Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 7
La vista, a través de las ventanillas, se veía maravillosamente familiar. Todos y cada uno de los detalles, desde el más pequeño hasta más notorio, le pareció hermoso y reconfortante. Los letreros en las esquinas de las calles, las fachadas de los edificios, y por supuesto, su propio rostro adornando la entrada de la ciudad. En fin, aquello le confirmó lo que más quería: estaba en casa.
Habiendo estado fuera de Ciudad Satán por varias semanas, Mr. Satán se reclinó en su asiento completamente satisfecho de estar de vuelta en donde pertenece. No iba a negarlo, salir de gira para promover su imagen y el torneo de las artes marciales le dejaba jugosos dividendos monetarios. Gracias a eso, era que su reputación y finanzas se habían mantenido a flote.
Sin embargo, ya entrando poco a poco en edad, el glamoroso campeón no escondía que se cansaba más que en el pasado. Cada convención y viaje que realizaba demandaba más de él, llevándolo, en ocasiones, a un severo cansancio que lo diezmaba queriendo descansar por horas. Aunque, claramente, tal cosa lo ocultaba del público temiendo que su renombre se manchara.
– Llegaremos en pocos minutos, Mr. Satán.
– Gracias, estoy deseando llegar a casa y descansar un poco–respondiéndole a su chofer, Mr. Satán se encontraba disfrutando de los instantes previos a su arribo.
En efecto, tal y como se lo dijo su conductor, al doblar a la derecha en una intersección se observaba a unos metros de distancia su opulenta morada. Accionándose automáticamente, las puertas se abrieron concediéndole el paso a la lujosa limusina que se detuvo ante el pórtico de la mansión. En donde, enfilados como soldados de plomo, le esperaba un batallón de sirvientes.
Precisamente, dichos sirvientes, al verlo a salir de su vehículo, empezaron a recoger el equipaje del maletero mientras Mr. Satán se adentraba en su hogar. A diferencia del resto de sus maletas, él custodiaba celosamente la pequeña valija que contenía su cinturón del campeonato mundial. Ya teniéndolo en su poder por varios años, a Mr. Satán se le hacía inconcebible la idea de perderlo.
Por ello, pese a su agotamiento físico, defendería su título en la próxima competencia a realizarse en unos meses. Asimismo, él tenía la confianza que su aguerrida hija alcanzase un puesto destacado al competir. Ella, en el futuro inmediato, debía convertirse en su sucesora. Nadie, absolutamente nadie, podía tan siquiera pensar en sustituirlo. Ese honor, sólo sería de Videl.
– ¡Sashimi! –Llamando a su mayordomo, el campeón alzó la voz– ¡Sashimi!
– Sí, Mr. Satán–el aludido, apareciendo a su lado, respondió al llamado.
– ¿Videl está en casa?
– No Mr. Satán, ella salió a la escuela hace ya varias horas.
– Es cierto, había olvidado que a esta hora está en la escuela–dándole un vistazo al decorado de la estancia, Mr. Satán se dejó llevar por la normalidad que observaba creyendo que todo era como de costumbre–Sashimi, por favor, avísame cuando Videl llegue de la escuela, quiero hablar con ella sobre el siguiente torneo de artes marciales.
– Sí señor, le informaré de inmediato cuando la señorita Videl esté de regreso.
– Gracias Sashimi, tengo pensado que Videl participe en el torneo–le comentó explicándole sus deseos–aún no está lista para ser la sucesora de mi título de campeón, pero confío que consiga uno de los primeros lugares en el torneo.
Sashimi, notando las miradas y gestos que los demás lacayos le hacían, vaciló levemente. No obstante, al saber que aquello era un tema sumamente serio, Sashimi se armó de valor para comentarle a Mr. Satán el abrupto cambio de conducta que Videl venía padeciendo desde hace dos semanas. Dos semanas que, gracias a los gritos y al aislamiento de Videl, jamás olvidarán.
– Señor, Mr. Satán–articulando con cautela, el veterano mayordomo se le aproximó captando su atención–sé que desea descansar luego de tanto tiempo fuera de casa, pero le solicito que por favor escuche lo que tengo que decirle. Me temo que es muy grave y tiene que ver con la señorita Videl.
– ¿Algo grave y relacionado con Videl? –indagó frunciendo el ceño y deseoso de respuestas.
– Sí Mr. Satán, lamento decirle que sí.
Entretanto Mr. Satán se ponía al tanto de la situación, los restantes residentes de Ciudad Satán, específicamente, los compañeros de salón de Videl, aún no terminaban de adaptarse al nuevo estilo de vida que la pelinegra luchaba por integrar a su rutina diaria. Y ahora mismo, ella, sentada en su butaca, se esforzaba por mantener la calma sabiendo que su padre regresaría el día de hoy.
Al enterarse de su inminente retorno, Videl comprendía que las noticias sobre su renuncia a su legado heroico llegarían a los oídos de su progenitor en cuestión de segundos. Por ende, al levantarse de la cama, se esmeró vehementemente en olvidarse de eso. Se esforzó por sacarlo de sus pensamientos, aún así, para su desdicha, sus esfuerzos resultaron infructuosos en su totalidad.
Tarde o temprano, tendría que escuchar lo que sea que su papá quisiera decirle al respecto.
Haciendo un desesperado intento más, Videl se vio ante la encrucijada de tener que elegir entre tres opciones: pensar en el Gran Saiyaman, afrontar a su padre o anestesiarse al recordar a Shapner. Y con el mero hecho de revivir aquel húmedo, fuerte y desenfrenado choque de labios, Videl cerró sus ojos entreabriendo la boca al ser incapaz de no evocar ese beso que la adormeció.
– Videl…
– ¿Sí?
– Te amo…
Aunado a eso, la mente de Videl, al ser enceguecida por aquella explícita acaricia de Shapner, trajo desde el rincón más profundo de su memoria las palabras finales que él le dedicó antes de despedirse. Y en consecuencia, casi como un efecto colateral, Videl rememoró su contestación para él:
– Lo sé…
Lo sabía, por supuesto que lo sabía. Él se lo había dicho tantas veces antes pero, hasta ahora, lo tomaba con seriedad. Teniendo esa idea rondándole la cabeza, repitiéndose una y otra y otra vez sin parar, Videl se arrodilló ante ella aceptando aquello que por años se negó a recibir: recibiría con los brazos abiertos cualquier cosa que Shapner quisiera darle.
Aún así, en lo más recóndito de su ser, una parte de ella seguía sin querer cerca al rubio. Empero, tal y como se lo dijo a ella misma días atrás, ya estaba harta de hacer lo correcto, por ello, si Shapner representaba un error, entonces lo cometería. Lo usaría, sonaba cruel y vil, pero eso haría. Utilizaría a Shapner como una válvula de escape, un desahogo para su frustración.
– Es todo por la clase de hoy, pueden salir al receso–su maestro de matemáticas, habiendo escuchado el sonido de la campana que anunciaba el fin de su lección, se despidió de ellos al recoger sus libros–no olviden estudiar y practicar mucho, en una semana tendremos examen y no quiero ver a nadie reprobar.
– Gohan–Ireza, oyendo la advertencia del docente, giró hacia el pelinegro sentado a su izquierda– ¿crees que podrías ayudarme a estudiar para el examen?
– Sí, claro Ireza, con gusto.
– Muchas gracias Gohan, siempre me va pésimo en matemáticas–volteándose para mirar a Videl, quien seguía en silencio, la rubia inmediatamente la incluyó en sus planes–de hecho, sería buena idea que estudiáramos los tres juntos.
– Pues por mí no hay problema–Gohan, no teniendo objeción alguna, aceptó la propuesta de la chica.
