Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 8
Aquel no era el recibimiento que esperaba, definitivamente no lo era. Luego de varias semanas de viajar por el mundo entero, Mr. Satán apetecía regresar a casa y tirarse en su cama sin querer levantarse en muchos días. Sin embargo, las cosas no resultaron como él deseaba. Y al beber por millonésima vez otra copa de brandy, el campeón mundial se hundía en el abismo de la desazón.
Reclinándose hacia atrás en su silla, Mr. Satán miraba el techo de su oficina recordando cuándo fue la última ocasión en que él y su hija compartieron tiempo juntos. Pero, no se refería a posar para las cámaras y la prensa, no, él buscaba entre todos sus recuerdos el más reciente momento donde ambos la hayan pasado bien disfrutando de su mutua compañía.
Y al terminar de escudriñar en su memoria, Mr. Satán debió reconocer con pesar y dolor que aquello había sucedido hacía tanto que ya no recordaba una fecha exacta. Él y su hija, al verse envueltos en la gloria y la fama, fueron tomando sendas separas que iban alejándose más y más una de la otra. Ahora, por fin dándose cuenta de ello, vio con tristeza lo lejos que estaban.
Se encontraban tan distanciados, uno del otro, que se volvieron dos desconocidos viviendo en la misma casa. Dos desconocidos que compartían la misma sangre, el mismo apellido pero que vivían en mundos y realidades distintas. Y al beberse otro ardiente trago de licor, el flamante campeón agachó la mirada apoyándose sobre la fina madera de su escritorio.
– Te prometí que la cuidaría, que no despegaría mis ojos de ella, pero hice todo lo contrario–alzando la vista a la pared frente a él, Mr. Satán le masculló al retrato de su difunta esposa–es increíble lo mucho que ella se parece a ti, heredó tu rostro, tu cabello, tu belleza. Nuestra hija es tan hermosa, y yo la descuidé, la descuidé…
Creer que tenía una vida perfecta y maravillosa lo cegó, ese fue el error que le dio origen a una larga cadena de equivocaciones que lo fueron apartando de Videl centímetro a centímetro. Llevándolo, irremediablemente, a dejarla abandonada entretanto ella iba creciendo y madurando convirtiéndose en una señorita ante su incrédula mudez.
Su niña, su adorada niña, pronto sería una mujer.
– ¿Pero cómo pasó esto, cómo pasó, cómo? –Desesperado, deseando obtener respuestas, Mr. Satán se interrogaba a él mismo sin comprender qué desató el cambio de conducta de su primogénita–tiene que haber una explicación para todo esto, no es posible que Videl cambie tanto de la noche a la mañana…
Si tan sólo le hubiera prestado más atención a las pocas pláticas que tenían a la hora de cenar, si no le hubiese importando más defender su título, muy probablemente, las piezas faltantes que inquietaban su arrepentida y atormentada cabeza ya habrían aparecido dándole la ansiada explicación que con avidez quería hallar.
– ¡Estúpido Gran Saiyaman! –Y como si la providencia escuchara sus clamores, un destello vino a obsequiarle una breve pero vital evocación– ¡siempre aparece para arruinarme el día, cómo me gustaría saber quién demonios es!
Aquella frase impregnada de frustración la exclamó Videl meses atrás, justo en el instante de servirse la cena en una fría noche. Apretando los párpados para concentrarse, Mr. Satán se empeñaba en mantener a flote ese recuerdo, ya que éste, podría aclararle el nublado panorama que se cernía ante él.
– ¡Olvídate de ese charlatán, Videl! –Recordando su propia voz, Mr. Satán se sumergió más en esa reminiscencia–es un pobre diablo que busca llamar la atención utilizando trucos baratos, créeme hija, sé muy bien de lo que hablo, no es más que eso: un pobre diablo mentiroso, es un perdedor.
– Pero papá–objetando, Videl le dijo–yo no creo que sea un fraude, lo he visto con mis propios ojos, el Gran Saiyaman no usa ningún truco.
– Videl, hija, ya te lo dije, olvídate de ese payaso–degustando un sorbo a la sopa que ambos cenaban, el campeón le restó importancia al alegato de Videl–nadie puede volar por el cielo sin usar un avión o algún helicóptero, tampoco es posible que alguien detenga un automóvil utilizando solamente las manos.
– Pero papá–terca como solía ser su madre, Videl no se doblegó fácilmente por ese simple razonamiento–recuerda a los sujetos extraños que estuvieron en el Torneo de Cell hace siete años, ellos hacían cosas muy similares a las que hace el Gran Saiyaman. Estoy convencida que hay una conexión entre esos individuos y él.
– Videl, insisto y te lo digo por tercera vez, saca de tu mente a ese bufón y a esos charlatanes–no queriendo recordar acontecimientos que aún en la actualidad no puede explicar, Mr. Satán volvió a restarle valor a los señalamientos de la joven justiciera–tanto Cell como ese grupo de sujetos eran unos mentirosos, unos farsantes que insultaban las artes marciales usando trucos de luces y espejos…
– Papá, aunque no quieras admitirlo, yo sé que aquí hay algo muchísimo más grande que unos simples trucos de luces y espejos–retadora, como siempre lo ha sido, Videl defendió hasta el final sus sospechas–hubieron terremotos, explosiones, huracanes y demás calamidades, creer que todo eso sólo fueron trucos baratos es…es muy ingenuo, papá.
– ¿Y qué es lo que te molesta de ese tal Gran Saiyaman? –sabiendo que ella no dejaría el tema, Mr. Satán le siguió la corriente esperando que acabara por silenciarse ella misma–si tiene un nombre tan ridículo como el Gran Saiyaman, no debe ser más que un fracasado idiota.
– En eso estoy de acuerdo contigo, papá–admitió la chica de largas coletas negras–su nombre y disfraz son absolutamente ridículos, pero sus poderes no lo son. Su fuerza, su velocidad, su resistencia y por supuesto, su capacidad para volar, son increíbles. Sencillamente inexplicables…
Sin dejar de comer, el campeón sólo la oía sin prestarle un profundo interés en sus palabras.
