Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 12
En la mesa ya no quedaba ni un plato o cuchara, sus sirvientes recogieron hasta la última pieza de la vajilla con una sorprendente rapidez adquirida gracias a los años de monótona repetición. Aún así, y como acostumbraba hacerlo después de cenar, Mr. Satán degustaba de una copa de vino mientras también saboreaba uno de sus habanos favoritos.
Si bien la cena había terminado hacía más de unos minutos, Mr. Satán continuaba sentado en su silla sin emitir el más pequeño sonido. Con sus ojos cansados, sumergido en el silencio de la noche, el campeón miraba el vacío ante él como si allí estuvieran las respuestas que tanto quería y, sobre todo, necesitaba hallar.
Lentamente, todavía sin decir nada, Mr. Satán volteó su cabeza hacia su izquierda contemplando con atención el asiento desocupado que, instantes atrás, Videl usó. Jugueteando con el puro entre sus dedos, Mr. Satán lo llevó a su boca dándole una profunda calada llenándose de su inigualable sabor. De inmediato, con suavidad, sopló el humo brindándole la forma casi perfecta de un anillo.
– Videl…
Como era de esperar, la imagen de su hija seguía fresca en sus pensamientos acaparando gran parte de su interés. Aunque, dibujándose en la bocanada de tizne que salió de sus labios, la silueta de otra persona agitó su corazón confiando en que él le ayudaría. Shapner, ese era su nombre, y a pesar de no conocerlo cara a cara, Mr. Satán ya lo consideraba como un futuro aliado.
Sacudiéndolo inesperadamente, el elegante reloj que colgaba en la pared lo estremeció con sus campanas al anunciar la hora exacta. Girándose hacia éste, el campeón mundial bebió de golpe el resto del licor que aún le quedaba poniéndose de pie segundos más tarde. Y al hacerlo, ya como una obsesión, Mr. Satán otra vez se quedó mirando el lugar que Videl suele ocupar.
– Ese infeliz maldito…
Era imposible para Mr. Satán no pensar en el Gran Saiyaman al evocar a Videl, ese supuesto superhéroe era como una maldición, una especie de parásito que se negaba a separarse de Videl desmoronándola más y más con su presencia. Aún le costaba mucho trabajo admitirlo, pero el Gran Saiyaman no era el bufón inofensivo que creía que era.
Afligido y molesto, Mr. Satán inició su marcha abandonando el comedor de su mansión encaminándose no a su habitación, sino a su oficina. Deseaba ir a dormir, deseaba tirarse en su cómoda cama y olvidarse de todo. No obstante, él sabía que aquello no era posible. Una duda que iba creciendo en él lo atormentaba como una astilla en su conciencia llevándolo a la demencia.
Una demencia que creyó sepultar siete años atrás pero que, igual que un búmeran, regresó a él con más fuerza.
No le tomó mucho tiempo entrar en su despacho privado, cerró la puerta y la aseguró no queriendo ninguna visita ni intromisión. Despacio, con un temor muy humano, Mr. Satán se aproximó a la pintura de su esposa que colgaba arriba de la chimenea. Miró el rostro de su amada con una inmensa devoción, diciéndose por millonésima vez lo idénticas que eran Videl y su madre.
Luego de una corta eternidad, Mr. Satán extendió sus brazos hacia el retrato palpando con las puntas de sus dedos el borde del marco que lo mantenía en su sitio. Al cabo de una fugaz búsqueda, encontró un diminuto botón que al accionarlo reveló el tesoro que aquel cuadro escondía detrás de sí.
Mr. Satán poseía numerosas cajas fuertes donde guardaba su dinero, joyas y demás posesiones costosas. Sin embargo, existía una que no se mostraba a la vista como todas las demás. Esa, a diferencia del resto, contenía un misterio que ni siquiera el mismísimo campeón mundial era capaz de explicar ni comprender. Era un misterio que, honestamente, le alteraba los nervios.
Habiendo digitado la clave de seguridad el padre de Videl observó, por primera vez en muchísimos años, la videocinta que allí se ocultaba sacudiendo la fina capa de polvo que la cubría. Cualquiera diría que era una vieja y obsoleta cinta de televisión; empero, era el título escrito sobre ésta la que la dotaba de una rareza e importancia única en todo el mundo: Torneo de Cell.
– ¿Acaso ese maldito payaso es uno de ellos? –Susurrándose a sí mismo, Mr. Satán se planteó una pregunta cuya respuesta lo enfurecía y lo asustaba a la vez– ¿acaso el Gran Saiyaman tiene algo que ver con esos sujetos de cabellos rubios?
Desde que el Gran Saiyaman apareció, Videl, fiel a su personalidad curiosa, emprendió una cruzada personal por atraparlo y así descubrir la identidad del hombre que se refugiaba con tan pintoresco disfraz. Ella, con una pericia magistral, recolectó evidencias y testimonios reuniendo las piezas de un rompecabezas que, sin quererlo, se escapó de su control atrapándola en un laberinto.
Por su parte, Mr. Satán le restaba importancia a ese individuo diciéndole que no era más que un farsante. Tal discurso, secretamente, tenía un doble propósito: sacar al Gran Saiyaman de la mente de Videl, y convencer al propio Mr. Satán que la experiencia que vivió en el Torneo de Cell no fue verdadera. Si bien su memoria y sus sentidos le indicaban lo contrario.
Así pues, prosiguió con ese alegato quitándole autenticidad a las hazañas del enmascarado deseoso de alejar a su hija de él. Lamentablemente para el campeón, el destino quiso que ellos se acercaran aún más. Y ahora, viendo como su familia se hundía en un pantano de sufrimiento y tristeza, Mr. Satán no tuvo más alternativa que enfrentar los fantasmas del pasado.
– Juré que olvidaría todas estas tonterías pero si esto me ayuda a salvar a Videl, lo haré…
De pie, inmóvil delante de su televisor, Mr. Satán insertó la antigua grabación oprimiendo el botón de reproducir siendo transportado de vuelta, inmediatamente, a aquel lejano día donde su cordura cuestionó todo lo que creía conocer y entender de la vida. Un día que, le gustara o no, lo marcó para siempre con fuego volviéndose un punto de no retorno para él.
En un comienzo, al ver las amenazas de Cell en aquel noticiero, Mr. Satán pensó que ese sujeto de apariencia tan extraña no era más que un tipo disfrazado. Con esa idea en mente, y habiéndose coronado recientemente como campeón mundial de las artes marciales, él sintió que era su deber poner en su lugar a Cell y devolverle a la Tierra la paz que éste le arrebató.
Al llegar a la plataforma que Cell colocó en medio de la nada, Mr. Satán, apegado a su estilo, quiso alivianar la tensión dándole una dosis de hilaridad al torneo. Se mofó de Cell varias veces, mostró sus habilidades rompiendo ladrillos y dijo diversos chistes que, actualmente, lo avergonzaban en lo más profundo de su ser.
Encontrándose, frente a frente con Cell, la primera muestra que aquello no era una ilusión se manifestó al notar lo realista que era el aspecto de éste. Mr. Satán no lo dijo públicamente, pero aquel demonio no era ningún fraude. Lo golpeó con todas sus fuerzas, en verdad que lo hizo, aunque sus ataques eran como petardos tirados al sol: inútiles y nulos.
No obstante, las rarezas y eventos sobrenaturales apenas iban a comenzar. Una vez fuera del ring, y sumido en un dolor brutal al ser expulsado del cuadrilátero por un manotazo de Cell, Mr. Satán observó una serie de puntos luminosos que brillaban en lo más alto del cielo azul. Meteoritos o estrellas fugaces, esos fueron los principales pensamientos que tuvo al mirar tales luces.
Jamás imaginó que fueran personas.
– No sabemos quiénes son; pero un grupo de hombres desconocidos ha llegado al Torneo de Cell volando–levemente distorsionada, la voz del periodista que narró los sucesos aquel día, se escuchaba en la vieja grabación haciendo estremecer a Mr. Satán–damas y caballeros, no puedo explicarles cómo; pero estos individuos aparecieron de la nada volando por los cielos… ¿Mr. Satán, podría explicarnos qué está pasando?
– No se dejen engañar, no es más que un vil truco…
Avergonzado, Mr. Satán se escuchó a sí mismo siete años en el pasado reclamándose, en sus adentros, por haber sido tan arrogante de no admitir su ignorancia.
– Uno de esos desconocidos ha subido a la plataforma, al parecer pretende luchar contra Cell…
En sus futuras noches de insomnio, un confundido Mr. Satán pasaría largas horas buscando respuestas a los sucesos que ese hombre y Cell protagonizaron. Ver lo que ambos hacían fue una auténtica locura, algo fuera de todo entendimiento: volaban, saltaban cientos de metros, sus puñetazos estremecían el suelo y de sus manos salían destellos de colores.
La cámara que transmitía en vivo el torneo fue incapaz de captar los movimientos de los adversarios, haciendo imposible que estos quedaran inmortalizados en la cinta. Aún así, Mr. Satán no despegó sus ojos de la pantalla, y como si verdaderamente estuviese allí otra vez, su piel se erizó llenándolo de las mismas sensaciones que lo sacudieron en aquel momento.