– ¿Qué dices, Videl? –Ireza, preguntándole a su callada amiga, buscaba que ella hablara sin importar cuál fuere la excusa para hacerlo– ¿te parece bien que nos reunamos los tres para estudiar?
Poniéndose de pie, la otrora justiciera se ladeó para mirarlos respondiéndoles con un seco:
– Está bien, no suena mal.
Dos semanas, pese a haber trascurrido dos largas semanas desde que Gohan intentó confesarle la verdad, el hermano mayor de Goten continuaba lamentándose por lo sucedido. Iracundo, furioso con él mismo, destrozó una gran zona de las montañas Paoz peleando contra una sombra. Una sombra que, le gustara o no, ya constituía una pieza más en su existencia.
Dolido, avergonzado y sutilmente deprimido, Gohan trató por todos los medios aparentar normalidad. Ignoraba si su máscara de felicidad estaba funcionando, pero tenía la confianza de que así fuera. Cada día de clases era un nuevo reto, un reto que consistía en mantenerse lejos de Videl a toda costa. Él lo había jurado, el Gran Saiyaman no volvería a ser un problema para ella.
Pero, al ser el Gran Saiyaman su otro yo, eso implicaba que él tampoco sería motivo de disgusto para Videl. Y de allí, precisamente, se originaba aquella lejanía que construyó entre ella y él. Ireza, por otro lado, y no siendo ninguna tonta, se percató de ello desde el principio. Aunque sin saber cómo enfrentar esa grieta que iba separando a sus amigos.
– ¡Fantástico! –fingiendo alegría, Ireza tenía fe que ese plan funcionara para cerrar esa fisura que alejaba a sus camaradas–vamos rápido a la cafetería, tengo hambre.
– Sí, vamos.
Gohan, internamente, suspiraba derrotado por no haber sido capaz de negarse. Sin embargo, al escuchar que Videl tampoco objetó ni mucho menos protestó al respecto, confiaba que poco a poco recuperaría la tranquilidad. No obstante, para su parcial alivio, su apática conducta fue opacada por otro misterio que se nutría de los rumores de la prensa y la televisión:
¿Dónde estaba el Gran Saiyaman?
Los robos y delitos eran acontecimientos comunes en Ciudad Satán, aún así, también era común que éstos fueran resueltos por el dúo de héroes que protegían la ciudad. Lamentablemente para Ciudad Satán, sus dos jóvenes defensores del bien tiraron la toalla sin explicación alguna. Las especulaciones sobre el Gran Saiyaman iban y venían, dándole pie a un sinfín de leyendas urbanas.
Gohan oyó tales habladurías que se esparcían de boca en boca, y si bien muchos de esos chismes eran ingeniosos pero exagerados, él nunca pretendió refutarlos. Videl, por otro lado, no escondía su semblante endurecido cada vez que oía hablar de él. Ese infeliz le arruinó la vida, poco le importaba el porqué de su desaparición, al contrario, se alegraba por ello.
– Miren, allá hay una mesa vacía–Ireza, siendo la única que hablaba, les señaló una mesa desocupada donde sentarse a comer.
No sabiendo dónde se encontraba el superhéroe, Ciudad Satán volteó su mirada a la flamante hija del campeón mundial. Ella, por años, fue la defensora indiscutible de aquella metrópoli deteniendo a cuanto criminal osara violar la ley. Y a pesar de la confianza puesta sobre ella, todos en Ciudad Satán miraron con ojos incrédulos como Videl les dio la espalda sin titubear.
El Gran Saiyaman desapareció.
Videl Satán renunció.
Por primera vez en muchísimo tiempo, Ciudad Satán se sintió verdadera y completamente vulnerable.
– ¿Y dónde les gustaría que nos reuniéramos a estudiar? –Ireza, nuevamente, se esmeraba por sacarle un par de palabras de sus sellados labios– ¿alguna sugerencia?
– Podríamos quedarnos en la biblioteca de la escuela, creo que es el mejor lugar–Gohan, levantando la vista de su plato, milagrosamente articuló más que unas pocas sílabas.
– ¿Y tú Videl, qué opinas?
– Sinceramente me da igual, yo iré a donde ustedes decidan ir.
Desmoronándose internamente, la rubia ya no toleró más esta situación. Debía haber una razón para esto, y sea lo que sea, tenía que terminarse hoy mismo.
– Oye Videl–intentándolo obstinadamente, la rubia se dirigió a su amiga ojiazul–han pasado casi dos semanas desde que el Gran Saiyaman fue visto por última vez, recuerdo que siempre intentaste descubrir quién era.
– ¿Y eso qué?
– Bueno, recordando lo obsesionada que estabas con él, me es imposible no preguntarme qué piensas sobre su desaparición, adónde crees que se haya ido.
– Honestamente no me interesa adónde rayos se fue, me alegro que se fuera de aquí, desde el comienzo fue una molestia–le replicó Videl con evidente enfado–y tampoco me importa saber quién es, ojalá nunca regrese…
Gohan, hallándose delante de ella, simplemente guardó silencio mientras masticaba su almuerzo.
– ¿Y tú Gohan, qué opinas de que el Gran Saiyaman haya desaparecido? –Ireza, cuestionándole repentinamente, casi provoca que él se atragantara con el trozo de albóndiga que degustaba.
El chico, bebiendo un gran sorbo de la gaseosa que acompañaba sus alimentos, recuperó la respiración ofreciéndoles a Videl e Ireza una de sus típicas miradas perdidas.
– ¿Estás bien, Gohan?
– Sí Ireza, gracias–aclarándose la garganta, Gohan le replicó sonriéndole como tonto.
– Qué bueno, pero dime, qué opinas tú.
Él no sabía explicar por qué ella lo hizo, pero en ese momento, Videl, girando sus ojos con lentitud, los enfocó en él. Quizás, fue un movimiento involuntario, un movimiento sin intención. Aún así, aquello, le recordó la ferviente curiosidad que Videl solía tener al desear descubrir la verdad. Una verdad que, ella misma, rechazó escuchar.
– Bueno, yo…yo siempre he pensado que él únicamente quería ayudar a la gente–Gohan, disimuladamente, se percató del rostro intransigente de Videl–tal vez él pensó que su tiempo aquí ya se había acabado, posiblemente se fue a otra ciudad a seguir ayudando a más personas.
– Yo también llegué a pensar eso–Ireza, queriendo mantener la conversación a flote, le comentó–pero si eso fuera así, ya se hubiera escuchado algo sobre él ayudando en otra ciudad. Pero no se han oído noticias de él desde hace dos semanas, yo supongo que debió haber renunciado a ser un superhéroe…
– ¿Podríamos cambiar el tema de conversación? –Irritada por hablar de él, Videl deseaba hacerle un giro radical a la plática–de tanto escuchar su nombre se me está quitando el apetito.
– De acuerdo–viendo la oportunidad para confrontarla, Ireza entrelazó sus manos mirándola fijamente–recuerdo que habías dicho que dejarías de ayudar a la policía porque el Gran Saiyaman lo hacía mejor que tú, y cuando la gente empezó a preguntar por ti simplemente dijiste que ya tu época había terminado, pero…
– Ireza, te conozco desde hace años–le afirmó Videl–no hace falta que des tantos rodeos, dime lo que quieres decirme sin indirectas.
– Está bien y luego también tengo algo que decirte a ti, Gohan.
– ¿Qué, a mí? –le indagó el chico con su boca llena de comida.
– Sí Gohan, a ti.
Regresando su mirada hacia Videl, Ireza se dispuso a utilizar su artillería.