– Cada vez que la policía me llama él aparece de repente, siempre se entromete en mi trabajo haciéndome ver como una buena para nada–refunfuñó Videl, golpeando levemente la mesa con sus puños–no lo soporto, he hecho todo a mi alcance por desenmascararlo pero cuando al fin creo que lo atrapé se escurre entre mis dedos. Quisiera explotar, gritar, pero sólo logro sentirme más y más inútil…
¡Eso era!
¡Esa debía ser la clave, la respuesta!
Abriendo los ojos de golpe, Mr. Satán se habló mentalmente: Videl renunció a las artes marciales porque se creía inferior a ese mequetrefe. Si bien no podía estar totalmente seguro de ese presentimiento, creía ciegamente en esa corazonada. El culpable, el responsable del sufrimiento e ira de su adorada hija era esa sabandija llamada: el Gran Saiyaman.
Impulsivo, Mr. Satán se puso de pie levantándose como un resorte. Aunque no le gustaba admitirlo, tenía su cuota de culpabilidad. Desde que escuchó hablar de él por primera vez siempre se resistió a tomarlo en serio, tal cosa, hizo que ese enmascarado fuera creciendo en relevancia y renombre en Ciudad Satán mientras él se dedica a sus negocios y financias.
Y Videl, al tratarse de una jovencita con un carácter terco, perseverante y tenaz, naturalmente no se quedó de brazos cruzados entretanto ese supuesto superhéroe llenaba las portadas de los periódicos con sus hazañas heroicas. Por ende, Videl se enfrentó sola a ese estafador cayendo en las redes de su intrincado engaño, creyendo en sus falsas habilidades sobrehumanas.
– Esa tiene que ser, esa tiene que ser la única explicación para esto.
¿Qué podía hacer para ayudar a su hija?
Y más intrigante aún:
¿Qué podía hacer el flamante campeón mundial para desenmascarar a semejante charlatán?
Convencido completamente que ese individuo no era más que una mentira, Mr. Satán se llenaba de más y más enojo al ver cómo ese rufián, contra todo pronóstico, laceró en demasía la confianza de su primogénita llevándola al extremo de tirar a la basura años y años de firme disciplina, entrenamiento y coraje.
Decidido a tomar el rol de un verdadero padre, Mr. Satán se sirvió otro trago de brandy saboreando el líquido a su vez que pensaba en cómo debería actuar. Primeramente deberá encontrarse cara a cara con su hija para aclarar la situación, la cual, era aprovechada por la inescrupulosa prensa para vender más ejemplares.
Y con ese deseo en mente, él esperó y esperó mirando fijamente el elegante reloj de péndulo que oscilaba ante su inflexible mirada. Simultáneamente, la luz del sol que ingresaba por las amplias ventanas de su mansión iba, gradualmente, tornándose anaranjada alertando sobre la inminente llegada del atardecer para luego darle su lugar al anochecer.
Luciendo un marcado y profundo semblante serio, Mr. Satán se mantuvo quieto tal y como una estatua vigilando y esperando. Consecuentemente, y al cabo de unos minutos, el sonido de una turbina de avión sobrevolando su hogar retumbó en sus oídos sabiendo que, finalmente, Videl había regresado al salir de la escuela. No obstante, el tiempo pasaba y ella no aparecía.
Arqueando una ceja, Mr. Satán observó por entre las cortinas como la aeronave de Videl aterrizaba con lentitud en el jardín. Frunciendo el ceño, el campeón veía como los segundos no detenían su andar y Videl aún permanecía dentro de su pequeña nave. No pudiendo resistir la intriga, Mr. Satán empezaba a considerar seriamente ir a su encuentro.
Pero, con el alba agonizando a sus espaldas, Videl puso un pie en el césped caminando con prisa hacia la residencia Satán.
– ¡Mr. Satán!–Sashimi, entrando de sorpresa en su despacho, le habló con un tono agitado y forzadamente moderado–la señorita Videl acaba de llegar, ya está aquí.
– Lo sé Sashimi, gracias. Iré enseguida a verla.
Bebiendo una última copa de licor, Mr. Satán no se demoró más y se dirigió de inmediato hacia su habitación. Sin embargo, y para su sorpresa, no tuvo que caminar demasiado. Videl, con una evidente apatía, apenas comenzaba a subir por la larga escalera que adornaba la estancia. Y viéndola avanzar sin detenerse, el campeón aclaró su garganta y pronunció su nombre con fuerza:
– ¡Videl!
Frenando sus pies instantáneamente, la otrora heroína de Ciudad Satán giró sobre sus talones haciendo contacto visual con su padre. Videl, con una expresión de cansancio y pena, ni siquiera se molestó en decir ni media palabra quedándose petrificada justo donde se hallaba. Y en ese instante, acercándosele con calma y paciencia, Mr. Satán recibía el duro golpe de la realidad.
– Hija…
Sencillamente no le daba crédito a lo que veía, aquella pasión y furia que las retinas azuladas de Videl solían exhibir, ahora brillaban por su ausencia. Aquel par de zafiros yacían apagados, opacos, sin alma ni vida. Esa, no era su niña. Esa, era una sombra, una sombra de su genuina hija. Todavía en silencio, como si supiera y esperara lo que sucedía, Videl le observaba sin articular frase alguna.
– Videl…
– ¿Llegaste hoy, no es cierto? –milagrosamente, Videl le hizo una pregunta dándole la esperanza de iniciar una charla entre los dos.
– Sí Videl, regresé esta misma mañana.
– ¿Y cómo te fue?
– Bien, como siempre sin sobresaltos, aunque, las sorpresas me esperaban aquí en casa.
– Papá, no hacen falta los rodeos ni las indirectas, sé muy bien lo que quieres decirme.