– Ellos hacen lo mismo que el Gran Saiyaman, hacen lo mismo.
Uniendo el pretérito con el presente, Mr. Satán recordó las incontables ocasiones en que Videl mencionaba las proezas del superhéroe. Al comparar tales proezas con lo ocurrido en la batalla contra Cell, al campeón mundial no le tomó demasiado tiempo darse cuenta que eran prácticamente iguales.
El culpable de destruir a su hija era un monstruo, un fenómeno salido del averno.
A consecuencia de una impetuosa explosión, la grabación perdió muchísima nitidez mostrándose millones de líneas de estática que, irremediablemente, no permitían ver con claridad qué pasaba. Pero, una vez más, las remembranzas de Mr. Satán se adueñaron de él llenando los agujeros que la videocinta no podía llenar.
Con la violencia llegando a extremos insospechados, Mr. Satán y sus acompañantes se vieron en la obligación de buscar refugio detrás de unas rocas. Allí, temblorosos y aterrorizados, presenciaron con total incredulidad como un infante; un niño de cabellos rubios, reemplazaba al primer contendiente de Cell aceptando el reto de vencerlo.
Nunca, nunca olvidará los gritos agónicos y de tormento de ese chico. Cell, como el villano que era, lo torturó y castigó como una inocente oveja en el matadero. Empero, emulando al ave fénix surgiendo de las cenizas, aquel jovencito se repuso de tan cruel maltrato y peleó con Cell de un modo similar al sujeto desconocido minutos antes.
Tenía miedo, literalmente se moría del miedo. Mr. Satán, escondido entre los escombros y creyendo que su existencia se terminaría, soltó una silente plegaria al viento lamentando no estar con su hija y su esposa. Por unos breves segundos, su arrogancia y orgullo se hicieron añicos, rindiéndose ante lo que no entendía. Desgraciadamente, el infierno se volvió todavía peor.
– Siete criaturas, siete diminutas criaturas idénticas a Cell han parecido en el campo de batalla–mejorando la nitidez del video, en la televisión Mr. Satán miró con horror como los hijos de Cell daban rienda suelta a sus maldades–esto es verdaderamente increíble, en todos mis años como periodista jamás había visto algo semejante. Estoy seguro que el mundo entero nunca lo olvidará…
Mr. Satán, oyendo ese comentario del reportero, impulsivamente extendió su mano hacia el reproductor deteniendo el video recordando como él, usando sus influencias, se adueñó del único casete que existía de dicho evento asegurándose que las imágenes allí almacenadas no fueran difundidas bajo ninguna circunstancia.
Ya que, de haberse hecho, no sólo se demostraría la veracidad de los supuestos trucos de Cell, sino además, que la mentira que ha sostenido en pie su imperio se destruiría en un santiamén. Toda su riqueza y toda su gloria, eran una mentira. Su más grande victoria era una farsa, y él, siendo muy consciente de las secuelas que se producirían al descubrirse todo, hizo desaparecer las pruebas.
– No hay duda, el Gran Saiyaman tiene algo que ver con esos hombres–hablándose con voz baja, Mr. Satán admitía que la situación poseía una connotación más grave y complicada de lo que pensaba en un principio–debe haber alguna manera de vencerlo, debe haber alguna manera de vencer a un fenómeno como él.
¿Cómo se vence a alguien que puede desafiar a la gravedad?
¿Cómo se vence a alguien que se mueve más rápido que un rayo?
¿Cómo se vence a alguien que es capaz de hacer temblar el mundo con sus puños?
¿Cómo?
Mr. Satán no lo sabía, por más que se partió la cabeza pensando no hallaba respuestas a tales cuestiones. Aún así, una cosa sí la discernía a la perfección: el Gran Saiyaman no se saldría con la suya, no lo haría. Quizás tenga dones milagrosos; pero eso no evitará que su furia de padre afligido hiciese justicia. Con o sin poderes, el Gran Saiyaman pagaría por sus crímenes.
Tal vez un ejército, existían muchos mercenarios que pondrían en riesgo sus vidas a cambio de una jugosa recompensa. Dejándose llevar por esa idea, el campeón imaginó a un batallón armado luchando hasta la muerte con el Gran Saiyaman, los vio vaciar los cargadores de sus armas lanzando una interminable lluvia de plomo contra el superhéroe enmascarado.
Y al final, coronando el pastel, aquellos soldados a sueldo accionaron una potente bomba que pulverizó al encapuchado. A pesar de tal repentina fantasía, Mr. Satán se dijo que apelaría a una medida así como último recurso. Lo cual, lógicamente, lo forzó a retorcer en su reducida lista de opciones topándose con la primera.
– Shapner…
Casi como un fantasma que respondía a un llamado, el joven que cortejaba a su primogénita reapareció en sus planes convirtiéndose en su esperanza de devolverle la felicidad a Videl.
– Necesito hablar con ese chico, algo me dice que él piensa como yo…
Era una insensatez, pero sobre todo, era un suicidio. Desesperado, ya no sabiendo qué hacer, pretendía que un jovencito ordinario luchara, mano a mano, con un sujeto que gracias a sus poderes lucía casi como un dios. Nadie, absolutamente nadie, se atrevería tan siquiera a sugerir semejante posibilidad. Pese a eso, Mr. Satán consideraba hacerlo realidad.
Habiendo aceptado los indicios de los que huyó por tantos años, Mr. Satán comprendía que estaba a punto de iniciar un peligroso juego que, dependiendo del resultado, podría llenarlo de una plácida paz o de una mortal culpa que lo acosaría por el resto de sus días. Con lentitud, cargando el peso que eso conllevaba, se giró hacia la pintura de su esposa admirándola una vez más.
Ella, si estuviese con vida, no aprobaría sus métodos armándose de valor para incluso detenerlo.
– No me gusta la idea, pero es la única forma. La única.
Sintiendo los nacientes síntomas de una molesta cefalea, Mr. Satán tomó una decisión de carácter irreversible: para corregir sus muchos errores del pasado, cometería uno más.
– ¡Demonios! –Blasfemó Videl con un marcado disgusto– ¿por qué todo tiene que ser tan estúpidamente complicado?
Harta, completamente fastidiada de lidiar con todo, Videl eligió en cuestión de segundos la ropa que usaría al día siguiente para su cita con Shapner. Sabía que al despertarse por la mañana lamentaría con gran pesar su elección; empero, deseando aligerar la pesada carga sobre sus hombros, Videl no se anduvo con rodeos y dejó en firme su decisión final.
Del mismo modo, Videl seleccionó el calzado que utilizaría sin ni siquiera pensarlo demasiado. Con su vestuario ya preparado, Videl cerró las cortinas de sus ventanas dotando a su habitación con una espesa oscuridad, la cual, tenuemente, era combatida por la inofensiva bombilla de su lámpara de noche junto a su cama.
Poniéndose más a gusto, la otrora justiciera se quitó sus zapatos haciendo luego lo mismo con sus calcetines. Notando sin demoras la gélida temperatura que trasmitía el piso, la ojiazul se sentó en su colchón arropándose de arriba a abajo hundiendo su cabeza en su almohada. No quería recordar ni al rubio ni al Gran Saiyaman, meramente apetecía descansar cómo solía hacerlo antes.
– Desearía que el tiempo retrocediera y que nada de esto estuviese pasando…–poco antes de cerrar sus ojos Videl enunció un grácil ruego que, sin imaginarlo, su propia mente trataría de cumplirle.
Fue tal su cansancio que, al sentirse protegida bajo sus cálidas mantas, Videl se marchó de este mundo cayendo en el más profundo reino onírico. Allí, en un comienzo, se sintió libre de toda culpabilidad y arrepentimiento siendo ella misma otra vez. Gradualmente, Videl se vio a sí misma recuperando el calor de su piel irradiando aquel ardiente espíritu que siempre la caracterizó.
Su entorno fue aclarándose dejando las sombras atrás, y en su lugar, la luz fue bañándola dándole un panorama impecable del sitio donde se encontraba: Ciudad Satán. Viendo hacia el suelo, notó que sus pies yacían cómodos en sus botas verdes mientras sus manos hacían lo mismo con sus guantes oscuros. De un modo u otro, la que alguna vez fue estaba de regreso.
Elevando la mirada, Videl emprendió la marcha aproximándose a un automóvil estacionado a un lado de la carretera. Pronto, y con muchísima sorpresa, Videl observó su rostro en uno de los espejos retrovisores de dicho auto descubriendo que su faz era la de una niña. Confundida se examinó comprobando en el acto que no sólo su ropa cambió, sino también, su apariencia física.
– ¿Pero qué demonios pasa?
Sin embargo, no tuvo tiempo para detenerse y pensar con calma. Una sucesión de patrullas policiales, avanzando a gran velocidad, hicieron chillar sus neumáticos sobre el asfalto al darle cacería a una camioneta que viajaba aún más veloz. Por un instante, a Videl todo aquello le resultaba familiar, como si estuviese experimentando de nuevo un hecho del pasado.