– Videl, eres mi amiga, te aprecio, lo sabes–firme pero cautelosa, la rubia la enfrentó–pero desde que regresaste a la escuela, y específicamente desde que fuiste a ver a Shapner al hospital, te has comportado más extraña y encerrada de lo normal…
– ¿Qué pretendes, Ireza? –la pelinegra la interrumpió.
– ¿No es obvio? –Retomó la palabra la blonda–actúas como si vivieras en una burbuja, apenas si hablas con nosotros, y a mí no me engañas, yo sé que algo te pasa y te pido que me lo digas.
– No estoy de humor para tus tonterías…–Videl, recogiendo sus cosas rápidamente, se disponía a marcharse de ahí aunque fue detenida por Ireza, quien la sujetó de una de sus muñecas.
– Videl, por dos eternas semanas me he resistido, me he aguantado las ganas de preguntarte qué sucede–manteniéndola sujetada, Ireza consiguió inmovilizarla–te pido, como tu amiga quien te conoce desde el jardín de niños, que me cuentes qué ocurre.
Videl, esforzándose por irse, dibujó varias expresiones faciales de enojo, duda, temor y vergüenza. Todo este misterio se habría evitado si ella la hubiera telefoneado como planeaba hacerlo aquella noche, pero por miedo y pena a las miles de preguntas que Ireza le haría, Videl terminó arrepintiéndose y prefirió no revelar ni el más mínimo detalle de su visita a Shapner en el hospital.
– Videl…
– ¡Está bien! –Vociferando levemente, la antigua justiciera no resistió más la presión–te lo contaré todo, pero no aquí y a solas.
Gohan, sintiéndose excluido por aquella petición, optó por no referirse al tema.
– Cómo gustes Videl, lo hablaremos nosotras dos a solas, pero espero que sea hoy mismo.
Sin emitir ni un sonido, Videl asintió haciendo un millón de ademanes con sus manos.
– Y ahora, necesito que los dos, y ahí es donde entras tú Gohan, me digan por qué se evitan uno al otro.
– ¿De qué hablas, Ireza? –Gohan, con un pobre intento, quiso fingir sorpresa.
– Gohan, no te hagas el tonto–obsequiándole una cara llena de desdén, Ireza no cayó en su trampa–al igual que con Videl, curiosamente, desde hace dos semanas, me di cuenta que te alejas de ella a toda costa. Al principio me pareció extraño, creía que era otra de tus usuales muestras de timidez, pero cuando noté que Videl también te eludía, empecé a sospechar que…
– No pasa nada, no pasa absolutamente nada–Gohan, sabiendo que no era posible esquivar la insistencia de la rubia, aceptó conversar de ello contándole una historia falsa que se le vino a la mente gracias a la improvisación– ¿recuerdas cuando Videl volvió a la escuela?
– Claro que sí.
– Yo le dije a Videl que no se sintiera mal por lo sucedido con Shapner, que no fue su culpa–aquello se lo dijo a Ireza, aunque, lo hizo observando a la hija de Mr. Satán–en aquella ocasión, Videl se molestó conmigo por lo que le dije, e incluso, tú también Ireza.
– Lo recuerdo, es verdad.
– Yo me sentí muy avergonzado por lo ocurrido, por eso preferí no causarle más problemas a nadie y guardé mi distancia.
– ¿Eso es todo, sólo es eso? –Ireza, arqueando una ceja, buscaba más luz para iluminar las tinieblas– ¿te quedaste callado por dos semanas sólo porque te sentías avergonzado?
– Sí–aquello era una gran mentira, y al ser una mentira, Gohan se esforzaba por creérsela–sí, sólo por eso.
– ¿Pero entonces por qué también lo ignorabas a él? –Ireza, no muy convencida de eso, volvió a preguntarle a su amiga de cabellos azabaches.
– Creo que estás exagerando más de lo normal, Ireza–Videl, reacia a continuar más con esto, buscó la manera de terminar el interrogatorio de la rubia–yo no he estado ignorando a Gohan, simplemente que…bueno, ya hablaremos de eso más tarde.
Resoplando resignada, Ireza concedió la petición de Videl finalizando, temporalmente, con su lluvia de preguntas. Aún así, la rubia intuía que había mucho, muchísimo más de lo que ambos admitían. Y tales secretos, por muy ocultos que se encuentren, tarde o temprano, ella los descubriría. Definitivamente, otras verdades esperaban su turno para ser reveladas.
– Antes de cambiar de tema, me gustaría que ambos hablaran más–Ireza, mirándolos uno por uno, insistió por última vez–los dos parecían estatuas de piedra, apenas si decían algo.
– Lo siento mucho, de verdad, yo no pensé que…
– Tranquilo Gohan, no pasa nada, ya no hablemos más de eso–la blonda, interrumpiéndolo, se preparó para tocar otro tema de conversación–por cierto, Shapner saldrá muy pronto del hospital, el fin de semana pasado fui a verlo y lo noté tan cambiado, es como si no fuera él.
Simultáneamente, tanto Gohan como Videl, al oírla hablar de Shapner, se tensaron volviendo a esconderse en el par de caparazones invisibles que han estado usando últimamente. Ninguno de ellos imaginaba, sin poder sospecharlo, que el otro pensaba en el rubio experimentando una mezcla indigerible de sensaciones, forzándolos a voltear sus ojos hacia la nada.
En ella: sentimientos cálidos, húmedas, pero que seguían siéndole de discordia.
En él: emociones negativas, de vergüenza, pero que consideraba justificadas.
Los tres, sin quererlo, sin vaticinarlo, y sobre todo, sin ser capaces de evitarlo, se verán enfilados en un turbulento rumbo de colisión que sacaría lo peor de ellos. No obstante, por el momento, Gohan y Videl no tuvieron más alternativa que tragarse aquel amargo sabor, evitando así, que Ireza emprendiera otra incansable cruzada en búsqueda de respuestas.
– Qué bueno, la escuela no es la misma sin Shapner–Gohan, deseando sonar positivo, les aseguró dibujando una mueca que simulaba ser una sonrisa– ¿y exactamente cuándo le darán de alta?
– Cuando lo visité no me dio una fecha exacta, sólo me comentó que esperaba salir del hospital en esta semana–contestándole, la rubia no se demoró en hacerlo– ¡deberíamos ir a recibirlo cuando salga, podríamos prepararle un cartel o algo así!
– Sí, no es mala idea–Videl, al igual que Gohan, luchaba por sonar natural.
Sonando estruendosamente en ese instante, la campana decretó el reinicio de las clases generando que la muchedumbre aglomerada en la cafetería se pusiera de pie. Videl, quien apenas comió un poco, se levantó rápido de su asiento mientras Gohan e Ireza hacían lo propio. Dispuesta a apretar el paso, Videl intentó regresar al salón deprisa; aunque, fue detenida por Ireza.
– Te conozco, sé que quieres huir de mí, y cuando haces eso es porque escondes algo grande–susurrándole al tomarla del brazo, Ireza trató no llamar demasiado la atención–por el momento no te haré más preguntas, pero en cuanto terminen las clases tendremos esa conversación que tenemos pendiente.
No dándole una contestación verbal, Videl solamente asintió con lentitud para luego reanudar su marcha. Gohan, siguiéndolas a una corta distancia, se preguntaba qué sería lo que Videl le diría a Ireza. Si bien no negaba que se moría de curiosidad, aún conservaba en firme su juramento de mantenerse alejado de ella en lo más que le fuera posible. Con ello en mente, siguió caminando.
Colocándose, cada uno, en su respectivo sitio, los tres se sumergieron nuevamente en su acostumbrada jornada, a su vez, que su maestra de literatura comenzaba con sus explicaciones. Y entretanto eso acontecía en la preparatoria, Mr. Satán, hundiéndose en su sofá favorito, iba asimilando con dificultad la historia que escuchó de parte de su mayordomo.