– ¿En serio? –Le cuestionó colocándose a escasos metros de ella–entonces creo que podré ser sincero. Al principio cuando escuché todo lo que pasó en las últimas semanas no lo creí, pensaba que era un mal chiste, una broma de bienvenida, pero no, al leer los diarios me entero que todo es verdad.
– En ese caso, no es necesario que te explique nada, ya lo sabes todo…
– Sí, lo sé–con sequedad, Mr. Satán le comentó sin esconder su desilusión–pero, creo sospechar que esto va más allá de lo que dicen en los diarios, sé que es así.
– Tienes razón, papá. En los periódicos sólo publican chismes y habladurías, no tienen ni idea de lo que verdaderamente pasa por mi cabeza ahora mismo.
– Hija, sé que ese farsante del Gran Saiyaman te ha dado problemas desde que apareció, me lo dijiste muchísimas veces pero yo no quise escucharte, pero ahora creo comprender lo que sientes–intentando hacerla entrar en razón, el campeón cerró la brecha que los separaba hallándose frente a frente–Videl, desde niña te vi entrenar, practicar y mejorar convirtiéndote en una artista marcial de primera, y al encontrarme a pocos años de mi retiro, creo que sólo tú me puedes sustituir. Quiero verte algún día coronándote como campeona mundial…
– Papá, eso ya no me interesa…
– Escúchame, te lo pido, sólo escúchame–rogándole, Mr. Satán se afanaba en enderezar el retorcido camino donde transitaba su hija–lo que trato de decir es que eres una formidable luchadora y una hija maravillosa, no debes dejarte decaer por culpa de un mentiroso que usa artimañas y trucos para ganar fama. Tú vales mil veces más que ese rufián, no permitas que él arruine tu felicidad.
Videl, exhalando sonoramente, evidenció su frustración al volver a escuchar hablar de él.
– Ahora escúchame tú a mí, papá. Tienes razón en una cosa, el Gran Saiyaman tiene una gran cuota de culpa por todo esto, pero él no es la única razón para ello–Videl, más conversadora, trataba de escupir una pizca de esa amargura que se acumulaba en ella–no puedo pretender salvar a todo el mundo en esta ciudad, no puedo ser la solución a todos los problemas que hay aquí, y aunque quisiera serlo, está más que demostrado que el Gran Saiyaman, use o no trucos, es muchísimo mejor que yo en cada aspecto.
– Videl, te lo vuelvo a repetir…
– No papá, eso no funcionará. Que me digas cosas buenas sobre mí no me va a hacer cambiar de opinión, no quiero volver a saber nada relacionado con las peleas o torneos, ya me harté que el mundo entero me vea como una especie de heroína cuando no lo soy–con frialdad, Videl se negaba a dar marchar atrás–pero hay algo más que no sabes, pero te lo voy a decir. La razón principal para alejarme de todo es que ya no puedo hacerlo, ya no tengo ni la confianza y el deseo de hacerlo…
– ¿Pero por qué Videl, por qué haces esto? –Creyendo que aquello sólo era una fase, una etapa en la adolescencia, Mr. Satán divagaba sin saber cómo reaccionar–necesito que me expliques con claridad el porqué de todo esto, necesito que me lo digas.
– Ya te lo dije, no puedo continuar. Tengo demasiada culpa por dentro, demasiada frustración y enojo–Videl, luchando para que su voz no se quebrara, asombraba a su padre al verla actuar de un modo completamente opuesto a su genuina personalidad–no puedo seguir luego de no poder hacer nada para rescatar a un amigo que casi muere por mi exceso de confianza. Siempre me creí la mejor, que no había situación que no pudiera manejar, que la suerte me sonreiría eternamente, pero al ver las consecuencias de mi incapacidad de reaccionar me convencí que nadie en esta ciudad me necesita.
Sin saber de qué estaba hablando, Mr. Satán guardó silencio esforzándose por encontrar una respuesta a lo dicho por Videl. Empero, ella se le adelantó y continuó recriminándose.
– Si el Gran Saiyaman hubiese estado en ese momento, estoy segura que él hubiera controlado sin problemas aquel predicamento. Pero él no estaba allí, la que estaba era yo y fallé, fallé–apuntándose con un dedo, Videl fue incapaz de no humedecer sus ojos mientras dibujaba una expresión de ira–entiéndeme, por favor papá, necesito alejarme de todo por algún tiempo, necesito olvidarme y arrancar esa sombra de heroísmo que han colocado sobre mí. Necesito ser alguien normal, alguien que cuya existencia sea irrelevante.
– Videl, oírte me destroza por dentro–contagiándose del silente y suave llanto de Videl, él también se llenó de angustia sabiendo que las montañas de dinero en su haber no resolverían nada–sé que he sido un padre ausente, que desde hace mucho tiempo te descuidé, te dejé sola mientras le daba más importancia a mi carrera. Sé que no es excusa, pero lo hice porque pensaba que hacía lo correcto para los dos, pero ahora veo que erré, me equivoqué.
– Papá…
– ¿Hay algo que pueda hacer para remediar esto? –Le indagó teniendo la zozobra de querer reparar años de errores y descuidos– ¿qué puedo hacer para vuelvas a ser la que eras antes?
– Nada, no hay nada que ni tú ni nadie pueda hacer. Lo único que quiero es tiempo, sólo eso–volviendo a subir por las escaleras, Videl dio un último vistazo a su padre que permanecía inmóvil al pie de la escalinata–no me presiones por favor, sólo déjame continuar con mi vida en paz…
Callado, afligido y angustiado, Mr. Satán no evitó que Videl se marchara encerrándose en su habitación sin decir nada más. Y allí, mirando el vacío ante él, el campeón cambió su rostro entristecido por uno desbordante de rabia y rencor. Apretando los puños, y maldiciendo mentalmente, nuevamente él volvía a señalar al autor de todo esto: el Gran Saiyaman.