No entendía qué ocurría, los eventos se desarrollaban con tanta prisa que no alcanzaba a comprenderlos con lucidez; no obstante, sentía que debía seguir la corriente dejándose arrastrar por ésta como si su supervivencia dependiera de ello. Así pues, llena de dudas, Videl comenzó a correr apurándose por alcanzar aquella escandalosa caravana de la ley.
Videl no lo recordaba, pero estaba reviviendo el día exacto en que se convirtió en la heroína que muchos admiraban y, paradójicamente, en la heroína que enamoró sin remedio a Shapner. Corrió y corrió sin parar, un paso a la vez, acercándose al punto donde una parte fundamental de su existencia nació.
– ¡Están rodeados, ríndanse!
La pelinegra se olvidó de su inesperado rejuvenecimiento, solamente le importó apaciguar el fuego que la empujaba consiguiendo llegar en menos de un parpadeo. Ahí se topó con un numeroso grupo de oficiales que, apuntándoles con sus armas, rodeaban la furgoneta que se vio acorralada debido a que los caminos fueron bloqueados con efectividad por las autoridades.
– ¿Qué están esperando? –Gritándoles a todo pulmón, un uniformado les habló a los ocupantes de la camioneta que todavía continuaban dentro de ésta– ¡salgan con las manos en alto!
Como era de esperar, una considerable cantidad de mirones se acumuló en las cercanías impidiéndole a Videl proseguir con su andar. Asimismo, los curiosos le obstaculizaban la visión viéndose obligada, por su baja estatura, a trepar por el tronco de un árbol adyacente a la zona. Desde allí, y aprovechándose que nadie notaba su presencia, atestiguó la redada con detalles.
– ¡Nadie se acerque, nadie! –No teniendo más alternativa, uno de los pasajeros abrió la puerta corrediza de aquel automotor apuntándole con una arma a una chica notoriamente asustada–tenemos un rehén, si se acercan le volaré la cabeza.
– No se muevan, no se muevan de sus lugares–dándoles indicaciones a sus compañeros, un policía tomó el rol de liderazgo al ver a una inocente víctima en peligro.
– ¡Será mejor que nos dejen pasar! –Valiéndose de la mujer que mantenía secuestrada, el pistolero siguió gritando sus exigencias– ¡despejen la calle, si no lo hacen la mataré!
Ese sujeto que no se intimidaba ante la presencia policial, se trataba de un pandillero ya reincidente que constantemente delinquía sin preocuparse por volver a caer en prisión. Pocas horas antes, él y sus cómplices, asaltaron un centro comercial siendo combatidos casi instantáneamente por los agentes del orden.
Al iniciar su huida, y teniendo una corazonada, tal criminal apresó a una desprevenida jovencita que caminaba cerca de su vehículo de escape. Ella, según él, sería una especie de talismán que mantendría a raya a los policías impidiéndoles arrestarlos. Y su presentimiento, por ahora, dala la ilusión de estar funcionando con éxito al ver las caras dudosas de sus férreos perseguidores.
Pese a eso, ni él, ni los espectadores allí aglomerados y muchísimo menos los uniformados ahí reunidos, sospechaban que tal cosa no serviría de nada contra una niña llena de agallas. Una niña que, con una magnífica categoría, honraría el apellido heredado de su padre.
– Son unos buenos para nada, van a dejar que se escapen–Videl, comprendiendo que la policía los dejaría escapar, se olvidó del riesgo y optó por intervenir.
Como todavía ni un sólo par de ojos la habían detectado, sacó ventaja de eso utilizando las ramas de aquel roble para esquivar a la muchedumbre y demás autos pasando por encima de éstos. Sabiendo que debía actuar con rapidez, Videl llenó sus pulmones de aire fresco y se dispuso a darle nacimiento a su futura reputación como la peor pesadilla de los delincuentes.
Parándose sobre la punta de sus pies, Videl flexionó sus piernas acumulando el impulso necesario para iniciar con su ofensiva. Sintiéndose preparada, sin una gota de miedo o temor frenando su ímpetu, la primogénita de Mr. Satán saltó desde lo más alto aterrizando en medio de los bandoleros y los presentes restantes.
– ¿Quién diablos es esta mocosa?
Cuando creía que se saldría con la suya gracias a su brillante idea de tomar rehenes, aquel malhechor vio como todo se arruinó al ver a Videl aparecer, literalmente de la nada, a escasos metros de él.
– ¡Oye tú, niña, sal de ahí! –un policía, reaccionando con urgencia, le vociferó al verla parada cerca de ese hombre armado.
– ¡Suéltala, déjala ir!
Videl, ignorando esa advertencia, se dirigió directamente al cabecilla de esa banda señalándole con un dedo a la pobre chica muerta de pánico.
– ¿Qué dijiste, mocosa?
– Podemos hacer esto de dos maneras: la fácil o la difícil–si bien tenía el aspecto de una niña de unos doce años, Videl aún conservaba su personalidad adolescente así como su destreza–suéltala y entrégate, sino me veré obligada a patearte el trasero.
– ¡Ya cállate y no me hagas perder mi tiempo! –impulsivo, sin la más mínima culpa por dispararle a una chiquilla, le apuntó con su arma y abrió fuego contra ella creyendo que la acabaría en un soplido.
Pero no, Videl no caería con algo como eso. Ella, teniendo sus reflejos muy bien entrenados, rodó por el pavimento eludiendo la bala dejando boquiabiertos a cada persona que miraba lo que ocurría. Dándose cuenta del obvio asombro de su agresor, Videl se aprovechó de eso para lanzarse hacia él atacándolo con una patada que, exitosamente, lo desarmó al despojarlo de su pistola.
– ¡Qué! –Exclamó aún incrédulo de lo que pasó en menos de un chasquido– ¿de dónde demonios saliste?
– Debiste haberme obedecido cuando te di la oportunidad…
Sin darle ni un respiro para defenderse, Videl se valió de su poca altura para golpearlo repetidas veces en su abdomen propiciando que liberara a su rehén. Deteniéndose por una milésima de segundo, Videl se volteó mirando los rostros pasmados de los oficiales que no hallaban explicación para que lo pasaba y, tal visión, le hizo dibujar una amplia sonrisa al crecer la confianza en ella.
El Gran Saiyaman no estaba allí entrometiéndose en sus asuntos, era ella, y únicamente ella, la que manejaba la situación aplacando el crimen. Era como si estuviese de nuevo en los viejos tiempos y, desde cierto ángulo, así era. Los viejos tiempos volvieron, las manecillas del reloj regresaron sobre su marcha permitiéndole recomenzar.
– ¡Rápido acelera, acelera!
Aún en el interior de la camioneta, y luego de atestiguar como su jefe besaba el asfalto al caer, los dos pistoleros que faltaban se miraron entre sí teniendo el mismo pensamiento. Pisando a fondo el acelerador, el conductor se enfiló directo hacia las patrullas que bloqueaban la autopista chocando contra ellas con fuerza; sin embargo, fue capaz de abrirse paso reanudando su fuga.
– ¡Alto, detente!
Para su mala fortuna, Videl se coló dentro de la furgoneta reacia a verlos consumar su objetivo. El individuo en el asiento del pasajero se dio la vuelta, topándose con la hija de Mr. Satán quien no se tardó en obsequiarle un derechazo que explotó en su nariz. Con aquel asaltante temporalmente neutralizado, Videl se concentró en el chofer al cual le regaló un punzante puntapié a la sien.
Ambos, tanto el dueño del volante como su acompañante, se vieron sorprendidos por la furia de aquella niña cuyo nombre jamás podrán olvidar. Por otro lado, al ya no haber alguien que condujera, el auto empezó a bambolearse sin control saliéndose de la carretera enrumbándose directamente hacia una caseta telefónica.
Videl, mirando por el parabrisas el inminente choque, se agachó protegiéndose detrás de los asientos teniendo la sensación, otra vez, que esto ya lo había vivido en el pasado. Por ende, Videl no tuvo la más ínfima preocupación presintiendo que no correría ningún peligro. Al contrario, disfrutó de aquello embriagándose con la adictiva adrenalina que fluía abundante por sus venas.
El impacto destrozó casi toda la carrocería deteniendo en seco a la minivan descontrolada, así como los cristales de las ventanas que se transformaron en millones de diminutos fragmentos de vidrio. Videl, confirmando su augurio, no percibió ninguna dolencia o herida que la aquejara. Por ello, salió del maltrecho automotor sacudiéndose el polvo dándole una ojeada a sus alrededores.
– ¡Está bien, la niña está bien!
Apurándose, corriendo sin descanso, varias personas que contemplaban el arresto de esos bandidos se aproximaron al sitio del siniestro temiendo que una tragedia mayor se haya fraguado. Igualmente, las sirenas de la policía se percibían cada vez más cerca. No obstante, como pasó realmente años atrás, el final de esa historia sólo fue el inicio de una leyenda.
– Yo sé quién es, es la hija de Mr. Satán… –una anciana preocupada reconoció a Videl diciéndoles a los demás de quién se trataba.
– ¡Sí, es cierto! –Otro ciudadano de Ciudad Satán alzó la voz– ¡es la hija del campeón del mundo!