– Sashimi, dime que todo esto es una broma, por favor, dime que es una broma–incrédulo y entristecido, sin saber qué pensar o decir, el campeón miró a su fiel sirviente con una expresión suplicante–sencillamente no puedo creerme semejante cosa.
– Me temo, señor, que no lo es–entregándole un periódico de varios días atrás, Sashimi terminó de hundirlo en la desazón que lo embargaba–lo dejaré solo, creo que es lo mejor.
– Sí Sashimi, te lo agradecería mucho–serio, casi totalmente estoico, Mr. Satán soltó esa frase sin demostrar emoción alguna.
Desdoblando el diario para verlo con más claridad, Mr. Satán orientó sus retinas a la fotografía de su hija que ilustraba la primera plana del periódico. Murmurando para sí mismo, él leyó el titular escrito con grandes letras rojizas: Videl Satán se retira de las artes marciales; además dejará de apoyar a la policía. Leerlo una vez no le bastó, tuvo que releerlo varias veces más para creerlo.
Y pese a sus esfuerzos por creer en el relato de Sashimi, e inclusive, en lo publicado por ese boletín informativo, Mr. Satán se negaba, se resistía a aceptar tal cosa. No lo creería, rotundamente, no lo creería. Convencido de eso, el campeón se puso de pie acercándose a una repisa no muy lejos de él. Parado junto a ésta, tomó una de las fotos que adornaba dicho mueble lleno de recuerdos.
En aquel retrato, aparecía él cargando en hombros a una pequeña Videl. Ella, alzando por todo lo alto su trofeo, sonreía jubilosa para la cámara al haberse coronado como ganadora de la división infantil. Aún recordaba ese día, ella lo hizo maravillosamente, ninguno de sus oponentes pudo tan siquiera ponerle un dedo en encima. En esa ocasión él lo supo, Videl sería su sucesora en el futuro.
¿Videl llorando en su habitación?
¿Videl gritando y destrozando su cuarto?
¿Videl huyendo de casa y renunciando a las artes marciales?
¡No!
¡Simplemente no lo creería jamás!
Era tal su necesidad por rechazar tales ideas, que él mismo se mentía diciéndose que dichos acontecimientos eran viles mentiras creadas por la prensa para ganar dinero a costillas de su familia. Aquella niña que con tanta pasión y entrega se entrenaba para ser la mejor, meramente nunca renunciaría a eso por ningún motivo.
Confiado en eso, Mr. Satán puso en su lugar la imagen que sus manos sostenían. Esa era su primogénita, su Videl, la misma cuya sonrisa quedó inmortalizada gracias a la magia de una lente fotográfica. Esperaría ansiosamente a que ella regresara de la escuela, y al tenerla cara a cara, hará algo que no ha hecho en muchísimo tiempo: hablar con ella como debe hacerlo un padre.
El ritmo de la música agitaba sus oídos con fuerza. A sus espaldas, los restantes ahí presentes en aquel club nocturno, se movían erráticos al dejarse guiar por la melodía. Tal ambiente cargado de electricidad y energía, parecía no provocar el más mínimo efecto en él. Por el contrario, Shapner, luego de muchas noches de solitaria distracción, se había vuelto inmune a dicho ritmo hipnótico.
La rutina era la misma cada vez: entraba en aquella discoteca y se sentaba en la barra a beber un par de cervezas. Reclinándose hacia adelante, Shapner sostenía la botella que bebía habiendo perdido la sed. Aburrido, el rubio solamente la sujetaba haciéndola girar varias veces sin parar. Escuchando muchísimas risas y carcajadas, se volteó en su asiento viendo de frente todo.
Encontrándose repleto de parejas jóvenes, tal sitio se convertía en una cueva donde la mayoría se olvidaba de las reglas disfrutando de los excesos sin considerar las consecuencias. Y ejemplificando esto, las más hermosas chicas sacudían sus cuerpos al bailar mientras sus acompañantes acortaban las brechas que los separaban, queriendo quedarse cerca de ellas.
– Volviste, te esperaba…
Oyendo la voz de una mujer hablándole a su costado, Shapner se giró lentamente hacia ella sabiendo de quién se trataba. Ahí estaba, tal y como la recordaba de la última vez que se vieron. Su precioso rostro maquillado reflejaba las luces multicolores del techo, resaltando aún más sus delicadas facciones, las cuales, le regaban una sonrisa cómplice que lo invitaba a lo fuera.
– Entonces es verdad lo que sospechaba.
– ¿Qué cosa?
– Estoy alucinando de nuevo, esto es un sueño.
Efectivamente, eso era. Shapner recordaba a la perfección los sucesos dados semanas atrás. Jamás podría olvidar aquella pelea donde puso en riesgo su vida, ese momento marcó un punto de no retorno en su existencia. Nunca volverá a ser el que fue antes de eso. Y al evocar ese evento, a Shapner le impresionaba lo increíblemente realista que sus alrededores se veían y sentían.
Era como si realmente estuviera allí.
– ¿Te gusta, verdad? –Videl, pero la Videl de sus fantasías, no la auténtica, le preguntó sonriéndole con afecto– ¿te gusta el lugar, no es así?
– No está mal, es muy convincente–le respondió Shapner–aunque me di cuenta de la verdad a los pocos segundos.
– Ohh ya veo, en fin, yo lo hice. Lo hice para ti.
– Gracias, no sé cómo lo hiciste pero fue un magnífico trabajo.
Acercándosele, Shapner comprobó que esa Videl ilusoria lucía exactamente igual a su último encuentro: aquel par de zapatillas con tacón la hacían ver más alta, sus bellas pero tonificadas piernas eran visibles gracias a la corta falda que traía puesta. Y por supuesto, el pronunciado escote de su blusa se ganó más de una mirada sutil de él.
– Ven, vamos a bailar. Hace mucho que no lo hacemos.
Mirándolo con picardía ella le tendió una mano, invitándolo a acompañarla como acostumbraban hacerlo. Shapner, aceptando su ofrecimiento, se dejó guiar por ella uniéndoseles a la masa de bailarines que no dejaban de moverse. Lento al principio, más animados al continuar, los dos fueron moviéndose dándole forma a un rítmico vaivén que los cubrió de arriba a abajo.
Shapner, animado, la sujetó de su vientre saboreando la calidez que éste emanaba. Ella, siguiéndole el juego, levantó su brazo derecho aferrándose a la nuca de él. Minutos más tarde, Videl subió su otra extremidad, a su vez, que se inclinaba hacia atrás. Shapner, contestándole a sus silentes intenciones, la envolvió con un abrazo que capturó su oscilante estómago.
Manteniéndola en esa posición, Shapner descubrió lo salvajes que podían ser las caderas de Videl si ésta así lo quería. Y sin detenerse por ningún motivo, fueron girando al unísono trazando un amplio círculo a medida que danzaban. Deslizándose sobre sus talones, Videl presionó su frente en la de él todavía sin disminuir su mutuo e interminable bamboleo.
Pronto, con las yemas de sus dedos, Shapner notó el inmenso contraste de temperaturas entre la piel de Videl y el clima de la discoteca. Ella, reaccionando, liberó un tenue gemido al sentir las gélidas palmas de Shapner dibujando su silueta debajo de su ropa. Y él, sin dejar de mirarla, la haló aún más diciéndole al mundo entero que ella era de él y de nadie más.
– Echaba de menos esto, echaba de menos estar contigo–ella, susurrándole, le confesó acercándose todavía más–quiero que esto nunca termine, quiero que bailemos para siempre…
– Sabes que si fuera posible, así sería pero…
– Sí, lo entiendo, pronto todo esto ya no...