Sencillamente le resultaba increíble como ese granuja había destrozado su tesoro más valioso, y con ello, destruyendo la felicidad de su familia. Inundándose de un copioso odio, Mr. Satán se juraba a sí mismo que él no se saldría con la suya. Él pagaría, pagaría muy caro haberle desmoronado los sueños e ilusiones a Videl. Fuese del modo que fuese, él pagaría.
El campeón utilizaría todos los recursos a su alcance, fueran honorables o no. No dudaría en cazar y destrozar él mismo a ese payaso infeliz. El cual, lamentaría el día en que creyó que sería una fantástica idea meterse con su niña. Curiosamente, y sin que Mr. Satán lo imaginase, un segundo hombre cuya influenza iba fortaleciéndose en Videl, pensaba exactamente igual que él.
Videl, para ambos, representaba el anhelo más grande existente en sus corazones. Y al mirarla sumergida en el gris, juraron por el amor que le tenían que eso no se quedaría así. Shapner y Mr. Satán, enfocando sus resentimientos en un único individuo, gritaban enfurecidos exigiendo que se le devolviera el espíritu que le fue robado a Videl.
Un padre abatido y un joven enamorado, terminarían, irremediablemente, cruzándose uno con el otro tarde o temprano.
Al parecer, y para su infortunio, la culpa iba agrandándose en su interior como si se tratase de una gigantesca bola de nieve que no dejaba de crecer. Habiendo llegado a casa hacía unos minutos, un mudo y aturdido Gohan se enrumbó a su habitación sin detenerse para saludar ni charlar. Sentado en su cama, él apoyaba su mentón en sus manos rogando que las cosas no empeoran más.
Aún así, intuía lo contrario.
Había dado su palabra, se juró a él mismo no volver a entrometerse con Videl jamás. Pero, siendo la tentación insoportable, terminó rompiendo su propia promesa acercándose de nuevo a ella espiándola sin que Videl lo supiera. Sí, así es, volvió a acercarse a ella escuchando una conversación que se suponía que era privada y que no lo incluía a él.
Sin embargo, para Gohan, ese detalle era debatible. Sí lo incluía, por supuesto que lo incluía, si fueron sus acciones las que desencadenaron todo este ciclón de desgracias que absorbieron a Videl, Shapner y a él, entonces sí lo incluía. Y al pensar en el rubio, Gohan traía a su memoria las palabras que Ireza y Videl intercambiaron en la azotea de la escuela.
Fingiendo estar concentrado sólo en lo suyo, Gohan guardaba sus libros en su mochila, a su vez, que miraba de soslayo al par de chicas las cuales se comunicaban con solamente verse. Muy apresurada, Videl fue la primera en salir del salón, segundos más tarde, Ireza salió disparada detrás de ella como si el demonio quisiese robarle su alma.
Hasta ese punto, Gohan aún conservaba su juramento de no interponerse más en el camino de Videl. Y con eso en mente, Gohan se dirigió a la terraza de la preparatoria como solía hacerlo para irse volando. No obstante, encontrándose a milímetros de girar el pomo de la puerta y emprender el vuelo, el hermano de Goten descubrió que no estaba solo como le hubiese encantado.
Ellas, Videl e Ireza, se hallaban allí, platicando.
– Todo, quiero saberlo todo–escuchando a Ireza con claridad, Gohan se disponía a dar marcha a atrás para marcharse y tomar otra ruta–me conoces, sabes que soy muy habladora, pero cualquier cosa que me digas no se la contaré a nadie.
Si bien se encontraba dispuesto a dar el primer paso para retirarse, fue la voz de Videl la responsable de petrificarlo en su sitio:
– Está bien–suspirando sonoramente, Videl soltó aquello que la carcomía por dentro y que dejó sin habla a Ireza–Shapner y yo nos besamos.
– ¡Qué! –Exaltada y asombrada por esa revelación, Ireza exclamó sin medir su tono– ¡Videl, no quiero bromas!
No sabía ni entendía por qué, pero a Gohan tal elemento le hizo fruncir el ceño teniendo la intuición que aquello, aunque sonara descabellado, era un eslabón más en la larga cadena de tragedias que su álter ego desató en las vidas de Shapner, Videl y en la suya.
– ¿Acaso ves que me estoy riendo? –con un sarcasmo muy evidente, Videl le preguntó con enfado.
– No puedo creerlo, no lo creo–Ireza replicó apresurada–yo no me esperaba una confesión así.
– Pues bien, ya lo sabes–comentándole con algo de pena, Videl reafirmó lo anteriormente dicho–Shapner y yo nos besamos en el hospital.
Enfocando todos sus sentidos a la plática de ambas, Gohan escuchó de propia boca de Videl acontecimientos que él presentía y otros que sencillamente ni imaginaba. Videl, sin percatarse, le narró a Gohan como el comportamiento de Shapner se tornó más extraño de lo normal, llegando a tal grado, de actuar totalmente opuesto a como acostumbraba hacerlo.
Tal cosa, con antelación, ya era bien sabida por Gohan. Shapner, al oírlo hablar del Gran Saiyaman en su visita al hospital, explotó en furia dejándole más que claro su odio por el superhéroe. Aún así, el relato de Videl también le mostró a Gohan que la conducta de Shapner tomó un rumbo más beligerante, y sobre todo, transformándose en una obsesión todavía más posesiva hacia Videl.
Quien, milagrosa y extrañamente, daba la impresión de tolerarla, inclusive, de permitirla. Queriendo comprender la razón de tal suceso, Gohan siguió vigilándolas. Por ello, ya no conformándose con únicamente oír, Gohan abrió levemente la puerta viéndolas por una diminuta abertura. Ireza y Videl, una junto a la otra, charlaban mientras miraban el paisaje urbano.
– ¿Y qué pasó luego? –Tomando por sorpresa a Gohan, Ireza se dio la vuelta mirando a sus espaldas de reojo; sin embargo, al no notar su presencia, se giró de regreso hacia Videl para reiterar su pregunta– ¿qué pasó después?