Con tal descubrimiento la sensatez se apagó en sus mentes, el sentido común que les decía que una jovencita no debería hacer algo tan arriesgado como eso se silenció. El mero hecho de ser la hija del valiente que derrotó a Cell, convertía a Videl, instantemente, en una especie de señorita sobrehumana con la capacidad de vencer todos los límites establecidos.
En verdad lo creían, por más absurdo o ridículo que sonase, su idolatría hacia Mr. Satán los enceguecía. Videl, por otro lado, no le prestaba atención a nada de lo que parloteaba esa sorprendida multitud. Sin el Gran Saiyaman presumiéndole sus poderes, Videl fue reinventándose a ella misma sin importarle estar atrapada en un espejismo construido por su imaginación.
Y sin que Videl pudiera controlarlo, aquel sueño fue haciéndose más retorcido y cambiante poniéndola en diversas situaciones que con anterioridad experimentó al ir creciendo. Su físico infantil fue reemplazado, poco a poco, por una imagen de más madurez a medida que fue atravesando los muchos retos que su propio subconsciente fue fabricando ante ella.
– ¡Es la hija de Mr. Satán, mátenla, mátenla!
Videl revivió peleas que no recordaba, batallas que fueron quedando sepultadas en lo más recóndito de su memoria al entrar en su inestable adolescencia. Derrotó a mafiosos, arrestó ladrones y rescató ancianos secuestrados en autobuses. Reconstruyó sus logros personales, sus más queridas glorias volvieron a ser motivo de orgullo para ella.
– Ten Videl, por medio de este reloj nos comunicaremos contigo cada vez que te necesitemos…
La pelinegra siempre buscó salirse de la sombra de su padre, quería edificar su legado a base de esfuerzo personal alejándose lo más posible de la fama del apellido Satán. Y cuando el jefe de la policía le hizo entrega de su reloj comunicador, Videl vio realizado su anhelo reafirmándole al mundo entero que ella era valiente, intrépida y decidida. Pero, sobre todo, inquebrantable.
Llegado el momento, y con su seguridad restaurada, era tiempo de ponerla a prueba. Esta vez haría las cosas cómo debió haberlo hecho.
– ¡Dispárenle!
Tarde o temprano, sus recuerdos la llevaron hasta la fatídica noche cuando su tormento inició. Se vio nuevamente en aquella discoteca, encontró a Shapner entre el gentío refugiándose bajo una de las mesas metálicas del club nocturno. Eludiendo los mortales proyectiles, Videl se reunió con él asegurándose que el rubio se encontraba a salvo.
– Escúchame, quédate aquí, no vayas a hacer nada estúpido, yo me encargaré de ellos.
– Déjame ayudarte, sé que te seré de ayuda.
– No, no, ni de broma, no te muevas de aquí.
Intercambiaron el mismo diálogo, palabra por palabra, repitiendo la historia tal y como se llevó a cabo en realidad. Recordando a la perfección el sombrío desenlace que amenazaba con repetirse, Videl se disparó hacia los delincuentes armados mentalizada en cambiar el destino. No cometería el mismo error, no se confiaría y Shapner no pagaría por su equivocación.
Neutralizó a cuanto rival trató de eliminarla, los despojó de sus pistolas y cuchillos reduciéndolos a migajas con la inclemente furia de sus puños. No hubo excusa que valga, ni siquiera el agotamiento pudo frenarla. Fue ella en toda su gloria, una peleadora incansable que llevó al extremo su entrenamiento luciendo sus mejores técnicas de lucha.
– ¡Ahhhhhhhhhhh!
Rompió huesos, desgarró músculos y desató gritos de dolor. Infundió terror en aquellos criminales, los forzó a suplicar clemencia al aceptar que sus armas no podían detenerla. Y máxime, mantuvo la guardia arriba evitando así que cualquier cosa la tomara desprevenida. Finalmente, después de lanzar un sinfín de golpes y patadas, su último rival besó el piso dándole la victoria.
Apoyando sus manos en sus rodillas, Videl respiraba con una sonora agitación mirando de soslayo los varios rufianes tendidos a sus pies. No se creyó invencible, no se sintió la más poderosa ni tampoco se descuidó. Shapner no se vio forzado a protegerla, ella supo cuidarse por sí misma garantizándose que ni una sola gota de sangre inocente se derramara por su culpa.
– ¡Lo hice, lo logré! –Feliz, muy sonriente, Videl afirmó al susurrar–esta vez no dejé ningún cabo sin atar.
Gradualmente fue recuperando el aliento, alimentó su pecho con aire fresco sintiéndose libre de la pesada carga que llevaba en su espalda. Jubilosa, con un excelente buen humor, Videl se ladeó esperando reencontrarse con Shapner para sacarlo de allí, consiguiendo de ese modo, superar el último desafío que su propia mente le impuso.
Por desgracia, el sueño se convirtió en pesadilla.
– ¿De verdad creíste que sería tan fácil olvidarte de mí?
Pero al girarse no vio a Shapner por ninguna parte; asimismo, el resto de los clientes de aquella discoteca también se esfumaron de sus lugares sin dejar rastro.
– Ni siquiera en tus propios sueños podrás esconderte de mí…
Paralizada, congelándose al oír esa voz, Videl notó como una silueta se le acercaba desde la esquina más oscura de esa habitación llenando de ecos el ambiente al caminar. Videl lo reconoció a pesar de la penumbra, le era imposible no saber quién era.
– Deberías sentir vergüenza de ti misma, Videl. Huyes de la realidad buscando excusas baratas para librarte de tu responsabilidad.
– ¿Qué haces aquí? –Recobrando la elocuencia, Videl le preguntó al verlo más y más cerca de ella– ¿cómo diablos me encontraste?
– Esta es tu memoria, estamos dentro de tu cabeza. Reviviste, uno a uno, cada recuerdo que tenías guardado aquí–deteniéndose ante Videl, el Gran Saiyaman se cruzó de brazos al delinear una burlona media sonrisa–sólo era cuestión de tiempo para que yo también apareciera, y como te dije hace un instante, ni siquiera aquí podrás esconderte de mí.
– ¡No, no, no! –tambaleante, Videl dio un paso atrás esforzándose por no caer–no es posible que estés aquí, esa noche no estuviste presente cuando Shapner recibió esa bala. No deberías estar en este recuerdo…
– Es verdad, yo no estuve esa noche–asintiendo, el héroe le hablaba con un tono nada heroico–pero te diré quién sí estuvo allí esa noche.
– ¿De quién hablas?
– ¿No es obvio? –Le cuestionó el enmascarado–estoy hablando de Shapner y ya que hablamos de él, te sugiero que mires detrás de ti…
Volteándose con violencia, Videl halló a quien buscaba. Shapner, tirado e inmóvil, yacía sobre un creciente charco rojizo que se extendía desde él hacia la pelinegra. Videl, pasmada, experimentando por segunda vez ese duro momento, se fue aproximando arrodillándose a su lado descubriendo que ya era demasiado tarde.
– ¡Esto es mentira, es una mentira! –rabiosa, Videl no se dejó engañar–Shapner no murió ese día, no murió.
– Es verdad, él no murió pero le faltó muy poco para hacerlo–comportándose más como un villano que como un superhéroe, el Gran Saiyaman la señaló apuntándole con un dedo–fue tu culpa, Videl. Fue tu culpa.
– ¿Qué dices?
– Te distrajiste, te confiaste–reabriendo la herida, él le aseveró–diste por un hecho que tenías todo bajo control pero te equivocaste y Shapner casi paga el precio de tu error, fue tu culpa lo que pasó.
– ¡Cállate! –No le importaba si era él en verdad o si era un espejismo, Videl ya no soportaba escucharlo más– ¡ya déjame en paz, ya no me atormentes más!... ¡aléjate de mí, aléjate!
– Fue tu culpa, fue tu culpa, fue tu culpa…
– ¡Desaparece de mi vida! –Videl, estrujando sus puños, los endureció como una roca pretendiendo detonarlos en el rostro del enmascarado como si fueren una bomba– ¡no quiero verte nunca más!
Su puño derecho atravesó al superhéroe como el espectro que era, haciéndole recordar la naturaleza del sitio donde se encontraba. Aún así, Videl lo intentó mil veces más obteniendo el mismo resultado.
– Fue tu culpa, fue tu culpa, fue tu culpa…
– ¡Ya basta!
Sudorosa, empapada en sudor, Videl se levantó de su cama como si un demonio estuviese tratando de poseerla. A su derecha, sonando estridentemente, su despertador pitaba al indicarle que ya era hora de levantarse. Todavía muy confundida, la primogénita de Mr. Satán se tomó su tiempo para reacomodar sus ideas y pensamientos.
– Fue un sueño, sólo fue un estúpido sueño…
Pensativa, sentándose en el borde del colchón, Videl ocultó su cara en sus manos maldiciendo por el insoportable sonido de su reloj. Apagándolo con un manotazo, Videl se levantó notando con rapidez como pequeños rayos de luz se escurrían entre las cortinas iluminando en silencio su dormitorio. Parada enfrente de éstas, Videl las abrió recibiendo de lleno la calidez del sol.