– Yo, lo siento mucho, de verdad…
– No digas nada, sólo disfrutemos de nuestro último encuentro.
No era necesario mentirle ni explicarle, ella, al ser parte de él, sabía con detalles que sucedería lo que él siempre añoró: la Videl verdadera la reemplazaría. Shapner, mirándola de pies a cabeza, se asombró al contemplar la lindura de esa Videl. Ella, por sí misma, le trajo felicidad cuando nadie más se molestaba en dársela. Y con el inmediato adiós, se cerraría una etapa:
Él continuaría con su camino.
Ella se convertiría en un recuerdo.
La falsa Videl, notando sus fugaces vistazos, se le acercó rodeándolo por su cuello. Teniéndola enfrente de él, Shapner alzó una mano acariciándole una mejilla. A pesar de su falsedad, esa Videl presumía una belleza que sólo la genuina era capaz de superar. Enredando sus dedos en sus largos cabellos, Shapner la atrajo hacia él fundiéndose un beso que con ansias querían compartir.
Así, así era como solían estar en muchas de sus citas imaginarias. Ella siempre lo amaría, siempre lo atesoraría. Videl sería únicamente para él y ella un anhelo para todos los demás. Si bien la apretó hasta casi aplastarla no cedió, resistiéndose a la idea de dejarla ir. Ella encarnaba todo cuando ha querido en la vida, perderla significaría no tener una razón para existir.
Asimismo, mientras esa Videl volvía aquel roce demencial, a Shapner le fue virtualmente imposible no compararla con la Videl de carne y hueso. Sí, la Videl de sus sueños era lo más cercano que su imaginación pudo crear. Pero Videl, la real, sencillamente era inigualable e inalcanzable para cualquier espejismo pese a su complejidad.
Aunque entendía tal hecho, él la besó como le gustaba hacerlo al soñar: lento al comienzo disfrutando de sus labios, luego, al querer más, profundizó el acto al abrirle la boca con la propia, desatando a las lenguas que hambrientas se buscaron. Ella, gimoteando y contorsionándose en sus brazos, no escondía su entusiasmo gozando puramente de su húmeda cercanía.
Y nuevamente, se vio obligado a comparar el frenesí que cada una podía dar. Llegando así, a una conclusión que le dolía en el alma pero que comprendía que era irrefutable: la realidad sobrepasaba a la ficción. Con ese veredicto en su mente, Shapner fue separándose de ella mirándola con una expresión llena de tristeza.
Ya era hora de olvidarse de sus viejas ilusiones, debía concentrarse en la legítima Videl.
– Sé lo que piensas.
– No es cierto, es imposible que lo sepas.
– Existo dentro de tu cabeza, estamos allí ahora mismo, por eso sé lo que estás pensando.
– Entonces no es necesario que te lo diga.
– No, no es necesario–ella, a pesar de su cara entristecida, no dejó de sonreírle–sé que yo no soy ella, pero te garantizo que yo te amo de verdad, cosa que ella no hace ni hará jamás.
– ¡Pero qué…! –Protestó Shapner con descontento, demostrando su sorpresa por aquella afirmación–ella; es decir, Videl, me amará como yo la amo a ella.
– No te engañes, acéptalo, ella nunca te va a amar.
– ¡Ya detente, no sigas hablando más!
– No seas terco y escúchame–sujetándolo de su rostro, ella lo obligó a mirarla–en el fondo sabes que es cierto, sabes que todo esto es un capricho.
– Cuando nos besamos aquel día sentí fuego en ella, un fuego que tú no puedes igualar–encarándola con enojo, Shapner pretendía despedirse para siempre de esa imitación de Videl–y ella sintió el amor que le tengo, se lo demostré sin tener que hablar y ella me creyó. Ella misma lo dijo, me creyó.
– Te amo Shapner, y por ese amor que te tengo te digo que despiertes, deja de engañarte–le insistió nuevamente– ¿sabes por qué lo de ustedes dos nunca va a funcionar, quieres que te lo diga?
– Digas lo que digas, no voy a creerte.
– Ella ha sufrido tanto por el Gran Saiyaman, lo odia a tal grado que está enferma por pensar en él–intentando explicarle, le aseguró sabiendo que la terquedad de Shapner no le permitiría creerle–por eso desea, ruega a gritos algo que le haga olvidar, algo que borre su memoria…
– ¡Qué estupideces dices!
– Y ese algo eres tú. Tú eres un capricho para ella, una excusa para olvidarse de la realidad y fingir que es feliz cuando no lo es–esa Videl, dejándolo sin palabras, no desistió–ella te usará, te usará como una cortina de humo para engañarse a sí misma. Todo lo que haga lo hará en beneficio propio, jamás corresponderá honestamente tus sentimientos. Sólo te lastimará y mucho.
– ¡Cierra la boca! –Vociferando a todo pulmón, Shapner la interrumpió– ¡tú no sabes nada de ella, nada, no la conoces!
– ¡Sí la conozco! –Le contestó también alzando la voz– ¡la conozco porque soy ella!
– ¡Mentira, eso es mentira! –enérgico, Shapner le objetó–no la conoces porque no eres ella. No eres más que un producto de mi imaginación, un sueño que cuando despierte olvidaré para siempre.
– Sí, soy un producto de tu imaginación–ella le afirmó tajante–un producto de tu imaginación que te hizo feliz en tus noches de soledad, que llenó ese vacío que ella creó. Fui yo, y no ella, la que te dio esperanza todos estos años. Te conozco mejor que ella.
– Esto es ridículo, no voy a seguir discutiendo contigo. Tú no existes.
– Y a pesar de no existir, te amaré como ella nunca lo hará. Porque cuando al fin quieras admitirlo, intentarás con todas tus fuerzas volver a soñar conmigo.
Sabiendo que el final estaba próximo para los dos, los alrededores fueron disolviéndose desapareciendo de la vista de ambos. La música se calló, los chicos que bailaban se petrificaron y la electricidad que corría por el aire se apagó. Aquel sueño, ese sueño que le dio refugio y felicidad cuando se sentía derrotado, iba, poco a poco, borrándose de su cabeza para no volver jamás.
– Estás a punto de despertar, y cuando lo hagas, no volveremos a vernos.
– Sí, lo sé.
– No olvides mis palabras: los dos han estado persiguiendo sombras por mucho tiempo, y ya se cansaron de correr, ya se cansaron de luchar–volviéndose translúcida, esa Videl se esfumaba–por eso prefieren conformarse con una falsa realidad, engañándose a sí mismos aparentando ser felices pero eso sólo los va a lastimar a ambos. Al final se darán cuenta que no son más que unos fantasmas.
– Espera…
Sintiendo una súbita angustia, Shapner extendió su mano intentando alcanzarla. Quería tocarla por última vez, mientras recordaba como ella por muchísimos años fue la única mujer que valoró sus sinceros sentimientos. Lamentablemente para Shapner, cuando se hallaba a muy poco de llegar a ella, esa Videl ilusoria se disipó por completo para no regresar nunca más.
– Ahhh…
Y finalmente, al despertar de golpe, Shapner se liberó de aquella visión viendo que aún se encontraba en el hospital. Tranquilizándose, y respirando agitando, el rubio se hundió en su almohada mirando el techo de su habitación en total silencio. Sin embargo, dentro de su mente, sus pensamientos se negaron a silenciarse.
Ya no era aquel chiquillo que se moría de amor fantaseando con Videl, que imaginaba una y otra vez que la invitaba a salir y que juntos se divertían dándose cuenta que se amaban. No. Ya no era ese. Ahora era un Shapner diferente, un Shapner que se acercaba cada vez más a la inevitable adultez. Y como tal, haría a un lado cualquier afán infantil.