Para disgusto de Gohan, el diálogo de las dos chicas se estancó en el tema de Videl y Shapner besándose. Además de parecerle una visión algo incómoda, Gohan se esforzaba por ignorar ese tópico no queriendo saber nada más de él. Afortunadamente, Videl le dio un vuelco a todo aquello terminando de rellenar un vacío que Gohan no lograba explicar desde hacía dos semanas.
– ¿Ahora lo ves? –Videl, mirándola con suspicacia, no dejó de desahogar sus molestias–por eso mismo era que me alejé de todos, necesitaba espacio para pensar, para meditar. Sabía que si de la noche a la mañana todos me vieran junto a Shapner, nadie dejaría de hacerme preguntas y de darme miradas entrometidas.
– Bueno Videl, a ti y a Shapner les tengo un gran aprecio, ustedes dos lo saben muy bien–Ireza, dando por finalizado el coloquio, le devolvió la mirada seria–hagan lo que hagan los dos, no pienso ponerles obstáculos pero sólo quiero darte un consejo: si desde el principio te das cuenta que ustedes dos no funcionan juntos, mejor no sigan más. Cuando no hay verdadero amor entre dos personas, únicamente se hacen daño entre sí.
Viendo como tomaban sus cosas para marcharse, Gohan empleó su velocidad para desaparecerse de allí en el instante exacto en que ellas cruzaban la entrada iniciando su caminaba hacia sus hogares. Escondido y flotando en el techo, Gohan resopló aliviado cuando ninguna de sus compañeras de salón inclinó sus cabezas hacia arriba. De haberlo hecho, lo habrían descubierto.
Sintiendo sus ki ya suficientemente lejos de él, Gohan tuvo la confianza de transformarse en el Gran Saiyaman para volar como un cohete en dirección a las montañas Paoz. Y desde ese momento hasta la actualidad, los reproches le acosaban nuevamente queriendo retroceder el tiempo y evitar que su otro yo naciera para arruinar su existencia.
Y a pesar de que sabía que eso era posible, usar magia para solventar sus problemas no era correcto. Ya que eso, simplemente, significaría que prefería huir de ellos en lugar de confrontarlos.
– ¿Por qué siento que las cosas van empeorar todavía más? –lanzando una pregunta al aire, Son Gohan se hablaba a sí mismo con el deseo de escuchar cualquier cosa que no fuera el odioso silencio que lo envolvía.
La respuesta a esa interrogante le era más que obvia, la podía adivinar sin temor a equivocarse. Aquello era más que una mera corazonada o un simple presagio: él tendría que enfrentarse no sólo sus remordimientos, sino además, a la creciente rabia de Shapner. Y con el rostro del rubio manifestándose en sus pensamientos, le fue imposible no imaginarlo parado al lado de Videl.
Mirándolo con una expresión de ira, un espectral Shapner no despegaba sus ojos de él. Gohan sabía a la perfección que no había nada que Shapner pudiera hacer para lastimarlo físicamente, aún así, y sin ponerle un dedo encima, la desdicha sufrida por el rubio se convirtió en una herida que caló profundamente en Gohan.
Dicha herida, sumada a las frías retinas de Videl cargadas de rencor, se volvía más que insoportable. No obstante, Gohan no podía evitar mirar con desconfianza a Shapner. Su cambio de actitud levantaba preocupación en el semisaiyajin, volcando su interés hacia Videl. Por ende, Gohan luchaba por comprender dónde encajaba ella en sus sospechas hacia él.
Y justo allí, Ireza, alimentando su paranoia, se manifestó en sus recuerdos reiterando sus palabras:
– Cuando no hay verdadero amor entre dos personas, únicamente se hacen daño entre sí.
¿Acaso era posible esa idea?
¿Acaso su disparata mente sólo jugaba con él?
Por muy improbable que pareciera Gohan empezaba a temer que Shapner, en su afán por verse las caras con él, usaría a Videl como una especie de señuelo sólo para llamar su atención, e inclusive, más vilmente, utilizarla a ella como una herramienta en su contra. En un principio Gohan descartó tal cosa, esa posibilidad era impía y ajena al modo de ser y pensar de Shapner.
Sin embargo, al evocar el desbordante desprecio del rubio hacia el Gran Saiyaman, aunado a su desmedida y repentina cercanía a Videl, Gohan creía que esos dos indicios tenían el peso necesario como para sustentar tal intuición. Pero más que ser unos meros indicios, eran un par de sombras impregnadas de dudas que, podrían o no, llevarlo a alguna parte.
– Me estoy volviendo loco…
Tal exclamación resultaba irónica. Videl, incontables veces, murmuró esa misma frase al querer unir las piezas del rompecabezas que el Gran Saiyaman dejaba tiradas detrás de sí. Ahora era el turno de Gohan para estar atrapado en un laberinto interminable, ignorando por completo qué camino debería tomar para al fin salir de esa oscuridad llena de incógnitas y escasa en soluciones.
El destino, sin que Gohan lo imaginara, le daba a probar una cucharada de aquel néctar que Videl comió por meses. Y con ese sabor agridulce en su paladar, Gohan buscó su reloj acariciándolo con sus manos al verlo con resignación. Gohan siempre se consideró como alguien leal a sus promesas; pero, habiendo roto su juramento de no acercarse a Videl, ya no existía excusa que se lo impidiera.
Sí, aún se sentía responsable de los flagelos que Videl y Shapner padecieron; pese a eso, el primogénito de Goku, al ver que un inminente choque de fuerzas se avecinaba, recurría a su álter ego para reducir todo el daño colateral que pudiera. Huir y alejarse no fueron ni serían la solución, así pues, Gohan aceptaba que si debía caer lo haría si Videl, verdaderamente, así lo quería.
– Yo provoqué todo esto, y sólo yo lo puedo arreglar…
Y con la imagen de una Videl sollozante, sufrida y rabiosa a raíz de sus actos, él, aunque ella lo odiase, la cuidaría de quién fuere, incluso, de sí misma.