– Bueno; tú te metiste en esto, ahora te toca sacarte a ti misma…
Videl no quiso mirar la ropa que preparó la noche anterior, se enfiló hacia la ducha cerrando la puerta de su baño privado sabiendo que, quisiera o no, y al llegar el atardecer, ella le concedería a Shapner su más grande deseo: salir con él. Quieta, dejando que el agua helada chocara contra su cuerdo desnudo, Videl rememoraba su sueño lamentándose que incluso allí acabó fracasando.
Sinceramente no sabía qué era peor: o estar atrapada junto al Gran Saiyaman en sus memorias o estar encerrada en el mundo real fingiendo sentimientos que no sentía. Sin embargo, sea cuál sea el caso, Videl no podía huir de ninguno de los dos. Con esa reflexión abrumándola, sumergió aún más su rostro en la regadera apretando los dientes por el dolor que aquel frío líquido le generaba.
El día que nunca creyó que llegaría, al fin, había llegado.
El vuelo entre Ciudad Satán y su casa ya le era más que rutinario, en cuestión de unos veinte minutos ya podía observar en la lejanía los numerosos rascacielos y demás elementos citadinos sobresaliendo de las colinas. Detrás de sí fue dejando la espesa y verdosa alfombra montañosa que lo vio nacer para adentrarse, más y más, en la coloquialmente llamada jungla de concreto.
Y ante tal visión, los recuerdos de ayer tocaron a su puerta otra vez.
– Te daré una oportunidad, sólo una Shapner y ésta será mi última advertencia–Gohan, escuchándose a sí mismo en su cabeza, evocaba con enojo la última parte de su conversación con Shapner la tarde anterior–aléjate de Videl, no te le acerques más. Si continúas tratando de aprovecharte de ella haré que te arrepientas de por vida, no permitiré que la lastimes ni que te salgas con la tuya.
Se sentía cansado, extremadamente cansado, durmió muy poco despertándose reiteradas veces durante la noche al soñar que él y Shapner se enfrentaban. Aquello lo asustaba, lo aterraba. Era obvio que el rubio no era rival para él; empero, su mayor preocupación era él mismo. Temía perder el control de su explosivo temperamento, haciendo algo que lamentaría de por vida.
Aún así, Gohan tenía muy claro que debía hacerse presente en la escuela sin importar el costo. Y se presentaría no por sus calificaciones, sino para asegurarse que Shapner detuviera su acelerada cercanía con Videl. Una acelerada cercanía que, según él, era una prueba contundente de las nada buenas intenciones de Shapner.
Jamás imaginó que llegaría el día donde, valiéndose de sus poderes, amenazaría a un humano deseando infundir miedo y terror. Pese a los remordimientos, Gohan se mantenía firme y no se arrepentía de sus acciones. Shapner estaba pasándose de listo, era necesario que alguien le pusiera un alto en el camino. Y ese alguien, era él.
Notando que ya sobrevolaba por encima de las carreteras y caminos, Gohan se introdujo en la gran capa nubosa que esa mañana cubría Ciudad Satán escondiéndose así de los ojos de cualquiera. Y si bien Videl ya tenía varias semanas sin perseguirlo cómo solía hacerlo, Gohan admitía que extrañaba la adrenalina que ella le inyectaba al intentar atraparlo y desenmascararlo.
En un comienzo, tales persecuciones le hicieron sudar de preocupación ante el temor de ser descubierto. Sin embargo, con el pasar de los días, a Gohan le fue pareciendo admirable la perseverancia y el temple de Videl a pesar de saber que no le era posible apresarlo. Y desde otro ángulo, Videl se convirtió en su compañera de viaje haciéndole reír al ver su semblante enfurecido.
Para su mala fortuna ese recuerdo trajo, automáticamente, otro más reciente que involucraba a un chico lleno de ira.
– No eres ningún superhéroe, no tienes súper poderes; esa es la verdad–recordando el tono desafiante de Shapner, su pesadumbre se intensificó–debajo de ese ridículo disfraz de payaso se esconde un cobarde, un cobarde patético que quiere llamar la atención.
– ¿Estás seguro de eso? –Totalmente enceguecido e irracional, Gohan le preguntó con una rabia y orgullo que incluso el mismísimo Vegeta envidiaría– ¿de verdad crees esa patraña?
– Búrlate si quieres, no me importa. Pero cuando mi brazo haya sanado y pueda usarlo, te borraré esa estúpida sonrisa del rostro.
– ¿Acaso entendí bien? –Gohan le cuestionó con burla– ¿pretendes luchar conmigo, Shapner?
– Sí, exactamente eso. Tal vez todos te amen y te adoren, pero yo no. Destruiste por completo la vida de Videl, y para mí eso es una declaración de guerra–le gustara o no, Gohan debía reconocer que la actitud de Shapner lo tomó por sorpresa. El rubio en verdad pensaba hacerle frente, y su ki elevado así lo confirmaba–no me interesa cuántos trucos uses a tu favor, voy a hacer que desaparezcas por toda la eternidad.
Avistando el edificio de la preparatoria a unos cuantos metros, las palabras de Shapner retumbaban como campanas en la mente de Gohan. Él, con muchísimo pesar, era consciente que su debut como el Gran Saiyaman si alteró en demasía la rutina diaria de toda Ciudad Satán, sobre todo la de Videl.
A ella no le gustaba que él le ayudara; pero Gohan continuó haciéndolo al ver los enormes peligros a los que se enfrentaba sin el apoyo de nadie. Fue por eso, y sólo por eso, que Gohan no desistió de sus intervenciones aún comprendiendo que Videl no lo veía con buenos ojos. Él únicamente quería protegerla, quería asegurarse que ella se encontraba sana y salva. Nada más.
– ¿Destruirla, dices? –Aterrizando en la azotea de la escuela, Gohan le debatió al rubio pese a no estar junto a él en ese lugar–eres tú quien se aprovecha de su dolor para ver realizados tus caprichos…
Como ya era normal, Gohan caminó desde la azotea hasta los corredores repletos de alumnos acercándose a su salón esperando, sincera e ingenuamente, que Shapner diera marcha atrás y no continuara con sus ambiciones. Recordando, de nuevo, sus incontables arrebatos de rabia, Gohan se horrorizaba de lo que sería capaz si llegase a tener otra explosión de esas contra Shapner.
Los primeros instantes fueron de los más tranquilos, los jóvenes en el aula charlaban entre sí saludándolo con un par rápidos ademanes. Ireza, quien era mucho más efusiva, le brindó la bienvenida con una amplia sonrisa al verlo tomar su asiento. Y al estar allí, Gohan percibió las sillas vacías que le pertenecían al rubio y a la pelinegra.
Ireza, todavía agradecida con él por sus consejos académicos, le hablaba con mucha alegría expresándole la tranquilidad y el optimismo que radicaba en ella luego de estudiar juntos. Gohan, por cortesía, aceptó la conversación aunque hubiese preferido mantenerse en silencio. No obstante, sus sentidos se agudizaron al detectar el arribo de un ki en particular.
– Buenos días, Shapner.
– Buenos días, Ireza.
Shapner, entrando en el aposento, se dirigió a su butaca siendo recibido por Ireza quien le saludó con la misma jovialidad de siempre. Gohan, por el contrario, ni siquiera abrió la boca dibujando una expresión seria y ensimismada. Fingiendo que no se dio cuenta de ello, Shapner se puso cómodo pagándole con la misma moneda al silencioso hijo de Son Goku.
El reloj en la pared se hallaba a muy poco de dar por iniciada la jornada, ante ese detalle tanto Gohan como Shapner especularon internamente que tal vez Videl no vendría. Tal idea le resultaba esperanzadora al saiyajin, mientras que para Shapner era todo lo opuesto. Aún así, aquello quedó en el olvido cuando Ireza, con su voz aguda y chillona, gritó el nombre de su mejor amiga sin aviso.
– ¡Videl!
Shapner y Gohan, casi al unísono, voltearon sus cabezas hacia la entrada topándose con una Videl nunca antes vista. Lo primero que Shapner contempló en ella fue la blusa morada algo ajustada a su cuerpo que traía puesta, bajando muy lentamente sus retinas, el rubio admiró las bellas piernas de Videl que eran adornadas por una falda blanca de un estilo muy sencillo pero encantador.
Conociéndola de toda la vida, Shapner notó que se veía más alta gracias al par de zapatillas de tacón que la dotaron de un elegante caminar. Su cabello, largo y suelto, caía por sus hombros libres por completo de aquellas coletas que por años fueron un emblema para ella. Para Shapner, y también para el resto allí presente, ver a Videl arreglada de ese modo fue motivo de asombro.
– Videl…
Al fin, luego de una eternidad, Shapner recobró el habla pronunciando el nombre de su amada con una honesta incredulidad que fue recompensada por una sonrisa cómplice de Videl.
– Hola Shapner…
Apenada, incómoda por los comentarios que la han acompañado desde que salió de su dormitorio, Videl reanudó su marcha librando una terrible batalla con su calzado. Ella, no teniendo la costumbre de utilizar zapatos así, avanzó con cautela no queriendo perder el equilibrio sufriendo una dolorosa y muy vergonzosa caída.