Videl, su Videl, su eterna musa le esperaba. No lloraría por ninguna ilusión, no se detendría por algo así.
– Te equivocas, ni Videl ni yo somos unos fantasmas. El fantasma eres tú.
Respondiéndole a las palabras finales de esa Videl espectral, él dejó salir una pizca de la arrogancia que lo caracterizó en su pasado. Atrás se quedaron los sueños de un niño, el día de hoy empezaría a vivir la vida de un hombre. Y con esa gran meta rondándole la cabeza, Shapner sonrió al recordar que su encierro de dos semanas culminaba esa misma tarde.
Su libertad, su ansiada libertad, regresaría para materializar todo aquello que sólo sucedía al imaginarlo: Saldría con ella los sábados por la noche. La llevaría a bailar maravillándose al verla moverse junto a él. La besaría como lo hizo al reencontrarse, no, la besaría con aún más intensidad. Lo haría con cada gramo de aquella sofocante pasión que acumuló para ella.
Videl lo amaría, hallaría en él más que sólo un albergue donde guarecerse. En él, ella encontraría alguien devoto, alguien que la atesoraría regresándole el fuego que iba apagándose en su interior. Y ella, consecuentemente, llegaría a amarlo. Shapner confiaba en ello, ella le devolvería el desbordante amor que le entregaría.
Al fin, después de muchos años de desilusiones, Shapner vería recompensada su perseverancia. Y sí, tal vez en lo profundo de su ser aún existían dudas e inquietudes, pero su corazón hambriento de Videl no escucharía ninguna objeción, sería un corazón sordo, un corazón que sólo latería al ritmo de la voz de Videl.
Su Videl, la mujer que es causa y efecto de toda su existencia.
Hacía más de cinco minutos que aterrizó en la entrada de su casa, aún así, Videl no se atrevía a bajarse de su helicóptero sospechando lo que pasaría al hacerlo. En cuanto ponga un pie en el suelo y entre por la puerta, su padre la recibiría con un interrogatorio alimentado por los chismes y rumores sobre ella.
Sinceramente, Videl no se sentía de humor para responder preguntas. Y muchísimo menos, luego de haberle respondido a Ireza el mar de preguntas que le lanzó. Dando un suspiro de frustración mezclado con derrota, Videl se reclinó hacia adelante apoyándose en el tablero de instrumentos de su aeronave. Y allí, en esa posición, Videl evocó su charla con Ireza al terminar la escuela.
Con el sonido de la campana anunciando el final de la jornada, Videl recogió sus pertenencias con rapidez colocándolas dentro de su mochila. Ireza, intuyendo que su amiga tenía deseos de huir, apretó el paso no queriendo que ella se le escapara. Por ende, con la misma velocidad con que se movía Videl, Ireza la imitó recogiendo sus libros de texto sintiéndose ansiosa de hablar con ella.
– Videl…
Sin tomarse la molestia de voltearse a verla, la rubia simplemente pronunció su nombre haciéndola saber que no huiría de su prometida conversación. Videl, deteniéndose por completo, ladeó su cabeza hacia ella ofreciéndole una de sus típicas miradas serias. Y usando esa conexión que ambas compartían, con solamente mirarse se hablaron con un lenguaje de silencio.
Comprendiendo que no tendría escapatoria, Videl salió del salón enrumbándose calmadamente a la azotea de la preparatoria. Ireza, despidiéndose de Gohan, cruzó disparada la salida del aula caminando con prisa hacia la terraza donde Videl aguardaba por ella. Instantes más tarde, Ireza hizo acto de presencia viendo a Videl apoyada sobre la barandilla observando el paisaje citadino.
– Bien, aquí estamos.
– Sí–Videl, con sequedad, le replicó– ¿exactamente qué quieres saber?
– Todo, quiero saberlo todo–Ireza, tirando a un lado su mochila, se le acercó adoptando la misma postura que ella–me conoces, sabes que soy muy habladora, pero cualquier cosa que me digas no se la contaré a nadie.
– Está bien–frotándose el rostro con sus manos sudorosas, Videl humedeció sus labios y soltó la bomba–Shapner y yo nos besamos.
– ¡Qué! –No estando preparada para una afirmación tan directa, Ireza se volcó hacia Videl de inmediato– ¡Videl, no quiero bromas!
– ¿Acaso ves que me estoy riendo? –con un sarcasmo muy marcado, Videl le cuestionó con enojo.
– No puedo creerlo, no lo creo–alegó Ireza con muchísima sorpresa–yo no me esperaba una confesión así.
– Pues bien, ya lo sabes–comentó Videl con sátira–Shapner y yo nos besamos en el hospital.
– ¿Y ese es el motivo de tu malhumor? –Indagando, Ireza empezó con más preguntas–pero primero cuéntame cómo fue que sucedió.
– Estaba desesperada por verlo, por pedirle que me perdonara por no haberlo ayudado–Videl, sin demoras, le relató–pero algo extraño sucedió desde el primer momento en que nos vimos. Ese que estaba en la cama no era el Shapner que recordaba, era como si fuera otro sujeto.
– Entiendo, cuando lo fui a visitar días antes que tú, también noté que se veía diferente.
– Yo me disculpé con él, pero Shapner dijo que no era mi culpa y…–empezando a sentirse avergonzada y nerviosa, la otrora justiciera titubeó levemente pero con notoriedad–y luego me dijo que él me protegió porque quiso hacerlo, y lo hizo porque él…
– Porque él…–reiteró Ireza con curiosidad.
– Dijo que me amaba, me amaba–girándose para ver a Ireza, Videl le conversó viéndola a los ojos–dijo las mismas cursilerías que me ha dicho por años, pero a pesar de ser las mismas tonterías, esta vez, sonaron distintas, sonaron como nuevas.
– ¿Y qué pasó luego? –Ireza, experimentando la sensación de ser observada, giró con lentitud mirando a sus espaldas. Al no ver a nadie, la rubia volvió a prestarle atención a Videl– ¿qué pasó después?
– Él siguió insistiendo, diciéndome una y otra vez que estaba enamorado de mí–Videl, todavía con nerviosismo, no dejó de platicarle–en ese punto yo me sentí incómoda, no me esperaba que él me dijera ese tipo de cosas y menos luego de lo sucedido en la discoteca. Y fue allí, mientras pensaba en irme del hospital, que él me insistió de una manera muy…
– ¿Muy qué?
– No sé cómo describirlo, pero en ese momento consiguió adormecerme por completo–con cierta culpa y pena, ella lo admitió.
No podía mentir, ni a Ireza ni a sí misma. Aquello, pese a no gustarle del todo, fue así: él la adormeció completamente.
– Me siento tan estúpida, tan idiota–con ligera rabia, Videl dio un par de fugaces ademanes–aún no entiendo del todo cómo logró dejarme petrificada con sólo unas cuantas palabras bonitas.
– ¿Pero si no estabas segura de lo que pasaba, cómo fue que terminaste besándolo?
– Él dijo que no necesitaba palabras para demostrarme que me decía la verdad, así que simplemente se me acercó y me besó.
– A ver si entendí bien: fuiste a disculparte con él por lo que pasó en la discoteca, pero él se comportó de un modo extraño y te dijo que lo hizo porque te amaba.
– Sí, así es.
– Entonces, en un momento dado, él te besó–acabando con su recapitulación, Ireza vio a Videl con una expresión interrogante.
– Sí.
– Videl–hablándole con cautela, Ireza decidió ir más profundo en el tema–sinceramente, amiga, no veo motivo para que te comportes tan evasiva con todos.
Videl, dándole una mirada difícil de descifrar, meramente permaneció callada.