Por más que lo intentó, estaba demasiado emocionado como para dormirse. Ya había dormido suficiente, lo hizo los últimos años sin darse cuenta de ello. Y ahora, encontrándose en su propia casa, en su propia habitación y en su propia cama, Shapner contaba cada segundo esperando que el amanecer tocara a su puerta.
Varias horas atrás, al plantar en un pie en su recámara luego de estar dos semanas en el hospital, el rubio trajo a su mente todas aquellas fantasías y sueños que vivía en secreto dentro de esas cuatro paredes. Frente a sus compañeros de salón, Shapner siempre exhibía un aura de arrogancia pretendiendo lucir una imagen sólida como una roca.
Pero, en su interior, y al estar en soledad, él se refugiaba en sus anhelos para llenar el vacío que su amor no correspondido iba cavando en su corazón. No obstante, aquella época de fingir y de llorar sus penas a escondidas se acabó. Con cierto humor sarcástico, se evocó a él mismo parado adelante de su espejo hablándole a una Videl imaginaria mientras se peinaba y arreglaba.
Y justo en ese momento, pero al otro lado de la ciudad, los papeles se volteaban siendo Videl quien pensaba qué decirle a Shapner al tenerlo ante ella otra vez. Sabía mejor que nadie que un millar de ojos se posarían sobre ella al hacer el más mínimo movimiento hacia él, y con eso, los cuchicheos y rumores resonarían a su alrededor juzgándola sin importarles sus sentires.
No pudiendo dormir, Videl miraba el techo borrando cualquier pensamiento que cruzara por su cabeza. Y Shapner, nuevamente, sin estar presente a su lado, volvía a funcionar como un sedante mandando al demonio las opiniones de los demás. Con sus pesares y culpas anestesiados por el recuerdo de aquel beso incorrecto, Videl se llenó de paz.
De una falsa paz que la adormeció.
Y el amanecer, tomándola por sorpresa, se presentó frente a ella diciéndole que el tiempo de eludir se agotó. Todavía sin saber cómo actuar al llegar a la escuela, Videl tomó una ducha rápida y se preparó para partir. Vestida, peinada y con su mochila colgando en su espalda, Videl salió de su cuarto caminando apurada descendiendo por las escaleras de la mansión.
– ¡Videl!
Pese a su prisa, y exactamente igual que ayer, la voz de su padre la detuvo en el escalón final haciéndola voltearse hacia él.
– Papá…
– Buenos días, hija–serio pero no malhumorado, el campeón se veía dispuesto a comenzar el día desde primera hora–anoche no bajaste a cenar, pensé en irte a buscar pero consideré que tal vez era más correcto dejarte sola como me lo pediste.
– Sí, gracias–queriendo irse, Videl dio tres timoratos pasos hacia la salida–debo irme ya papá, no quiero llegar tarde a la escuela.
– Aún es muy temprano, Videl–su padre, tranquilamente, la frenó al comprobar la hora–además, no has desayunado. Ya le ordené al cocinero que te prepare algo de desayunar.
Videl, con rapidez, buscaba cualquier excusa, el más mínimo pretexto para retirarse de ahí; pese a eso, su padre, dialogándole con suavidad, terminó por convencerla:
– Anda hija, ven, desayunemos juntos, hace mucho que no charlamos en la mesa.
Habiendo pasado tanto desde la última vez que él se comportó como un verdadero padre con ella, para Videl verlo actuar de dicha manera le resultaba tan extraño y fuera de lugar. Pero Videl, motivada por la nostalgia de un ayer más simple y menos glamoroso, se dejó ablandar por su oferta y terminó cediendo al asentir afirmativamente.
Contento, teniendo la primera verdadera alegría desde su regreso, Mr. Satán no resistió el impulso de acercarse a ella y abrazarla, guiándola al comedor donde un par de sillas vacías los esperaban. Tomando asiento, uno frente al otro, esperaron a que los lacayos les sirvieran sus platillos empezando a comer al tener ante ellos sus respectivos platos.
– Me encantan los huevos con tocino–Mr. Satán, queriendo romper el hielo, le comentó a una callada Videl quien masticaba despacio una rebanada de pan tostado–recuerdo que antes le pedía a tu madre que me preparara el mismo desayuno todos los días. Dios santo, cómo la echo de menos…
– Yo también, sigo sin acostumbrarme a su ausencia–Videl, por fin diciendo algo, le dio un sorbo a su vaso con jugo de naranja–creo que muchas cosas serían diferentes si ella pudiera estar aquí con nosotros…
– Sí, pienso lo mismo.
Mirándola, no quitándole la vista de encima, Mr. Satán veía a su niña sintiendo tantísima culpa. Le dolía, le dolía demasiado el paso de los años. Aquella Videl pequeña que adoraba pasear sentada en sus hombros desapareció para no volver jamás. Tal cosa era normal, las personas crecían y maduraban, pero lo que le provocaba más dolor era no haber estado allí para verla crecer.
Su niña, su eterna niña se transformó en toda una señorita, una hermosa señorita idéntica a su difunta esposa cuando ambos se conocieron en su ya distante juventud. Y cuando menos se percate aparecerá un hombre que se la arrebatará sin que pueda evitarlo, se la llevará lejos de sus manos, se la llevará a otro techo, a un techo que no era el suyo.
Y él, solo, anciano, viviendo en una jaula de oro puro, pasará el resto de su existencia extrañándola. Sin embargo, Mr. Satán creía que las cosas no tenían por qué terminar así. Si enmendaba sus miles de equivocaciones, sus innumerables fallas, le aseguraría una genuina felicidad a Videl, a él e inclusive, a sus futuros nietos y descendientes.
Pero antes de pensar en un posible porvenir, primero debía corregir su presente.
– Videl–retomando la conversación, Mr. Satán se disponía a tocar un tema sensible con la mayor de las delicadezas–anoche mencionaste algo de que un amigo tuyo casi muere porque no pudiste ayudarlo, cuando dijiste eso no supe qué decirte porque sinceramente no sabía a qué te referías, así que, quería preguntarte si podrías explicarme qué fue lo que pasó.