Tal y como lo supuso antes de ir a dormir, y habiendo terminado de ducharse, Videl se maldijo con sonoras blasfemias al ver la ropa que ella misma eligió para hoy. Jamás le había interesado verse llamativa para los hombres, lucir atractiva y sobresalir no era una de sus prioridades. Pero, dispuesta a pagar su inmensa deuda con Shapner, Videl se arregló lo mejor que le fue posible.
Su papá, quien la esperaba en el comedor para desayunar, casi se atraganta con unas tostadas que comía cuando la vio vestida así. A Mr. Satán, como todo padre con una hija adolescente, no le gustó para nada que su primogénita se robara las miradas de los chicos. Aún así, él no se lo impidió y se ofreció a llevarla hasta la escuela deseándole un buen día.
– Videl, te ves preciosa–Shapner, teniéndola ante él, se puso de pie tratando de moderarse y lucir caballeroso–no imaginé que…
– No imaginaste que me arreglaría para nuestra cita–tomando asiento, Videl resopló aliviada al ya no tener que soportar la tortura que aquellos tacones le infringían–no me sorprende que pensaras eso, creí que al ser la primera vez que saldríamos era lo más indicado.
– Videl, debo admitir que te ves muy bien–Ireza, reclinándose en su amiga, no perdió la oportunidad para incomodarla más con sus comentarios–para haberte arreglado tú misma no lo hiciste nada mal; aunque te falta algo de maquillaje…
– Sabes que no tengo–respondiéndole, Videl esperaba que la rubia no se excediera con sus opiniones como le era habitual–además, no sabría cómo usarlo.
– ¡Eso no es ningún problema! –Espontánea, Ireza materializó los temores de Videl–en el receso te regalaré un poco del mío, te aseguro que lucirás perfecta para tu cita con Shapner.
– No te preocupes, de verdad no es necesario…
– No es molestia–insistente, Ireza no captó las indirectas que la pelinegra le enviaba–de hecho, podríamos ir de compras en otra ocasión, te llevaré a la tienda donde compro mi maquillaje. Siempre tienen rebajas a mitad de precio.
– Sí, puede ser, hablaremos de eso más tarde…–triplicando sus esfuerzos, Videl empleó al máximo aquel enlace casi telepático que compartía con Ireza confiando en que ella no dijera nada más.
– De acuerdo, Videl–Ireza, al fin entendiéndole, le brindó una respuesta con doble significado guardándose para más tarde todo lo que quería decirle a Videl.
– Te ves muy bien, Videl–Gohan, no deseando quedarse atrás en la plática, deliberadamente se dirigió a la otrora justiciera pretendiendo hacerse notar.
– Gracias Gohan, eres muy amable…
Para su mala suerte, la llegada de su maestro de historia obligó a Gohan a silenciarse impidiéndole mantener una comunicación más fluida con Videl. Tal cosa le fue casi desesperante, durante toda la lección no pudo tener ni un simple segundo de paz. Cualquier cosa: un estornudo, un chasquido de dedos, un tosido o hasta un murmullo lo hacían mirar con recelo al rubio.
Obsesionado, mirándolo con disimulo, Gohan esperaba que Shapner hiciera el más mínimo movimiento hacia Videl para dar por iniciado su enfrentamiento. No obstante, y acrecentando su impaciencia, Shapner se mantenía enfocado en la clase dándole un saludable espacio a la ojiazul. Pese a su buen comportamiento, para Gohan era claro que Shapner ignoró sus advertencias.
Shapner, con el mero hecho de estar sentado junto a ella, mandó al diablo el ultimátum que le impuso Gohan demostrando que no le temía a su álter ego justiciero. Eso exacerbó al hermano de Goten, el cual, al estar en las circunstancias en las que se encontraba, debió tolerar el impulso de cumplir con las amenazas que el Gran Saiyaman le dio al rubio.
El tiempo siguió su marcha y la aparente serenidad de Shapner volvía cada vez más paranoico a Gohan, para el joven saiyajin aquello evidenciaba la falsa apariencia que Shapner construyó sobre él. Todo eso no era más que otra de sus artimañas, un escalón más en su plan por ganarse la confianza de Videl únicamente para aprovecharse de ella.
Era una ambivalencia insoportable, una quietud que presagiaba una tormenta.
– ¡Gohan!
– ¡Qué!
Su docente, hablándole con fuerza, lo sacudió a tal grado que casi saltó de su silla. Por otro lado sus compañeros, guardando silencio absoluto, daban la impresión de ser estatuas vivientes.
– Lamento mucho si mi clase lo está aburriendo, joven Gohan–reprendiéndolo, el veterano maestro no encubrió su molestia–desde hace varios minutos le estoy pidiendo que continúe con la lectura, pero parece que usted tiene otras cosas en mente.
– Discúlpeme profesor, es que anoche no dormí bien…
– Me sorprende que un estudiante con excelentes calificaciones invente una excusa tan floja–sin creerle, el educador no aplacó su malestar–le pido que por favor salga del salón, espero que en el pasillo recapacite y entienda que sacar diez en los exámenes no le hace inmune a seguir prestando atención.
Sonrojado, sumamente apenado, Gohan humedeció sus labios a su vez que se levantaba sin decir nada más. Sabiendo que era inútil, no reclamó y obedeció la orden evitando así meterse en más problemas. Para los restantes jóvenes aquello era algo atípico e inesperado, no todos los días venían como el alumno más destacado que su grupo era reprendido y castigado.
Mientras se dirigía a la salida, Gohan no pudo evitar voltearse por un santiamén posando su atención en Videl y en Shapner. Videl lo miró directamente sintiendo un inusual interés de Gohan sobre ella, lo cual, desde semanas atrás cuando sucedió la tragedia que la hizo renunciar a su propia esencia, ya venía haciéndose más notorio y extraño.
A Shapner, quien arqueó una ceja al regresarle el gesto a Gohan, le resultó tan paradójico lo que pasaba ya que lo más común era que fuera él quien terminara expulsado de la clase a raíz de su mala conducta. Sin embargo, al mejor estilo de una dramática obra de teatro, los papeles se invirtieron siendo Gohan, y no Shapner, el que acarreó el castigo en sus hombros.
Cerrando la cerradura a sus espaldas, Gohan apoyó su frente en una de las paredes del pasillo diciéndose una y otra vez que era un grandísimo idiota. Definitivamente empezó con el pie izquierdo, y si no deseaba que las cosas empeoraran, debía dar un golpe de timón y enderezar su barco antes que acabara protagonizando un amargo naufragio en el mar de la derrota.
– Será mejor que me tranquilice un poco…
Aún reclinado en el muro, Gohan se giró deslizándose hasta sentarse en el piso aguardando a que la campana sonara anunciando el primer receso del día. Admitía, con gran disgusto, que ya no podría detener que Videl y Shapner salieran juntos como lo habían planeado. Aún así, eso no significaba que bajaría la guardia facilitándole el camino al rubio en sus pretensiones con ella.
Para Gohan un fanfarrón siempre sería un fanfarrón, Shapner por más que fingiera no dejaba de ser el mismo patán que conoció hacía varios meses. Sólo era cuestión de esperar el momento indicado donde Shapner mostrara cómo es realmente para que Videl reaccionara, despertando así, del adormecimiento en el que Shapner la mantenía aprisionada.
Pero Gohan, sin imaginarlo, desconocía que la propia Videl fue la que se recluyó a sí misma en dicha prisión. Al fin y al cabo las manecillas del reloj, premiando su paciencia, no lo hicieron esperar mucho y rápidamente propiciaron que el timbre repicara en los oídos de todos desatando una estampida humana.
– Ven Videl, quiero darte un poco de mi maquillaje–Ireza, teniendo a su amiga enganchada de un brazo, la arrastró hacia el baño de mujeres perdiéndose en la multitud que colmaba el corredor.
– No es necesario, de verdad, estoy bien así.
– Tonterías, nunca está de más un poco maquillaje.
Viéndolas alejarse, Gohan pensó en seguirlas titubeando por un instante al no saber si hacerlo o no. Estuvo a ínfimos centímetros de pisarles los talones cuando, de repente, Shapner salió del salón avanzando en la dirección opuesta en la que iban a las dos chicas. Y como si fuese un imán, Gohan se dejó atrapar por el magnetismo de Shapner con la idea de vigilarlo de cerca.
Así pues, yendo en contra de la corriente, Gohan se enfiló tras el rubio confiado en que sus sospechas fueran confirmándose al cosechar más indicios sobre él. Por su parte, Shapner, aún sin percatarse de la cercanía del pelinegro, se aproximó a una máquina expendedora de gaseosas buscando algunas monedas en sus pantalones.
Todavía con su extremidad derecha lastimada, el pretendiente de Videl se vio forzado a utilizar su mano izquierda hurgando en el fondo de sus bolsillos sintiendo, con las puntas de sus dedos, el borde redondo de unos cuantos centavos. Extenuado por tan dificultosa labor, Shapner dibujó una media sonrisa al ir sacando un puñado de dinero para comprar una bebida helada.
– ¡Maldita sea!
Faltándole escasos milímetros para conseguir su tarea, el caprichoso efectivo se escapó de sus dominios cayendo al suelo rodando un par de metros. Shapner, siguiendo con sus pupilas el camino que trazaban aquellos discos de metal, se les acercó al ver como se detenían congelándose en el acto al descubrir cómo alguien más recogía sus pertenencias.
