistoso aún, ver cómo éstos se levantan para enfrentar a los fantasmas que intentaron aplacar con evasivas.
Como último comentario personal, les cuento que normalmente no escucho música mientras escribo, pero cuando lo hago me gusta oír melodías de bandas sonoras de películas. Y para este capítulo lo hice, escribía oyendo una canción en particular. Si desean escuchar la canción de la que les hablo, búsquenla en You Tube con este nombre: Oblivion - Fearful Odds.
Y para concluir por hoy, les doy mi gratitud a Vanessa neko chan, Risu-chan, Brithany-san, HnW, Cecick C Iugetsoiru, Majo24, Ferunando y a Linkyiwakura por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