Dejando la cuchara que usaba sobre su plato vacío, Videl agachó el rostro entretanto delineaba una mueca indescriptible en sus facciones.
– Me doy cuenta con facilidad que es algo que no te trae buenos recuerdos, pero de verdad hija, deseo y necesito comprender muchas cosas que pasaron mientras no estaba–esforzándose, el campeón sonaba lo más dócil y diplomático que podía, dejando en el olvido su voz autoritaria y exigente–Videl, te lo ruego, explícame, quiero entender.
– De acuerdo–resignada, Videl empezó a juguetear con sus manos al subirlas a la mesa–te lo voy a contar muy resumidamente, pero por favor papá, no insistas en querer hacer algo. Ya no hay nada que me haga cambiar de parecer.
– Está bien, hija. Te escucho, cuéntame qué pasó.
– Hace unas semanas atrás, la policía me llamó pidiéndome ayuda como siempre pasaba–Videl, con lentitud, le iba narrando–una banda de asaltantes estaban robando en un club nocturno, se oía fácil, ya había solucionado problemas más complejos antes así que eso no me pareció la gran cosa.
– Ya veo, continúa.
– Era un sábado por la noche, me di prisa para llegar a tiempo cruzando los dedos para no toparme con el Gran Saiyaman, ese entrometido se había estado interponiendo en mi trabajo y ya me tenía harta–reflejando una pizca de su viejo yo, Videl le habló con un sutil enfado–cuando llegué y vi que él no estaba allí me alegré mucho, así que no me demoré y entré en el lugar.
Mr. Satán, poniéndole muchísima atención, fue memorizando toda su historia sin olvidarse de ni un sólo detalle.
– Eran un grupo patético, puros fracasados que pensaban que al estar armados eran invencibles. No me costó nada desarmar y neutralizar a los primeros, parecía ser otra noche de rutina–recordando muy bien lo que sucedía más tarde, Videl se hundió en su silla–luego me di cuenta que un compañero de la escuela, Shapner, estaba allí entre la multitud.
– ¿Él es el amigo que dijiste que casi muere?
– Sí papá, es él–le contestó francamente–en ese instante bajé la guardia, me confié, creí que ya tenía todo bajo control cuando sucedió…
– ¡Videl, agáchate!
– Uno de los tipos iba a dispararme por la espalda, me hubiera matado fácilmente de haberme dado, pero…pero Shapner se interpuso y me cubrió recibiendo el disparo por mí–sintiendo sus ojos humedecerse, Videl luchaba por no desmoronarse–me quedé quieta sin hacer nada, me quedé allí parada sin mover ni un dedo. Todo pasó tan deprisa que no tuve tiempo para pensar, fue demasiado rápido, y cuando recuperé la noción de lo que sucedía, Shapner estaba tirado en el piso en un charco de sangre e inconsciente.
– ¡Shapner!
– Videl, hija, por lo que escucho lo sucedido fue un accidente. No veo que tengas responsabilidad en nada…
– ¡No sigas papá, no sigas! –Ya con varias delgadas lágrimas mojándole las mejillas, la otrora heroína mostró su lado más humano y frágil–desde ese día todos me han dicho la misma patraña, la misma excusa barata para que olvide lo que pasó, pero yo sé que sí fue mi culpa.
Mr. Satán intentó hablarle, pero ella se le adelantó:
– Luego de pensarlo comprendí que si el Gran Saiyaman hubiera intervenido, las cosas habrían terminado diferente, muy diferente.
– ¿De verdad crees eso, Videl? –Cuestionándole, el campeón intentaba hacerla pensar para que reflexionara de un modo menos drástico e impetuoso– ¿de verdad piensas que si ese tipo hubiera estado allí no habría pasado lo que pasó?
– Claro que sí, por supuesto que sí–Videl le reafirmó tajante–él habría reaccionado en un segundo, hubiera salvado el día como siempre lo hace. Y más importante aún, nadie hubiese salido herido.
– ¿Y cómo se encuentra tu amigo, ya está mejor?
– Sí, él no está grave, sólo tiene un hombro lastimado por el disparo pero está bien…
– Ya veo, quizás si pudieras hablar con él, podrías…
– Ya lo hice papá, ya lo hice–no queriendo comentarle la demostración de afecto que Shapner le obsequió, Videl decidió omitir ese detalle, por el momento–lo visité en el hospital, hablamos de lo que pasó. Él me dijo lo mismo que me han dicho un millón de veces pero sigo pensando igual, sigo pensando que pude haber hecho más, que pude haber hecho las cosas de otro modo. Pero no puedo regresar el tiempo, ya no hay nada que pueda hacer al respecto. Me equivoqué y esa equivocación me perseguirá el resto de mi vida.
– Hija, déjame decirte algo–apurándose, él deseaba retomar la palabra sin que Videl se le adelantase–además de tu apariencia, te pareces muchísimo a tu madre en el carácter. Y como ella, en ocasiones, tomas decisiones muy extremas. Aún eres muy joven, hija, muy joven como para que ya tengas remordimientos atormentándote. Todo eso pasará, pasará y lo superarás, aunque me digas que no, así será. Te lo aseguro no porque sea tu padre, sino, porque ya estoy viejo y he pasado por lo mismo. Es sólo cuestión de tiempo, Videl…
– Y hablando de tiempo, ya tengo que irme a la escuela…
Agotándose el diálogo para Videl, la antigua heroína se irguió ansiosa por irse de una vez.
– Cierto, pero ven conmigo, yo te acompañaré a la escuela–poniéndose de pie, Mr. Satán estaba decidido en recuperar cada segundo perdido junto a ella–trae tu mochila, no quiero que llegues tarde.
Videl tenía una vaga idea de lo que su padre pretendía; pese a saberlo, no puso ningún obstáculo en su camino. Sabía que él sentía culpa, lo sabía, lo sabía porque era la misma sensación de culpabilidad que ella venía cargando desde hacía semanas. Por otro lado, habiéndose acostumbrado a construirse ella sola su propio sendero, no asimilaba tenerlo tan cerca de sí.