– ¿Son tuyas, verdad? –Gohan, de cuclillas, recolectó las varias monedas para inmediatamente enfocarse en el rubio frente a él.
– Sí, se me cayeron.
– Ten, aquí tienes–actuando con una aparente normalidad, Gohan presumió los modales que con gran empeño su madre le inculcó.
– Gracias Gohan, te lo agradezco.
La tensión en el ambiente era más que palpable, tanto que se podría haber cortado con un cuchillo. Ambos, por igual, intuían que el otro no actuaba con naturalidad esforzándose por encubrir sus verdaderos sentires. No obstante, la calma reinó para los dos manteniéndolos a raya por ahora.
– Jamás creí que vería el día en que un profesor te castigara, Gohan–Shapner, con su particular forma de bromar, le comentó simultáneamente a que introducía las monedas en la máquina–me preocupa que repruebes en un examen, si eso pasa será el fin del mundo.
– Supongo que hay una primera vez para todo–sereno, escondiendo sus inquietudes sobre él, Gohan le siguió el juego.
– ¿Te encuentras bien, Gohan?
– Sí, estoy bien.
– ¿Seguro?
– Sí, por qué lo preguntas.
– Bueno, como te lo dije hace unos días te noto fuera de lugar.
– ¿Fuera de lugar? –Gohan, buscando su propio dinero en su ropa, quiso encubrirse comprando también una bebida para él–es curioso Shapner, yo diría lo mismo de ti.
– Perdóname por decírtelo, pero tengo esa impresión–agachándose para tomar la lata que salió del aparato, Shapner la abrió con facilidad empleando sólo una mano–aún me sorprende que te expulsaran del salón, ver al sabelotodo siendo castigado no es algo normal.
– Anoche dormí muy mal, me despertaba varias veces y cuando me di cuenta ya era hora de levantarse–franco, Gohan le replicó–le dije la verdad al profesor, pero ya sabes que siempre está de malhumor.
– Dímelo a mí, ya perdí la cuenta de cuántas veces me mandó fuera de la clase–dándole un sorbo a su lata de gaseosa, Shapner recordó algunos sucesos protagonizados por su viejo yo–aunque tampoco puedo mentir, en todas esas ocasiones me busqué que me expulsaran gracias a mis malas bromas en media clase.
Gohan, por su parte, asintió en silencio mientras compraba una bebida para él mismo. Cuando al fin la tuvo en sus manos se giró hacia Shapner, quien, con un semblante serio, se disponía a llevar la charla a un nivel no esperado por Gohan.
– Dime una cosa, Gohan–Shapner, viéndolo directo a los ojos al degustar de un trago de su bebida, le formuló una pregunta– ¿qué piensas del Gran Saiyaman?
– Creo que es un tipo que sólo trata de ayudar; de hacer lo correcto.
– ¿Qué piensas de sus poderes? –insistente, el rubio no cedió.
– Pues supongo que debió obtenerlos de algún modo, tal vez lo mordió una araña radioactiva o quizás recibió una dosis de rayos gamma o algo así–contestándole con la primera cosa que se le ocurrió, Gohan no entendía hacia dónde quería ir con todo eso.
– Ya veo, entonces de verdad crees que tiene poderes.
– Bueno, eso se puede ver a plena vista.
– Tal vez te suene extraño, pero anoche soñé con él–delineando una sonrisa presuntuosa, Shapner recordó aquel sueño que tuvo sobre él–nunca antes le había prestado atención, sinceramente jamás pensé en él con calma, hasta ahora…
– ¿Soñaste con él? –Gohan, evocando sus fugaces pesadillas, fue incapaz de no preguntar por más detalles sobre aquello– ¿y qué soñaste?
– Soñé que le pateaba el trasero…–guiñándole un ojo, Shapner le aseguró como si estuviese hablándole al Gran Saiyaman aunque, sin sospecharlo, lo hacía–sé que sólo fue un sueño, pero tengo la corazonada que lo haré realidad muy pronto…
Acabándose su gaseosa, Shapner arrojó la lata vacía a un bote de basura acertando con una precisión milimétrica.
– En fin, hoy no quiero pensar más en él; hoy sólo quiero estar con Videl.
Gohan, quieto y mudo, se quedó allí parado mirando como Shapner se giraba y empezaba a caminar de regreso al salón aún sin comprender por qué le dijo aquellas palabras. Por un corto y perturbador lapso de tiempo, Gohan sintió que le hablaba como si supiese su secreto, como si le estuviera hablando al superhéroe que se escondía debajo de su apariencia inofensiva.
Para el hijo mayor de Goku ya no había más indicios ni evidencias que recolectar, la sentencia ya había sido firmaba y no existía forma alguna en la cual aquel conflicto se detuviera. Shapner, desbordando demasiada confianza, se creía imparable y con vía libre para hacer lo que él quisiese. Sin embargo, Gohan tenía planeado demostrarle lo contrario.
A lo largo de su vida Gohan conoció sujetos irritantes como Freezer o Cell, sujetos que eran merecedores de una paliza; no obstante, Shapner se adjudicaba el primer lugar superando con creces a quien fuese. Así pues, apretando la lata que sostenía haciéndola explotar, Gohan se olvidó de las consecuencias al presagiar que Shapner perdería mucho más que sólo la movilidad de otro brazo.
– Discúlpame, sé que hablé de más, no quería incomodarte–asegurándose de estar a solas en el sanitario, Ireza se disculpó con Videl–ya sabes cómo soy, no me pude resistir.
– Está bien Ireza, te perdono.
Gohan, sin saberlo, paralelamente a que Shapner y él conversaban; la pelinegra y su camarada rubia hacían lo propio.
– Es que de verdad jamás, jamás–reiteró Ireza poniéndole más énfasis–jamás creí que tomarías en serio mi consejo de cambiarte de ropa para hoy.
– Bueno, tú misma me lo dijiste ayer–encogiéndose de hombros, Videl le acotó con cierta indiferencia–Shapner tiene años queriendo salir conmigo, y ahora que al fin eso va a pasar, lo más lógico era hacer un cambio de imagen para la ocasión.
– Por eso mismo es que no acabo de creerlo, la Videl de antes no lo hubiera hecho nunca…–señalando lo más obvio, Ireza gesticuló un par de veces–te va sonar exagerado, pero te siento como una desconocida…
– Tienes razón, suena exagerado…–Videl, frunciendo el ceño con desagrado, se movió con levedad al sentirse incómoda.
– ¿Qué pasa? –Ireza, viendo sus gestos, no dudó en interrogarla.
– Son estos malditos zapatos–vociferando, Videl sacó a relucir una pizca de su antiguo y característico mal carácter– ¿cómo alguien puede caminar usando estas endemoniadas porquerías?
– Es que no estás acostumbrada, siempre usaste ese feo y viejo par de botas–carcajeándose, la rubia se apiadó de su amiga–deberías ver unas zapatillas que tengo en casa, son el doble de altas que esas. Por cierto, me gustan mucho.
– Pues te las daría si tuviera otra cosa para ponerme.
– ¿De dónde las sacaste? –Curiosa e interesada, la blonda prosiguió con sus preguntas–no recuerdo habértelas visto antes.
– Papá me las regaló la navidad pasada junto a otras cosas, pero hasta ahora me las pruebo–girando sus tobillos dibujando muchos círculos, Videl buscaba un poco de alivio a sus doloridos pies–fue mala idea haberme puesto estos zapatos, debí ponerme otros.
– No te quedan mal, hasta luces más alta–buscando en una pequeña mochila que llevó consigo, Ireza registraba en su interior con rapidez–será mejor no perder el tiempo, el receso no durará mucho.
– ¿Qué tienes en mente? –Videl, tratando de darle un vistazo al bolso de su amiga, estiró el cuello para ver aunque no consiguió distinguir nada.
– ¿No lo recuerdas? –Fingiendo indignación, la rubia le reprochó–te dije que te regalaría de mi maquillaje para que estés lista para tu cita con Shapner.
– No te preocupes, no es necesario–experimentando una súbita ola de nerviosismo, la Videl que odiaba todo lo femenino se liberó de su jaula por un santiamén–con llevar esta ropa puesta ya es suficiente, no quiero nada más.
– Anda, no seas malagradecida–sosteniendo entre sus dedos un lápiz labial rojo, Ireza hizo un puchero–te prometo que no te voy a poner demasiado, ya verás que te gustará.
Soltando un extenso soplido, Videl enmudeció no sabiendo cómo rechazarla sin sonar agresiva. Al cabo de unos segundos, y rindiéndose sin remedio ante la expresión facial suplicante de Ireza, Videl meramente se cruzó de brazos aceptando su ofrecimiento sin decir nada. Ireza, entusiasmada por la aprobación de su amiga, sonrió más feliz que nunca y de inmediato procedió.
– Quédate quieta, no te muevas–preparando el pintalabios de color rojo, Ireza lo acercó a milímetros de Videl–se me ocurre una idea, la próxima vez que pueda pasar la noche en tu casa voy a enseñarte a maquillarte. Será genial.