– Conozco a Shapner desde que llegó a la escuela hace muchos años, y sé perfectamente que desde entonces él se enamoró de ti–argumentándole, la rubia continuó platicándole con calma–quizás fue muy atrevido de su parte haberte besado sin que tú lo quisieras, pero por lo que he escuchado en ningún momento se lo impediste, al contrario, le correspondiste.
Videl pensaba decirle algo cuando la blonda se le adelantó sin dejar de hablar.
– Honestamente, como le aceptaste el beso, no encuentro razón para que te comportes así–poniéndole una mano en uno de sus hombros, Ireza se preparó para hacerle una pregunta crucial– ¿dime, Videl, para ti cuál es el problema en que los dos se hayan dado un beso?
¿Cómo decirlo?
¿Cómo explicar algo que ni ella misma terminaba de entender?
¿Cómo responderle?
Y como ha hecho en las últimas semanas, Videl recordó aquel beso que por más simple que se viera acabó por enredar más las cosas para ella. Se esforzó por negarlo, por engañarse a sí misma, por convencerse que eso no volvería a suceder, que aquel suceso carecía de importancia. Lo intentó, en verdad que lo intentó, pero aquello terminó como sus planes para vencer al héroe:
Terminaron en fracaso.
Verse rodeaba por el amor que Shapner tanto tiempo le profesó la drogó, la embriagó de tal forma que borró de su memoria y sus pensamientos al Gran Saiyaman. Lo desterró de su mente haciéndola sentir que él no existía, lo extirpó de su ser como si fuera un tumor. Nunca antes, de ninguna manera, hubiese imaginado que un acto tan mundano sería la cura para su mal.
Aunque, sincerándose, Videl sabía que eso no era ninguna cura: era un placebo. Tal hecho inequívoco, lo comprobó al salir de esa habitación de hospital al terminarse la visita. Justo en ese instante, la figura del Gran Saiyaman regresó de golpe jactándose de su superioridad. Inundándola de una deshonra y vergüenza sin precedentes, y aún más, de culpa.
Sí, culpa.
Culpa no sólo por no haber ayudado a Shapner, sino también, por haber defraudado a Ciudad Satán: Como una cobarde, huyó. Como una cobarde, renunció. Como una cobarde, se rindió. Ya no era ni un ápice de la que alguna vez fue, y en lugar de luchar y enfrentar a ese demonio de capa roja, sencillamente se acobardó al no ser capaz de vencerlo.
Sin darse cuenta, se volvió una fracasada.
Y es exactamente ahí, donde el rubio hacía su entrada triunfal. Aquel sujeto molesto, aquel sujeto que en incontables veces rechazó al considerarlo un fastidio, era ahora, la única persona en el mundo que comprendía su dolor, su humillación y su ruina. Él, al igual que ella, despreciaba a ese falso salvador que cayó del cielo.
Tanto él como ella, compartían un enfermizo rencor hacia el superhéroe. Un rencor que los iba envenenando más y más, convirtiéndose en el motor de su cercanía y posterior caída. Porque, tal aversión, que los llevó al paraíso al juntar sus labios, los arrastraría al mismísimo infierno. Y Videl, a pesar de intuirlo, de verlo a kilómetros de distancia, estaba dispuesta a hundirse en el averno.
Shapner, se transformó en más que un apoyo, se convirtió en un refugio donde protegerse de sus tropiezos y derrotas. Él, como si se tratase de un sedante, apagaba el dolor, lo callaba, lo suprimía de su corazón. Sin embargo, a pesar de esa agradable sensación de paz que el rubio le transmitía, Videl continuaba reconociéndose una cosa: ella no podía pagarle como él esperaba. No aún.
Él le había dedicado un "te amo". Ella apenas le respondió con un "lo sé".
Y tal vez, cuando estén al borde del abismo, lo hará. Le responderá como él espera, aunque deba mentirse a sí misma.
– ¿Videl…?
– El beso en sí no es el problema, el problema es lo que siento.
– ¿Y qué sientes?
La decisión estaba tomada desde hace dos semanas, ella lo sabía, trató de eludirla pero fue inútil: ella tomará ventaja de la situación, sería egoísta, sería una oportunista. La Videl noble y altruista fue encarcelada por su opuesto, su negativo. Cometería tantos errores que éstos serán humanamente imposibles de olvidar, pero que tarde o temprano, tendrá que pagar por ellos.
Y así, viendo a Shapner como una vía de escape para su creciente frustración, Videl emprendió la marcha por un sendero del cual ya no podría regresar. Un sendero que, al final, la aplastará con la responsabilidad acumulada por sus equivocaciones. Errar era de humanos, y siendo un ser humano, complicaría su existencia al no tener las agallas de levantarse y seguir luchando.
– Quiero que se repita, quiero ver adónde nos llevaría esto, quiero…quiero…
– ¿Hablas en serio? –incrédula, Ireza le cuestionó–yo sé lo mucho que Shapner está obsesionado contigo, te ha invitado a salir prácticamente desde el primer año, pero siempre le dijiste que no.
– Tal vez es tiempo para un sí.
– No sé qué decirte, siento que no estás muy convencida de lo que dices. Hablas como si te esforzaras por creerte a ti misma.
– ¿Ahora lo ves? –Le Videl indagó con leve ironía–por eso mismo era que me alejé de todos, necesitaba espacio para pensar, para meditar. Sabía que si de la noche a la mañana todos me vieran junto a Shapner, nadie dejaría de hacerme preguntas y de darme miradas entrometidas.
– Bueno Videl, a ti y a Shapner les tengo un gran aprecio, ustedes dos lo saben muy bien–habiendo notado la tenue hostilidad en el tono de Videl, la rubia prefirió no interrogarla más–hagan lo que hagan los dos, no pienso ponerles obstáculos pero sólo quiero darte un consejo: si desde el principio te das cuenta que ustedes dos no funcionan juntos, mejor no sigan más. Cuando no hay verdadero amor entre dos personas, únicamente se hacen daño entre sí.
No teniendo más que discutir entre ellas, ambas dieron por finalizada la conversación tomando sus pertenencias y marchándose a sus casas. Aún así, pese a la relativa calma que las cobijaba, las dos comprendían que aquello no era más que una fachada. Una vez que Shapner abandone el hospital y esté de vuelta, la confusión y el desconcierto se triplicarían ahogándolas más.
Ireza, antes y después de despedirse de Videl, no borró esa expresión pensativa y preocupada de su rostro. Ella, siendo muy intuitiva cuando era necesario, presentía que las cosas acabarían de mal modo para todos. Y sin comprenderlo completamente, también tenía la corazonada que Gohan se vería envuelto en aquel oleaje que enturbiaría el mar.
Irónicamente, sin tan siquiera imaginarlo, el mismísimo Gohan se hundía más en ese pantano repleto de sus recriminaciones y reproches. Y esto, a causa de haberlas espiado mientras charlaban. Así es, ese presentimiento que la rubia llegó a tener estaba en lo cierto: las dos fueron vigiladas muy de cerca. Un Gohan curioso, oculto a plena vista, escuchó cada una de sus palabras.
Por otra parte, Videl, al marcharse a su hogar sin deseos de hacerlo, tampoco imaginaba que el álter ego del Gran Saiyaman hubiese escuchado su confesión. Definitiva e irremediablemente, Videl, Gohan y Shapner se enredaban más en aquella vorágine que los enrumbaba a un curso de colisión que, consecuentemente, los hará mostrarse unos a otros como son en realidad.
Sin embargo, hallándose ese momento aún en el futuro, Videl lentamente fue alzando la mirada armándose de valor para continuar. Liberando un extenso suspiro, Videl abrió la puerta de la cabina de su aeronave saltando fuera de ésta. Con ambos pies plantados sobre el pasto del jardín, Videl emprendió su andar preparándose mentalmente para lo que comenzaría en pocos minutos.