Fue un viaje cargado de una superficial y silenciosa calma. Y mientras avanzaban con lentitud en las atestadas autopistas de Ciudad Satán, Videl miraba al cielo a través la ventanilla de la limusina deseando volar. Amaba volar, lo amaba. Ninguna otra cosa le provocaba tanta libertad como estar en el aire, allí, arriba de todo y todos, era libre de tomar cualquier ruta o rumbo.
No obstante, al desear encumbrarse entre las nubes, para su desgracia, eso lo trajo a él a sus pensamientos. Verlo flotar y emprender el vuelo sin la ayuda de una máquina la intrigó por meses, en un comienzo creyó que se trataba de alguna especie de truco o ilusión óptica, pero no, no le tardó mucho en convencerse que aquello, a pesar de lo inverosímil que se veía, era real. Muy real.
¿Cómo?
¿Cómo demonios lo hace?
¿Cómo, cómo, cómo?
¡Ya basta!
Agachando la mirada a sus pies, Videl se gritó internamente ordenándose a ella misma detenerse. Fuese cual fuese el método que empleaba para lograrlo, ya no era de su interés averiguarlo. Y si bien a una parte de ella no le gustaba del todo, no le quedó más remedio que recurrir a su placebo, a su sedante, a su anestesia: Shapner.
– Videl…
– ¿Sí?
– Te amo…
Allí estaba de nuevo, repitiéndose mentalmente aquel corto pero ineludible instante. Un maldito y bendito instante que, milagrosamente, siempre venía a su rescate enviando al más ardiente infierno al superhéroe y a su insoportable perfección. Sin embargo, al deshacerse de un problema, su aparente cura le traía otro.
Un problema de larga cabellera rubia.
– Ya llegamos, te deseo un buen día, hija–viendo a Videl abrir la puerta para bajarse del vehículo, Mr. Satán la sujetó levemente de su muñeca izquierda haciendo que ella le mirase–te estaré esperando en casa, si quieres que conversemos sobre lo que sea lo haremos con gusto.
– Gracias papá, nos vemos luego…
Mr. Satán, viéndola alejarse cada vez más, permaneció ahí sin moverse uniendo las nuevas piezas del rompecabezas que su hija le dio. Gradualmente iba observando todo el panorama, y con cada vistazo que le daba, se convencía todavía más: el Gran Saiyaman, él y sus trucos baratos, eran el artífice de toda esta calamidad.
– Vamos, regresemos a casa.
Con su chofer obedeciendo su orden, Mr. Satán buscaba desesperado la solución que remediara la crisis que el enmascarado creó. Tal vez no era el hombre más fuerte del mundo, como solía presumir, pero siendo un padre dolido comprendía perfectamente que nadie era invencible. Ese rufián vestido de payaso debía tener una debilidad, algo que mostrara lo que es en realidad:
Un fraude y un impostor…
– Debe haber alguien que me pueda ayudar, debe haber alguien…
Entrando en su salón, a su vez que el campeón meditaba, Videl no se detuvo a responder los saludos de buenos días que recibía completamente indiferente de sus alrededores. Tal actitud no generó sorpresas, al contrario, ya era usual verla actuando de esa manera. Ireza, acomodándose a su derecha, únicamente le miraba sin tener la más mínima idea de qué decirle.
Gohan, segundos más tarde, hizo acto de presencia notando sin demoras los semblantes apagados del dúo de chicas. Saludándolas lo más normal que pudo fingir, solamente Ireza le respondió el gesto con una gota de alegría. Videl, en contraste, apenas si asintió aún sumergida en la inesperada charla que tuvo con su papá.
Dudoso, Gohan se giró hacia ellas con el pretexto de hablarles sobre lo que fuera. Pero, súbitamente, un fuerte murmullo se apoderó de los pasillos en las afueras de su aula. Ireza, muy intrigada por tanto ruido, se levantó de su silla caminando hacia la puerta queriendo saber qué pasaba. Gohan, sintiendo un ki muy familiar acercándose, de inmediato supo lo qué sucedía.
– ¡Shapner!
Escuchando el grito ensordecedor de Ireza, no fueron necesarios más preámbulos para aquel reencuentro que, superficialmente, daba la impresión de ser amigable, sincero y reconfortante para los allí reunidos. Aunque, aquello, fue totalmente lo apuesto para Gohan y Videl. Y como si pudieran leerse los pensamientos el uno al otro, ambos exhalaron con preocupación al unísono.
– Hola a todo el mundo…
Ver a Shapner entrando con una enorme sonrisa adornándole los labios, provocó que tanto Gohan como Videl vieran sus conjeturas y temores cristalizarse. Les gustara o no, los tres, por igual, saldrían heridos al terminar. Y este, dolorosamente, era tan sólo el comienzo.
Fin Capítulo Ocho
Hola, muchísimas gracias a todos por leer otro de mis capítulos. Bueno, esta vez seré breve en mis comentarios finales para no repetir lo que ya he dicho en los anteriores. Ya el fic está entrado en su etapa media, y va poco a poco madurando y adentrándose más en el conflicto que los episodios pasados fueron sugiriendo a medida que los hechos fueron dándose.
Sé que a muchos la idea de un hipotético romance entre Shapner y Videl les hará fruncir el ceño con sólo imaginarlo, lo sé, a mí me pasa, pero con ese detalle quiero no sólo darle protagonismo al personaje de Shapner, sino también, sacar lo peor de Videl y mostrar que ella es un ser humano que se puede equivocar y tomar pésimas decisiones. Y sobre todo, volver a levantarse.
Confío que eso no les haga detestar el fic, espero que le den una oportunidad y así ver lo que trato de mostrar. Ya para acabar, les doy mi gratitud a Vanessa neko chan, HnW, Ferunando, Majo24, Giu Giu Salamander y a Linkyiwakura por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