– Ni siquiera lo pienses–Videl, observando cómo aquel artefacto se aproximaba para tocar sus labios, mordió un poco su lengua esbozando una tenue mueca de dolor.
– Te dije que no te movieras, quédate quieta–regañándola, Ireza se divertía a lo grande–ya quiero ver la cara de Shapner cuando te vea.
Con gran pericia, Ireza presionó la punta del labial sobre Videl y fue impregnado sus labios con el pigmento carmesí de éste. Videl, quien se localizaba de espaldas al amplio espejo del lavado, se negaba a mirar maldiciendo su existencia. Empero, ya completamente resignada, Videl permitió que su contenta amiga continuara desbordando su talento cosmético sobre ella.
– Perfecto, ahora te pondré un poco de rímel; pero antes…
– ¿Rímel? –no teniendo experiencia en dicho tema, Videl desconocía a qué se refería con eso.
– No pongas esa cara, no te voy a torturar–riéndose, sintiéndose como una niña que jugaba al salón de belleza, Ireza hacía algo que siempre quiso hacer junto a Videl–cierra los ojos.
– ¿Para qué? –desconfiada, Videl no se tardó en cuestionarle con voz seria.
– No me discutas, sólo hazlo.
– Está bien, está bien…
Cerrando sus ojos, Videl tragó saliva ante la incertidumbre de no saber qué pasaría. Confiaba en Ireza, lo hacía pese a su alocado entusiasmo; aún así, al tratarse de algo nuevo para ella, sus nervios la traicionaron. No obstante, sus pensamientos se desvanecieron al sentir como un objeto metálico y frío presionaba sus pestañas por un fugaz momento.
– Parpadea un par de veces, Videl…
Sin objeción alguna, Videl así lo hizo.
– ¿Qué fue lo que me hiciste?
– Sólo usé un encrespador–mostrándole dicho instrumento, Ireza le contestó con tranquilidad–ahora te voy a poner el rímel, mantén los ojos abiertos y no pestañees.
Seguidamente, y con el rímel en mano, Ireza lo fue aplicando en las pestañas de su querida amiga conteniendo su risa al ver la molestia y desconfianza que Videl manifestaba por tan simple acción. Demostrando una técnica impoluta, Ireza hizo resaltar la hermosura natural que aquel par de zafiros azules han poseído desde su nacimiento y que se hallaba oculta a la vista.
– ¿Ya terminaste? –Algo desesperada, Videl deseaba terminar con esa tortura–esta cosa me pica.
– Ya casi, me falta un poquito más–al mejor estilo de un artista que le daba las pinceladas finales a su pintura, Ireza fue concluyendo con su labor cosmética–y deja de quejarte Videl, si hago esto es porque quiero ayudarte.
– Lo siento, lo siento–con un sutil fastidio, la primogénita del campeón mundial se disculpó–es sólo que esto no me gusta nada…
– Lo sé, hay cosas de ti que nunca cambiarán–Ireza, terminando su misión, dio un paso atrás–si no te tuviera tanto cariño hace mucho que me hubiera cansado de tu terquedad.
– ¡Bah, tonterías!
– Date la vuelta y mírate en el espejo.
– Así estoy bien, gracias.
– No seas necia y mírate en el espejo.
– Me doy cuenta que te encanta darme órdenes.
– Es un pequeño placer culpable, lo admito–sonriente, la rubia le afirmó tomándola de los hombros para hacerla girar a su costado–lástima que no traje más cosas, te habría pintado las uñas pero creo que para ser la primera vez que te maquillas te ves muy bien; aunque podría peinarte un poco. Deberías traer el cabello suelto más seguido, te hace ver preciosa.
Videl se disponía a decirle algo a Ireza pero, casi por arte de magia, se petrificó al ver su propio reflejo en aquel espejo. Si bien la cara risueña de la rubia era gigantesca, la pelinegra no le daba crédito a la imagen que ella misma dibujaba. Sin conseguirlo intentó formular algunas frases, verdaderamente perdió el habla con sólo verse.
Con la muerte de su madre y el ascenso de la popularidad de su padre, Videl se refugió en las artes marciales transformándose en una señorita de hierro que se desligó en su totalidad del típico estereotipo de una jovencita de su edad. Se declaró enemiga jurada de los vestidos, de los tacones y demás elementos femeninos consagrando su vida a combatir el crimen con botas y guantes.
Pero ya no era esa Videl, ya no era esa mujer.
Su largo cabello azabache se confabuló con su rostro maquillado dotándola de una lindura que jamás sospechó, sus labios hicieron lo mismo al aliarse con sus ojos produciendo en ella una sensación hasta entonces desconocida para Videl. Ella, admitiéndolo con una marcada torpeza, le gustaba lo que veía. Por primera vez en su joven vida se sintió bonita, se sintió bella.
– ¿Y qué te parece? –Ireza, preguntándole al oído mientras la peinaba, la sacó de sus cavilaciones–como te prometí sólo usé lo necesario, nada más.
– Gracias Ireza, gracias–todavía asimilando su aspecto, Videl fue sincera con ella.
– No hay de qué, amiga–feliz, Ireza imaginó lo que ella debía estar sintiendo–cada vez que quieras con gusto te ayudo, y vuelvo a decirlo, cuando desees te enseñaré para que lo hagas tú misma.
– No sé si pueda, no soy buena para estas cosas.
– Claro que puedes, cualquier chica puede maquillarse sola–escuchando el sonido de la campana interrumpiendo su plática, la rubia frunció el ceño–se acabó el receso, tenemos que volver.
– Sí, vamos.
Recogiendo sus pertenencias, ambas chicas salieron del sanitario y emprendieron el camino de regreso hacia su salón de clases. A medida que avanzaban, los hombres que se topaban con ellas miraban boquiabiertos a Videl a quien casi les resultaba irreconocible pero, sobre todo, la veían encantados al pensar en lo atractiva que se veía.
Videl, notando la atención que recibía, miró hacia el piso mientras caminaba esforzándose por huir de la vergüenza que se iba adueñando de ella. No quiso mirar a nadie luchando por mantener el equilibrio por culpa de sus zapatos, y para su fortuna, gracias a la compañía de Ireza quien la llenó de valentía, logró cruzar la puerta de su aula enfilándose a su respectivo asiento.
Allí, sentado y contemplando el pizarrón, Shapner conectó su mirada con la de ella sintiéndose más enamorado que nunca. En el mundo existían millones de mujeres, pero sólo una era capaz de romperlo en mil pedazos y hacer con él lo que quisiese. Así pues, sin dejar de verla al ponerse cómoda, la observó resistiéndose a aquel inmenso deseo de volver a besarla al tenerla junto a él.
Sólo unas cuantas horas más y al fin cumpliera un viejo sueño de su niñez. La haría sonreír otra vez, le devolvería aquel fuego que solía arder en ella y la protegería con un cálido abrazo al obsequiarle con un beso cargado de su sofocante amor. Sólo unas cuantas horas más, sólo unas horas más. El Gran Saiyaman se borró de su mente, únicamente eran Videl y él. Nada más.
Gohan, muy descontento por la complicidad que Shapner y Videl compartían, apretó sus puños guardándose su enojo para otra ocasión. Ya llegaría su oportunidad para resolver el caos que él causó; sin embargo, por el momento, no tenía más alternativa que continuar vigilándolos desde la distancia sin poder decir algo.
Videl, entretanto, extendió su mano tomando la de Shapner esperando que su actuación fuese merecedora de un premio. Y Shapner, cayendo rendido a sus pies, la creyó por completo cuando ella apretó su unión. La siguiente lección arrancó poco después, pero más tarde retomaría su papel confiando obtener lo que buscaba: su placebo, su anestesia y de paso, saldar su deuda.
Sin importar nada, Shapner y su asfixiante idilio por ella eran un mal necesario.
Fin Capítulo Doce
Hola, muchísimas gracias por leer otro episodio de este fic. Seré breve, sé que tal vez este capítulo no tuvo muchas emociones si lo comparo con los anteriores, pero estoy tratando de construir con calma la relación entre Shapner y Videl. Asimismo, también quiero llevar con lentitud las futuras acciones que tanto Gohan como Mr. Satán podrán en práctica con respecto a ellos dos.
Sería muy simple hacer que Gohan y Shapner explotaran uno contra el otro en un instante, aunque eso no es lo que pretendo. Como ya lo he repetido antes, con este fic experimental deseo mostrar lo bueno y lo malo de un hipotético romance de Shapner con Videl. Y todo esto mientras al mismo tiempo exploro los sentires de Gohan, su recelo y su culpa por todo lo que va pasando.
Como nota curiosa, le agradezco a mi querida amiga Linkyiwakura por recomendarme una canción que a su criterio es un reflejo perfecto de la relación entre Videl y Shapner. No soy adepto a escuchar este tipo de música, pero al oírla con atención me convencí que ella tiene razón. Si desean escucharla, búsquenla en You Tube con este nombre: Enrique Iglesias - Muñeca Cruel.
Ya para finalizar les doy las gracias a Vanessa neko chan, Majo24, ScarDreamer, Supergohan12345 y a Ferunando por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