Al ingresar en la mansión sus ojos se toparon con los de Sashimi, conociéndolo, Videl sabía que ese viejo mayordomo no se demoraría en notificarle a su padre su llegada. Y efectivamente, así fue. Habiendo subido el primer escalón de la elegante y larga escalera, una voz gruesa y masculina pronunció su nombre deteniéndola en el acto. Era inevitable, y con mucha apatía, ella lo aceptó.
Girándose, Videl lo vio frente a ella. Su padre, con el ceño fruncido, se le quedó mirando sin decir nada más. Ninguna explicación era requerida, era más que obvio lo que pasaría.
Todavía no terminaba de creerlo, simplemente no lo creía. Allí estaba, sentado en la cama que por dos semanas lo acogió brindándole descanso. Allí estaba, vistiendo su propia ropa y no la típica vestimenta de hospital. Allí estaba, a menos de cinco minutos de volver a casa. De volver a la escuela, de volver a su mundo para continuar justo donde se había quedado.
Su brazo lastimado aún le dolía, pero la herida de bala cicatrizaba rápidamente y con buen ritmo. Levantándose para estirar las piernas, Shapner caminó por la habitación preguntándose por Videl. Luego de aquel beso, fue como si ella hubiera desaparecido. Pese a eso, Shapner tenía una fe ciega en que al fin estarían juntos. Él lo sabía, aquel roce de labios así se lo indicó.
Ella ya no lo rechazaría más.
Lo aceptaría y le permitiría amarla.
Y más adelante, cuando sus fuerzas hayan regresado, cumplirá su promesa. El Gran Saiyaman caerá, les demostrará a todos que no es lo que aparenta. Pero ya basta de fantasear, se dijo a él mismo, ya basta de quedarme cruzados de brazos sin hacer nada. Recurriría a cualquier método que sea útil: noble o ruin; honesto o sucio. Shapner se encargaría de él como sea.
– Aunque lograras quitarle la máscara, nada volverá a hacer como era antes–recordando la voz quebradiza de Videl, la rabia corrió por las ardientes venas de Shapner–ya te lo dije, renuncié a todo.
– ¿De qué hablas?
– Renuncié Shapner, renuncié a todo mi pasado, borré de mi vida aquellas cosas que me recordaban lo que más amaba–aún incrédulo al recordar lo dicho por Videl, Shapner volvía culpar al Gran Saiyaman por las desgracias que ambos han padecido–le devolví mi viejo reloj a la policía, se los regresé, ya no me necesitaban ni Ciudad Satán tampoco.
¿Un superhéroe?
¿Un defensor de los inocentes?
¡No!
¡No ha sido más que un usurpador y un maldito entrometido!
– ¿Estás listo, chico? –Sacándolo de sus pensamientos sorpresivamente, la misma enfermera que veló por él todo este tiempo, entró por la puerta ofreciéndole una enorme sonrisa– ¡llegó el gran día!
– Sí, al fin llegó–Shapner, regresándole el gesto, le replicó–al fin llegó…
– Déjame dar un último vistazo, quiero que tus padres te vean presentable–riéndose con suavidad, ella se le acercó comprobando sus vendajes– ¿cómo te sientes con el cabestrillo, te es incómodo, te causa algún dolor?
– No, no, está bien. Me ayuda mucho.
– En ese caso, vamos. Tus padres están afuera esperándote.
– Quería agradecerte toda tu ayuda, hiciste que se me olvidara que esto es un hospital.
– No hay de qué, chico–sonriente, ella le contestó–después de todo, para eso estoy aquí.
– Gracias, estoy muy agradecido.
– Y dime, chico–caminando junto a él hacia la salida, ella se volteó a verlo con picardía preparando una pregunta suspicaz– ¿supongo que lo primero que harás cuando salgas será…?
– Sí–adivinando sus suposiciones, Shapner se le adelantó–lo primero que haré será ver a mi chica, hay muchas cosas pendientes entre ella y yo.
– Te deseo suerte, chico. Sé que lo harás bien.
Siendo ayudado por ella, Shapner cruzó la puerta saliendo de allí viendo el pasillo repleto de otros pacientes, médicos y demás personas. Reaccionando de golpe al verlo, el rubio vio a sus padres no muy lejos caminando veloces hacia él. Su madre, con ojos humedecidos, lo abrazó apretándolo como si fuera un niño pequeño. Su papá, más serio pero feliz, le sonrió aliviado.
Volteándose, se despidió con la mirada de la enfermera. Luego, con una expresión de felicidad, entusiasmo y seguridad, Shapner caminó por aquel corredor sabiendo que ese era el comienzo de una nueva época para él y Videl. Aquello sería mágico, sublime y perfecto. Al fin su corazón hambriento de amor se dará por satisfecho, ese agujero en su interior se cerraría para siempre.
Y con ella reclinada sobre su pecho, Shapner la abrazaría con fervor haciéndola sentir mejor. Y al tenerla así, abrazada, la besaría como si su vida dependiera de ello dándole su último aliento embriagándose con su dulzura, dejando que ésta lo consumiera por completo. Sin embargo, como ya lo descubriría más tarde, hasta el sabor más dulce tiene su estela más amarga.
El camino hacia el infierno, está plagado de buenas intenciones.
Fin Capítulo Siete
Hola, primeramente quisiera agradecerles a todos los que hayan leído este capítulo. Sé lo que están pensando, lo sé, yo soy el primero en aceptarlo y en reconocerlo: la Videl de esta historia no se parece a la Videl que todos conocemos. Sinceramente no me gusta del todo la Videl de este fic, pero como lo dije en uno de los capítulos anteriores: esta historia es otro de mis experimentos.
En el fic: Lo malo de ser un héroe, quise ver de qué era capaz Gohan cuando se le presionaba, cuando el deseo de venganza lo enceguecía haciéndolo tomar decisiones que normalmente no tomaría. Los que leyeron esa historia comprenderán mejor de lo que estoy hablando, sabiendo perfectamente cómo se comportó Gohan en ese fic.
Ahora, en Tras la sombra de un indicio, busco hacer lo mismo con Videl. Deseo ver qué cosas haría Videl al verse derrotada por las circunstancias, ver qué acciones lleva a cabo aunque no sean correctas. Videl es para mí un personaje muy noble, pero ella no es perfecta. Como todo ser humano se puede equivocar, y quiero verla levantándose luego de caer muy pero muy bajo.
Es un fic raro, yo mismo me lo digo cuando pienso en cada capítulo. Pero ya iremos viendo que pasa con Gohan, Videl y Shapner. Todo girará alrededor de ellos tres, pretendo mostrar sus motivaciones y pensamientos, y más adelante, las repercusiones que se generarán por las equivocaciones que tendrán. Van a tropezar mucho, pero confío en redimirlos al final.
Bueno, espero haberme dado a entender. En palabras más simples, este es un proyecto difícil pero interesante de desarrollar. Les doy mi infinita gratitud a Vanessa neko chan, Ferunando, HnW, ByaHisaFan, Bgfp, Brithany-san, Majo24 y a Linkyiwakura por obsequiarme sus comentarios en el capítulo anterior.
Y para terminar quisiera recomendarles a Brithany-san y a Bgfp, quienes comentan de forma anónima, que abran una cuenta en la página ya que así podría agradecerles directamente por sus comentarios, tal y como lo hago con todos aquellos que me honran al regalarme su opinión. Les agradezco sus reviews y en verdad me gustaría poder responderles en persona por sus palabras.
Gracias por leer y hasta la próxima.
